Archivos para 31 julio 2012

VERANO III. De los titiriteros a Shostakovich

Aquellos títeres de verano no tenían ni el glamour ni el encanto que tenían los de la película Lilí…

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De repente una noche de verano aparecían los títeres.

Aquel aprendiz de contribuyente creía que los títeres tenían más lustre. Quizás había visto ya la película Lilí, y esperaba a la encantadora Leslie Caron bailando con Reinaldo, que era un títere humanizado, cosas del cine. Ay Lilí, ay Lilí, ailó, era lo que cantaban y luego repetíamos a coro después de ver la película..

Era una película muy cursi, pero bonita, de las que se quedan grabadas en la memoria. Al día siguiente de verla, el Duende se quería casar con la artista, o sea, con Leslie Caron, cosa que le pasaba cada vez que la heroína era guapa y le gustaba. Nunca se casó con ninguna. Ni con Leslie Caron, ni con Pier Angeli, ni con Audrey Hepburn, su favorita. Ni siquiera con Encarnita Fuentes, que era la protagonita de Recluta con niño, una de las películas más maravillosas de aquellas infancias. En la película, Encarnita hacía de ciega, lo que le añadía a su encanto aún más ternura. Además la actriz era española, como de Salamanca, lo que a priori le situaba más asequible. Pero nada, no la conoció personalmente, no dio con ella, no tuvo ocasión de declararse. Estaba de Dios que las artistas de cine no eran para él.

Aunque hablábamos de los títeres. ¿Quién puede imaginarse lo que era una función de títeres en aquel paraíso para las chicharras que era Arenas de san Pedro en 1953?

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Los títeres eran en la casa de Román. El Duende nunca supo quién era Román, sólo que este tenía una casa algo más aparente que las de entonces con una torre y un jardín muy simple:unos geranios flanqueando y una pista de tierra donde se celebraba la función. Allí, bajo la luz de una única bombilla un titiritero tocaba la trompeta y otro jaleaba a una cabra para que se subiera a un taburete. Eso eran los títeres. Sin Leslie Caron, ni muñecos humanizados, ni princesas, ni fantasías, ni nada que recordara a eso que después se llamó glamour. Los veía el Duende en una silla de paja de esas que usan las viejas de los pueblos para coser a la puerta de su casa. Como en tantas cosas en la vida, era mucho más la ilusión que la realidad. En realidad, los títeres sólo servían para que a los niños les dejaran trasnochar.

Unos cuantos veranos después apareció por allí Daja Tarto, nombre artístico de un tal Tortajada Ese sí que era un artistazo. Llevaba incluso un frac abrillantado por el uso, rompía bombillas y se comía sus añicos como si fueran cañamones fritos. Era el único fakir que el Duende conoció en su vida, pero en lugar de vestir como Gandhi se trajeaba como un gentleman venido a menos. Un toque de distinción. Por cierto, si las bombillas que se comía eran Osram quizás no supiera que su fabricante también enrevesó su apellido. Osram al revés es Marso, probablemente con acento en la ó, como el marido de Concha Velasco que en paz descanse.

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Qué locas noches de verano. Se acordaba de ellas el Duende mientras en la iglesia de Soto de Luiña, una pequeña aldea asturiana, escuchaba al cuarteto Arché interpretando el Cuarteto de los pájaros de Haydn y, más sorprendente todavía en un programa que uno hubiera presumido facilón, un cuarteto –precioso, por cierto- de Shostakovich, que no es precisamente José Luis Perales. El clero no siempre es partidario de la música clásica en las iglesias. A veces prefiere el guitarreo y los desafines en mi bemol mayor de las beatas, pero se equivoca, porque un buen concierto, aparte de envolverte en esa oración universal que es la inspiración de los genios, te ofrece el tiempo para estudiar detenidamente cada una de las imágenes, retablos, pinturas y símbolos que adornan los templos. Incluso puede proyectar las almas a las alturas, y dejarlas a las puertas del cielo. No es mala ayuda para quien busca la fe. Quizás por eso el público escuchó al cuarteto Arché con una devoción y un respeto imponentes.

El bloguero, además, reflexionaba y comparaba con aquellas lejanas noches de titiriteros. Cuánto han cambiado España, cuánto la sensibilidad popular. Cuánto él mismo, observador de veranos, y cuánto sus propios gustos. Ahora en este país casi todo es sombrío, pero en algunos aspectos podría decirse – y perdón por la provocación- que estamos mejor que nunca.

Los viajes dentro de un viaje (2)

Uno de los dibujos que el explorador Edward Parry hizo en el Ártico…¡Eso sí que era cambiar de aires!

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¿Cuánto dura el verano en la España seca? Le contaban a uno en el colegio que tres meses, ja, ja. Verano es todo el tiempo en el que se está mejor al aire libre en camisa de manga corta que con cualquier pieza de abrigo. ¿Ha contado el madrileño –no digamos el andaluz, el murciano, el manchego el extremeño, el catalán o cualquier insular- cuántos días de su año puede vestir de esta guisa?…En más de la mitad de nuestra `piel de toro hay abuso de verano. En mayo los termómetros sobrepasaron los 35º en muchos observatorios. Y si Dios no lo remedía la España que desde el aire se divisa parda, gris o amarillita, como un tablero de marquetería de distintas calidades, permanecerá agostada hasta la entrada del otoño. Siempre que haya suerte y este acuda puntual.

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Por eso hoy, 7´45 de la mañana, el bloguero despertaba alborozado escuchando el tamborileo de la lluvia en el tejado. Esto es romper con el medio habitual, y confirma el buen criterio de los primeros veraneantes, que para escapar del infierno se aposentaban en el norte. Redoblan estos goterones en Asturias, donde el agua del cielo, hay que reconocerlo, no es tanto gozo. Hubiera deseado escucharlos mejor en ese enclave de Gredos donde se refugia a menudo, abalconado sobre Castilla La Mancha, al sur, y Extremadura por el oeste. España más bien calurosa. Ahí la lluvia le hubiera sonado a música celestial, por más que se quejen los cultivadores de higos, que seguramente lamentarán un día menos de sol para endulzar sus frutos. Nunca llueve a gusto de todos.

Siempre, sin embargo, o al menos casi siempre, llueve a gusto del Duende. Duende de secano, irremediablemente apegado a los colores húmedos con los que le tentó la gran ventana que era el cine de su infancia. O el azul del mar, La isla del tesoro, o los verdes de Robín de los bosques y, más aún, de ¡Qué verde era mi valle! También le apasionó la claridad de Beau Geste, pero nunca se perdería por gusto en ningún desierto.

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Pero casi todos entendemos que vacar es viajar. Quien además guste de aprovechar ese viaje para leer puede hacer un segundo viaje, pues uno se embarca en una lectura interesante y deja de estar donde está para volar a puntos muy distantes. El Duende se recuerda en la Viena del Imperio Austróhúngaro mientras viajaba a Santander porque en el tren iba leyendo La impaciencia del corazón, una delicada novela de Stefan Zweig centrada en la ciudad del Danubio. El fascinante relato autobiográfico de Gerald Durrell Mi familia y otros animales, que describe un verano en Corfú fue devorada otro verano en la costa de Almería, unidos al menos ambos paisajes por el Mediterráneo. Otro verano, en la isla griega de Hydra, estaba tan desesperado por la incomodidad de la playa donde le llevaron que el Duende cogió La vida instrucciones de uso, una novela genial del genial Georges Perec, trepó por el monte, se sentó en un bastante confortable pedrusco y se sumergió en las pintorescas vidas de los habitantes de un bloque de viviendas de París que retrata con una gracia y una imaginación sin igual el autor. De vez en cuando levantaba la mirada y se solazaba contemplando el soleado azul de aquel golfo del Adríático donde se ubicaba el pedregal que llamaban playa -qué eufemismo-, pero enseguida regresaba al libro, pues en él pasaban cosas mucho más interesantes.

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Por si la fuga a Perec no fuera suficiente, el lector se entretenía también mirando de reojo a una pobre burrita atada al pie del chiringuito de la supuesta playa. La bestia soportaba el implacable sol helénico espantando moscas con el rabo ante la cruel indiferencia de multitud de bañistas gordos emparrillados sobre aquel lecho de guijarros. Al Duende le produjo tal pena el bicho que dos o tres veces suspendió su lectura, bajó y cogió higos caídos de una higuera vecina para aliviarle la solana. Se los comió encantada, y ese descenso al sentir de una burra griega le enriqueció aún más el viaje dentro del viaje que supone leer en vacaciones.

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Ahora aprovecha la mañana lluviosa de Asturias para navegar por el Ártico. Qué le puede importar a uno ese mar helado y ese Polo Norte por el que nunca viajará, y sin embargo cuánto disfruta imaginándose en esas infinitas y aterradoras soledades blancas, y descubriendo gracias a Javier Reverte, y con Barrents, Ross, Parry, Franklin y Amundsen el mítico Paso del Noroeste, que se tragó los sacrificios y las vidas de unos cuantos héroes hoy enterrados en el olvido. Qué espíritu de aventura el de los exploradores y científicos de aquellos siglos pasados. Qué derroche de valor, cuánto romanticismo. Y qué paradoja, viajar por Asturias y por el Ártico para acabar en el fondo de uno mismo contemplando lo poco que somos y lo estúpido que es pasarse la vida venerando nuestro ombligo, con lo feo que es. Viajemos, veamos y pensemos.

El sugerente viaje del caracol

…Y Homper decidió incicar unas vacaciones perfectas olvidándose de la crisis mientras observaba el sugerente viaje del caracol…

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De repente, Homper se queda perplejo por algo nuevo, que no había conocido jamás en la vida y que le acerca a la sensación de que ya es un hombre maduro. Se siente felizmente irresponsable.

Durante estos últimas semanas de angustia nacional soportaba el peso de la crisis sobre sus hombros. Creía que él formaba parte de la lista letal en la que están Lehman Brothers, Moodys, Zapatero, Grecia, Krugman, Bernanke, Draghi, Bankia, Blesa, Mafo, Merkel, Rajoy, Montoro, De Guindos, Almunia, las palabras déficit, rescate, autonomías, prima de riesgo y todos cuantos demonios se nos aparecen diariamente desde que dejamos de ser el milagro español para convertirnos en la Cenicienta con peor madrastra y más vesánicas hermanastras que se ha conocido jamás en Europa. A Homper la España triunfal y gloriosa, la que llenaba la boca de satisfacción a nuestros presidentes, se la refanfinflaba. No soporta las fanfarronadas. Pero ha bastado que nos derriben del machito para que se sienta llamado por la patria. Viva Agustina de Aragón, Daoiz y el Teniente Ruiz, a mí la Legión, Santiago y cierra España.

(Mejor no demos ideas, que hoy es su santo y a lo mejor el Patrón se anima y echa el cierre definitivo. Que patronear a esta España invertebrada y desconojada no debe de ser plato de gusto ni `para el más milagrero de los santos).

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Mientras estos días se hablaba de la Batalla de las Navas de Tolosa y de la de Clavijo y los nuevos regeneracionistas reprocharan que los españoles de hoy pasemos de las hazañas históricas de nuestras armas, Homper se preguntaba qué batallita podría emprender él, a su edad, para ayudar a sus compatriotas. ¿Sumarse a los indignados y quemar contenedores de plástico en el barrio de Esperanza Aguirre? ¿Cocinar y servir croquetas en un comedor social? ¿Denunciar al vecino que es electricista y suele cobrar sus servicios sin IVA? ¿Renunciar a su tarjeta de Pensionista de la Seguridad Social para comprar Paracetamol a su precio, aprovechando, por cierto, que este medicamento sólo cuesta 85 céntimos? ¿Gastar menos de lo que ya gasta?…A decir verdad, le gustaría ser Superman, multiplicarse como tal, trabajar todo lo que debería trabajar España para salir de este trance y mejorar en un par de semanas tres puntos del PIB.

Pero sólo de pensarlo se ha quedado tan fatigado que ha decidido emprender ya sus vacaciones.

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Y aquí, en el Principado de Asturias, viendo la barra del mar al fondo de la V que dibujan las dos laderas del valle de las Luiñas, Homper se ha liberado. Lleva casi veinticuatro horas y no ha sentido la menor curiosidad por saber qué hace nuestra prima de riesgo, ni por escuchar el llanto indigente de la próxima comunidad autónoma que se pondrá a limosnear de nuestra menguada hacienda. La de igual. Recuerda la pobreza de la primera España que vieron sus ojos. Y los españoles salimos de ella. De repente, cuando empezábamos a creer en nosotros mismos, este país se llenó de sabios, ricos y de políticos que vendían crecepelos de oro líquido. Hasta que estos nos hundieron y ahora, aparte de aplicarnos sanguijuelas múltiples incluso en el forro de los cataplines, nos quieren laminar la alegría de vivir.

-Pues conmigo que no cuenten– se dice Homper-Yo ya he dejado de rasgarme las vestiduras y de compartir el patriotismo del desánimo.

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Por no escurrir el bulto y poder decir que también trabaja a favor del bien común, ha regado un par de hortensias que necesitaban agua y ha seguido durante no menos de diez minutos las evoluciones de un caracol por el tallo de una cala. Hortensias y caracoles: también son naturaleza, y parte de este mundo que tiene tantas cosas pendientes de arreglo.

Antes el Hombre Perplejo ha empezado sus vacaciones leyendo páginas de los dos libros que ha traído en su cartera de mano. Elegir las lecturas de vacaciones siempre fue un problema para él, pero este verano tiene la sensación de que ha acertado. Uno es Aquella mitad de mi tiempo, el relato de un viaje por su biografía a cargo de Javier Marías. El otro es En mares salvajes, subtitulado Un viaje al Ártico, del magnífico Javier Reverte. Dos libros deliciosos, de prosa clara y amena, que intruyen y se leen fácilmente mientras de reojo Homper levanta la mirada para comprobar que el caracol continúa su lento viaje por el jardín.

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Hace un día soleado en el norte de España, no pinta ni una sola nube en el cielo, y sopla una brisa deliciosa. Homper ni siquiera está obligado a bajar a la playa, ni a bañarse en las gélidas aguas del Cantábrico, ni a pasar diez minutos quitándose la arena de los pies antes de meter estos en los zapatos, ni a contemplar esos barrigones o esas celulitis indecorosas que se pasean por la orilla. Muchos más refrescantes de pies que bañistas arriesgados. Homper prefiere ver la mar de lejos, como la crisis, como los males de la patria. Y casi le da vergüenza confesarlo, pero si esta vez está asombrado es porque olvida la depresión, disfruta del vaje del caracol y de lo que tiene más a mano y cree rozar las vacaciones perfectas.

Sócrates nos visita

¿Sólo se que nada se?….Depende: la política está llena de sabelotodos y arreglanadas…

 

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Cuando Sócrates resucitó y vio en lo que se había convertido su país decidió veranear en España. Paró primero en Madrid, una ciudad que le dejó pasmado. Le llamó la atención su originalísima estatuaria, en la que destacaban unas aves de colores erguidas como los humanos. Eran pingüinos. Pingüinos muy  vistosos, distintos, pintados de colores brillantes,  oteando el horizonte cual si fueran seres centinelas del tráfico.

-¿Esto hacen los Fidias modernos?- se preguntó. También se fijó en el peculiar modelo de los peripatéticos que paseaban por las calles. Pantalón corto, gorra, gafas de sol, mochila y botella de agua en la mano. Mirada levantada, buscando siempre una respuesta a sus pasos erráticos sobre el ardiente suelo de la ciudad.

-¿Se podrá filosofar de esta guisa?

La tradicional curiosidad del filósofo. Sócrates, resucitado, otra vez genio y figura, hasta la sepultura.

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-Aquí me sentiré como en casa-dijo mientras subía las escaleras de un noble edificio que parecía trasplantado desde su clásica Atenas.

Los leones del Congreso no se inmutaron al verle. Todo lo contrario  que los ujieres de aquel templo de la democracia, vestidos, por mor de la austeridad y de lo caro que se habían puesto las libreas después de la última subida del IVA en las tintorerías, con los chandales  excedentes de los Juegos Olímpicos. Al identificarle uno de ellos, que era doctor en Historia y en Filosofía,  Licenciado en Filología Clásica, Master en Gestión Cultural, y afortunado al cabo por haber conseguido un contrato temporal en el Congreso, le abrió la puerta principal entre grandes reverencias y aspavientos.

-Adelante, maestro.

-Gracias –respondió con cortesía el filósofo. Y luego, reparando en aquella extraña uniformidad, y comparándola con la sobriedad de su túnica, no pudo reprimirse- Por Zeus…-  exclamó- ¿Cómo habéis admitido esos uniformes tan horrorosos?…

-Ah, sapientísimo Sócrates…¿Qué es una raya más para un tigre?

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Ya en el hemiciclo, donde algunos de los diputados le confundieron con un indigente y como había fotógrafos le dieron algunos euros, pudo comprobar Sócrates lo que había evolucionado en España su filosofía. El hizo su fama reconociendo sus limitaciones: sólo se que nada se. A tenor de los discursos de los parlamentarios que pudo escuchar reprimiendo sus bostezos, comprobó en cambio que el saber o la ignorancia se conjugaban de formas muy diversas.

El líder del partido gobernante, por ejemplo, decía: sólo se que no se puede hacer otra cosa que la que hago. El líder de la oposición añadía otro matiz: solo se que se lo que hay que hacer, aunque cuando pude hacerlo no lo hice. Los líderes de los partidos independentistas admitían que sólo sabían que sabían lo que había que hacer, pero que para hacerlo no contaran con ellos. Los líderes  más a la izquierda iban más lejos: sólo sabemos que los demás no saben nada, y que los que sabemos estamos seguros de que a Europa y a sus lacayos hay que decirles  por aquí (levantando el dedo central de forma ligeramente grosera) y solucionarlo todo con los impuestos a las grandes fortunas.

Al menos todos coincidían en una cosa:  sabían que había que hacer algo para salvar la crisis, aunque si no se hacía o se hacía mal era por culpa de los demás.

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Ya bajando las escalinatas del Congreso, con unas monedas recaudadas y un ejemplar de la Constitución Española  encuadernado en rústica que le regaló el presidente Jesús Posadaotra vez la dichosa austeridad-Sócrates pudo comprobar la peculiar manera de ser del pueblo español. Este, harto de quejarse y de manifestarse al modo tradicional, había decidido tomárselo con lo que aquí se dice cierta filosofía. Desde Cibeles y Atocha, y también desde la Puerta del Sol, dos millones de manifestantes con el pelucón y los característicos movimientos  de Georgi Dann avanzaban cantando en animada coreografía la nueva versión de la canción del verano.

¡El rescatito!….¡El rescatito! / Cómo me gusta/ El rescatito…

Pensaba Sócrates volver a Atenas para despedirse de unos descendientes que todavía le tenían en cierta estima. Pero, fiel a sí mismo, suspiró, reconoció una vez más que sólo sabía que nada sabía, y que ahora entendía todavía menos de todo, y decidió regresar al reino de la inmortalidad después de pagarse con la inesperada recaudación de aquel extraño día  un par de croquetas en Lhardy.

Diez pollitos

1
En ese baúl de imágenes cinematográficas donde uno guarda lo que acumula a lo largo de su vida, el Duende recuerda un zoom de ida y vuelta que le impresionó particularmente. Pertenecía a esa época en la que todavía los efectos digitales no nos habían familiarizado con lo imposible. La cámara retrataba un corpúsculo indescriptible, que resultaba ser la raíz de un cabello, y a continuación el cuero cabelludo del joven al que pertenecían ambos. Se alejaba la cámara un poco más y aparecía el joven sobre una alfombra de césped abrazado a una chica, se alejaba un poco más y veíamos la terraza ajardinada del edificio donde retozaba la pareja. Un poco más y Manhattan. Desde más altura, Nueva York, y a continuación los Estados Unidos, el continente americano y finalmente el planeta Tierra, que cuando se iba perdiendo en la distancia era sólo un puntito en el espacio similar al que abría la secuencia.

Todo en unos segundos. Entonces la cámara vertiginosa deshacía el camino hecho y nos retrotraía a la raíz del cabello inicial. Quizás para recordar –oh sorpresa- que lo micro y lo macro son iguales, y que todo depende del punto de vista.

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Recordó esta secuencia el Duende al despertar el pasado miércoles. De repente veía que la casa/mundo donde vivía había sido bombardeada por los macroproblemas habituales. Aún ardían entre los escombros la crisis, los recortes, el paro, la prima de riesgo, el déficit, la pobreza, la irritación callejera, los devastadores incendios del verano. Y Siria, que también duele. La casa Usher casi daba envidia.

Entretanto, en la suya aún pasaba algo casi peor. Por si no tuviéramos bastante con la mundial, una fuga de la lavadora había inundado la habitación a la vecina del cuarto, mientras el ordenador le hacía pedorretas y le negaba el acceso a Internet. O sea, microproblemas. Que, al cabo son casi peores que los macroproblemas, pues ante estos el Duende, como casi todo el mundo, se inhibe por incompetencia, mientras que nadie responsable puede esquivar la obligación de buscar un fontanero o un técnico que solucione las chapuzas informáticas.

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Lo macro y lo micro. Esperaba el Duende- no sabe si en vano- que Dios se encarnara en sí mismo y con la infinita bondad y sabiduría que le caracterizan, si no curaba el mundo, al menos se pusiera el mono de trabajo y arreglara sus entuetos domésticos. Pero en tanto se producía el milagro, se aliviaba con una micro buena noticia que también puede ser macro, según se mire.

-Abuelo –le decía por teléfono su nieta Marina rebosante de ilusión- ¡Hemos tenido pollitos!…

Es la primera noticia de este calado que se registra en la familia. A ciento ochenta kilómetros de las averías, en esa casa de campo donde se ha organizado un campamento de verano para nietas, primitos y otros niños agregados, el horizonte no se ve tan oscuro. Han nacido diez pollos de gallina, y aunque el mundo entero es una pollada, las nietas lo celebran como si el acontecimiento fuera el natalicio de diez exóticos rinocerontes blancos o de diez extinguidos tigres de Tasmania.

Tienen razón las chiquillas. Lo micro es igual que lo macro, todo depende del punto de vista y del criterio. Hasta este abuelo descreído está dispuesto a admitir que el piar de un pollito y la ilusión de unas niñas puede mitigar el clamor del cabreo universal.

Zorongo en la Plaza de Oriente

1
No hay que darle más vueltas, aquí cada quisque debe colaborar en la medida de sus posibilidades al rearme de la moral colectiva. Contrariamente a lo que dijo el poeta, y aunque pueda sorprender la afirmación, cualquier tiempo pasado fue peor. Su espejismo no sirve de nada cuando sólo cuenta lo que nos espera. Hasta los años de euforia entran en esa consideración, pues de los tiempos de Felipe González, de Aznar y no digamos de Zapatero datan muchos de los polvos que hoy enlodan nuestra esperanza. Fuimos cigarras en lugar de ser hormigas. De repente España se convirtió en Antoñita la Fantástica, y así nos luce el pelo.

Pero a pesar de todo en algún rincón de cada día, cuando menos se lo espera, puede encontrar uno algo que le reconforta el alma.

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Ocurrió mientras caía la tarde y empezaba a cernerse la noche, tan perezosa en estos días de julio. Atravesaba el Duende la Plaza de Oriente cuando llegó a sus oídos una voz que le retrotraía a la adolescencia. Un día tan importante como aquel otro en que anunció que acababa de comprar el Espasa –y casi nadie en aquella casa sabía lo que significaba eso- apareció su padre con un tocadiscos alemán. Antes la familia sólo guardaba memoria de una gramola de la Yaya que se accionaba a mano. Se cargaba con un manubrio, se ponía en el plato un disco de pizarra y gracias a un altavoz como de La Voz de su Amo se escuchaba a Gardel, cantando un tango desde el más allá con su tono cansino y arrastrado. Más devahído a medida que se acababa la cuerda al invento.

A uno la voz de Gardel le sonaba como el llanto de un pimiento morrón a punto de ponerse pocho, pero eran figuraciones, porque los pimientos morrones no cantan, aunque cada cual sea muy libre de elaborar sus propias imágenes para vestir los sonidos.

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La novedad ya no se llamaba gramola, ni tampoco pikú. Era un aparato que sabía atinar automáticamente con el primer surco del disco y depositar en él el brazo con la aguja de diamante. Qué milagro: aquella aguja exploraba los surcos de pizarra y resucitaba a Gardel. Ahora, y con una tecnología más moderna, iba a reproducir a Bach, Beethoven, Haendel, y Debussy, primeros clásicos que entraron en la casa familiar. El quinto disco de 33 revoluciones por minuto llevaba en su funda la cara de un hombre joven y agraciado, con el pelo revuelto y corbata de rayas. Es el retrato que pintó Gregorio Prieto, en nada parecido al modelo original, de García Lorca. El disco llevaba por título El mundo lírico de Federico García Lorca, y era una recopilación de romances y canciones populares que inicialmente debió de tocar al piano el poeta granadino acompañando a una voz que podía ser la de la Argentinita, aunque fuera en esta grabación la de Lina Richarte. La luna es un pozo chico/ las flores no valen nada…/Debajo de la hoja de la lechuga/ tengo a mi amante enfermo con calentura/ De los cuatro muleros/ de los cuatro muleros, mamita mía, que van al río, que van al río…

