Archivos para 27 agosto 2012

Verano 9. De la dura realidad a un par de amigos de verdad

<br Puentedeume fue en este viaje un puente hacia territorios maravillosos…

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Siria clama al cielo. España está que arde, y que lástima que no hablemos sólo en sentido figurado, pero qué animales somos. El Armstrong bueno (Neil) sube al cielo definitivamente, mientras su homónimo presuntamente malo (Lance) desciende a los infiernos. Los declarantes en el caso de los Ere de la Junta de Andalucía tienen más morro que un oso hormiguero. El parecido más razonable del Ecce Homo de Borja es Paquirrín, con lo que en rigor podría hablarse de una restauración milagrosa. Y esto último es precisamente lo que el Duende quería haber plasmado en un twit una vez que su sobrino Iñigo, muy impuesto en nuevas tecnologías, le animó para que se desvirgase en el uso de esa herramienta que hoy parece indispensable para estar en la pomada. No se arrepiente de no haberlo hecho, pues hubiera sido otra mofa más a cuenta de la sufrida restauradora, a la que el eco de su tierna chapucilla –con la de horrores que se hacen incluso en nombre de la cultura oficial- le tiene deprimida. Anímese señora, que no habiendo otras serpientes ni canciones de verano ni posados de minibikini de Anita Obregón ni apenas singladuras del Rey en el Fortuna, por aquello de la austeridad y la obligada discreción, a usted le ha tocado este verano el papel de friki oficial cum summa laude, qué se le va a hacer.

Eso, lo del twit a punto de salir, sí que habría sido una gran noticia en la vida del Duende. Pero al final casi celebra no haberlo lanzado, pues a tenor de la de excusas que luego tienen que pedir los que han vertido en la red comentarios ingeniosillos que derivan en polémicos, Twitter sirve básicamente para meter patas. Véase la última de ese senador del PP que ha tenido la ocurrencia de comentar que con 5.800 € de sueldo mensual “las pasa canutas”. No hagamos música si no somos capaces de mejorar el silencio.

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Estas parrafadas son descargo de conciencia. De vez en cuando uno mira sus notas de viaje desde fuera y piensa si tanto regodeo en los recorridos del ego no le alejarán de los que picoteen el blog. ¿Y a mí que me importa dónde vaya usted? Respuesta: ¿y qué le iba a usted en lo que hacía Madame Bovary con su cuerpo serrano, y perdón por la comparación? Objetivar es la clave. Uno puede estar ya demasiado visto, pero su camino y los personajes que en él encuentra ahí están, a disposición y en provecho de quien se aventure por ellos.

Betanzos y Pontedeume le atraían al Duende desde siempre, porque hay lugares que empiezan a cazarte con su nombre, de la misma manera que hay nombres que gustan de pronunciarse por su rotundidad (Betanzos) o por su romántica musicalidad (Pontedeume). De estos dos pueblos proceden dos vástagos del tronco de los M., galenos ilustres que después de estudiar en el Madrid de la primera mitad del pasado siglo decidieron ejercer donde nacieron. Al hijo del odontólogo o estomatólogo de Betanzos (entonces se le llamaba dentista sin ningún desdoro para nadie) le conoció este bloguero en la Facultad de Derecho de la Complutense. Era un chico cordial y aplicado en las estudios, con gafas de montura redonda, y tan atildado y correcto en sus modales que más que un estudiante de provincias parecía el hijo de un gentleman farmer al que mandaban a la capital para que hiciera la carrera de leyes y, a ser posible, casara con un rica heredera.

De los varios caladeros de amistades que ha trabajado este bloguero este betanceiro pertenece claramente al sector que podríamos clasificar como ilustrado de refino. Al punto que de que en razón de sus méritos como diplomático, jurista eminente, hombre culto, charlista y polemista y hasta como poeta aficionado, el Duende pidió permiso a S.M. para otorgarle de su cosecha el título de Marqués de Betanzos. La heredera con la que casó, quizás no tan rica como elegante y selectiva en sus gustos, no le dejó sin embargo asentarse en su Galicia natal, sino en Ibiza, que es lo que le seducía a ella. Motivo por el cual, y para paliar el exceso de morriña que supuraba su marquesado él mismo solicitó y obtuvo, aprovechando que el monarca estaba cazando gambusinos, el título adicional de Barón de Cap Llentrisca, nombre de la cala ibicenca donde la marquesa luce su tipazo de modelo de Helmut Newton para bañarse en las aguas del Mediterráneo. Como decía Hegel, hay argumentos de mujer que tiran más que dos carretas.

A pesar de que Santiago M.L., marqués de Betanzos y barón de Cap Llentrisca, es un hombre inteligente, serio, riguroso y un trabajador tenaz, y de que el Duende es un funambulista más propenso a vagar entre las nubes que a pisar tierra firme, ambos se conceden afecto, admiración y respeto mutuos. El gallego de vez en cuando rescata de su interior un súcubo folklórico y cachondo que le apea de su jerarquía, mientras que a su amigo, transformista profesional, no le cuesta nada disfrazarse de académico, de señorito o de aristócata de guardarropía para encontrarse los dos en ese terreno de juego común que marcan la curiosidad, las afinidades electivas y el sentido del humor. Cuando los amigos conversan y te dan que pensar, pero también que reír, es más fácil que se conviertan en amistades para siempre.

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Sin embargo el destino de esta etapa no era Betanzos, sino Pontedeume. Y concretamente la casa del mayor de los varones hijos de aquel que fuera médico del pueblo en las décadas centrales pasado siglo.

A Carlos M. le conoció el Duende en casa de Santiago.y enseguida le ganó por su educación, por su simpatía y por su exuberante generosidad, virtudes que ya conocía de su primo y que debieron de ser parte del ADN del tronco familiar. Carlos es lo que tradicionalmente se define como un hombre hecho a sí mismo. Al igual que la mayoría de los emprendedores, tiende a explicar sus logros como fruto exclusivo del esfuerzo, pero todos conocemos a cantidad de currantes que se han escornado a trabajar y apenas van tirando. A Carlos sin duda le ha ayudado algo más. Y ese algo más que le ha convertido en un próspero empresario, en un infatigable padre y abuelo de familia y en un coleccionista de amigos, debe de ser mucho, muchísimo más. Lo sabemos los que siendo habilidosillos para ciertas artes menores, somos tontos en los recados fundamentales que pide la vida. Él esos recados los ha hecho a la perfección.

El Duende tiene un cierto complejo de gorrón por su estrategia de veranear a bolsillo parao, pero jura que en este caso sólo respondió a la invitación que, año tras año, le repetían él y María Luisa, su mujer, para pasar unos días en su casa de Puentedeume.

-Luis, ven cuando quieras, con quien quieras y los días que quieras –le dijo textualmente a este duende- Ya sabes que María Luisa y yo somos muy presumidos, y nos gusta presumir de tu amistad.

No está este bloguero acostumbrado a tanta amabilidad y a tan abrumadora hospitalidad. En un paseo solitario por el maravilloso jardín que rodea a la casa de Andrade, pensaba que no envidiaba tanto el éxito de su amigo Carlos M. como, sobre todo, el afán por compartir sus resultados con quienes a él se acercan. En cierto modo, sólo es fiel a sus raíces. Nacido en Puentedeume, se ha empeñado en ser él mismo otro puente hacia territorios de afecto, placer y buena vida por el que pasamos tantos amigos para quedar después encantados y eternamente agradecidos.

Por cierto, que el post ha acabado siendo una viaje de la realidad a la amistad. En el próximo volveremos al dietario de verano.

Verano 9. Por Pontevedra y su ría

Resulta casi un tópico, pero después de haber vuelto a Pontevedra y asomarse a su ría, el viajero se ppreguntó cómo había tardado tanto en regresar…

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Uno de los primeros libros con los que apechugó este duende se llamaba Madre España, editado por S.M.. Lo empezaba a leer en voz alta García Luján, por ejemplo, y el profesor iba dando relevos sucesivos para que el resto de los alumnos de la clase se entrenara también la lectura. Los recuerdos de aquel libro son borrosos, pero sí le quedó claro al tierno aprendiz que estaba escrito para adoctrinar en lo hermosa y fecunda que era “la sagrada unidad de los hombres y las tierras de España”, que decían los barandas de entonces. O sea, para aprender a amar a la patria.

La historia era el viaje de dos niños, Pedro y Santiago, huerfanitos probablemente, que recorren toda España descubriendo las bondades de nuestros campos y nuestra gente. Tan pronto caminaban de noche por una sierra y divisaban la lucecita de una casa donde un humilde pastor les acogía y les daba de cenar queso de sus ovejas, como aparecían por las playas de Ayamonte, en la que unas mujeres reparaban las redes de pesca con las que sus abnegados maridos se harían a la mar para que luego pudiéramos cenar en casa pescadillas de ración de esas que se mordían la cola. Qué buenos eran todos. Recuerda el Duende que en uno de esos trayectos de tren –debían de tener un kilométrico en el bolsillo- los protagonistas se encuentran con un cura, que les ofrece tortilla y les da su bendición. También en otro de los viajes se encuentran nada menos que con Queipo de Llano. Quizás los marianistas deberían haber pensado en un ejemplo menos feroz que el de aquel espadón para explicar lo que era un héroe de guerra, pero al mejor escribano se le va la olla y echa un borrón. En todo caso la moralina de aquellas enseñanzas se diluyó con el tiempo, y al duendecillo de entonces sólo le quedó como ejemplar el deseo de conocer todos los caminos y rincones del país donde le nacieron.

No es Labordeta, pero en su medida y a su ritmo lo va intentando.

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Galicia siempre quedaba muy lejos a este bloguero. La primera vez que se llegó a conocerla fue en 1968. Iba con su primer coche, un 600 descapotable en el que se creía como James Dean en aquel bólido en el que acabó matándose. Subiendo el puerto de Piedrafita del Cebrero pinchó dos veces. Por esa y otras razones aquel viaje se torció, y el Duende le quedó con la miel en los labios.

Se hablaba mucho entonces de lo mal comunicado que estaba el noroeste de España. El caso es que entre la distancia y las múltiples rías que se dibujan en la frente de nuestra península, uno no acababa de conocerla ni tan siquiera en el mapa. Así como otras regiones más o menos las memorizaba con cierta exactitud, en Galicia se hacía un lío con el Atlántico y el Cantábrico, con las Rías Bajas y con las Altas, con el Sil y con el con el Miño, con la situación de Lugo y la de Orense . Sólo la conocería algo mejor después, y gracias a sus viajes con la radio: Santiago, tantas veces, La Coruña, La Toja, Lugo por San Froilán, que le encantó, a la que coronó recorriendo su muralla, Pontevedra, tan pequeñita, señorial y acogedora, donde por primera y casi única vez en su vida fue conferenciante, Vigo, Bayona, Orense, la última capital de provincia española que le quedaba por visitar, que le sorprendió por el peculiar encanto de zona antigua y por esas fuentes de aguas termales que fluyen por sus calles…Como en tantos lugares que ha conocido a lo largo de su vida, el Duende quería haber nacido allí, pues no se sabe por qué extraño prejuicio anticapitalino, pensaba que era mucho más fácil tener personalidad naciendo en cualquier otro lugar de España que no fuera Madrid. Como Luis Vélez de Guevara, menospreciaba su corte y alababa, si no a la aldea, a las provincias.

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Los grandes viajeros mantienen que el mejor destino es el viaje en sí mismo. No importa a donde. Pero no viajando en compañía, que es lo ideal si ésta también lo es, el bloguero prefiere cualquier amistad como motivo para sacarle más partido a lo que ven los ojos. Mariquilla López Bachiller es una amiga del Duende que vale un Potosí. No sólo es capaz de mantener una empresa de eventos exitosa incluso en tiempos de crisis, sino que ha conseguido movilizar a un montón de gente para ayudar a la Fundación Bobath, volcada en los enfermos con parálisis cerebral. Su propio hijo Gonzalo es uno de los que, al abrigo de la Fundación, ha conseguido admirables progresos. Le recomendaron los médicos a su madre que para mejorar su movilidad era muy bueno que bailaran con él y ella, ni corta ni perezosa, formó alrededor de Gonzalo un grupo de amigas aficionadas al baile que se ha especializado en coreografías tipo Bollywood. Así nacieron las Bollychurias, que se estrenaron el pasado 20 de junio en una fiesta benéfica para la que solicitaron una intervención de lo que aún queda de humorista o caricato en este escribidor. Está feo que lo diga él, pero a juzgar por el eco mediático y por la recaudación obtenida, ambas partes triunfaron.

Pero Mariquilla vale para todo. Hace unos años descubrió en Loira, una pequeña aldea escondida en la ría de Pontevedra, una casa sobre la misma playa cuyas vistas ofrecen todo lo que uno puede soñar. Allí veranean ella y sus hijos rodeados de una corte de familiares y amigos instalados a lo largo de la ría. El Duende se alojaba en la hospedería del Monasterio de Poio, pero se sumó a la comunidad como si fuera un bollychurio más, y junto con ellos cenó en Pontevedra, y paseó por la vieja ciudad de piedra que esa noche quería rejuvenecer, porque celebraba las fiestas de la Peregrina.

