Líbrame Señor de una muerte grotesca

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Una de las ventajas de ir cumpliendo años es que vas asumiendo con naturalidad que esto se acaba. No es pesimismo, sino un realismo bien entendido, y que hasta suele coincidir con una sensación de fatiga. La fatiga de vivir.

La muerte alivia algunos notables inconvenientes. Y te libra de esos garbanzos en los zapatos que nos calzamos diariamente. Dejas de dormir poco para entrar en el sueño eterno, no hay que madrugar más, ganas la soñada exención de impuestos, no hay reuniones de la comunidad de vecinos en el más allá, no hay que leer el periódico ni castigarse soportando la gilipollez humana, no hay comisiones bancarias que medien en el tránsito, se deja de sufrir la ansiedad de la cultura o la necia dictadura de la moda, no hay que luchar más contra los abrefáciles que te amargan la vida. Tampoco se padecerá por la suerte del desempleo: estos parados no necesitan nada más que ser recordados. Y aunque no lo sean, tampoco se van a dar cuenta de ello.

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No le importa tanto a este bloguero la muerte como las condiciones en que ésta se presente. La muerte digna no depende sólo de la ausencia de dolor, sino del momento y de las circunstancias. Hace años el Duende leyó en los periódicos una noticia casi surrealista que le dejó aterrado. Contaba una sección de sucesos que un campesino había muerto aplastado por una roca en el muy poco honorable trance de copular…¡con una gallina! Qué Némesis tan brutal, qué ridículo tan espantoso. Recientemente todos hemos contemplado, perplejos cual nuestro amigo Homper, cómo el pueblo norcoreano lloraba de forma histriónica la muerte de su líder Kim Jong-il. Al mundo occidental le resulta inexplicable semejante teatralización de la histeria colectiva por la desaparición de un dictador, pero los abducidos norcoreanitos quizás no lloraban por eso, sino porque, según se comentó en Herrera en la onda, la muerte le sobrevino al sátrapa mientras defecaba.

-¡Qué desprestigio! –se debía de lamentar su pueblo plañidero- ¡Pensar que nuestro líder ha muerto dando de cuerpo!…

Muerte, por favor: se más discreta cuando vengas a por el duende que suscribe.

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La señora Olegaria era una mujer abnegada y trabajadora, y había dedicado sus últimos diez años a cuidar de su marido, un impedido que le anticipó a su amantísima esposa al menos cuatro años de purgatorio. Su marido había sido un borracho y un putero, pero eso no era eximente para el cariño de Olegaria, que era una buena cristiana. Se murió el marido, y Olegaria quedó viuda al borde de la indigencia. Días después de haber enterrado a su marido, su cruz y su llanto, murió en la calle de un ataque al corazón. Su cadáver fue levantado a las puertas del Monte de Piedad, y en el bolso de Olegaria se encontró una bolsita de papel que contenía dos alianzas matrimoniales y una dentadura postiza con tres piezas de oro. Tampoco fue la muerte digna que Olegaria se merecía.

La gallina violada, la muerte en el retrete y el triste bolso de Olegaria. Todo se le mezclaba en la cabeza al Duende cuando hacía algo aparentemente tan fácil como instalar unas protecciones de plástico en las esquinas de su plaza de garaje para proteger a su coche de roces y abolladuras de chapa. Qué ingenuidad la suya.

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Doña María hablaba de las múltiples pequeñas cosas de espaldas al pueblo que le complican tontamente la vida al ciudadano. Y, puesto en faena, el Duende advirtió que las protecciones de plástico que la afamada firma Leroy Merlín le había vendido para proteger el cutis de su coche en el garaje pertenecían a ese género de ingenios imperfectos que no se explica cómo se venden. Para empezar –cosa tan obvia que se no se tomó la molestia de comprobar, craso error- uno esperaba que las protecciones formaran un ángulo recto, y se acoplaran a las esquinas como el dedal al dedo. Pero no: formaban un ángulo agudo, no se sabe en qué esquinas pensarían sus fabricantes. Durante la primera media hora de su ejercicio dominical, el Duende trató de abrir, primero manualmente, y luego a pisotones, el ángulo de las protecciones. Desgraciadamente, el grosor de las mismas las hacía demasiado rígidas.

El segundo inconveniente es que las protecciones venían sin adherencia. Y a falta de recomendaciones, uno pensó que un pegamento de contacto contundente las adheriría sin mayores problemas, incluso aunque las bandas de plástico no pegaran con la pared en toda su superficie. Compró un pegamento infalible que le recomendó un ferretero, recorrió con un reguero de pasta blanca los bordes de la protección y procuró encajarlo en su lugar. Al poco, el Duende comprobó que el pegamento de contacto necesitaba presión para hacer efecto, así que durante bastantes minutos presionó con manos, rodillas y pies esperando el éxito. Cuando ya empezaba a aburrirse de su vida, y a convencerse de que no merece la pena dedicar más tiempo a estas majaderías, dio por cumplido el trabajo y se dio la vuelta para subir a casa. Pero antes de llegar a la puerta del ascensor le sorprendió un ruido. Volvió la mirada y la protección de plástico estaba en el suelo.

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Todo tiene su explicación –se dijo el Duende. El pegamento era demasiado denso, y la sección de salida del tubo no lo bastante ancha para que sirviera la cantidad suficiente. Subió a casa, cogió una sierra, bajó, seccionó el canutillo de aplicación por su base, apretó el tubo como si fuera un asesino de pegamentos, y como pudo embadurnó las paredes interiores de la puñetera protección de plástico para encajarla nuevamente y durante casi media hora presionarla para que se adosara definitivamente a la pared.

Entretanto sudaba, se irritaba y notaba que la la ira se iba apoderando de él. Empezó a acordarse de los padres y de las madres de Leroy y de Merlin, y también de las de los fabricantes de defensas, de las de los dependientes que no le advirtieron de que el plástico era rígido, y que de ángulo recto, nada. También invocó a la madre del que inventó ese pegamento de mierda, a la del ferretero que se lo colocó malamente y hasta a la del constructor del garaje, que no se sabe por qué con lo que cobró por venderlo no tomó la precaución de revestir las esquinas con blindaje de goma. Cuando parecía que la protección de plástico, al fin, quedaba fija, ésta empezó a alabearse por la mitad de su altura, y su base y su cabecera iniciaron un lento alejamiento de la pared, mostrando que aquellos hilillos de pasta blanca no servían para nada.

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Entonces, la emprendió a patadas y a puñetazos contra la esquina. No se sabe si como postrer intento para pegar la protección y conseguir su objetivo de proteger el cutis de su coche o cabreado por aquella nueva demostración de que todo conspiraba contra él de espaldas al pueblo. Estaba indignado, enloquecido, poseso de una ira universal contra todo por haberle puesto en esa ridícula situación que le robó media mañana de un soleado domingo de enero. Por un momento pensó que en casos así a algunos les sobreviene un infarto de miocardio, y tienen que cerrar su biografía con una nota tan absurda como “murió tratando de poner, inútilmente, unas defensas en las esquinas de su garaje”. Luego se vio en la misma lista que el presunto follador de gallinas aplastado en el intento, o el dictador cagón, o la desdichada señora Olegaria.

Y se consoló pensando que, por el momento, se había librado de una muerte grotesca como la que, lamentablemente, podría sorprenderle en tantas situaciones peculiares que uno vive cada día.

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5 Responses to “Líbrame Señor de una muerte grotesca”


  1. 1 franciska enero 9, 2012 en 3:24 pm

    Creo que en vez de pensar en que en algun momento hay que morirse, cosa que sabemos y asumimos, cada mañana, como decia mi padre que sabia que tenia los dias contados, se decia, !que bien! un dia más, para ver la luna, para pasear, para querer a los que queremos, para soñar. La muerte l me gustaria que me llegara en la luna llena o mirando al mar del norte o viendo una puesta de sol de otoño.y por supuesto acompañada. y claro , como la estetica es tan importante en esos momentos estando recien teñida.

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  2. 2 José Ramón enero 9, 2012 en 10:18 pm

    Woody Allen, en una de sus películas, condena al infierno al inventor de los muebles de metacrilato. Creo que le deberían acompañar esos diseñadores de esquinazos de plástico y esotros de pegamentos ful.
    (¿Probaste a enrollar el pilar con una cuerda, por ejemplo, hasta que se secara el pegamento?).
    PD.- Tengo un asunto para Doña María: Los que necesitamos gafas para leer no las llevamos a la ducha, y fracasamos estrepitosamente con los champús, suavizantes, acondicionadores, geles, etc, de letras microscópicas. Otra muerte ridícula: Morir en la ducha con el pelo embadurnado de aceite corporal.

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  3. 3 El Duende de la Radio enero 9, 2012 en 11:51 pm

    El asunto de los envases en la ducha fue una de las obsesiones de doña María. Aportó como idea que el envase de cada producto tuviera un color identificador, fuera cual fuera la marca fabricante.Por decreto ley.

    También ayudaría que fuera obligatorio rotular la naturaleza del producto (gel, champú, body milk, etc) en un mismo lugar y con una letra de cuerpo lo bastante grande como para poderse leer aún sin gafas. Pero naturalmente, estas “observancias” cayeron en saco roto, y yo también
    me acabo cabreando en las duchas po la misma razón.

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  4. 4 Zoupon enero 10, 2012 en 12:11 pm

    Se cuenta (aunque no sé si es cierto) que una actriz americana de la época dorada de Hollywood decidió poner fin a sus días, y para ello, en su lujosa suite del mejor hotel de la ciudad, se vistió con un precioso vestido inmaculadamente blanco y se puso sus mejores joyas y unos preciosos zapatos de tacón. Se maquilló y peinó perfectamente y lánguida sobre la cama se tomó el frasco de pastillas, con la esperanza de que la encontraran glamurosamente muerta. Pero las pastillas no debían de ser las correctas, porque lo que le entró fue una vomitona tremenda que no le dio tiempo a llegar al baño. Con la prisa resbaló y se abrió la cabeza, y el personal del hotel que acudió ante el estruendo la encontró bien viva y a cuatro patas con la cabeza metida en la taza, y con sus zapatos y su vestido llenos de vómitos y sangre al igual que la habitación entera.
    Ya ves, el de la gallina al menos no vivió para sufrir la vergüenza.

    Por otra parte, espero que me perdones que me haya reído muy a gusto con tu historia de hoy.

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  5. 5 begoña enero 10, 2012 en 11:37 pm

    ¡Glup…! Este -lo escribo sin acento porque creo que es una de las nuevas normas de la Real Academia de la Lengua- es uno post que hay que digerir antes de contestar.
    Morirse en el retrete (palabra horrorosa) es tremendo; con papeletas del Monte de Piedad en el bolso, creo que va a empezar a ser cada vez más común en el mundo que nos toca vivir; mostrar la ineptitud a la hora de aparcar es INACEPTABLE, ante todo hay que mantener la dignidad hasta la última hora.
    Me he preguntado muchas veces cómo me gustaría morir y es así: sin ruido, sin sentir dolor y sin causarlo en demasía, con el ciclo del vida cumplido, y dejando una senda de esperanza, porque en el fondo la vida me parece un ciclo maravilloso que puede dar mucho juego si se sabe exprimir. Aclaro que en la mía ha habido desde lo mejor hasta lo peor.

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