La rosa indultada

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Mi gran pregunta es esta. ¿Cómo tuvo tiempo el Señor para crear tantos tipos de rosas? Supuesto que abocetó esta reina de las flores creando su modelo fundamental, no comprendo cómo permitió que el hombre generase tantas hibridaciones. Más de treinta mil rosas hay catalogadas ahora. Qué desmadre de rosas. Afortunadamente el jardín que cuido no da para tantas.

Podía haber paliado el Señor su negligencia no permitiendo que mi señora fuera tan rica. Pero mi señora, Baldovina de Morentz es multimillonaria. Hay multimillonarias que coleccionan arte, o diamantes, o muebles antiguos. Algunas incluso van por el mundo creando orfanatos con su nombre. Mi señora desgraciadamente se mira demasiado en el espejo. Ella, como la madrastra de Blancanieves, quiere ser la más guapa del mundo mundial, y ha invertido buena parte de su dinero en sí misma. Según me dijo Florence, su fiel ama de llaves., su belleza está en manos de los mejores especialistas en estética. Está tan segura de que su belleza es inmarchitable que, en lugar utilizar su verdadero nombre, ha conseguido ser conocida como Divina. Ella es Divina de Morentz.

Divina de Morentz me advirtió cuando me contrató como jardinero que su capricho no era como el de otras multimillonarias. A ella le gustaba ser la más bella, y creía que su belleza dependía de la belleza de las rosas. Le apasionaban las rosas, y puso buen cuidado en que entendiera que la mayor parte de mi trabajo debería ser cuidar las múltiples variedades plantadas en su jardín.

-Eso sí –recalcó- Sólo quiero rosas en su esplendor. No te perdonaré ver en las rosas de mi jardín ni un solo pétalo marchito.

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Fue una ligereza por mi parte no calibrar debidamente el reto. En el jardín de Divina crecían rosales antigos y modernos, de rosas grandes o pequeñas, de pie alto o llorones caídos, y de variedades como para volverse loco: híbridas de te, damascenas, califórnicas, moschattas, de porcelana, wichovianas… Yo no vivía prácticamente más que para las rosas, y a partir de la primavera cada día tenía que podar miles de rosas para evitar que ninguna mostrara en su rostro el más leve síntoma de decadencia.

Ella se paseaba todos los días por el jardín inspeccionando cuidadosamente el esplendor de sus rosas. Se limitaba a sonreir levemente para mostrar su aprobación. Sólo un día me llamó y pronunció mi nombre para felicitarme.

-Muy bien, Jacob –me dijo- Y no olvides nunca que la belleza es sólo esplendor.

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La derivada que me planteaba yo era si el esplendor traía consigo la felicidad, y en eso todos los que trabajábamos para Divina de Morentz teníamos nuestras dudas. No comprendíamos cómo nuestra señora podía mantenerse joven durante tantos años, ni tampoco que su obsesión por la belleza no hubiera fraguado en ningún amor conocido. Divina era inmensamente rica, sí, pero sólo compartía su fortuna con la soledad más absoluta.

Nadie sabía cuándo nació Divina. Según Noemí, su doncella, el secreto de su eterna juventud no era la cirugía plástica, sino que bebía todas las noches de luna nueva sangre de marta cibelina, que parece que tiene mágicos efectos en esas condiciones. Florestán, el chófer –a él no le llamaban mecánico o conductor, como es moda entre los que quieren disimular su riqueza- mantenía la teoría de que Divina era frígida, y se consolaba a solas.

-Me lo contó Anita, una camarera que fue despedida hace años –reveló una noche de confidencias algo pasado de Calvados – Me dijo que la señora guardaba en un cajón secreto de la cómoda de su dormitorio un dedo de berilo modelado por un artista de <strong>Bizancio en el siglo IV con el que se masturbaba ante el espejo.

A mí no me gustaba especular con la intimidad de mi señora. Yo no tenía tiempo más que para cuidar las rosas, y sólo hubiera deseado que Divina fuera menos perfeccionista, y admitiera que las huellas del tiempo también guardan su belleza.

