El hombre que ponía notas en Encanto

Aquella mujer que sacó tan buenas calificaciones a lo largo de su carrera, necesitaba ahora buenas notas en lo que fuera. Aunque sólo fuera en Encanto...

1

Sonó el teléfono mientras él desayunaba sus tostadas y por la línea del horizonte aún no había despuntado el sol de otoño.

-Ponme  una buena nota , por lo que más quieras -escuchó que le decía al otro lado de la línea una voz trémula y delicada, casi al borde del sollozo – De verdad que lo necesito.

Javier se quedó helado. No había dado ni los buenos días, y sólo alguien de mucha confianza se atrevería a ser tan directo. Intentó localizar el origen de esa llamada angustiada. ¿Era ella?…¿La más famosa del curso?. Sí, tenía que serlo. La reconocía porque  raro era el día en que esa misma voz no tenía que dar explicaciones a la opinión pública. Ella, tan tímida, tan discreta, aparentemente tan fría.

-¿Elena?-titubeó a- ¿Eres tú?…¿Cómo has dado conmigo?

No podía ser otra. Según ese ranking que de vez en cuando reproducen los colorines dominicales para recordarnos el creciente peso de la mujer en nuestra sociedad, Elena era, después de Ana Patricia Botín, Rosalía Mera y las Koplowitz una de las mujeres más poderosas de España. No le habría costado mucho por tanto localizarle.

-Eso es lo de menos, Javier-dijo ella- No importa saber cómo he dado con tu teléfono. Sólo quiero que abras tu libreta y me repitas la buena nota que me pusiste en marzo de 1969. Y te prometo que no volveré a amargarte el bocadillo de mejillones, como aquel día…

2

Es verdad, ella fue tan borde y cortante que le amargó su desayuno favorito, café con leche y bocata de mejillones, siete pesetas de la época en el bar de la Escuela de Ingenieros Industriales. En esa escuela coincidieron los dos, con distintas visiones de la vida, por cierto. Él se apuntó esa carrera por tradición familiar y por inseguridad propia, pues ya había descubierto que lo que le hubiera gustado es ser funcionario del Cuerpo de Señales Marítimas, ganar una plaza de farero y escribir poesía frente al mar. Ella no daba puntada sin hilo: era inteligente, bajo su apariencia frágil ocultaba un temperamento fuerte, y quería reivindicar el papel de la condición femenina y demostrar que  una mujer podía llegar más lejos y mandar mejor que cualquier hombre. No estaba en la Escuela para frivolidades.

Y frivolidad, casi un insulto, le pareció que Javier, que lo aprobaba todo sin aparente esfuerzo, pero que confesaba que la ingeniería le importaba un bledo, se dedicara a observar a las compañeras y a calificarlas semanalmente en una asignatura inventada por él.

-Esta semana te he dado un 9- le dijo aquella mañana de marzo de 1969.

-¿Cómo?-preguntó ella mientras untaba la mermelada en su tostada- ¿Que me has dado un 9?…¿En qué?

El carraspeó y sacó del bolsillo de su chaqueta una libreta de octavo con las cubiertas de hule negro. La puso sobre la mesa y se la alargó mientras  bajaba la mirada.

-En encanto –susurró sin atreverse  a mirarle a los ojos. Y mientras ella ojeaba el insólito libro de calificaciones el siguió explicándose- Yo ponga notas a mis compañeras en una asignatura llamada Encanto. Verás, me fijo en todo…En fin, en su aspecto personal, en su sonrisa, en su actitud, en su misterio para inspirarle a uno…

Javier hubiera querido llegar a insinuar: en su atractivo. Hubiera querido decirle, sin rodeos: pongo la nota más alta a la que me gusta más, y la que me gusta más es una chica de Orense rubia, menuda, de apariencia frágil y de sonrisa limpia que se llama Elena. Y que además es lista, aunque quizás no sea la más simpática del curso…

Hubiera querido decírselo. Pero casi cuarenta y dos años después de aquel desayuno, Javier sólo recordaba que, ante semejante ocurrencia, ella puso cara de señorita Rottenmeyer, le tiró la libreta a la cara y le dejó plantado sin darle siquiera las gracias por el café.

-¡Machista!-fue lo último que le escuchó.

3

Lamentablemente el mundo era ahora una confabulación contra la única ingeniera industrial que había llegado a ser vicepresidenta de Asuntos Económicos de un gobierno europeo. Lamentablemente, de un tiempo a esta parte, a Elena Salgado sólo le daban muy malas notas, y cada vez que comparecía ante las cámaras y los micrófonos para justificarlas parecía que su rostro de fina esfinge iba a romper a llorar. Era una desgracia, pero en tres días FITCH, STANDARD & POORS y MOODY´S le habían rebajado la calificación de la deuda soberana de España, por lo mal que esta hacía sus deberes.

-Ponme buena nota, aunque sea en Encanto-suplicaba por el teléfono con la voz entrecortada por el llanto- No aguanto más, Javier. Olvida el pasado y ponme buena nota, aunque sea mentira…

4

Al fin y al cabo él era ahora sólo un jubilado, y su vieja libreta de calificaciones se leía tan poco como los libros de poesía que había publicado. O sea, nada. ¿Qué más daba mentir?

-Tranquila, Elena. Te he puesto un diez.

-¿Mejor nota que la que me pusiste entonces?

La voz del teléfono parecía ahora la de una mujer ilusionada.

-Claro –afirmó Javier- Ahora he tenido en cuenta que, además de lista y mona, eres dulce y simpática.

Le faltó añadir que era una chica muy maja. Pero comprendió que tampoco hay que pasarse, que eso le sonaría a piropo antiguo y vulgar, e incluso podía ofenderla. Y que, además,  hasta lo inverosímil tiene sus límites.

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