Archivos para 28 marzo 2012

Inés de la Fressange, mon amour

Ella nos tranquiliza confesando que hasta las musas de la gente guapa puede combrar sus bragas en H&M...

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El Duende no puede ocultar que esde hace ya varios años guarda una cierta prevención contra los suplementos dominicales de los periódicos. Siempre le ha parecido que los editores juegan con ellos a engañar al lector. Le quieren convencer de que es ideal de la muerte, y de que lo estúpido es no entrar en Pijolandia cuando, como demuestran sus expertos en  moda, viajes, gastronomía, vinos, chateaux-relais, balnearios, sexo, gente guapa y otros elementos fundamentales de la buena vida, todo está en sus páginas. Espléndidamente expuesto, con bellas fotografías y unas no menos bellas modelos (y modelas) que quitan el sentido. La vida es hermosa, sobre todo si puedes pagar la que te ofrecen los elegidos de la fortuna que marcan paquete, digo tendencias.

Por cierto, vintage, chill out y outlet que no falten en ese equipaje de lo que ya es cultura imprescindible. Como diría Millán, el más simpático de Martes y 13, ¿me comprenden la gilipollez?

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El periódico EL PAÍS brilló desde sus inicios en esta nueva faceta del periodismo de información. Inenarrables eran  las páginas de su colorín dominical en las que aparecían, todavía en pesetas, los precios de las última novedades que podían encontrar los exquisitos en el mercado. Coctelera de titanio diseñada por Mariscal, 25.000 pesetas. Rizapestañas de oro de 20 Kilates  reproducción del que llevaba Greta Garbo en su neceser, 65.000 pesetas. Estilográfica Montblanch de colmillo de morsa, conmemorativa de la firma del final de la Guerra de Secesión, 200.000 pesetas. Copas para helado en cristal de Murano soplado sobre el molde de los pechos de Anita Ekberg, 24.000 pesetas.  Detector de uvas en platino iridiado, para saber qué vino bebes sin leer la etiqueta de la botella, muy práctico: 28.000 pesetas. Funda de corbatas  en madera de olivo de Sicilia, 18.000 pesetas. Pastillero para Viagras de carey con la firma de Nacho Vidal,  20.000 pesetas. Pero cómo es posible que pudiéramos vivir sin estos artículos de primera necesidad.

Menos mal que siempre hay elites de privilegiados que nos enseñan el camino. A dónde íbamos a llegar, siendo tan paletos, sin todas esas luminarias que van despojándonos del pelo de la dehesa y puliendo nuestro modales. Moda, viajes, gastronomía, joyas, bañeras con grifería de oro por las que, además del agua, chorrea la voz de Pavarotti  cantando Rigoletto y vajillas de porcelana `pintadas por Barceló, no aptas para el lavaplatos. Su precio, más o menos, el de un coche familiar. No se sabe si la cultura y el ocio se sofistican  o si es que, simplemente, la humanidad se agilipolla del todo.

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Junto a esa galería de excentricidades para snobs enriquecidos han dejado escritos sus artículos algunas de las mejores firmas del periodismo y de la literatura actuales. Cercas, Javier Marías, Muñoz Molina, Millás, Maruja Torres, el magnífico Enrique Vilá-Matas Son tan buenos que desafían el riesgo de ser asimilables a esa pseudocultureta de valores convenidos por sanedrines invisibles. Hay un sabio llamado Harold Bloom  que nos dice lo que debemos leer, un americano llamado Parker que pontifica sobre lo que hay que beber y un rosario de artistas, gastrónomos, modistas, estilistas, arquitectos, decoradores, enólogos, dietólogos, virtuosos del pan, filósofos, gurúes y profesores de felicidad, como el incomparable Eduard Punset, dispuestos a admitir que hay otras vidas, pero peores que las suyas. O sea, cómo llegar al nirvana por un camino pavimentado de placeres superfluos, de placebos engañosos o, simplemente de milongas que quedan guay.

Se diría que el Duende no cree en ese nirvana, y hasta la mira con desdén. Se diría también que, aún así, le encantaría escribir tan bien como algunos de los articulistas que completan el escaparate dominical. Es verdad. Todo es cochina envidia. No tanto por no ser ni tan rico ni tan pijo. Sino, sobre todo, por no ser  tan listo como los reyes de la pomada.

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Por eso no deja de ser un consuelo que la que fue una de las musas de ese mundo tan lejano para el pueblo llano, pasados sus años de gloria, se caiga del pedestal de Chanel  y de Karl Lagerfeld y haga  unas declaraciones el EL PAÍS SEMANAL que podría suscribir cualquier mujer normalita.

