Sobre alas doradas

1
Es un poco redundante subrayarlo, y acaso no revele más que la precariedad de los recursos literarios propios, pero el otoño tiene su ritmo, su cadencia, eso que los directores de orquesta llaman su tempo. Y su tempero, que es otra palabra que a uno particularmente le encanta.

El tempero de la tierra no necesita termómetro. Se puede medir con el simple contacto de la suela del zapato. En el verano reseco o en lo más gélido del invierno, el zapato hiere cuando se posa sobre la corteza de la tierra. En otoño, no. Si el otoño viene como Dios manda –y este año, al menos por el corazón de España, es de las pocas cosas que no ha fallado- el pie del paseante se puede decir que besa la tierra. Y así va caminando, saltando de beso en beso entre aromas de pinaza, de helecho llorón, de nuez y castaña, de promesa de cuento vegetal, de hongo donde se reúnen los gnomos. Un pie en el suelo, quizás el otro en la fantasía.

2
Lleva el paseante en su mochila pensamiento y preocupaciones ilusiones y sensaciones de gozo. .Cada paso que das es vida que dejas atrás, y simultáneamente también promesa de lo que vendrá. De la que andas, hundes la hojarasca en la tierra. Al poco esta se acabará maridando con aquella, y en unos meses desaparecen tus huellas –para qué hace falta que las dejemos- y todo es mantillo. Una especie de revoltijo de materia orgánica y de deseos inorgánicos: que este momento tan delicado de la naturaleza no pase tan pronto, que se estire un poquito, que nos deje sus cromos un ratito más.

3
Es verdad que noviembre es el mes de los muertos, y que a finales de mes los árboles caducifolios no tienen más remedio que desnudarse y mostrarse como ancianos esqueléticos de Granach. Pero cuando los ojos que ven el otoño ya tienen una determinadaza edad, la decadencia, por sugerente y por evocadora, puede ser casi tan hermosa como el esplendor.

4
La estación tiene sus giros, sus quiebros, sus manías. La humilde acacia que uno controla en el pequeño parque que se abre a sus pies, hace apenas un par de semanas aún estaba verde como en primavera. Ayer ya era todo amarillo. Así, en un abrir y cerrar de ojos, sin pedir permiso. Vinieron las lluvias y el otoño aceleró su proceso. Y al paseante, que esperaba estos días breves y estas noches largas para poder exprimir al poeta frustrado que lleva dentro y enclaustrarse en el otoño para lo que le quede de vida, le ha empezado a entrar la angustia de lo efímero. Como las grullas, al ritmo elegante y pausado del Va pensiero, el tiempo vuela sobre las alas doradas del otoño.

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4 Responses to “Sobre alas doradas”


  1. 1 franciska noviembre 19, 2012 en 8:43 am

    Todos llevamos un Otoño con nosotros, quiza porque es la nostalgia de lo que no ha sido y pudo ser, lo que deseas y no alcanzas, el final con colores calidos y la esperanza de seguir adelante, entre esas hojas y esos atardeceres. No perdamos la poesia en nuestras vidas, la necesitamos

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  2. 2 Zoupon noviembre 19, 2012 en 2:16 pm

    El cárdeno otoño
    no tiene leyendas
    para mí. Los salmos
    de las frondas muertas,
    jamás he escuchado,
    que el viento se lleva.
    Yo no sé los salmos
    de las hojas secas,
    sino el sueño verde
    de la amarga tierra.

    Otoño.- Antonio Machado.

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  3. 3 Ángela noviembre 19, 2012 en 5:28 pm

    Y siempre regresa puntual el milagro de la primavera, a tu parque Duende, y a todos los parques. Un beso.

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  4. 4 inesvva noviembre 21, 2012 en 6:47 pm

    Siempre siempre te leo, aunque no te lo diga…
    Jocelyn

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