El Duende de verano (4) Tierras Altas… y limpias

Las Tierras Altas de Escocia son también el lujo de la soledad...

1 El encanto de la soledad…y de 35 ml. de malta

A los poetas les debe de encantar Escocia. Desde la cumbre del Bouchaille Etive Mor el profesor Mc Crorie le mostró a su acompañante, el bloguero, una extensa llanura verde que se abría entre las montañas. Sólo pasto y manchas de agua de pequeños lagos festoneados al fondo por más crestas.

-Se llama  Rannoch Moorle dijo como si fuera Moisés mostrando a los israelitas la Tierra de Promisión– Y es la zona despoblada más vasta de Gran Bretaña..

(Por cierto, qué era la Tierra de Promisión? Hablaban de ella sin cesar en la Historia Sagrada que le enseñaban al Duende cuando era niño y nadie le explicó donde quedaba y qué cosechas daba para ser tan apetecida).

Supone el viajero que en provincias como nuestra amada Soria cabrían varias extensiones solitarias así. Pero en el Reino Unido, que soporta la mayor densidad de población por kilómetro cuadrado de toda Europa, esta reserva de naturaleza y, sobre todo, de soledad, es un auténtico lujo. El panorama, tan bello, tan frío, tan limpio de toda impureza del desarrollo –apenas un único y agradable hotel, el asfalto de la carretera y los postes de la luz que se pierden en la lontananza- tiene su mística. Le entran a uno deseos de ponerse a fundar conventos en plan Santa Teresa o San Juan de la Cruz, aunque los turistas se limitan a hacer senderismo o a pescar. No almas, sino truchas o salmones.

También se emborrachan de oxígeno, de perspectivas cuando ayuda el weather, de pensamiento y filosofía de la vida. Lo pide el cuadro. No es descartable que también lo hagan con el malt que producen  las turbas de este suelo en las que, dicen los expertos, radica el secreto de su exquisito bouquet. Aunque en Escocia los 35 mililitros de su ración autorizada de whisky de malta los vendan a precio de cojón de mico, caramba.

Por cierto, que el bloguero, que jamás toma whisky, confiesa su devoción por esta joya de la destilería, insuperable remate de una cena en la que se comentan las incidencias de la jornada. La toma solo, sin añadirle hielo ni agua. Y la paladea y disfruta como cualquier turista burgués: nadie es perfecto.

2. Un paisaje austero, limpio de casi todo

Creía el viajero que también se iba a emborrachar de fauna, y en especial de aves. Todas las guías de viajes de Escocia hacen especial hincapié en su riqueza ornitológica. Pero tal vez las criaturitas, tan acostumbradas a la niebla y a la lluvia, se asusten cuando brilla un sol despampanante como al que le acompañó por estos pagos. Lo cual que los días de senderismo por las Highlands los viajeros sólo pudieron contabilizar, literalmente, un par de cuervos que graznaban sobrevolando Kintail, una mariposilla, no más de tres o cuatro moscas y algunos mosquitos. Afortunadamente, al tercer día, y a media ladera, vieron varios ciervos pastando tranquilamente en la distancia. Pero ni una lagartija, ni una culebrilla, ni un solo reptil ni bichito de ninguna otra especie animando el paisaje. Y, por supuesto, tampoco más aves. El propio profesor Mac Crorie se sorprendió de que, con ese tiempo tan esplendoroso, la naturaleza pareciera yerta.

Abundando en soledades, apenas se cruzaron los viajeros  con otros montañeros. Ni mucho menos vieron latas vacías, envases, papeles y otros restos de basura como la que normalmente jalonan nuestras rutas de senderismo. Impresionado por tal pulcritud, ni las mondas de mandarina o de plátano se atrevió a dejar a la intemperie el bloguero. Sólo el último día, y en el lecho de un glen (valle), donde sí coincidieron con otros paseantes, algunas toallitas higiénicas moteaban el limpio verde de las Highlands.

-Oh-dijo el profesor Mc Crorie visiblemente contrariado.

Ya ha confesado el Duende que no es fácil entender el inglés que con cerrado acento escocés chamulla su compañero de viaje. Pero en este caso le quedó muy claro que, aunque sus compatriotas sean muy limpios en la montaña, ninguno está libre de un apretón. Y no es lo mismo cargar en la mochila con las mondas de las frutas que con desagradable recuerdo de que no somos cuerpo glorioso. Es lo que tiene la condición humana.

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