Meditaciones desde un hospital

El otoño te ha enseñado su tarjeta amarilla. Es un aviso, pero también puede ser una oportunidad...

El otoño te ha enseñado su tarjeta amarilla. Es un aviso, pero también puede ser una oportunidad…

1
Nunca es oportuna una enfermedad como el cáncer, pero algunas circunstancias la pueden hacer menos indeseable. Por ejemplo, la edad en la que te visita, A tus sesenta y muchos años, y dando por hecho que va a minar tu alma de rabo de lagartija, tienes que celebrar que nadie dependa de ti para su supervivencia. Los deberes, más o menos hechos. El corolario de los mensajes y correos que te están mandando estos días es elocuente: cuídate, muchacho, ocúpate de lo tuyo, que es bastante gordo, pero puede ser dominable. Haz lo que te exijan tus sueños y te permita el cuerpo, sin que te importe un comino el qué dirán

Y no seas bobo: déjate querer.

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Otro ejemplo: la época del año en que ha asomado el lobo.

En pleno otoño, un otoño que además cumple lo que esperábamos de él, y a menos de un mes del invierno. Si todas las noches de hospital se hacen largas, estas que prolongan la oscuridad hasta las 8 de la mañana dan más tiempo para pensar antes de que te traigan a la habitación ese tibio café con leche con el imposible croissant que distingue a los desayunos de hospitales, cantinas de estaciones y bares de aeropuerto de nuestro país. ¿A qué maestro fallero le encargan la bollería fina estos establecimientos? ¿Cómo es posible que, siendo vecinos de Francia aún muchos de nuestros hornos y reposteros maltraten de esta forma al hojaldre?

No es el croissant lo primero que merece tu meditación, pero se la lleva. Qué le vas a hacer, saltas de la muerte al desayuno, o de la categoría a la chorrada. Más o menos, como has hecho toda tu vida. Esta vez quizás tenías algo de razón. Después de casi un día de ayuno porque lo exigía la enésima prueba radiológica, tenías hambre. Buena señal.

3
La habitación donde ahora duerme tu sentido del humor, o del tumor, es, suficiente, luminosa y fiel al estilismo del negocio. En España, no se sabe por qué, la tipografía de las escrituras de los notarios y los rótulos de los asadores castellanos es de letra gótica, como si eso diera más credibilidad al testamento o al lechazo que sirven unos y otros. Las clínicas en cambio suelen decorar su asepsia con la cursilería, con la abstracción más insustancial o con fotos exóticas de nenúfares y de helechos de Java. Deben de pensar los gerentes que se sana más rápido cuanto más irrelevantes vistan sus paredes.

Tú has tenido suerte. Frente a la cama han colocado uno de esos cuadros costumbristas tipo el maestro Palmero, que si no pintó doscientos lienzos del París decimonónico bajo la lluvia, con sus carruajes, sus elegantes damas y sus caballeros de paraguas y chistera no pintó ninguno. La idea es magnífica. El cuadro es tan malo y tan horroroso que sientes la necesidad de dejar de mirarlo cuanto antes. Y buscas el gran ventanal de la izquierda, por donde entra la luz de otoño a raudales.

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Afortunadamente tu habitación da a uno de esos parques que van poblando las nuevas zonas de Madrid. No pertenece a la clínica, sino a una Residencia de la Tercera Edad colindante con el hospital. Se ve que esta es una zona delicada. Los árboles son los típicos caducifolios de crecimiento rápido: chopos, olmos de Siberia, acacias y unos cuantos pinos y cipreses del Himalaya. No forman un boscaje de gran categoría, pero la luz del atardecer y las hojas amarillas obran el milagro. De repente te escapas por ese pequeño paisaje de verdad, respiras el aire puro que echabas de menos en tus pulmones y oxigenas los pensamientos que te rondan desde que conociste el diagnóstico de tu enfermedad. Las ráfagas de viento podían haberlas barrido ya, pero algunas hojas aún resisten en las ramas. Y entonces, al aviso del amarillo otoñal, qué vulgaridad, te acuerdas de la famosa tarjeta de ese color que enseñan los árbitros a los futbolistas tramposos para advertirles de que a la próxima te expulsarán del terreno de juego

Y te imaginas aterrado que el señor Destino, árbitro del encuentro, te puede sacar la roja precisamente a ti.

5
Pasas la noche insomne, yendo del de la ira al pasotismo, y de este a la resignación, y por momentos casi hasta a un extraño sentimiento de total libertad y plena felicidad, porque ya sabrás separar el grano de la paja, lo que de verdad importa y lo que es residual en la vida. Te dará pena, porque si la cosa va mal a nadie le gusta morirse con tantas faenas por rematar, pero luego te alivia la propia euforia, porque los testimonios de cariño y de ánimo inundan tu teléfono y tu correo electrónico. Y además estás rodeado de personas que han ganado su batalla, que han domesticado al cáncer y que conviven con su tumor como si fuera un mechón de canas. No duermes, no. Y vas cribando la noche alternando la música de Bach con tu lectura para ver si tientas al sueño, pero nada te duerme, y pruebas a quedarte mirando la luz roja del detector de incendios que hay en el techo y entonces piensas en la roja, lo que no te dejará hacer la tarjeta roja.

Y aparte de elaborar una larga lista de lacrimógenas gracias a la vida que te ha dado tanto, como cantaba Mercedes Sosa, recuerdas a esos cariños pequeñitos que menos tiempo habrán tenido para conocerte, que son tus nietas. ¿Cuánto tiempo dura un abuelo? ¿Por qué se le acaba recordando?.

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Tú recuerdas a tu abuelo Pablo fumando en pipa y leyendo novelas policíacas que le prestaba un librero de viejo al que pagaba una módica cantidad mensual. Pero sobre todo porque un día, en aquellos tiempos en que el cine aún era una fábrica de sueños, te llevó al Príncipe Alfonso y visteis una sesión doble de película del Oeste e historia de boxeo con rubia curvilínea al fondo. La rubia se llamaba Diana Dors, y era entonces lo más provocador y despampanante que se podía ver en un programa tolerado, melena platino con dos prominencias como el Mont- Blanck bajo un sweater ceñido. Cómo se les escapó a los censores aquella maciza en una película para menores, no lo sabes. Sí que sabes que ella te avisó de que eras casi adolescente, y de que su par de tetas empezaba a tirar más que las carretas de la otra película, la de vaqueros. Y a partir de entonces, siempre que en las películas salen rubias despampanantes y pechugonas te acuerda de la original y, de rebote, del abuelo Pablo, que no hubiera dejado igual huella en tu memoria si no te hubiera llevado aquel día al cine.

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Las nietas son más pequeñas que lo que eras tú entonces y ahora hay más fábricas de sueños para que unas niñas graben en ella la memoria de su abuelo. La más espectacular, la que más mola en Madrid es El Rey León, que al parecer es un gran musical infantil. Aún en lo más severo de la crisis, El Rey León hace llenos diarios, y eso pese a que por lo descabellado de sus precios más que León este rey debería llamarse el rey Cojón, pues a precio de cojón de mico compraste tu el palco para tus nietas, que al fin y al cabo son otras micas. Qué barbaridad, te decías, esto va contra mis principios. Pero te acordaste de tu nueva enfermedad, de la necesidad de no vivir un solo momento más de tu vida en vano, del deseo de que a las niñas les gustaría acordarse e su abuelo por una gran ilusión, de que podía ser el mejor regalo de la ya cercana Navidad y de que un día es un día, y ahora o nunca.

Y como si padecieras el furor consumista de un guiri o un nuevo rico, tiraste de tarjeta de plástico y reservaste tu hueco en la tierna memoria de tus nietecillas a cuenta del Rey León.

8
Ah, pero qué largas se te hacen la noche en el hospital. Y qué mala suerte que el mando a distancia del televisor de tu habitación, en lugar de pasearte por canales convencionales, se haya atascado en un video promocional del hospital que muestra sus instalaciones, su equipamiento de alta tecnología, su magnífico cuerpo de médicos, rematando su presentación con varias filmaciones de sofisticadas pruebas radiológicas, análisis, tacs, pet-tacs, resonancias y otras operaciones delicadísimas sobre órganos y vísceras que no son precisamente plato de gusto para antes de dormir. La vida también te da esta clase de sorpresas. Enciendes la tele para que te adormezca, el mando se rebela, y te condena precisamente a los planos de casquería fina. Y después de llamar a la enfermera y rogarle que desenchufe el trasto, ya te han inoculado un mal rollo para que no puedas conciliar el sueño.

Y vuelves a darte cuenta de donde estás, y por qué estás ahí, y de lo que te puede pasar, y de lo que has vivido, de tus triunfos, de tus fracasos, de tus debes y de tus haberes, de de tus amores, pasiones, decepciones y otros fiascos, de tus debilidades tus incertidumbres y de tus miedos. Te han dicho que te van operar quizás hoy mismo. ¿Y si ni sales de eso? ¿Cómo te vas a evaporar sin antes resolver tus asuntos pendientes?

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Sobre todo, las cosas que no dijiste. Lo que por prudencia, o por discreción, o por simple dejadez o imprevisión fueron palabras hurtadas a los tuyos, a tus amigos, a tu propia alma. O sea que te desesperas, te obsesiones mirando la luz roja del detector de incendios y casi rompes a llorar. ¿Cómo pudiste ocultarlo? ¿A qué esperabas para decirlo? ¿Qué pasará si te quedas en el quirófano y te llevas los secretos esenciales que no contaste a tiempo?

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Menos mal que amanece, dejas atrás la angustia de la noche y adviertes que aún tienes fuerzas para enmendar tus fallos. Tomaste nota de la tarjeta amarilla. Así que te levantas, coges papel y boli y, antes de encomendar tu alma a Dios, de decir a los tuyos lo mucho que les has querido y de darles los típicos consejos de buen padre, antes de recordar que en esta carpeta está el testamento, y en esta otra los papeles, y antes de fastidiar a los herederos imponiéndoles cuatro o cinco últimas voluntades pintorescas, lo primero es lo primero. Y entonces, artículo 1, apuntas en letra bien gorda el secreto que más te habría dolido llevarte a la tumba: dónde dejaste guardadas las entradas de El Rey León con las que tus nietas han de vivir su primera gran ilusión gracias a su abuelo.

Porque eso si que hubiera sido grave, caramba, que después de la tarjeta amarilla te sacaran la roja sin haber hecho los deberes fundamentales.

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26 Responses to “Meditaciones desde un hospital”


  1. 1 Ángela diciembre 1, 2012 en 12:46 pm

    No nos gusta nada que El Duende nos ponga a llorar a primera hora de la mañana, vamos a permirírselo sólo en atención a la cantidad de veces que nos ha puesto a reir. Frente al insomnio, que es tan malo: PASTILLÓN. Beso enorme desde Oviedo.

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  2. 2 periko diciembre 1, 2012 en 2:20 pm

    Pedro

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  3. 3 periko diciembre 1, 2012 en 2:25 pm

    hola Luis, soy pedro, el nieto de Angel y Rosa,
    ya me he enterado de que estas malo :(, te escribo para desearte que te mejores pronto y que te lo pases bomba viendo el partido!!!
    que gane el mejor =) besos de parte de mi madre.

    adios.

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  4. 4 lola diciembre 1, 2012 en 4:05 pm

    Pero bueno, cher lutin, con todo lo que estamos perdiendo, si encima nos quitan tu buen humor, que ya noté la ausencia de doña María el jueves pasado en la radio, vamos apañaos. ¿Acaso no te chouchoutamos bastante?

    Cuando termines de meditar y tengas un ratito, no dejes de leer esto:

    http://www.dolcarevolucio.cat/es/testimonios/cancer/glioma-al-quiasma-optico-tumor-cerebral

    Hazme un favor, le dices a ese impostor a mister ‘t’, que no tiene nada que hacer contigo, que desaparezca de tu vida.

    Por cierto, ¿qué tal están las enfermeras?

    Un beso duendesillo.

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  5. 5 doucenieto diciembre 1, 2012 en 8:39 pm

    Amigo, Duende. Me permito llamarte así, aunque nunca nos hayamos visto ‘vis à vis’, pero también a través de este ‘sin hilos’ se crean relaciones amistosas. Además son muchos los momentos que a través de un u otro medio nos has hecho reír, disfrutar que es un regalo que no tiene precio. Por eso y por más cosas; por esta lección que nos estás dando entre el humor, la sinceridad, tus momentos de luz entre tus ‘chopos, olmos de Siberia, acacias y esos pinos y cipreses del Himalaya’ y la ‘luz roja’ del detector de incendios.

    Otros hemos pasado momentos similares y seguimos vivos. Somos muchos lo que hemos aprendido a tratar de entender lo que verdaderamente cuenta y tú ya tienes muchas lecciones de vida. Son muchas las cosas que te enriquecen y tú mismo las reconoces y aprecias: “porque ya sabes separar el grano de la paja, lo que de verdad importa y lo que es residual en la vida”.

    Ánimo, Luis-Duende, eres ‘muchos’ a la vez, además de Homper. Releeré más veces lo que has escrito: es una estupenda lección de la que se puede aprovechar muchos capítulos.

    Julio (Douce es mi mascota)

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  6. 6 Adela Fornés Álvarez diciembre 2, 2012 en 12:42 pm

    Maestro! nunca esperaba este post, pero claro estos nunca se esperan, admiro lo llena que está tu maleta para enfrentar estos vientos y te envío un epílogo que justo ayer leía de la autora Mónica Sorín Zocolsky y expresa lo que siento ahora: “…El poeta cubano Lezma Lima recordó que a los holandeses les gusta decir: no puede impedirse el viento, pero pueden construirse molinos.
    De eso se trata: de construir molinos. Molinos, que como los de Don Quijote exorcicen la locura e igualmente la convoquen. Pues es hermosa y fértil locura la de intentar transformar, intentar transformarnos. Molinos que traigan nuevos vientos: brisas cálidas, ligeras, para las almas y los cuerpos apagados. Molinos que extraigan agua cristalina de la tierra cansada. Para que la hierbita verde pueda seguir pujando entre las piedras frías, dando nuevos y diferentes sentidos a ésta, nuestra aturdida vida cotidiana.”

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  7. 7 julian29 diciembre 2, 2012 en 9:11 pm

    Yo estaba convencido de que los duendes no enfermaban. No hablo de un catarro, gripe, o hasta de un cólico. Me refiero a una enfermedad con mayúsculas, con T en este caso.

    Como siempre, un día nos dan un bofetón, y nos recuerdan que esta vida es una carrera de obstáculos y que nadie escapa a esto.

    Pero lo mismo que un día TODOS empujamos, a nuestra particular manera para que Felix saliera adelante, ahora te toca a ti, querido Duende, y te aseguro que aparte de tenernos a TODOS los habitantes de tu bosque a tu lado, tienes a todos tus personajes de tu parte, especialmente al Padre Bonete, y te vamos a llevar en volandas, te lo creas o no, hasta tu segura recuperación.

    Recibe un fuerte abrazo desde Mallorca, y mi humilde empujón hacia adelante.

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  8. 8 Itziar diciembre 2, 2012 en 9:16 pm

    Ojala!!, aunque ahora deberia decir Inshalla!!! dada mi situacion geografica, hayas podido ir con tus nietas a ver El Rey Leon y que muy pronto todo sea un mal sueño…sobretodo el Croissant!!! Un beso muy fuerte!!!

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  9. 9 Ana Mª Figuerola Ferretti diciembre 2, 2012 en 10:09 pm

    Me alegro de que estés en casa y con proyectos como lo del Rey León,ratos como ese són los que merecen la pena en esta vida que nos toca.Un beso

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  10. 10 Bête en sauce diciembre 3, 2012 en 7:07 am

    Duende, amigo, coincido plenamente contigo. El otoño te ha enseñado la amarilla pero, teniendo los recursos que tú tienes, es una también una oportunidad para brille lo mucho que vales y lo mucho que te aprecia la gente. De momento, estás escribiendo las páginas más hermosas que te he leído. Y seguro que los más cercanos, y en parrticular tus nietas, están descubriendo a un abuelo todavîa mejor de lo que nonocían. ! Animo!

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  11. 11 lola diciembre 3, 2012 en 8:13 am

    ¿El Duende en casa? Ya era hora, porque Óscar Luis está deseperao sin su mama. Y el belén empieza a salir del armario para retomar su sitio como cada año por estas fechas. El Atleti perdió, pero sé de un corredor de fondo que vencerá esta maratón, su resistencia no tiene límites y dispone de un equipo de entrenadores de primera línea. ¡Ánimo Duende!

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  12. 12 franciska diciembre 3, 2012 en 8:51 am

    ¿Como se gestiona tanto cariño y admiracion que llega por todas partes? Todo lo que ahora recibes, ya siempre lo vas a tener contigo.
    La verdad,es que pensé que tendrias la alegria del Atletti esperada desde hace años por los aficionados, mi hijo al otro lado del “charco” con la bufanda puesta y nada. Lo de ser sufridor crea caracter, y en este momento pues ya ves, te viene al pelo, asi estas tú de animo, que a pesar de todo puedes trasmitir cosas tan bonitas.

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  13. 13 Charivari diciembre 3, 2012 en 5:31 pm

    Ánimo, Duende. Son los momentos “chungos” de la vida…

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  14. 14 Zoupon diciembre 3, 2012 en 6:04 pm

    Tan lúcido como siempre, Duende. Quizá no lleves a tus nietas a ver al Rey León, pero oportunidades no te faltarán de llevarlas a otros sitios, y seguro que te recordarán con cariño y admiración cuando (dentro de muchos años) dejes este mundo.

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  15. 15 Angelus P. diciembre 3, 2012 en 6:41 pm

    Estaba yo con mis hojas: variopintas, sugerentes pero lejanas a mis pies. Porque este otoño uno tiene sus preocupares y no se da cuenta de que el año se va a la vuelta del calendario.

    Y me llega el toque: oye, que tenemos pocho al Duende. No puede ser, si se nos presentaba como capaz de calzarse 900 km para abrazar al Hijo del Trueno antes de que ese Helenio Herrera de las ondas lo fichase…

    Duende, deja esas tarjetas que nada tienen que ver contigo. Si es que t-humores de esos nos rondan, visitan y se nos hacen huéspedes un día sí y otro también…

    Un fuerte abrazo desde esta fría y ensombrecida orilla del Arga.

    Ángelus Pompaelonensis.

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  16. 16 Cristina Garcia Orcoyen diciembre 3, 2012 en 7:13 pm

    Hola Luis, mejor Echegoyen, cómo cuándo éramos tán jóvenes !
    Soy Cristina García Orcoyen. El sábado pasado fuí a la cena de Bocherini con Marta y allí estaban todos tus amigos y te echamos de menos.
    Yo también pensé el domingo, un día tranquilo de casa, en muchas cosas del pasado y algunas del presente, tal vez porque se acerca ese otro duende que es la Navidad, y coincido contigo en que el humor es el mejor compañero de alegrías y fatigas que uno puede tener. Mis mejores momentos tuvieron un punto de humor y los peores también. Ahora tú le has agregado una t a tu humor de toda la vida, que parece te va a costar un poco abandonar en el camino. Mientras esté contigo ese nuevo compañero molesto, no perderás la sonrisa inteligente, y estoy segura de que el thumor, que4 no la comprende, acabará aburrido y se marchará.
    Un gran abrazo,
    Cristina

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  17. 17 María Cortés diciembre 4, 2012 en 3:39 pm

    Querido Luis: esta mañana me has nombrado en el programa de Carlos Herrera en Onda Cero. Soy el sargento Quintin….recuerdas cuando viajamos en tu 600 hasta Almería buscando alojamiento para suboficiales y oficiales? . Muchas gracias por nombrarme, si quieres contestarme puedes hacerlo a través del correo de mi hija artep03@hotmail.com. Un abrazo muy fuerte y te felicito por todos tus éxitos conseguidos.

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  18. 18 atticus 444 diciembre 4, 2012 en 9:26 pm

    Si ya sabiamos que es usted un tipo excepcional, a mas a mas,ahora mas.
    Animo¡¡¡

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  19. 19 Emilia diciembre 4, 2012 en 9:39 pm

