Un encuentro con el gran Alfredo

Hay políticos que nunca defraudan. Aunque Elena no sabe donde están...

1

-¡Alfredo! –gritó Elena agitando las manos por encima de la muchedumbre.

Él levantó la vista y se fijó en ella. Sonrió, sorteó a los escoltas, se le acercó y la abrazó efusivamente.

-Eres el rey de las portadas…¡Quién me lo iba a decir cuando nos conocimos!

-Los periodistas, ya te puedes imaginar. No saben de qué hablar…Por cierto estás muy guapa.

-Gracias….Bueno, pero tú eres mucho más poderoso. Y eso da más atractivo.

Insospechadamente, dijo a los escoltas que esperasen un momento. Luego la  cogió del brazo y ambos se metieron juntos en un café.

-Qué encantador eres. Con lo ocupado que estás.

-¿Y quién ha dicho que la política está reñida con el romanticismo?…-dijo echándose a reir.

Alfredo se reía con la malicia de un actor de la serie B haciendo el papel de Fu Manchú. En realidad, delgadito y calvo como estaba, con esos ojos que se le rasgaban cuando sonreía y con su barba de chivo, parecía un perfecto villano de guardarropía.

Aunque las encuestas seguían diciendo que era el mejor.

 2

Tomaron sus cafés. Ella con sacarina, claro, por aquello de cuidar un cuerpo que por la edad tendía  a desmadejarse.

-Leí en una de esas entrevistas que os hacen para que los políticos parezcáis humanos que cuando corrías los cien metros conseguiste rebajar los once segundos porque imaginabas que en la meta te esperaba la chica que te gustaba, y que no querías que te la quitara nadie.

-Claro. Eras tú.

-No será verdad.

-Lo es. Lo que pasa es que no me hiciste caso.

-No me cuentes milongas. No es verdad.

-Este país no merece un gobierno que le mienta, ¿no recuerdas?-repitió  mientras sonreía con picardía.

Ella al principio se ruborizó. Luego bebió un sorbo de café, se sacudió la melena, como despejando las ideas, y carraspeó. Quería decirle algo, y no sabía cómo. Tomó aire, creyendo quizás que la respiración profunda le fuera a infundir valor.  Acercó su mano a la de Alfredo, que posaba junto a su taza, se la puso encima y mirándole a los ojos le dijo en tono susurrante, pero firme.

-Oye…Cuando te nombraron ministro del interior y vicepresidente…¿no prometiste cumplir y hacer cumplir las leyes y las obligaciones derivadas de tu cargo?

-Claro, pero háblame de ti. Qué fue de tu vida, qué haces, a qué te dedicas…

-Pues ya ves. Lo de tantas: me casé, tuve hijos, me separé…Y me voy ganando la vida como puedo. Mi último trabajo es el de encargada de esa tienda que vende paraguas, abanicos y souvenirs en la calle de Preciados esquina a la Puerta del Sol.

Alfredo arrugó el morro,  se rascó la barba y miró para otro lado.

-Y estaba esperando -continuó Elena-  a que el ministro competente de este gobierno que no miente, y que tanto presumía de talante y de diálogo, venga a hablar con los del 15 M y les convenza para que desalojen la plaza antes de que nos arruinen el negocio y mis jefes me pongan en la puta calle.

En ese momento sonó el móvil de Alfredo.

-Perdona, es el presidente.

Dejó cinco euros sobre la mesa, besó a su antigua amiga, se levantó, llamó a los escoltas y, custodiado por ellos, se abrió paso entre la gente  hasta entrar en su coche oficial.  A Elena, por cierto,  no le sorprendió demasiado, porque ya hacía tiempo que  había dejado de creer en los hombres.

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1 Response to “Un encuentro con el gran Alfredo”


  1. 1 maribel junio 6, 2011 en 4:38 pm

    y ese es el mundo de la politica,,,,,,querida Elena,,,,,,,,,,,,saludos

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