Artistas callejeros y otros disparates

El artista callejero tiene mucho mérito, pero a veces seguro que preferiría un modesto puesto fijo como operador de TELEFÓNICA...

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Madrid era la corte de los milagros. En cierto modo lo sigue siendo.

Como cualquier jubilado, el Duende da con frecuencia largos paseos por sus calles. Y observa con curiosidad a los  múltiples artistas callejeros que tratan de ganarse la vida a su manera. En la Plaza de Oriente se encuentra  con un torero que hace la estatua, un tipo plegado como un acordeón que hace las veces de enanito y una siniestra cabeza plantada sobe una mesa. La mesa está cubierta por un tapete que llega hasta el suelo, para tapar al pobre artista arrodillado que sólo aspira a ser la cabeza del Bautista, con su sangre a medio cuajar y todo. El morbo atrae mucho.

Un poco más allá, se da de bruces  con el Hombre Invisible uniformado de marino, menos conseguido que el que componía Claude Rains en la película del mismo nombre. En la calle Arenal hay un par de cantantes de ópera que cantan arias famosas a capela. La muchedumbre no les hace demasiado caso, pero ellos, inasequibles al desaliento, actúan con la misma intensidad que si lo hicieran en el vecino Teatro Real. En la Plaza Mayor,  se exhiben una cabra vestida con tiras de papel de plata y un Gato con Botas  bastante aburrido. En la calle Postas, un cowboy pintado en oro, como la chica de Goldfinger, y un Charlot inmóvil y muy triste: es natural, es, o quiere serlo,  una escultura de presunta piedra, un homenaje al desasosiego.

En la Puerta del Sol se mezclan con el gentío Mickey y Minnie Mouse repartiendo globitos, y también pululan por ahí Hellow Kitty, un soldado de terracota y un mariachi mejicano. En la esquina del Banco de España monta su show una especie de hombre ingrávido, suspendido en el aire por un ingenioso soporte poco visible. En el Paseo del Prado se encuentra al más original: una mujer que friega de rodillas con una bayeta y que pretende ser un monumento a la mujer trabajadora. A su lado, un cartel reivindicando la igualdad de sexos en el trabajo.

Se supone que de vez en cuando los artistas tendrán que suspender su trabajo callejero para hacer pis. O para aliviar la gazuza con un bocata. Son pintorescos, qué duda cabe, aunque no deben de ser los trabajos más deseables ni más lucrativos. Como los payasos de los circos, y a pesar de que sin duda sueñan con provocar la sonrisa, acaban inspirando una cierta pena. Da igual, la crisis obliga.

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A veces el paseante aprovecha estos andares para hacer algunas llamadas. Hoy en particular llamó a su cuñada Belén para preguntar por su marido Gonzalo, que está seriamente enfermo. Como ella no pudo coger el teléfono saltó el contestador con ese nuevo truquito que se ha inventado Movistar para facilitarnos la vida (versión de la operadora) o para sacarnos más perras (versión del cliente): grabe su mensaje a partir de la señal y nosotros enviaremos su texto en un SMS.

No sería mal invento si funcionara. Pero o el robot del  contestador o es sordo y no entiende bien los mensajes grabados o es un guasón. Lo que grabó el Duende decía Llamaba para preguntar por Gonzalo. El que recibió Belén, transcrito por los sabios que atienden al contestador, decía: Llamaba para preguntar por saberlo. Preguntar por saberlo, qué majadería, pues claro, para qué si no se pregunta.  Gonzalo y saberlo tampoco suenan tan parecido, pero aún así la confusión es menos grotesca que la que le contó al Duende una compañera de su coro.

-Yo llamé mi marido y le dejé este mensaje: Llego tarde, dale la papilla a Cristina. Y un minuto después el nuevo servicio de Movistar me confirmaba que lo que había mandado era Llego tarde vale la capilla sixtina. Así, sin mayúsculas.

Deberían de tener la decencia de llamar a este nuevo invento el Servicio de Mensajería Surrealista o Así.

3

Bajo los soportales de la Plaza Mayor, el soldado de falsa terracota despacha unas lentejas que le deben de haber suministrado en uno de los bares vecinos. Para tal menester el hombre se ha despintado las manos y el rostro, al menos lo bastante para poder observar en él la fatiga y el desaliento.

-¿Y esto es arte? -parece preguntarse- ¿Y esto es vida?

El Duende sabe que ya nadie ata los perros con longaniza. Pero se pregunta si algunos de estos artistas callejeros, que tanto sufren la fatiga, el hambre el frío y la indiferencia,  no vivirían un poco mejor y serían más útiles atendiendo la nueva mensajería para la que Movistar ha dispuesto voces artificiales y cerebros más virtuales todavía. A saber cómo se implementa –así lo dirán en la compañía, se supone- el servicio. Qué desperdicio. Qué desajuste de recursos.

Y, en los despachos de las grandes empresas, como en las calles, qué ridículo, cuánto disparate.

 

 

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1 Response to “Artistas callejeros y otros disparates”


  1. 1 José Ramón marzo 7, 2012 en 11:45 pm

    Tienes razón: Qué mundo tan surrealista y tan injusto. Y tan raro.

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