Archivos para 29 enero 2013

Audrey te regala un par de guantes

"Sometimes dreams come throot", dijo Garci cuando recibió su Oscar. Y es verdad. Audrey Hepburn reaparecio en tu vida y te mando un par de guantes...

“Sometimes dreams come throot”, dijo Garci cuando recibió su Oscar. Y es verdad. Audrey Hepburn reaparecio en tu vida y te mando un par de guantes…

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La vida es un descubrimiento constante. A los dieciséis  años comprendiste que Menéndez Pelayo era algo más que una calle ancha que bordea El Retiro por el lado este  y empalmaba con  General Mola. Don Marcelino era un señor orondo y barbado que aparecía en el Díaz- Plaja, tu manual de literatura, que le cuadraba como prototipo de sabio. El sabio acababa en la calle Alcalá y daba paso al soldado, que seguía su camino hacia el note de Madrid.

A  Mola  le apeó del callejero la democracia, por haber sido el director  del golpe militar del 18 de julio y el jefe del Ejército del Norte. La gente nos quedamos siempre con el detalle más importante de las biografías, sin caer en la cuenta de que estas a veces pasan por alto guiños curiosos y desconcertantes. Hace poco leíste que el generalote de gafas de culo de vaso –debía de sufrir miopía-, además de dirigir las operaciones militares con mano de hierro, oh paradojas, se entretenía en fabricar juguetes de invención propia, y además dejó escrito un manual de ajedrez. O sea, que su temible personalidad escondía también una cuota de inocencia y, como se le supone a todos los  pomares, fischeres y karpoves de este mundo, de culto a la inteligencia. Quién lo diría.

El sabio santanderino en cambio resultaba menos contradictorio. Un extravagante plan de estudios del  momento (todos los planes de estudios, por uno u otro motivo, acaban siéndolo) había decidido que el  curso  Preuniversitario con el que te despedías del colegio se dedicara a temas nonográficos. Mira que te gustaba ya literatura, y que hay talentos en los que podías haber puesto tu atención con el mayor interés. Pero alguna lumbrera del Ministerio de Educación Nacional decidió que te olvidaras de todo y  estudiaras en profundidad la figura del polígrafo don Marcelino Menéndez y Pelayo, y en especial su Historia de las ideas estéticas, que es justamente el tipo de apasionante libro de bolsillo que un chico de dieciséis años se lleva a la cama como lectura preferida. Qué rollo de curso. Sólo aprendiste que aquel ilustre era un lector infatigable, que orilló el amor –aunque las malas lenguas le acusaran de putero- porque le quitaba tiempo para la lectura, y que sintiéndose ya cerca de la muerte se lamentaba así de la vita brevis.

 –¡Qué pena morirme, cuando me queda tanto para leer!

Vamos, que lo leía todo.

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Tú no has leído tanto, a pesar de que la televisión apareció en tu vida cuando ya no eras un impúber. Pero eres un ratón de diccionario, un tipo que desde hace muchos años, cuando no entiendes una palabra tiras de él y te ilustras para comprenderla. Y tienes memoria para recordar donde hallaste aquella palabra enigmática que te llevó al diccionario. Descubriste barboquejo en El candor del padre Brown, de Chesterton, la  palabra teso en alguna novela de Delibes, borborigmo en Contrapunto de Huxley y metempsicosis en alguno de las sesudas páginas de don Marcelino. Sabes lo que estos vocablos raros significan  porque te fastidia desconocer las múltiples palabras que uno emplea diariamente a humo de pajas. Y no recuerdas a cuento de qué fue, pero sí que metempsicosis es la doctrina según la cual las almas, después de la muerte transmigran a otros cuerpos.

Tal vez fuera eso, la metempsicosis, lo que necesitabas para explicar ese extraño suceso o ese pequeño y maravilloso milagro que te aconteció hace sólo unos días.

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Vas contando tu vida post tumoren porque piensas que puede ser una terapia más para el regreso a la normalidad. En esa normalidad de cabeza poco ordenada, ya lo contaste, perdiste un guante en el autobús. Le añadiste a la historia, completamente banal, algo de sal y pimienta de propia Minerva. ¿Por qué no podría haberlo encontrado una dama encantadora? ¿Por qué no podía ser esta tu adorada Audrey Hepburn, que veinte años después de su muerte, sigue siendo una inmortal?…

Hace poco leíste una novela de Juan José Millás titulada El mundo en la que el autor recordaba haber paseado en su infancia por un barrio donde se cruzaba con los muertos, como si estos siguieran gozando de buena salud y salieran de sus tumbas a tomar el fresco. El niño de El sexto sentido, película que alcanzó mucho éxito, veía muertos como quien contempla el vuelo de una mosca, y no digamos los niños de Los otros. De cuando en cuando el hombre se fatiga de racionalidad, y le da por crear mundos en los que la frontera entre la vida y la muerte se desdibuja. Tanto, que casi acabamos creyéndonoslo. La ciencia tampoco se duerme por buscar lo imposible. Lo último que te ha sorprendido en este sentido es que hay un científico que está dispuesto a embarazar a una mujer –robusta y de anchas caderas la tiene que buscar- con espermatozoides obtenidos no se sabe cómo para que nazca de su vientre ese homo sapiens con cara de bestia que hasta ahora sólo conocíamos en su versión digital.

Tu historia podría ser un caso de esos, o incluso de metempsicosis. Pero queda más bonito interpretarla como si fuera un cuento de aquellos que convertía en películas inolvidables Frank Capra.

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Pues a los dos días de subir el post del guante perdido, un mensajero se personó en tu palomar y te hizo entrega de un gran sobre. Lo abriste y encontraste en su interior una fotografía de 42 x 30 de la mismísima Audrey mirándote fijamente a los ojos, como si viniera  a tu casa para ajustar todas las cuentas sentimentales pendientes contigo desde hace tantos años. No era su mirada lo único que te impresionaba. La foto venía envuelta en un papel de celofán transparente, que sujetaba contra el papel, cruzados sobre los delicados hombros de aquel ángel inmortal, dos guantes de piel para hombre junto con este escueto mensaje:

Un beso

                                             Me los encontré…¡¡en el metro!!

Te acordaste de la frase de José Luis Garci cuando recibió su Oscar y quiso agradecerlo con su desastroso acento inglés de la calle de Narváez: Dreams sometimes come trooth. Te quedaste pasmado, maravillado del ingenio y la ternura de Audrey para sorprenderte. Y estabas tan nervioso cuando fotografiaste su envío con la cámara de tu móvil que el pulso te temblaba, y con toda seguridad, la foto nunca podrá expresar el profundo agradecimiento y la incontenible emoción que te produjo ese regalo del más allá.

Bendita metempsicosis, o lo que sea. Y casi bendito el tumor, que tiene a tantos ángeles de la guarda pendientes de hacerte la vida feliz.

Hoy como ayer

Creías que tu enfermedad te lo iba a cambiar todo, pero etás comprobando que tus vicios y debilidades permanecen hoy como ayer...

Creías que tu enfermedad te lo iba a cambiar todo, pero etás comprobando que tus vicios y debilidades permanecen hoy como ayer…

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Si quieres, puedes. Nunca has tenido demasiada fe en esta máxima. Te parece de escuela de negocios de tercera categoría, de filósofo de tertulia radiofónica, de aspirante a líder peinado con brillantina que pretende comerse el mundo o de magnate que ya se lo ha comido y pontifica sobre el éxito disfrazando sus dientes de lobo bajo una piel de cordero.

-Trabajo e iniciativa-suelen decir- Pero sobre todo, mucho trabajo. Ese es el único secreto del triunfo en los negocios,

Paparruchas, piensas. A cuántos habrás conocido que se han pasado la vida trabajando como castores y apenas habrán conseguido un mal pasar. No sabes por qué los triunfadores ricos se empeñan en limar importancia a su trayectoria. Casi les queda peor el intento. Parece que te dicen, mira yo soy un tipo normal, pero despabilado, y tú un tipo igualmente normal, pero tonto.

Quizás ahora, con las limitaciones que te impone la enfermedad,  lo que querías para tu retiro aún te queda más lejos. Pero algo de lo que eras te queda, sin duda.

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Por ejemplo, te has despertado con la esperanza de que te llamara una voz anónima, a ser posible femenina, y te recordara que el que tuvo, retuvo.

-Verá….Usted antes perdía alguna cosa en los autobuses, ¿no?

-Sí, era muy frecuente. Soy algo despistadillo.

-Bueno, pues ayer perdió un guante  en el trayecto de ida, aproximadamente a las 10, 45,  y una bolsa de Caprabo en el de vuelta, aproximadamente a las 14 h. Menos mal que como yo coincidí con usted en ambos trayectos y, como  soy una buena ciudadana,  le recogí el guante y la bolsa. Si le parece, quedamos en un café y le hago entrega de las dos cosas.

Esperabas que así fuera. Esperabas incluso que la ciudadana encantadora fuera mujer de buena presencia, atractiva, refinada, culta, de variada conversación y con propiedades en el Bierzo, que es una región no muy bien conocida por ti y por la que te gustaría viajar a fondo. Como era el vigésimo aniversario de la muerte de Audrey Hepburn creías que quizás por un capricho de la divina Providencia podría ser su misma reencarnación. Qué cosa tan cinematográfica, que Audrey se reencarnara en un autobús madrileño de la línea 138. Además era una Audrey muy despabilada, pues lo del guante no te importaba demasiado-aunque para qué demonios vale un guante viudo- y la compra del super se limitaba a una barra de pan y a unos fiambres. Pero héteme aquí que en la bolsa metiste también una carpeta de plástico en la que iba un certificado de la Agencia Tributaria reconociendo que tú, con tu nombre, apellido y dirección postal, estabas al corriente de pago de tus obligaciones fiscales. Era un papel cuya importancia ella, tan lista, sabía sobradamente. Lo demás fue leer tus datos, buscar tu teléfono en las Páginas Blancas y quedar como una chica de cine.

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Te has despertado con esa doble esperanza, pero la realidad te ha vuelto a poner en tu sitio. Has perdido el guante de piel de la mano izquierda y el papelín que necesitabas. Además, olvidaste precisamente la bolsa de Caprabo con el dichoso certificado en el asiento para levantarte a preguntar al conductor del autobús de vuelta si había una oficina de Objetos Perdidos de la EMT. Pensabas que a no ser que el que encontró el guante de la mano izquierda fuera un manco de la mano derecha, rara casualidad, a nadie le podría interesar el hallazgo, y por tanto quizás se lo hubiese entregado al conductor para que lo depositara allí. Pensabas todo esto mientras apuntabas el teléfono de este departamento y luego, sin volver la mirada a tu asiento, bajabas del autobús tan campante y confiado.

-A lo mejor hay suerte y los encuentras- suspiraste.

Pero ni te llamó  Audrey Hepburn rediviva, ni en la oficina de la EMT había depositado nadie objeto perdido alguno. Claro que no hay mal que por bien no venga. La experiencia te convenció de que tu tumor no te impedirá volver a ser el que eras.

Al menos en punto al despiste. Ahora sales a la calle con sombrero, para proteger tu calvicie del frío. Pero cualquier día te dejas la cabeza en el perchero, ya verás.

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Como poco a poco vuelves a ser el que eras, también has regresado al cine.

Antes de elegir película te gusta echar un vistazo al blog de Pepe García Berdoy, (44gb.blogspot.com.es) que hace  críticas sencillas y breves sin pretender dar lecciones de cine a nadie. ¿Por qué la mayoría de los críticos se empeñan en hacer alarde de su erudición, en lugar de servir de guías al profano? Entre lo que te cuenta Pepe y lo que te ha recomendado tu encantadora amiga Belén Agosti para animar tu lucha contra la tu bichito, eliges La vida de Pi, que es una película singular, deliciosa en su primera media hora, deslumbrante por la belleza de sus imágenes y algo tediosa a ratos. Y ahí sí que hay que lidiar con bichitos peligrosos.

Lo que más te admira de esta película no es la originalidad de la historia ni el asombroso maridaje entre la imagen real y los efectos digitales. Lo que te deja pasmado es que alguien Ang Lee, que es su director haya convencido a productor alguno para que invierta su pasta en una historia tan surrealista como difícil de filmar. Pensaste lo mismo cuando viste hace unos meses otra película interesante, La pesca del salmón en Yemen. Te acuerdas de tus sudores, cuando tenías que explicar ideas pintorescas en publicidad, y eso que no apurabas tu inventiva, y envidias a estos modernos genios que son capaces de vender hielo a un esquimal. ¿Hay algo más inimaginable que un proyecto para convertir el Yemen en paraíso de la pesca del salmón? ¿Y algo más imposible que un joven que se salva de un naufragio después de haber convivido en un mismo bote con un feroz tigre de Bengala?..

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Dice Jorge Edwards a propósito de la publicación de sus memorias Los círculos morados que o dejas de lado el pudor o no escribes. O no haces cine. O no llevas a cabo proyecto alguno. La sinceridad, cuando no el atrevimiento, la audacia o incluso la desfachatez, son el ADN del emprendedor moderno. Le echas una pensada a las palabras del escritor chileno, le das la razón y te convences de que nunca podrás escribir unas buenas memorias, por carecer de impudor. Menos mal que el propio don Jorge te da linimento para tu desánimo. Por lo general soy de temperamento optimista sigue contando- recupero la ilusión con cualquier cosa. Por ejemplo, me acaban de llamar para decirme que una mujer muy guapa quiere conocerme, y eso me pone contento.

Tú le contarías que Audrey Hepburn había resucitado para devolverte un guante y un certificado extraviados en un autobús. La idea también te ponía contento, pero casi sonaba más verosímil lo del salmón del Yemen o el naufragar con un tigre de Bengala. El maldito sentido del pudor, qué amargura.

En la edad de aprender

Masl que bien,  y aunque te apriete el corsé, estás aprendiendo algo que te permite olvidar y sentirte joven...

Masl que bien, y aunque te apriete el corsé, estás aprendiendo algo que te permite olvidar y sentirte joven…

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Te sorprendes a ti mismo comprobando que eres capaz de olvidarte de tu problema y meterte de vez en cuando en tu despacho  a estudiar música.

Puedes parecer entonces un chiflado: pones un CD o abres un archivo Midi en tu ordenador y tratas de encajar tu voz en la melodía que se escucha mientras vas marcando el ritmo con la mano y esperas que no te vea ninguna vecina curiosa.

-El pobre, que entre que el Aleti ya no parece el Aleti  y él está mayormente perjudicado, se ha grillado-dirían las vecindonas.

No te detienes a saber si esta nota es un Sol y aquella un Si, pero al cabo de repetirlo una y mil veces compruebas que un papel pautado no es más que un sistema de señales, como las palabras. Recuerdas cuando tu hermano mayor abría un tebeo y leía lo que te parecían signos inescrutables. Tampoco sabías que aquella letra en forma de serpiente se decía Ese, ni que la Be era aquel palo con barriga a la derecha mientras que la De la tenía a la izquierda. Ver y escuchar es aprender. Y lo bueno es que puedes hacerlo a cualquier edad.

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Es un decir, claro. Algo aprenderás, aunque en realidad lo que te preocupa es prepararte para no hacer el ridículo cuando con otros abnegados aficionados te pongas este viernes el smoking  y te arriesgues a cantar a tus admirados Bach y Haendel ante un grupo de amigos y de amantes de la música que aprecian estos esfuerzos. Primer problema colateral: ¿te va a caber la chaqueta del smoking con el corsé ortopédico? Segundo problema: ¿cuánto te tienes que apretar las cinchas de velcro para que, de una parte, el corsé se sujete y, de otra, te permita llegar a los endiablados saltos de octava que pautó el maestro de Leipzig? Te consuelas pensando que otros escucharán el fruto de casi cuatro meses de ensayos draconianos, y que en este caso el fin justificaba los medios. Para quien tiene oído y sensibilidad no hay mejor joya que la música, incluso aunque su ejecución no llegue a la excelencia. También para los escépticos vale el pensamiento de Cioran, que debe entenderse sin ánimo de ofensa para los creyentes:

Sin Bach, Dios sería una figura de segunda clase. La música de Bach es el único argumento que lo justifica, y gracias a ella la creación del Univeso no puede considerarse un fracaso total.

Exageraba tal vez el filósofo rumano. Pero tú no exageras nada cuando dices que tienes que cantar varias corales de Bach ante el respetable y, literalmente, no te llega la camisa al cuerpo. Por culpa del corsé, claro.

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Te hace gracia que a estas alturas de la vida, cuando crees saberlo todo, se te despierta el afán de aprender, porque no sabes de casi nada. Lo ves en muchos amigos de tu edad. Unos se apuntan a un curso de Egiptología, otros se licencian en Historia, otros se cierran en una biblioteca pública para documentarse y escribir un libro sobre los judíos en España, a este le da por un curso de jardinería (arquitectura paisajística, más bien), esta aprende Taichí, fulanita y menganito reciben clases de tango,  esta otra pareja,  de alta cocina, quieren ser Cordon Bleu, aquel prueba la enología, el de más allá se apunta a un curso de apreciación de la ópera. Otros ingresan en la universidad para mayores y obtienen en el umbral de la vejez el título que en su día no pudieron conseguir. A tí mismo te han regalado por tu cumpleaños un pisapapeles de cristal que amplía a modo de lupa la imagen de un par de mariposas encerradas en su interior. Por un momento te dan ganas de sumergirte en la entomología, y de pasarte el resto de tu vida estudiando la vida de estos insectos. Es curioso: recuerdas cuando en la primera agencia de publicidad donde trabajaste se presentaron los fabricantes del flan Dhul. Hablaban de su producto con el mismo orgullo que hablaría Fleming de su penicilina, y como si la humanidad no hubiera tenido sentido hasta que a ello se les ocurrió inventar el flan industrial. También te viene a la memoria un pastor con el que te detuviste a hablar un día que paseabas por el campo.  Mientras pastaban sus cabras, con un ojo puesto en ellas y otro en sus manos, se dedicaba a tallar a punta de navaja figuras de animales con maderos y trozos de ramas que iba recogiendo a lo largo del día.

-Mire este lagarto –te dijo emocionado sacando de su zurrón un lagarto de madera de olivo- ¿Ve?-Y te miraba con sus grandes ojos azules a abiertos como platos- ¡No lo hace mejor ni Dios!…

Todos nos creemos algo cuando aprendemos a hacer algo: música, flanes o lagartos de madera.

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Y el reconocimiento. Puede que el pastor/escultor no aspirase al Premio Nacional de Bellas Artes. Pero le hubiera gustado que alguien más que un senderista perdido supiera de sus méritos. Te pasa también a ti: has puesto en tu afición tantas horas que al final te halaga que los demás se enteren de que no has estado papando moscas. Y vas y anuncias tu gran momento, el concierto en el que participas y para el que llevas ensayando desde el mes de septiembre, días de partidos del Aleti incluídos.

-Viernes 25 de enero, día de la Conversión de San Pablo, a las 19 h en el Auditorio Buero Vallejo de Alcorcón.

¿Y por qué el 25 de enero, que no me viene bien?

-Porque San Pablo es es el patrón del CEU, que es el que afloja la mosca.

-¿Y por qué en Alcorcón, y no en el Auditorio Nacional, que me queda más cerca?

-Porque el Buero Vallejo es mucho más barato, y además en Alcorcón está la universidad del CEU,  que será poderoso, pero  muy mirado para sus gastos.

-¿Y por qué a las 19 horas, cuando a las 20 sería más razonable?

-Porque a los barandas del CEU les gusta cenar tempranito, y donde hay patrón no manda marinero.

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Añades para que el aficionado tome nota   que una orquesta de dieciocho instrumentistas, cuatro solistas y el coro de voces entusiastas en el que te encuadras,  dirigidos por el muy exigente maestro José María Álvarez  Muñoz, cantarán  la  Cantata BWV 144 y la BWV 248 de Juan Sebastián Bach, y el Dixit Dominus de Haendel, lo que, por su dificultad, raya en el milagro. Subrayas además que las entradas, una vez que los jefes repartan sus invitaciones entre los VIP que se aventuren a ir (no muchos, seguro, pues el concierto coincidirá con otros eventos más glamourosos), son gratuitas, y se pueden reservar (lo confirmaremos) llamando al CEU.  Recalcas además que hay un excelente tren de cercanías a Alcorcón, villa, por demás, de múltiples encantos, y que nadie tiene que lamentarse o excusarse por no ir, pues esta agrupación musical no compite con las grandes estrellas de la música, y este bloguero en particular no pretende sino demostrar que su vida no gravita ya sobre la enfermedad.

Sino más  bien sobre el indescriptible placer de aprender algo nuevo en esta fase de tu vida en la que casi todo creías ya que era viejo. Dixit Dominus, y lo dices tú. No  podrás ya manejar la azada ni plantar árboles o cortar leña, por aquello de la espalda malherida. Pero aún puedes ser feliz cantando como un pájaro libre y esperemos que no desafinado.

Gracias, ratita

Mientras la humanidad aclara lo que está bien o lo que está mal hacer con los animales, que San Antón bendiga a llas ratitas que ayudan a los enfermos...

Mientras la humanidad aclara lo que está bien o lo que está mal hacer con los animales, que San Antón bendiga a las ratitas que ayudan a los enfermos…

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Te despiertas estupendo y abres el dietario con algo que te suena a gran frase: toda felicidad es  a costa de alguien.

Recuerdas entonces a la cantidad de héroes anónimos a los que debes parte de tu bienestar. ¿Quién fue  el chispa valiente que se encaramó en los años treinta a la torre de Telefónica desafiando el vértigo y el viento como cuchillas del Guadarrama para anclar la antena que iba a unir por teléfono a los españoles? ¿Quién el artista que plantó el Giraldillo en la cúpula de la catedral de Sevilla? ¿Qué santo o santa limpia los retretes públicos donde se alivian diariamente los habitantes de las grandes ciudades? ¿Quién se aventuó a  fijar aquel noray en el rompiente más peligroso de la Costa da Morte para que amarraran los barcos a punto de naufragio?¿Qué ángel de la guarda te espera día y noche en una furgoneta del SAMUR o en la sala de urgencias de un hospital?

Item más, en otro orden de cosas: ¿quién fue el paciente peón anónimo que hace siglos construyó, piedra a piedra, esa preciosa pared cubierta de musgo que cercaba su tierra y que hoy admiras desde la ventanilla del tren más que una escultura de Chillida o un  edificio de Niemayer?

Probablemente toda alegría es también  a costa de alguien.

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Luego miras al calendario y matizas tu pensamiento. Toda felicidad es a costa de alguien o de algo. Porque aunque ya se habla de bioética y las sociedades protectoras de animales trabajan lo suyo, un bichito sigue siendo nadie. Y te acuerdas de los patrocinados por San Antón, que también te acogió a ti y te prestó su nombre para que lo añadieras al tuyo, demasiado corto y esaborío. Luis Antón pinta más. Claro, que ya estás un poco harto de derramar filosofía barata, así que juegas a la ucronía y te imaginas en la cola de feligreses que acuden a su iglesia de Madrid con su animalito preferido para implorar la bendición del santo.

-¿Y cómo trae usted ese animal tan asqueroso?- te dice con gesto de repugnancia una digna dama que trae a su pareja de perritos Black & Withe adornados con lazos rojos.

-Ya ve, señora. Agradecido que es uno- le responde exhibiendo orgulloso a su rata más querida.

Y por qué no iba  uno a buscar la bendición del santo para la hermana rata, con lo agradecido que le te tienes que estar. La de perrerías que habrán hecho con sus parientes para probar la farnacopea que ahora te puede salvar la vida.

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No te consta si B.B. se nacionalizó rusa finalmente como protesta por aquellos elefantitos tuberculosos que un tribunal de Lyon condenó a muerte en aras de la salud pública. Tampoco qué castigo reciben los que matan rinocerontes en furtividad para lucrarse con el supuesto poder  afrodisíaco de su cuerno molido. Te inhibes en el debate toros sí o toros no, y ante el derecho de los pollos a viajar a su matadero con el espacio suficiente como para calmar los escrúpulos de ciertos diputados británicos, que exigen muerte digna hasta para el gallináceo que luego te comes en un cucurucho de Kentucky Fried Chicken. Últimamente te declaras objetor de cochinillo por motivos de conciencia, y estás estudiando rechazar el foie de las ocas del Perigord por el mismo motivo. Pero al cabo no sabes si te mueves por buenismo o por racionalismo. Se empieza a hablar de bioética como una nueva norma de moral social y resulta que esta se apiada de los toros, de los roedores y de aquellas otras especies que más han  facilitado el avance de la medicina y el cabreo de Brigitte Bardot, mientras que pasa olímpicamente del resto de los abusos que el hombre comete sobre el reino animal. Está muy bien evitar que maten las focas a estacazos para salvar su preciosa piel, pero, como decíamos del Kraken: ¿no sufre también e mejillón cuando es arrancado de de su batea? ¿Y qué me dicen de la langosta que es hervida viva mientras el  Lúculo de turno se anuda la servilleta al cuello y entretiene su gazuza con una fuente de jamón de Jabugo? ¿Por qué nos avergüenza llevar un abrigo de piel de nutria y no unos zapatos de boxcalf?…

-Es que esto de la ética y la sensilidá es mu correlativo –te explica Doña María con su ingenua gramática parda.

