La mejor cena de empresa

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La primera vez que Teresa fue a una cena de Navidad de su empresa le temblaban las piernas. Ella, tan tímida, tenía que ir a la peluquería, maquillarse y ponerse guapa por consejo de sus compañeras más veteranas.

-Seguro que alguno te tira los tejos, tonta-le decían- Ellos van a lo que van, y acaban todos borrachos. Pero a veces la cosa resulta divertida, y no te compromete nada. Al lunes siguiente todos te volverán a mirar como la secretaria de siempre, pero que te quiten lo bailado.

Mientras frente al espejo aplicaba polvillo de purpurina en sus mejillas, recordaba el inicio de su película favorita, El apartamento cuando los colegas de Jack Lemmon celebraban una fiesta de Navidad en los mismos despachos de la empresa. Unas copas de champán, una breve batalla de confetis y serpentinas y el jefe más apocado sentaba sobre sus rodillas a su secretaria para besarla, meterle mano y darse un homenaje sin el menor sentido del pudor.

Le temblaban las piernas, porque aunque no tenía una gran consideración de sí misma, la verdad es que esa noche se miraba ante el espejo y se encontraba mona, incluso atractiva. Hasta se había atrevido a descotarse un poco. Sólo para insinuar la primera sombra del canalillo y esperar a que algún hombre interesante descubriera que allí latía un corazón y podía desplegarse un sueño.

2

Se sucedieron los años de vacas gordas, y la cena de Navidad de la empresa fue ganando fama y aprecio entre los empleados. En aquel tiempo el más tonto hacía relojes dormido, y cualquier despabilado ponía en marcha una constructora y ataba los perros con longaniza. La cena de la empresa de Teresa llegaba con la paga extra fresca y los bonus rebosando los bolsillos de los jefes, e incluía espectáculo de mago y de humorista que contaba chistes verdes, baile que inevitablemente degeneraba en la conga de Jalisco, barra libre hasta las tres  y sorteo de regalos y de tres cruceros. A Teresa le tocó uno a los fiordos noruegos que aprovechó en verano. Como no tenía pareja, invitó a su compañera Josefa, con la mala suerte de que ésta se mareó en la travesía, lo encadenó con una gastroenteritis y acabó convirtiendo a su anfitriona en abnegada señorita de compañía.

-Mierda de cena de Navidad, mierda de sorteos, mierda de crucero –suspiraba Teresa cuando podía escaparse del camarote y respirar en cubierta  el aire yodado del mar.

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En los años de esplendor media empresa aprovechaba aquel despelote de cena para tratar de ligar con la otra media. Pero cuando el director empezaba a soplar el matasuegras y Roselia, su secretaria, se subía las faldas y mostraba al respetable sus navideñas bragas con la cara de un Santaclaus sobre el mismo monte de Venus provocando el rugido de los machos bravíos, Teresa se acercaba al guardarropa, pedía su abrigo y se iba. Solía coincidir en la salida con Damián, el. único hombre de la empresa que, sin ser un George Cloney, le atraía. Damián, era el director financiero a su pesar, porque escribía poesía y soñaba con retirarse a su casita en el Valle del Pas. Sin hijos y con poca esperanza ya de tenerlos, sólo trabajaba para poder mantener los cuidados que necesitaba su mujer. Su mujer se llamaba Lucila y padecía una artrosis degenerativa  que estaba minando cruelmente su belleza.

-No puedo evitarlo- le dijo mientras le ayudaba a ponerse el abrigo- Pero quiero volver pronto a casa porque,  cuanto más se acerca el final, más tiempo necesito pasar con ella..

4

La crisis puso a la construcción en su sitio, y a la empresa donde trabajaba Teresa fuera de su sitio. Pronto, la plantilla  tuvo que soportar las desagradables boñigas de las vacas flacas. Primero desaparecieron los  bonus, luego se congelaron los sueldos, se requisaron las tarjetas de crédito de empresa, siguieron los despidos,  se eliminaron las cestas de Navidad y los regalos de Reyes para los hijos de los empleados. Al año siguiente la cena de Navidad fue un modesto menú  sin mariscos y, por supuesto, sin baile, atracciones, regalos ni sorteos. Finalmente, en  2008 llegó lo que parecía imposible: se acabó con la ilusión de la noche de desmadre y ligoteo y se fulminó lo que ya parecía un derecho sagrado para el personal, porque la empresa comunicó que, lamentándolo mucho, no habría cena oficial. Invitaba  a los empleados a que confraternizaran celebrando la Navidad juntos. Aunque, eso sí, pagando cada cual la cena de su bolsillo.

A partir de ese momento, cada año acudían menos empleados a la cena, pero ni Teresa ni Damián faltaron nunca. Él aprovechaba  aquella noche para sentarse junto a ella, charlar lo que le dejaba la espantosa música de discoteca y aliviar así el dolor que le provocaba el lento declive de su mujer. Ella le escuchaba y le consolaba con una delicadeza emocionante. Damián no era ni alto ni guapo, pero a pesar  de su sufrimiento, sus ojos claros proyectaban esperanza, y eso le añadía un punto de ternura. Ambos sentían que aunque sus vidas no eran cuentos de hadas, la Navidad resultaba más amable después de hablar de sus cosas cenando en torno a una vela roja adornada con acebo.

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2011 fue tan letal para la empresa como para Damián. En aquella siguieron sucediéndose los despidos, mientras que Lucila murió en junio. Nadie estaba con ánimos de celebrar la Navidad.

El 16 de diciembre los únicos que asistieron a la cena fueron Teresa y el director financiero recién viudo. Compartieron una ensalada de ventresca, tomaron luego picantones rellenos y un helado de castaña con salsa de chocolate. No hubo ni cava, solo vino tinto, un crianza de Rioja. Tampoco llovieron confetis  ni serpentinas, ni se tuvo que soportar música ensordecedora, ni mago, ni animador, ni regalos y sorteos de viaje. No más conga de Jalisco de borrachos, ni directivos con narices de payaso y gorritos de Papá Noel, ni exhibición de escotes y de bragas rojas y blancas con santaclauses indecentes.

-¿Te apetece que paseemos un ratito?-le propuso Damián.

Teresa asintió con una sonrisa. Mientras sus pasos en la noche resonaban sobre el empedrado de la Plaza de Oriente volvió a recordar la historia de El Apartamento. Ni ella era la ascensorista que perseguía Fred Mac Murray, ni Damián era el ejecutivo que cedía  su apartamento para picadero de los jefes. Sólo eran dos compañeros de soledades, dos vidas desencuadernadas que, por esa concurrencia de cariño y nostalgia que a veces se da en algunas cenas de Navidad, quizás podrían recogerse juntos. La ocasión pedía un final feliz, y ella también añoraba esa atmósfera de ternura que desprendían Shirley Mac Laine y Jack Lemmon en su película favorita.

Cuando atravesaron la Plaza Mayor los tenderetes de los nacimientos estaban cerrados. Él tendió su brazo sobre los hombros de Teresa y la atrajo hacia si.

-Así sentirás menos el frío, ¿no?-fue su pretexto.

Tampoco supo qué decirle, aunque agradeció que la oscuridad de las calles y el cuello levantado de su abrigo impidieran ver su rubor. Siguieron caminando en silencio, muy juntos los dos, hasta perderse en el fondo de la noche. Ella sólo pensó que por fin había disfrutado de una cena de Navidad de la empresa que de verdad mereciera la pena

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5 Responses to “La mejor cena de empresa”


  1. 1 julian29 diciembre 19, 2011 en 6:51 pm

    Hoy tengo yo mi cena de empresa. Como en la de Teresa, hubo años de bonanza, donde el cava y el buén jamón, abundaban en la mesa. Hoy la cosa ha cambiado, y los empleados pagamos a escote, pero no por eso dejamos de reunirnos y “echar 4 risas”.
    Creo que ha habido muchos abusos, y mucha gente que se creía que nada costaba nada, y que las facturas se pagaban solas, pero TODO lo que se consume se ha de pagar, y al final los recursos son finitos.
    Viva la moderación!!!

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  2. 2 Zoupon diciembre 19, 2011 en 7:34 pm

    A mí me encantan las cenas de empresa, de hecho en la mía se celebran tres o cuatro al año: De vez en cuando que mi mujer ha salido y los niños duermen, me pongo solemnemente mi skijama favorito y mis zapatillas de cuadros, me preparo una tortilla de patata de tres huevos, una ensalada de escarola con cebolla bravía, una buena cerveza de trigo, y a disfrutar la cena de empresa en completa soledad y con la única compañía de la radio. En fin, alguna ventaja tenía que tener ser autónomo, ¿no?

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  3. 3 Ángela diciembre 19, 2011 en 8:24 pm

    La verdad, nos reímos muchísimo en la nuestra, una cena que empezó siendo de cuatro… y el viernes éramos 34.

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  4. 4 Luis F. diciembre 20, 2011 en 9:41 am

    Me ha encantado este relato del Duende.Es una foto en sí mismo.
    Refleja muy bien la situación,y está impregnado de una gran ternura.

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  5. 5 Úrsux diciembre 20, 2011 en 9:49 am

    Gracias Duende. Me ha emocionado.

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