Archivos para 26 febrero 2012

La política no tiene alma

A los ciudadanos nos cuesta admitir algo que Homper tiene claro, y es que la política no puede andarse con remilgos de conciencia...

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-Qué escándalo –dice la tía Clota sin ocultar que sus muchos años no le han matado la ironía- Yo creía que esas cosas no pasaban en España

-¿A qué te refieres, tía? –pregunta su sobrino Homper.

-Dos políticos que se han atrevido a criticar a su partido…¿Pero cuando se había visto semejante cosa?

Desde su casita en Vermont la ancianísima profesora jubilada sigue escuchando la radio española por Internet. Y luego comenta las noticias con su sobrino. Homper no tiene particular añoranza de España. La vive, la soporta, la disfruta. No siente por tanto nada que añorar. Pero desde que la realidad se ha tornado tan áspera lee menos periódicos y escucha menos informativos que nunca. Se ha convencido ya de que hay otras alternativas para alimentar el espíritu. Como tantas otras cosas, la noticia de tía Clota le ha hecho caer del guindo, y entrar una vez más en ese estado de perplejidad permanente que da lugar a su nombre.

-Nunca, tía. Decían que el que se movía no salía en la foto. Pero los partidos tampoco son lo que eran.

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Resulta que a Josep Borrell, ex ministro y ex candidato del PSOE se le ocurrió declarar en público que algunas medidas que ha tomado el gobierno del PP las tenía que haber tomado antes su partido. Por ejemplo,  poner cortapisas a los sueldazos de aquellos banqueros cuyos desafueros pagamos todos o facilitar la dación en pago para que los hipotecados insolventes se libren así de la insaciable sanguijuela de la sacrosanta banca. Resulta que casi el mismo día Esperanza Aguirre, que no se caracteriza precisamente por su templanza verbal, ha criticado al gobierno de su partido por las maneras un tanto abruptas con las que las autoridades pretendieron ejecutar un deahucio. Como si los gobiernos del PP, por muy legales que sean, no puedan tener eso que la gente llama consideración.

-Tenga usted consideración, agente. Déjeme que vista al niño y no nos desahucie en pijama, que está la mañana fría.

No fueron tan comprensivos los agentes y la presidenta del PP madrileño tuvo el atrevimiento de criticar a Interior.

Qué escándalo, tía. Tienes razón. ¿Cuándo se dará cuenta el personal de que la política no puede tener alma?

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Mayorías. Estrategias. La imagen: unidad de doctrina, prietas las filas en torno al líder.Y pavor al qué dirán, aunque se supone que los electores, cuando votan, ya son lo bastante mayorcitos como para saber que donde los suyos dicen digo luego dirán Diego y se quedarán tan frescos. Tanto la tía Clota como su sobrino el Hombre Perplejo saben que el gobierno del PSOE debería de haber tomado muchas de las medidas que ahora está tomando el del PP. Como están de acuerdo en que este metió la gamba, por exceso de rigor en el asunto que provocó la ira de la señora Aguirre. Pero la política es la política, y los partidos son los partidos.

-Debe de ser así de simple, tía –concluye Homper- O somos, o no somos. ¿Qué pintamos los que tenemos dudas y comprendemos las medias tintas?

El milagro de San Simplicio

El padre Lotino no estaba del todo convencido de que aquello fuera un milagro de San Simplicio, pero dio su absolución...

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Al poco de salir del seminario, al padre Benito Berzal ya le llaman el cura BB. No solamente sus iniciales coincidían con las de la Bardot. Es que además había escandalizado a sus compañeros de seminario sosteniendo entonces que el terrible pecado contra la pureza que entrañaba ver Y Dios creó a la mujer, no pasaba para él de ser un venial de menor cuantía.

-Comprenda, padre –le decía el confesando de los años sesenta buscando atenuantes- Es que Brigitte Bardot está…

-Tonterías, hijo. No hay que obsesionarse con el sexto mandamiento. Reza un padrenuestro y a otra cosa.

Se desmarcaba del cliché de la época. No era tan carca. Es más, podía decirse de él que era natural, afable y campechano, un buen tipo. Cuando años después le destinaron a un pueblo perdido entre la montañas, le parecían tan inocentes las confesiones de las mujerucas del lugar que a menudo les dejaba largar y largar y se dormía antes de impartir la absolución. Un día de esos despertó con frío, escuchó unos pasos en la penumbra de la iglesia y distinguió a un vagabundo que estaba saqueando el cepillo para llevarse los cuatro cuartos en él depositados.

-Pobre hombre –pensó- ¿Cómo le voy a decir que debería confesarse?

Al día siguiente dejó en el cepillo un bocadillo de mortadela y un plátano. Tampoco el sueldo de un cura de pueblo daba `para gollerías.

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Pasaron los años.

No le gustaba admitirlo, pero el padre BB sabía que la sociedad de la información había desplazado poco a poco a las religiones. Con razón o sin ella, la gente creía menos en Dios en la misma medida en que creía saber más. También estaba convencido de que la jerarquía de la Iglesia se había distanciado del pueblo. Cada vez iba menos gente a sus misas, y cuando se sentaba en el confesionario  sólo era ya para leer y esperar. Inútilmente. La última semana antes de decidirse a poner el aviso en la puerta de la iglesia – Para confesiones, llamar antes a la Parroquia- se la pasó mirando obsesivamente a la imagen de San Simplicio, que quedaba frente por frente del confesionario y le espiaba con un desagradable gesto de rapaz inquisitivo. El padre BB sentía su reproche. ¿Pero qué diablos estáis haciendo con la fe para que no venga nadie a la iglesia? –parecía espetarle el santo.

-Se hace lo que se puede –le respondía en silencio el cura- Pero no creas, Simplicio, que yo tampoco estoy de acuerdo con la marcha de nuestra Iglesia.

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San Simplicio no sabía que a la crisis de fe se añadía ahora lo que todo el mundo, cristiano o no cristiano, conocía simplemente como la crisis por antonomasia. Y que esa catástrofe económica le traía al pobre cura de cabeza, pues mientras la fe decrecía, la pobreza  de los pocos feligreses de la diócesis aumentaba. Ahora ya no era un bocata de mortadela y un plátano lo que tenía que distribuir, ahora era más de la mitad de su modesto sueldo lo que el padre BB dedicaba para ayudar a los indigentes. Había pedido ayuda al Obispado, que le respondió con un discreto silencio, y había intentado ablandar la conciencia del rico del pueblo para que hiciera un importante donativo. Pero el millonario Laureano, industrial choricero, se acababa de casar con una voluptuosa negrona de Santo Domingo que le había convertido  a la Secta del Santo Monje Cholipín, camino infalible, según ella, para la salvación si la fe se adobaba con limosnas generosas.

-Cuanta competencia, Señor –suspiraba desalentado el padre BB- Y qué impotencia la de este pobre cura tuyo para ayudar al prójimo.

Dios seguramente comprendería la angustia y la zozobra del cura de pueblo. Pero San Simplicio, ceño implacable de rapaz marmóreo, seguía acosándole con el vinagre que derramaba su mirada.

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Nadie en el pueblo sabía qué pintaba San Simplicio en esa iglesia.  El templo guardaba entre otros tesoros una preciosa talla románica de la Virgen del Helecho, patrona del pueblo, y un magnífico retablo atribuído a un discípulo de Juan de Juni. La imagen de mármol de rostro antipático, incrustada en una hornacina en el lateral izquierdo de la nave central, frente al confesionario del padre BB no había despertado jamás la devoción de nadie, y sólo la curiosidad del cura inconformista le había llevado a investigar que San Simplicio, papa del siglo V y generoso protector de los pobres, debía su presencia allí a la simple vanidad de un paisano del siglo XVIII que llevaba ese mismo nombre, se hizo rico y se hartó de que su santo patrón no figurase en la imaginería de iglesia alguna de la comarca. La encargó a un formidable escultor de nombre desconocido que le cobró una fortuna, la donó a la iglesia de su pueblo y probablemente fue el único que le dedicó sus oraciones. Desde entonces la imagen barroca, tan poco graciosa como inadecuada al santoral del lugar, veía pasar  los años y los siglos sin añadir una `pizca de gloria al pueblo. La pequeña inscripción en mármol que la acompañana tampoco le daba más lustre. Ofreció esta imagen de San Simplicio a esta iglesia otro  Simplicio devoto suyo. Anno MDCCLXXXV.

La ignorancia se hace a veces demasiado irresponsable. Tampoco ni el obispo ni  nadie del pueblo sabían que  ese triste San Simplicio, con su báculo y su primitiva mitra de finísimo acabado, era una singular pieza del barroco valorada por un especialista en treinta y cinco mil euros. Y que un sospechoso personaje llamado Eric el Holandés había sido visto en la iglesia, donde ya no entraba casi nadie, tomando fotos y midiendo palmo a palmo la altura de la hornacina

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No hace mucho el padre BB recibió con alivio la noticia de que su ilustrísima Xavier Novell, obispo de Solsona se había bajado su sueldo por solidaridad con los que más sufren la crisis. Esperó entonces unos días a que  su obispo  tomara medidas semejantes y destinara parte de ese ahorro a socorrer a los pobres de su feligresía, únicos fieles que entraban ya en la iglesia. Y no precisamente para orar.

 No ocurrió nada semejante. Sin embargo, y como si fuera el milagro de los panes y los peces, un día los auxilios del padre BB se multiplicaron y mejoraron de calidad. Los pobres desasistidos encontraron a partir de entonces  en su parrroquia más consuelo y, sobre todo, mejor menú. Cuando el padre Lotino, titular de la parroquia más próxima de la contornada, acudió a a su colega para que le contara cómo conseguía esos sorprendentes logros asistenciales, el padre BB le quitó importancia.

-Es lo que tienen las crisis. Permiten recuperar valores que creíamos definitivamente perdidos…Ya ve usted, Lotino…¡Hasta la fe y las prácticas religiosas parecen reanimarse!

-No me diga…¿De verdad?

-Ya lo creo –dijo el padre BB señalando su confesionario vacío- ¿Ve usted ese confesionario?…Más de dos meses hacía que no lo usaba nadie. Bueno, pues estoy convencido de que, si se sienta usted dentro, seguro que aparece un cristiano que le pide confesión. ¿Quiere hacer la prueba? –dijo abriéndole la puerta amablemente mientras le ponía su estola sobre los hombros.

-Antes de que aparezca nadie –dijo don Lotino observando la imagen de San Simplicio y leyendo con atención la inscripción de mármol- ¿No tiene muy buena cara este santo para ser una imagen de 1.758?

-Bueno –replicó el padre BB mientras miraba de reojo la infame réplica de falso mármol – Él ha  hecho el milagro de sacar a nuestros pobres de la crisis…¿Que le iba a costar hacerse la estética?

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Cuando se cerró el confesionario, uno de los pobres que acudían regularmente a llenar la andorga entró sobresaltado en la iglesia gritando a voz en cuello que la Guardia Civil había encontrado a un holandés llamado Eric, al que se daba por desaparecido,  encerrado en un molino abandonado. Pero eso no alteró el solemne ritual de la penitencia. Mientras don Lotino atendía a través de la celosía a un pecador que se acusaba de haber robado en la iglesia -pero con buenas intenciones, como Robin Hood– éste se convencía a sí mismo de que San Simplicio necesitaba ese milagro para ganar popularidad. Y, antes de hacer contrición perfecta, como mandan los cánones, escuchó del confesor que a veces, no siempre, el fin de ayudar al prójimo justifica los medios, y que   hasta el más justo de los justos peca a lo largo del día más de setenta veces siete.

