Zorongo en la Plaza de Oriente

1
No hay que darle más vueltas, aquí cada quisque debe colaborar en la medida de sus posibilidades al rearme de la moral colectiva. Contrariamente a lo que dijo el poeta, y aunque pueda sorprender la afirmación, cualquier tiempo pasado fue peor. Su espejismo no sirve de nada cuando sólo cuenta lo que nos espera. Hasta los años de euforia entran en esa consideración, pues de los tiempos de Felipe González, de Aznar y no digamos de Zapatero datan muchos de los polvos que hoy enlodan nuestra esperanza. Fuimos cigarras en lugar de ser hormigas. De repente España se convirtió en Antoñita la Fantástica, y así nos luce el pelo.

Pero a pesar de todo en algún rincón de cada día, cuando menos se lo espera, puede encontrar uno algo que le reconforta el alma.

2
Ocurrió mientras caía la tarde y empezaba a cernerse la noche, tan perezosa en estos días de julio. Atravesaba el Duende la Plaza de Oriente cuando llegó a sus oídos una voz que le retrotraía a la adolescencia. Un día tan importante como aquel otro en que anunció que acababa de comprar el Espasa –y casi nadie en aquella casa sabía lo que significaba eso- apareció su padre con un tocadiscos alemán. Antes la familia sólo guardaba memoria de una gramola de la Yaya que se accionaba a mano. Se cargaba con un manubrio, se ponía en el plato un disco de pizarra y gracias a un altavoz como de La Voz de su Amo se escuchaba a Gardel, cantando un tango desde el más allá con su tono cansino y arrastrado. Más devahído a medida que se acababa la cuerda al invento.

A uno la voz de Gardel le sonaba como el llanto de un pimiento morrón a punto de ponerse pocho, pero eran figuraciones, porque los pimientos morrones no cantan, aunque cada cual sea muy libre de elaborar sus propias imágenes para vestir los sonidos.

3
La novedad ya no se llamaba gramola, ni tampoco pikú. Era un aparato que sabía atinar automáticamente con el primer surco del disco y depositar en él el brazo con la aguja de diamante. Qué milagro: aquella aguja exploraba los surcos de pizarra y resucitaba a Gardel. Ahora, y con una tecnología más moderna, iba a reproducir a Bach, Beethoven, Haendel, y Debussy, primeros clásicos que entraron en la casa familiar. El quinto disco de 33 revoluciones por minuto llevaba en su funda la cara de un hombre joven y agraciado, con el pelo revuelto y corbata de rayas. Es el retrato que pintó Gregorio Prieto, en nada parecido al modelo original, de García Lorca. El disco llevaba por título El mundo lírico de Federico García Lorca, y era una recopilación de romances y canciones populares que inicialmente debió de tocar al piano el poeta granadino acompañando a una voz que podía ser la de la Argentinita, aunque fuera en esta grabación la de Lina Richarte. La luna es un pozo chico/ las flores no valen nada…/Debajo de la hoja de la lechuga/ tengo a mi amante enfermo con calentura/ De los cuatro muleros/ de los cuatro muleros, mamita mía, que van al río, que van al río…

4
Y de repente, en esa Plaza de Oriente ya despejada de guiris se escuchó la misma voz del romancero que tanto fascinó a nuestro poeta universal. Venía de una pareja de jóvenes: una de ellas tocaba la guitarra, y la otra cantaba exactamente las mismas canciones y con la misma voz de mezzo que uno guardaba en el disco duro de su memoria, con el mismo buen gusto de la Richarte. Al Duende le pareció asombroso. Era una tarde triste y opresiva, en el imperio de la modernidad descarajada. Uno pensaba en su país hecho unos zorros, hundido en la crisis, con la cultura popular colonizada por el Gran Hermano anglosajón, el ánimo colectivo triturado en picadura amarga y de repente, al aire, sonaba una voz fresca que agitaba la bandera del cante, del arte y de la poesía con un acento lírico inequívocamente andaluz. Qué hermosa paradoja.

-No hay otro bálsamo mágico –insinuaba la nueva Argentinita mientras cantaba que En el café de Chinitas/ dijo Paquiro a su hermano/ soy más valiente que tú/ más torero y más gitano…

Ya caía la noche, y no había un gentío frente a la fachada del Palacio Real, pero poco a poco, zorongo va y seguidilla viene, entre la nana de este chiquito que no tiene cuna, el Viva Sevilla y las tres moritas que me enamoran en Jaén, se fue formando un corrillo de los abrumados ciudadanos que suspendían su paseo para escuchar a las dos jóvenes artistas. El Duende depositó sus monedas en la alfombrilla que se extendía delante de ellas y se sentó a escuchar y observar al personal.

-No pararán mucho tiempo aquí- pensó mientras tarareaba por lo bajini aquellas perlas del mundo lírico de García Lorca.

5
Pero se equivocó. Uno de los que se detuvo, el que parecía más bruto, un hermano de Pedro Picapiedra, escuchaba serio y ceñudo, los brazos cruzados. Debía de tener músculos de basalto, porque no se movía nada en aquel rostro de sindicalista reivindicador. Miraba al dúo de guitarra y cantante como si fueran una Caterpillar o una veta de carbón. No era ciertamente la suya la cara de la poesía. Y si embargo descruzó los brazos, dirigió una de sus manos hacia el bolsillo y cuando el Duende, malpensado, creía que era para practicar ese gesto tan español del tocamiento cojonero, sacó del fondillo un euro y lo depositó en la alfombrilla.

-No sabeis el mérito que tenéis –les dije a las artistas mientras la gente les aplaudía- Que con la que está cayendo hagáis vibrar al público con vuestras canciones le llena a uno de optimismo.

Se llama el Dúo Zorongo. Entre los recuerdos que evocaba su repertorio y ver cómo reaccionó a su arte el Picapiedra, este Duende reconoce que le llegaron al corazón. Igual que emocionaron a los que en ese momento paseaban por la Plaza de Oriente. Qué alivio, qué desahogo. Quizás convenga envenenarse un poco menos de economía y política, y curarse el desasosiego con estas sorpresas agradables que aún se encuentran por las calles de Madrid,

Anuncios

Siluetas de RNE

Duendes suscritos:

Suscripción

Suscripción por email

Publicaciones:

PARAÍSO DE HOJALATA
Una Infancia de Hojalata

Ir directamente a

Blog Stats

  • 1,338,133 hits

A %d blogueros les gusta esto: