Archivos para 23 noviembre 2012

Mi vida con otro sentido del humor

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Despiertas a las 6´30 de la mañana y está todo oscuro. Otoño cerrado. Y en esos minutos que te concedes para arrebujarte entre las sábanas y decidir si continúas intentando el sueño o te enganchas a la rutina diaria, te asalta la misma duda que ha planeado sobre ti toda tu vida.

-¿Y quién soy yo?

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Recuerdas entonces las mil formas distintas en que has respondido a ese formulario administrativo o comercial en el que además de tu nombre y tu domicilio te preguntan por tu profesión. ¿Y qué soy yo? Y qué se yo, solías responderte encogiendo los hombros. Y fuiste poniendo, según los años, los objetivos, los sitios donde te preguntaban y demás circunstancias de la encuesta muchas cosas distintas. Estudiante, abogado, técnico publicitario, periodista, empresario, humorista. Lo de humorista debería haber venido después de radiofonista, pero radiofonista era una palabra ya obsoleta, adecuada para Matías Prats, Boby Deglané y Vicente Marco, por hablar de tres glorias del pleistoceno de las ondas hertzianas. Y no estás seguro siquiera de que la palabra radiofonista existía.

Así que aunque sólo eras humorista gracias a la radio, y aunque piensas que, de no ser hijo de Chaplin o de Gila o de Tip, hubieras preferido que tu padre fuera un médico, o un ingeniero, o un ferroviario o un granjero, ponías eso de humorista, con la boca, o con la pluma, chica. Como para que no se enterasen tus hijos y tus amigos más convencionales.

Por no poner lo de chisgarabís o imitador, que te sonaba todavía menos de fiar..

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Luego resultaba que tampoco eras un humorista propiamente dicho. Sino como un zoótropo de la radio, uno de esos ingenios primitivos en el que a través de una rendija en un círculo de cartón que giraba sobre un eje mirabas imágenes fijas en él estampadas y creías verlas en movimiento, y pasabas de un caballo que galopaba a una rana que saltaba, o a un gimnasta que daba la voltereta, o a un bailarín de claqué. Tú también cambiabas tu voz ante el micrófono. Eras zoótropo, giroscopio, kaleidoscopio, transformismo puro, camaleón de la radio, un tramposo, un político, una folklórica, un cura, un general, una sexóloga francesa, un papa, un presidente de gobierno, un entrenador de fútbol, otro papa, otro presidente de gobierno, un ama de casa, un escritor amanerado, otro político, un chapuzas, un lendakari, una secretaria de la Moncloa, un rapsoda, un rey, otro presidente de gobierno que era muy soso y que, pese a ello contaba chistes , la esposa del presidente Pujol, un vicepresidente de gobierno, una vicepresidenta, otro seleccionador de fútbol…La tira de títeres.

Eras todos y eras nadie. En algún momento de definiste como un impostor de voces, un ilusionista, un duende de la radio. Fuegos artificiales que cuando se quemaban dejaban en el cielo una nebulosa y luego pura oscuridad. En realidad te considerabas un hombre sin identidad.

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Pero aún en esa levedad, o quizás por eso, te creías distinto de la mayoría. Tal vez un modelo alternativo, un burgués titiritero, seguro en tu propia inseguridad, y hasta, si me apuras, un poco por encima del bien y del mal. Como si dieras por hecho que nunca te fueran a pasar las cosas que les pasan a los demás. Y por aquello de ser un simulador, acabaste en las funciones que menos te habías imaginado que llegarías a desempeñar.

Hace dos fines de semana estabas con tu amigo Eduardo en el campo, viendo el otoño en su esplendor, la Sierra de Gredos al fondo, los castaños dorados, el suelo reverdecido poblado de setas y un aroma de pinaza, jara mojada y tomillo que se colaba por los alvéolos nasales y te perfumaba hasta la sentina del alma. Hablas mucho con él últimamente. Os conocéis desde la Facultad, donde él ya destacaba, y luego se hizo abogado del estado, empresario, ministro, presidente de foros, fundaciones, patronatos, conferenciante, articulista eventual en las páginas relevantes de los periódicos. Tú le admirabas entonces por lo bien que hablaba, pero él te te apreciaba a ti por lo bien que imitabas en la Fiesta del Rollo. Y recuerdas con cierto orgullo que en el viaje del paso del Ecuador a París, cuando aún apenas habíais cruzado dos palabras, se rompió un asa de tu maleta, y tú tuviste que comprarte otra más grande, y él se acercó a ti y te ayudó a cargar con ella hasta el autobús de regreso –qué sufridos los viajes estudiantiles de entonces-, y en entablar conversación, porque quería ser amigo tuyo. Y como todo lo explicaba tan bien, y te interesaba su conversación y su pensamiento, y además te invitaba a estudiar en su casa, donde siempre había merienda, y unas hermanas muy vistosas y muy simpáticas con las que ligabas algo, y mucha animación, pues os hicisteis grandes amigos.

Y ahora, a la vuelta de la vida, habláis mucho, en la soledad del campo. El siempre tienes papeles y libros entre manos, los repasa, los lee, los subraya. Esta semana debía ser miembro de un jurado que premiará el mejor trabajo sobre la figura de José María Cervelló, un compañero suyo en la promoción de abogados del estado que murió prematuramente después de haber creado escuela.

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-En qué cosas derivamos –le comentas sonriendo- A mí me toca presentar el libro de de Manuel González Burdiel.

Manolo es un amigo arquitecto que ahora escribe poesía y al que le hacen ilusión tus humoradas sin saber que no estás puesto en la materia, y que te cuesta mucho tomarte estas cosas en serio. Lo que le piden a uno.

E invocas a este respecto lo que una vez escuchaste de un ministro del Interior que se reunió con su colega francés en una de esas cumbres bilaterales, que llaman. Porfiaban en broma sobre las competencias más pintorescas que incluían sus respectivos cargos.

-Pues yo, además de ser Ministro de Interior del gobierno de la República, soy copríncipe de Andorra– presumía el gabacho.

-Eso no es nada. Yo, además de gran jefe de la policía, soy el que manda en el Reglamento Taurino.

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Y crees que, a pesar de lo que tiene de chufla tu biografía estás relativamente contento contigo mismo, y sobre todo con tu circunstancia. Sigues sin saber exactamente qué eres, porque la vida te ha dado un carácter que muta de hora en hora, lo cual ignoras si es bueno o es malo, pues si de una parte piensas que la sociedad prefiere personalidades nítidas y coherentes, de otra estás convencido de que no hay como ser zootrópico para ir regateando obstáculos y mantener el tipo. Porque te llega un bajón, claro, como a todo el mundo. Pero enseguida ves a una mujer que te sonríe, o paseas por el campo en otoño –si es con ella, mejor- , o gana el Atleti, o te manda una nieta su caja de Lacasitos a medio consumir con un mensaje que dice Te quiero, Abuelo, u un simple beso de bebé con ojos azules, o ves una película de John Ford, o cantas con tu coro a Bach o Haendel, o lees un buen libro, o muerdes un chocolate suizo, o te ríes con tus amigos de siempre, o te paseas visualmente por un paisaje de Patinir, o tiras piedras a un río caudaloso, o te esponjas frente al mar, o te duermes como un niño viendo caer la lluvia mientras en la chimenea arde un buen fuego. Y sonríes, o te emocionas, y te sientes pleno. Y se lo agradeces al Altísimo, al milagro del evolucionismo o a quien corresponda.

Pero, sobre todo, piensas que te ha compensado no haber sido más sólido, porque al final de cualquier marrón, la vida tira de ti, y consigues sonreir, o incluso reír a carcajadas. Reirte de todo, de todos, de ti mismo. Y de lo que pueda venir.

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Sabes que albergas un alma grave, adusta, asentada sólo en la duda y en el deseo, ansiosa de saber y de tener fundamentos para creer. Pero intuyes jo, no lo veo claro, qué confusión, qué difícil ser serio. Y para paliar tanto exceso de trascendencia te has troquelado definitivamente en el sentido del humor. Te lo tomas casi todo con al menos un cierto sentido del humor. Crees que lo demás, éxito, orgullo o fracaso, acaba siendo lo de menos.

Y vas tirando, acumulando sobre todo un importante patrimonio de afectos y sentimientos. Has cumplido sueños importantes: has corrido el Maratón, y has cantado El Mesías y la Novena de Beethoven. Nunca lo imaginaste cuando soñabas ser un buen deportista, con lo torpe que eras, y empezaba a despertar tu sensibilidad. Asi que vuelas: eres desconcertante a veces, errático, evanescente. Pero vuelas, y en cierto modo eres feliz no siendo nadie y habiendo vareado tantos sueños para que al menos alguno de ellos cayera en las alforjas. Gracias, sobre todo, a algo de constancia, a mucha curiosidad, al afecto cosechado y, sobre todo al sentido del humor.

-Nunca entraría en un club que aceptara como socio a un tipo como yo –te ríes por lo bajini parafraseando a Groucho Marx. Te has instalado cómodamente en el lado burlesco de la vida..

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Hasta que un día te empieza a doler algo raro y después de unos meses de cargar con tus alifafes estos se hacen más molestos. Y vienen los médicos, y las pruebas, y el ir e aquí para allá buscando soluciones. Y la certeza de que, al final, sólo te pasa lo que a tantos que son o han sido tus familiares, tus amigos, tus conocidos. Y para eso si que daba igual el calado del personaje.

-Tienes que ponerte en manos de los oncólogos- le dice lo más delicadamente posible el internista una vez que finalizan sus pruebas.

O sea, acabas siendo solidario en el dolor, cuando creías que sólo lo eras en el reír.

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La noticia es inquietante. Pero, vista desde otro punto de vista, es buenísima, porque de un sopapo te das cuenta, sobre todo, de la suerte que has tenido, del privilegio que es ser un espíritu ligero que cambia de estado de ánimo a dos por tres. El hombre poliédrico, el hombre sin identidad. La felicidad escrita con dientes de sierra, pero con un grueso colchón de cariño por debajo para el caso de que llegara la caída.

Han pasado dos días –bastantes más, si se acumulan aquellos en los que barruntabas el mal- y has dormido, y te has reído, y has seguido disfrutando de la vida. No estás seguro de cumplir el Resistiré de la famosa canción que ponía aquel entrenador de fútbol para estimular a su plantilla y evitar el descenso de categoría. Pero primero: que te quiten lo bailado. Y segundo, que no amordacen tu yo más bromista. Este, como las especies amenazadas, irá generando sus propias defensas.

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Además, la desagradable sorpresa te ha ayudado a encontrar la identidad que deseabas. Ha bastado para ponerte una t por delante de lo que antes era una sólo una h. Así que ahora podrás ser, sobre cualquier otra cosa, el hombre que se toma la vida con un sereno y saludable sentido del thumor. Sentido del thumor, como suena, sí, qué pasa.

Pura coherencia. Porque cuando te ecuchaban haciendo el gamberro por la radio, si alguien lloraba por tu culpa –y esto sí es vanidad- eran sólo lágrimas de risa.

Sobre alas doradas

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Es un poco redundante subrayarlo, y acaso no revele más que la precariedad de los recursos literarios propios, pero el otoño tiene su ritmo, su cadencia, eso que los directores de orquesta llaman su tempo. Y su tempero, que es otra palabra que a uno particularmente le encanta.

El tempero de la tierra no necesita termómetro. Se puede medir con el simple contacto de la suela del zapato. En el verano reseco o en lo más gélido del invierno, el zapato hiere cuando se posa sobre la corteza de la tierra. En otoño, no. Si el otoño viene como Dios manda –y este año, al menos por el corazón de España, es de las pocas cosas que no ha fallado- el pie del paseante se puede decir que besa la tierra. Y así va caminando, saltando de beso en beso entre aromas de pinaza, de helecho llorón, de nuez y castaña, de promesa de cuento vegetal, de hongo donde se reúnen los gnomos. Un pie en el suelo, quizás el otro en la fantasía.

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Lleva el paseante en su mochila pensamiento y preocupaciones ilusiones y sensaciones de gozo. .Cada paso que das es vida que dejas atrás, y simultáneamente también promesa de lo que vendrá. De la que andas, hundes la hojarasca en la tierra. Al poco esta se acabará maridando con aquella, y en unos meses desaparecen tus huellas –para qué hace falta que las dejemos- y todo es mantillo. Una especie de revoltijo de materia orgánica y de deseos inorgánicos: que este momento tan delicado de la naturaleza no pase tan pronto, que se estire un poquito, que nos deje sus cromos un ratito más.

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Es verdad que noviembre es el mes de los muertos, y que a finales de mes los árboles caducifolios no tienen más remedio que desnudarse y mostrarse como ancianos esqueléticos de Granach. Pero cuando los ojos que ven el otoño ya tienen una determinadaza edad, la decadencia, por sugerente y por evocadora, puede ser casi tan hermosa como el esplendor.

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La estación tiene sus giros, sus quiebros, sus manías. La humilde acacia que uno controla en el pequeño parque que se abre a sus pies, hace apenas un par de semanas aún estaba verde como en primavera. Ayer ya era todo amarillo. Así, en un abrir y cerrar de ojos, sin pedir permiso. Vinieron las lluvias y el otoño aceleró su proceso. Y al paseante, que esperaba estos días breves y estas noches largas para poder exprimir al poeta frustrado que lleva dentro y enclaustrarse en el otoño para lo que le quede de vida, le ha empezado a entrar la angustia de lo efímero. Como las grullas, al ritmo elegante y pausado del Va pensiero, el tiempo vuela sobre las alas doradas del otoño.

Conductas inapropiadas

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A medida que cumple años Homper ha perdido expresión facial. Ha visto tantas cosas asombrosas que en realidad es una boca abierta en torno a la cual se distingue a un ciudadano. Ni alto ni bajo, ni guapo ni feo, ni elegante ni hortera, ni crítico ni complaciente, ni alegre ni triste. Es un hombre perplejo del montón.

-¿Pero se ha enterado usted de la última?- le dice la frutera mientras le pesa unas peras conferencia. Por cierto, que cómo no habrán encontrado mejor nombre para bautizar a esta clase de peras.

Se amosca, frunce el ceño, se encoge de hombres, hace una mueca de disgusto y a otra cosa, mariposa. El día que no salta un escándalo financiero o un choriceo político es uno de faldas en la CIA. El día que el mundo no contiene el aliento por la tormenta perfecta sobre Nueva York, se paraliza España por la Huelga General o porque un jugador vasco seleccionado para jugar con España no se atreve a decir el nombdre del país al que representa y habla de “la cosa”

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Homper se atrevería a diagnosticar que lo de Susaeta es, primero, una gilipollez, y luego una cobardía. Una cobardía comprensible quizás, si se tiene en cuenta que él es jugador del Athletic de Bilbao, buque insignia del nacionalismo vasco, donde a sus ídolos Javi Martínez y Fernando Llorente, que se han atrevido a pensar que hay vida futbolística y profesional más allá del Euskalerría, les llamaban españoles para insultarlos. Susaeta es vasco y buen jugador, pero no tonto. Aunque tampoco lo bastante listo como para darse cuenta de que, yendo a jugar con el equipo de España, no le iban a preguntar en Panamá qué siente como miembro de un grupo de coros y danzas.

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-Ni el buenazo de Del Bosque ha sabido encontrar excusas para el muchacho- le comentaba Homper al peluquero. Y es raro, porque él es un hombre de buena labia, y podía haber utilizado lo de conducta inapropiada.

Tiene razón. Se sospecha que el Duque de Palma había guindado varios millones de forma un tanto irregular, y su granujada fue calificada de conducta inapropiada. Y como los eufemismos hacen fortuna y traspasan fronteras, ahora resulta que del general Petraeus, que al parecer se había liado con su biógrafa, se viene a decir lo mismo. El hombre pertenece a una familia de rancio abolengo en la carrera de las armas, y además no tiene cara de sátiro, ni siquiera de milico, sino más bien de predicador o de investigador científico. Tal vez por eso merezca mejor trato, y la prensa no pone el acento en su adulterio, sino que le echa una manita y vuelve a sacar lo de la “conducta inapropiada”. O sea, que uno puede darse una alegría para el cuerpo con un fruto prohibido y no adulterar, sino mantener una conducta inapropiada.

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Homper ve con alivio cómo el buenismo del lenguaje va relevando sus culpas y disfrazando sus pecados. Pensaba que la conducta inapropiada era sorber la sopa, saltarse un paso de cebra con el coche, tirarse un pedo en un acto académico o ponerse a hablar por el móvil en voz alta en el transcurso de un funeral. Pero ahora tiene margen de actuación: él se tiene por buen ciudadano, y procurará mantener la compostura. Pero quién sabe, cualquier día se harta, como media España, y comete un error de expresión o un desmán. Da igual una metedura de pata sonada, como la de Susaeta, que un delito, asaltar un banco con la cara tapada por una media de lycra y un trabuco de bazar chino o acosar sexualmente a la estanquera blandiendo un calabacín como arma agresora. Podrá en tododos esos casos parecer un delincuente,un gamberro o, como mínimo, un tonto. Pero visto lo visto, también tiene derecho a que su comportamiento sólo sea considerado conducta inapropiada.

Dormir cableado, vivir cabreado o mejor soñar

Nunca supo si dormía, soñaba o simplemente deseaba, pero comprendió que entre la áspera realidad y la ensoñación siempre era esta más agradecida…

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La salud es un estado transitorio del organismo que no presagia nada bueno. Desde el la frase de Pascal de que el corazón tiene razones que la razón desconoce, no había dado con un pensamiento tan atinado. El caso es que uno despertó en una cama de hospital, y como el sufrimiento genera solidaridad, a partir de ese momento se acordó de Frankestein y empezó a justificar su mal genio y a comprender sus desmanes. El desdichado monstruo también había despertado a la vida cableado de arriba abajo, y no hay nada más molesto que descansar aherrojado por electrodos, amenazado por unos kilovatios que a saber si se desmandan, y encima controlado desde un monitor por un experto que luego te dice.

-Pues sí. Tiene usted apnea del sueño.

Es decir, que tu dormir es una mierda. Vamos, que roncas, que no te relajas, ni oxigenas el cerebro ni nada, y que a poco que te descuides te puedes levantar de la cama desmemoriado, incapaz de rellenar una quiniela, o víctima de eso que llaman un ictus.

O sea, que aparte de dolor espaldas, que si no es crónico ya va para medio año, este bloguero que hasta hace nada se creía Peter Pan y tan sano como el negrito del Cola Cao, empieza a encontrarse ligeramente artificial, mechado de la realidad que vive y de los sueños que, como no duerme bien, le vienen incluso en la vigilia. Como si fuera un Arlequín vestido con los cuadritos multicolores de lo poco que ve, lo mucho que imagina y lo nada que sabe.

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¿Desde cuándo dejó de dormir bien? De pronto le aaltan a uno las dudas. ¿Qué habrá habido de realidad y qué de sueño en lo que ha vivido hasta el momento? ¿Somos lo que creemos o Segismundos mal informados? Recordaba el bloguero que en las noches de su niñez cruzaba las grandes avenidas de París, que no conocía, pedaleando en una bicicleta que tampoco tenía. También volaba a menudo sobre Madrid en un aerostato que de repente se pinchaba y le precipitaba al vacío por la zona de Rosales. Qué alivio despertar segundos antes de estrellarse contra el suelo, y al fin y al cabo en un barrio tan bonito. Peor era pasear por la calle de Serrano, el tontódromo donde se chicoleaba a las niñas pijas de entonces, y descubrir que la única camiseta que le vestía no daba de sí para tapar sus vergüenzas, expuestas a la mofa pública.

-¡Qué indecencia! ¡Qué niño tan golfo!- le remordía el subconsciente integrista.

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Y el sueño más persistente y más turbador, anticipado siglos ha en los dos o tres cuadros que Tiziano dedicó a Venus y la música. ¿Qué se escondía en ese rincón de la entrepierna femenina que entonces sólo tenían licencia para ver los los casados, los pecadores o los ginecólogos? La misma curiosidad que denota el músico del cuadro –fíjense en la dirección de su mirada- atizaba los sueños del bloguero. Claro, que como Venus quedaba muy lejana era mejor especular con Pilarín, que era un nombre de niña muy de la época. ¿Cómo tendría su cosita Pilarín? No lo contaba Tiziano, ni Botticcelli, ni Rubens, que bien que trabajaban a pincel la carne fresca, pero que donde no ponían una hoja de parra colocaban un pliegue de tela de damasco o la guedeja de una nube con tal de no contar el misterio. Y así tenía que inventarse uno la realidad, a base de sueños. La cosita de Pilarín podía ser lo que quisiera, porque entonces no había manera de verla. Sólo quedaba el recurso de echarse a dormir y soñar lo justo.

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Pero uno salió del hospital después de su estudio del sueño y se encontró con que ese día concurrían noticias extravagantes. Algunos fustigaban a Amancio Ortega por haber donado veinte millones de euros a CARITAS, otros zurraban la badana al escritor Javier Marías por renunciar al Premio Nacional de Narrativa, gesto que se entiende aún mejor si se recuerda que su padre, un buen filósofo y un excelente ensayista en cuyos artículos de La Gaceta Ilustrada sobre el cine y la vida uno aprendió mucho, murió a los 92 años sin un solo premio oficial. Había sido el anciano profesor maltratado por el franquismo, pero no se sabe por qué tampoco cayó especialmente bien a la progresía, así que, con toda la razón, su hijo aprovechaba que el Pisuerga del éxito pasaba por su bolsillo para decir las verdades del barquero y cabrear a unos cuantos custodios de la cultura oficial.

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Había más cosas chocantes. Como gran argumento de autoridad, el veterano periódico monárquico ABC mostraba en portada el rostro de la Duquesa de Alba diciendo (sic) que la independencia de Cataluña es muy poco patriótica. Ante la escandalera provocada por los últimos suicidios de deudores hipotecarios, otro titular afirmaba algo tan surrealista como que “la banca se humaniza y paraliza los desahucios”. Hasta el sobaco tendría que meter el brazo el mismísimo Santo Tomás en la llaga para creer que la banca se haya enternecido de la noche a la mañana. Realidad o ficción, esta tele que no para de regenerarse en aras de la autoestima y so pretexto del déficit, devolvía al primer plano al eximio Giménez Arnáu, español ejemplar donde los haya, que contó con gran desparpajo cómo se había tirado a treinta famosas y hasta se le había insinuado su suegra, la Duquesa de Franco. Si no hay dinero público en esa tele que le promociona, habrá pasta de anunciantes honorables y connivencia de directivos respetables. ¿Quedará cal para blanquear tanto sepulcro?…

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No sabía si seguía cableado y era sueño o estaba en la realidad y por tanto no cableado, sino cabreado. Pero deambulaba como Frankestein, desesperado y sin rumbo, hasta que en la portada de un periódico se encontró con que el Guadiana vuelve a las Tablas de Daimiel por primera vez en más de veinticinco años.

No entiende nada, hace apenas un mes atravesábamos la sequía más espantosa de cincuenta años y en un solo un otoño de lluvias se regenera ese paraíso ecológico. Con todo, lo bueno no es que con el agua regresen las avocetas, las malvasías, los azulones, las garzas, las grullas y la cigüeña negra. Lo más emocionante es que a la orilla de las Tablas una niña soñada también recogía flores, que algunas hay en otoño, y por ahí, no sabiendo si despierto o en fase onírica, apareció el monstruo con apnea que uno lleva dentro

Se acercó a la criatura y esta, lejos de asustarse, le sonrió y le ofreció una flor. Y mi Frankestein particular, que ya no distingue la realidad de la ficción, imitó el gesto más tierno y seductor de Richard Gere, cosa no fácil, mientras una lágrima de emoción le rodaba por su mejilla remendada de cadáver.

Cuadro de otoño con liquidámbar

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Momentos estelares de la humanidad. Suena a demasiado ambicioso, creo que Stefan Zweig lo entendió mejor, y escribió a partir e ellos un librillo muy interesante que devoré en la primera juventud. Léanlo los adolescentes de ahora, si aún creen que hay algo que aprovechar de la galaxia Gutemberg. Pero dejemos estos momentos y pensemos en algo más cercano, más sencillo: momentos estelares de mi humanidad. A estas alturas, cualquier guiño amable de la vida le brilla a uno como toda una constelación.

Y esperaba ansioso este momento. O esa suma de momentos. Durante todo el larguísimo y tórrido verano seguía con atención a los liquidámbares del jardín, contando los días que faltaban hasta que sus hojas mudasen de color, y en lugar de ser árboles fueran Cezannes, o Monets, o Renoirs que uno encuentra a las puertas de su casa sin haber tenido que pagar millones de euros para que el subastero de Christie´s de el martillazo y sentencie.

-Adjudicado.