    Querido Luis: me he llevado media vida escuchándote en la radio sin saber que un día una cazuela de conejo te unió a mi familia. Soy otra de las hijas del sargento Quintin de entonces (ahora comandante jubilado),la mayor,EMI. Mi mensaje es para agradecerte la alegría que le has dado a mi padre recordándole y para animarte. Trabajo en el hospital La Paz y estoy familiarizada con el sufrimiento que genera en los pacientes el conocimiento de su enfermedad, así como el grandísimo porcentaje de curaciones. Desde mi experiencia personal como trabajadora no sanitaria( soy celadora, mi hermana la que te escribió esta mañana es médico- Petra Mari- sabe más que yo) la actitud positiva ayuda a la curación en la mayoría de los casos. Por eso te mando un abrazo de energía y si necesitas cualquier cosa del hospital: una cita con algún médico,adelantar una prueba…no se,lo que sea dimelo. A pesar de la lucha que traemos por preservar la sanidad pública,seguimos teniendo un personal maravillosamente cualificado. Ánimo!!! Un beso. Mi correo: emilia-cortes@hotmail.com

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  20. 20 May diciembre 5, 2012 en 12:58 am

    Hola Luis!!!
    Que bueno tu “duende”!! Me has hecho recordar insomnios pasados!! Nos hemos reído con tu anécdota del croissant y emocionado con tus reflexiones!. La verdad es que el humor nos salva de muchas cosas y cuando lo pasamos mal siempre nos podemos reir de las situaciones comicas por donde nos lleva la vida…. A mi me ayudo mucho no compadecerme, no perder ni un minuto, solo pensar en curarme y en luchar por ello!! Nuestra mente es poderosa!! Un abrazo fuerte y vuelvo a felicitarte por tus “duendes” !! Besos may

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  21. 21 Chumbi2 diciembre 5, 2012 en 1:40 am

    Desde Compostela te deseamos mucho cnimo Luis que yo soy “carne de hospital” desde hace 30 años y aquí sigo dando guerra y bebiendio buen vino, como a ti te deseo. Un abrazo

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  22. 22 Monti diciembre 5, 2012 en 1:36 pm

    Que estes decaido es humano estaria bueno que no pudieras estarlo con la palabra tan fea que te persigue, pero como ya te dije el humor ayuda mucho y tu eso no lo vas a perder nunca, desgraciadamente mucha gente ha tenido lo mismo que tu y afortunadamente mucha pero que mucha gente ha salido y se ha curado ¿porque no tu? estaria bueno.

    Mi familia y yo te deseamos una pronta recuperacion y si te sirve de algo te dire que yo cada vez que necesito unos minutos de silencio y un empuje de fuerza voy a la Virgen de Chilla, no puedo explicartelo con palabras lo que se siente pero es algo muy profundo y agradable.

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  23. 23 Ángela diciembre 5, 2012 en 10:00 pm

    Bien cerquita tiene El Duende a la Virgen de Chilla Monti. Mándale un beso fuerte a tus padres y hermano.

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  24. 24 noelia diciembre 7, 2012 en 2:54 pm

    Hola duende, ya en casa por Navidad, como “el almendro”, a tiempo para montar el belén ,en el sentido en que los duendes monten el belén y a tiempo para el rey león en la mejor compañía.
    Lo del croasant del hospital es malo, pero por si ta sirve de consuelo yo, que acabo de pasar brevemente por el hospital te recuerdo que hay cosas bastante peores, sobre todo si eres mujer.
    Todos hemos oído hablar de “la hoguera de las vanidades”, y creis que es el título de una novela.! Qué va! es el paso por un hopital.
    Llegas y te dan una habitación, un camisón que hizo famoso Jack Nicholson” , te ponen una vía, por si acaso, y te quitan todo lo metálico, a continuación el sujetador, vale tiene aros, y las bragas. Pero oiga si mis bragas no son metálicas. Es igual , fuera.
    Si eso no es una hoguera para nuestras vanidades, ya me contarás duende qué es.
    Así que ánimo que los duendes teneis menos vanidades que perder en trances similares.
    Mucha mucha fuerza, que los malos sueños pasan y aquí está toda la tropa empujandote.
    Me han comentado que el duende se está convirtiendo en “señorita Escarlata “, cuidado que por ahí se empieza.
    Muchos, muchos besos

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  25. 25 atticus 444 diciembre 9, 2012 en 3:53 pm

    Como sigues maestro? Animo y mmm abrazos
    atticus 444

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  26. 26 Julia diciembre 15, 2012 en 7:48 pm

    Querido Duende: Más palabras de ánimo, fuerza, coraje y sobre todo, cariño. ¡Que no decaiga nuestro ejemplo! Eres un tío grande y ¿sabes una cosa? yo de mayor quiero ser com o tú.

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