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Como el eterno debate entre nucleares sí o nucleares no. O el crecimiento del gasto frente a la contención del déficit. O la prioridad de la gestión pública sobre la iniciativa privada. O la pelotera por el derecho de autodeterminación y por reformar la estructura  del estado. O la necesidad de salvar el derecho del nasciturus frente al del  aborto. A estas alturas de la película el llamado homo sapiens debiera detener estas cuestiones más o menos claras, y no jugar a ser Penélope, destejiendo una generación la alfombra moral y legalque sus predecesores creían acabada. Pero no: lo único que ahora podemos tener claro es que no tenemos nada claro.

Así que tú a lo tuyo. Que san Antón bendiga a la asquerosa ratita que quizás te salve del tumor mientras el género humano discute sobre cómo no arreglar el mundo. ¿De qué iban a hablar si no los periódicos de mañana?

 

La no soledad del bloguero de fondo

Para minimizar nuestras penas y soledades, nada como acordarnos de que también es una criaturita de Dios...

Para minimizar nuestras penas y soledades, nada como acordarnos de que también el mítico Kraken es una criaturita de Dios…

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-¿No es maravilloso?-decía uno de los narigudos  de Forges mirando por sus anteojos desde su bunker- ¡Se llama Adolfo!…

Fue uno de los chistes de la transición. Y debió de aparecer en EL PAÍS más o menos cuando aquel lúcido historiador llamado Ricardo de la Cierva  publicó un artículo que hizo historia: ¡Qué error, qué inmenso error! Así recibíamos en España a Adolfo Suárez a uno de los pocos que hoy se salva de la pira en la que la opinión pública he decidido quemar a los políticos contemporáneos. Cuántas veces nos pasamos de listos.

Te acordaste de esta anécdota viendo hace no mucho una de las películas más divertidas que recuerdas desde hace tiempo. Se llama El nombre, Le prénom en francés, una comedia francesa que ridiculiza los prejuicios de la progresía a partir de la  intención de un tipo que va a ser padre de bautizar a su hijo con el nombre de Adolfo.

-¿Te vas a atrever a ponerle ese nombre, con lo que significa  para los franceses de nuestra generación?- dice el amigo progre escandalizado-¿Le vas a poner el mismo nombre que el de Hitler?

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Nadie se escandaliza por poner José a un neófito, por más que así se llamase otro gran ogro del siglo XX, Josif Stalin. Los nuevos historiadores están sulfatando sus prejuicios, y del nefasto Adolf y el no menos canalla Josif van concluyendo que tal para cual, entre monstruos andaba el juego. Lo absurdo no es tanto establecer un ranking de dictadores crueles como creer en el determinismo de los nombres. A ti por ejemplo Adolfo es un nombre que te remite a tu primo Adolfo Larrarte, hijo del tío Federico, que fue el médico simpático y elegantón que venía a curarte las anginas cuando eras niño. El tío Federico olía siempre a una colonia que tu excelente memoria olfativa sólo recuerda en él. Decían que se parecía a Marcial Lalanda, torero madrileño de mucho cartel y larguísima trayectoria, ya retirado entonces  Le tenías mucho cariño al tía Federico, porque cuando estabas malo de la tripa te recetaba arroz blanco, jamón de York y yogures, manjar de dioses que entonces se expedía en las farmacias, como el vino español en la Nueva York de la Ley Seca, según cantaba Conchita Piquer.

Años después el primo Adolfo fue el médico de tus hijos, hasta que murió prematuramente, con su sonrisa de cantor de jazz cubano y su nombre, que a ti te parecía más de príncipe de cuento que de espadón sanguinario. El color del cristal con que se mira todo. Puede parecer una tontería, pero con hebras tan volanderas como estas se tejen muchas memorias, y algunos libros de recuerdos, gustan casi tanto como las novelas. Al menos a ti, seguro como estás de que no hay ficción más jugosa que la vida misma.

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Todas estas digresiones se te ocurren porque en tu último post aparece el comentario de un Adolfo bueno, como tu primo,. No vas a presumir de memoria: en este momento no le recuerdas. Pero él a ti, sí, afortunadamente. Dice haberte visto hace años en Londres en  un bolo para empresas con Matías Prats  y, cómo  no, con Javier Capitán, y que guarda  un buen recuerdo de ti que ahora quiere traducir en expresiones de afecto y de ánimo.

Las necesitas, ya lo creo.  La broma de tu cáncer se está poniendo pesada: piensas en la química que almacena tu cuerpo después de diez sesiones de radioterapia, dos oleadas de quimioterapia y tan abundante medicación y te dan vahídos. La última semana de tratamiento te ha convertido además en un vago impenitente. Te ha inyectado tanta flojera y tanto miedo a la debilidad de tus defensas que ni sales, ni lees, ni escribes ni te sientes capaz de poner orden en tus papeles de casa. Sólo quieres tumbarte, entornar los ojos, evadirte y dormir soñando que estás como un chaval y que trepas al Himalaya sin corsé. Eso sí, por primera vez en tu vida temes al frío. Ya no te separas de una buena manta que dejas caer sobre tu sueño, allá donde te pille. Pensabas que esas eran costumbres de tu abuelo, sin tener en cuenta que ahora el abuelo pachucho eres tú.

Por cierto, Adolfo probablemente no te vio en Londres, sino en Estocolmo, donde en los tiempos en que las grandes empresas ataban perros con longanizas os contrataron para amenizar una multitudinaria convención de IBM. Fue un viaje de trabajo delicioso, a todo plan, conociste la bellísima capital sueca y te alojaste en el mismo Gran Hotel que hospedó a Greta Garbo en sus días de gloria.

Qué suerte has tenido –te dices a ti mismo para animarte- Pensar que llegaste tan lejos haciendo chorradas, y que encima te pagaban por ello.

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Por un prurito de decencia intentas agitar el banderín de la curiosidad, y tratas de asomarte al exterior y no ignorar que el mundo sigue girando malgré ta maladie. Es más, te da vergüenza colonizar con un parte médico el interés de los nosabescuántos parientes, amigos, conocidos y despistadillos que brujulean por la red y de vez en cuando se asoman a tu blog.

-Yo también te sigo-  te recuerdan cuando hablan contigo.

Te ruborizas y te quedas pasmado, porque a pesar de tu aislamiento no dejas de enterarte de las cosas realmente importantes que pasan en el mundo, de la cantidad de libros y artículos interesantes que se publican, de los estrenos de películas y de obras de teatro que sorprenden, de las exposiciones y otros eventos que recabarían tu atención si estuvieras sano. El planeta sigue girando, y produciendo noticias y novedades sorbetiempos y sorbeatenciones sin duda más interesantes que lo que escribes. Mas a pesar de todo siempre hay alguien, oh maravilla,  que para por aquí.

Lo agradeces infinito, y te inflama el ego, bastante chuchurrío por cierto a estas alturas. Pero no puedes dejar de relativizar y parafrasear a Groucho Marx.

Nunca podría leer un blog que admitiera como autor a un tipo como yo.

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Por esos caprichos de la actualidad la crisis parece que se esconde por unos días en un segundo lugar, y sobresalen otros males que nos afligen. Mali, las violaciones de mujeres en La India, la muerte del sargento Fernández por evitar que  inocentes saltaran hechos pedazos. Persisten las matracas cuasi seculares, como el afán de etiquetarse de catalán, europeo, de la Cochinchina o de Antequera, buen lugar para inventarse una metanación, aunque sólo sea por enredar. O el cinismo defender a los presos de ETA creyendo que eso es más progresista que honrar a las víctimas asesinadas. Ah, y la ración de corrupción, que no falte, y de frivopollez habitual: ¿es Mourinho ángel o demonio? ¿Será él el culpable del insoportable ardor que castiga tu esófago?…Te ratificas en tu idea: hay otros mundos, y no están en tu neoplasia. Hay otros objetivos de la curiosidad humana.

Y entre todos, en este mundo tan sensible para unas cosas y tan cubierto de piel de elefante para otras, te llama la atención poderosamente que al fin unos japoneses han filmado a novecientos metros de profundidad en el Pacífico norte a un calamar gigante que mide ocho metros, y eso que tenía dos tentáculos cortados. El mítico Kraken, que según las leyendas nórdicas atacaba los barcos y devoraba a sus tripulantes, existe. Vive en las profundidades abisales, en la oscuridad y olvidado de todos. Hasta ahora, que nos habíamos inquietado por el atún rojo, por la incierta suerte de los osos polares ante el cambio climático, por la disminución de rinocerontes en Africa y por las dificultades para del lince para reproducirse en cautividad, no habíamos tenido ni un solo recuerdo piadoso para el calamar gigante, también criaturita de Dios, por feo que sea.  Como si él no padeciera enfermedades, como la tuya, agravada en su caso por la pavorosa falta de luz y de compañía.

-Dios mío –suspiras a la manera de Bécquer¡Qué solos se quedan los Kraken!…

Para que vayas poniendo las cosas en su lugar y valorando tu suerte.

 

Como Nosferatu, pero con mejor cara

Harto de buscar tus propios cabellos pra averiguar quien era el responsable el delito, pasaste por la peluquería y quedaste como Nosferatu. Eso, sí, no con tan mala cara...

Harto de buscar tus propios cabellos pra averiguar quien era el responsable  del delito, pasaste por la peluquería y quedaste como Nosferatu. Eso, sí, no con tan mala cara…

1

Como no estás en el campo, ni en la nieve, ni de viaje en un lugar nuevo, y crees conocer todo lo que tarde o temprano acabará despejando el horizonte, te quedas ensimismado (entimismado, debería permitir la RAE) ante la nube lechosa que inunda el pequeño valle del Manzanares. La niebla espesa apenas deja distinguir los pinos más cercanos. A más de ochenta metros, los plátanos y cipreses ya son fantasmas. Perfecto. Además es fiesta, y sólo un autobús y una furgoneta se han atrevido a romper esa sensación de aislamiento mágico que traen los amaneceres brumosos del invierno. Perfecto.

Las películas inglesas de intriga y misterio de los años 50, con Sherlock Holmes o Jack el Destripador al fondo, siempre empezaban así. Luego emergía de la noche la fachada de una elegante casa georgiana. Se escuchaba la contera de un bastón golpeando el adoquinado, se insinuaba un sombrero de copa a la luz de una farola, brillaba por un instante la fina hoja de un cuchillo, un grito rasgaba la niebla y un bobby hacía sonar su silbato. Finalmente el ruido de unos pasos que huían se iba perdiendo, y el bigotudo policía londinense anotaba en su block.

-Otra prostituta asesinada.

Probablemente era una película de la Hammer, de bajo presupuesto, pero te mantenía en vilo, apasionado hasta el The end. Era perfecta, en sus modestas pretensiones. Como esta mañana de niebla del 7 de enero de 2013. La niebla cuando estás perdido es el peor de los peligros. Pero vista desde tu casa, calentito, te engaña haciéndote creer que todo lo que verás cuando se disipe será mejor. Por eso en el cine el pórtico del cielo siempre aparece tapizado de niebla.

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Recuerdas  a Sherlock Holmes y no caes en la cuenta de que su cita no es casual.

Cuando despiertas, la primera operación del día es sacudir la almohada  sobre el lavabo y ver cuántos cabellos han sucumbido en la noche. Te ha entrado el síndrome del famoso detective inglés, multiplicado por cada víctima de la alopecia sobrevenida, o sea, por el número de pelos caídos. Quieres investigar quién es autor del crimen, y estás dispuesto a estudiar con microscopio el ADN de cada cabello blanco para averiguar quién es más culpable de su caída: si el tumor, la quimioterapia, la radioterapia o la presión psicológica que crees sufrir.

Qué desagradable caerte del guindo y recordar  que todos  los cabellos te pertenecían, y que sus adeenes confirman una única culpabilidad. La tuya.

Los miembros del club consultados te han dicho que no pasa nada, que la calvicie no es un delito, que el pelo cae y luego vuelve a brotar. Tu amiga Luli ha bromeado incluso con tu obsesión capilar, muy del género masculino, como si Marañón no hubiera destruido hace años el mito de Don Juan/Sansón. Te da igual, haces oídos sordos. Una cosa es la virilidad, que en estos momentos está como está, y otra el decoro. Mientras el día de la niebla termina de desperezar, tú vas de ratita presumida y pasas la escoba y hasta el aspirador sobre el suelo de tu palomar para que desaparezcan las pruebas del crimen. No te molesta ser un calvo en puertas. Te espanta parecer un espectro descuidado y desaseado.

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A un sabio se le pueden tolerar lamparones en la chaqueta. A  un poeta como Machado se le consentiría incluso caspa sobre sus hombreras y algún pelo cayendo sobre la yema del huevo frito que, entre verso y verso, tal vez se desayunaba con la voracidad de un guardia civil. A muchos genios incluso se les perdona que reciban un gran premio vestidos de lagarteranas o hechos unos guarros. Eso va con su imagen, que así gana leyenda sin desdoro alguno.

Tú en cambio eres uno más entre 200.000, que según los cálculos de Joselepapos, padecen de tu mismo mal en España. Piensas en el médico o en la enfermera que te debe observar de cerca y tal vez  incluso tocarte. Y prefieres, por delicadeza, que te encuentren en perfecto estado de revista, manteniendo dignamente la prestancia que hasta ahora no te importaba tanto. Cuanto más se desmitifican las formas, más te convences de que muchas de ellas son el fondo de la cuestión. Así que tú, como el general Custer de Raoul Walsh: si vienen a por tu cabellera, que al menos te pillen con el uniforme limpio. Y si caes, que sea con las botas puestas.

4

No habías puesto botas, ni siquiera zapatos en el balcón. Sin embargo el día antes de Reyes se sucedieron sus emisarios portando regalos. Rubén Vidal, el joven pintor de Alcañiz residente en Berlín, al que tanto le impresionaron tus críticas sobre los horribles cuadros que decoran tu hospital, se presentó con una tabla neoimpresionista que recrea una fuente del Tiergarten, el parque berlinés.

-Ojalá no sea así –te explica- Pero si te vuelven a ingresar, te le lo llevas debajo del brazo y lo plantas por delante del  cuadrus horribilis que te toque. Algo mejoraremos el paisaje, y además así recordarás a tus amigos a distancia.

Rubén Vidal es un mocetón que da muy bien el tipo de artista de la bohemia romántica. Alto, de ojos claros y pelo rebelde, no se conforma con pintar, sino que canta a Bach, incluso como solista, y toca no sabes si el violín o alguna madera. Se acaba de casar con Vera, que es ingeniera, o biotecnóloga, o algo muy científico e inabordable para ti. Vera, las cosas de la vida, es sobrina de Jay Riaño, un compañero que conociste  estudiando periodismo en la Facultad de Ciencias de la Información. Al poco, Jay enfermó de un cáncer y murió, muy joven no sólo para amar, como dice la canción, sino para casi todo. Menos mal que la vida está llena de guadianas, y algo de los que fuiste dejando en el recuerdo reaparece vivo y fresco muchos años después. Como esta sobrina que juntó su saber a la inspiración del fino artista de Alcañiz. Humanismo y racionalismo en el mismo lote. Y buscando fortuna lejos de España, como tantos jóvenes ahora. En eso el héroe romántico es de lo más actual.

5

También se personaron en el palomar tu hermano Pablo  y tu sobrino Daniel, portadores de un roscón  que hace maravillosamente en la Thermomix tu cuñada Marliesse. Pablo es la visita ideal, porque aparte de ser bondadoso y muy educado vive en un limbo distinto al del resto de los mortales, feliz en su pequeño mundo, como por encima del bien y del mal, y se sorprende por casi todo lo que le cuentas. Así que no te exige el esfuerzo de otras visitas  Como jubilado perfecto que es, se dedica a leer, a hacer ejercicio físico en los parques de Madrid, a hacer teatro con grupos amateur y a cantar en coros con su señora. Aunque hizo la carrera de ingeniero agrónomo, que suele producir ingenios prácticos, le cuentes lo que le cuentes siempre sonríe como si con la edad en lugar de perder, ganara capacidad de asombro.

-He descubierto Spotify y estoy encantadole dices.

¡Ah!, ¿si?…-pregunta abriendo sus ojos azules- ¿Y qué es Spotify?

Se lo explicas y la cara se le ilumina como si acabara de entender la conjetura de Poincaré, de la que, por supuesto, tú tampoco tienes puñetera idea.

A ti te supone un gran refuerzo moral, porque aunque eres de letras e ignorante enciclopédico en nuevas tecnologías, a su lado, que está cerca de la mítica Arcadia feliz, casi te sientes Von Braun. Pablo es maestro en sobrevolar las miserias humanas, y experto en construir su felicidad con los mimbres justos. Además, el roscón estaba buenísimo.

6

Pilar Lladó te regaló botellas de vino blanco de su finca de La Mancha, y dos pulseras placebo que, según las instrucciones en portugués, quitan los mareos y el malestar de estómago a las embarazadas. A tu edad piensas que es casi mejor lo tuyo que quedarte embarazado. Es más, estás convencido de que  tu sensación de náusea constante, como un albondigón de esparto que sube y baja por el esófago sin desaparecer del todo, ni es porque vayas a ser madre tardía, ni se quita con placebos. Pero por si acaso te pones en cada muñeca dos pulseras hechas como con un con un pedazo de liguero antiguo al que han cosido un misterioso botón blanco que ha de estar situado en la parte inferior de la muñeca, porque si no, no funciona. También podrías clavar alfileres a un muñeco con cara de tumor y hacerle el vudú, pero no has encontrado el género adecuado en el chino de la esquina.

-Tú sigue luchando, no pierdas la esperanza, querer es poder-te siguen recomendando

Otros amigos/amigas/ parientes/ simpatizantes de la radio te van recomendando sucesivamente áloe vera,  batidos, pomelos  -qué ardor, Dios mío- oraciones a san Judas Tadeo, acupuntura, tratamientos de homeopatía. Quién te cocina caldos, quién cremas vegetales, quién te trae fiambres, que son de los alimentos que mejor te entran, quién trufas de chocolate. Se te acumulan los masajistas morales, los mensajistas animadores, los rezadores y rezadoras. Casi necesitarías dos o tres vidas más y un rosario de enfermedades sucesivas para aprovechar el filón de cariño que te ha traído la dichosa neoplasia.

Te deja tan entimismado como la niebla de anteayer.

7

Pero decides que no puedes seguir mirándote al ombligo, y necesitas echar un vistazo alrededor para constatar que te sigue interesando el mundo. Así ves que el nuevo ruso Gerard Depardieu aplaude la concesión del cuarto Balón de Oro a Messi, aunque no te explicas qué pintaba en esa fiesta. También te llama la atención que Brigitte Bardot quiera seguir su ejemplo, pretextando esta vez que un tribunal de Lyon haya ordenado sacrificar a dos elefantitos tuberculosos por razones de salud pública. La entiendes perfectamente, porque los sacrificios que le imputan a Putin son de otro rango moral: periodistas curiosas, opositores inoportunos, chechenos diversos, etc, y un elefantito tuberculoso inspira sin duda mucha más piedad. Como la que sin duda merecían el pobre señor Pallerols, el siempre dignísimo Durán y Lleida y todos los políticos y banqueros corruptos para los que la ley hará siempre las filigranas y jeribeques necesarios con tal de salvarles el culo. Santo cielo, qué farsa, qué inmensa farsa.

Así que, por no desentonar con este grotesco tinglado en el que nos ha tocado vivir, vas a la peluquería y decides sacudirte el síndrome de Sherlock Holmes, dejar de perseguir los pelos caídos y raparte al uno. Ya estás preparado para hacer de malo en una película de Santiago Segura. Ya puedes reírte del mundo calvo y con las orejas de punta. Como Nosferatu, pero con mejor cara.

 

Los Reyes que necesitas

Estàn las cosas tan difíciles y tú tan obsesionado por tus alifafes que quisieras pasar de ellos. Pero te acabas dando cuenta de que, a tu edad, aún los necesitas..

Estàn las cosas tan difíciles y tú tan obsesionado por tus alifafes que quisieras pasar de ellos. Pero te acabas dando cuenta de que, a tu edad, aún los necesitas…

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Por segunda vez te dan de alta en el hospital y convaleces en casa. Convaleces: piensas en el verbo sin contrastar su significado en el diccionario, por lo que interpretaste cuando lo escuchaste por primera vez. Más o menos crees que, aparte de curate, es confirmar que vuelves a valer. Le cuestión es para qué. ¿Para ejercer tus facultades intelectuales? Puede. ¿Para el ejercicio físico y el deporte? Evidentemente, no. ¿Para hacer humor, que era lo tuyo? Como mucho, ironía, que es lo que te pide el cuerpo golpeado. ¿Para mirar?  Afortunadamente sí. ¿Para lo más de lo más……?

Mejor no comprometerse.

Así que pasas la mayor parte de tu tiempo convaleciente mirando, que es lo más plácido. Mirando el paisaje urbano y sus cambios de luces, los periódicos, libros, películas que no acabas de ver. Hasta que te cansas,  acabas aparcando tu curiosidad en la apasionante vida de nuestra fauna y te duermes ante un oso polar desesperado porque no encuentra una foca que llevarse a la boca y ante una pareja de hipopótamos copulando.

-¡Criatura!- se te escapa pensando que la hipopótama también tendrá vértebras, como las tuyas.

Pero te duermes sin despejar dudas. Qué será peor para la espalda, si una metástasis en dos dorsales, que es tu poblema, o tonelada y media de hipopótamo verriondo, que es lo que ha de soportar ella.

2

Entre los de la noche y los que  te invaden durante el día tu vida se está convirtiendo en un emparedado de sueños. A veces incluso la realidad te vuelve a remitir a ellos. Dicen los periódicos que a un ciudadano negro que iba a oficiar de Baltasar en la Cabalgata de Reyes de Carabanchel le ha detenido la policía. Esto más que sueño parece pesadilla. ¿Era un presunto estafador multimillonario del rango del flamante ex presidente de la CEOE? ¿Se temía que pudiera fugarse de España antes de que la justicia le echara mano? ¿No podía esperar el juez a que terminara la Cabalgata? Pues no hay chorizos en nuestro país como para entretenerse en otras causas. Al detenido tal vez hasta le iban a pagar por hacer su función. Quizás hubiera sido su único aguinaldo de Navidad. Y a los niños de Carabanchel les frustraron un rey negro de auténtica raza.

No quieres creer que a un concejal blanco le haya dado un ataque de cuernos y aspire a sucederle, No imaginas que con toda la población negra que hay en Espala aún quede un munícipe dispuesto a embetunarse por vestir los efímeros honores de Baltasar  de cabalgata. Y recuerdas que por ahí empezó a cimbrearse tu fe en los Magos de Oriente,

-Ven, Luisito, que vamos a ve a los Reyes Magos de verdad.

Te llevaron a las puertas de Galerías Preciados, que tenía entonces mejor cartel y más posibles que El Corte Inglés. Te acercaron a Baltasar, que era tu rey favorito. Y cuando su majestad hizo por ti, y se inclinó para darte un beso, por el amplio cuello de su sayón  de damasco asomó una pechuga blanca como la de un pollo. Pensaste que no era necesario seguir haciéndote el tonto para considerarte niño. Luego caíste en la cuenta de que aquel era un ascensorista disfrazado, y te convenciste de que los Reyes Magos son otra cosa.

3

Adviertes que en una semana has pasado de tener un apetito voraz a tardar un cuarto de hora en asimilar un caldo. Lo que te cuesta tragar, caramba. También eres consciente de que se te está empezando a caer el pelo, y de que el espejo te presenta ahora aun tipo pálido que con dos cuartas más de talla podría  ser  el primo de Christopher Lee. Estás endemoniadamente cansado, y hasta cambiar el rollo de papel higiénico te parece uno de los doce trabajos de Hércules. Sólo estás a gusto cuando te despojas el corsé, te acurrucas en la cama de costado y duermes. Como un niño, es cierto.

Hoy te irás a la cama con una imagen extraordinaria. Se había acabado la Cabalgata de Reyes de Madrid, se supone que sin orden judicial contra ninguno de sus majestades,  y por encima de la cúpula de San Franciso el Grande viste un castillo de fuegos artificiales que dibujaban las mismas ilusiones que te impedían dormir todos los cinco de enero de tu infancia. La diferencia es que ahora duermes, sueñas y olvidas. Y aunque sigas esperándolos, solo necesitas esto  de los Reyes Magos.

 


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