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Al día siguiente, después de hacer jogging desde Poio hasta el pequeño pueblo pesquero de Combarro, que antes de ser un avispero de turistas debió de ser un lugar delicioso, un poco de playa con la parroquia, tertulia y fin de fiesta final en la casa de Julita en Aguete, al otro lado de la ría. Julita es la viuda del consignatario de buques Ceferino Nogueira, vive en una casa preciosa rodeada de un jardín que cae a borbotones de verde y fucsia –otra vez la buganvilia- sobre la ría, y es celebérrima por su hospitalidad y por la leche frita que sale de su cocina. El Duende tuvo que hacer de Papa, de Rey y hasta de Duquesa de Alba para responder a tanta generosidad, pero recordó aquello de los amigos de mis amigos son mis amigos para autolegitimar su presencia allí como gorrón distinguido. La cena –percebes, empanadas diversas, fideuá de almejas y el postre ya citado- no fue cualquier cosa, pero no sólo de pan vive el hombre. Al Duende le impresionó incluso más el crepúsculo al pie del cruceiro que cierra el espléndido jardín de los Nogueira sobre el agua. Cualquiera se pone cursi y trascendente en esos momentos, pero la verdad es que él agradeció de verdad tener aún lugares como aquel por descubrir, amigas como Mariquilla y amigas de amiga como la que había puesto el broche de oro a su gira por la ría de Pontevedra.

Verano 8. Los visitantes…¿dan alegría?

…Y a pesar de la categoría de la casa, lo mejor son sus caseros
(Fotografía tomada de la web del doctor Joaquin Miguel Villa Alvarez)

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Empezaremos hablando del cenicero que había en la casa donde nació el bloguero, y que seguramente regaló alguien con segundas intenciones. Se trataba de una pieza de cerámica popular, con mensaje incluido. Pintado con trazo grueso en el fondo del mismo, un personaje con un pañuelo despedía a otro asomado a la ventanilla de un tren que marchaba. La leyenda, no muy sutil para cualquier huésped que pasara por aquella casa, era demasiado elocuente: Los visitantes dan alegría/ y cuando se van, más todavía. La madre del Duende se apercibió de ello, y acabó secuestrando el cenicero y retirándolo de la circulación.

Le gusta al Duende en verano asomarse por el feudo de familiares y amigos. A veces incluso les sorprende sin avisar.

-Estoy a diez kilómetros de de tu casa. ¿Me invitas a una cerveza?

Luego se plantea si no es imprudente, y que habrá quien vea en su asalto a la intimidad una avispa incómoda o un amable grillo cantarín. Pero recuerda el espíritu del cenicero maleducado y procura ser fugaz. Frente a muchos a los que les encanta recibir amigos, hay otros tantos que aprecian sobre todo sus vacaciones por aislarles de cualquier compromiso social. Uno cree que los visitantes discretos pueden dar alguna alegría: al llegar, pero sin duda alguna también al decir adiós. Y procura aplicarse el cuento.

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El Duende no tuvo más que hacer una llamada para dejarse caer por la bonita casa de indianos, palmeras y apabullantes buganvillas en el jardín, que sus amigos Ángeles y Antonio compraron y restauraron, junto a la desembocadura del Miño y frente por frente del hotelillo portugués donde se había hospedado. Antonio Alonso Lasheras es abogado, bibliófilo, senderista y ahora viticultor en Sardón de Duero y en El Rosal, pero su amistad con el Duende viene de que hace treinta y tres años ambos corrieron y completaron juntos la primera Maratón Popular de Madrid, y esas cosas unen mucho. Antonio, que se distinguía en el bufete Garrigues por la exquisita prosa de sus dictámenes, tiene además la virtud de irradiar siempre bonhomía y sosiego, algo a lo que sin duda contribuye el estar casado con Ángeles, una mujer guapísima que es todo naturalidad y siempre recibe con una sonrisa preciosa. Angeles Alén es además una apasionada de la pesca. Concretamente es la única mujer que el bloguero conoce capaz de coger la caña y largarse sola a lanzarla al río o al mar. Haga la cuenta el lector del número de pescadoras solitarias que suelen verse entre legiones de pescadores habituales y comprenderá por qué hablamos de una mujer con personalidad.

Con ella igualmente compartió el Duende una experiencia única y que también marca mucho, como es la de lavar juntos en el río Arbillas las tripas de un cerdo para embuchar en ellas los chorizos de la matanza que acababa de celebrarse en la finca que por entonces tenían ambos en Poyales del Hoyo. A primera vista, y contado por este bloguero, lo de haber lavado las tripas de un cerdo en un río con una mujer tan interesante como Angeles puede parecer una chorrada, y no ciertamente de las más románticas, pero no creo que nada similar conste entre los recuerdos que Nabokov (Habla, memoria), Bertrand Russell (Autobiografía) o Stefan Zweig (El tiempo de ayer) plasmaron en sus respectivas memorias. Lo cual le anima mucho a este aprendiz de escritor, pues al menos en algo puede parecer original respecto a tres de sus ídolos literarios. El que no se consuela es porque no quiere.

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El Duende abusó de los Alonso y de su hospitalidad lo suficiente, pero honradamente cree que no en demasía. Fue invitado a su mesa a pulpo y a cordero asado, regados por los excelentes vinos de su bodega, y se extendieron después en una agradable sobremesa que peinó casi todos temas pendientes desde su último encuentro. Recordaron y se rieron juntos, algo tan enriquecedor como ver paisajes o ampliar esa cultura de monumentos en la que ya no le cabe a uno un castillo o una colegiata más.

Y se fue de la bonita casa de indianos junto al Miño, feliz de ver que ese clima tan agradable de tolerancia y naturalidad –laissez faire, laissez passer– que inspira la personalidad de sus amigos se perpetúa en sus hijos y sus nietos. Lo ven a este duende errante de higos a brevas y no obstante lo reciben como si fuera el pájaro cantor que les despierta por las mañanas. Parafraseando al revés al cenicero grosero que recordábamos al principio, los visitantes se llevan alegrías. Y cuando los visitados son como Antonio y Ángeles, más todavía.

Verano 7. Por el norte de Portugal, a bolsillo casi parado

Desde el Monte Santa Lucía dicen que se divisa “una de las mejores vistas del mundo”….

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Se pasará su vida y el Duende no habrá conseguido interpretar sobre el terreno aquel mapa con perfil femenino que presidía las aulas de los colegios y escuelas y se llamaba indubitablemente España.

No era España, que era en realidad la Península Ibérica. Quizás desde niños nos inculcaban que Portugal, a pesar de Aljubarrota, era el extranjero, pero menos. De hecho uno no termina creerse extranjero ahí. Entiende algo el idioma, conecta fácilmente con la gente, se siente en el mismo el clima que en su país, según el paralelo. Y ya en algunas regiones, y con la sola excepción de unos precios y unos salarios más bajos, no se aprecia tanto que el nuestro –y menos ahora- sea mucho más reluciente que el luso.

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Se paseó el bloguero por el norte. Por Valença do Minho, por Viana do Castelo y por Caminha. La primera vez que pisó suelo portugués, hará treinta años, al viajero le pareció que aquella era una patria desportillada y ligeramente deprimente. Y eso que siempre fue admirador de decadencias. Ahora quizás se asomó a una zona más bonita y especialmente aseada, pero la encontró mejor. Aunque una noche que se sentó a cenar en una terraza de la plaza más guapa de Caminha, en la que había montado un escenario para la clásica actuación verbenera, no había una sola mesa ocupada.

-¿Pero no son las fiestas del pueblo? –le preguntó a la camarera extrañado.

– Si señor –contestó en perfecto español- Ahora cuando empiece la música vendrán algunos. Pero es la crisis. Una ruina, señor.

La camarera era una gallega de Tomiño, un pueblo del lado español del Miño. Y español era todo su menú de picoteo, bien ajustadito por cierto. Ración de pulpo a feira, 8 €. Ración de pimientos de Padrón, 3 €. No necesitó mucho más el viajero. Hacía fresquito –sí, en este verano aciago en un punto de la península ibérica se echaba de menos el jersey- y el pueblo estaba vacío. Los pimientos, bien fritos, el polvo (pulpo en gallego) bien aceitado y empimentonado. Todo al gusto del viajero.

Antes, en Viana do Castelo, villa de arquitectura elegante (quizás sea el manuelino la clave) y muy bien mantenida, había paseado buscando la sombra de los nobles alerones de sus calles, porque hacía calor de verdad. Subió al monte de Santa Lucía, desde donde, a decir de un reportero del National Geographic del que han rescatado la frase para ilustrar mucho carteles turísticos, se divisa “una de las más bellas vistas del mundo”, con la ciudad a los pies asomada al río Limia que se ensancha en un delta buscando el Atlántico. Almorzó luego en una taberna sardinas asadas, arroz, queso con membrillo y dos finos, que es como allí llaman a nuestra caña de cerveza. Y aquella pitanza, a la que se añadió un café, importó la astronómica cantidad de 7 €. Viajando en soledad, el Duende es aún más austero de lo habitual, tratando de hacer realidad lo que su amigo Félix Bragado diagnosticó con su gracejo gaditano cuando, dos añas atrás, incluyó su casa asturiana en el periplo estival.

-Macho, eso es lo que se dice veranear a bolsillo parao.

A bolsillo parao, si señor. No del todo, pero bastante parao. Como mandan los tiempos. El espíritu y las piernas inquietos y ágiles, pero el bolsillo sin sobresaltos.

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Desde su modesto hotel Sao Pedro a la espléndida playa de arena blanca y fina que mira al Atlántico había no menos de cuatro kilómetros. Cuatro kilómetros gratos, que corren al borde de la orilla portuguesa del estuario del Miño y luego junto al mar. El Duende los hizo trotando, pues aún recuerda de cuando que fue maratoniano. Desde la playa, girando la mirada al norte en la orilla opuesta contempló La Guardia, que ya no podrá optar a estar en el ranking de los pueblos más bonitos del mundo, bajo el monte de Santa Tecla, al que otras veces había subido precisamente para avistar Portugal. No compró sábanas, ni toallas, ni manteles, ni cristalerías, ni gallos de colores. No tiene sitio en casa, ni demasiado interés en acumular casi nada. Ya sólo compra impresiones y colecciona recuerdos.

Hablando de impresiones: el carillón del reloj de la torre de la iglesia de Caminha reproducía una melodía que le resultó familiar y le retrotrajo a su infancia, cuando los escolares españoles veneraban una imagen fosforescente de la virgen de Fátima que iluminaba sus vidas. El trece de mayo/ la virgen María/ bajó de los cielos/ a Cova de Iría. Muchas veces ha pensado uno en lo que deben soportar los vecinos de tantas iglesias que vocean las horas a golpe de campana, pero por otra parte qué ternura, despertarse así en un pueblecito costero del norte de Portugal. Impresión anotada, a la mochila de los recuerdos. El Duende se levantó, se aseó, desayunó, metió en el coche en un ferry que le cruzó el Miño por una tarifa ridícula y continuó su veraneo a bolsillo, si no del todo parao, al menos casi parado.

Verano 6. Meditaciones en la Sierra del Courel


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Curiosity aterrizó en Marte después de volar 240 millones de kilómetros. Más o menos la distancia que haríamos rodeando 6.000 veces el perímetro de la tierra. Usain Bolt recorrió los 100 metros en 9 segundos con 68 décimas. Más o menos lo que un tipo medianamente hábil tarda en cortarse dos uñas. Con cortaúñas.

Entretanto este curioso que les escribe, que ha pasado casi una semana observando el verano desde la ventana y sin deseo exagerado de disfrutarlo, salía de viaje. Tenía 500 kilómetros por delante. A la altura del kilómetro 210, más o menos, vio un cartel que indicaba la desviación a Urueña y se metió por ella. Jamás había cambiado un plan de viaje cuando iniciaba sus vacaciones de verano. Como todos los pringados que en el mundo han sido y seguimos siendo, lo urgente para él era llegar a su destino cuanto antes. Pero cuando visitó esta pequeña villa amurallada con sus compañeros de RNE, le llamó la atención que en un núcleo tan reducido –no más de 80 habitantes en invierno- se concentraran varias librerías y algunos museos singulares, como el de Joaquín Díaz, un auténtico tesorero de la cultura popular.

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Se acuerda entonces de esa visita. Y entonces el veraneante poco entusiasta cambia sus planes y se detiene en el admirable pueblecito castellano. Pasea por sus calles solitarias, se asoma extramuros para empaparse algo de la mística del austero paisaje de alrededor, se toma un bocadillo y un café y compra un libro de poesía. El resto puede esperar. Como podía esperar la hazaña espacial del Curiosity, o la nueva proeza velocista del jamaicano Bolt.

Qué suerte que todo sea tan relativo. Dentro de unos años la pausa de Urueña quedará en el registro de su memoria con la misma importancia que los acontecimientos históricos de este 5 de agosto de 2012. Al hombrecillo de la calle se le escapa la trascendencia de las hazañas. Mide el mundo y la vida a través de sus parámetros. Son más sencillos, y apenas le interesan a nadie, pero le evitan los ataques de vértigo que producen la velocidad y las distancias infinitas.

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El desideratum del lejos del mundanal ruido del clásico se ha exagerado hoy gracias a la globalización, a los documentales de la tele y a los viajes del Corte Inglés. Uno de los muchos detalles costumbristas que al Duende se le quedaron cuando leyó La forja de un rebelde –una novela muy recomendable para entender a la España que reventó en 1936- es que el protagonista, alter ego del autor, periodista en Madrid, tomaba todos los fines de semana del verano un autobús para trasladarse al toledano pueblo de Novés, donde se reunía con su familia. Ejercicio de realismo sociológico: póngase el lector viajando en autobús a esta misma villa una tarde de este glorioso y africanísimo verano. Y tenga en cuenta además que Arturo Barea no iría en camiseta, bermudas y chancletas, como cualquier joven actual.

Claro, que más riguroso aún debía de ser el veraneo en Pozoberrueco, provincia de Albacete. Ahí veraneama el poeta Antonio Martínez Sarrión,hijo del secretario del ayuntamiento. Cuenta en sus memorias Infancia y otras corrupciones– otro libro al que el Duende le sacó jugo- los encantos de aquellas vacaciones estivales en un pueblo manchego de la década de los cuarenta: la calle para correr, botijo, y sombra de una higuera para tomar el fresco. Ahora aquellos veraneos tan pobretones resultarían insólitos. Ahora, incluso en tiempos de crisis todos nos sofisticamos, y parece que si no ves el mar o te embarcas en un crucero no has huido del mundanal ruido.

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En todas las provincias hay algo por descubrir. Eso que se llama la España profunda lo es no sólo porque se ubique en el paraje menos accesible, sino porque queda fuera de los programas de las agencias de viajes, de los divulgadores mediáticos, de los cronistas de la buena vida y de los que se inventan los trending topics, y perdón por el gilipollesco palabro. Es profunda también porque resulta tan impresionante en su soledad lejana que, además de pasear el cuerpo, notas que es tu alma la que se oxigena y se enriquece al pasar por ahí.

En la Sierra del Courel, joya verde de la provincia de Lugo y de la Galicia profunda, el Duende y su amigo Manuel Gasset ironizabn sobre lo relativo de las distancias siderales (Marte, tan lejos) y de la velocidad (Usain Bolt, tan rápido), temas del día. La excursión fue apenas cuarenta y cinco kilómetros de estrecha carretera atravesando ríos, montañas y frondosos castañares, robles, arces. Bosques centenarios donde seguramente moran gnomos, trasgos y todos los amigos de Bambi. Prodigio de la naturaleza, como para bajarse del coche y arrodillarse a dar gracias a la divina Providencia por regalo tan cautivador. En el trayecto –Secedas, Folgoso del Courel, Sobredo, Paderne, Foilebar y otras aldeas que no recuerda el viajero- apenas se cruzaron con tres coches. Eso sí, invirtieron en él más de dos horas, con paradas intermedias para escuchar la deliciosa música del silencio de la naturaleza. Qué paradoja, un paraíso discreto, un sueño que sólo está a 500 kilómetros de la capital del reino. Qué delicia, viajar sin prisas ni compromisos, pensando que sólo te aguardan las estrellas.

Verano 5. Las 840 lunas de un viejo marino

Después de haber mirado detenidamente más de ochocientas cuarenta lunas, el viejo marino acertó a poner la luna en su sitio…

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Cuatro o cinco días después de la luna llena de agosto el viejo marino dio por terminado lo que había titulado como Cuaderno de bitácora de mis lunas. Como tantos otros navegantes había escrito ya muchas páginas acerca de sus aventuras en la mar. Pero paralelamente, y en un tono bien distinto, había ido elaborando un largo poemario dedicado a todas las mujeres de las que se había enamorado a la luz de la luna.

-Yo, a diferencia de lo que dice la canción, no tengo una mujer en cada puerto. Sino una mujer en cada luna. Aunque casi siempre sea la misma.

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Recordaba que de niño sufrió cuando dejó ciudad natal porque a su padre, también marino, le habían cambiado de destino.

-¿Y si allí no hay luna? –le protestó airadamente a su madre.

-No te preocupes, hijo. La luna irá donde vaya tu padre.

Y el crío suspiró tranquilo. No había cumplido siete años cuando vio a su vecina Trina Mari, que era renegrida y tenía un diente roto, asomarse a la ventana en camisón. Pero era una noche lunada, y se enamoró de ella.

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A partir de entonces todas las noches de luna amó apasionadamente, de una u otra forma, a una mujer. Su cuaderno de bitácora arrojaba un total de ochocientas cuarenta lunas, otros tantos pensamientos o poemas –Curiosamente el mar nos hizo la ola cuando nos besamos en el Peine del Viento, era uno de ellos- y bastante menos amantes, pues tres de ellas coparon su alma durante cincuenta años, y tocaban a muchas. Era ver asomarse la luna por la barra del mar, y olvidar que era un marino para ponerse a volar.

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Pero este verano, tres o cuatro noches después de la luna llena, lo que vio despuntar por el horizonte no era esa redondez mágica que siempre le había regalado el cielo, sino una especie de papaya blandita que no le transmitía emoción alguna.

-Se puede ser un mal poeta, pero no un traidor –pensó mientras escribía la penosa metáfora de la papaya blandita.

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Remató como pudo su poemario, lo cerró y lo dejó sobre sus rodillas. Después sacó su pipa, la cebó de tabaco, la encendió con la misma prosopopeya con que lo hubiera hecho el capitán Akab y se puso a contemplar el mar mientras se preguntaba por qué le inspiraba tan poco una luna dignamente decreciente como la del 4 de agosto.

Y entonces comprendió que durante toda su vida había magnificado la luna a costa de sus amadas. Pues hasta ese momento siempre se había enamorado de éstas creyendo que había sido bajo el efecto del poderoso influjo de la luna. Y ahora, varado en tierra, se daba cuenta de que en la soledad de su vejez y sin mujer a su lado, la luna ni tenía hechizo ni tenía nada.

Verano IV. La canción del verano

De vez en cuando hay que repetir viejos éxitos. Ni contigo, ni sin tí, tienen mis males remedio…

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¿Dónde está la canción del verano?…

Las ruinosas y numerosas televisiones, públicas o privadas, se hartan de programar cine. Mucho cine añejo. Da vergüenza agarrarse al pasado, pero hay que añadir que afortunadamente. Y entre la morralla habitual de violencia, `piruetas en el aire, artes marciales, zombies que aparecen casi todas las noches –quién iba a decirle a George Romero que sus muertos vivientes iban a gozar de tan buena salud- y landismo cutre, auténticas perlas con las que el bloguero refresca su memoria cinematográfica y alivia sus tardes. Duelo de titanes, El último tren de Gun Hill, Misión de Audaces, la bellísima Cazador de forajidos, que a uno se le escapó cuando se estrenó. Qué películas del Oeste, qué actores, qué guiones, qué fotografía. Qué buenos ratos.

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Por cierto, entretanto este aprendiz de nada mantuvo una reunión de trabajo con una de sus instructoras en redes sociales. La profesora Acacia se afanó en desentrañarle el funcionamiento y la utilidad de las mismas, asignatura pendiente que el Duende aprenderá cuando ya se hagan pasado de moda y estén desprestigiadas. En la clase práctica, probó a lanzar a la comunidad de Facebook y Twitter un mensaje de esos que agitan el pensamiento universal. Ya lo tenía casi confeccionado en su Samsung Galaxy G2, oh milagro, cuando un leve desliz en el delicadísimo sistema táctil de este diabólico aparato evaporó de su pantalla lo que seguramente iba a tener tanta trascendencia como el Cogito ergo sum o el Sangre, sudor y lágrimas, más propio para este amargo verano.

La frase, que intentará de nuevo, era esta: ¿Por qué en las películas del Oeste se toma tanto café sin que nadie le ponga jamás azúcar?

Otro arcano más por resolver.

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Pero eso, las televisiones defienden su deriva resucitando los mitos del celuloide, mientras que las radios no tiran ya de la serpiente multicolor, ni de los éxitos de la Roja ni de la canción del verano.

-No hay este año canción del verano- dijo alguien el otro día en Onda Cero.

La hay. Draghi, Merkel, Monti, Rajoy, el BCE, los Eurobonos, la prima de riesgo, la Bolsa, la próxima cumbre, el runrún de crisis de gobierno. Un poquito de pan hoy, más hambre mañana. La ilusión, la esperanza. Coño, otra vez el desencanto. Uno hace memoria, y no se explica cómo a ningún grupo se le ha ocurrido la resurrección inevitable de la vieja canción que deberíamos dedicar a la Europa del euro: Ni contigo ni sin ti/ tienen mis males remedio/ contigo porque me matas/ y sin ti porque me muero.


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