-No se trata de decir que con diamantes las mujeres estarán estupendas –afirma Inés de la Fressange, la primera “modelo global”- sino de que comprendan que con vaqueros del supermercado se está muy bien. Las que miden 1,80 y pesan 55 kilos no me necesitan. Pienso en las mujeres profundas y frívolas a la vez, no importa el país o la clase social. No todas somos  Simone de Beauvoir  o Brigitte Bardot. Vamos, que no pasa nada si nos compramos bragas en H&M.
Qué alivio para este Duende, saber que a pesar de todo no queda tan distante de la beautiful people. Y qué confianza le da que sus calzoncillos sean de la misma marca que las bragas de La Fressange. Cómo, a su pesar, se va refinando uno, y sin darse cuenta.

Cuando Haendel da que pensar

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Al día siguiente de haber cantado con sus compañeros de coro del CEU y con la orquesta Quórum el Mesías de Haendel el bloguero se despertó como un niño. Un niño en la escuela.  Lo malo es que la profesora le había puesto una tarea bien difícil.

-Cuéntame lo que sentías ayer cuando cantabas

Casi hubiera preferido algo más sencillo, la fórmula de la circunferencia, la lista de los reyes godos, el nombre de los asesinos de Viriato, pastor lusitano, lo que dijo Julio César cuando cruzó el Rubicón, el principio de Arquímedes. Pero la música es algo indefinible, y qué iba a decirle uno a la profesora, cómo podría  expresarle lo que se siente/ piensa/ sueña/desea/ disfruta cuando es capaz de infiltrarse en una de las obras más conocidas y grandes, en todos los sentidos, de la historia de la música. Stefan ZweigMomentos estelares de la humanidadescribió un imaginario proceso de creación de este famoso oratorio. Dice que don Jorge Federico compuso el Mesías  en sólo tres semanas. El bloguero no daba crédito a semejante record.

-Tres años al menos necesitaría yo para responderle todo lo que me sugiere escucharlo, señorita –le diría a su profesora- Y tres años más para referirle lo que siente uno cantándolo.

-Bueno, tampoco necesito tanto…Cuéntame algo, sin entrar en detalles.

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De todas las facetas de la creación humana, la música es probablemente la más ágil, la nás versátil y la que más rápidamente encadena atmósferas distintas y muy variadas entre sí sin dar ni exigir explicaciones. La música vuela  como esos trapecistas que pasan de un trapecio a otro haciendo volatines, triples saltos mortales, equilibrios inverosímiles y salto angélicos.  La música de ese Mesías del 25 de marzo en Madrid nacía en el suelo del templo donde cantaba el coro y tocaban los profesores y subía hasta la misma bóveda del cielo. Escapaba de las líneas del pentagrama y se reflejaba en las caras del público asistente, aunque la atención del bloguero oscilase entre la obsesión por ser fiel a la batuta de José María Alvarezy el deseo de entregarse a los pálpitos de su corazón. O sea, ilusión, poesía, emoción, intuición de lo trascendente. Qué disparate, qué desbarre. Cursilerías  del alma, cuando ésta  se suelta la melena y olvida el pudor.

Y la imagen que le ponía a eso era un inmenso arco del que colgaban todos sus recuerdos y sentimientos. Por ejemplo Paloma, la chica de los ojos absolutos que a uno le sorbían el seso cuando tenía diecisiete años. Tal vez dieciocho. Sus ojos  y la luna llena de un viernes santo coincidieron con él en un pueblo de la sierra de Madrid donde también había ido a parar el chisgarabís del Duende. El que muchos años más tarde habría de cantar a Haendel no era capaz entonces de imaginar que su vida pudiera tener sentido lejos de aquellos satélites maravillosos: los ojos de Paloma y la luna de todos.

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Ahora, casi  medio siglo después, y cuando la vida, evidentemente, tiene otro sentido, Paloma reaparecía en la tercera o cuarta fila de bancos de aquella iglesia. Paloma se casó con un italiano llamado Cesare, se fue a vivir a la isla de Elba, que seguramente es más bella que el pueblo donde el bloguero y ella se conocieron, tuvo un hijo y superó un cáncer de mama. Se podía decir que era una vida lejana. Y si embargo se sentaba a unos metros, un poco más allá de los violonchelos, allí, con su hermana Silvia, las dos tan guapas y, creía el cantor, transidas de la emoción.

Debía de ser otro milagro de ese monumento musical que es El Mesías. Milagro al que, modestamente él también contribuía prestando su voz.

