Verano 8. Los visitantes…¿dan alegría?

…Y a pesar de la categoría de la casa, lo mejor son sus caseros
(Fotografía tomada de la web del doctor Joaquin Miguel Villa Alvarez)

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Empezaremos hablando del cenicero que había en la casa donde nació el bloguero, y que seguramente regaló alguien con segundas intenciones. Se trataba de una pieza de cerámica popular, con mensaje incluido. Pintado con trazo grueso en el fondo del mismo, un personaje con un pañuelo despedía a otro asomado a la ventanilla de un tren que marchaba. La leyenda, no muy sutil para cualquier huésped que pasara por aquella casa, era demasiado elocuente: Los visitantes dan alegría/ y cuando se van, más todavía. La madre del Duende se apercibió de ello, y acabó secuestrando el cenicero y retirándolo de la circulación.

Le gusta al Duende en verano asomarse por el feudo de familiares y amigos. A veces incluso les sorprende sin avisar.

-Estoy a diez kilómetros de de tu casa. ¿Me invitas a una cerveza?

Luego se plantea si no es imprudente, y que habrá quien vea en su asalto a la intimidad una avispa incómoda o un amable grillo cantarín. Pero recuerda el espíritu del cenicero maleducado y procura ser fugaz. Frente a muchos a los que les encanta recibir amigos, hay otros tantos que aprecian sobre todo sus vacaciones por aislarles de cualquier compromiso social. Uno cree que los visitantes discretos pueden dar alguna alegría: al llegar, pero sin duda alguna también al decir adiós. Y procura aplicarse el cuento.

2
El Duende no tuvo más que hacer una llamada para dejarse caer por la bonita casa de indianos, palmeras y apabullantes buganvillas en el jardín, que sus amigos Ángeles y Antonio compraron y restauraron, junto a la desembocadura del Miño y frente por frente del hotelillo portugués donde se había hospedado. Antonio Alonso Lasheras es abogado, bibliófilo, senderista y ahora viticultor en Sardón de Duero y en El Rosal, pero su amistad con el Duende viene de que hace treinta y tres años ambos corrieron y completaron juntos la primera Maratón Popular de Madrid, y esas cosas unen mucho. Antonio, que se distinguía en el bufete Garrigues por la exquisita prosa de sus dictámenes, tiene además la virtud de irradiar siempre bonhomía y sosiego, algo a lo que sin duda contribuye el estar casado con Ángeles, una mujer guapísima que es todo naturalidad y siempre recibe con una sonrisa preciosa. Angeles Alén es además una apasionada de la pesca. Concretamente es la única mujer que el bloguero conoce capaz de coger la caña y largarse sola a lanzarla al río o al mar. Haga la cuenta el lector del número de pescadoras solitarias que suelen verse entre legiones de pescadores habituales y comprenderá por qué hablamos de una mujer con personalidad.

Con ella igualmente compartió el Duende una experiencia única y que también marca mucho, como es la de lavar juntos en el río Arbillas las tripas de un cerdo para embuchar en ellas los chorizos de la matanza que acababa de celebrarse en la finca que por entonces tenían ambos en Poyales del Hoyo. A primera vista, y contado por este bloguero, lo de haber lavado las tripas de un cerdo en un río con una mujer tan interesante como Angeles puede parecer una chorrada, y no ciertamente de las más románticas, pero no creo que nada similar conste entre los recuerdos que Nabokov (Habla, memoria), Bertrand Russell (Autobiografía) o Stefan Zweig (El tiempo de ayer) plasmaron en sus respectivas memorias. Lo cual le anima mucho a este aprendiz de escritor, pues al menos en algo puede parecer original respecto a tres de sus ídolos literarios. El que no se consuela es porque no quiere.

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El Duende abusó de los Alonso y de su hospitalidad lo suficiente, pero honradamente cree que no en demasía. Fue invitado a su mesa a pulpo y a cordero asado, regados por los excelentes vinos de su bodega, y se extendieron después en una agradable sobremesa que peinó casi todos temas pendientes desde su último encuentro. Recordaron y se rieron juntos, algo tan enriquecedor como ver paisajes o ampliar esa cultura de monumentos en la que ya no le cabe a uno un castillo o una colegiata más.

Y se fue de la bonita casa de indianos junto al Miño, feliz de ver que ese clima tan agradable de tolerancia y naturalidad –laissez faire, laissez passer– que inspira la personalidad de sus amigos se perpetúa en sus hijos y sus nietos. Lo ven a este duende errante de higos a brevas y no obstante lo reciben como si fuera el pájaro cantor que les despierta por las mañanas. Parafraseando al revés al cenicero grosero que recordábamos al principio, los visitantes se llevan alegrías. Y cuando los visitados son como Antonio y Ángeles, más todavía.

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1 Response to “Verano 8. Los visitantes…¿dan alegría?”


  1. 1 Ángela septiembre 21, 2012 en 5:10 am

    Frente a la sabiduría del cenicero, el refranero popular que nunca se equivoca: “Quien tiene un amigo, tiene un tesoro”.

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