Naderías sorprendentes (2)

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Uno, afortunadamente, pasea para llenar el dietario de su vida y se va encontrado estas naderías. O más. A veces uno sale de casa con sesenta y seis años y en el camino, aparte de personajes y paisajes, da con el tiempo que corre del revés. Esta semana, y gracias a esta experiencia, Homper se topó con su niñez, con el tiempo aquel en el que los marinos eran héroes impolutos y bien planchados hasta que un cañonazo les arrancaba la pierna y les salpicaba de sangre el uniforme o el palo de mesana roto les aplastaba la sesera y acababan en el fondo del mar. Homper a veces ve la vida como si toda ella fuera cine. Y  en el acto de marras, en la presentación del libro Marejadilla, comprobó que  la épica del cine de piratas, de barcos y de aventura de la mar aparecía ahí, como telón de fondo, en aquel salón de actos del Cuartel General de la Armada, un espléndido edificio del centro de Madrid en el que poco se repara, junto a aquellos profesionales de  la marina a los que uno tenía que convencer con sus naderías.

El hombre cumplió como pudo. Los marinos de guerra suelen ser gente seria, pero tienen su corazoncito, y a veces incluso demuestran sentido del humor.

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Luego llegó la hora de las almendritas con cava, o del cava con almendritas, de los saludos y las conversaciones con gente a la que no veía desde hacía mucho tiempo, quizás desde nunca, y poco después la hora de abrirse. Por cierto, abrirse, vocablo marinero: zarpa la flota del puerto y según van ganando la mar los barcos se abren buscando su rumbo. Y entonces, cuando se abría, ya en la calle, le llegó lo más sorprendente, lo que certificaba que aquella tarde el tiempo corría hacia atrás. De repente se escucharon los acordes de una banda de música,  se abrieron las puertas laterales del Cuartel general de la Armada y por ella salió desfilando una compañía de honores que formó ante la bandera que ondea a la entrada principal, en la calle Montalbán, frente por frente al edificio de Palacios que hoy ocupa el Ayuntamiento. Los soldaditos y soldaditas formaron muy serios, y a los acordes del himno nacional, y ante la mirada atónita de paseantes y turistas que ya no recordaban estas ceremonias, arriaron la bandera. A continuación la desengancharon del mástil, un infante y una infanta de marina la doblaron y la recibieron en sus  brazos con mucho mimo.

Y la banda remató el homenaje a los caídos de la Armada española con una emocionante y hermosa marcha fúnebre que el público escuchó en respetuoso silencio, quizás preguntándose, como Homper, si lo que veían y escuchaban se estaba produciendo en este país tan iconoclasta y tan escéptico como es España con sus símbolos y sus glorias o en una país europeo de solera democrática que sabe que con las cosas de comer no se juega.

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La cosa es que aquella estampa le sorprendió a Homper, le dejó tan estupefacto como muchas otras de las cosas sigue descubriendo, tal que si aún se estuviera debutando en el tobogán de la vida.

Ya lo decía antes, salió Homper de casa con sesenta y seis años y de repente se encontró con su infancia, cuando todo eran naderías, pero las naderías eran las referencias importantes que le guiaban. Ahora , en estos momentos en que el mundo es mutación, en el que todo se revisa y no acaba de estar seguro  uno ni de que el sol saldrá por el este y la estrella polar seguirá marcando el norte, el inseguro Homper se sintió inesperadamente reconfortado viendo aquel cuadro. Una banda militar, el himno nacional, una bandera arriada, unos soldados serios y bien uniformados y un público respetuoso que contemplaba el singular espectáculo en un elegante rincón urbano del centro de Madrid. Se puede pensar que es otra nadería, y que esos numeritos no arreglan ni uno solo de los numerosos entuertos que nos afectan, pero a Homper, como poco, le pellizcó el alma, y la cosa le pareció bonita.

(Por cierto, para los coleccionistas de naderías: el arriado de bandera con banda y honores se celebra los últimos martes de cada mes a la hora del crepúsculo ante la puerta principal del Cuartel General de la Armada, calle Montalbán, 2).

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7 Responses to “Naderías sorprendentes (2)”


  1. 1 franciska abril 4, 2012 en 7:24 am

    Nunca hubiero llamado naderias a todas las cosas que dices, porque ¿no es la vidad una naderia?, si pensamos que mueren cada minuto no se cuantos de hambre, cada dia el mundo arabe esta peor, ya no nos afectan las noticias por terribles que sean etc etc.. todo se ha convertido en “naderia”, en repeticion. En cambio la minima cosa que nos afecta, una gripe, una rotura de la cañeria del vecino, la averia del coche lloviendo y cosas de ese tipo, eso no son “naderias” ,son tragedias que nos amargan el dia. El mundo esta al revés y nosotros lo seguimos. Dicho esto,cualquier evento militar siempre emociona, debe ser las reminiscencias de todos los desfiles que nos “chupabamos” de pequeños.

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  2. 2 Zoupon abril 4, 2012 en 10:44 am

    Tiene razón el Duende en no estar seguro de que la estrella polar siga marcando el norte. De hecho, la estrella polar no siempre es la misma, y ha cambiado a lo largo de la historia y lo seguirá haciendo. La actual, llamada Polaris, cederá su trono hacia el año 3.500 para recuperarlo unos 24.000 euros más

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  3. 3 Zoupon abril 4, 2012 en 10:50 am

    Perdón, quise decir 24.000 años más tarde.

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  4. 4 El Duende de la Radio abril 5, 2012 en 5:36 am

    Lo que sabeis…O sea, que ni la Estrella Polar es de fiar ya. Es verdad que para estas cosas de las que hablaba hay palabras mejores que “naderías”, pero estoy en racha de realismo sinn paños calientes, y de repente me he acordado de ese poema de José Hierro que insistía en que todo es nada.
    Buscadlo en la red, y ya veréis que pensamientos tan lúcidos produce el ewscepticismo de nuestros maestros.

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  5. 5 maribel abril 5, 2012 en 7:22 am

    Zoupon ….dios mio!!!! que susto me has dado creia que ya le habian puesto precio a la estrella polarrrrr…..bueno bueno…saludos

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  6. 6 gallego marzo 23, 2013 en 7:46 pm

    “Antorcha de las buenas obras”……..

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  7. 7 gallego marzo 23, 2013 en 7:47 pm

    Magnífico telefilm biográfico de Miguel Bardem sobre el Almirante Don Luis Carrero Blanco, emitido en TVE el 17 de diciembre de 2012

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