Mi “momento de marqués”

Definitivamente, hay pocos placeres comparables a un gin-tonic al final de una jornada de verano...

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El alma humana es un mosaico de enseñanzas y observaciones. Maestros, padres, abuelos y amigos  le van diseñando a uno el carácter, aunque a veces hasta un barman, un pastor o un limpiabotas con los que se cambian tres palabras le colocan a uno una tesela inolvidable. A principio de los años sesenta aparecía por la casa de este bloguero todos los domingos un estudiante de Cádiz que quería ser ingeniero aeronáutico y había dejado su patria chica para estudiar en Madrid. Santiago Ximénez, alias Chumby, era hijo de un gran amigo de la familia, vivía de pensión y acudía puntualmente al arroz de Catalina, una de esas expertas cocineras en optimizar el sofrito y cuatro raspas de jamón o de pollo para sacar adelante una paella sabrosa que tenía mucho cartel. Para un chico de provincias estudiar en Madrid ya era un lujo, así que a Chumby no le sobraba un duro para alegrías. Lo cual no le impedía cumplir su papel de invitado correctamente vestido con un traje marrón y corbata.

-Sólo tengo dos trajes: este y otro-confesó una vez con su gracejo andaluz- Y este es el otro.

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Uno de esos lugares comunes que se atribuye a los ingleses dice que un  hombre elegante jamás debe llevar un traje marrón. Chumby era la excepción, porque estaba sobrado de elegancia natural. Era un experto, por ejemplo, en el sutil manejo de los cubiertos, de tal manera que con sólo un par de viajes de sus manos de ilusionista era capaz de llevar a su plato la misma cantidad de arroz que los demás no juntábamos ni repitiendo dos veces. Luego, sin escatimar su siempre ingeniosa conversación, conseguía despachar esa montaña de paella  en bocados tan discretos como los de los actores, que tardan quince minutos en dar cuenta de una pechuguita de nada. El resto de la semana Chumby llenaba la andorga en los comedores universitarios, a cinco pelas el menú, o con olla casera donde las judías o lentejas navegaban por aguas no demasiado densas.

-Pero una vez al mes-admitía- me doy el día del marqués. Y ese día me trato como un señor: voy a un restaurante, me como un primer plato y un buen bistec de segundo y, después del postre y del café me bebo lentamente un copazo de coñac y disfruto de la vida.

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Confiesa este bloguero que no sabe vivir bien. En cierta manera, es un auténtico experto en desperdiciar lo que habitualmente se considera la buena vida. No entiende demasiado de restaurantes, ni de vinos, ni de resorts, ni de spas, ni de relojes de lujo, ni de coches de alta gama. Aprecia, cómo no, lo bueno y lo exquisito, pero para saciar su hambre no desperdiciaría un plato de macarrones con tomate si cincuenta metros más allá le esperase una de esas espumas milagrosas de Ferrán Adriá.  En ese sentido es austero, casi monástico. Aquello de la identificación entre placer y pecado se le debió de grabar muy profundamente en las cuadernas de su alma.

-Padre, me he deleitado comiendo un bocadillo de calamares fritos-podría haber confesado, creyendo que esos excesos eran pecados de lesa austeridad.

La vida te acaba picardeando. A estas alturas de la película hasta el más virtuoso sabe complacer a sus debilidades humanas. Ha tardado en asimilarlo, pero a veces este bloguero también se siente como el marqués al que emulaba su viejo amigo Chumby.

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Aunque uno conoce marqueses que viven bastante regular, vale el tropo para simbolizar con ironía las contadas concesiones que uno hace a la buena vida. Quizás estas para no dan para llenan el día, pero sí al menos consagran su particular momento del marqués. Lo ha acabado descubriendo en las calurosas tardes de verano, cuando deja las faenas en el campo y el jardín y se sienta a ver el crepúsculo mientras apura ese asombroso preparado del buen gusto vulgarmente conocido como gin tonic. Unas gotas de Beefeater ad libitum, algo de zumo de limón, hielo en abundancia, agua tónica en la proporción que aconsejan el paladar y la sed y, detalles esenciales, un frote de la piel del cítrico sobre el borde del vaso y unas hojas de menta o hierbabuena navegando a su manera entre los elementos. Este bloguero sostiene que es mejor aún si el limón está verde, aunque otros añadirán sus observaciones propias. Hay gustos para todos.

En ese momento del marqués, cuando el aire fresco de se lanza en tobogán desde las crestas de Gredos hacia el valle, uno saborea su gin tonic mientras mira el crpúsculo  cavilando sobre el ser y el no ser, la vida y la muerte, el presente y el futuro, el secreto de la felicidad. Tanto aparece un amor del pasado como la risa juguetona de una niña que aún corretea por ahí. Casualmente sangre de la propia sangre: cómo se pasa la vida, tan callando.

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Callando aparecen también algunas amenazas que enturbian esa paz. Por ejemplo, el aviso de una enfermedad, otra más, que aqueja a parientes, amigos o conocidos. De pronto, al reclamo del tintineo de los hielos del gintonic le viene el recuerdo de Gonzalo, un abogado inteligente y aguerrido al que casi todo en la vida le ha salido magníficamente. Por cierto, también es marqués de verdad, aunque sólo se lo toma en serio al exigir refinamiento cuando se prepara el gin tonic.

-¿Valdrá un brindis por su salud como si fuera una plegaria?- pregunta uno inocentemente a la puesta del sol.

Si el hombre se forma de maîtres á penser y de maître á vivre,  Gonzalo es un excelente maestro de vida para apreciar y saborear ese momento grato del gin tonic que tan de tarde en tarde se concede el bloguero. No será sin duda su única lección. Le espera una dura batalla contra la enfermedad, pero se apellida de Armas, y algunos le añaden Tomar porque el chico tiene carácter y es de los que se crece con el castigo. La suerte que hay que desearle pues es sólo que mantenga el tipo. Y podrá gozar muchísimas tardes más del maravilloso momento del marqués que ahora empezamos a disfrutar los que no sabíamos vivir.

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5 Responses to “Mi “momento de marqués””


  1. 1 Pemberton julio 11, 2011 en 7:17 am

    Si es verdad, el momento del gin tonic , como se mezcla hoy en dia ha conseguido desplazar en mi lista de sabores maravillosos al gin tonic de Finley y Larios, aunque aquel tambien tenia su puntito.
    Tengo que reconocer que el de ahora es francamente mejor aunque los partidarios de la espuma frente a las lentejas con chorizo se estan pasando con los ritos y los añadidos herbaceos a la hora de mezclar una buena tonica ( Nordic por ejemplo) y una Ginebra de calidad.
    Me he hecho estos años gintinicista fanatico y ahora mucho mas sabiendo el Duende tambien le da al tarro en este formato.

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  2. 2 maribel julio 11, 2011 en 4:56 pm

    YO NO SOY DE GRANDES BENIDAS PERO SE ME HA HECHO LA BOCA AGUA…UMMMMMMM…bueno me voy a seguir currando y a intntar no derretirme …saludos

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  3. 3 Zoupon julio 11, 2011 en 6:55 pm

    No entiendes de restaurantes, ni de vinos, ni de resorts, ni de spas, ni de relojes de lujo, ni de coches de alta gama….ni maldita la falta que te hace. Gracias a eso, puedes comer judías con chorizo, puedes beber del porrón vino con gaseosa, puedes alojarte hasta en el último rincón del país, puedes bañarte en el río, puedes ver la hora sin preocuparte excesivamente de no rayar el reloj, y puedes viajar en cualquier coche que medianamente se aguante sobre sus ruedas. Simplemente, eres más libre que los esnob que presuntamente entienden de todo eso.

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  4. 4 José Ramón julio 11, 2011 en 11:07 pm

    Zoupon: Lo has vuelto a clavar.
    Duende: Eres un experto en disfrutar de placeres asequibles y convertirlos en privilegio de dioses. Eres un hombre sabio.

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  5. 5 El Duende de la Radio julio 12, 2011 en 7:47 pm

    No exageremos. Lo que pasa es que ahora tengo mucho más tiempo para pensar. Lástima que no de con hallazgos como la teoría de la retailidad o así.

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