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Hay que apreciar la música, como cualquier arte, y olvidarse de los músicos y de los artistas. El Duende hacía las veces de artista, puesto que cantaba una gran composición. Pero mientras la música se elevaba al cielo él, aparte de flipar arañando lo sublime, cotilleaba, sudaba, se daba masajes en la espalda entre número y número y suspiraba por una silla donde sentarse. Qué detalles tan asquerosamente humanos Tres horas cantando de pie sin moverse del sitio y debiendo guardar la compostura fatigan mucho. Y todos tenemos debilidades.

Por eso reparó también en el templo, la iglesia del Espíritu Santo de Madrid, Serrano 125. Sölo doscientas ochenta personas caben en sus bancos, y sólo esas y unas cuantas más, en unas pocas sillas supletorias, pudieron escuchar el concierto. Las demás fueron cortésmente rechazadas. El pasillo central y los laterales estaban prácticamente vacíos. Qué pena. Hace un año, en un concierto similar que el Duende cantó en San Francisco el Grande, donde se ofrecía el Requiem de Mozart,  la gente abarrotó la basílica, y los que no pudieron obtener sitio sentados en los bancos se sentaron en el suelo, subieron al púlpito o se encamaron a la balaustrada que separa el altar. Todo el mundo quedó encantado Pero los curas del Opus Dei administran la Iglesia del Espíritu Santo con una cautela digna de mejor causa.

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La enésima mirada del Duende cantor no iba destinada ni a la partitura, ni a la batuta del director ni a ninguna de las damas interesantes que se incrustaban entre el público, sino a la estatua imponente de Monseñor Escrivá de Balaguer, justo a la izquierda de la entrada de la iglesia, y frente por frente del coro. El fundador del Opus, claro, no movió un músculo mientras duró la interpretación del Mesías.

 El Duende se sintió vigilado por don Josemaría, y aprovechó la ocasión para decirle que, ya que es santo, podría haber convencido a sus curitas de que su iglesia debe mantener abiertas sus puertas siempre, y más cuando lo que reza es la música de Haendel.

 También pensó que ya ha pasado el tiempo de la estatuaria santoral, al menos para los contemporáneos. Los santos de Berrruguete o de Gregorio Fernández quedaban divinos. pero cuando te has hartado de ver al modelo original en tantas fotos, reportajes y telediarios, la imagen del prócer de la Iglesia recién canonizado, por muy fiel y venerada que sea, siempre acaba pareciendo un ninot indultat.

 

 

 

Despertar bajo la lluvia

Desde hace tiempo, este bloguero cree que no hay cuadro más hermoso que ver llover...

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¿Cuántos ruidos caben en una vivienda dormida? ¿Qué puede romper el silencio nocturno de un pequeño piso apartado de las grandes vías urbanas, si no habita en él un gato, ni un loro, ni un ratón que forma parte ya de la familia? Pero qué familia, si uno vive solo.

La madera tarda en morir, le dijeron cuando empezó a escuchar sus quejidos en la casa del campo, que tiene el aire de una casa rural, pero sin turistas. De repente algo cruje en esa casa lejana. Y el dormido abre un ojo, y por un momento se siente en una película de  miedo. Ya está, el asesino, que viene a por mí. Pero no, es el alma de la casa, ratones, carcomas, pájaros que anidan bajo las tejas, inclusos salamanquesas, tan delicadas, el viento que de vez en cuando despierta y da señales de vida. Y la madera, que creemos que es materia inerte, pero que o está viva o alberga vida. Vigas de castaño, entarimado, carpintería de pino que envejece precipitadamente para parecerse a la humilde casa de cabreros en la que se instaló, escalera de las que acusan hasta el paso ligero de las niñas madrugadoras.

-Buenos días, abuelo –le despierta a veces al Duende una voz delicada y susurrante que  ni siquiera espera al clarear del día. Entre seis niñas siempre hay una madrugadora que que necesita conversación.

Pero qué niñas, si en este palomar urbano uno vive solo. Y qué ratones, o pajaritos, o salamanquesas, o carcomas, si en este pisito alto apenas hay carpintería natural, y la poca que hay está blindada de barnices plásticos poco agradables de roer. Y qué madera se va a atrever a crujir en estas condiciones.

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O sea, que el ruido era un ladrón, que venía a por el televisor o a por la cubertería de IKEA, pues no cree el Duende que le interese la Enciclopedia Británica, que pesa tanto en el saco y ya no interesa a casi nadie. O si no es el ladrón, será el sádico ese que de vez en cuando necesita asesinar y salir en la prensa. Porque el ruido no está claro, pero ruido es, y esta vivienda es tan poca cosa que no puede permitirse el lujo de fantasmas que cierran las puertas y marcan pasos misteriosos. Ah, claro, seguro que es el sueño, que no tiene por qué tener lógica. Una noche uno sueña que la vecina es Romy Schneider, cuando es evidente que no puede ser, porque Romy Schneider, aunque fuera maravillosa, murió hace muchos años, y porque la vecina, además, es de Cantimpalos, y de darse un aire con alguna actriz conocida sería más bien otra Gracita Morales, que en paz descanse también. Los sueños mienten, pero es que además el Duende está seguro de haber despertado, y sin embargo algo araña su silencio habitual.

