Cantando bajo la lluvia de otoño

El bloguero fue tan feliz cantando bajo la lluvia como Gene Kelly, Debie Reynolds o Donald O´Connor...

1

-Nos gusta el otoño porque es nuestra estación –se dice el bloguero.

Le recuerda a uno que estamos en el otoño de la vida. Y se felicita porque al fin haya llegado la húmeda estación, como si no fuera lógico que ya casi vencido octubre tengamos que abrir los paraguas. Creíamos que España estaba condenada a un verano eterno, pero al fin el anticiclón se largó y permitió que se presentara el primer temporal. Setenta y siete litros por metro cuadrado en una noche. La garganta de Santa María era el domingo un ridículo hilito de agua que avergonzaba a Candeleda, posiblemente uno de los pueblos que peor administra el llanto de las nubes. Ayer lunes en cambio era una torrentera furiosa. Daba gloria verla. Como fue delicioso dormir arrebujado entre las sábanas mientras tamborileaba la lluvia en el tejado su deliciosa canción de cuna. Otro regalo del cielo.

2

-Las nueces saben a otoño –decía la madre del bloguero.

El Duendecillo entonces creía que el otoño era cosa de viejos, sin darse cuenta de que a él también le gustaba el olor a tierra mojada, y el rebrotar del pasto, y la aparición milagrosa de ese enorme champiñón blanco que nace como por ensalmo, y el descubrir entre las hojas amarillas el fruto del nogal o del castaño. En realidad no fue nunca joven, pues hasta cuando idealizaba el amor se imaginaba paseando con su princesa de turno por un nebuloso paisaje de Turner, y no bailando con ella Un rayo de sol, oh, oh oh, que era lo propio de los jóvenes. Pasó de niño directamente a viejo. Y, como su madre, amó siempre la lluvia, las hojas secas con las que ella componía collages, el sabor de la nuez y el indescriptible aroma que le dejaban en el hueco de la mano las castañas asadas.

-Gracias, Señor, por haber inventado el otoño –rezaba sin pensarlo mientras pisaba los primeros charcos después del verano.

No era muy de niños pensar así, pero ya les digo que era un viejo prematuro.

3

-Los abuelos sólo servimos para que se nos recuerde-advierte Homper- Así que aprovecha el otoño, que es nuestra estación, para que tus nietas tengan algo por lo que recordarte.

El Duende recordaba a su abuelo encendiendo la pipa con la prosopopeya de un general inglés retirado que hubiera ganado mil batallas, aunque su abuelo Pablo ni fue militar ni rompió nunca un plato. Se hundía en su sillón junto al brasero y leía novelas policíacas envueltas en humo de tabaco. El abuelo Pablo presumía de que, cuando era joven, cortó una flor de un balazo de pistola para ofrecérsela a una dama, lo cual no encajaba nada con su pacifismo, pero hablaba de su romanticismo. El abuelo Pablo era hombre de pocas palabras. Aparte de repetir a menudo que el cisne cuando muere canta, el Duende sólo recuerda lo que le dijo un día que le llevó al cine Principe Alfonso y vieron juntos El niño y el unicornio. En la película trabajaba Diana Dors, que era una rubia platino curvilínea de espectacular y opulenta pechera, y también salía un  chaval y un chivo con un solo cuerno. El abuelo Pablo podía haber comentado algo de la película, que era una comedia, o de la rubia, pero sólo dijo lo justo.

-No creas, los unicornios no existen.

A pesar de sus pocas palabras llega el otoño, que también es algo abuelo, y el Duende lo recuerda.

4

Cuando se presentó el primer chaparrón del otoño el Duende paseaba por el monte con su hija Isabel y sus nietas mayores. La nieta Marina está en la edad de preguntarlo todo, y su abuelo en la de responder. Junto al camino había un roble despellejado y a su lado un ramo de flores y los restos de un parabrisas roto, y el Duende cometió la imprudencia de decir que aquello recordaba un accidente. ¿Y quién coducía? Un joven. ¿Y qué le pasó? Hubo que mentir y decirle que sólo sufrió heridas. ¿Y por qué? Porque iba demasiado deprisa. ¿Y por qué? Porque seguramente había bebido alcohol. ¿Y eso es malo? Si. ¿Y por qué?….¿Y por qué si sabía que era malo bebió?…

Aquel chaparrón fue una bendición. Hubo que suspender el interrogatorio y refugiarse bajo el tejadillo de una majada.

-Quedaos aquí mientras yo voy corriendo a por el coche-dijo la madre de las niñas.

Y allí se quedó el abuelo con las niñas, rodeados de ovejas mientras veían llover y él pensaba cómo entretener la espera.

5

Fue una suerte que las niñas estuvieran preparando ya el Auto de Navidad, y que quisieran ensayar ante su abuelo el villancico que en él les toca cantar. Y fue más suerte todavía que, como ocurre a menudo, se supieran más la música que la letra, y que mientras en una estrofa decían Soy una pobre gitana / que vengo de Egipto aquí / Y al niño Jesús le traigo / Un gallo quiquiriquí  en la siguiente cantaban  Yo soy un pobre pasiego / que viene de Egipto aquí / y al niño Jesús le traigo / una cesta de castañas.

Y fue un alivio. Pues comoquiera que,  en su papel de abuelo, el Duende pensara lo absurdo de un pasiego en Egipto, y lo raro de que se fuera hasta allí para llevar castañas al Mesías, planteó a las niñas la necesidad de revisar la letra. Y así, mientras llovía y llovía y la madre no venía, pasaron los minutos ensayando nuevas rimas que pudieran ser más verosímiles. Y como las niñas estaban dispuestas a demostrar a su abuelo que iban a ser las estrellas del auto, repitieron la cantinela una y otra vez hasta que por fin, después de numerosos intentos, se llegó a la conclusión de que el pasiego no venía de Egipto, sino de la montaña, lo cual era mucho más lógico y, sobre todo, pegaba con las castañas.

Y así pasó más de media hora, hasta que la madre regresó con el coche. Y gracias a eso las nietas guardarán la estampa de un abuelo que un día les puso a ensayar villancicos mientras llovía y las ovejas les miraban pasmadas. Porque los abuelos pueden no legar relojes, cuadros, libros, fincas u otras riquezas, pero tienen la obligación de  dejar recuerdos, y ojalá sea este  uno tan grato como el que uno tiene del mejor musical de todos los tiempos, Cantando bajo la lluvia.

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8 Responses to “Cantando bajo la lluvia de otoño”


  1. 1 Zoupon octubre 25, 2011 en 1:43 pm

    Duende, creo que esta vez te has equivocado. El pasiego coge las castañas en su hermoso valle, hasta ahí de acuerdo. Y luego se va a Belén pasando por Egipto, que es más recto y sólo hay que cruzar el estrecho de Gibraltar en lugar del Bósforo. Allí para a descansar y recoge a la gitana y al gallo, y juntos en alegre companía hacen el camino hasta Palestina. El pasiego sólo menciona el trayecto desde Egipto porque la natural modestia de los cántabros le impide relatar entera su machada y hacer de menos a la gitana. Seguramente las niñas te lo hubieran explicado así de no haber hecho valer prematuramente la auctoritas propia de tu condición de abuelo.

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  2. 2 Ángela octubre 25, 2011 en 7:24 pm

    Nueces con pan, era otra de las modalidades de la madre del Duende. No sé si los abuelos sólo sirven para recordarlos, pero, la verdad, lo hacemos con muchísima frecuencia. Y sí, es posible que en el otoño, lo hagamos más a menudo que en otras estaciones.
    Seguro que es un bonita función la de Marina y Olimpia.
    Un abrazo.

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  3. 3 José Ramón octubre 25, 2011 en 11:08 pm

    Salgo por peteneras: Para mí también “Cantando bajo la lluvia” es el mejor musical de todos los tiempos. Al menos es el único que soporto.

    Y, yendo ya más al quid: Eso que dices de que los abuelos tienen la obligación de dejar recuerdos es verdad. Hoy en RNE un folclorista decía que el abuelo está siempre con sus historias, siempre las mismas. “Qué pesado, siempre con la misma cantinela”. Pero se muere y nos quedamos: “¿Cómo era aquello que decía el abuelo?”

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  4. 4 Pemberton octubre 26, 2011 en 8:43 am

    Hoy , una vez mas, lo has clavado. No te puedo hacer ningun reproche pues desde lo del cine Principe Alfonso, la garganta con el hilillo de agua, el villancico, el amor al Otoño lluvioso…todo todo me estimula a seguir activo en mi papel de abuelo.
    Yo me impaciento esperando las primeras lluvias y este año precisamente por Candeleda se me caia el alma a los pies viendo lo amarillo, tan sumamente amarillo, ya casi en el puente de los Difuntos.
    Pero se ha hecho el milagro de todos los años ya no hay que huir del sol para sobervivir.

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  5. 5 maribel octubre 26, 2011 en 9:14 am

    Bueno si obviamos que en Alcoy no ha llovido apenas nada ….pues la cancion pierde su suinificado . pero la verdad esque hace muchisima falta la lluvia del otoño tan estraño que estamos viviendo …algun dia os contare el recuerdo mas vivido de mi unico abuelo….jajajaj saludos

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  6. 6 Franciska octubre 26, 2011 en 8:53 pm

    Mi abuelo me inculcó dos aficiones, el cine y los toros. Despues de cada pelicula, a las que me llevó a partir de los tres años, me explicaba lo que le daba la gana para adornarla, cosa que me doy cuenta yo repito. Y en los toros a la misma edad, me decia que curaban al toro y salia al dia siguiente,por supuesto yo me lo creia. Pero lo mismo el cine que los toros calaron en mi para siempre.Pienso que inculcar cualquier aficion es el mejor recuerdo que puedes dejar.

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  7. 7 begoña octubre 26, 2011 en 9:34 pm

    Una vez más, Duende, has tocado mi fibra sensible. No sé si mis nietos me recordaran con el mismo cariño con el que yo recuerdo ami abuela materna, pero de momento yo les estoy tremendamenta agradecida. Cuando mis hijos eran pequeños yo era tan joven y tenía tantas cosas por hacer, que perdí el goce de disfurtar pausadamente de su evolución. Ahora mis nietos reparan este error. Les contemplo y me contamplan. Qué mejor regalo que el que te digan “Agüela (así de mal y de bonito), te quiero un porrón”. En fin, los abuelos me comprenderán.
    El otoño sigue siendo la mejor estación del año. A pesar de su melancolía, el color y el aroma que proporciona son inigualables. Este año no sé si llegarán a tiempo los hongos.

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  8. 8 Atticus 444 octubre 28, 2011 en 12:56 pm

    No solo el mejor musical.la mejor pelicula de la historia.
    Lean,lean el 444

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