Verano 13. En Caravia, con un viejo amigo que es un hombre nuevo

Desde lo alto del Pico Pienzo se ve Caravia y su entorno, pero luego, con sus amigos de Caravia el viajero vio otras cosas que no aparecen normalmente en las postales…

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Dice el tópico que nunca hay que volver donde se ha sido feliz. ¿Y cómo íbamos a saber que el pasado nos iban a parecer ahora un paraíso? Ya que el Duende iba a volver por territorios felices de antaño –el destino final era Somo, donde debía reunirse con un amigo al que dejó de ver a los once años- también tocó Caravia Alta, una muy elegante villa entre La Isla y Ribadesella. Allí, en una preciosa finca de espesos castañares y prados que miran al mar, en la falda del Sueve y a los pies del Picu Pienzu, pasan el verano Etel y Pedro. Pedro, como su hermano Mariano, es amigo del Duende desde el colegio. Con ellos jugaba al fútbol en el patio del Pilar, con ellos iba al fútbol de verdad en el Bernabéu o en el Metropolitano y con ellos practicaba en su casa ese fútbol de mesa que se montaba con veintidós chapas, veintidós caras de cromos futbolistas incrustados en el interior y un garbanzo como balón. Qué apasionantes partidos, y qué tardes tan baratas. Mariano quizás fuera más bullicioso y de más clase, pero a Pedro ya se le adivinaba su orgullo, su autoridad y su espíritu ganador: no soportaba perder ni en el fútbol de las chapas.

Sin pretenderlo entonces, al Duende, que era sólo pundonoroso –mal adjetivo cuando se aplica a futbolistas y toreros- esta amistad de la infancia le vino de perlas. Veinte años después Pedro se había convertido en uno de esos hombres clave a los que las agencias de publicidad doran toda clase de píldoras para ganar su cuenta, a la sazón un superbanco, mientras que el Duende era un publicitario sin más argumentos que sus ocurrencias y una pequeña agencia con muchos deseos de agradar. A pesar de lo cómodo que es siempre ponerse en manos de grandes firmas reconocidas, el Pedro ganalotodo se la jugó y ofreció una oportunidad a su compañero de colegio. Sin olvidar quién era cada quién, y a quién servía, aquella relación de trabajo reavivó una amistad que se consumía con los años. Casi nadie sabe ahora lo que es una badila, ni el cisco, pero los contemporáneos del bloguero sí entenderán que aquel reencuentro fue como levantar las faldas la camilla y echar una firma en el brasero del tiempo. Eso confirma una de las teorías del Duende, y es que las amistades que cuajan en los primeros años de la vida, cuando las afinidades electivas pueden más que los intereses, se mantienen constantes, y pueden reanudarse en cualquier momento. A largo plazo, la inocencia de la infancia suele cosechar estos premios.

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Pedro hizo ICADE y luego una brillante carrera profesional. Se sentó en grandes despachos y en las mesas de consejos y de comisiones ejecutivas, y era experto en algo que a este escribiente le ha retorcido las tripas toda su vida, que es tomar decisiones. Pedro tomaba decisiones como si la que al final elegía fuera la única posible y, por supuesto, la mejor. Naturalmente, las revestía con un ritual que alimentaba la ansiedad a su alrededor: largo silencio, ceño fruncido, los dedos tamborileando y rictus final de sus labios para subrayar su escueto sí o su tajante no. El Duende suponía que la apuesta por perros en lugar de ponies para tirar de sus trineos, que le dio el triunfo a Amundsen en la carrera por conquistar el Polo Sur, o la de las playas de Normandía como escenario del día D siguieron protocolo parecido. Siempre hay que cuidar las formas. Y la imagen.

Veinte años después el amigo se había convertido en un hombre alto, de buena percha y sonrisa dentifrical. Pedro administraba ésta con largueza cuando no le tocaba ser duro, que era quizás lo más importante de su papel. Tenía cierto aire de galán convencido de los años cincuenta. Por eso, cuando le contó al Duende que su mujer se llama Ethel, éste pensó que sería como Ethel Barrymoore, o si no como Ethel Brown, la hermana de Guillermo, que a pesar de ser sólo un dibujo en los libros de aventuras del inolvidable proscrito era una atractiva chica charleston de falda corta, pierna larga, tacón alto y pelo cortado al estilo de los locos años veinte. O sea, una chica sofisticada. Luego resultó que no era Ethel con h intercalada, sino Etel de Etelvina, nombre femenino muy asturiano. Qué sorpresa.

Etel no tiene menos encanto que las Ethel de referencia, pero este se manifiesta en una sonrisa cercana más asequible para el personal. Etel es el umbral del otro Pedro, el hombre que ya no tiene que ser líder, ni jefe, ni terror de proveedores, sino hombre de la calle con propensión a la felicidad rasante. Pedro es pariente lejano de Hércules Cortés, antiguo campeón del mundo de lucha libre, dato que viene de perillas para ilustrar su perfil más curioso, tan distante de los ámbitos de poder económico en los que coronó su carrera profesional. En lugar de seguir el modelo de la beautiful del dinero, Pedro tiene gustos de señor de provincias del siglo pasado. Fiel a sus orígenes manchegos –su hermano Mariano ha acabado siendo alcalde de Santa Cruz de Mudela, la tierra de sus antepasados.- es amante de los toros, de las tertulias, del fútbol, del teatro, de la novela española del siglo XX, de las exposiciones, aficionado a la caza de la patirroja, abonado a todos los ciclos musicales y operísticos habidos y por haber, empedernido jugador de dominó y abuelo con matrícula de honor, de los que lleva al colegio a sus nietos todos los días. También juega al golf, como casi todos los amigos del Duende en esta edad y, lamentablemente –otro rasgo de los poderosos- es socio y seguidor del Real Madrid. Semejante baldón no empaña la amistad que mantiene con este bloguero. Ambos comprenden sus respectivas flaquezas, y admiten que nadie es perfecto.

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Asturias, paraíso natural según la publicidad oficial –debieron de quebrarse la cabeza para dar con slogan tan original e impactante, carajo- la sierra del Sueve y Caravia en particular tienen sin duda muchos atractivos. Pero en estos circuitos veraniegos el bloguero comprende que tanto como el paisaje le atrae el paisanaje. Sencillamente, disfruta casi más comentando con amigos del lugar qué bello horizonte, que casas tan señoriales, qué buenas estas fabes con centollo, que admirando a solas panoramas o monumentos de cuatro estrellas en las guías de viaje. El no es un Herodoto, ni George Borrow, ni el Capitán Burton. En realidad es una especie de diablo cojuelo que no puede resistir la tentación de levantar el tejado de las casas y espiar el coto permitido de la intimidad de los demás. Quería solicitar su ingreso en el CCIFA (Cuerpo de Curiosos Inspectores de Felicidades Ajenas), pero aún no se ha creado, y con la crisis tampoco habrá presupuesto para ponerlo en marcha. Lástima.

El almuerzo con Pedro y Etel, a los que les han florecido muchas promesas en forma de hijos y nietos, fue un repaso amable del tiempo pasado y una confirmación de que las canas se llevan muy bien cuando admitimos que lo importante siempre está por llegar. Incluso aunque no lo pillemos. Lo de más no eran las fabes con centollo, deliciosas por cierto. Sino la constatación de que se puede volver a los territorios o a los amigos de antaño sin caer en la nostalgia. Y, mejor todavía, con la sensación de que estás descubriendo otros aspectos del paisaje y de los personajes, algo nuevo.

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1 Response to “Verano 13. En Caravia, con un viejo amigo que es un hombre nuevo”


  1. 1 Zoupon septiembre 14, 2012 en 5:45 pm

    “Se puede volver a los territorios o a los amigos de antaño sin caer en la nostalgia.” ¿De verdad se puede? Y en caso de que se pueda, ¿Se debe? Tengo muy serias dudas de que la nostalgia no asome aunque sólo sea una patita por debajo de la puerta. Y hasta creo que la nostalgia en dosis medidas es un poco balsámica.

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