Archivos para 28 julio 2011

El Duende de verano. Un suspiro por Escocia (1)

Confiesa este viajero que se morirá sin haber aprendido a hacer una puñetera maleta...

1 La dichosa maleta

Cree este viajero que se morirá sin haber sabido hacer una maleta. Y añora el día en el que sepa elegir y colocar en ella lo justo, lo necesario, ni más ni menos. Cuántas veces le  acaban sobrando a uno camisas o jerseys, cuántas más echa en falta otras cosas elementales. Ay, el cortaúñas, por ejemplo. Ay, el adaptador de los enchufes: estos malditos hijos de la pérfida Albión, siempre tan originales, tan snobs, tan ternes en sus diferencias. Recuérdelo: esta gente que antes era rubia y que, a medida que avanza la globalización, se va tostando con el moreno de otras razas, sigue manteniendo orgullosa su “espléndido aislamiento” en muchas tonterías que te pueden hacer la vida más incómoda. Así que ponga siempre en su equipaje un adaptador de tres clavijas si quiere enchufar su secador o, como es el caso, su ordenador.

No había caído en ello. Ni seguramente en otras necesidades. Lo cual que, teniendo todo un domingo por delante antes de emprender viaje, empezó a hacer la maleta a las nueve de la mañana y la dejó abierta sobre la cama contemplándole  por si levantaba una voz razonable y le decía lo que es menester para una excursión por Escocia de diez días, boda incluida. Santo Dios, qué dudas, qué tortura. No sabe uno qué poner y, cuando cree saberlo, no encuentra el lugar donde lo guardaba. Cuánto desearía uno ser en estos casos una mente sencilla, capaz de clasificarlo todo y colocarlo en sus cajones o estanterías, capaz de ordenar sus tupperware y sus latas de tomate frito en el armario de su cocina. Capaz de que una maleta ajuste sólo lo necesario con la precisión de un puzzle.

Pero la maleta permaneció abierta casi veintidós horas. Y durante todas ellas fue un testigo incómodo que le recordaba a uno lo largo y tortuoso que es, en todos los órdenes de la vida, el camino de la perfección.

2 El vuelo en una “low cost”

Los abuelos creían que siempre se pierde el tren si no te presentas un par de horas antes en la estación. El viajero pensaba que eso era cosa de los abuelos de antaño, pero uno es abuelo ogaño y sigue manteniendo la misma obsesión. Había cambiado el tren por el avión, y por convencerse de que el madrugar no era cosa de viejos, sino de precavidos, tuvo muy presente la mala fama que rodea a las compañías aéreas llamadas de bajo coste: como son tan baratas, te cobran por todo lo que no es estrictamente el billete. Y como no hay reserva de asiento, tienes que despabilar si no deseas viajar como si fueras un hamster.

El viajero esta vez estaba literalmente aterrado: si IBERIA, que es una compañía tan estupenda, y no barata, optimiza sus costes reduciendo la dignidad humana al hueco que merece una gallina ponedora, qué no haría EASY JET.

No sabe el viajero cómo se comportará otros días. Y la verdad es que, como abuelo en ejercicio, se lo tomó con mucho adelanto y toda clase de precauciones: midió su equipaje de mano, pesó el que iba a facturar, imprimió antes de salir de casa la tarjeta de embarque, se presentó en el aeropuerto con casi dos horas de antelación…

Pero la vida te da sorpresas. Y no todas desagradables. El avión de EASY JET –no importa qué modelo, en el que jamás se fija este viajero: volaba, que es lo único que le importa- era más espacioso que cualquiera de IBERIA. Cabían las piernas en el hueco del asiento sin tener que practicar el contorsionismo. Este inocente, que raramente consigue un buen asiento cuando se lo adjudican, encontró por sí solo uno libre en la salida de emergencia precisamente en la compañía que no los reserva. Más espacio para sus piernas, qué suerte.

Item mas: el avión despegó y aterrizó en la hora anunciada: ¿no es maravilloso? Cierto que a bordo te cobraban un refresco como si fuera un trasplante de riñón, como por otra parte ya es habitual en toda compañía aérea que se precie. Pero en punto a buenos modos y simpatía del personal de vuelo, matrícula de honor. Pregunta obligada del viajero ignorante: ¿por qué tienen tan mala fama las compañías de bajo coste?

 

Un paisaje, una boda y un calcetín

Atravesé aquellas tierras intentando camuflar un espantoso tomate en el calcetín... (extracto del "Diario del duende viajero")

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Cada cual ve en el paisaje lo que quiere ver o imaginar, pero hay un inmenso pedazo de nuestro país que cada vez que lo atraviesa este duende le sugiere poesía caballeresca o guerra canalla. Son tierras yermas, cerros y llanuras calcáreas tristes y apenas moteadas por arbustos y, de cuando en cuando, por algún pino valiente que tanto desafía el fuego del verano como el rigor del frío invierno. Este tipo de terreno se ve en media España. En Aragón, en todo el Levante,  en Murcia, en Almería, en buena parte de Castilla La Mancha, y al suroeste de la comunidad de Madrid, por ejemplo. Ahí son felices los cardos y, si quedan, los lagartos. Suerte para ellos, porque la verdad es que para el viajero estos pagos resultan inhóspitos.