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Un día estaba tan agotado de podar rosas que me senté en un banco a descansar. Mientras reposaba escuchando a los pájaros puse mi vista en una rosa de David Austin cuyos pétalos se empezaban a abarquillar por los bordes adoptando ese tono de óxido que preludia la marchitez. Quizás estaba impresionado por haber visto la noche anterior por la tele El gatopardo, la célebre película de Visconti que es, entre otras cosas, un canto a la belleza de lo crepuscular. Recordaba sobe todo las secuencias finales de la escena del baile, donde la cámara se deleita retratando los adornos florales de las mesas y las tazas de café en las que queda el cerco de su poso. El esplendor de la frescura de Claudia Cardinale frente a la decadencia de la fiesta, con la música fatigada y los lujosos vestidos de las damas ya descompuestos.

-Qué belleza, Señor –suspiré en voz alta.

Y cuando salí de mi ensimismamiento me di cuenta de que la señora estaba allí, probablemente indignada y dispuesta a reprocharme la belleza declinante de la rosa que no había podado a tiempo. Pero no lo hizo. Yo me había levantado automáticamente, y me precipité con mis tijeras para cortar su tallo, pero ella me levantó su mano.

-Quieto, Jacob. No lo haga.

Divina de Morentz se sentó en el mismo banco que yo ocupaba y se quedó absorta contemplando a la rosa indultada.

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Mi vida como jardinero mejoró a partir de entonces. Paralelamente, el cuerpo y el rostro de Divina se fué humanizando, y ganando en ello un encanto femenino del que hasta entonces había carecido. No se si dejó de beber sangre de marta cibelina las noches de luna nueva, o si despidió a su plantel de cirujanos plásticos, pero el caso es que un día aparecieron en sus ojos patas de gallo, otro algun cabello blanco en su cabeza y otro, en sus manos que hasta entonces eran puro biscuit, hasta se dibujaron unas pequeñas manchitas propias de la edad madura.

Un día en que Florestán se aprestaba a recogerla en el Rolls Royce para llevarla a la ciudad a la hora convenida, Divina le despidió amablemente.

-No se preocupe, Florestán –le dijo con una sonrisa- Hoy vienen a buscarme.

La recogió un hombre de cierta edad con aspecto de profesor que conducía un viejo Escarabajo.

Dos meses después se conoció que el señor Morton, administrador de los bienes de la señora, había subastado el dedo de berilo en Sotheby´s por una cantidad fabulosa, pues la joya en cuestión había pertenecido anteriormente a María Antonieta, sin que constara en documentación alguna el uso que le dio.

A mí lo que me consta es que la señora entendió que todo es efímero, y que las huellas del tiempo también forman parte de la belleza. Ya no sufrimos tanto por el esplendor de las rosas. Ella parece haber descubierto algo más en la vida con el tipo del Wolkswagen, y yo he encontrado tiempo libre para salir con Purita, que hace unas gambas al curry inolvidables y además me rasca la espalda mientras estamos sentados en un banco contemplando las rosas maravillosas que otros cuidan en los parques de la ciudad.

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2 Responses to “La rosa indultada”


  1. 1 Violette junio 5, 2012 en 10:02 pm

    Solo puedo decir que este post me parece bello y real. Pertenezco a la primera generación en la que el botox ha hecho estragos. ¿Por qué resistirse a envejecer? ¿Responden las cualidades físicas a una estética anacrónica?
    Hace más de 10 años fui invitada a una boda en Marbella en la que había más operaciones de estética por metro cuadrado que invitados. Decidí dejar pasar los años sin retoques, y solo con los cuidados que la coquetería femenina impone. Hoy soy feliz con el pelo blanco, las arrugas de expresión que demuestran que he sufrido y reído, y, sobre todo, agradezco a la vida la serenidad que el paso del tiempo me ha otorgado. Pretender tener 20 años cuando se está a punto de cumplir los 60 es una absoluta IMBECILIDAD.

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  2. 2 Franciska junio 6, 2012 en 4:07 pm

    !!!Que suerte los hombres!!!! se les llama maduros e interesantes( si no estan mal) en cambio ellos hablan de jovenes y bellas (los más finos).y de las demas, ni hablan. a no ser que sean ricas, la del post de tu historia,de hecho ,es multimillonaria, no, si ya lo decia yo.

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