Archivos para 28 diciembre 2012

Crisis y otros misterios de Navidad

Herodes

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Recuerdas al despertar el 25 de diciembre que es el aniversario de Charlot. Murió hace ya bastantes años en su casa de Vevey, Suiza, junto al abeto, que sería elegante, discreto, sin el espumillón y aquellas bolas doradas que adonaban el árbol de Plácido, y de todos lo plácidos que había en España cuando reinaba la ingenuidad. A más lustre y abigarramiento de adornos, más sentimiento de la Navidad, creíamos entonces Te pareció una muerte bonita, simbólica: rodeada de nieve y al calor de la chimenea. No se si al final llamaría al servicio, que según el marqués de Leguineche disfruta tanto cuando los señores mueren con la debida prosopopeya. Tú de pequeño creías que las muertes, para ser dignas, tenían que ser como las que pintaban Pradilla y Casado del Alisal, o sea, con reyes, chambelanes, pajes y alabarderos alrededor, mucha gualdrapa y damasco, representando todos un duelo parecido a  la venganza de don Mendo, pero en luctuoso. Luego resulta que uno se muere de cualquier manera y no pasa nada

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Se te ha quedado grabada la fecha de la muerte de Chaplin por la contradicción entre lo que te reías con él y la pena de que se despidiera en “estas fechas tan señaladas”. Sin duda olvidabas que los espíritus de la Navidad  vuelan por entre las estrellas con un gancho colgando que en cualquier momento te atrapa en el más acá y te deposita en el más allá. No te asusta nada eso.

¿Cuántas Navidades has pasado ya? ¿Cuántos de  los que cenaron contigo y cantaron villancicos en tus nochebuenas siguieron después el camino de Charlot? No están, pero están, y siguen estando: has pasado revista y no se te han olvidado. Ni tus abuelos, ni tus padres, ni tus suegros, ni tu hermano Carlos, ni tus primos y primas,  ni tu amigo Félix, ni tu cuñado Gonzalo, el último decir hasta luego.

Cuando eras niño, y aún joven, estas ausencias te entristecían. Ahora las vas encajando en tu almario como una precisa pieza de marquetería sentimental. Incluso sonríes por ellos, que están en otra fase de la vida. Luego te sale el Sancho Panza femenino que llevas dentro –vulgo Doña María- y valoras que no tengan que esperar a que se vaya nadie para retirarse, ni deben recoger nada, no tienen que hacer orden en la casa, ni que poner el lavaplatos, ni pasar la fregona, ni la escoba. Mejor aún: pueden olvidar la comida del día de Navidad, porque anoche cenaste como un heliogábalo y el cuerpo sólo te pide silencio, depuración y sueño. ¿Y si sólo te alimentaras de recuerdos para celebrar la llegada de Emmanuel?…

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El tuyo es un barrio popular que en estas fechas era asaltado por Papás Noel trepadores que subían por las fachadas supuestamente para dejar en las casas sus regalos. Hasta este año, claro. Entre tanto paro, impuestos, recortes, ERES y otras miserias los Santaclauses han dicho que trepe Rita, que para qué van a hacer el ridículo, allí colgados como ahorcaditos, pasando frío y chupando contaminación, si no tienen nada que dejar.

No hay más que mirar a las luces de las calles comerciales, y al tráfico. A medianoche de un sábado víspera de Nochebuena la calzada central del Paseo de Recoletos de Madrid se movía con fluidez y en la penumbra, y ni siquiera el imponente edificio de la Biblioteca Nacionalmerecía iluminación especial. Tu amiga Pepa se había pasado la mañana en tiendas cool de la Milla de Oro, y comentaba que en todas ellas era la única cliente a la vista. Tú mismo aprovechaste tu obligada espera en el Hospital de Sanchinarro  -análisis a las 9 horas y reunión con la oncóloga a las 12- para escapar al cercano Hipercor y hacer unas compras. Sólo buscabas un pijama de franela, pero cuando entraste en ese inmenso templo del consumo  atestado de productos relucientes y completamente vacío de consumidores sentiste el mismo pánico que inspiraba el siniestro hotel aislado en la nieve de El resplandor. Ya lo habían dicho nuestros políticos, y el polémico Draghi: se acabó la fiesta.

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Escuchas la radio y el noventa por ciento de las tertulias abundan en qué va a cocinar usted para los grandes ágapes de Navidad y Año Nuevo. Cualquier ocasión festiva es buena para llenar la andorga, pero excesos, los justos. Y sin embargo reconoces que a ti, aunque te duela la crisis, te gusta este efecto simplificador colateral. Es más: se diría que te encanta que la Navidad vuelva a ser una fiesta a media luz. Tu mujer aporta su consomé y su pavo trufado, tu cuñada Belén unos caracoles guisados con cierto toque cuartelero que hacen templar al Misterio y lo que bautizó como “cocktail de los sixties”, es decir aquel salpicón de gambas, merluza ensalada y mayonesa que estaba de moda en los sesenta, buenísimo y tan fácil de engullir. Tu otra cuñada Carmen una pularda rellena exquisita. No hay que pelear abriendo ostras, ni luchar contra la armadura de las langostas, ni chupetear percebes. Cocina con cariño, buen vino y basta.

Tú deberías ser  prudente. Acabas de salir de la quimioterapia y en teoría estás desganado y con el estómago revuelto. Pero pruebas el primer bocado, se te asienta el cuerpo y el impulso de la Cortisona hace el resto. Comes desaforadamente, hasta que el corsé aprieta y echas el freno. Luego cantas villancicos con las niñas, y acabas recordando que estás pachucho para retirarte a una hora discreta.

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Mas no sólo de pan vive el hombre…De la misma manera que se han replegado los Papá Noel trepadores, se ven más colgantes en los balcones con ese Niño Jesús de herbolario anunciando que Dios ha nacido. Parafraseando a La Codorniz, se podría decir  que donde no hay sobreabundancia y publicidad, resplandece la verdad  En medio de tanto fasto gastronómico, la tele hace un paseo por los mejores nacimientos de Madrid, y una nieta observadora repara en un personaje evangélico que le tiene a mal traer: Herodes. La niña se enteró de la matanza de los Santos Inocentes y desde entonces, con toda la razón,  no entiende nada y le lanza continuas  preguntas a su abuelo.

-Pero bueno, si los Reyes Magos eran tan buenos…¿por qué no le dijeron  a Herodes donde nació Jesús?…¿No se hubieran salvado así los niños esos inocentes?…

Pues sí, quizás se pasaron los Magos. Tampoco lo entiendes tú, ni sabes qué decirle a la niña, salvo que la Navidad, con crisis o sin ella, está llena de misterios difíciles de resolver.

 

 

Totus Tuus, Tito

No eres ninguna figura del fútbol, pero estás en el mismo club que Tito, y te sientes tan protegido como él...

No eres ninguna figura del fútbol, pero estás en el mismo club que Tito, y te sientes tan protegido como él…

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El jueves 20 de diciembre sales de tu penúltima sesión de radioterapia  a vas la otra radio, la que aún se alimenta de voces y de música. Acudes a RNE por cumplir un acuerdo y dar fe de vida. Ya no tienes que molestarte en parecer ingeniosillo ante el micrófono, ni en hacer risas, ni mucho menos en  arreglar el mundo con un pensamiento preclaro o una frase genial. Apenas se te pide un detalle de de lo que eras, como a esos toreros que un día fueron figuras y acaban sus días de peones de brega. Un quite, un poner en suerte el toro para que se luzca el maestro, unas banderillas  graciosas a lo sumo.

Y estás encantado de tu papel de secundario.

Lo importante ese día no te concierne a ti, aunque a la postre te afecte. Y mucho. La noticia del jueves es que a Tito Vilanova, el entrenador del Barcelona ha recaído en su cáncer de parótida. Tú recordabas que hace un año pasó por un grave problema de salud, pero no creías haber leído en su caso ni la palabra cáncer ni la palabra tumor. Quizás aún imperaba el eufemismo como protección contra el severo mal. Ahora recae en su enfermedad y el cáncer sale del armario sin el menor recato. Ya no da mal agüero a terceros, ni yuyu, ni resulta tan extraño y odioso para la mayoría de la gente. Mejor es un gordo de la Lotería, claro, pero el que no tenga un tumor, o un pariente, o un amigo, o un conocido con él, que levante la mano.

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Sorprendentemente, la enfermedad maldita está dejando de ser tabú y se convierte por obra y gracia de los famosos que la padecen en un buen motivo para la solidaridad y, en cierto modo, la admiración. Es un banderín de enganche al que se apunta hasta el último de la fila. En el mundo del fútbol hay conmoción. Tito Vilanova no es una estrella, más bien se comporta como un tipo discreto y refractario al protagonismo. Pero lo valiente no quita lo cortés, o la rivalidad no mata lo humanitario. En estos casos tó er mundo es güeno. Y desde el  Madrid hasta el Iliturgi,  acaba recibiendo de todos los equipos un vendaval de adhesiones que casi comprometen a los más fieros enemigos del Barça.

Totus tuus, Tito-parecen decir parafraseando el lema de Juan Pablo II.

Tú te quedas pasmado. Raro, ¿no? ¿Pues no dicen que la envidia   forma parte del patrimonio nacional?… Contrario sensu esta desgracia de un gran triunfador debería provocar millones de alegrías. Si bien en el fondo estás encantado de que no sea así, porque aunque Tito sea del Barça y tu equipo sea el Aleti, ahora ambos estáis en el mismo club.

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Pertenecías al club Escépticos sin Fronteras, al Círculo de Escritores sin Escritos, al de Sufridores del Atlético de Madrid (en pleno proceso de reconstitución), a la Federación de Amantes de los Juguetes de Hojalata, al ateneo de Náufragos del Pensamiento Cierto, al parnasillo de Poetas Varados, a la Cámara de Adictos a los Polvorones,  a la Liga de Adoradores del Mago Tamariz, a la de Amiradores de Bach, a la Asociación de Discípulos de Groucho Marx y-admítelo, aunque ahora vayas de bueno-  a la gran Cofradía de Odiadores del Dale a tu cuerpo alegría Macarena. Aunque todas estas organizaciones te parezcan irrelevantes en este momento.

Ahora tu vida ha cambiado, y pones tu vista en otros puntos del horizonte. Ahora, cuando sólo eres uno más entre miles de afectados por tu enfermedad en los que antes ni reparabas, la gente se interesa por tu salud,  te cuidan, te miman y hasta te jalean por pertenecer al mismo club que Tito Vilanova. Y eso que tú no vas a hacer campeón de Liga a nadie.

Y el efecto es fantástico. El Totus Tuus que iba para el entrenador del mejor equipo de fútbol del mundo resulta que también es Totus Tui. No es que todos tus familiares, amigos y conocidos se afanen en agradarte. Es que este mundo,  que de puro absurdo y rompepelotas estaba dispuesto a acabarse el viernes, empieza a desplegar ante tu mirada las miles de pequeñas razones por las que, como recuerda siempre Frank Capra por estas fechas, ¡Qué bello es vivir!

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El viernes  aún llevas en la boca el regüeldo de la quimioterapia, que no es justamente el bouquet más agradable para empezar el día. Sin embargo, después de acabar con tu radioterapia, un café con tostadas en grata compañía femenina se convierte en Desayuno con diamantes.

 Luego ves a una niña rubia con coletas vestida de pastorcita dando saltos en el Auto de Navidad del Colegio Estudio al compás de las dulzainas y rabeles y casi se te saltan las lágrimas de la emoción, porque la obra tiene su encanto naïf, y estás convencido de que tu nieta será una Scarlet Johanson deslumbrante.

A continuación te llevan al campo. Y cuando llegas a tu casa de piedra en el monte apenas un lucecita y el tenue resplandor de la luna ya muy menguada que se cuela entre el espeso celaje de nubarrones plomizos te transporta a una atmósfera mágica, muy de cuadro de Caspar Fredrich  o de película de Tim Burton.

Luego cenarás una espinacas a la crema y gracias a la Cortisona, que potencia tu apetito hasta para comerte a un fraile por los pies, te parecerán como firmadas por Paul Bocusse.

Finalmente la paz del bosque de castaños y robles, el silencio de la noche sólo roto por el murmullo del chorrito de la fuente y el apacible manto del primer amago del invierno más bondadosos que se recuerda amparan tu sueño.

-¿Será esto para tanto como dicen? –te preguntas sorprendido de tu propio bienestar antes de dormirte.

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El Cyanopica  Cyanus, vulgo rabilargo, no deja de ser un córvido estiloso vestido por Armani. Picoteando las aceitunas de los olivos aún entre dos luces puede parecer un pájaro ligeramente siniestro, porque el sábado amanece gris y encelado. Es la primera estampa de vida animal que ves  al asomarte por la ventana en la mañana inaugural del invierno. Da igual, el avechucho te parecerá  tan precioso como un tucán o un guacamayo Jacinto. No sabes por qué, pero ahora has pasado de ver la botella medio vacía a verla del todo llena, como si antes tuvieras trastocada tu escala de valores.

Mientras desayunas dos tostadas de pan de hogaza con aceite y un café con leche, ya sin ningún regusto químico, ves también dos petirrojos jugueteando sobre la hierba al calor del primer rayo de sol del domingo. Sales al aire libre, doce grados de invierno de mentirijillas, paseas por el jardín estirando lo brazos entre las bolas rojas del acebo y los cotoneaster, todo muy navideño, y aunque tu fe es de la categoría porsi por si es vedad  lo que nos contaban los curas en la escuela, que decía Doña Maríate pones estupendo.

-Gracias, Señor, por enseñarme a tiempo lo que vale un peine- te atreves a decir por lo bajini.

Y te acuerdas de todos los que no han tenido la suerte de caer en el club del Totus Tuus, Tito. Es osado aventurarlo, pero quizás  no sepan lo que se están perdiendo.

Feliz Navidad, Belén

Mi Belén es mejor que la foto, pero está lleno de buenas intenciones

Mi Belén es mejor que la foto, pero está lleno de buenas intenciones

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¿Te estarás obsesionando por el nuevo sesgo que ha tomado tu salud?