Sin embargo, cada paisaje tiene su lírica y, si no, su épica. Cuando uno se adentra en ellos y deja atrás toda clase de edificios, fábricas, polígonos industriales obras públicas y toda otra huella del desarrollo, se imagina que por el horizonte, tras una loma,  va a aparecer el Cid con sus mesnadas. El ciego sol, la sed y la fatiga/ por la terrible estepa castellana/ al destierro, con doce de los suyos! Polvo, sudor y hierro,  el Cid cabalga, que escribía  el otro Machado.

-Esos eran hombres –que decía don Celestino, el profesor de literatura- Si piensan que hace calor en Madrid, imagínense lo que sudaría el Cid bajo su armadura atravesando la estepa castellana a 35º.

Cuánto sehabrá sudado en España para hacer historia.

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La otra estampa no es de cabalgadas heroicas, sino de simple guerra canalla. Y viene simbolizada por la fotografía del miliciano abatido que inmortalizó Robert Capa en la Guerra Civil. Le suena a uno que fue captada en un cerro de Albacete, aunque ahora, como la otra célebre fotografía del beso en las calles de París que tomó Doisneau, dicen que fue un montaje preparado. El caso es que tanto la de Capa como la mayoría de las instantáneas y reportajes filmado de nuestra guerra, tienen como escenario tierras pobres y baldías. Quizás para subrayar con la desnudez de su decorado el dramatismo y lo miserable de aquella contienda.

Era el paisaje monótono y desasosegante, pero esta vez tampoco le importó tanto al Duende. Pues aunque él viaja con los ojos bien abiertos, y siempre le saca partido a todo lo que ve por la ventanilla, esta vez estaba ocupado en otros menesteres. Iba a una boda en el pueblo conquense de Barajas de Melo, la boda del hijo de unos amigos muy queridos. Y se había vestido con la etiqueta que requería la ocasión cuando, al subir al autobús que habían dispuesto los novios desde Madrid para que los invitados no se ocupen ni del alcohol  ni del volante –qué sabia medida- observó que por encima del borde posterior de su zapato del pie de derecho asomaba  un  roto de su elegante calcetín largo color azul marino. No un clarito, como apunta cuando los talones empiezan a desgastarse, sino un impresentable tomate del tamaño de un euro.

En el mundo habían ocurrido sucesos terribles aquel 23 de julio. Y en la fiesta se comentaría, sobe toda otra cosa, el original traje de novia que diseñó Nacho Aguayo, hermano del contrayente. Pero el alma de este bloguero es tan neurótica y caprichosa que durante el viaje hasta el lugar de celebración estaba convencido de que sólo habría ojos para denunciar el imperdonable fallo de aquel invitado de pelo blanco que bajo la pernera de su traje azul marino ocultaba un oprobioso tomate en el calcetín.

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Así que no pudo entretenerse en aquel paisaje manchego tan desasistido de gracias de la naturaleza. Ni recrear la épica de las batallas de nuestra historia. Ni pudo preparar las palabras que en clave sentimental y satírica –a saber lo que queda de aquél duende de la radio- que debía pronunciar a los postres del banquete, para felicitar a los contrayentes. Pues se pasó todo el viaje ensayando cómo camuflar el entuerto, o sea, descalzándose, replegando la zona del tomate por debajo del talón, poniéndose el zapato de nuevo, y estirando el pie varias veces para comprobar que ni aún en el peor de los casos, y aunque el calcetín luciera a media asta, se notaría  el desaguisado y quedaría por los suelos su prestigio.

No fue así. El calcetín se disimuló, y el paisaje, a llegar al lugar de la celebración,  había mudado como por ensalmo. Pues de repente la Mancha triste y blanquecina dio con un cerro mágico donde brota un manantial que alimenta al río Riansares. Y en ese cerro, en medio de un parque poblado de árboles, fuentes, terrazas, paseos umbríos, estanques, y canales que vierten en un lago inesperado se casaron Carlos Aguayo Martín y Beatriz Valdecantos Montes. Fue en una capilla diminuta, todo muy romántico, muy original y divertido, y Juan, el hijo del bloguero, tocó con su saxo soprano dos piezas de Haendel, y este transformista cumplió en su discurso, quizás mejor que si lo hubiera preparado, y hubo fiesta y baile hasta que apuntaron las claras del día. Pero eso ya no lo vio este duende, que volvió a cruzar los yermos paisajes de Castilla la Mancha para dormir en Madrid no sin antes arrojar a la basura el calcetín indigno que estuvo a punto de amargarle el día.

Otro 18 de julio

¿Les sigue doliendo tanto a los alemanes la 2ª Guerra Mundial como nos duele aún a los españoles nuestra guerra, que queda más lejana?

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Inflamado de patriotismo, Dalmacio se vistió con su viejo uniforme de sargento de infantería, metió la pernera de los pantalones abombachados por dentro de las botas, se caló el gorro cuartelero con el borlón colgante, ciñó su correaje y sacó de la funda de pistola su Astra reglamentaria.

-Por Dios y por España –murmuró mientras la cargaba de balas – Ya está bien de asistir impávidos a la destrucción de la patria. Se va a enterar ese rojazo de lo que es un soldado de la 2ª Bandera de Castilla.

Se miró al espejo mientras retorcía la punta de sus bigotes, montó el arma y apuntó al frente, como si él mismo fuera el vecino al que tenía que matar.

-¡Viva Franco! –gritó- ¡Arriba España!…Muere, cabrón, por comunista y por masón.

Y simuló con la boca los tiros que pensaba descerrajar al enemigo que esperaba tras la puerta.

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Al otro lado, Miguel repasaba los cargos  contra el faccioso que vivía enfrente. Era monárquico confeso, perteneció a una familia de terratenientes que mangoneaban en la cooperativa de aceite de un pueblo de Jaén, iba a misa, se puso a defender al cura en una de las quemas de iglesias y por si fuera poco se proclamaba simpatizante de la CEDA.

Es un traidor a laRepública. Así que si no se lo apiola la Brigada del Amanecer haremos justicia nosotros-dijo mientras abría el arcón donde guardaba el equipo con el que se hizo la última foto de campaña. A saber, el mono, el correaje, las alpargatas, la gorra, el mosquetón Mauser con la bayoneta.

-Eso de la bayoneta calada acojona mucho- farfulló- Además le diré que al párroco de mi pueblo le torearon y le estoquearon con un bayonetazo en todo lo alto, porque el volapié con la espada se hace muy difícil con  los curas, carajo.

Sacó un viejo disco de pizarra de su funda de papel  y lo puso en el plato del pikú. El disco empezó a girar.  Con mucho cuidado el miliciano posó el brazo de la aguja sobre  su borde y tras el sonido de unos chisporroteos empezaron a escucharse por el altavoz los acordes de La Internacional. Miguel se anudó al cuello un pañuelo de la CNT, colgó el fusil de uno de sus hombros,  levantó el puño de la mano derecha y al grito de viva la República y muerte a los fascistas abrió la puerta de su casa dispuesto a llevar a cabo la histórica misión de liquidar al vecino de enfrente.

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Los dos ancianos se encontraron en el descansillo y se dieron los buenos días. Dalmacio salía en ese momento del ascensor, y  traía bajo el brazo el ABC y EL PAÍS.

-Tome –dijo ofreciendo este último periódico a su vecino- Hoy se lo regalo yo con mucho gusto.

-¿Por ser el setenta y cinco aniversario del inicio del golpe de estado de los suyos?…

-Del Alzamiento –corrigió Dalmacio con una sonrisa- No, no. Le seré sincero: se lo subo como hago todos los días, porque yo soy madrugador y buen vecino. Pero hoy acabo de darme cuenta de que se me ha olvidado comprar el brick de leche.

-Anda, la leche, tiene gracia.

-Ya sabe –explicó Dalmacio bajando la mirada-  Desde que murió Agustina no me acostumbro a la idea de que he de hacer la compra yo solo, y se me ha olvidado que se me acabó la leche.

-La buena leche, querrá decir-matizó Miguel.

-Ya, comprendo-admitió el viejo soldado conteniendo una risa- El caso es que no me apetece un pimiento salir ahora para  poder desayunar mientras leo el ABC, como acostumbro. Así que, si le sobra,  le cambio un brick de leche por su periódico, que hoy vendrá con mucha memoria histórica de esa que tanto les gusta a ustedes…

-No me joda, Dalmacio, no me joda…-dijo Miguel con sorna mientras reabría la puerta de su casa para dejar su periódico.

Se hizo un silencio y los dos veteranos se miraron frente a frente. Dalmacio estaba delgado como un sarmiento. Mantenía su bigote con las guías en punta, pero estaba completamente calvo y llevaba unas gafas de culo de vaso que a Miguel le recordaron las que llevaba el general Mola. Miguel conservaba en cambio todo el pelo, blanco como el frente de Teruel de aquel endemoniado invierno donde se le congelaron los tres dedos que le faltaban en un pie.

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¿Sabe lo que le digo?-dijo el viejo miliciano- Que me han mandado unas perrunillas de mi pueblo se me van a enranciar como no las despabile pronto. ¿Me deja que le invite yo a desayunar?

Dalmacio se quedó estupefacto.

-Es café de puchero, naturalmente-precisó Miguel- Como el que hacíamos en el frente.

Dalmacio vaciló. Jamás había traspasado el umbral de la puerta del vecino deln4º A. Ni aún cuando murió Manuela, la compañera de Miguel, que salio de casa para enterrarse en el cementerio civil a finales de los años noventa. Pero ese era un día muy especial, había dormido mal, con pesadillas. Soñó que revivía el glorioso alzamiento, y que él, que era un hombre pacífico, tenía que vestirse de guerrero y matar rojos. Por cojones. Luego se desveló, puso la radio y donde no recreaban como en un serial el 18 de julio de 1936 recordaban el aniversario de lo que él creyó que era una cruzada contra el mal y luego resultó ser una burrada y una carnicería, como todas las guerras.

-Se lo agradezco, Miguel. No sabe la pena que me da desayunar solo- dijo mientras atacaba la primera perrunilla con su dentadura desguarnecida y observaba los carteles de guerra y la reproducción del Guernica que ilustraban el comedor de su vecino.

-No me lo agradezca. Esta noche soñé que me volvía a poner el mono de miliciano para liquidarle a usted, que era el faccioso que me quedaba más cerca. Además, a mí también me da por culo la soledad.

-Vaya, qué coincidencia-dijo Dalmacio-Ahora sólo nos matamos cuando padecemos pesadillas, y no por tener ideas distintas…

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Se liaron a hablar de esas cosas raras que eran los ideales. Y con los ideales, también de las equivocaciones. Y, de las equivocaciones, las heridas que dejaron estas. Y de las heridas pasaron al  rencor, y luego del rencor, a la amargura. Y de la amargura, el desasosiego permanente de aquella guerra que había empezado hacía setenta y cinco años y que, aunque los que la hicieron la daban por concluida seguía alimentando eso que ahora se llama siempre  el debate político. Político tenía que ser el dichoso debate, como si no hubiera otros problemas que solucionar.

-¿Y si no leemos los periódicos de este 18 de julio?-sugirió Dalmacio.

-¿Y si damos por bien perdidos los dos euros y cuarenta céntimos que me han costado?-dijo Dalmacio mientras tiraba el ABC y EL PAIS a la papelera.

Y los vecinos se comprometieron a no leer más periódicos ni ver o escuchar más informativos del 18 de julio hasta que este día dejara de ser un tormento en su memoria. Y aunque no hay pruebas de que a partir de entonces los que antaño fueran enemigos mortales pasaran a ser amigos forever, parece que luego del desayuno compartieron unos chupitos de aguardiente del pueblo de Dalmacio, y luego a la tarde vieron juntos en el DVD de Miguel La diligencia de John Ford, que era otro monumento al valor y a la hombría,  y Éxtasis, que era una película de esa época ominosa en la que aparecía Hedy Lamarr  bañándose en las aguas completamente desnuda. Pues afortunadamente, y pásmese el lector,  todavía hay algunas cosas en las que  la que los españoles de distintas ideologías  suelen coincidir sin mayores problemas.

Homper no entiende nada de nada

No cree que se deba hablar de "la nefasta manía de pensar", pero Homper piensa que deberíamos renunciar a pretender entenderlo todo...

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Homo sapiens. Homo ignorans. ¿La curiosidad es la madre de la ciencia? ¿De verdad que la razón lo explica todo?…Medita estas cuestiones nuestro amigo Homper mientras afila la punta de su lápiz con un sacapuntas. Cuando termina la operación, acerca el ingenio a sus labios y lo besa.

-No sabes lo que me gusta entenderte.

Le llena de satisfacción que una concavidad acoja la punta del lápiz, y que una cuchilla de acero afilada  afeite la madera alrededor de la mina con sólo girar aquel. Qué bien inventado está esto, piensa. Y qué gratificante entender el funcionamiento del sacapuntas.

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Porque en estos tiempos e exaltación desmesurada del hombre y de culto a la razón como clave de su superioridad, se pretende que la pobre especie humana lo entienda todo. Llevamos tres años de crisis, y aún a veces, cuando los especialistas recuerdan sus causas, Homper no sabe por  qué las trapacerías de cuatro granujas que hicieron quebrar a Lehman Brothers y de unos buitres que quisieron abusar de los que necesitaban casa en Estados Unidos explican el estado de postración del planeta.

-Un día nos cuentan que la culpa es de la prima de riesgo. Otro, de Grecia. Otro, de Portugal o de Irlanda. Ahora de Italia. Dicen que Bélgica está a caer, y que luego iremos nosotros. Se caen las Cajas de Ahorros. Se descubre ahora que tenemos dieciocho administraciones especialistas en el despilfarro. Resulta que la responsabilidad es de los que nos acostumbramos al estado de bienestar. Y entretanto, con los mismos recursos naturales, la misma fuerza bruta y las mismas capacidades humanas, ni las mejores cabezas saben qué hay que hacer para producir más, crear empleo y devolver la confianza.

Homper volvió a besar el lápiz y el sacapuntas.

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Pero pretenden que sigamos creyéndonos homo sapiens. En su noble afán de divulgación,ONDA CERO incluye a veces en su programación píldoras científicas, y ese día Homper se sorprende escuchando la enésima explicación del Acelerador de Partículas. Parece ser la madre del cordero de la física cuántica, un invento que, si funciona, resolverá todos los problemas de energía que arrastramos, y además recreará las mismas condiciones físicas en las que surgió el Big Ban. O sea, que puede reproducir el fenómeno de la creación del mundo, como si ya no tuviéramos  bastantes problemas en este. Y consiste en un túnel circular de 29 kilómetros por el que lanzan partículas para que choquen entre sí. Las partículas dan 11.000 vueltas al túnel por segundo, y se supone que deben chocar entre sí con alguna que venga en dirección contraria. Si chocan, se descomponen en otras micropartículas.

-Y parece que, si eso ocurre, se organiza la de Dios -piensa Homper- Y nunca mejor dicho.

¿Y cómo lanzan las partículas? ¿Con catapulta? ¿Con compresores de aire? ¿Con pistolitas de agua? ¿Y por donde se abre el túnel circular para que metan las partículas que han de chocar entre sí? ¿Y qué haremos con ese otro mundo que puede recrear el nuevo Big Ban? ¿Esperaremos a que vengan otra vez  cuatro canallas a hundirlo sin que volvamos a entender nada de nada?…

Homper contempla   con cariño  su lápiz y su sacapuntas, tan sencillos y eficaces ellos, tan fáciles de explicar y entender. Y pone bálsamo a su ignorante perplejidad mirando a la luna llena. Tampoco sabe muy bien cómo se mantiene ahí, pero luce bonita, y además le invita a soñar.

Martita pide perdón

Hay rachas en las que casi hay que pedir perdón por ser afortunado...

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La pobre Marta no se lo podía creer cuando recibió la llamada.

-Contamos contigo –le dijeron- Preséntate mañana a las doce y pregunta por el señor Santovenia.

El señor Santovenia la recibió amablemente, aunque afectando una actitud algo puntillosa. Mientras rebasaba el expediente, se apretó por dos veces la corbata de pajarita, y se rascó la ceja derecha en cinco ocasiones.

-Ha gustado mucho su currículo –subrayó forzando una sonrisa- Y su buena predisposición- Le pagaremos 1.200 € y un variable del 2% en función de resultados.

Volvió a casa corriendo como una chiquilla, más contenta que unas pascuas.

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En casa estaba tomando un café el tío Gerardo, que no paraba de lamentarse del dineral que había perdido este año con los pepinos y con la bolsa. En medio de su larga letanía de quejas, anunció que no estaba dispuesto ni a hacerse cargo de la abuela ni a pagar la parte que le correspondía de la residencia de verano de Benidorm, como le había propuesto su hermano.

-No puedo, Fidel, no puedo –se excusaba- Es más, Susana me dice que si no os importa que os dejemos una semana a Arabella. Este verano compartimos la caravana con los Tomares, y Pepa Tomares tiene alergia a los perros. Es lamentable que sea tan egoísta y no piense que los perros también tienen derecho a veranear, pero qué le vamos a hacer.  Así que si no tenéis inconveniente….Además, Arabela le hará compañía a Mamá.No sabes con qué interés sigue los seriales de la tele.

Arabella era la perrita del tio Gerardo y la tía Susana. Fidel, el padre de Marta,  tenía fama de santo, pero, desde que le rebajaron el sueldo y estaba amenazado de despido le había cambiado el carácter. Además aquella mañana le había salido un molesto uñero. No se negó abiertamente a la tutela de la perra, pero algo rezongó entre dientes. La madre de Martita se llamaba Valentina. Aunque no lo había declarado nunca, odiaba a Arabella porque un día la perrita le lamió las uñas del pie derecho recién pintadas, sin que ni siquiera le sentara mal el esmalte. Además estaba de los nervios con la abuela. Hasta el momento había apechugado con ella con resignación y hasta algo de cariño, pero ahora la anciana se quejaba de malos tratos, porque según ella su nuera le complicaba los guiones de los seriales de la tele a propósito para que ella no los entendiera.

-Estoy de vuestra madre hasta el moño-les espetó a los dos hermanos- Ahora voy a ser yo la responsable de Bandolera, ¿no te digo?  Como para hacerme cargo ahora de la puñetera Arabella, vamos, hasta ahí podíamos llegar.

– ¿Puñetera Arabella?…-reaccionó Gerardo indignado- Deberías de mostrar más respeto por tu cuñada. Eso no te lo tolero.

El tío ofendido se levantó de la silla,  se despidió con un gesto que no se sabía bien si era un adios o un corte de mangas y salió dando un portazo. Afortunadamente, se llevó a aArabella entre sus brazos. La abuela se echó a llorar, Fidel se asomó al balcón dando bufidos  y en ese momento, mientras las noticias de la radio confirmaban que la crisis económica se agravaba, ahora por culpa de Italia, y que la Bolsa se daba el enésimo batacazo,  un berrido de  Valentina desde la cocina anunció que, además, se le había cortado la mayonesa.

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Así  las cosas, Marta no se atrevió a dar la buena noticia. Ella no se había distinguido por ser precisamente una chica precisamente afortunada. Sabía que no era una belleza despampanante, y había tenido que sufrir muchas veces la poca delicadeza de su madre, que la apremiaba para que se echase un novio de porvenir. Cuando por fin hacía un mes que anunció ilusionada su noviazgo con Joaquín, que era empleado deTelefónica, su madre le echó un jarro de agua fría.

-Fú, qué feo es-dijo al ver la foto que Marta le mostró- Se parece a Rubalcaba. Claro, que si eres incapaz de encontrar trabajo…

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Su novio se había afeitado la barba de chivo. Y es verdad que lucía entradas en la cabeza, pero no era ni de lejos tan calvo como Rubalcaba, ni tenía sus ojos achinados ni su sonrisita de malvado de película de la serie B. Además era un cielo. Y por si fuera poco su madrina, que no tenía hijos, le había regalado un pisito en Las Tablas que estaban equipando con muebles de IKEA. Ya habían hablado de casarse, y ahora, además, a ella le había salido el trabajo por el que llevaba dos años luchando. Pero comprendía que en su casa paterna no estaba  el horno para bollos.

-Tengo que deciros una cosa –musitó durante la comida sin atreverse a levantar la vista del plato de gazpacho.

Fidel se echó las manos a la cabeza, y Valentina quiso ponerse la venda antes de la herida.

-¿No nos irás a decir que te has quedado embarazada sin quererlo?

Marta suspiró profundamente por no llorar.  Cerró los ojos y pensó lo que tenía que decir. Y cuando ya se sintió con fuerzas, habló de esta manera.

-He conseguido trabajo. Y como además Joaquín no se parece a Rubalcaba, y tiene empleo y piso propio, y le quiero, y  a pesar de la que está cayendo nos queremos casar, quiero pediros algo muy especial.

Fidel y Valentina se miraron alarmados.

-Qué quieres, hija- dijeron al unísono- Suéltalo de una vez.

Marta levantó la mirada del gazpacho y sonrió tímidamente.

-Sólo quiero pediros perdón por ser feliz.

Mi “momento de marqués”

Definitivamente, hay pocos placeres comparables a un gin-tonic al final de una jornada de verano...

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El alma humana es un mosaico de enseñanzas y observaciones. Maestros, padres, abuelos y amigos  le van diseñando a uno el carácter, aunque a veces hasta un barman, un pastor o un limpiabotas con los que se cambian tres palabras le colocan a uno una tesela inolvidable. A principio de los años sesenta aparecía por la casa de este bloguero todos los domingos un estudiante de Cádiz que quería ser ingeniero aeronáutico y había dejado su patria chica para estudiar en Madrid. Santiago Ximénez, alias Chumby, era hijo de un gran amigo de la familia, vivía de pensión y acudía puntualmente al arroz de Catalina, una de esas expertas cocineras en optimizar el sofrito y cuatro raspas de jamón o de pollo para sacar adelante una paella sabrosa que tenía mucho cartel. Para un chico de provincias estudiar en Madrid ya era un lujo, así que a Chumby no le sobraba un duro para alegrías. Lo cual no le impedía cumplir su papel de invitado correctamente vestido con un traje marrón y corbata.

-Sólo tengo dos trajes: este y otro-confesó una vez con su gracejo andaluz- Y este es el otro.

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Uno de esos lugares comunes que se atribuye a los ingleses dice que un  hombre elegante jamás debe llevar un traje marrón. Chumby era la excepción, porque estaba sobrado de elegancia natural. Era un experto, por ejemplo, en el sutil manejo de los cubiertos, de tal manera que con sólo un par de viajes de sus manos de ilusionista era capaz de llevar a su plato la misma cantidad de arroz que los demás no juntábamos ni repitiendo dos veces. Luego, sin escatimar su siempre ingeniosa conversación, conseguía despachar esa montaña de paella  en bocados tan discretos como los de los actores, que tardan quince minutos en dar cuenta de una pechuguita de nada. El resto de la semana Chumby llenaba la andorga en los comedores universitarios, a cinco pelas el menú, o con olla casera donde las judías o lentejas navegaban por aguas no demasiado densas.

