Las señoras no son para estos veranos

1
Cuando entró en el autobús el termómetro de la calle marcaba 38º. Mercedes entendió que quizás esa era la causa por la que el conductor no le respondió al saludo.

-Buenos días-dijo Mercedes sonriendo mientras picaba el billete.

El conductor se limitó a arrugar la nariz y a mirar hacia delante con evidente expresión de cabreo cósmico. El calor. Mercedes pensó que era una pena que aquel hombre fuera empleado de la EMT, cuando con ese gesto podría haber llegado lejos como catador de vinos, oficio que siempre se ejerce con gesto de enfado. ¿Hay algún catador de prestigio capaz de probar un vino con ademán complaciente?…

2
Se suponía que en el autobús había aire acondicionado, pero evidentemente no funcionaba. Mercedes no se hubiera puesto medias, pero debía visitar a su jefe, al que acababan de operar de la próstata, y pensó que aunque los hospitales no son hoy precisamente un lugar donde la gente compita en elegancia, la señora de su jefe tendría mejor concepto de ella si llevaba las medias puestas. A pesar de la calor.

Pero la cuitada Mercedes se sentó en el asiento de plástico recalentado por el sol y después de sólo dos paradas empezó a notar que los sudores le inundaban la zona de las posaderas. Pensó entonces que la prestancia que iba a ganar con las medias de lycra la iba perder con creces si salía del autobús con su vestido sospechosamente mojado en la zona más indecorosa.

3
Entonces se levantó de su asiento, que rápidamente ocupó otro viajero, se atusó la falda lo mejor que pudo y se agarró a la barra para sujetarse hasta llegar a su destino.

Sólo quedaban tres paradas, tres. Pero dio la casualidad de que en la primera de ellas subió un macarra con camiseta de los Lakers que dejaban al aire una espesura de pelos nada estética, meyba de medio muslo, barbas y melenas, piercings variados, sandalias de trapense y aspecto de no haberse duchado en varios días. Extremo que comprobó cuando nada más levantar el brazo para asirse de la barra central, Mercedes, que era más bien bajita y cuya cabeza quedaba por bajo del cuerpo del delito, percibió una tufarada sencillamente insoportable.

4
A partir de semejante experiencia, los pensamientos se encadenaron vertiginosamente en la mente de Mercedes. Por qué a la gente le gustará tanto el verano. Por qué no se han inventado las medias refrigeradas. Por qué la gente que se mete en un transporte público en verano no piensa un poco en el que va a llevar a su lado. Por qué nos obligan a ponernos guantes de plástico en el mercado para no tocar la fruta con nuestras manos y se permite que un guarro nos contamine directamente con sus olores más íntimos. Por qué a tanta gente le abandonó el desodorante en el útero materno. Por qué de la misma manera que hay una ITV para los vehículos no se implanta una ITJ (Inspección Técnica de Jumelados) para los viajeros. Por qué se ha perdido el sentido del decoro en la vestimenta. Por qué se confunde la libertad con la falta de respeto a los demás.

5
Se preguntó por último si esta dictadura del desaliño personal en detrimento de los demás estaba incluido en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, respondiéndose a sí misma que no, que hasta ahí no habían llegado los escrúpulos garantistas de las sociedades civilizadas. Así que antes de bajarse del autobús, esbozó la mejor de sus sonrisas para hacerle una última observación a su hediondo compañero de viaje.

-Por favor, la próxima vez que suba al autobús, o se ducha antes o se pone por lo menos manga corta, ¿eh?

6
Antes de entrar en el hospital compró un ramo de flores. Mientras se lo preparaban, se miró en un espejo y disimuladamente se pasó la barra de labios y un peine. Cuando entró a visitar a su jefe y le dio sus flores, que la señora recogió encantada, aún estaba compuestita y mona.

Su jefe estaba estupendamente, sin entrar en detalles. Y afortunadamente ella quedó muy bien. Nadie reparó en las arrugas de su vestido ni en las fatigas que había pasado en el autobús. Pero Mercedes era ya una mujer de una cierta edad y de otra educación. Y comprendió que los veranos sólo le gustaban ya si le pillaban al borde del mar o a la umbría de un bosque donde no dejara de parecer una señora.

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2 Responses to “Las señoras no son para estos veranos”


  1. 1 maribel junio 26, 2012 en 6:58 am

    la verdad esque esas señoras ya ni siquiera existen….jajajaja calurosoa dias…besos

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  2. 2 mariamuguiro@telefonica.net julio 6, 2012 en 1:35 am

    Las señoras si existen, y no huelemos a nada….

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