Adjudicado el trío de liquidámbares, que quizás serían aún más hermosos si alguien no les hubiera puesto ese nombre tan cursi. Un liquidámbar en el jardín de Bárbara Cartland o de Carmen Lomana lleva el nombre adecuado. Yo les llamaría lendillos, o abentos, o ciprales. No existen estos árboles, ni siquiera estas palabras, pero prefiero que sean ellas la que señalen ese fondo caducifolio de elegantes colores que acotaba mi otoño el pasado sábado.

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Por ese momento estelar `pasaba Marina, la mayor de mis nietas, y allí que fui yo con mi dolor de espalda de Atlas venido a menos -apenas podía dar dos pasos – y le dije, para niña, que la vida pasa rauda, y los liquidámbares, o lendillos, o abentos, o ciprales no se ponen todos los días así de guapos.

Uno intentaba recordar fotos similares con su abuelo y el resultado era cero: cero fotos con abuelo delante de árboles otoñales, aunque bien es cierto que entonces no todo el mundo tenía cámaras fotográficas, y el color del otoño nos parecía tan normal como el humo de los autobuses. Había mucho menos sensibilidad para la sensibilidad. Así se entiende que me hubiera hecho mucho más ilusión la foto con mi viejito en un Morgan, o al menos en una moto con sidecar. Nada parecido. Además entonces la mayoría de las fotos domésticas eran en blanco y negro, y no podríamos hablar de escalas cromáticas y de cursiladas de este tipo.

Todo lo tuve en cuenta cuando saqué mi teléfono móvil de última generación y conseguí que algún hijo hiciera click. Fue un logro.

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Pero el tercer momento estelar de m humanidad estaba por llegar. No sólo fui capaz de retener a la niña unos segundos en ese efímero esplendor del otoño, y de que alguien nos plasmara en ese ala de mosca barrida por el viento en que acaba convirtiéndose cualquiera de las millones de fotografías que se hacen al minuto en el mundo. Sino que además –oh milagro- di con un buen amigo que llamó para interesarse por mi salud y cuando le contaba que estaba intentando sin éxito pasar la foto del móvil al ordenador para ilustrar este post, me dijo.

-Traete el ordenador y yo te lo soluciono.

El mundo es ansí, que decía Baroja. El anterior modelo de móvil que tenía este bloguero incorporaba una cámara, y era fácil almacenar las fotos que hacías con ella en el PC. El de ahora dicen que es mejor. O sea, más complicado, más diabólico, más cabrón. Y para la misma función necesita que el desdichado usuario se baje un programa especial al efecto. Bajarse un programa: ya sea un Adobe, un Spotify, un Antivirus o unas bragas de Madonna que, milagrosamente, también pudieran caer por esos mágicos manejos de Internet, siempre es un tormento para el megatorpe informático. Da igual: todo se le hace a este abuelo bloguero tan doloroso y difícil como un recurso contencioso administrativo, un cólico nefrítico o el montaje de un mueble de IKEA.

Pero ya les decía que esto va de momentos estelares. Y si hay suerte, quedará constancia en este post de que, pese a todos los dolores de este mundo, había un momento de felicidad que pasaba por allí de la mano de una niña con su abuelo entre el abrazo verde, dorado y rojizo que les prestaba la gloria fugaz del cursi liquidámbar. Lástima que el otoño, como la vida, pase tan pronto.

El joven Nacho de la Mata, un inmortal que supo estar ahí

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Pongamos que me llamo Habib. No les voy a aburrir contando por qué estoy aquí. Todo lo de mi país es mucha miseria, mucha hambre, mucha pena. Por eso vinimos a España en una patera. No todos: muchos de mi familia no llegaron vivos.

Este era otro mundo, donde a los niños decían que se nos iban a solucionar la vida.. Es lo que dicen, y la gente se lo cree, o al menos se lo creía. Aquí todos decían que iban a ser muy buenos con los menores como yo, al menos al principio A mí casi se me había olvidado lo que sufrimos en mi país, porque me daban comida y ropa, me enseñaban, y me dejaban jugar con otros niños, y estaba contento. Pero un día escuché que se acababa lo bueno, que estorbábamos, y que nos iban a repatriar. Repatriar decían, sí, que en realidad quiere decir vuelta a la miseria, al hambre. A la mierda. Y entonces, como en las películas, me escapé del centro.

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También como en las películas, me cazó la policía. Que si no tenía edad, ni padres, ni papeles, ni perrito que me ladre. Un señor serio con corbata y cartera me enseñó un papel y me dijo me iban a repatriar, aunque uno de los policías que le acompañaba aclaraba que me mandaban a tomar por saco. Yo les dije que no quería, claro, ni lo uno ni lo otro, pero ni caso. Me subieron a un avión y no lo pude evitar, pero las piernas me empezaron a temblar y me eché a llorar.

Ya iban a cerrar las puertas para el despegue cuando entró otro señor con un papel, habló con el comandante del vuelo, este me señaló, me quitaron el cinturón de seguridad y me dijeron que me bajara del avión. Fu, qué alegría. A nuestro Alá aquí le llaman Dios, y de él dicen que escribe recto, pero con renglones torcidos. Muchos y muy torcidos, jo, a veces demasiado para creer que es tan bueno como lo creemos. En realidad no se si Dios o Alá son lo que dicen que son. Pero de lo que estoy seguro es que hay personas encargadas de enderezar los renglones para que Dios, o Alá, escriban bonito.

