Verano 6. Meditaciones en la Sierra del Courel


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Curiosity aterrizó en Marte después de volar 240 millones de kilómetros. Más o menos la distancia que haríamos rodeando 6.000 veces el perímetro de la tierra. Usain Bolt recorrió los 100 metros en 9 segundos con 68 décimas. Más o menos lo que un tipo medianamente hábil tarda en cortarse dos uñas. Con cortaúñas.

Entretanto este curioso que les escribe, que ha pasado casi una semana observando el verano desde la ventana y sin deseo exagerado de disfrutarlo, salía de viaje. Tenía 500 kilómetros por delante. A la altura del kilómetro 210, más o menos, vio un cartel que indicaba la desviación a Urueña y se metió por ella. Jamás había cambiado un plan de viaje cuando iniciaba sus vacaciones de verano. Como todos los pringados que en el mundo han sido y seguimos siendo, lo urgente para él era llegar a su destino cuanto antes. Pero cuando visitó esta pequeña villa amurallada con sus compañeros de RNE, le llamó la atención que en un núcleo tan reducido –no más de 80 habitantes en invierno- se concentraran varias librerías y algunos museos singulares, como el de Joaquín Díaz, un auténtico tesorero de la cultura popular.

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Se acuerda entonces de esa visita. Y entonces el veraneante poco entusiasta cambia sus planes y se detiene en el admirable pueblecito castellano. Pasea por sus calles solitarias, se asoma extramuros para empaparse algo de la mística del austero paisaje de alrededor, se toma un bocadillo y un café y compra un libro de poesía. El resto puede esperar. Como podía esperar la hazaña espacial del Curiosity, o la nueva proeza velocista del jamaicano Bolt.

Qué suerte que todo sea tan relativo. Dentro de unos años la pausa de Urueña quedará en el registro de su memoria con la misma importancia que los acontecimientos históricos de este 5 de agosto de 2012. Al hombrecillo de la calle se le escapa la trascendencia de las hazañas. Mide el mundo y la vida a través de sus parámetros. Son más sencillos, y apenas le interesan a nadie, pero le evitan los ataques de vértigo que producen la velocidad y las distancias infinitas.

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El desideratum del lejos del mundanal ruido del clásico se ha exagerado hoy gracias a la globalización, a los documentales de la tele y a los viajes del Corte Inglés. Uno de los muchos detalles costumbristas que al Duende se le quedaron cuando leyó La forja de un rebelde –una novela muy recomendable para entender a la España que reventó en 1936- es que el protagonista, alter ego del autor, periodista en Madrid, tomaba todos los fines de semana del verano un autobús para trasladarse al toledano pueblo de Novés, donde se reunía con su familia. Ejercicio de realismo sociológico: póngase el lector viajando en autobús a esta misma villa una tarde de este glorioso y africanísimo verano. Y tenga en cuenta además que Arturo Barea no iría en camiseta, bermudas y chancletas, como cualquier joven actual.

Claro, que más riguroso aún debía de ser el veraneo en Pozoberrueco, provincia de Albacete. Ahí veraneama el poeta Antonio Martínez Sarrión,hijo del secretario del ayuntamiento. Cuenta en sus memorias Infancia y otras corrupciones– otro libro al que el Duende le sacó jugo- los encantos de aquellas vacaciones estivales en un pueblo manchego de la década de los cuarenta: la calle para correr, botijo, y sombra de una higuera para tomar el fresco. Ahora aquellos veraneos tan pobretones resultarían insólitos. Ahora, incluso en tiempos de crisis todos nos sofisticamos, y parece que si no ves el mar o te embarcas en un crucero no has huido del mundanal ruido.

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En todas las provincias hay algo por descubrir. Eso que se llama la España profunda lo es no sólo porque se ubique en el paraje menos accesible, sino porque queda fuera de los programas de las agencias de viajes, de los divulgadores mediáticos, de los cronistas de la buena vida y de los que se inventan los trending topics, y perdón por el gilipollesco palabro. Es profunda también porque resulta tan impresionante en su soledad lejana que, además de pasear el cuerpo, notas que es tu alma la que se oxigena y se enriquece al pasar por ahí.

En la Sierra del Courel, joya verde de la provincia de Lugo y de la Galicia profunda, el Duende y su amigo Manuel Gasset ironizabn sobre lo relativo de las distancias siderales (Marte, tan lejos) y de la velocidad (Usain Bolt, tan rápido), temas del día. La excursión fue apenas cuarenta y cinco kilómetros de estrecha carretera atravesando ríos, montañas y frondosos castañares, robles, arces. Bosques centenarios donde seguramente moran gnomos, trasgos y todos los amigos de Bambi. Prodigio de la naturaleza, como para bajarse del coche y arrodillarse a dar gracias a la divina Providencia por regalo tan cautivador. En el trayecto –Secedas, Folgoso del Courel, Sobredo, Paderne, Foilebar y otras aldeas que no recuerda el viajero- apenas se cruzaron con tres coches. Eso sí, invirtieron en él más de dos horas, con paradas intermedias para escuchar la deliciosa música del silencio de la naturaleza. Qué paradoja, un paraíso discreto, un sueño que sólo está a 500 kilómetros de la capital del reino. Qué delicia, viajar sin prisas ni compromisos, pensando que sólo te aguardan las estrellas.

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2 Responses to “Verano 6. Meditaciones en la Sierra del Courel”


  1. 1 Ángela agosto 8, 2012 en 5:52 am

    Bien recomendable la parada en Urueña.

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  2. 2 Zoupon agosto 15, 2012 en 12:36 pm

    ¿Te pareció solitario? Pues si le preguntas a cualquier lugareño te diría que aquello es un hervidero de gente con todos los veraneantes retornados de Barcelona o de Vizcaya.
    Es una zona esta del Caurel (por arte de birlibirloque hoy llamado Courel) que me he pateado bien y que esconde tesoros impresionantes, tanto que hay que cuidarse mucho de divulgarlos demasiado….Ah, y algunos de los topónimos más sonoramente hermosos de Galicia (Fontefermosa, Ferramulín, Piapáxaro, A Rogueira, Vilarbacú…)

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