Jueves Santo sin Mingote

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Le ha pedido el Duende explicaciones a su memoria. De repente no sabe si al Jueves Santo le corresponde el recuerdo de  un diluvio torrencial que vació las calles y convirtió Madrid en una ciudad fantasma, el sonido de las carracas, la visita a las iglesias con sus padres para rezar las estaciones o unas gambas al ajillo deliciosas que preparó su madre. La infancia guarda esas sorpresas: hasta un día crees que lo más sabroso que se puede esperar de la vida son las patatas fritas, el jamón de York y las natillas, pero ese día el menú se hace más adulto y se refina, y la madre prepara algo nuevo, que son las gambas al ajillo. Y a partir de entonces el Duende imberbe, de tan deliciosos como le parecieron esos bichitos del mar, creerá que las gambas al ajillo eran privilegio de los ricos de su tiempo: Aparicio, Litri, Di Stéfano, Sara Montiel y Pepín Fernández, que hacía entonces el mismo papel de empresario exitoso que ahora desempeña el señor de Mercadona. Por cierto, sic transit gloria mundi: ¿quién se acuerda ahora de Pepín Fernández?

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Memoría traidora, como empezaba diciendo.

Sí tiene claro el Duende en cambio que así como el Viernes Santo se ayunaba, el Jueves Santo se comía, y bien. Los católicos preparamos el gran duelo con buenos alimentos, y también celebramos las buenas nuevas como auténticos triperos. O sea que aunque probablemente creemos en Dios, aprovechamos cualquier trance en la vida de su divino Hijo para los placeres de la otra carne, que son menos excitantes, aunque también más perdonables. Que nace el Mesías, pavo y turrones. Que le prenden en el Huerto de los Olivos, y le flagelan, y le coronan de espinas, y le crucifican, torrijas, tirabuzones y flores de harina frita. Que resucita, cordero pascual asado, monas de Pascua y huevos de chocolate. Mens sana in córpore no se si sano, pero por lo menos gordo.

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Memoria, entendimiento y voluntad, decía el catecismo del padre Ripalda que eran las llamadas potencias del alma. La memoria, ya les digo, va fallando, pero el Duende sigue las huellas del tiempo perdido y se da cuenta de que no recuerda un solo Jueves Santo sin Mingote. Se lamentaba estos días pasados de cómo se borran las referencias, el oráculo Zoupon incluso advertía de que la mimísima Estrella Polar ya no es lo que era, pero sin embargo el maestro Antonio Mingote estaba siempre ahí, como el santo doméstico que las mujeres de pueblo entronizaban antiguamente encima de su receptor de radio para que, entre uno y otro, guiaran sus faenas domésticas y su vida entera.

-Te hago este dibujo para que pienses, luego existas-parecía decir el gran dibujante desde su ventanita el ABC.

Mingote divino, Mingote bueno, lúcido, tierno, generoso, elegante y paciente,  como hay que exigirle al mismísimo Dios que lo sea. Pero sobre todo afable, bien educado, simpático y bueno, sobre todo bueno. Podría el Duende caer en la vanidad de presumir de su amistad, pero sería de todo punto exagerado. Coincidió con él en actos, almuerzos, cenas, a veces incluso tuvo que hacer el payaso ante él, porque por medio estaba Ussía, y el propio Alfonso, que es un agitador, tiraba de uno para que  usara sus herramientas ad majorem regocijum Dei. Y el bueno de nuestro dios de los chistes sonreía. No cree el Duende que entendiera ni la mitad de la mitad, pues el ilustre académico estaba ya un poco teniente, pero el hombre asumía su papel de ídolo complaciente, y a fe que cumplía.

 Ni fue su amigo del alma, ni tiene el Duende  otros títulos que le permitan abusar de la necrológica del don Antonio, por más que ambos –como Forges, qué coincidencia- hubieran nacido un 17 de enero. Sólo puede recordar que es el primer Jueves Santo sin él, cosa impensable, porque uno creía que Mingote irradiaba ya su luz como si esta fuera imperecedera. Vale: llega la muerte porque se tiene que acabar la vida. Así las cosas, este menda se conformaría con ser discípulo de su señorío y de su   beatífica ironía, que le autorizaba a poner el dedo en casi todas llagas sin que nadie se sintiera humillado ni ofendido. Qué gran triunfo, morir y dejar discípulos. Debe de ser privilegio de los que mueren en Semana Santa.

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Memoria frágil y triste, por las circustancias, y entendimiento nublado, cosa habitual en las sucesivas encarnaciones de este bloguero. Pero queda la voluntad. Querer es poder, se dice el Duende, y como a pesar del día lloroso uno está alegre se traslada mentalmente al Retiro, por donde paseaba Mingote. Un día se vistió de guarda del Retiro, como los que recordamos los madrileños de una cierta edad, con un uniforme marrón y rojo, no se si de pana o de fieltro, sí que llevaban un sombrero de alas  y unas botas de media caña por las que remetían los bajos de los pantalones. Eso y la banda de cuero blanco con una reluciente chapa de latón daba a aquellos guardas de antaño un cierto aire de mosqueteros.

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Y de esta guisa sorprendió el Duende al genio, paseando bajo la lluvia, que falta hacía por el parque, anticipándose quizás a la estatua que algún día se erigirá en uno de sus rincones al visitante más ilustre que ha recibido el Retiro en último siglo. No le quiso molestar. Si ya estaba duro de oído en esta vida, cómo  le iba a oír Mingote desde el más allá, con la de risas y amables llantos que deja en esta tierra. Recordó de memoria algunas de sus lecciones magistrales, en formas de viñetas de distintas épocas. 1. Velázquez aburrido, de brazos cruzados y apoyado en el caballete, suspira con la mirada perdida mientras por su estudio corretean las Meninas con su perro. Fumetti que sale de la boca del pintor: Hay días en que no se le ocurre a uno nada que pintar… 2. Tres pordioseros bajo un puente se consuelan del hambre en torno a un fuego. Fumetti de la boca de uno de ellos: Según las estadísticas, una de cada tres personas come pollo. Uno de nosotros lleva doble vida…3. Un matrimonio burgués critica las veleidades de algunos obispos, o tal vez la osadía del Concilio Vaticano II. Fumetti en boca de la señorona: desengáñate, Pepe, digan lo que digan al cielo iremos los de siempre.

Le recordó esos buenos ratos, esos flashes de inteligencia y gracia que valían por mil columnas, otros tantos artículos y algún que otro tratado de filosofía Le dio las gracias por haber sido el pensador más agudo,  claro y conciso que había conocido. Y añadió el bloguero que no le importaría contarse algún día entre los de siempre, como vaticinaba la señorona de la viñeta. Siempre que, cuando lo vea sentado a la diestra del Padre, compruebe que Dios ha mejorado mucho en su sentido del humor.

 

 

 

  

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1 Response to “Jueves Santo sin Mingote”


  1. 1 maribel abril 6, 2012 en 7:33 pm

    bueno bueno no era muy asidua de Mingote pero diempre sabe mal que mueran las personas…..saludos

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