Una de esas es la que consiguió que me bajaran del avión. Se llama Nacho.

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Pongamos que soy Nacho. Soy abogado. Como mi padre es abogado del estado y mi abuelo también lo fue, intenté seguir su camino. No lo conseguí, pero tampoco lo lamenté. Saqué un Bachelor en Business Administration en Inglaterra, trabajé en dos despachos de campanillas en Londres y en Madrid, pero acabé encontrando mi razón de ser en el derecho desde que empecé a colaborar como voluntario en la Fundación Raíces, dedicada a la lucha contra la drogadicción. Conocí a Lourdes, psicóloga, muy volcada también en la acción social. Nos casamos. Y ambos orientamos nuestras respectivas profesiones a ayudar a los que más lo necesitan. Poco a poco nos centramos en menores inmigrantes.

En 2003 supimos que muchos de ellos escapaban de los centros de acogida por miedo a ser repatriados. Acogimos a algunos de ellos en nuestra propia casa para que no se quedaran en la calle y tomamos contacto con el problema. Un día, a las cinco de la mañana, recibí una llamada diciendo que se estaban llevando a Habib a Marruecos. Colgué el teléfono, salí corriendo a los juzgados, conseguí un habeas corpus en el de lo penal, y a continuación en el de lo contencioso interpuse una medida cauteladísima contra la orden de repatriación. Tuve suerte: el juez adoptó la medida y ordenó que bajaran a Habib del avión. También me salió bien la lucha por Alma, aquella niña de quince meses a la que separaron de su madre de la residencia donde estaban acogidas porque aún era lactante y el juez de guardia así lo consideró oportuno. Peleé con el juez, y al final logramos que el IMMF rectificara y Alma volviera con su madre. Tuve suerte de saberme bien los entresijos de la justicia: si alguien viera mi expediente de Derecho, descubriría que fui un estudiante normal, pero que precisamente obtuve mi única matrícula en Derecho Procesal.

Claro, suerte fue igualmente que entonces nuestra hija pequeña también fuera lactante, y que Lourdes me insistiera en la importancia de no separarla de su madre. Y tuve más suerte que nadie con Lourdes, caramba, la horma de mi zapato. Pertenece a una familia que le podía haber dado una vida más que acomodada y fue la primera en asomar la cabeza fuera, al mundo de los necesitados, y comprometerse ella, como psicóloga, y a mí, como abogado en hacer lo posible por ayudarles. Costará creerlo a quien llegue al final de este cuento, pero he sido un hombre de una inmensa suerte.

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Pongamos que no conocía a Nacho de la Mata Gutiérrez personalmente. Soy amigo de su tío Carlos, también abogado del estado, y, a través de él, quizás fuera uno de esos personajes que en su familia seguían en el orden de afectos a los parientes. O sea, detrás de estos estaban los amigos íntimos, los amigos, los vecinos y, finalmente, los conocidos. Pues bien: soy un conocido que guarda particulares simpatías por la familia de la Mata. Entre otras cosas, porque hace medio siglo siempre nos ponían como ejemplo a familias así: padre de buena carrera, madre atenta y gobernadora, gente con principios, prole numerosa bien educada y con un gran sentido de responsabilidad ante la vida. De esa casta salieron: arquitectos, registradores –uno de ellos ministro de Sanidad, que luego fue presidente de la Cruz Roja, Enrique de la Mata Gorostizaga-,abogados del estado y Lourdes, la pequeña, que no se qué carrera hizo, pero que en determinados momentos me llamó más la atención que Carlos, mi amigo. Por razones obvias a los veinte años.

Con Carlos, con Ramón, y hasta con Enrique y con Nacho, el padre del protagonista de este post, jugaba yo al fútbol los domingos en el prado de una finca de Villalba que llamaban Suertes Nuevas, hoy convertida en una urbanización de apartamentos. También jugaban otros amigos como Eduardo Serra, Víctor López Barrantes, Carlos Navarro y los gemelos Menéndez. Todos veraneaban ahí cuando en este pueblo pastaban las vacas y aún se abastecían de su aire los pulmones de Madrid. Yo era muy malo, pero entusiasta, al contrario que mi amigo Carlos de la Mata, que se creía Beckembauer, y sacaba el balón jugado desde atrás muy seriamente, Antes de ser abogado del estado ya tenía gesto de mariscal de campo.

Uno vuelve la vista atrás de vez en cuando para constatar que no veinte, sino más de cuarenta años, son más nada aún de lo que canta el famoso tango. De repente deja uno de verse con la mayoría de amigos y cuando se los reencuentra no somos capaces de dar una patada a un bote, pero para compensar a lo mejor hemos tenido un hijo excepcional. Tempus fugit. No siempre para mal. Ahora los abuelos somos muy críticos con la juventud actual, pero gran parte de ella nos mejora.