Se pellizca, no lo cree, ¿será posible?…Lo acaba de reconocer, es la lluvia, que tamborilea sobre la carcasa del aparato de aire acondicionado. Epur piove…, que diría Galileo, más maravillado aún de que a  esta España condenadamente seca, que, como es lógico, también gira con el resto del planeta, no se le haya olvidado el sonido del llover.

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El encantador ruidito de la lluvia, qué delicia. El reloj marca las seis y media, no son horas de levantarse. El bloguero trata de conciliar el sueño. Pero empieza a imaginar el indescriptible olor de la tierra mojada, y el pasto que empieza a verdear, y  los árboles que ya encuentran motivos para que estallen las yemas de sus hojas, y la bendición que esto supone para los cereales, y para las vacas, y para las ovejas, y para las pobres cabras que aún resisten en las laderas de Gredos y para el caballito que ve desde su ventana  en el campo, y que ya debe de tener el morro en carne viva de tanto besar el suelo buscando algún tallito fresco que llevarse a la boca. El bloguero está despierto, pero se atreve a soñar que quizás incluso habrá nevado en las cumbres, y volverán a correr los arroyos, y puede que hasta se animen los ríos.

Y salta de la cama.

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No eran horas de levantarse, pero cómo se va a perder uno el espectáculo. Es tan emocionante como el amanecer del día de Reyes. De modo que uno se sienta ante la ventana, con el ordenador de por medio, y contempla el desperezar del 21 de marzo, la fachada occidental de la capital sacudiéndose la noche para emerger de entre la niebla de la lluvia menuda. Va descubriendo poco a poco el Palacio Real, la catedral de la Almudena, San Francisco el Grande, el rascacielos de Telefónica, el Círculo de Bellas Artes más lejos, el Pirulí, una silueta apenas perceptible en el gris panza de burro que uniforma el horizonte. Todo ello envuelto en el elegante velo de la lluvia.

Es fácil la comparación, imagínense esos paisajes húmedos y nebulosos, entre dos luces, de Turner, de Monet, de Utrillo. Uno ve este amanecer, imagina, lo valora todo y lo escribe como lo imagina. Y no es fanfarronada, pero puede asegurar que si alguno de estos cuadros tan valiosos colgara hoy de las paredes de su  vivienda, seguiría mirando embobado la lluvia que cae sobre Madrid.

-Lluvia, cuánto te quiero -le dice – Espera que me ponga un impermeable, que salgo a darte un beso.

Las Fallas, los perros y el silencio

No le gustaría a uno ser un perro y estar en Valencia en época de Fallas...

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A veces los recuerdos de lo intrascendente se graban con tanta o más nitidez que otros que se consideran más importantes. Pescaba Juan al atardecer a orillas de una playa de Almería. Juan es el hijo menor del Duende, y por entonces dividía sus pasiones entre tocar el saxo, pescar y pasear con la perra de la familia, una simpática fox-terrier llamada Alfa. Alfa no se separaba de él. Se sentaba en la arena y miraba atentamente las olas mientras se echaba la noche y el pescador esperaba pacientemente a ese pez que nunca pica cuando lo deseamos.

(A propósito, frustración nº 36.982. No sabe el bloguero si esto mismo le pasará al lector, pero él cuando camina por la playa o por la orilla de un río y da con un pescador, siempre desea que en ese momento éste rebobine el carrete y traiga del anzuelo un magnífico pez. Y eso no pasa nunca, demonios,  nunca. Muchas veces coincide con que el pescador recoge el sedal, y que a veces arrastra un alga, o con los plomos, el flotador la cucharilla y el cebo artificial produce el falso efecto óptico de que ha picado algo gordo. Pero siempre acaba todo en falsa alarma, nunca  con la captura del pez. Y no me digan que no exasperante, tener tan mala suerte, haber visto miles de pescadores a orillas del río de la vida y no sorprenderles jamás en el momento de la suerte suprema).

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El bloguero pasaba por ahí cuando, ya noche cerrada, en el vecino pueblo de Garrucha empezaron a quemar un castillo de fuegos artificiales. La fiesta piroténica no tenía lugar muy cerca, puede que a más de de un kilómetro. A pesar de ello, no bien explotó el primer cohete Alfa salió corriendo despavorida, ¿alma de perro que se lleva el diablo? Dos horas después Juan la encontraba, aún temblando, escondida debajo de su cama.

El espectáculo de verano era bien bonito, noche lunada junto al mar, un muchacho pescando, la perra tranquila, mirando las olas al pie de su amo, y al fondo ese plus de glamour que espolvorean sobre el cielo los fuegos artificiales. Pero el Duende recordó que él también, cuando era un niño, abría la boca de asombro al ver los fuegos al tiempo que se tapaba los oídos. Le espantaban las explosiones.

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Nunca había estado el Duende en Valencia en tiempo de Fallas. Pero entonces aún hacía diabluras por la radio, y los programas de RNE en los que participaba estaban para eso. Oye -llamaban  a los jefes de una ciudad de importancia o de una comunidad autónoma, que aún estaban de bien ver-. Que se inaugura la Exposición Universal de Rosas Exóticas. Que se celebra la Feria del Melocotón, muy importante para la economía de la zona. Que se ha cumplido el quinto centenario del otorgamiento de carta de ciudadanía a Villapendejo, un evento histórico de honda huella en la región. Que el Consejo regulador de la Denominación de Origen de la Nuez Moscada necesita un poquito de notoriedad. Que por primera vez alojamos en esta ciudad al Congreso Europeo de Entomólogos. Y allá que nos mandaban: a Doña María, a Capitán, al padre Bonete, al Gran Carnaval, a Julio César Iglesias, a Carlos Herrera, a Antonio Jiménez o a Olga Viza, según quién llevara la batuta.Y lo mismo teníamos que hablar de embutidos que de juguetes o de  historia, para acabar haciendo la pelota al lugar que nos recibía y diciendo por antena cosas tan originales como: encrucijada de culturas (esto se decía mucho), ciudad hospitalaria donde nadie es forastero (esto también), la gran desconocida (todas las ciudades y pueblos de España son los grandes desconocidos, pero se sigue abusando de semejante tópico, debe de ser muy resultón), y aquéllo de de “donde a un patrimonio histórico y cultural excepcional  y un dinamismo social y económico admirable se une una oferta turística, de ocio y gastronomía, que la hacen sencillamente insuperable. Aunque, para qué engañarnos, lo mejor de este sitio donde hoy hacemos el programa es su gente: gente abierta, sencilla y campechana que recibe a cualquier visitante con los brazos abiertos”…Todo eso decíamos, por eso pagaban a los parlanchines de la radio. Y la cosa gustaba tanto a los anfitriones que acababan invitando al equipo humano del tinglado de la radiofónica farsa a un buen almuerzo, regalaban a cada uno un bonito cenicero de cerámica con el escudo de la ciudad estampado en su fondo y luego invitaban a presenciar desde lugar preferente el acontecimiento o el objeto que justificaba aquel despliegue de medios.

-Qué bonito, qué interesante –había que decir- ¿Cómo es posible que el mundo entero no sea consciente de este privilegio que todos tenemos al alcance de la mano?

Así eran las cosas en el entonces de la vida de este bloguero.

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El programa fue en Valencia, la época la de las Fallas, y el acontecimiento La Mascletá.  El Duende creyó que de repente el cielo se abría y una de dos: o Zeus tonante  había despertado más furioso que nunca o se celebraba el cumpleaños de Paul Tibets y del Enola Gay. ¿Sonarían más fuerte aún las bombas de Hiroshima y Nagasaki?

Este incauto e ignorante bloguero no entendía que esa serie de explosiones insoportables para cualquier oído ligeramente sensible fueran causa de tanta algarabía. Podía haberse acordado de la alegría de vivir, del gozo de la fiesta callejera, de los que viven esperando todo el año su tradición más famosa, de lo liberador que es liarse la manta a la cabeza y caer en cualquier exceso. Algo de ese efecto narcótico incluyen las fiestas populares. Pero no, parecía que el Ayuntamiento, y la Plaza de la Constitución y Valencia entera iban a ser engullidos por el centro de la tierra, que volvíamos a la guerra, y que si aquello no era un raid aéreo estábamos en el epicentro de un terremoto.

Y entonces se acordó de la pobrecita Alfa, y de lo mal que lo deben pasar los perros de Valencia cuando llegan la Fallas y la pólvora y las explosiones se hacen dueñas de la fiesta.

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Qué horror, los petardos, las tracas, las bombas, los tiros y los truenos. ¿Por qué gustan tanto? Uno cree que siempre le pillan con el alma desprevenida, y que nunca podrá superar el pavor a su estampido. 