– Bueno, bueno…Yo te absuelvo de tu pecado, Benito –concluyó don Lotino abriendo la puerta del confesionario y bendiciendo cara a cara al cura BB- Eso sí, no te aficiones demasiado… Y, si puedes -añadió lanzando una última mirada al santo milagrero- cambia ese San Simplicio por otra imagen que cante menos, ¿estamos?

 

Casi todo es tan “deja vu” como los Goya

Si te gusta el cine, seguro que a la misma hora que se entregan los Goya hay alguna cadena que emita una película...

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Sostiene Homper que una de las ventajas de los años es que te permite desmarcarte de lo políticamente correcto sin que la conciencia te torture demasiado.

-Por ejemplo-sostiene mientras se fuma un puro de chocolate- Puedes confesar que la moda te importa un bledo. Que te aburren hasta la saciedad las pasarelas, las

  • Cibeles  o la Fashion Weeks
  • , que ya no se cómo se llaman. Que el noventa por ciento los suplementos dominicales de los periódicos pueden tirarse directamente al cubo de la basura, sección feria de vanidades. Que lo que vale la pena de ARCO cabría en el hall del Prado, sin tener que andar kilómetros y kilómetros para ver boutades de colores y composiciones de aire frito. Y que lo peor del cine no fue el landismo ni las películas de Juan de Orduña, o de Sylvester Stallone, quién las pillara. Sino ese estomagante espectáculo de sonrisas, lágrimas, lentejuelas, gilipolleces y descarado autobombo en que se han convertido las galas cinematográficas.

    Y en su  anatema no hace distingos.

    -Me aburren tanto le ceremonia de los Oscar y Billy Cristal como la de los Goya con el gracioso de turno que imponen las televisiones para vender mejor.

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    Al Hombre Perplejo le dejó muy sorprendido que una mujer de pueblo como Doña María supiera poner al cine en su sitio.

    -¿Sabe usted que cuando Rhett Butler besa a Escarlata en Lo que el viento se llevó al Clark Gable le olía el aliento?

    -No me diga.

    -Pues sí. Se conoce que tenía  una muela mu picada, pero como la Vivien Leigh era mu buena artista  lo disimuló mu requetebién. El cine es mentirijillas. Y eso es lo que me gusta a mí del cine, que pa verdades y dolores ya tenemos la vida misma.

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    Según Homper el argumento de Doña María está lleno de razón: cuando destripas el cine, este pierda su encanto. Los que ella llama artistas, según el lenguaje de su época (ahora son actores o actrices) son muy interesantes cuando no son ellos, sino su personaje. Luego los conoces en un bar o en la cena en casa de un amigo y resulta que están obsesionados porque les han puesto una multa de circulación. Y hasta se atreven a hablarte de su colesterol, como si en lugar de ser inmortales fueran del comercio.

    -Un desastre, doña María, usted da en el clavo. Del artista, lo único que hay que conocer es su arte.

    -¡Ya ve usted!…Cuando una piensa que a George Clooney también `puede que le abandone el desodorante!…

    Esa es la  realidad aplastante. Como otra que aún lo es más, y que comparten Homper y la doña con todos los que ya tienen unos años. Pones la tele, se abre el telediario y ya sólo por la cara del presentador puedes ir recitando la noticia. Vas a una junta de accionistas y presientes las palabras del Botín de turno. Entrevistan a un ministro y te imaginas ce por be lo que va a decir de la crisis. ¿Quién no es capaz de adivinar el discurso del rey? No digamos nada de los niños de San Ildefonso, de la homilía del cura, de la proclama del sindicalista, del elogio al amigo o al pariente que ahora se ha incrustado en las bodas y funerales, de la rueda de prensa del entrenador de fútbol, como si cualquier partido fuera un consejo de ministros. Todo parece ya visto y oído, qué aburrimiento, la noche lela que nos espera: doy las gracias a mi madre, pero este Goya no es mío, sino del equipo, porque detrás de una película hay un puñado de trabajadores (aquí añadirán trabajadoras) que…

     Dejá vu, repiensa Homper. Pero como ya estoy en el desguace,  me importa un comino lo que digan los demás. Así que cogeré el mando de la tele y en lugar de inyectarme empalaguina en vena, buscaré una cadena que ponga una película.

    -En el peor de los casos- concluye- sólo será eso: una película.

     

        

    El hermano cerdo y otras animaladas

    No renunciará el Duende al chorizo, pero cree que se está haciendo objetor de conciencia de cochinillos asados...

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    Incluso en las mañanas de invierno se escuchan los trinos de los mirlos o de los rabilargos. Es uno de los premios del campo. Estos pájaros que tocan a maitines cuando el Duende despierta allí muestran ser los más despabilados: desayunan con aceitunas, cerezas o higos, según la época, y de paso rapiñan los granos del pienso que la perra, aburrida de su dieta, deja en su plato.

    Pero aquel fue un despertar mucho más dramático. En la finca vecina había matanza, y lo que cortaba el aire gélido como si fuera una motosierra demenciada era el berrido que emite el cerdo cuando le hunden el cuchillo en el cuello y se rebela contra la cruel agonía. No vale con despacharle de un tiro, o de un certero mazazo en el cráneo. La tradición dice que ha de desangrarse lentamente. A los españoles nos gusta legitimar la crueldad con los animales aprovechando cualquier pretexto, ya sea arte, costumbre, necesidad o puro afán de marcar superioridad. Mientras el cerdo ajusticiado aún se mueve, su sangre cae a chorros en un barreño, y una matancera la mueve con la mano para que no cuaje.  Nunca se acuerda el Duende de este drama cuando luego come la deliciosa morcilla. Pero ahora que se critica a las damas que lucen abrigo de pieles y se proscriben las corridas de toros, llama la atención que nadie levante una voz para ahorrarle sufrimientos al hermano puerco. ¿Está probado que sus productos resulten menos exquisitos si su muerte es tan cruel?

    En otra matanza este menda recuerda haber visto algo aún más salvaje. El reo era un verraco como un tranvía, un macho de respeto. Un forzudo le clavó un gancho por debajo de lo que sería nuestra barbilla y, sujetas sus orejas y rabo por tres fornidos mozos, fue arrastrado a la mesa de ejecución. En el tránsito, un cuarto elemento, fino estilista, sacó una navaja cabritera y de un certero corte le afeitó los testículos al pobre cerdo. Peor final  aún que el del cuento del Decamerón. El animal acabó cornudo y apaleado, sino eunuco y ejecutado.

    -Es que si no,  la carne puede saber a semen –le explicaron  al atónito Duende.

    Con la de sacrificados que exige la crisis y ahora  se le ocurre al bloguero apiadarse de los pobres animales. Da igual que vivamos tiempos de vacas flacas o de vacas gordas, porque siguen inmolando su vida por todos nosotros. Señor, cuánto sufrimiento siempre en beneficio de otros.

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    A menudo busca el Duende sus minutos de siesta viendo los documentales sobre la naturaleza que emite a esas horas la 2 de Televisión Española. Ninguna aventura del reino animal es capaz de quitarle al menos unos minutos de sueño, pero, cuando despierta, a veces se queda horrorizado viendo la muerte de un knut engullido por un cocodrilo, el trágico final  de una cebra despedazada por hienas o el siniestro banquete del búho. Esta era un ave que le caía bien, quizás por el aspecto bonachón que le dan los dibujos animados y por ser el símbolo de la inteligencia. Pero desde que le vio cómo mataba a un conejo picotazo a picotazo, al ritmo que solicitaban los polluelos  que tenía que alimentar, le ha tomado mucho respeto. Se empiezan a ver esos documentales por amor a los animales y por ese mismo cariño se acaba siendo más indulgente con los cazadores. El Duende fue siempre más bien crítico con la caza, y sobre todo con algunos cazadores fatuos y ventajistas. Pero a la vista de lo cruel que acaban siendo las leyes de la naturaleza, cree que si perteneciera al reino animal casi consideraría una bendición morir de un tiro.

    Al día siguiente del dramático lamento del cochino ejecutado las nietas del Duende fueron a coger los huevos de las gallinas, momento emocionante para cualquier criatura. Y se encontraron con otra muestra de la cruda realidad. La gineta se había colado en el corral y había decapitado a dos gallinas más. Las pobres gallinas, tan poco protegidas por el gobierno y los sindicatos: a ver cómo le explicaba el abuelo a sus queridísimas niñas que no fue Walt Disney el que diseñó a los animales, y que la vida pide a diario millones de muertes de todas las especies. ¿Cómo se le razona a un párvulo la conversión del corderito que ven en el monte en un exquisito asado? ¿Quién es capaz de recordarle que las vaquitas mueren niñas para poder llamarse en el plato ternera, y que los afamados cochinillos de Cándido o de Duque son bebés de cerdo? No es una reserva puramente moral, porque tampoco fue nunca uno de sus platos preferidos, pero el Duende empezó a hacerse objetor de cochinillos asados el día que el maestro asador José María  le contó a a él y a sus compañeros de RNE que los pobre cerditos deben de ser sacrificados a la semana de vida para ser el bocado perfecto. Desde entonces siempre desea que todos esquiven su destino y emulen a Babe, el cerdito valiente.

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    El Cuento de Pedro Juan

    Cuestión difícil, contar a los niños que los animalitos que tanto aman son parte de su y de nuestra dieta. Y quizás quiso poner un paño caliente, pero algo explicó a las nietas del Duende un cuento muy especial, un cuento a la medida, que les trajeron los Reyes Magos. Pues siendo que, según su abuela, lo que más las entretiene es que ella les cuente no la historia de Caperucita o de Blancanieves, sino la del pequeño trozo de campo donde van despertando a la naturaleza, la abuela pidió a sus Majestades de Oriente la historia de  aquel campo en el que las niñas son las protagonistas. Y el cuento que trajeron los magos el 6 de enero narra en sencillos cuartetos  la historia del encuentro familiar con ese lugar, y algunas de las que el admirado poeta Muñoz Rojas llamaba Las cosas del campo</ Entre ellas los árboles que allí crecen, y el agua que corre por el arroyo, y el ruido de la fuente, y los cielos estrellados, y las flores, y los frutos, y los animalitos que allí conviven, y el juego de las niñas con ellos. Así que después de hablar de la burra y las cabras de Pin, que es uno de les vecinos, repasan la letanía animal con estos versos:

    En Pedrojuan también viven/ muchos otros animales/ Reptiles, ranas, lagartos,/en el cielo muchas aves,/   Ratones que entran en casa,/ a veces, hasta alacranes,/ patitos en el pantano/ y ardillas de tarde en tarde/  También se crían gallinas/que van poniendo sus huevos, /y algún zorro peligroso! que se come sus polluelo/ Mala suerte, pobrecitos,/  lo mismo que Kokorós, /aquel gallo de Marina /que un día desapareció.

    Fue la consternación de la familia. Llegó a manos de la niña  cuando era pollito y  en cuanto se hizo grande y le salió la cresta se lo afanó la zorra. Menos mal que los Reyes Magos, que son sabios, le quitaron importancia, y con una simpleza  sorprendente dijeron lo que el torturado educador no se atrevía a decir: Pero son cosas del campo,/ reglas del reino  animal:/ unos bichos son felices/ y otros lo pasan fatal.

    Se puede ser mejor poeta, pero quizás no mucho mejor moralista.

    La belleza que te corresponde

    Algunos hombres, quizás un tanto raros, empezaron a notar que las mujeres que saben cumplir años con naturalidad no pierden su encanto...

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    Mi amigo me dijo que su padre había dicho basta. Ya estaba harto de trabajar y de ganar dinero, así que iba cumplir su gran sueño. El veterano y afamado doctor Ivo Abella Se embarcaría con su novia y con su inseparable amigo y gran navegante  Michel Pataque para dar la vuelta al mundo en velero.

    Mi amigo César no tenía muchas ganas de hacerse cargo de la clínica. Una cosa es ser cirujano plástico al lado de un divo como su padre y otra el reto de convertir a todas las damas maduras y adineradas de la ciudad en perfectas muñecas de biscuit. Desde el pelotazo que supuso la transformación de la ex vicepresidenta de gobierno, el negocio de la clínica se había disparado, y ahora su padre se quería cortar la coleta y ponerlo en sus manos.

    Menuda responsabilidad. Según sus cálculos no debían de quedar muchas patas de gallo, ni labios, ni bolsas, ni ojeras, ni lorzas, ni pechos por arreglar. Y me dijo que las mujeres jóvenes no envejecerían a la velocidad suficiente como para  mantener la progresión de las ganancias. Su padre quería divertirse, aprovechar sus últimas reservas de testosterona, soltar amarras y evadirse. Dijo que no quería saber nada de la marcha de la clínica, que César y el resto de su equipo lo harían estupendamente.

    Aunque, como todos los ricos sobrevenidos súbitamente, en el fondo esperaba que a su regreso del año sabático su heredero  le hubiera hecho multimillonario.

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    Mira que valía mi amigo César. Era el más listo del colegio, fue el más brillante en su carrera, ganó becas y premios extraordinarios, arrasó en el doctorado y perfeccionó sus prácticas trabajando dos años con el famoso doctor Knother, un famoso quiruplástico canadiense que según las malas lenguas había modelado las momias vivas más bonitas de la época dorada de Hollywood. Su padre confiaba ciegamente en el hijo preclaro. Pero caramba con el compromiso que le endosó. Yo jamás entenderé cómo lo consiguió, pero mi amigo lo cumplió con creces. El  primer día que su padre volvió a la clínica después de haber dado la vuelta al mundo en barco y de despedirse de su última novia  se quedó pasmado con los resultados aparentes. Porque al pasar ante la sala de espera pudo ver a un tropel de mujeres maravillosamente  retocadas por él que hojeaban ejemplares de Hola mientras guardaban pacientemente su turno.

    -¿Qué hacen estas mujeres aquí? –preguntó a la recepcionista confundido- ¡Si estaban encantadas con lo que les hice!…

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    La recepcionista se excusó con un gesto. Estaba tan ocupada que no podía atenderle. El teléfono no paraba de sonar, ni ella de dar citas para la consulta. Como César estaba en el quirófano, el viejo doctor aprovechó el entretanto para que el contable le pusiera al día de la cuenta de resultados. Eran magníficos. Cuando mi amigo salió de operar, y después de abrazarle efusivamente, César le contó el secreto de su éxito. Parece ser que después de que todas las mujeres  retocadas deslumbraran con su new look, a los hombres de la ciudad les empezó a fatigar el modelo de maciza plastificada, protuberante y de morritos que había hecho sido marca de la casa. Sorprendentemente en algunos de ellos incluso se registraban rasgos de sensibilidad, como si en lugar de importarles sólo el continente de sus esposas, novias o amantes les importara también el contenido. Y  tanto había degenerado el macho ibérico tradicional que muchos caballeros incluso veían más encanto en las mujeres que sortean con gracia y naturalidad los años que en aquellas que pactan su eterna juventud con el diablo del bisturí. Increíble, pero cierto.

    -El tuyo fue un trabajo magistral –le dijo César a su padre- Las dejaste con palmito tan perfecto, tan artificial, tan iguales entre sí y tan falsas, que ellas mismas regresan para que las estropeemos un poco y recobren su personalidad. Una patita de gallo, una discreta arruguita en el lugar oportuno y vuelven a confiar en su poder de seducción….

    El padre comprendió que, además de un gran cirujano plástico, César era un maestro de la psicología y un genio del marketing. Cuando ambos salieron y atravesaron juntos el jardín, los rayos del lubricán patinaban en dorado el cartel publicitario que anunciaba la clínica.. Aquí también se notaba lo que valía mi amigo, pues junto a las palabras Clínica Abella, Cirugía Plástica, había añadido este slogan: Mantenemos la belleza que te corresponde.    

    La vida es llama

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    En medio de la confusión de ideas propia de estos tiempos, más en aún en una mujer de carácter tímido y apocado como ella, Silvia tenía claras al menos tres cosas. La primera es que no es fácil coser una relación de amistad o de amor cuando él vive en una ciudad y ella en otra. La segunda es que había dejado escapar muchos trenes en la vida, y no había sido capaz de dar los pasos firmes de su antigua amiga Irene. Y la tercera es que, precisamente por eso, no iba a quedarse de brazos cruzados esperando a que Claudio se plantara en Santander para pedirle que compartiera su vida con él.

    -Ya no somos jovencitos –pensó- Jovencitos o jovencitas tontos y tontas, ñoños o ñoñas, como nos educaron ¿A quién le va a importar que sea yo la que tome la iniciativa?

    A diferencia de Silvia, Irene se puso el mundo por montera bien pronto, e hizo de su vida una apasionante novela de pasión y aventuras. A los dieciocho años, y pese a la oposición de sus padres, aprovechó su magnífica figura para ganar un buen dinero como modelo de lencería fina. Luego se enamoró de un italiano llamado Aldo y se fue a vivir con él a la isla de Elba durante un par de años. Allí conoció a un holandés que le ofreció otro amor distinto, y durante los años siguientes vivió en Ámsterdam, tuvo un hijo y puso un negocio de sofisticadas antigüedades. Ganó después bastante dinero vendiendo propiedades inmobiliarias en Mallorca. Y mientras tanto, con representaciones de firmas de moda y unas franquicias, forjó un pequeño imperio de negocios que le daban aún más aplomo y seguridad. Los dos hijos siguientes, claro, no fueron del mismo padre, sino de un aguerrido piloto, lejanamente parecido al Robert Redford previo a los desmanes del bisturí, que hacía servicios de urgencias transportando órganos para trasplantes.

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    -Ha sido maravilloso ser tan lanzada –le dijo Irene cuando se encontraron en Madrid treinta años después y tomaron un café juntas- Ahora, después de mi estancia en la India, me he abierto mucho a la vida espiritual, ¿sabes?…Así que he mandado a los hombres a la mierda y he puesto una tienda de velas maravillosas en el Barrio de las Letras

    La vida parecía haber sido para Irene coser y cantar. Y Silvia no podía dejar de mirarla fascinada, como si su valiente amiga fuera una aparición.

    -Ya sabes –decía Irene- todo cambia, y ahora estoy eso, en lo esotérico, lo espiritual, lo que sube, lo que emborracha los sentidos…Lo aprendí en la India, porque me lo explicó un gurú. Me dijo que toda nuestra existencia está en una vela aromática, ¿no te parece genial?… La vida es llama, la vida es aroma, la vida es humo, Silvia, yo lo tengo clarísimo, ¿no?

    Y ella tan trabajadora y tan competente, con un cierto complejo de provinciana, funcionaria desde los veintitrés años y con nivel 27, romántica y soñadora, pero siempre demasiado discreta. Así era Silvia Díaz Troncoso, al borde de cumplir el medio siglo y sin un michelín del que avergonzarse. Francamente atractiva a los ojos de su estanquero de Santander, tan diferente en todo de Irene. Con dos amores fracasados, que clavó en la caja del recuerdo como si fueran mariposas disecadas. Pero con las puertas del corazón aún entreabiertas a una esperanza que nunca acababa de llegar.

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    Silvia sin embargo se dio cuenta de que la vida se escapa por un signo aparentemente anecdótico. Las tiendas de su barrio o habían desaparecido o se habían transformado. De niña, creía que la cara de una calle jamás mutaba, y que la confitería Mariví o aquella tienda de moda llamada París, debajo de cuyo rótulo se leía en letra inglesa modelada en latón la palabra Novedades, serían eternas. Pero ya en la década de los sesenta desapareció la carbonería, y poco después aquél Avícola Nogales que mostraba a un ejército de pollitos bajo una lámpara de calor fue sustituido por una cafetería. Qué lástima. Aquel de los pollitos era el escaparate que más le gustaba. Aplastaba contra él su naricilla infantil y los rizos dorados de su frente, y allí pasaba las horas muertas.

    Lamentablemente los pollitos también acabaron volando. La palabra novedades se borró de los rótulos de las tiendas de moda, como la de ultramarinos y coloniales de las de alimentación, porque no había nada menos nuevo que eso, una palabra decimonónica en letra inglesa. Ni nada más contradictorio que una gran faja de color café con leche o un jamón de Montánchez presentados como novedades o ultramarinos y coloniales, cuando todo el mundo sabía que la faja era una antigualla, y que Extremadura no estaba al otro lado del mar.

    Pero la vida pasaba sus páginas inexorablemente, y ya casi nada era lo mismo.

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    Para Claudio en cambio, el tiempo tenía otro valor. Desde que Loli le dejó solo tan prematuramente y aquella caída absurda en una escalerilla de la fragata le dañó una vértebra y acabó retirándolo del servicio activo, se había encerrado en sí mismo, y apenas veía a nadie. Le hubiera gustado dedicarse a su hija y a su nieto, pero Cristina tuvo la mala idea de casarse con un suizo, vivir en Zurich y fiar demasiado la educación del niño a un muy particular sentido de la pedagogía. Algún psicólogo le había metido enla cabeza que a su hijo, muy dotado para la música y para las ciencias, no había que distraerle demasiado. Y Claudio, que hubiera invertido la mitad de su retiro por ver crecer a su nieto, se encontró que cuando no era el fas del violonchelo era el nefas de los estudios lo que le alejaba de él.

    -No vengas ahora, papá- le decía Cristina casi siempre que el hombre planeaba su viaje a Zurich- Claude está preparando una sonata de Telemann, y tiene un examen de física este mes. Déjalo para más adelante, ¿ok?

    A Claudio no le consolaba nada que su nieto llevara su propio nombre. En francés, eso sí, porque no era Claudio, como él, sino Claude. Y mucho menos que su hija edulcorase todas sus negativas con ese estúpido ¿ok? de viejo telefilme norteamericano. Pero comprendió que debía construir su nueva vida sobre otros pilares si no quería caer en la melancolía y, peor aún, en la pereza de vivir. Se apuntó a una ONG, donde colaboraba en labores de administración, fue arrastrado por uno de sus compañeros a un club de viajes culturales baratitos que le paseaba por ahí tres veces al año. En uno de ellos, por cierto, fue donde conoció a Silvia. También leía mucha historia y algo de poesía, y acababa llenando sus largos días de marino varado construyendo pacientemente maquetas de barcos mientras por Radio Clásica escuchaba música como la que algún día interpretaría su nietecillo.

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    Silvia y Claudio empezaron a sentirse atraídos paseando por Mahón. Allí Silvia, que había viajado a su lado en el autobús, reparó en que aquel hombre alto, enjuto y de pelo blanco que renqueaba al andar le miraba por el rabillo del ojo mientras hablaba -poco- con nostagia de sus años de marino y despiezaba mentalmente algunos de los barcos atracados en el puerto.

    -Ese yate en maqueta tiene novecientas piezas. Ese clipper unas dos mil. –le decía- Sería capaz de hacerlos. Pero todavía no me atrevo a meterme con el Juan Sebastián Elcano…Fue mi barco, ¿sabes?-apuntó con añoranza.

    Como tantos hombres, no era muy partidario Claudio de aventar sus sentimientos. Creía que el amor era una cosa de la juventud, y que sus rescoldos se apagaron cuando el cáncer arrebató a su adorada Loli. Sin embargo, aún sin llegar a arrepentirse de su soledad, lo cierto es que Silvia le ganaba sutilmente. Aquella compañera de viajes no era de una belleza deslumbrante, pero le atraía. Le escuchaba, se acomodaba a su paso lento como si fuera su andar natural, le seguía en sus aficiones, aguantaba sus lecturas de poesía en voz alta, que escuchaba con devoción aunque no le interesara nada, y compartía con él como si fuera ambrosía la ensalada de patatas con melva, que era su aperitivo favorito. La realidad es que le hacía la vida más grata. Su problema es que cerraba a cal y canto su corazón cuando volvía a Madrid. Entonces él se replegaba en su mundo, en sus maquetas y en sus libros, y se olvidaba de todo. Al regreso del viaje `por Menorca se encontró además con un largo correo de su hija Cristina. Le decía que en el mes de mayo Claude iba a tocar la sonata de Telemann en un concierto escolar que se iba a celebrar en el Rathaus de Zurich. Con tal motivo le invitaban a pasar una semana con ellos. Podría ver en directo los progresos de su nieto y luego, para culminar el festejo, tomarían un vapor que les llevaría a cenar a un restaurante al otro lado del lago… Tiene gracia-pensó el viejo marino- premiarme ahora con una singladura en barco para turistas por un estanquito suizo.

    -Esto de los viajes le ablanda a uno-dejó caer en una ocasión a su fiel Silvia mientras paseaban por el Peine del Viento de San Sebastián– ¿Sabes?…Luego, en casa, las ilusiones se amansan. Y uno se empereza, y acaba olvidándose de ellas. Ya es demasiado tarde para…Bueno, Muy facilito me lo tendrían que poner, sí…

    Ese Claudio dubitativo, parsimonioso, pasota y egoísta hacía que a Silvia se la llevaran los demonios.

    6

    Su amiga Irene no se anduvo con rodeos

    -Déjate de historias –le reprochó- Mira, nos vemos poco, pero yo se mucho de hombres, y te lo tengo que decir. Tu Claudio será un encanto y estará cojito, vale. Pero por muy especial que te parezca y mucho respeto que le tengas, o es el clásico pichafría o es un cojonazos. Así que pónselo fácil: vente a Madrid unos días, vente a casa. Y llámale, le pones las pilas y le propones un plan clarito, clarito. Que no tenga pretexto para decir que no, ¿comprendes?. Y aprovecha, que ya nos quedan pocas alegrías y con esta crisis dentro de poco no salimos ni a por aceite para el candil. ¿Estamos, cariño?

    A Irene se le notaba que era una mujer segura de sí mismo porque soltaba palabrotas y la palabra cariño sin ningún rubor, y eso marca. Silvia la miraba estupefacta.

    -¡Si ya lo dice el rótulo de mi tienda! -remachó Irene marcando lentamente cada sílaba- La-vi-da-es-lla-ma. La vida se consume, la vida es la pasión ardiente, la vida se esfuma como el humo…¿No comprendes Silvia? Tienes que tomar la iniciativa.

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    Silvia tardó dos meses más en comprender y a atreverse a quedar con Claudio en Madrid. Tenía que acudir a la boda de un sobrino y no era cosa de desperdiciar la ocasión. Pensó que el pretexto para sacarlo de su refugio podría ser que en el restaurante de unos amigos suyos se celebraba una semana de la cocina gaditana, y que Trini la cocinera hacía las papas con melva como nadie. Eso, las papas con melva. Aunque el plan le pareciera una puñalada de pícaro no podría negarse.

    -Anda, Claudio. Anímate –insistió- Te va a gustar…

    Por el largo silencio que siguió a su propuesta notó que a Claudio le había pillado de sorpresa, y que dudaba.

    -Estaba rematando el castillo de proa del Soleil Royal, el buque insignia de Luis XIV-titubeó- Y no me gustaría…

    -Bobadas –interrumpió Silvia con una audacia de la que inmediatamente se arrepintió- Oh, perdona, no quería…Pero…¿qué le puede importar a Luis XIV que remates su barco hoy o mañana?

    A Claudio le debió de hacer gracia la salida de Silvia, porque esta escuchó perfectamente su carcajada.

    -Bueno, pónmelo fácil –dijo el hombre después de muchas vacilaciones – Dime dónde nos citamos. Un sitio reconocible, que me quede cerca y que no me equivoque. Por una vez, y sin que sirva de precedente, me portaré como un hombre-ironizó.

    Podía haber dicho en la puerta del Museo del Prado, o en la de los leones del Congreso, o bajo el reloj de autómatas frente al chaflán del Palace, que todo el mundo conoce. Pero, tonta de ella, Silvia se empeñó en añadir un pellizco de poesía a la cita, un segundo sentido a la propuesta. Y recordando el mensaje de Irene y que, además, su tienda le quedaba más cerca a Claudio, le citó a las ocho y media allí, en la vecina calle Lope de Vega, 26, en el Barrio de las Letras.

    -Es la tienda de una amiga mía, ¿sabes?…Se llama La vida-da-es llama –remachó lentamente- Y está a dos pasos del restaurante.

    -¿La vida es llama?….¿Eso es una tienda?

    -Si,ya sabes cómo son los nombres de las tiendas modernas… Es una tienda de velas aromáticas muy original. No sabes cómo es mi amiga Irene de imaginativa y de apasionada. Por eso se llama así. Así, recuerda: La vida es llama a las ocho y media.

    -Bueno –dijo Claudio con un laconismo que afectaba alguna desconfianza- La vida es llama, Lope de Vega 26. Allí estaré… Con puntualidad, ya sabes…Yo soy marino, un militar…

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    Mientras Silvia se dirigía en metro hacia Antón Martín y callejeaba después rumbo a la cita largamente esperada se felicitaba a sí misma por lo bien que había hecho las cosas. Esta vez Claudio no le podría fallar. No tendría el menor problema para encontrarse con ella, irían andando después, despacito, al restaurante de Trini, tomarían unas copitas de manzanilla y una ensalada de patatitas con melva. Luego cenarían, saludarían a algunos amigos, beberían más vino, se pondrían contentos, le acompañaría después, sin prisas, al puerto de amparo donde el marino construía sus barquitos y a saber si aquello, como en Casablanca, se convertiría en el principio de algo más que una amistad. El tiempo huye –pensó- el tiempo pasa, pero los sentimientos de verdad no se desvanecen como nubes pasajeras.