-Pero una vez al mes-admitía- me doy el día del marqués. Y ese día me trato como un señor: voy a un restaurante, me como un primer plato y un buen bistec de segundo y, después del postre y del café me bebo lentamente un copazo de coñac y disfruto de la vida.

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Confiesa este bloguero que no sabe vivir bien. En cierta manera, es un auténtico experto en desperdiciar lo que habitualmente se considera la buena vida. No entiende demasiado de restaurantes, ni de vinos, ni de resorts, ni de spas, ni de relojes de lujo, ni de coches de alta gama. Aprecia, cómo no, lo bueno y lo exquisito, pero para saciar su hambre no desperdiciaría un plato de macarrones con tomate si cincuenta metros más allá le esperase una de esas espumas milagrosas de Ferrán Adriá.  En ese sentido es austero, casi monástico. Aquello de la identificación entre placer y pecado se le debió de grabar muy profundamente en las cuadernas de su alma.

-Padre, me he deleitado comiendo un bocadillo de calamares fritos-podría haber confesado, creyendo que esos excesos eran pecados de lesa austeridad.

La vida te acaba picardeando. A estas alturas de la película hasta el más virtuoso sabe complacer a sus debilidades humanas. Ha tardado en asimilarlo, pero a veces este bloguero también se siente como el marqués al que emulaba su viejo amigo Chumby.

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Aunque uno conoce marqueses que viven bastante regular, vale el tropo para simbolizar con ironía las contadas concesiones que uno hace a la buena vida. Quizás estas para no dan para llenan el día, pero sí al menos consagran su particular momento del marqués. Lo ha acabado descubriendo en las calurosas tardes de verano, cuando deja las faenas en el campo y el jardín y se sienta a ver el crepúsculo mientras apura ese asombroso preparado del buen gusto vulgarmente conocido como gin tonic. Unas gotas de Beefeater ad libitum, algo de zumo de limón, hielo en abundancia, agua tónica en la proporción que aconsejan el paladar y la sed y, detalles esenciales, un frote de la piel del cítrico sobre el borde del vaso y unas hojas de menta o hierbabuena navegando a su manera entre los elementos. Este bloguero sostiene que es mejor aún si el limón está verde, aunque otros añadirán sus observaciones propias. Hay gustos para todos.

En ese momento del marqués, cuando el aire fresco de se lanza en tobogán desde las crestas de Gredos hacia el valle, uno saborea su gin tonic mientras mira el crpúsculo  cavilando sobre el ser y el no ser, la vida y la muerte, el presente y el futuro, el secreto de la felicidad. Tanto aparece un amor del pasado como la risa juguetona de una niña que aún corretea por ahí. Casualmente sangre de la propia sangre: cómo se pasa la vida, tan callando.

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Callando aparecen también algunas amenazas que enturbian esa paz. Por ejemplo, el aviso de una enfermedad, otra más, que aqueja a parientes, amigos o conocidos. De pronto, al reclamo del tintineo de los hielos del gintonic le viene el recuerdo de Gonzalo, un abogado inteligente y aguerrido al que casi todo en la vida le ha salido magníficamente. Por cierto, también es marqués de verdad, aunque sólo se lo toma en serio al exigir refinamiento cuando se prepara el gin tonic.

-¿Valdrá un brindis por su salud como si fuera una plegaria?- pregunta uno inocentemente a la puesta del sol.

Si el hombre se forma de maîtres á penser y de maître á vivre,  Gonzalo es un excelente maestro de vida para apreciar y saborear ese momento grato del gin tonic que tan de tarde en tarde se concede el bloguero. No será sin duda su única lección. Le espera una dura batalla contra la enfermedad, pero se apellida de Armas, y algunos le añaden Tomar porque el chico tiene carácter y es de los que se crece con el castigo. La suerte que hay que desearle pues es sólo que mantenga el tipo. Y podrá gozar muchísimas tardes más del maravilloso momento del marqués que ahora empezamos a disfrutar los que no sabíamos vivir.

Cerca de la inmortalidad

Hasta este lugar se acercó su coro para cantar la 9ª de Beethoven. Y no era el Castillo de Wartburg tantomcomo el cielo, pero la verdad es que el hombe se sintió cerca de la inmortalidad...

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Dreams sometimes come trooth, dijo José Luis Garci con su refinado inglés de la calle de Narváez cuando le entregaron el Oscar. A veces es cierto. Ni de coña podía imaginar este duende que iba a cantar la 9ª Sinfonía de Beethoven con una orquesta sinfónica alemana y precisamente en Einsenach, la cuna de Bach. Estas experiencias tienen su visión optimista: cualquier hombre sin educación musical puede, a base de estudio, ser parte de una obra de arte tan sublime como esta joya de la música. Pero también su contrapartida realista, como corresponde a un escéptico de solera: si eso lo consigo yo, que no soy precisamente Caruso, es que la cosa no tiene tanto mérito.

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Mérito fue el de Carlos Domínguez-Nieto, director musical de la Landeskapelle de Eisenach, capaz de incrustar al Coro de San Jerónimo el Real en su formación sin que el alemán que pronunciamos lo españoles cantase fuera de lo que mandaba la partitura. El idioma alemán es para los españoles un borbotón continuo de consonantes y estornudos guturales o palatales, según le peta a la lengua de Goethe. Pasarlo por las cuerdas vocales de un conjunto aficionado sin que el mensaje de la Oda a la Alegría desmerezca tiene sus bemoles. Y nunca mejor dicho.

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No merece menos elogios Conchita Nieto, mater amantísima del director, y soprano ella misma en Los Jerónimos. Suya fue la idea de convencer a su hijo para que organizara el concierto, y suyo el enorme de esfuerzo de estimular a sus compañeros de formación para llegar al nivel requerido.  Imagínense interpretar esta pieza esencial en la historia de la música en el marco de un monumento único y, como se dice ahora, emblemático. En el Castillo de Wartburg, erguido en una montaña cubierta de bosques de cuento,  tradujo Martín Lutero al alemán el Nuevo Testamento. Para compensar este agravio a los partidarios de la Contrarreforma, entre sus muros habitó también Santa Isabel de Hungría, santa piadosísima. La base del castillo es románica, pero el remate del complejo actual proviene del siglo XIX, con evidentes homenajes pastiche a la estética medieval que late en los dramas líricos de Wagner. Tal parece que Tanhäuser se hubiera hospedado en alguna de sus estancias, y el turistas tiene impresión de que en cualquiera de ellas puede encontrarse con Isolda depilando sus lindas piernas mientras Tristán afila su espada o prepara su sublime declaración de amor.

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En un larguísimo Festsaal auf der Wartburg de recargada decoración, con un imponente artesonado de madera en el techo por el que asomaban cabezas de dragones y de rapaces poco amistosos, mucho fresco de colores, pan de oro, escudos medievales, frases en latín escritas en letra gótica, metopas, banderas y otros elementos representativos, este menda y sus  compañeros siguieron las vehementes instrucciones de Carlos Domínguez-Nieto y cantaron una muy digna 9ª de Behetoven que fue celebrada por el público como si todos  los ejecutantes fuéramos profesionales consagrados. Este joven dirigent es un excelente comunicador, y una batuta expresiva que controla orquesta y coro utilizando para ello todos los músculos de su cuerpo. No sólo dirige con las manos y los brazos, sino que comunica sus órdenes hasta con las cejas. De Toscanini a Von Karajan, casi todos los divos de la batuta han tenido fama de déspotas, soberbios e intratables. Carlos Domínguez-Nieto, por el contrario, es un tipo sencillo, accesible, simpático y encantador. Parafraseando otra vez a Garci, sometimes genious are nice. Ojalá pronto podamos escucharle al frente de una orquesta española.

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La ilusión de vivir se alimenta de pequeños sueños que a veces se cumplen. A este bloguero, que tanto le ha fascinado escuchar, reelaborar los sonidos y las voces y cantarlas por esa boquita, se le escapó en la infancia la oportunidad de una buena educación musical. A él también le hubiera gustado ser un Carlos Domínguez Nieto, o un profesor como su hermana Regina, que igualmente toca la viola una orquesta alemana. Cantar en un coro es suplir en buena parte esa carencia musical que siempre llevó dentro, y que hasta que se sacudió su timidez no ha conseguido llenar. Al regreso de Eisenach, tantos días sin comparecer en su blog, le quedan muchas cosas por contar de la poderosa Alemania. Pero hoy se limitará a recordar a su tío abuelo Joaquim Pena,  ilustre musicólogo y miembro de una familia catalana, wagneriana hasta las cachas,  que era asidua a Bayreuth. Contaba la abuela Mercedes, su hermana, que cuando, a finales del siglo XIX  asistió por primera vez al famoso Festival dedicado a su ídolo y escuchó en la meca del wagnerianismo la Tetralogía, exclamó.

¡Ja em puc   morir!

Uno se conforma con haber cantado la 9ª  Sinfonía de Beethoven en la patria del genio y en la cuna de ese otro dios que es Bach. Tampoco es cosa  por ello de despabilar a la parca para que se precipite en llevarle.  Pero conste que, cuando llegue,  dará con un simple aficionado a la música que, gracias a experiencias como esta,  se siente casi inmortal.


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