Alfa murió de viejecita, en el campo. Un día de verano, cuando sentía que ya no estaba para vivir más, se alejó de la casa y se echó sobre la tierra para dejarse morir.

Pero murió en silencio. Que es como, con las solas excepciones de los sonidos de la naturaleza, los de una conversación inteligente o los de una música sublime, le gustaría vivir a este bloguero el resto de la fiesta de la vida.

Fatigado por el “dolce far niente”…

Qué difícil, y qué fatigoso, es no hacer nada...

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No sabe el Duende cuánto tiempo hace que pasa un día sin salir de casa. No ha sido por motivos de salud, ni por inclemencias del tiempo –qué más quisiéramos- ni por la obligación de ordenar papeles, o preparar la declaración de la renta, o montar un mueble de IKEA, o de cocinar un bacalao al pil-pil. Era pereza, fatiga. O tal vez sentirse a gusto en su palomar. Según transcurría la jornada se iba adueñando de su alma calvinista una preocupación.

-¿No será que estoy sucumbiendo a la tentación de dolce far niente?

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Y a continuación repasó su comportamiento, por si respondía al canon de lo que entiende por no hacer nada. Había hecho su cama. Había ordenado su cocina. Había hecho unas tostadas y un café, había leído el periódico en su teléfono móvil, cosa bastante incómoda por cierto. Se había puesto el chándal para salir a correr. Se lo quitó después, porque no le apetecía, estaba como cansado, y por primera vez en su vida consideraba que el cuerpo merecía un respeto. Se duchó, se afeitó.

Había buscado libros, que luego había cambiado de sitio, había mirado muchas veces por la ventana, observando: 1. Varias bandadas de cacatúas verdes volando. 2. Un gato trepando por el tronco de un pino. 3. Al menos dos autobuses urbanos semivacíos. Qué gracioso: todos los personajes igual que los de su autobús de hojalata marca RICO, juguete de los años cuarenta del pasado siglo, silueteados sobre el vacío. 4. La ciudad latiendo bajo el sol implacable que nos permite hablar de “buen tiempo, tiempo primaveral”. Cuánto le irrita al Duende que al tiempo africano le llamen buen tiempo, cuando el buen tiempo en esta época  sería fresco y algo de las lluvias que no han querido ni hisoparnos en invierno. 5. El parque sediento, implorando compasión.

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También ha pensado. Por cierto, ¿pensar es hacer algo? Pensaba que uno va haciendo su vida como quien  compone un puzzle. En un puzzle hay algunas piezas clave, de cuya correcta colocación depende en buena parte el éxito del cuadro final. Hoy el Duende pensaba que tocaba poner una pieza tonta, poco esclarecedora, un pedazo de cielo, un retazo de mar, unas hierbas. Nada que le condicione o le cambie el puzzle de la existencia.

Ha escuchado la radio, ha mandado varios correos electrónicos, ha puesto unos garbanzos a remojo, ha quitado una mancha, ha introducido un CD en su aparato de música, ha repasado los coros del Mesías que cantará en diez días, ha tomado un te, ha buscado, sin éxito, a un calcetín desaparecido, ha completado un soneto que había empezado el día anterior en el autobús, un soneto dedicado a una dama que cumple años inconfesables y que sigue pareciendo una chica ye-yé, las cosas.  Ha visto dos partidos de fútbol, el Athletic-Manchester United y el Besiktas-Atlético de Madrid. Si uno mira en los rojiblancos bilbainos sólo un club de fútbol, qué admirable, qué categoría, qué ejemplo de equipo el suyo. Qué partidazos  los que nos regala últimamente, y que hazaña la de eliminar a los líderes de la Premier League El maestro Ansón dice, seguramente con retranca, que él es del Athletic de Bilbao porque es el único club de nuestra liga que juega siempre con once españoles. Españoles y vascos, españoles o vascos, qué mérito el de ese conjunto de bilbainos, guipuzcoanos, alaveses, navarros y riojanos –cada vez se amplían más las fronteras futbolísticas del País Vasco- en una liga donde hasta el club más modesto es una multinacional. Ya podían aprender los que sólo hacen plantillas a golpe de talonario.

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Según los códigos morales del Duende, el fútbol no puede ni debe ser excluyente de otras actividades. Así que mientras lo miraba,  hojeaba, de paso, la prensa digital. Qué contradicción, hojear sin pasar una hoja. Luego cenó. Y en todo ese tiempo se obsesionaba recordando aquel ojo vigilante de Dios insertado en un triángulo que aparecía en el catecismo, al tiempo que tarareaba por lo bajini una canción que sonaba cuando era niño por aquellos receptores de radio antediluvianos.

Mira, niño, que la Virgen lo ve todo…

Espera el Duende que Dios y la Virgen se hayan dado cuenta de que aunque   casi todos, unos por falta de trabajo y otros por sobra de años, estemos inactivos, es imposible no hacer nada.   Acabó el Duende tan cansado de ese menester, que a las once y media de la noche se le caían los párpados, y sentía que la cama le llamaba para recogerse en ella y ponerse a no hacer nada de verdad

 

 

Cómo salir de dudas

A veces ni los sueños son capaces de sacarte de dudas...

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A Homper, que es bastante antiguo, le siguen sorprendiendo los avances de la ciencia. Le deja estupefacto que un cirujano pueda operar desde este lado del  Atlántico el riñón de un paciente de Nueva York, y que el fenómeno de Internet pueda convertir a cualquiera en un pequeño sabio instantáneo. También le pasma que los padres puedan elegir el sexo de los hijos y que ahora algunas cadenas de televisión de pago ofrezcan al cliente la posibilidad de elaborar una programación a la carta.

Sólo echa de menos que no se haya inventado todavía el método para programar los sueños favoritos.

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Cuando su querida prima Teresita era una prometedora adolescente, mantenía que si lanzabas una zapatilla al aire y antes de que cayera al suelo te metías en la cama con los ojos cerrados y un deseo, esa noche soñabas lo que habías deseado. Homper había comprado te en El Corte Inglés, donde le atendió una dependienta encantadora y muy guapa. Pues qué tipo de te quiere usted, el breakfast te, el de toda la vida, no me gustan nada las variedades aromáticas. A esas les llamaría, simplemente, infusiones, no te. ¿Alguna marca determinada? No. Que sepa a te como el que te sirve cualquier hotel de Inglaterra sin dar más explicaciones. Compre usted el de granel, es muy bueno. ¿No es mejor el Twinings? Bueno, usted paga la marca y la lata. Pero si tiene en casa una lata donde guardarlo, llene una bolsita de papel del te de granel y verá cómo le gusta este. Se lo digo yo, que soy una gran aficionada al te. Y ya que es usted tan amable, ¿cómo se llama? Margarita. Me llamo Margarita.

La dependienta era, como recuerda Hom, muy guapa. No muy robusta, menuda, pero de fino talle y cuello largo, aprincesado, rubio cabello y un rostro que recordaba a la Debie Reynolds de Cantando bajo la lluvia (luego ésta se cardó el pelo, se apasteló y se convirtió en un icono yanki algo cursi). La chica valía un sueño. Homper se preguntó si conservaría a sus años la agilidad suficiente como para repetir el ejercicio que recomendaba su prima Teresita, teniendo en cuenta, además, que la altura del  techo de su apartamento no daba para que la zapatilla volase muchos segundos. Se permitió una pequeña trampa: abrió el edredón, se sentó en la cama, cerró los ojos, pensó en Margarita, lanzó una de las zapatillas al aire, y antes de escuchar el ruido de su caída al estrellarse contra el suelo ya estaba tapado y dispuesto a soñar.

Pero el experimento no funcionó. El día –su vida entera, más bien- acumulaba muchas dudas por despejar. Y en lugar de soñar con la encantadora Margarita soñó con Sócrates.

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Sólo se que nada se –le anunció el filósofo, fiel a sí mismo.

Pues buena la hemos hecho, pensó Homper.

Y el sueño se fue en repasar con el genio de la filosofía la ristra de dudas que le acometían en los últimos días. 1. La reforma laboral, ¿es tan necesaria como dice Rajoy o tan perversa como corean oposición y sindicatos? 2. El 11 M, ¿lo cabal es pasar página o seguir investigando? 3. Manifestarse contra la reforma laboral el día de tan nefasto aniversario: ¿necesidad o agravio? 4. ¿Es imprescindible ajustar el déficit, o es más recomendable seguir primando el gasto social y el que venga detrás que arree? 5. ¿Es tan grave lo que dijo Gallardón sobre el aborto como para tanta trapatiesta? 6. ¿Dónde hay más chorizos, en torno a Gurtel o alrededor de los ERE de la Junta de Andalucía? 7. ¿Qué es peor, pagar la energía a su precio o hacer la vista gorda sobre la amenaza nuclear? 8. ¿A quién favorecen más los árbitros, al Barça o al Madrid? 9. ¿Qué vicepresidenta elige mejor sus cirujanos estéticos, Soraya o María Teresa? 10. ¿Cuándo se irá el anticiclón a hacer puñetas y lloverá de una puñetera vez?

Sócrates le aseguró que estaba en plan colaborador, pero todo lo que hizo fue encogerse de hombros ante cada dilema. En vista de lo cual, y dado que su heroína ni había asomado por el sueño, Homper decidió al despertar que lo mejor era volver al Corte Inglés, comprar un poco más de te, que despabila mucho, y preguntarle a Margarita si tenía libre el próximo sábado para invitarle a remar en las barcas del Retiro.

 

Gracias, luna

Es fantástico pensar que hay una luna panacea para cada uno de los que la miran embelesados...

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Hacía fresco, no exactamente frío. Y la luna iba a despuntar por el pequeño  monte que guardaba la casa por levante. Antes de iluminar del todo el amplio valle, la sierra que quedaba a espaldas de la casa y todos los escondrijos de la noche, debía desenmarañar una masa de rocas y robles, pues se trataba de un monte tupido y caprichoso, el monte donde si la muchacha fuera sólo una niña tendría su cabaña, su osito durmiendo el invierno en el tronco vacío del árbol más viejo, un sapo hibernando, tan bueno y simpático que luego despertaba y se convertía en príncipe, su bruja. Sus sueños.

Veinte minutos antes de asomar, la luna ya había fumigado el cielo con esos polvitos mágicos que usa Hollywood para pintar las noches de las películas de Tim Burton: un sutil velo de plata traslúcida, una  niebla delicada de misterio, una pátina  de poesía cósmica que anunciaba su definitiva salida.

-Yo no me muevo de aquí hasta que asome del todo –dijo la muchacha mientras se echaba encima su plumas- A ver si la luna lo cura todo.

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La muchacha estaba en esa edad curiosa en la que se pregunta casi todo, y vivía en una familia  que facilitaba los porqués.

-¿Por qué todo el mundo habla de eso que llaman crisis? ¿Por qué papá está tan angustiado y  se enfada con todos? ¿Por qué llora mamá cuando viene de la compra? ¿Por qué el tío Blas dice que está en el paro? ¿Por qué a la tía Petra le ha salido un cáncer? ¿Por qué internaron al primo Roberto en una clínica, si se ponía él solo las inyecciones? ¿Por qué dice la abuela que Dios le está fallando?…

Se arrebujaba en el calor mullido de su plumas mientras se lo preguntaba, cara a cara, a la luna, que ya lucía completa sobre el cielo estrellado. Primero había lanzado las preguntas más sombrías. Pero luego su corazón le planteó sus legítimas  demandas.

-¿Y por qué Jaime, que es el chico que me gusta, no me escribe, o por lo menos no me llama, y me invita a merendar tortitas con nata? ¿Por qué no puedo ser feliz, como en los cuentos?

3

La muchacha había escuchado por la radio que la luna llena sería el broche del Día de la Mujer. Cuando su padre llegó a casa por la noche estaba descompuesto. Dijo que habían despedido a cuatro de su departamento, y que el próximo podría ser él. También protestó por la cena: qué miseria de cena. Y se lo decía a su madre como si su madre, que debería celebrar el dichoso Día de la Mujer con una sonrisa, fuera culpable de todo: de los despidos de la empresa, del recorte del sueldo de su padre, de los precios de la cesta de la compra, del cáncer de la tía Petra, del paro del tío Blas, de las sospechosas inyecciones del primo Roberto y hasta de la chochera de la pobre abuela, que estaba destrozando con su silla de ruedas todas las esquinas de la casa.

Fue entonces cuando su madre se encaró con su padre y le dijo.

-Lo siento, Pedro. Pero yo no puedo ser la panacea de todos los males.

La muchacha tuvo que esperar a que su madre sofocara el llanto para hacerle una última pregunta.

-Mamá, ¿qué es una panacea?

4

Su madre se calmó, se secó las lágrimas, sacó el diccionario de la estantería del salón y se lo dejó abierto a la muchacha en la página donde venía panacea. Medicamento al que se atribuye eficacia para curar diversas enfermedades / Remedio o solución general para cualquier mal.

Y ahora, viendo la luna en su esplendor, lo entendía todo. La luna era solución mágica que todos estaban esperando. Por eso tenía forma de pastilla, y por eso era tan bonita y no había nadie que no la mirase con fascinación, porque hacía olvidar los males, iluminaba todos los sueños que quedaban por cumplir y alimentaba todas las esperanzas.

Y lo que más le gustaba a la muchacha era que este medicamento se suministraba sin recortes para nadie. Porque había más de siete mil millones de personas sobre la tierra. Pero,  a pesar de todos los infortunios, también había una luna panacea, una pastilla milagrosa para cada una de ellas.

 Así que, como además arreciaba el relente, la muchacha se despidió.

 -Gracias, luna- dijo lanzándole un beso.

 Y se fue a la cama a soñar feliz.    

 


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