Sabes que es un tópico infumable, pero ya han pasado días desde que entraste en este nuevo club tan peculiar de tocados sin fronteras y te has refugiado en eso tan socorrido de que la vida sigue. Crees que el aviso te ha oreado la sesera, que razonas algo más, y que exprimes de cualquier nadería un zumo que antes eras incapaz de sacarle a las cosas. Dios, ese amanecer, qué maravilla, cómo no te habrías fijado antes, las cúpulas de San Francisco el Grande dibujándose  entre la niebla aún dorada por el relumbrón de las farolas de la noche, si es un Turner sólo pintado para ti. Santo cielo, qué placer ese vino con un par de amigas mientras paseabais por los alrededores del Mercado de San Miguel, y qué delicia el hojaldre de morcilla con pimientos que le acompañaba. Qué paz sentarte a leer luego con la espalda bien protegida por tu corsé y el respaldo de tu mullido sillón  viendo caer la noche sobre el Madrid donde naciste y que no empezaste a apreciar hasta que cortaste tu cordón umbilical con tu pasado. Vas engastando en tu collar de vivencias pequeñas piedrecillas que coges al paso y que ahora te parecen diamantes.

 

Qué ilusión haber visto  en el parque que tu nieta ya monta en bicicleta.

Hasta esta última frase te parece por sí sola una `poesía

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La vida sigue.

Entre tanto sobresalto apenas has caído en la cuenta de que se ha presentado la Navidad.Te lo ha avisado Bing Crosby, al que por cierto, también le das gracias por haberla cantado con esa clase de crooner de terciopelo. Aunque sigas esperando inútilmente que alguna de las tuyas también sean Navidades Blancas, y puedas sentir el deslizarse de tu trineo sobre la nieve. Y lo recuerda luego  Harry Belafonte con otro de tus villancicos favoritos que te descubrió hace años aquel  gran Angel Álvarez en la SER.Dedicaba este la tarde de la Nochebuena a repasar los villancicos clásicos, y entre ellos el  del cantante negro, que te encandiló porque decía tan bien el inglés que lo entendías y todo. Qué bonito te parece ahora haber sido tan simple como para que te emocionasen esas cosas. Qué agradable sentirse tan libre que ni te asusta parecer un cursi..

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Y recuerdas que tienes que poner el belén. El nacimiento, como decían en la casa de tus padres, y luego en la tuya y la de tu familia. Ahora sólo cuentas como base con un velador redondo, apenas cuarenta centímetros de diámetro. Has descabalgado a los Reyes porque no te caben los camellos, has prescindido de lavanderas, labradores, pescadores, aguadores, castañeras, hilanderas, de Herodes y su soldado, de pandereteros y tañedores de zambomba, adoradores diversos, burros, vacas, cerdos, gallinas, pavos y  de todos los figurantes tradicionales de los nacimientos populares. Pero haces caso omiso del Papa y, pese al minimalismo obligado,  ni licencias a la mula y el buey ni colocas a los Magos viniendo de Andalucía, sino de Oriente, como te contaron de chico. 

 

Por cierto, ¿le habrá dado a Benedicto XVI  un ataque de zapateritis? Con la de reformas que necesitaría la doctrina de  la Iglesia y ahora se entretiene en retocar lo irrelevante. Quizás para descolocar a los que no sabéis si tenéis fe, pero sí al menos ilusión por la Navidad.

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Y tú reconoces que eres de esos. Llegaban estas fechas, sonaban los villancicos, te contaban historias hermosas de ángeles que anunciaban, pastores pasmados al rescoldo de la buena nueva, Mesías empañolado entre pajas, estrella viajeras, Magos  de oriente y la larga coletilla de cuentos de Dickens o de cerilleras de Andersen que seguían al rebufo de la mágica fecha y creías empezar a entender que era parte de tu otro yo, que había otra vida además de tu casa, tu familia,  cama, tu pupitre, tu sacapuntas, tu pelota de goma y tu cara de niño de posguerra peinado con brillantina. La Navidad era el primer gran misterio de eso que no entendías y llamaban espiritual, el Dios que se hace hombre, la redención. La esperanza

-¿Será de verdad todo eso? -te preguntas aún.

Da igual, diciembre se pone húmedo, mimoso y evocador. Así que vuelves a escuchar música de Navidad y sacas del altillo del armario la caja donde duerme tu espíritu navideño el resto del año para montar tu nacimiento.

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Ahora es tan pequeño, tan humilde, que se queda exactamente en un belén. La expresión un belén tomó  una deriva festiva y populachera, pero el nombre de Belén es uno de los más hermosos que puede llevar una mujer. Lo dices y sugiere paz, elegancia, serenidad, dignidad y dulzura envuelta en un sonido que es un poema de sólo dos sílabas: Be lén.

Curiosamente, no has conocido nunca una Belén vulgar, y todas ellas han dejado alguna huella en ti. Pero hoy tu recuerdo va por aquella chiquilla de dieciocho años menuda morenita, tímida, ojos oscuros, labios grueso de mulatita y un encanto especial en sus movimientos. Fue una de las `primeras chicas con la que saliste, y con los años acabaría siendo tu cuñada: la más sensible, la más fina e intuitiva, la más graciosa sin pretender serlo y la que más abnegada y generosamente ha demostrado lo que es el amor humano.

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Por eso hoy tu belén, el que miras arrobado, es también tu Belén. Acabas coincidir con ella en el mismo hospital donde tú empezabas a luchar contra tu cáncer mientras dos habitaciones más allá su marido Gonzalo, que peleó lo que pudo, cayó abatido porel suyo. Y te llega el dolor de Belén, su entereza y su sonrisa aún en la adversidad, tal que un mensaje transido de lo que nos debería dejar a todos la Navidad, que es la capacidad de renacer en la esperanza.

-Feliz Navidad, cuñadita-le dices a pesar de todo.

Pusiste en tu belén una pequeña luz zenital que ilumina al Niño. Y así, mirado de cerca, la ilusión produce su efecto. A su alrededor, por entre los bufidos de la mula y el buey y las pajas del pesebre, sientes que el misterio funciona. Gonzalo permanece vivo en el recuerdo de todos porque, entre otras cosas, le mantiene vivo el amor y la delicadeza Belén, que es el nombre de un portal para la eternidad.

¡Aleluya!

Y a pesar de todo, conseguiste cantar EL MESÏAS ajustándote el corsé...

Y a pesar de todo, conseguiste cantar EL MESÏAS ajustándote el corsé…

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Clavadito. Te acostaste aquella anoche después de haber cumplido tus deberes musicales encorsetado –qué guasa, cantar con más de cuatrocientos colegas El Mesías de Haendel  aprisionado por un corsé-  te acomodaste en postura semifetal, como  dormías cuando eras chaval, y apagaste la luz a la 1 de la madrugada. Así quedaste, igual que uno de esos niños Jesús del Barroco que duermen de medio lado en tantas tiendas de antigüedades hasta que dieron la 6,45 y poco después escuchaste el saludo de Carlos Herrera.

-Me alegro, buenos días.

 Y a continuación el goteo de vinagre sobre las heridas colectivas que nos ha abierto esta  crisis que parece el quinto jinete del Apocalipsis. Nuevos datos terroríficos de la caja de la Seguridad Social, que está lo que se dice canina. Nuevas estrellas en el amplio catálogo de ilustres de políticos y empresarios chorizos y corruptos. Evasión de 50 millones de euros del que fue baranda de los grandes empresarios, qué alegría, Virgen María. Más ajustes reclamado desde Bruselas. Nueva bronca con los catalanes a cuenta de otro borrador de ley sobre la enseñanza de la lengua, más despidos en IBERIA, huelga en la sanidad pública de Madrid, comedores sociales abarrotados, dependientes abandonados por lo que fue el estado del bienestar…¿Y por qué se alegra Carlos Herrera?

 Recuerdas además que estás tocado, cosa que olvidas mientras duermes. Eppur se ridi, diría estupefacto si te viera Galileo. Te ríes porque, a pesar de la crisis/Apocalipsis amaneces, que no es poco, y como cantaba Serrat, hoy puede ser un gran día.

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Te pones en plan  filosófico estupendo y reflexionas. Así las cosas, y siendo uno más entre más de siete mil millones …¿puedes hacer de tu blog un altavoz de tu ego? ¿Te has creído el ombligo del mundo? ¿Te ha entrado el síndrome del escritor de libros de autoayuda ante los marrones de la vida? ¿Le sirven a  alguien tus lucubraciones? ¿Buscas la notoriedad por la enfermedad?…Piensas que tu blog no era ya más que para cuatro incondicionales, no eres Belén Esteban, ni Savaterni Arcadi Espada, ni Gerard Piqué, por hablar de nombres de distinto calibre que comunican y agitan al personal. Da igual. Un día te partiste de risa con Shirley Valentine, una marujona de Manchester desencantada que hablaba con el microondas para aliviar la sacrificada soledad del ama de casa.  Como aquella Doña María en la que te desdoblaste para rajar y rajar, de lo que fuera de lo humano y lo divino. Pues eso, entiéndelo así. Te has despojado de ese aire distante que te da veces  tu mirada ausente y tu cabellera blanca y alborotada, más propia de un primo de Woody Allen  o de un de un profesor emérito algo raro,  y te has rebozado de humana vulgaridad.

 Y reconoces  que, como a tantos, te gusta contar tu visión de la vida, abrir la alcancía de recuerdos y sentimientos y sentirte reconfortado con el masaje  afectivo de otros que creías lejos de ti. Vivimos la otoñada ideal para las setas. Velay, las amistades también han rebrotado por todas partes como champiñones, boletus, níscalos y trompetillas. Pasea tu ánimo por un bosque encantado, más aún al ver el amanecer  de rubí entreverado de nubarrones oscuros  desde tu ventana a saliente. Es el mismo cielo de Lo que el viento se llevó, en horario matinal. Te dan ganas entonces de ponerte brazos en jarras en plan Escarlata y parafrasearla.

-¡A Dios pongo por testigo de que  nunca más volveré a quejarme ni a cabrearme  por naderías!

 Tu sentido del ridículo no llega  a tanto. Te limitas a abrir la ventana y a tirar una foto con el móvil por si eres capaz de subirla para ilustrar este post. No será Lo que el viento se llevó, sino lo que te trajo el viento de tu dichosa neoplasia: una oportunidad de disfrutar de la vida  de otra manera.

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Pierre Bauer, un francés, alsaciano, que fue destinado a España por su compañía y vive aquí con su familia desde hace treinta años, compañero de coro en el Via Magna cuando cantabas ahí.  Te sentabas a su lado en los ensayos, por ser el más próximo a ti en edad entre un plantel de jóvenes voces y porque os unían afinidades electivas. Se pueden forjar amistades en lo que dura un ensayo y los prolegómenos de un concierto, que eran vuestras juergas comunes. Educadísimo, culto, de fino humor, gran conversador. Pierre, casi diez años más abuelo que tú, es alto, delgado, de planta noble, barba y bigote, como un retrato de caballero antiguo. Se lo imagina uno con el quepis coronando su testa y podría ser un héroe de la batalla del Somme en el momento de recibir  la Legión de Honor. No sólo te da ánimos, te dice que Chantal, su  mujer es asidua de tu blog, y aún ha reclutado a varios compatriotas para le que echen un vistazo de vez en cuando. Alaba tu aplomo y tu guiño a la vida cuando el destino te amenaza, y te arenga recomendando que afrontes la batalla que te espera d´un pas gaillard, et la fleur au fusil.

Chapeau, mon ami.

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Perico, sobrino nieto guapete y simpático con cara de travieso de película americana de los años 50. Está el muchacho hecho polvo, porque un desalmado le ha robado la bicicleta, y a esa edad la bicicleta importa mucho más que un tío abuelo que ni siquiera te ha llevado nunca al circo. Pero él no sólo no te cuenta  su problema, sino que pide que te pongas bueno y además desea que el Atleti gane el  Madrid para que te consueles. Tu equipo vuelve a perder el derby, pero él volverá a tener bicicleta, y quizás tú también tu salud. 

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José Pedro, probablemente el amigo de vida más sana que has tenido nunca. Ni una copa, ni un cigarro, ni un solo exceso en sus costumbres, tan correctas como cabe exigir a un embajador. Con él corrías por el campo, y un 31 de diciembre  compartiste una San Silvestre Vallecana, recuerdo que une mucho.Pero la vida te da sorpresas, y al poco le aparece un cáncer agresivo de pulmón de no fumador. Tú no hiciste más que llamarle de vez en cuando, el clásico cómo vamos, el polivalente ánimo, volveremos a correr juntos. Él, hombre serio y de fe, creía que cada llamada era quimioterapia mágica, de las que no duelen, pero sanan. Tres años despuéses un hombre nuevo, sigue en el tajo, viaja por todo el mundo, ha vuelto a los largos paseos y a trotar en el gimnasio. Últimamente te manda mensajes desde La Indiay desde Namibia. Aún quedan tramos  para volver a correr juntos.

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Ruben Vidal, un joven pintor de Alcañiz, te conoció un día que apareciste por su pueblo para hacer un programa allí con tus compañeros de RNE. Te sorprendió entonces por su sensibilidad y refinamiento,que reparte entre los lienzos y los pentagramas, pues también es un amante de la música y canta en coros. Rubén se fue a Berlín con una beca y reside allí con Vera. Impresionado por tus comentarios sobre los cuadros de los hospitales, dice que te mandará un boceto suyo para cambiarte el horizonte. Esto pinta maravillosamente. 

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Aquel paraíso en el Valle del Tiétar que compró uno de tus bisabuelos fue el territorio donde te enseñaron a amar la naturaleza. Tu gran maestro de campo fue el tío Jacinto, el guarda, que de no estar estado plantado allí como una de las encinas, hubiera paseado por cualquier libro de Delibes, tanta sabiduría y finura de lenguaje rural como destilaba entre la pana y la boina. Cuando el tío Jacinto  se jubiló heredó la guardería su hijo Cheles, algo mayor que tú, que  de niño arrancaba la corcha de los alcornoques y en ella esculpía con su navaja unos toros preciosos que te regalaba para que jugases con ellos. Era el tiempo en que se inventaban los juguetes. Apareció por allí el arquitecto José Luis Fernández del Amo, amigo de tu padre, y quedó fascinado por los toritos de corcho. 

-Te cambio uno por otro de cartón piedra- propuso. 

E hicisteis el trueque 

Con el tío Jacinto y Cheles aprendiste que las lluvias de otoño ponen  a la tierra amorosa, que la cogujada anidaba en el suelo o  al borde del acirate y el abejaruco en los agujeros de los barrancos, que un bledo colgado de la oreja espanta los mosquitos y que el sapo que cruza el camino barrunta agua. Te enseñaron a distinguir un lentisco de un romero, y el romero del brezo, y este del cantueso, y este otro del tomillo salsero. También con el viento solano, agua en la mano, aunque luego matizaban. 

-En invierno, pero no en verano. 

Cuando hace treinta años la finca cambió de manos Monti, la hija de Cheles, era una chiquilla juncal, morena, muy viva y asilvestrada.  Creció, se casó, tuvo hijos, vive en Madrid, pero hace mucho tiempo que no la ves. Ni siquiera te explicas que pueda seguirte por este dédalo disparatado que es tu blog, pero asoma por él para decirte que reza por tu salud a la Virgen de Chilla, que es la que tenemos más cerca. Qué adorable. Piensas razonablemente que con la que cruje a España tendrá la Señora milagros más importantes en qué ocuparse, y además examinas tu fe y ves tierra casi baldía en barbecho permanente. Pero recuerdas al tío Jacinto y a Cheles, y acabas confiando en la oración de Monti. En este otoño hasta un erial puede ponerse amoroso y hacer que fructifique la esperanza. 

8

Miras atrás y te quedas pasmado. Cual si fueran los ratoncillos de un flautista de Hamelin, resulta que ahora te siguen voces amigas escondidas en el pasado que salen de su discreto escondite para darte ánimos, para abrazarte, para cargarte las pilas. Parientes mas o menos cercanos, amigos y amigas de la infancia, del colegio, de la universidad, de  los guateques, de tu antiguo oficio publicitario, de tu pasar por la radio, de tu vida musical, de tus escritos en MARCA, de tus ráfagas de senderista, y hasta de la zona más convencional de tu biografía se revuelven contra el destino, y te ponen paños calientes. Muchos con argumentos sólidos. Manolo H.H., que apenas se inmutó cuando antes de entrar de entrar en antena le confesaste tu mal, te dice luego con una sonrisa que a sus cuarenta y tres años y con tres hijos los médicos sólo le daban tres meses de vida por un cáncer de colon avanzado. 

-Me operaron, me radiaron, me dieron quimio, me hicieron de todo- te cuenta como quien pasó unas paperas- Yo entretanto seguí haciendo las madrugadas de RNE, para que se me notara menos la angustia. Y aquí estamos. No hay que bajar los brazos, amigo…< 

Tu primo J.M. Pazos, desde Bilbao, te recuerda algo parecido. Pasó el mismo calvario hace veinte años, cuando aún se sufría el cáncer de tapadillo, como si la palabra propalara el mal fario. Ahora este arquitecto tranquilo, tanta infancia juntos en el campo, vive su retiro feliz entre Las Arenas y Altea, donde le gusta navegar.Está joven, terso, casi con la misma cara de niño empollón de entonces, cargado de hijos y nietos. Hizo una buena maniobra, desbordó su tumor y su pesadilla y esta se perdió por popa para siempre. Sursum corda. 

9 

Recuerdas entonces que convives con muchos otros que llevan años lidiando toros tan peligrosos como el tuyo y ahí siguen, tan campantes. 

Y lees mensajes y correos o escuchas SMS de lo más variados. Tus sobrinas asturianinas, Cecicilia. Elenita y Dani, otros sobrinos que se han establecido en Shanghay, Lola y Fred, desde el Canigó, Chumby 2 desde Compostela, Amado, el camarero del bar de la Universidad Carlos III donde  es profesora tu magnífica hija Isabel, dos Cristinas, Itziar, Rosi y Silvia que vuelven desde la época dorada de los guateques, como si aún se escuchara al fondo canciones de Adamo o del Dúo Dinámico. Resistiré- sobre todo esa- Resistiré. Julián 29,  el sabio Angelus P, Zoupon, Franciska, May, Charivari, Atticus 444, Cerdido, José Ramón, tu prima Ana, Joselepapos,  Violette, el Marqués de Betanzos, Julio…Adela Fornés te regala además filosofía práctica  invocando un pensamiento que Lezama Lima asimiló de los holandeses.< 

No puede impedirse el viento -dice el poeta cubano-, pero pueden construirse molinos. Molinos que, como los de Don Quijote,  exorcicen la locura e igualmente la convoquen. Pues es hermosa y fértil locura la de intentar transformarnos. Molinos que extraigan agua cristalina de la tierra cansada. Para que la hierbita verde pueda seguir pujando entre las piedras frías dando nuevo sentido a ésta, nuestra aturdida vida cotidiana (más o menos sic). 

Es fantástico. El flautista de Tumorín, transportado en loor de seguidores, te ayudará a construir molinos para que estos, con sus aspas,  irriguen y fertilicen tu alma y se disipen definitivamente las nubes negras. Qué suerte, ¿no? 

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Reconoces entretanto que tenías hasta hace poco la cabeza a pájaros, y que el toque de atención te ha obligado a serenarte y a ordenar al menos lo esencial. Una mano benéfica te ha regalado un pastillero, lo que te obliga  a sentarte, abrir unas cajitas de plástico que marcan días y horas e introducir en ellas las pastillitas correspondientes para completar tu semana de farmacopea. Entre la medicación debe de haber algún fármaco euforizante, porque tú deberías estar echo un asquito, como un geranio lacio o un perro apaleado. Pero, muy al contrario, desde que  te dieron la mala nueva te sientes impulsado a hablar, a comunicar, a enredar, a multiplicar tus `presencias, a dar fe de vida. En cierto sentido, has perdido el sentido del pudor. 

Lo que propicia que, cuando Carlos Herrera pide desde Almería llamadas de oyentes que hubieran `participado en rodajes de las grandes películas que tuvieron como escenario la provincia, tú te precipites al teléfono y cuentes sin el menor recato cómo un día de invierno de 1968 en el que hacías tus prácticas como Sargento de Complemento  en Infantería Mecanizada te largaste en compañía del sargento Quintín a conocer Almería  y, de paso, a ganar otra vez la batalla del Alamein para acabar desembarcando con las tropas del general Patton en Palermo. No hay que ser humildes ante grandes divos como el Herrera. Él habrá ganado muchos premios, Quintín y tú conquistasteis un Oscar de Hollywood. En él sólo erais dos cabecitas que asomaban por la escotilla de la torreta de los carros con una gallardía probada, pero ahí quedaba vuestra huella en la historia del cine. 

11

Antes de ese momento glorioso, y mientras los carros viajaban por tren desde Madrid, tú le recogiste al sargento Quintín en tu 600 Descapotable y pusiste rumbo a Almería, que entonces parecía lejanísima. Quintín tenía que reservar alojamientos para los oficiales y suboficiales que venían por detrás, tú ibas de figurante, a cumplir tu mili en una guerra como la de Gila. Como tu compañero sabía que el viaje e era larguísimo y que no era cosa de gastar tiempo ni dinero en paradas de avituallamiento, incluyó  en su equipaje una gran cazuela de conejo guisado que le había preparado su señora. Comisteis conejo, merendasteis conejo, cenasteis conejo. Y cuando, a la mañana siguiente de llegar a Almería a las 3 de la madrugada y de despertar en una modesta pensión de 30 pesetas la habitación fuisteis a desayunar, aún te ofreció conejo de desayuno. Austeridad castrense y optimización de recursos se llama eso, aunque tú preferías un café con leche y una tostada. 

Durante aquel viaje el sargento Quintín, como es lógico, te habló de su familia. Y de ella se te quedó sobre todo el nombre de una de las hijas que te hizo especial gracia: Petra Mari. Aún no te habías asomado a la radio, pero casi veinte años después, cuando nace en ti Doña María y te inventas una familia para ella, adoptas ese mismo nombre para la tercera de sus hijas. La auténtica Petra Mari, la hija del sargento Quintín te ha confesado estos días que se lo imaginaba. Después de decirte en un e-mail impagable que su padre, hoy comandante jubilado, se había emocionado con tu recuerdo al escuchar su nombre, te cuenta que te seguía desde que estabas en la SER, y que siempre se había preguntado si la Petra Mari radiofónica nació durante el rodaje de Patton. 

Hoy soy médico de familia en La Paz de Madrid, y mi hermana Emilia celadora en el mismo centro –vienen a decirte- Ambas estamos familiarizadas con tu enfermedad, con el dolor y con la importancia de mantener tu actitud positiva. Aquí estamos, para lo que necesites, para lo que nos pidas y para demostrarte la calidad de la sanidad pública. Y aunque la cazuela de conejo siga siendo tradición familiar, también podemos invitarte a un arroz con bogavante, que nos sale divinamente. 

Recuerdos de la mili, de un largo viaje, de una guerra de pacotilla, de un sargento al que no has vuelto a ver, de tu vida en la radio, de unas mujeres encantadoras a las que no conoces y de una cazuela de conejo. Este guiso de la vida desparrama un aroma de ternura que te hace sonreir  y, de hurtadillas, aflojar alguna lágrima. Parece casi otra de las maravillosas Historias de la Radio de Sáenz de Heredia. 

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Más aún. Como los designios del Señor son inescrutables y además la radio obra extraños milagros, reaparece en tu vida Fray Vicente Ferrer de Alayrach, fraile de de la trapa de San Isidro de de Dueñas en Palencia. Sólo dos flaqueza humanas distraían hace veinte años a este hombre de Dios de sus deberes espirituales: el Athletic de Bilbao, su eqipo de fútbol favorito,y las imitaciones de La verbena de la Moncloa, que seguía apasionadamente a través de su transistor no se si en vísperas, en tercias o en la repetición de maitines. Poco le importaba al buen fraile que, además de chuflas y remedos de los políticos y otros personajillos, por allí aparecieran la irreverencia y la gamberrada, y que los papas y el padre Bonete que incluías en tu repertorio distaran del respeto a la ortodoxia católica presumibles en un trapense de regla severa y tarlatana de lija. Fray Vicente te había idealizado, consideraba que Dios había obrado en ti maravillas, y que lo que hacías junto a ese sublime artista y gran imitador que es también D. Javier Capitán era poco menos que caridad cristiana, pues si, tal que afirma San Teresa, también entre pucheros anda Dios, cómo no va a andar con los que cocinan la risa. 

Esta doctrina suya se trufaba en larguísimas cartas con citas de San Agustín, de San Juan de la Cruz, de San Pablo y de todas las Escrituras habidas y por haber, con  la propina de oraciones por ti, tu familia al completo y hasta el envío en ocasiones de los deliciosos bombones de la Trapa que tanta fama hicieron. Tal era el entusiasmo de Fray Vicente por tus coñas radiofónicas que, casi cinco años después de haberte esfumado de la antena, e ignorante de que además bromista eras notoriamente impío, aún te llegó una carta con una petición insólita. Iba a celebrar los cincuenta años de su ordenación como trapense y su sueño era que después de la santa misa de acción de gracias y del almuerzo con sus familares y amigos más íntimos…pudiérais Javier Capitán y tú dedicarle una sobremesa de chascarrillos e imitaciones. 

 ¡Oh maravilla!… La verbena de la Moncloa sería por un día, previo nihil obstat del señor Obispo y el visto bueno del Padre Prior, La verbena de la Abadía.  

13

Te quedas pasmado, no te puedes imaginar la escena ni en una película de Berlanga, tú  en el refectorio,  después del almuerzo, dedicando a Fray Vicente un discurso del Rey, cantando Litlle flag como Esmeralda Clamores, predicando como el pade Bonete, o bendiciendo lo postres como Benedicto XVI. Y todo ante la miraa atónita del obispo, del prior y del propio Fray Vicente, que entonces descubrirá el tinglado de la farsa y no sabrá si darte las gracias por el regalo o preparar en el claustro mismo del convento un auto de fe para inmolarte en él, por hereje e iconoclasta. Te lo imaginas, te sonríes te carcajeas…Es la magia de la radio, el ilusionismo de sus voces y sonidos convertido en surrealismo. Pero el reto te divierte y te apetece. Así que le escribes a vuelta de correo –el e-mail aún no ha entrado en la abadía- y te comprometes. 

-Si puedo, no faltaré- le dices. 

Si puedes. 

14

…Porque aunque la celebración será por Pentecostés te han llegado malas noticias, y puede que entonces no estés para fiestas. Así que le escribes apresuradamente para que no se forje vanas ilusiones, le cuentas que tienes un tumor, y que aunque lo llevas con humor no sabes si te responderán los títeres. Eso sí: le pides por favor que en lugar responder a la presente por carta, tenga la bondad de  acusar recibo y darse por enterado utilizando ese invento llamado el teléfono, para lo cual le facilitas tu número del móvil y también del fijo, por si San Isidoro de Dueñas tiene tarifa plana, que en todo hay que pensar. 

15

Te llama Fray Vicente en la sobremesa. Tú acabas de almorzar en casa de tu hermano Pablo, y atiendes la llamada delante de tu cuñada Marliesse y de tu sobrino Daniel. Fray Vicente te saluda con la voz temblorosa, lanza un torrente de jaculatorias y latinajos, se lamenta de tu enfermedad, asegura que tiene a todo el convento rezando por tu sanación y está convencido de que Dios no sólo te salvará, sino que hará posible que amenices sus bodas de oro con la Trapa, pues no faltaría más. Alejado seguramente en el convento de lo que es la moderna psicología, intenta el buen hombre ayudarte recordando que eso tuyo le pasa a cualquiera, que dos hermanas suyas a las que quería muchísimo murieron las pobrecitas de cáncer, pero que una prima llamada Justina a la que casi quería tanto como a sus hermanas vivió varios años, aunque al final también murió, no se sabe si antes o después de hacer imitaciones en un festejo. 

-Como nos pasará a todos, Don Luis-razona con toda lógica- Porque todos hemos de morir en Cristo. 

Pero su misericordioso afán de visitar al enfermo, consolar al triste y, en definitiva, hacer caridad cristiana no puede reprimir su humana curiosidad como oyente de la radio. Está hablando con un duende que, junto con Capitán y Julio César Iglesias le ha estado engatusando durante años, y ahora quiere saber detalles que le intrigan. 

-Por ejemplo –añade-, y perdone que me aparte del tema…Yo me reía muchísimo cuando don José Bono, que es tan buen cristiano y entonces era presidente de Castilla la Mancha, prometía que el AVE a Ciudad Real pasaría por donde el pueblo se lo pidiera, ¿verdad?…Y entonces había una paisana que criaba cerdos y se llamaba Belarmina que aparecía siempre para pedirle que el AVE se detuviera junto a su granja, para así poder cargar los cerdos en el tren y llegar antes a la feria… 

-Caramba, qué memoria la suya, Fray Vicente… 

-Sí, sí, pero me queda una duda…¿Usted hacía de Bono o de Belarmina?… 

Fray Vicente Ferrer de Alayrach tiene medio siglo de vida conventual a sus espaldas, y debe rondar los ochenta, pero en el fondo es como un niño. 

13

Aún queda la traca final. Cuenta Fray Vicente que junto a él, escuchando la conversación telefónica,  está el hermano Jesús, que ingresó en la trapa en 1949, y que recibió a Franco con ondear de banderas cuando el entonces Generalísimo visitó la abadía de la que inauguraba algún pantano por la zona. 

-Porque era usted  el que imitaba al Caudillo, ¿verdad?- inquiere Fray Vicente para no columpiarse otra vez. 

-Sí, el Caudillo, como usted dice, era de mi negociado… 

-Ay, Don Luis, pues perdone que se lo pida….¡Pero le haría tanta ilusión al hermano Jesús que lo imitase!… 

Le dices que se ponga al teléfono el hermano Jesús ybte lo pasa. Le saludas, impostas la voz hasta aflautarla lo suficiente, ceceas las eses y con el perfeto acento gallego y el tato que caraterizaba al Invito inicias tu discurso. 

Trapencez todoz…Permitdime que me entrometa en la intimidad de vuestra abadía para zaludaroz dezde la dieztra de Dioz Padtre todopoderozo y agradecer la adhesión inquebrantable del Hemano Jesús, fiel exponente de laz virtudes criztianaz y paytrióticaz que han engrandecido a nueztra glorioza patria…Hermano Jezúz…¡Uno! Hermano Jezuz ¡Grande!…Hermano Jezúz ¡Libre!…¡Arriba Ezpaña! 

Por el teléfono se adivina entonces que el ancianísimo hermano Jesús se está emocionando, y grita enfervorizado. 

-¡Eso, eso!…Sí, viva Franco…Porque él acabó con la masonería, y con el comunismo, y con todos los males de España… 

No escuchas más, estás valorando lo pintoresco de la situación e imaginando que  Berlanga está ahí, contigo,  rodando una secuencia que luego aparecerá partida en dos cuadros. En de la izquierda un par de frailes viejecitos escuchando el teléfono a punto de levitar. En el de la derecha tú embutido en un corsé ortopédico imitando a Franco mientras a tu alrededor tus hermanos te miran ojipláticos. No escuchas más porque en realidad te estás descojonando de risa, y comprobando los insólitos efectos hilarantes que a veces puede producir una neoplasia. 

14

Acabarás tu primera semana fuera del hospital otra vez en la cama de tu casa, recostado como el Niño Jesús del Barroco para descansar mejor. Irás remansando la euforia, porque te han rebajado la dosis de Cortisona, y una vez encajadas las piezas en el nuevo puzzle de tu vida debes regresar a la normalidad y, como dice el Rey, entrar en talleres. Llegarás a esta hora fatigado, a veces asustado, pero al cabo más que satisfecho de la respuesta de tu familia, de la reacción de tus amigos y conocidos, de lo que tus ojos han visto y tu corazón ha procesado. Lo más hermoso ha sido volver al campo y comer con los tuyos en el jardín, al sol de diciembre, mientras el otoño del Valle del Tiétar, con Guadalupe a lo lejos, se ofrecía en todo su esplendor y las nietas correteaban a tu alrededor. Parecía que la vida no puede tener límites. 

Pero más emocionante aún ha sido cumplir tu ilusión de cantar, este año con más razón que nunca, El Mesías de Haendel…con el corsé, porque era un reto personal.  Camino del Auditorio te detuviste para ver a Marina, tu nieta mayor, que estaba malita. Y ante ella, acompañado por wl profesor Rod Mac Crowry, amigo de la casa con el que hiciste senderismo en Escocia y tenor aficionado, ensayasteis por última vez el Aleluya, que la niña, asombrada y feliz,  tarareaba a su manera. 

-¿Y quién era tu abuelo? –puede que le pregunten algún día. 

Y ojalá conteste. 

-Pues un señor que se puso malo por Navidad y pesar de todo cantaba el Aleluya tan contento.

Meditaciones desde un hospital

El otoño te ha enseñado su tarjeta amarilla. Es un aviso, pero también puede ser una oportunidad...

El otoño te ha enseñado su tarjeta amarilla. Es un aviso, pero también puede ser una oportunidad…

1
Nunca es oportuna una enfermedad como el cáncer, pero algunas circunstancias la pueden hacer menos indeseable. Por ejemplo, la edad en la que te visita, A tus sesenta y muchos años, y dando por hecho que va a minar tu alma de rabo de lagartija, tienes que celebrar que nadie dependa de ti para su supervivencia. Los deberes, más o menos hechos. El corolario de los mensajes y correos que te están mandando estos días es elocuente: cuídate, muchacho, ocúpate de lo tuyo, que es bastante gordo, pero puede ser dominable. Haz lo que te exijan tus sueños y te permita el cuerpo, sin que te importe un comino el qué dirán

Y no seas bobo: déjate querer.

2

Otro ejemplo: la época del año en que ha asomado el lobo.

En pleno otoño, un otoño que además cumple lo que esperábamos de él, y a menos de un mes del invierno. Si todas las noches de hospital se hacen largas, estas que prolongan la oscuridad hasta las 8 de la mañana dan más tiempo para pensar antes de que te traigan a la habitación ese tibio café con leche con el imposible croissant que distingue a los desayunos de hospitales, cantinas de estaciones y bares de aeropuerto de nuestro país. ¿A qué maestro fallero le encargan la bollería fina estos establecimientos? ¿Cómo es posible que, siendo vecinos de Francia aún muchos de nuestros hornos y reposteros maltraten de esta forma al hojaldre?

No es el croissant lo primero que merece tu meditación, pero se la lleva. Qué le vas a hacer, saltas de la muerte al desayuno, o de la categoría a la chorrada. Más o menos, como has hecho toda tu vida. Esta vez quizás tenías algo de razón. Después de casi un día de ayuno porque lo exigía la enésima prueba radiológica, tenías hambre. Buena señal.

3
La habitación donde ahora duerme tu sentido del humor, o del tumor, es, suficiente, luminosa y fiel al estilismo del negocio. En España, no se sabe por qué, la tipografía de las escrituras de los notarios y los rótulos de los asadores castellanos es de letra gótica, como si eso diera más credibilidad al testamento o al lechazo que sirven unos y otros. Las clínicas en cambio suelen decorar su asepsia con la cursilería, con la abstracción más insustancial o con fotos exóticas de nenúfares y de helechos de Java. Deben de pensar los gerentes que se sana más rápido cuanto más irrelevantes vistan sus paredes.

Tú has tenido suerte. Frente a la cama han colocado uno de esos cuadros costumbristas tipo el maestro Palmero, que si no pintó doscientos lienzos del París decimonónico bajo la lluvia, con sus carruajes, sus elegantes damas y sus caballeros de paraguas y chistera no pintó ninguno. La idea es magnífica. El cuadro es tan malo y tan horroroso que sientes la necesidad de dejar de mirarlo cuanto antes. Y buscas el gran ventanal de la izquierda, por donde entra la luz de otoño a raudales.

