Hoy como ayer

Creías que tu enfermedad te lo iba a cambiar todo, pero etás comprobando que tus vicios y debilidades permanecen hoy como ayer...

Creías que tu enfermedad te lo iba a cambiar todo, pero etás comprobando que tus vicios y debilidades permanecen hoy como ayer…

1

Si quieres, puedes. Nunca has tenido demasiada fe en esta máxima. Te parece de escuela de negocios de tercera categoría, de filósofo de tertulia radiofónica, de aspirante a líder peinado con brillantina que pretende comerse el mundo o de magnate que ya se lo ha comido y pontifica sobre el éxito disfrazando sus dientes de lobo bajo una piel de cordero.

-Trabajo e iniciativa-suelen decir- Pero sobre todo, mucho trabajo. Ese es el único secreto del triunfo en los negocios,

Paparruchas, piensas. A cuántos habrás conocido que se han pasado la vida trabajando como castores y apenas habrán conseguido un mal pasar. No sabes por qué los triunfadores ricos se empeñan en limar importancia a su trayectoria. Casi les queda peor el intento. Parece que te dicen, mira yo soy un tipo normal, pero despabilado, y tú un tipo igualmente normal, pero tonto.

Quizás ahora, con las limitaciones que te impone la enfermedad,  lo que querías para tu retiro aún te queda más lejos. Pero algo de lo que eras te queda, sin duda.

2

Por ejemplo, te has despertado con la esperanza de que te llamara una voz anónima, a ser posible femenina, y te recordara que el que tuvo, retuvo.

-Verá….Usted antes perdía alguna cosa en los autobuses, ¿no?

-Sí, era muy frecuente. Soy algo despistadillo.

-Bueno, pues ayer perdió un guante  en el trayecto de ida, aproximadamente a las 10, 45,  y una bolsa de Caprabo en el de vuelta, aproximadamente a las 14 h. Menos mal que como yo coincidí con usted en ambos trayectos y, como  soy una buena ciudadana,  le recogí el guante y la bolsa. Si le parece, quedamos en un café y le hago entrega de las dos cosas.

Esperabas que así fuera. Esperabas incluso que la ciudadana encantadora fuera mujer de buena presencia, atractiva, refinada, culta, de variada conversación y con propiedades en el Bierzo, que es una región no muy bien conocida por ti y por la que te gustaría viajar a fondo. Como era el vigésimo aniversario de la muerte de Audrey Hepburn creías que quizás por un capricho de la divina Providencia podría ser su misma reencarnación. Qué cosa tan cinematográfica, que Audrey se reencarnara en un autobús madrileño de la línea 138. Además era una Audrey muy despabilada, pues lo del guante no te importaba demasiado-aunque para qué demonios vale un guante viudo- y la compra del super se limitaba a una barra de pan y a unos fiambres. Pero héteme aquí que en la bolsa metiste también una carpeta de plástico en la que iba un certificado de la Agencia Tributaria reconociendo que tú, con tu nombre, apellido y dirección postal, estabas al corriente de pago de tus obligaciones fiscales. Era un papel cuya importancia ella, tan lista, sabía sobradamente. Lo demás fue leer tus datos, buscar tu teléfono en las Páginas Blancas y quedar como una chica de cine.

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Te has despertado con esa doble esperanza, pero la realidad te ha vuelto a poner en tu sitio. Has perdido el guante de piel de la mano izquierda y el papelín que necesitabas. Además, olvidaste precisamente la bolsa de Caprabo con el dichoso certificado en el asiento para levantarte a preguntar al conductor del autobús de vuelta si había una oficina de Objetos Perdidos de la EMT. Pensabas que a no ser que el que encontró el guante de la mano izquierda fuera un manco de la mano derecha, rara casualidad, a nadie le podría interesar el hallazgo, y por tanto quizás se lo hubiese entregado al conductor para que lo depositara allí. Pensabas todo esto mientras apuntabas el teléfono de este departamento y luego, sin volver la mirada a tu asiento, bajabas del autobús tan campante y confiado.

-A lo mejor hay suerte y los encuentras- suspiraste.

Pero ni te llamó  Audrey Hepburn rediviva, ni en la oficina de la EMT había depositado nadie objeto perdido alguno. Claro que no hay mal que por bien no venga. La experiencia te convenció de que tu tumor no te impedirá volver a ser el que eras.

Al menos en punto al despiste. Ahora sales a la calle con sombrero, para proteger tu calvicie del frío. Pero cualquier día te dejas la cabeza en el perchero, ya verás.

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Como poco a poco vuelves a ser el que eras, también has regresado al cine.

Antes de elegir película te gusta echar un vistazo al blog de Pepe García Berdoy, (44gb.blogspot.com.es) que hace  críticas sencillas y breves sin pretender dar lecciones de cine a nadie. ¿Por qué la mayoría de los críticos se empeñan en hacer alarde de su erudición, en lugar de servir de guías al profano? Entre lo que te cuenta Pepe y lo que te ha recomendado tu encantadora amiga Belén Agosti para animar tu lucha contra la tu bichito, eliges La vida de Pi, que es una película singular, deliciosa en su primera media hora, deslumbrante por la belleza de sus imágenes y algo tediosa a ratos. Y ahí sí que hay que lidiar con bichitos peligrosos.

Lo que más te admira de esta película no es la originalidad de la historia ni el asombroso maridaje entre la imagen real y los efectos digitales. Lo que te deja pasmado es que alguien Ang Lee, que es su director haya convencido a productor alguno para que invierta su pasta en una historia tan surrealista como difícil de filmar. Pensaste lo mismo cuando viste hace unos meses otra película interesante, La pesca del salmón en Yemen. Te acuerdas de tus sudores, cuando tenías que explicar ideas pintorescas en publicidad, y eso que no apurabas tu inventiva, y envidias a estos modernos genios que son capaces de vender hielo a un esquimal. ¿Hay algo más inimaginable que un proyecto para convertir el Yemen en paraíso de la pesca del salmón? ¿Y algo más imposible que un joven que se salva de un naufragio después de haber convivido en un mismo bote con un feroz tigre de Bengala?..

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Dice Jorge Edwards a propósito de la publicación de sus memorias Los círculos morados que o dejas de lado el pudor o no escribes. O no haces cine. O no llevas a cabo proyecto alguno. La sinceridad, cuando no el atrevimiento, la audacia o incluso la desfachatez, son el ADN del emprendedor moderno. Le echas una pensada a las palabras del escritor chileno, le das la razón y te convences de que nunca podrás escribir unas buenas memorias, por carecer de impudor. Menos mal que el propio don Jorge te da linimento para tu desánimo. Por lo general soy de temperamento optimista sigue contando- recupero la ilusión con cualquier cosa. Por ejemplo, me acaban de llamar para decirme que una mujer muy guapa quiere conocerme, y eso me pone contento.

Tú le contarías que Audrey Hepburn había resucitado para devolverte un guante y un certificado extraviados en un autobús. La idea también te ponía contento, pero casi sonaba más verosímil lo del salmón del Yemen o el naufragar con un tigre de Bengala. El maldito sentido del pudor, qué amargura.

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6 Responses to “Hoy como ayer”


  1. 1 Atticus 444 enero 24, 2013 en 12:35 pm

    Gracias por citarme, Maestro, es lo mejor que me ha pasado en el dia..¡que digo¡.. en la semana.
    Abrazos y animo que nos haces mucha falta ( el animo y tu)
    Atticus

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  2. 2 Ángela enero 24, 2013 en 7:13 pm

    Buena zona El Bierzo, sus pueblos, sus ancares, su cocido maragato, su Castrillo, su gastronomía, sus vegas, sus ríos, sus mantecadas, su museo de la radio, su chocolate, sus hojaldres, su camino de Santiago… te encantará. Y una de dos, o que aparezca el guante perdido, o que se te pierda el otro. Es una lata almacenar un pendiente, un guante, un calcetín…
    Qué aparezcan también tus papeles. El Bierzo estará precioso esta primavera.

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  3. 3 Cap Llentrisca enero 25, 2013 en 6:54 am

    Bueno, Duende, pero para escribir bien no basta con perder el pudor (y menos un guante). Hay que tener cualidades literarias. La sinceridad por sí sola sólo produce impertinencias o, a lo sumo, una buena confesión general, pero no una creación artística. Usted tiene esas cualidades. Y ahora que está perdiendo el pudor está escribiendo las mejores páginas que le he leído. Siga por ese camino. En cuanto a su guante, no desespere. Recuerde lo del zapato que se le cayó al agua en el puerto de mi isla y cómo lo recuperó, después de haber pensado en tirar el otro. (Se me ocurre que considere tirar por la ventana el guante que le queda a ver si lo recoge la bella dama que ya tiene el primero…). Le oiré cantar esta noche con embeleso.

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  4. 4 maribel enero 25, 2013 en 8:20 am

    siempre seras nuestro Duende….que despistado por dios!!! menos mal ke la cabeza es imposible de perder….menos mal ke no soy muy cinefala porque no me has convencido para ver ninguna…jajaja saludos y besos

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  5. 5 Emilia cortes enero 25, 2013 en 1:32 pm

    Suscribo el comentario anterior. Deja el guante solitario en el mismo autobús y así por lo menos no andará desparejado. Como estas? Por tu sentido del humor veo que mejorando. Ya pasaron las fiestas y tenemos un cafelito pendiente. Te reto con un guante. Antonio Quintin .

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  6. 6 Curso Pesca Con Mosca febrero 20, 2013 en 1:44 am

    Buen blog Y gran Articulo. Un saludo.-

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