    Qué lástima que las obras en un colector que afectaba a su línea retrasaran el servicio de trenes quince minutos, y que Silvia llegara a Antón Martín casi sin aliento y a las nueve menos diez de la noche. Qué mala suerte que nadie le esperase delante del número 26 de la calle Lope de Vega, seguramente porque ni la cojera de Claudio ni su propósito de la enmienda podían estirarse mucho más. Y qué gran verdad lo que le dijo su amiga: la vida pasa, la vida se consume, la vida es llama. Así debía rezar el rótulo de aquel prodigio de buen gusto, de espiritualidad, de meditación y de refinamiento que según Irene era su tienda de velas aromáticas importadas de la India. Pero claro, aunque tempus fugit la crisis no, la crisis seguía devorándolo todo. Incluso esos comercios que de niña creía Silvia que iban a estar ahí para siempre.

    Este de las velas ya no estaba, no. Y su amiga ni siquiera había tenido el detalle de advertírselo. En el escaparate donde hasta hacía nada se podía leer La vida es llama ni se veía luz alguna ni esperaba ningún amor otoñal apoyado en su bastón. Sólo un gran cartel adhesivo que sellaba la puerta anunciaba Local en Alquiler y daba el número de teléfono de Exclusivas Ganímedes. Silvia comprendió entonces que la llama ardiente de la vida había quemado también su último delirio.

    El abrazo del frío

    En su rigor implacable, el frío que regresa tiene un punto de entrañable...

    1

    Le dice su consejera literaria al Duende que no se enrolle, que esto del blog no es para ganar un premio literario, sino para dar un sopapo, hacer un volatín o meter el cepillo de carpintero en el alma y sacar unas virutas que luego se puedan quemar y convertirse en pavesas incandescentes. Pavesas en la noche. O sea, algo así como pequeños fuegos de artificio con los que encender un debatito o entretener un rato tonto que casi todo el mundo acaba encontrando a lo largo del día.

     Se lo dice cuando el bloguero se excusa por sus cada vez más frecuentes y largos silencios. Y el bloguero se explica.

    -Unas veces no escribo porque me doy cuenta de que lo quería escribir lo han escrito mejor otros. Otras porque, como no se escribir novelas,  trato de escribir cuentos cortos. Y como considero que los cuentos cortos son como un pavo sin relleno, me pongo a cocinarlos, y cuando ya he metido varios ingredientes más, sin darme cuenta se han convertido en cuentos demasiado largos para un blog.

    -Pues tú verás.

    Verá el bloguero.

    2

    De repente, cuando lo habíamos olvidado, regresó el frío. El frío era el primer compañero de los despertares niños. Abría los ojos el duende en aquella habitación gélida donde dormía con sus hermanos y lo primero que hacía era juntar los labios con la punta de la nariz helada y graduar el tormento que le esperaba hasta pasar por el lavabo, lavarse con agua del tiempo y vestirse para salir a la calle. El agua caliente era un lujo: llenaba la bañera no más de una cuarta, y sólo  los jueves y los domingos. No es que fueran los niños especialmente valientes. Era lo que había.

    El frío era el colega que le acompañaba camino del colegio. El que le dejaba los cachetitos internos de los muslos escocidos y rojos como el roast-beef. El Duende entonces iba al colegio con pantalón corto de pana recia. Pantalones cortos, pero crecederos. Porsi, les llamaba el compañero. ¿Porsi?…Por si creces. Y entre el bajo del pantalón corto, que se estiraba hasta las rodillas, y el borde de la media circulaban a su aire las navajas glaciales que soplaban de Guadarrama. Jopé, qué fresquito en las pequeñas intimidades. Eso se aliviaba con body milk, pero…¿qué era esa mariconada? El frío amenazaba en el primer recreo, cuando el pelotazo de goma en la oreja se convertía en la Némesis del destino, y le dejaba a aquel niño desgraciado la cara tan encendida como la del pelele de Goya.

    -Por tonto, por haberte puesto en medio.

    3

    Pero no hay frío sin  consuelo. En aquella casa sin más calefacción que una salamandra de carbón en el recibidor y algunas estufas repartidas por las habitaciones, el cielo calentito se escondía bajo la camilla. Aquella mesa redonda con amplias faldas albergaba un brasero de cisco, y hacía el oficio de gallina que enclocaba a seis polluelos, dos padres y una pareja de abuelos. Pobre camilla, tan pasada de moda. La de servicios que habrá prestado al bienestar de varias generaciones de españoles.

    A veces se aprovechaba tan estrecha unión familiar para hacer caso al padre Peyton,  la familia que reza unida permanecerá unida. Pero el Duende disfrutaba más cuando en lugar de los misterios del rosario lo que se escuchaba por el inmenso receptor de radio marca Philips no era la voz del padre Venancio Marcos, sino a Gila que quería aplazar la guerra hasta después del fútbol o que transmitía una delirante operación del riñón como si fuera Matías Prats. Qué risa, qué buenos ratos, todos juntos y apretados, a ver quién pillaba el mejor sitio en el sofá o en el sillón. Quién iba a imaginar que aquel frío, que amanecía fustigando nuestras caras como un látigo despiadado, hoy vuelva a ceñirse a nuestro cuerpo como si fuera un viejo  amigo. Y lo que son las cosas: el antipático frío de entonces, qué paradoja, nos ha dejado ahora en su abrazo la  impresión, la grata huella de un cierto calor que habíamos perdido.


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