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Y de repente, en esa Plaza de Oriente ya despejada de guiris se escuchó la misma voz del romancero que tanto fascinó a nuestro poeta universal. Venía de una pareja de jóvenes: una de ellas tocaba la guitarra, y la otra cantaba exactamente las mismas canciones y con la misma voz de mezzo que uno guardaba en el disco duro de su memoria, con el mismo buen gusto de la Richarte. Al Duende le pareció asombroso. Era una tarde triste y opresiva, en el imperio de la modernidad descarajada. Uno pensaba en su país hecho unos zorros, hundido en la crisis, con la cultura popular colonizada por el Gran Hermano anglosajón, el ánimo colectivo triturado en picadura amarga y de repente, al aire, sonaba una voz fresca que agitaba la bandera del cante, del arte y de la poesía con un acento lírico inequívocamente andaluz. Qué hermosa paradoja.

-No hay otro bálsamo mágico –insinuaba la nueva Argentinita mientras cantaba que En el café de Chinitas/ dijo Paquiro a su hermano/ soy más valiente que tú/ más torero y más gitano…

Ya caía la noche, y no había un gentío frente a la fachada del Palacio Real, pero poco a poco, zorongo va y seguidilla viene, entre la nana de este chiquito que no tiene cuna, el Viva Sevilla y las tres moritas que me enamoran en Jaén, se fue formando un corrillo de los abrumados ciudadanos que suspendían su paseo para escuchar a las dos jóvenes artistas. El Duende depositó sus monedas en la alfombrilla que se extendía delante de ellas y se sentó a escuchar y observar al personal.

-No pararán mucho tiempo aquí- pensó mientras tarareaba por lo bajini aquellas perlas del mundo lírico de García Lorca.

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Pero se equivocó. Uno de los que se detuvo, el que parecía más bruto, un hermano de Pedro Picapiedra, escuchaba serio y ceñudo, los brazos cruzados. Debía de tener músculos de basalto, porque no se movía nada en aquel rostro de sindicalista reivindicador. Miraba al dúo de guitarra y cantante como si fueran una Caterpillar o una veta de carbón. No era ciertamente la suya la cara de la poesía. Y si embargo descruzó los brazos, dirigió una de sus manos hacia el bolsillo y cuando el Duende, malpensado, creía que era para practicar ese gesto tan español del tocamiento cojonero, sacó del fondillo un euro y lo depositó en la alfombrilla.

-No sabeis el mérito que tenéis –les dije a las artistas mientras la gente les aplaudía- Que con la que está cayendo hagáis vibrar al público con vuestras canciones le llena a uno de optimismo.

Se llama el Dúo Zorongo. Entre los recuerdos que evocaba su repertorio y ver cómo reaccionó a su arte el Picapiedra, este Duende reconoce que le llegaron al corazón. Igual que emocionaron a los que en ese momento paseaban por la Plaza de Oriente. Qué alivio, qué desahogo. Quizás convenga envenenarse un poco menos de economía y política, y curarse el desasosiego con estas sorpresas agradables que aún se encuentran por las calles de Madrid,

Buenos días y buena suerte

1
-No sabes lo mucho que me alegro de verte-le dice al Duende su amigo Javier A.V. mientras se funden en un abrazo.

-Lo entiendo. Aunque te alegrarías igual si yo fuera la persona a la que más odias.

Y se echa a reír.

Javier A.V., competente ingeniero aeronáutico y empresario, abrazaría encantado a una boa constrictor que fuera a visitarle. Acaba de salvarse del abrazo de la Parca, que es incluso más molesto y peligroso que el de aquella. Javier A.V. se había retirado hace poco, y afrontaba la nueva etapa de su vida con el júbilo que da poder hacerlo con todos los deberes cumplidos y suficientes reservas para ser más que feliz. Una mujer encantadora, hijos, nietas, un profundo bolsín de amigos, buena salud aparente, aficiones muy significadas, una casita junto al mar, pasión por el golf, mucho ánimo y curiosidad intelectual para seguir interesándose por casi todo. Javier siempre fue un matriculín y un vehemente cumplidor de todo lo que acomete. El Duende le enganchó para el coro del CEU y en menos de cuatro meses, y sin estudios musicales, cantaba con su voz de tenor los corales del Paulus de Mendelssohn y el Mesías de Haendel como si estas piezas fueran la Vaca Lechera.

Pero la semana pasada viajaba hacia Sevilla con Marta, su mujer, cuando cruzando la provincia de Jaén, en la misma autovía, sintió una profunda opresión en el pecho y un sudor frío que en un pispás le empapó la camisa. Javier presume saber de casi todo, a veces incluso molesta de lo que sabe, pero en este caso su saber resultó providencial. Tuvo la certeza de que estaba sufriendo un infarto de miocardio. Salió de la autovía, se detuvo en el primer edificio que encontró, un hotelito rural entre los olivos, y desde allí pidió auxilio para que llamaran al 112. En veinte minutos apareció un ambulancia de la sanidad pública. Le estabilizaron, le trasladaron a Andújar, luego a Jaén, donde le intervinieron de urgencia. Y ayer le recibió en su casa a este Duende que suscribe con la alegría inusual que, a la vista de los hechos, es más que fácil de explicar.

2
Javier se hacía leguas de la eficacia y del exquisito trato que recibió de todo el personal sanitario que le atendió. Y afirmó que duda mucho de que en ningún país del mundo haya un sistema de sanidad pública como el nuestro. Como es un sabelotodo, quizás tenga razón. No se sabe por cuánto tiempo.

Eso fue lo mejor de la jornada. Lo peor, ya la pueden imaginar. Habló Rajoy, nos recordó que pintaban más bastos de los que creíamos que hay en la baraja y el Duende, que cada día se siente más privilegiado, se acostó a pesar de todo acongojado. Acongojado, no acojonado. Acongojado por la suerte de los que más sufren en sus carnes esta purga de realismo a la que desde hace un par de años nos han sometido. Ahora lee mucho acerca de la historia de la España del pasado siglo. E imagina lo mucho más que debieron sufrir sus padres, como todos los de su generación. Antes de la guerra, con esa España tan pobre e invertebrada, en la guerra y en la posguerra.

Y salieron adelante. Como salió adelante Europa tras la gran devastación de la Segunda Guerra Mundial.

3
Positivo: no han creado impuestos sobre la puesta de sol, ni sobre la brisa del mar. No se han programado tasas por respirar, no gravarán el sueño, no se sube el IVA por jugar al parchís ni por el placer de rascarse la espalda, no recortarán el cariño, no congelan el amor. Si besas a una tía buena, ni Rajoy, ni Draghi ni la Merkel te pueden reprochar nada. Podemos escuchar gratis a los pajaritos, a Beethoven e incluso al vecino que se afeita cantando a Bisbal. Y podemos sonreír, e incluso derramar lágrimas de la emoción, viendo un paisaje en el que juegan esos felices ignorantes que son los niños.

Negativo: a este valle de lágrimas nos conducen los mismos políticos que nos camelaron con la convicción de que el estado del bienestar era un pozo sin fondo, que nos vendieron una Europa que era una vaca ubérrima con las tetas llenas de oro líquido, que nos convencieron de lo uno y lo simple era una paletada, y que lo guay es tener muchas patrias, muchas banderas, muchas autoridades, muchos gobiernos, muchas nomenclatura. Muchas sanguijuelas. Los mismos que pensaban que el pueblo, como era tonto, sólo les votaría si le prometían lo imposible.

¿Cómo es posible que tantos, durante tantos años y tantos gobiernos hayan sido tan irresponsables, nos hicieran cómplices involuntarios del desbarajuste y ahora nos conviertan en sus únicos responsables finales?

Jodó, petaca. Y de esa melopea de mal entendida utopía participaron políticos de todos los colores. Es que es lo que hay. Pero sursum corda, que mañana vuelve a salir el sol y tampoco nos cobran nada por ello. En positivo, como el amigo Javier A.V: buenos días y buena suerte.


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