5
Pongamos que soy Lourdes, y que me enamoré de aquel joven abogado, y que nos casamos. Y que en el viaje de novios recibimos el primer aviso serio de lo que luego iba a ser nuestro tormento, y a la postre, por paradójico que pueda parecer, nuestra gloria. A Nacho le detectan un tumor en el cerebro, y, como si eso potenciara su afán de no vivir inútilmente, además de tener tres hijas conmigo, Nacho se vuelca de tal forma en su defensa de los menores inmigrantes desprotegidos que, además de convertir nuestro hogar en un refugio para muchos de ellos consigue que el Consejo General de la Abogacía Española le conceda el Premio Especial Derechos de la Infancia 2009.

Todo un orgullo y un ejemplo para un abogado joven que pudiéndose dedicar a asuntos más lucrativos empleó sus años de trabajo y de de lucha contra la enfermedad en defender un nuevo estatuto jurídico para el menor desprotegido. Una labor constante y sacrificada que ha sido asumida por los tribunales ordinarios y por el mismo Tribunal Constitucional. Con lo esclerótica que a veces parece la justicia en España. ¿Verdad que lo suyo parece una hazaña?

Pongamos que estoy tan orgullosa y tan enamorada de él, que aunque sufro su muerte, tan temprana, tan injusta, ni siquiera he hecho caso de aquella leyenda de que los dioses los eligen jóvenes para llevárselos al Olimpo. Quizás me pasé de melodramática en su funeral, pero tuve los arrestos de leer ante todos un escrito a Nacho que en realidad era una carta de agradecimiento, de esperanza y de amor, porque soy creyente, y se que ni los dioses del Olimpo ni mi Dios se lo han llevado. No es que crea en la reencarnación, es que las almas tan nobles y tan batalladoras como la suya están ahí, nos sobreviven a todos, jamás desaparecen.

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Pongamos que soy un hombre corriente. Un simple bloguero, y un tipo que tiene gran simpatía por su padre, el primer Juan Ignacio (Nacho para todos), y por Roselia, su madre. A Nacho padre, tan vinculado a organizaciones como UNICEF, le veía de cuando en cuando, en esas contadas ocasiones en los que a uno le llaman para animar un acto de presentación, o un sorteo benéfico, como si le quedara gracia para enderezar algo uno de esos renglones descuidados de Dios. Yo no tenía ni idea de que tuviera un hijo tan singular, ni de su terrible enfermedad, ni de su temprana muerte. Sólo supe después que había sido compañero de colegio de mi hija Isabel, y que según mi amigo Eduardo, testigo de su incineración, allí había chicos y chicas inmigrantes y jóvenes de distintas edades y colores que lloraban desconsoladamente como si el muerto hubiera sido un auténtico ídolo de masas. Y pude ver y escuchar en su funeral, en la impresionante iglesia de los Dominicos de Fisac, más llantos y gimoteos de gente de toda edad y condición que los que he sentido nunca en ninguna exequia fúnebre. Creo que ningun otro acto de este tipo me ha servido tanto para descubrir y admirar a un personaje al que no conociera directamente. Yo estaba allí para acompañar a su familia, para abrazar a sus padres y a mi amigo Carlos, y para arrimar el rescoldo de mi débil fe a una oración que el alma del joven Nacho, tan sobrada de méritos, quizás ni necesite.

Había tal gentío, y en el fondo, me sentía tan irrelevante ahí, que al final preferí ausentarme sin cumplir con el ritual del pésame. Luego no pude dejar de llamar al padre, y decirle cuánto me había impresionado la muerte de su hijo y su emocionante funeral. Todos los padres sospechamos que no hay nada más cruel que sobrevivir a un hijo. Pero hay sufrimientos que incorporan su consuelo. A Nacho y a Roselia, y valga la paradoja, les dejaron huérfanos de este gran hijo, a cambio de convertirles en forjadores de un ejemplo, autores de de una leyenda o, como mínimo, padres de de un héroe social de nuestro tiempo. Puede resultar casi una provocación decirlo ahora, pero en cierto modo son unos privilegiados.

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-Me gustaría rendirle un homenaje en mi blog- le dije a Nacho padre cuando le llamé- Si me ilustras algo más sobre lo que fue su vida no escribiré a humo de pajas…

Nacho no tardó en mandarme un jugoso “dossier”. Sin embargo, por razones que no vienen al caso, he tardado más de un mes en cumplir mi propósito. Cómo escribir un obituario con cariño, sin deslizarse por el exceso y sin caer en el tópico. Ahora, entre la documentación, contemplo una foto de mirada firme y sonrisa despejada que el entonces jovencísimo Juan Ignacio de la Mata Gutiérrez incorporaba a su currículum vitae. La foto transmite optimismo,salud, ganas de vivir y de cambiar el mundo. No mentía la foto, no.

Por casualidad, subiré este post justo después de lo que la Iglesia llama el día de los fieles difuntos. Qué ironía. A uno le da que él, esté donde esté, seguirá siendo fiel a su ideal, y por ahí, todo correcto. Pero que nadie le considere difunto, porque el tránsito de Nacho sólo ha sido una emocionante explosión de vida y de esperanza para los que creemos que esta humanidad aún puede tener remedio. Sobre todo si cunde su admirable ejemplo.


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