Sin perdón para el desánimo

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Cantaba Don Hilarión que el aceite de ricino ya no es malo de tomar/ Se administra en pildoritas y su efecto es siempre igual.  Para acabar concluyendo  que hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad, una bestialidad, una brutalidad. Algo así pensó Homper cuando se enteró de que ahora los médicos cuando a un niño le sube la fiebre en demasía, en lugar de ponerle a sudar bajo una capa de mantas le sumergen en un baño de agua fría. Que el niño tirita de frío por la fiebre, pues más frío para el cuerpo todavía. Pasmoso: una barbaridad, una bestialidad, una brutalidad.

Y a nuestro Hombre Perplejo, cada vez más abatido por la malsana costumbre de leer periódicos y seguir las noticias, se le ocurrió que el pesimismo que diariamente nos inyectan la economía, Europa, los gobiernos y los dichosos mercados quizás podría combatirse de igual forma que la fiebre. O sea, con algo peor. Si creemos que la situación actual es mala, reflexionemos recordando la barbaridad, la bestialidad y la brutalidad que era este mismo mundo cuando la generación de Homper puso sus pies en él.

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Todo esto viene a cuento porque anoche veía Homper Sin perdón en la primera cadena de TVE y cuando despertó –no puede ver películas después de cenar, porque acaba durmiendo hasta las obras maestras- se encontró en pleno Apocalipsis de esa pesadilla que fue la Segunda Guerra Mundial. La gran película de Clint Eastwood se fundía con la película de aquel desastre que debería avergonzar a la condición humana. Eso sí que no tuvo perdón. Le tuvo en vilo hasta las dos y cuarto de la madrugada.

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La serie Apocalipsis, quizás refrito ampliado de aquel impagable El mundo en guerra que produjo la BBC en la década de los 70 del pasado siglo es el mejor exponente de la capacidad  de barbarie de la especie humana. Pero después de repasar la orgía de sangre y fuego que ofrecen sus asombrosas filmaciones, uno se queda estupefacto pensando  que los mismos que desataron el desastre fueron capaces luego, pelillos a la mar, de ponerse de acuerdo, recomponer Europa y diseñar un nuevo orden mundial que, con todos sus fallos, es bastante mejor que lo que nos hubiera deparado el triunfo de los totalitarismos.

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Así que Homper, que nació cuando la acabó la guerra y Europa era un erial y una ruina, piensa que esta serie debería de ser de obligada visión para recuperar el ánimo colectivo. Dice que vivimos tiempos inseguros, de zozobra y de angustia, pero que les hablaran de nuestros problemas actuales a los judíos, a los polacos, a las víctimas de Hiroshima y Nagasaki, a los marines que desembarcaron en Europa para morir en las playas de Normandía, a los que ardieron bajo las bombas inglesas en Stuttgart, a los que murieron aplastados en Londres por las V-1 y V-2, a los veinticinco millones de rusos que se cobró, entre otros muchas más víctimas, ese conflicto disparatado. A todos los que soportaron aquel horror o murieron en él.

-Recortes, sacrificios, renuncias, austeridad, copago sanitario… –medita Homper- Es verdad que los políticos de estas últimas décadas nos vendieron la Arcadia feliz y que cabrea bajarse del guindo y pisar tierra firme. Pero también lo es que si recordamos lo que era el mundo hace apenas setenta años, hay que quejarse lo justo y creer que está en nuestra mano mejorarlo sin pasarnos de llorones y caer en el desánimo. Porque eso tampoco tendría perdón.  

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1 Response to “Sin perdón para el desánimo”


  1. 1 Palinuro abril 11, 2012 en 1:08 pm

    Nos quejamos de vicio. Suscribo la tesis del Duende en relación con el pasado reciente de esta Arcadia feliz que ha sido el mundo occidental hasta hace bien poco. Y aún ahora, los infelices sufridores africanos víctimas de la hambruna, la guerra, la sequía, la violencia de cualquier signo que sea – por poner un ejemplo – envidiarían nuestra suerte actual.
    La ruina de un rico, el pobre la desea…
    ¡Ah, la serie de la que hablas es ejemplar! Recomendable sin matices.

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