4
Afortunadamente tu habitación da a uno de esos parques que van poblando las nuevas zonas de Madrid. No pertenece a la clínica, sino a una Residencia de la Tercera Edad colindante con el hospital. Se ve que esta es una zona delicada. Los árboles son los típicos caducifolios de crecimiento rápido: chopos, olmos de Siberia, acacias y unos cuantos pinos y cipreses del Himalaya. No forman un boscaje de gran categoría, pero la luz del atardecer y las hojas amarillas obran el milagro. De repente te escapas por ese pequeño paisaje de verdad, respiras el aire puro que echabas de menos en tus pulmones y oxigenas los pensamientos que te rondan desde que conociste el diagnóstico de tu enfermedad. Las ráfagas de viento podían haberlas barrido ya, pero algunas hojas aún resisten en las ramas. Y entonces, al aviso del amarillo otoñal, qué vulgaridad, te acuerdas de la famosa tarjeta de ese color que enseñan los árbitros a los futbolistas tramposos para advertirles de que a la próxima te expulsarán del terreno de juego

Y te imaginas aterrado que el señor Destino, árbitro del encuentro, te puede sacar la roja precisamente a ti.

5
Pasas la noche insomne, yendo del de la ira al pasotismo, y de este a la resignación, y por momentos casi hasta a un extraño sentimiento de total libertad y plena felicidad, porque ya sabrás separar el grano de la paja, lo que de verdad importa y lo que es residual en la vida. Te dará pena, porque si la cosa va mal a nadie le gusta morirse con tantas faenas por rematar, pero luego te alivia la propia euforia, porque los testimonios de cariño y de ánimo inundan tu teléfono y tu correo electrónico. Y además estás rodeado de personas que han ganado su batalla, que han domesticado al cáncer y que conviven con su tumor como si fuera un mechón de canas. No duermes, no. Y vas cribando la noche alternando la música de Bach con tu lectura para ver si tientas al sueño, pero nada te duerme, y pruebas a quedarte mirando la luz roja del detector de incendios que hay en el techo y entonces piensas en la roja, lo que no te dejará hacer la tarjeta roja.

Y aparte de elaborar una larga lista de lacrimógenas gracias a la vida que te ha dado tanto, como cantaba Mercedes Sosa, recuerdas a esos cariños pequeñitos que menos tiempo habrán tenido para conocerte, que son tus nietas. ¿Cuánto tiempo dura un abuelo? ¿Por qué se le acaba recordando?.

6
Tú recuerdas a tu abuelo Pablo fumando en pipa y leyendo novelas policíacas que le prestaba un librero de viejo al que pagaba una módica cantidad mensual. Pero sobre todo porque un día, en aquellos tiempos en que el cine aún era una fábrica de sueños, te llevó al Príncipe Alfonso y visteis una sesión doble de película del Oeste e historia de boxeo con rubia curvilínea al fondo. La rubia se llamaba Diana Dors, y era entonces lo más provocador y despampanante que se podía ver en un programa tolerado, melena platino con dos prominencias como el Mont- Blanck bajo un sweater ceñido. Cómo se les escapó a los censores aquella maciza en una película para menores, no lo sabes. Sí que sabes que ella te avisó de que eras casi adolescente, y de que su par de tetas empezaba a tirar más que las carretas de la otra película, la de vaqueros. Y a partir de entonces, siempre que en las películas salen rubias despampanantes y pechugonas te acuerda de la original y, de rebote, del abuelo Pablo, que no hubiera dejado igual huella en tu memoria si no te hubiera llevado aquel día al cine.

7
Las nietas son más pequeñas que lo que eras tú entonces y ahora hay más fábricas de sueños para que unas niñas graben en ella la memoria de su abuelo. La más espectacular, la que más mola en Madrid es El Rey León, que al parecer es un gran musical infantil. Aún en lo más severo de la crisis, El Rey León hace llenos diarios, y eso pese a que por lo descabellado de sus precios más que León este rey debería llamarse el rey Cojón, pues a precio de cojón de mico compraste tu el palco para tus nietas, que al fin y al cabo son otras micas. Qué barbaridad, te decías, esto va contra mis principios. Pero te acordaste de tu nueva enfermedad, de la necesidad de no vivir un solo momento más de tu vida en vano, del deseo de que a las niñas les gustaría acordarse e su abuelo por una gran ilusión, de que podía ser el mejor regalo de la ya cercana Navidad y de que un día es un día, y ahora o nunca.

Y como si padecieras el furor consumista de un guiri o un nuevo rico, tiraste de tarjeta de plástico y reservaste tu hueco en la tierna memoria de tus nietecillas a cuenta del Rey León.

8
Ah, pero qué largas se te hacen la noche en el hospital. Y qué mala suerte que el mando a distancia del televisor de tu habitación, en lugar de pasearte por canales convencionales, se haya atascado en un video promocional del hospital que muestra sus instalaciones, su equipamiento de alta tecnología, su magnífico cuerpo de médicos, rematando su presentación con varias filmaciones de sofisticadas pruebas radiológicas, análisis, tacs, pet-tacs, resonancias y otras operaciones delicadísimas sobre órganos y vísceras que no son precisamente plato de gusto para antes de dormir. La vida también te da esta clase de sorpresas. Enciendes la tele para que te adormezca, el mando se rebela, y te condena precisamente a los planos de casquería fina. Y después de llamar a la enfermera y rogarle que desenchufe el trasto, ya te han inoculado un mal rollo para que no puedas conciliar el sueño.

Y vuelves a darte cuenta de donde estás, y por qué estás ahí, y de lo que te puede pasar, y de lo que has vivido, de tus triunfos, de tus fracasos, de tus debes y de tus haberes, de de tus amores, pasiones, decepciones y otros fiascos, de tus debilidades tus incertidumbres y de tus miedos. Te han dicho que te van operar quizás hoy mismo. ¿Y si ni sales de eso? ¿Cómo te vas a evaporar sin antes resolver tus asuntos pendientes?

9
Sobre todo, las cosas que no dijiste. Lo que por prudencia, o por discreción, o por simple dejadez o imprevisión fueron palabras hurtadas a los tuyos, a tus amigos, a tu propia alma. O sea que te desesperas, te obsesiones mirando la luz roja del detector de incendios y casi rompes a llorar. ¿Cómo pudiste ocultarlo? ¿A qué esperabas para decirlo? ¿Qué pasará si te quedas en el quirófano y te llevas los secretos esenciales que no contaste a tiempo?

10
Menos mal que amanece, dejas atrás la angustia de la noche y adviertes que aún tienes fuerzas para enmendar tus fallos. Tomaste nota de la tarjeta amarilla. Así que te levantas, coges papel y boli y, antes de encomendar tu alma a Dios, de decir a los tuyos lo mucho que les has querido y de darles los típicos consejos de buen padre, antes de recordar que en esta carpeta está el testamento, y en esta otra los papeles, y antes de fastidiar a los herederos imponiéndoles cuatro o cinco últimas voluntades pintorescas, lo primero es lo primero. Y entonces, artículo 1, apuntas en letra bien gorda el secreto que más te habría dolido llevarte a la tumba: dónde dejaste guardadas las entradas de El Rey León con las que tus nietas han de vivir su primera gran ilusión gracias a su abuelo.

Porque eso si que hubiera sido grave, caramba, que después de la tarjeta amarilla te sacaran la roja sin haber hecho los deberes fundamentales.


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