Cuadro de otoño con liquidámbar

1
Momentos estelares de la humanidad. Suena a demasiado ambicioso, creo que Stefan Zweig lo entendió mejor, y escribió a partir e ellos un librillo muy interesante que devoré en la primera juventud. Léanlo los adolescentes de ahora, si aún creen que hay algo que aprovechar de la galaxia Gutemberg. Pero dejemos estos momentos y pensemos en algo más cercano, más sencillo: momentos estelares de mi humanidad. A estas alturas, cualquier guiño amable de la vida le brilla a uno como toda una constelación.

Y esperaba ansioso este momento. O esa suma de momentos. Durante todo el larguísimo y tórrido verano seguía con atención a los liquidámbares del jardín, contando los días que faltaban hasta que sus hojas mudasen de color, y en lugar de ser árboles fueran Cezannes, o Monets, o Renoirs que uno encuentra a las puertas de su casa sin haber tenido que pagar millones de euros para que el subastero de Christie´s de el martillazo y sentencie.

-Adjudicado.

Adjudicado el trío de liquidámbares, que quizás serían aún más hermosos si alguien no les hubiera puesto ese nombre tan cursi. Un liquidámbar en el jardín de Bárbara Cartland o de Carmen Lomana lleva el nombre adecuado. Yo les llamaría lendillos, o abentos, o ciprales. No existen estos árboles, ni siquiera estas palabras, pero prefiero que sean ellas la que señalen ese fondo caducifolio de elegantes colores que acotaba mi otoño el pasado sábado.

2
Por ese momento estelar `pasaba Marina, la mayor de mis nietas, y allí que fui yo con mi dolor de espalda de Atlas venido a menos -apenas podía dar dos pasos – y le dije, para niña, que la vida pasa rauda, y los liquidámbares, o lendillos, o abentos, o ciprales no se ponen todos los días así de guapos.

Uno intentaba recordar fotos similares con su abuelo y el resultado era cero: cero fotos con abuelo delante de árboles otoñales, aunque bien es cierto que entonces no todo el mundo tenía cámaras fotográficas, y el color del otoño nos parecía tan normal como el humo de los autobuses. Había mucho menos sensibilidad para la sensibilidad. Así se entiende que me hubiera hecho mucho más ilusión la foto con mi viejito en un Morgan, o al menos en una moto con sidecar. Nada parecido. Además entonces la mayoría de las fotos domésticas eran en blanco y negro, y no podríamos hablar de escalas cromáticas y de cursiladas de este tipo.

Todo lo tuve en cuenta cuando saqué mi teléfono móvil de última generación y conseguí que algún hijo hiciera click. Fue un logro.

3
Pero el tercer momento estelar de m humanidad estaba por llegar. No sólo fui capaz de retener a la niña unos segundos en ese efímero esplendor del otoño, y de que alguien nos plasmara en ese ala de mosca barrida por el viento en que acaba convirtiéndose cualquiera de las millones de fotografías que se hacen al minuto en el mundo. Sino que además –oh milagro- di con un buen amigo que llamó para interesarse por mi salud y cuando le contaba que estaba intentando sin éxito pasar la foto del móvil al ordenador para ilustrar este post, me dijo.

-Traete el ordenador y yo te lo soluciono.

El mundo es ansí, que decía Baroja. El anterior modelo de móvil que tenía este bloguero incorporaba una cámara, y era fácil almacenar las fotos que hacías con ella en el PC. El de ahora dicen que es mejor. O sea, más complicado, más diabólico, más cabrón. Y para la misma función necesita que el desdichado usuario se baje un programa especial al efecto. Bajarse un programa: ya sea un Adobe, un Spotify, un Antivirus o unas bragas de Madonna que, milagrosamente, también pudieran caer por esos mágicos manejos de Internet, siempre es un tormento para el megatorpe informático. Da igual: todo se le hace a este abuelo bloguero tan doloroso y difícil como un recurso contencioso administrativo, un cólico nefrítico o el montaje de un mueble de IKEA.

Pero ya les decía que esto va de momentos estelares. Y si hay suerte, quedará constancia en este post de que, pese a todos los dolores de este mundo, había un momento de felicidad que pasaba por allí de la mano de una niña con su abuelo entre el abrazo verde, dorado y rojizo que les prestaba la gloria fugaz del cursi liquidámbar. Lástima que el otoño, como la vida, pase tan pronto.

Anuncios

4 Responses to “Cuadro de otoño con liquidámbar”


  1. 1 Monti noviembre 6, 2012 en 10:09 pm

    Bonita foto.
    Casualidades de la vida, pero la unica foto que tengo con mis abuelos estan tambien los padres del duende.

    Me gusta

  2. 2 Zoupon noviembre 7, 2012 en 1:04 pm

    Cierto, el liquidámbar tiene un otoño precioso. Y si lo pones entre un roble americano, que se pone de un rojo intenso, y un ginkgo biloba, que se viste de un hermoso amarillo, forma un cuadro despampanante como el que, por azares municipales, disfruto estos días desde la ventana de casa.

    Me gusta

  3. 3 María noviembre 8, 2012 en 6:50 pm

    Hola Sr. Duende .

    A falta de fotos , seguro que tendrá recuerdos ; buenos recuerdos .
    Y esos valen un potosí .
    Después de todo una foto sin el recuerdo que la acompaña , no sería lo mismo ¿no cree?

    Un saludo

    María

    Me gusta

  4. 4 Stick noviembre 9, 2012 en 6:27 pm

    Pues yo a ese árbol lo llamaría Arce del Canadá.
    ¡Lo que hace la ignorancia!

    Me gusta


Comments are currently closed.



Siluetas de RNE

Duendes suscritos:

Suscripción

Suscripción por email

Publicaciones:

PARAÍSO DE HOJALATA
Una Infancia de Hojalata

Ir directamente a

Blog Stats

  • 1,341,193 hits

A %d blogueros les gusta esto: