Archivos para 28 febrero 2013

Tres milímetros de esperanza

Con tanta obsesión por el crecimiento, económico o de otro tipo, no caemos en la cuenta de lo importante que es a veces decrecer tan sólo tres milímetros...

Con tanta obsesión por el crecimiento, económico o de otro tipo, no caemos en la cuenta de lo importante que es a veces decrecer tan sólo tres milímetros…

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Te cuenta Homper que como su vida de jubileta puro se le queda tan estrecha, está dispuesto a ofrecerse como alter ego perfecto. Y, de acuerdo con los tiempos que corren, gratuitamente, claro.

-Te puedo ser muy útil-dice- Pienso como tú, vivo como tú, y recientemente me diagnosticaron una enfermedad como la tuya a la que están aplicando un tratamiento exactamente igual al tuyo. Así podré hablar de tu vida sin las inhibiciones que te produce ser sincero contigo mismo. Además, desde que murió la tía Clota ya casi no tengo con quien hablar.

– Qué pena…Qué sería de nosotros sin poder hablar…¿Eres madrugador?

-Si, lo soy.

-¿Compartes mis aficiones?

-Oh, si…Tenemos muchas afinidades electivas en común. La música de Bach, el cine rancio, el Atleti, los callos con garbanzos, espiar la vida de los animales, escribir sin saber qué acabará saliendo, los polvorones, tirar piedras al río, darle cuerda a tus juguetes de hojalata y esas cosas  tan tontas que te gusta creer que son la esencia de la felicidad.

-¿Y sientes lo que siento yo en este momento?…

-Tenlo por seguro.

-Pues cuéntalo de una forma original. ¿Sabes?…Empezó este blog como un divertimento y según pasan los días se va uno poniendo intenso, y cree que ya no tiene la menor gracia.

-Pues verás…

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Te cuenta Homper que el lunes entró a tomar un te en un Starbucks. Le gusta esta cadena de cafés por lo de poder arrellanarse en un sillón y leer algo mientras toma un bebestible. No le gusta por el tamaño desmesurado de sus muffins y por sus precios. Te sigue contando que después de leer por encima el periódico, levantó la vista y se fijó en el tipo que tomaba un café en la mesa de al lado. Su cara le era familiar. Junto a su café, descansaba un ejemplar de El Kamasutra deconstruido.  172 nuevas variantes posturales, interesante aproximación a al amor carnal para expertos escrito por la sexóloga finlandesa Arnal Cukaalinen.

-De vez en cuando, tras beber un sorbo de ese café aguachirle, el tipo leía un ratito y tomaba notas en una libreta. Yo le observaba y decía: este tipo me suena, me suena…Hasta que caí en la cuenta de que era el famoso actor porno Nacho Vidal. Entonces no pude reprimir mi curiosidad, y tras presentarme correctamente como Homper, o sea, el Hombre Perplejo y de curiosidad sin límites, le pregunté si tres centímetros de más o de menos podían hacerle más o menos feliz la vida a un hombre y a su pareja.

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-¿Te atreviste a eso?-le dijiste tú- Yo nunca hubiera osado a  hacer esa pregunta.

-Hombre, un alter ego se puede tomar ciertas licencias…El caso es que él se echó a reír. Y dijo que él estaba encantado con sus veintitrés centímetros, como bien se podía admirar en el vaciado que le hicieron de su afamado miembro viril para envasar colonia femenina o para modelar penes de chocolate que se vendían, con gran éxito por cierto, en las confiterías eróticas más acreditadas. Pero que, como triunfador que es, además de esperar impaciente el crecimiento de de la economía y de sus pingües negocios, también aspiraba a que se alargara su instrumento de trabajo.

Homper puso cara de pícaro y bajó la voz para continuar su relato.

Me reveló que había requerido la ayuda del mentalista indio Rabiné Dorandar, y que gracias a sus lecciones sobre el poder de la mente  si se concentraba mucho en una mujer apetitosa el pene le crecía excepcionalmente, y siempre de tres en tres centímetros. Contrariamente a lo que puede uno imaginar en un tipo de apariencia tan ruda y de menester que no destila precisamente humanismo, no eran mujeres vulgares las que más le ponían, sino lo mitos eróticos más refinados que ha conocido la civilización. El busto de Nefertiti del Museo Neues de Berlín le prolongaba su alegría hasta veintiséis centímetros, la Venus del Espejo de Velázquez  lo estiraba hasta los veintinueve, y el escandaloso cuadro El origen del mundo de Courbet colgado en el Museo D’ Orsay, marcaba su record de treinta y dos centímetros. Y entonces, más difícil todavía, fui yo y le planteé la cuestión siguiente. Oye, macho-le dije- ¿y el perder tres milímetros no te hace feliz?…Entonces me miró con desprecio,  porque para él tres milíemtros eran eran algo insignificante, y me espetó con mal tono que además eso del crecimiento negativo era una gilipollez.

Y nunca mejor dicho.

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-Porque eso del crecimiento negativo es un eufemismo de los políticos para no decir decrecimiento. Pero ahí está la diferencia -le aclaré yo a Nacho- Que así como el crecimiento negativo es un oximoron,  una  contradiccio in terminis, o sea, una gilipollez,  el decrecimiento puede ser positivo.

-¿El decrecimiento de la economía o el del pene?-preguntaste a tu alter ego francamente sorprendido.

-¡Oh, no!-te corrigió Homper-Esos siempre son deprimentes- Me refiero al decrecimiento de uno de los nódulos malignos que tengo alojado en el pulmón. Ahora, después de casi dos meses de pasar por talleres, su tamaño se ha reducido en tres milímetros.

No sabes cómo reaccionaría Nacho Vidal, ni tampoco te importaba demasiado. Tú recordaste entonces que Homper era tu alter ego, y que su suerte era la tuya. Y que, por primera vez en tu vida, perder tres milímetros donde te dije, en lugar de ser preocupante, era una excelente noticia.

 

Del poder estimulante de los huevos encapotados

Si crees que la crisis y el estado de tu país te importa un huevo, tal vez te consuele que sea encampotado...

Si crees que la crisis y el estado de tu país te importa un huevo, tal vez te consuele que sea encapotado…

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No sabes qué plan de estudios regía en 1912, cuando seguramente empezó el colegio tu padre. Ignoras por tanto si había estudiado latín, pero él era un hombre leído y que escribía  mucho. Poesía de corte juanramoniano y prosa barroca de frases largas, con muchas subordinadas, muy distinto a cómo se escribe ahora. Sí le recuerdas en cambio añorando en la lengua de Cicerón.

O témpora, o mores.

Oh tiempos, oh costumbres.

Venías con ese regusto de cenar con tus hermanos y tu prima Ana María –la hija del capitán Figuerola-Ferretti– en casa de tu hermana Paloma, porque el menú, después de unas alcachofas con gambas y antes de una deliciosa tarta de hojaldre, incluía como plato fuerte huevos encapotados. Nada de nouvelle cuisine, ni de genialidades de Adriá criofilizadas ni de chorradas con sabor a algo: huevos fritos envueltos en bechamel, rebozados en pan rallado y pasados nuevamente por la sartén. Algunos no recordabais haberlos tomado desde que dejasteis la casa paterna, pero a todos os encantaron Recordasteis los tiempos ingenuos en los que un huevo encapotado parecía una cena de lujo, y acabasteis cantando una vieja canción, supones que zarzuelera, que os enseñó la tata Emilia, natural de Tariego, provincia de Palencia, y fallecida a los ciento cuatro años: Pastorcito, pinturero/ vas a ser la pesadilla de las niñas de Madrid/ cuando vayas a la Bombi / los halagos femeninos todos serán para ti…

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Crees que este barniz de ingenuidad te blinda contra los problemas que afligen a España y que te afligen a ti, pero luego resulta que te echas a dormir y sueñas con que tu pulmón espía a tu bazo, y tu bazo colocaba micrófonos ocultos en el hígado para averiguar quién es el auténtico responsable de tu cáncer, cosa que aún no tienes muy clara. Sigue  Morfeo hilvanando absurdos y sueñas con que tus vértebras dorsales han saqueado las arcas de tu salud y han colocado sus fondos en una cuenta secreta de Suiza. Calculas si ha subido tu prima de riesgo, si vas a rebajar el déficit de vitalidad que te impone tu tumor, si están corrompidos tus entresijos y acabas despertándote sobresaltado haciendo al destino una peseta tan poco elegante como el inefable Bárcenas.

O témpora, o mores- susurras- Qué tiempos aquéllos en los que ignorábamos que pudiéramos llegar a ser, además de tan granujas, tan tontos y mal educados.

Te crees un maestro del escapismo, y dices que a ti plim, que para eso eres duende o así. Pero no, en el fondo hasta tus sueños están contaminados de realidad amarga. O sea, que, como decía John Donne, no eres una isla, nadie es una isla, todo lo que concierne a tus compatriotas te concierne a ti, y qué difícil es que no te pringue la mierda nacional. Te pongas como te pongas, si llegan a doblar las campanas por tu viejo y querido país, también doblarán por ti.

Así que más madera, que es la guerra. La guerra contra el desánimo, la guerra contra la depresión. El combate inteligente por estimularse con lo que algunos indocumentados llaman la felicidad de las pequeñas cosas. Si nos hunde la crisis y se nos destartala la madre España,  que al menos sigan respondiendo esas hermanas que invitan a huevos encapotados.

No pecar a tiempo

A Dios pongo por testigo de que, pese a que comimos lacón con grelos y paseamos entre unas vacas Limousine muy guapetonas, no hubo lugar a ningún pecado de la carne ni de ningún otro género...

A Dios pongo por testigo de que, pese a que comimos lacón con grelos y paseamos entre unas vacas Limousine muy guapetonas, no hubo lugar a ningún pecado de la carne ni de ningún otro género…

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Lo negativo es que despiertas el 17 de febrero con molestias lumbares, como si el corsé que te protege desde hace ya dos meses  se cobrara el impuesto de un nuevo dolor que ya no sabes si viene de dentro o de fuera, si es ligero o profundo. Quizás sea el resultado de la propia presión del chaleco ortopédico, a saber. El caso es que te cuesta levantarte de la cama, tú, que habías vuelto a ser gallináceo al amanecer. Despertabas, y saltabas como un resorte, según tu costumbre tradicional Ahora tienes que buscarte el truquito para que te moleste menos buscar la verticalidad. Luego te aseas, te vistes, te encorsetas y se te olvida. Entras en el malestar nuestro de cada día, poca cosa si se compara con el padecimiento del resto de la humanidad.

Lo positivo es que este es el primer domingo de cuaresma, y que ayer lo despediste como era tradicional. Tus amigos Jaime y Pituca Brujó, que tienen raíces en Villagarcía de Arosa, te habían invitado a una laconada con productos recién enviados desde allí a su finca  de Valdeíñigos: lacón, grelos, cachelos, chorizo y queso de tetilla.

-Qué delicia-pensaste cuando les echaste el diente- Y qué miedo me da la digestión.

Ahí está lo positivo. Te encantó el menú, pero no era tal vez el más adecuado para aliviar la sensación de embarazado que te ha traído la quimioterapia. Sin embargo todo lo purgó  la calidad del producto, la conversación amena e inteligente y un paseo entre el arbolado y las vacas pastando por los prados que caen en suave pendiente hasta la misma orilla del río Tiétar. No necesitaste ningún otro digestivo para asimilar la pitanza.

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La laconada despedía antiguamente a la tolerancia con la carne, dicho sea en el sentido nutricional de la expresión. Para pasmo de todos los menores de cincuenta años, que tal vez ni lo sepan, en la España de la primera mitad del siglo pasado la Iglesia obligaba a los católicos a no comer carne todos los viernes del año, en penitencia y recuerdo por la muerte de Cristo tal día de la semana. Cosa difícil de entender, como tantos mandamientos de la Iglesia: te despachabas una langosta  con mayonesa y no pasaba nada, pero si te consolabas con unas alitas de pollo pecabas como un hereje.

Tú te sonríes recordando que, hecha aquella anacrónica ley, hecha la trampa. Y que si tus padres pagaban la llamada bula de la Santa Cruzada en la parroquia, Roma hacía la vista gorda, y te limitaba la prohibición de la carne a los viernes del tiempo cuaresmal. Eso sí, por si acaso tus amigos no pierden la costumbre, y convocan a su mesa antes de que empiece la cuaresma y la gula parezca un poquito más pecado.

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Una buena mesa en la que no saboreas más que lo que cae en el plato no es tan buena. Lo más agradable de la laconada, exquisita por otra parte, fue la conversación, pilotaba por el señor de la casa, que destila entusiasmo en todo lo que hace, y que lo cuenta con mucha gracia. Jaime Brujó y Pfitz, oriundo de Berga por vía paterna y descendiente de un mariscal austríaco por la materna es un hipèractivo que tanto representa en España a firmas extranjeras muy serias como es empresario agrícola, hace una ganadería  de lidia, canta y baila flamenco, torea vaquillas, apodera toreros, esponsoriza a artistas, cambia el toro bravo por las elegantes vacas Limousine  y, entretanto, va engarzando amigos de  todos los perfiles.

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Algunos de ellos, son tan pintorescos y geniales que tú lamentas no haberles conocido personalmente. Ese es el caso de Manuel Pareja-Obregón, músico, compositor, escultor presente en la casa de los Brujó en numerosas piezas de tema taurino y, por encima de todo, y a pesar de su noble abolengo, bohemio. No te atreves a revelar todo lo que Jaime contó de su entrañable y novelesco amigo, muerto ya hace años. Se puede imaginar que entre que fue nieto del matador El Espartero, tuvo un tío rejoneador, modeló cantidad de toros y padeció un romanticismo febril y apasionado, en su historial apuntan los cuernos por todas partes. La gloria y la popularidad que le dieron sus fandangos, sus sevillanas, las numerosas canciones que compuso para las figuras de su época y su archiconocida Salve Rociera no le rentaron lo que cabría suponer, pero ahí está el busilis de la bohemia. El mejor exponente de su originalidad, rayana en el surrealismo, es lo que descubrieron Jaime y Pituca una de las últimas veces que fueron a visitarlo.

-…Porque además criaba en su casa galápagos –dijo el anfitrión conteniendo la risa- Nos llevó ante una especie de bargueño con numerosos cajoncitos, en cada uno de los cuales guardaba un pequeño ejemplar. Los sacaba de su cajón, los ponía en el suelo, marcaba una línea de salida y al final de la pista dejaba unas hojas de lechuga…Y así organizaba su carrera de galapaguitos…

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Amigos singulares.

Salvando las distancias con los Pareja Obregón –uno de los hijos de Manuel, pianista de profesión, fue el primero en precipitarse al Guadalquivir con piano y todo cuando tocaba en una plataforma suspendida sobre el río por una grúa que falló – tú también te creías con méritos para meterte en esa baraja de figuras. Te lo callaste, pero te hubiera gustado decir que al día siguiente, domingo 17 de febrero a las 15 h. RNE emitiría una entrevista que te grabó  la periodista Pilar Socorro para su programa Siluetas. Por ahí han pasado Estrella Morente, Basilio Martín-Patino, Del Bosque, María Dueñas y otras celebridades, y tú estabas como niño con zapatos nuevos, convencido de que eras alguien porque iban a dedicarte la misma atención que a ellos. Al menos eso habían anunciado ese mismo sábado, en una cuña del programa No es un día cualquiera de Pepa Fernández, sobre el espeluznante fondo musical de Las muñecas de Famosa se dirigen al portal.

-Siluetas, de Pilar Socorro…-decía un locutor  con voz de importancia-Mañana, a las quince horas, con Luis Figuerola-Ferretti.

Vanitas vanitatis…Hubiera sido tu pecado, ya que los de la carne, como se ha dicho, se habían evitado a tiempo. Pero además de estar de Dios que no querías pecar de fatuo, hubieras caído en el más espantoso de los ridículos, pues  después de tanto anuncio lo que de verdad emitió RNE no fue la tuya, sino otra entrevista con un ex ministro canario, que no sabes si fue Saavedra o López  Aguilar, porque a ti, afortunadamente, se te olvidó escuchar la radio a esas horas. O sea, que tu silueta se había borrado misteriosamente de las ondas, aunque te quede  el orgullo de ser amigo de los Brujó y de haber sido invitado por ellos a una laconada precuaresmal sencillamente inolvidable.

Echemos la culpa a Mozart

Entre los motivos humanos que explican la retirada de Benedicto XVI, el más divino quizás sea el poder tocar al piano las partituras de Mozart...

Entre los motivos humanos que explican la retirada de Benedicto XVI, el más divino quizás sea el poder tocar al piano las partituras de Mozart…

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No sabes cuánto tiempo hacía que no te dormías con música de Mozart. Debe de ser porque no hay ningún estudio científico que abone su poder curativo sobre tus dolencias. Un científico japonés quizás haya descubierto que el colmillo del narval crece tres veces más los años bisiestos. Un suponer. Otro estudio de la Universidad de Yale puede que nos sorprenda hoy sosteniendo que desayunar fríjoles con chocolate aumenta el deseo sexual. Otro suponer. Seguramente un ornitólogo escribe su tesis doctoral sobre  por qué las gallinas ponen más huevos con dos yemas a partir del miércoles de ceniza, demostración de que en estas fechas se producen muchas flores, tirabuzones rosquillas y otras delicias conventuales y, como criaturitas de Dios colaboran en el buen orden de la creación.

Otro suponer, más surrealista si cabe. Como las miles de teorías que todos los días se difunden sobre otras observaciones sorprendentes: a) El sonido de las sirenas de los barcos en la evolución de las verrugas b)La relación entre el aflojamiento de la goma de las bragas y los trastornos psicológicos de la mujer c) La influencia entre el teñido del pelo de los políticos sobre la credibilidad de sus mensajes d) La mutación de la función simbólica y adivinatoria de los sapos, que hasta hace nada barruntaban lluvia y ahora cuando se te cruzan en el camino son advertencia de que va a subir la prima de riesgo. e) El brandy Benedictine les sale mucho más aromático  a los monjes cuando lo destilan al ritmo de la música de Shakira.

Ni un día sin un estudio nuevo que nos deje boquiabiertos. Seguramente hoy mismo se descubrirán muevos agujeros negros y enanos marrones en el espacio, y otro sabio nos aventurará que en realidad si nuestra galaxia era hasta el momento un granito de arena en  una playa, ahora se ha demostrado que es menos que una partícula de polvo de litioen ese infinito vaso efervescente que es el universo.

Vamos, que no tenemos ni puta idea de casi nada. Pero como hay tantas tribunas, micrófonos, cámaras a las que atender y horas que rellenar, se dice lo que haga falta con  tal de entretener al personal.

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Tú pusiste música de Mozart con la esperanza de que sus conciertos estimularan la inhibitina de tus diminutos tumores pulmonares y anulase la jodiendosis agresiva que pellizca tus dorsales. Vana esperanza: ni la una ni la otra tienen carta de naturaleza entre los galenos. No existen.

Y entonces caíste en la cuenta del por qué de tu decisión. El hombre del día era Josep Ratzinger, que ha renunciado a su dignidad papal por no sentirse en condiciones para tal responsabilidad y poder tocar al piano a su músico favorito: Wolfgang Amadeus Mozart.

La Iglesia Católica tampoco es ajena a la sensación de derrumbe que parece asolar al mundo que vivimos. Y qué duda cabe que hay otras maneras de sentir a Dios y hasta de servirle. Por ejemplo, continuar rezando en un convento desde cuyo huerto  de olivos y limoneros se divisa una bella vista sobre Roma e interpretar a Mozart.

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Lo que tantas veces has dicho de Bach o de Beethoven vale para Mozart. Todos los genios nos dejan tendidas escaleras mágicas que convergen en lo más sublime y delicado que puede imaginar el ser humano. Para unos puede ser la idea de Dios, para otros la percepción del amor, pero difícilmente te sugerirán algo desagradable como una inspección de hacienda.

Tú recuerdas que cuando la pasión de la juventud se rompía dentro de tí fuiste con la chica de tu vida a un concierto en la que una flautista llamada Helaine Shaffer interpretó el Concierto para arpa y flauta  C.K. 299 de Mozart. Tu memoria nunca olvidó algunos detalles significativos de aquel concierto. En primer lugar, la flautista era una rubia americana del estilo de las que elegía Hitchcock. Tocaba una flauta travesera de platino, lo que aún le añadía más fascinación. Por otra parte el delicadísimo andantino del segundo tiempo, no se sabe si por su propio lirismo o por la emoción de escucharlo junto a la que tanto te gustaba, te pareció un regalo mágico que la Providencia había reservado para ti.

La chica, que seguía a Amadeus tan embelesada como tú, llevaba además un curiosísimo vestido cuyo escote en pico era cerrado por una cremallera de color que venía desde la cintura. Durante unos buenos minutos llegaste a pensar que lo sublime podría serlo aún más si, como ocurre tantas veces, los dientes de la cremallera se hubieran abierto espontáneamente y tú hubieras agregado al intenso placer espiritual de la música de Mozart el no menos intenso placer, bien es verdad que no tan espiritual, de verle de reojillo los pechos a tu amada. Desgraciadamente no fue así. Tú juras y perjuras que estabas sintiendo la divinidad a tu lado, sin mezcla de malicia alguna, pero el Jefe debió de decidir que lo de la exhibición no tocaba. El público y el maestro, que quedaban de espaldas, tal vez no se hubieran percatado de ello, pero el arpista que acompañaba a la Shaffer hubieran perdido el compás echando a perder lo que sin duda fue para ti un concierto inolvidable.

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Por lo demás, desde que el Papa ha decidido retirarse su figura se te ha humanizado, al punto de que te cae simpático. Sólo visitaste una vez el Vaticano, pero comprendiste que tanta pompa, circunstancia y tan fastuosa arquitectura de poder se le puede venir encima a cualquier alma sensible que crea que su misión es continuar la obra de Cristo.

Que paren este mundo, que me apeo- podría haber sugerido Ratzinger incluso admitiendo que Bob Dylan no es Mozart.

Te gusta imaginar también que un día una buena católica de ojos hechiceros que tú conoces fue a recibir la bendición papal, y que el Santo Padre quedó tan impresionado por ellos que comprendió que no podía seguir llevando la tiara papal siendo tan vulnerable como cualquier hombre. Ya es rizar demasiado el rizo: humano sí, ma non tanto.  Conténtate con echarle la culpa de la ritirata a Mozart,   y preocúpate sólo del  poco margen para la sorpresa que te va dejando el tiempo que te ha tocado vivir. ¿Mira que si un día también dimite Dios?…

 

Cómo aliviar daños colaterales

El truco consiste en transferir al espíritu de celebridades como el del valeroso general Ricardos, que ya no sufrirá nada, los males que te afligen...

El truco consiste en transferir al espíritu de celebridades como el del valeroso general Ricardos, que ya no sufrirá nada, los males que te afligen…

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Cuando revisas tus  últimos intentos de completar un  post y de subirlo al blog te entra un ataque de sinceridad.

-Esto es un coñazo-  te susurra Pepito Grillo- ¿Cómo quieres que a nadie le interese eso?

Claro, no los acabas, no los rematas, y pasan los días sin subir ningún post nuevo. Encima te estás poniendo pesado con tanto darle vueltas a tu arrechucho. No es para tanto, caramba.

Por otra parte, la cosa te preocupa. Algunos de tus amigos creen que el tono de tus entradas es como el termómetro de tu salud. Y si ven que no estás ni para escribir, pueden creer que estás peor. Lo cual es cierto, pero menos. Sueles explicar que después de las quimioterapias  te tiene a mal traer el funcionamiento del sistema digestivo, añadiendo que de norte a sur. Esta última es una metáfora de niño aprendiz de geografía: tiendes a creer que el norte es lo que queda siempre más arriba, como si toda la vida fuera un mapa. Bueno, pues tú andas permanentemente revuelto y asquerosito a la altura del Trópico de Cáncer, y nunca mejor dicho. Y taponado como con hormigón armado por el aliviadero del Polo Sur.

Todo pasa en esta vida. Ya ves el sorpresón  que nos acaba de dar Benedicto XVI. Mientras a tí se te iban mitigando los reflujos de la quimio, a él le declinaban las fuerzas para seguir siendo papa, y ha tomado la misma decisión que el papa de la película de Moretti, que con tanta gracia interpretaba Michel Picccoli.  Sic transit gloria mundi. Sic transit dolor corporis.

Sic transit casi todo.

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Del miércoles a esta parte te has encontrado tan desanimado y tan molesto que, aparte de forzar la alimentación natural, ingerir vegetales cual hipopótamo, consolarte con digestivos diversos y volver a la ifancia con un supositorio Rovi como último recurso has confiado tu suerte a una amiga medio vidente que sostiene que en la pintura y en la estatuaria está la solución.

-Salimos de paseo y, de entrada, te agilizará el tránsito intestinal –te convence- Pero luego visitamos imágenes de muertos ilustres que ya han quedado en la historia con el gesto que les dio el artista y, si te concentras, consigues transmigrarles tu malestar digestivo.

No parecías darle demasiado crédito a sus palabras.

-Lo he leído en Internet –cita por dar solvencia a tus fuentes- Es cuestión de energía mental. Además, por probarlo no perdemos nada. Hacemos cultura y a los ilustres les da lo mismo…¿No expresan la mayoría un cierto desasosiego por su misión histórica? Bueno, pues que ahora lo sufran con fundamento.

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Empezasteis el ritual ante el Angel Caído  del Retiro, pensando que si ya era un maldito de Dios tanto le daban las ardentías de estómago, los eructos y el estreñimiento. Hiciste lo que pudiste por transmitírselos. Luego entrasteis en el Museo del Prado y aparte de orearos el espíritu con la exposición de Martín Ricoqué paisajista tan exquisito, dan ganas de perderse por cualquiera de sus lienzos- os detuvisteis ante los retratos de Fernando VII que pintó Goya. El rey felón era tan feo y fue tan nefasto que imaginas que tu pesadez de estómago hasta le mejoraría el semblante. Te apiadaste más del general Ricardos, un soberbio retrato del pintor de Fuendetodos que honradamente confiesas que ignorabas. El general, recordado hoy por una calle poco elegante con muchas tiendas de electrodomésticos y bazares chinos, no obedece a la estampa clásica del milico feroz con cara de rapaz, sino que con su rostro rugoso y las largas guedejas de su cabello blanco más parece un primo del filósofo Schopenhauer.

Tiene cara de haber sufrido tanto –sugeriste- que su espíritu hará de esponja, y absorberá mi achaques, ya verás.

Se espera que la digna imagen del eximio general haga su trabajo.

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Pasasteis en coche por  la Castellana ante el busto de Largo Caballero, que tiene cara  de piedra pómez, de las que ni sufre ni goza, porque apenas dice nada. Por lo que sabes de él,  no crees que su alma esté dispuesta a asumir tu mal cuerpo. Lo mismo pasa con las estatuas ecuestres del general Concha, la de Carlos  III en la Puerta del Sol y las de los reyes Felipes de la Plaza Mayor y la de Oriente. Este tipo de efigies suelen quedarte muy altas y, por ende, su gesto altivo, tampoco parece que se incline a hacer nada por la náusea de un pobrecito representante del pueblo llano.

-Tal vez necesitemos más bien ilustres de a pie- apunta tu amiga, que cree en el milagro de la transmigración.

Se intenta una última cura ante esas dos filas de reyes de piedra que flanquean la Plaza de Oriente, en línea perpendicular al Palacio. De tan dañadas como están por la inclemencia del tiempo y por la incuria ciudadana  resulta inútil mirarles a la cara y solicitar compasión. Es como mirar a un vértice geodésico y esperar que tu caso le llegue al alma.

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-Ten fe –insistió tu amiga iluminada- Hagamos un último intento.

Entonces te llevó no lejos de allí, a la Plaza de las Vistillas, y te plantó ante una estatua, pequeñita ella, que `probablemente es la más curiosa de Madrid.

-Ea, aquí la tienes –dijo señalando a La Violetera Más popular y entrañable, imposible. Hazte con ella y ella se hará cargo de todas tus molestias, que para eso eres del pueblo- te dijo antes de darte un beso y despedirse.

Durante unos minutos te recogiste en actitud fervorosa y ensayaste el más profundo acto de fe que has intentado en tu vida. Señor-suspiraste-, que sea verdad que mis males pueden transmigrar a lo que representa esta estatua. Si no le transmites el tumor, que al menos  me pueda librar de la insoportable sensación de náusea que me aflige.

Como oración te quedó bastante bien. Lástima que luego levantaras la cabeza y se te ocurriera mirar a la cara de la Violetera, seguramente la estatua más horrorosa que munícipe alguno ha podido ofrecer a la Villa y Corte.

-Bueno, Señor –admitiste con resignación pensndo que el milagro a lo mejor incluía reciprocidad de transferencias- Casi, casi…que  me quede como estoy.

 

Un cuarteto delicioso

No sabes si preocuparte: te gustan bastante más este tipo de películas que que las sagas de los anillos o del agente Bourne...¿Los años, quizás?...

No sabes si preocuparte: te gustan bastante más este tipo de películas que que las sagas del Señor de los  los Anillos o del agente Bourne…¿Los años, quizás?…

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Alguno de aquellos músicos que tienen el privilegio de alcanzar un retiro dorado en esa lujosa residencia de la vieja Inglaterra dice una frase parecida a esta que se te queda grabada.

-La vejez es un tiempo de valentía.

O a lo mejor lo formula de otra manera, pero da igual. Un huésped  sufre crisis cardíacas. Otro va regateando sus problemas de próstata sin renunciar a chicolear con la guapa gobernanta y hasta con alguna de sus compañeras de residencia. La más entusiasta y de cara más juvenil sufre lipotimias y caídas de tensión. Todos cojean de algún pie cansado de  vivir. Y el orgullo de Jane Horton, que figura ser como una Callas más longeva,  no puede resistir el no ser ya la gran diva que salía a saludar no menos de doce veces cuando cantaba Rigoletto.

Pero en aquel hotel de viejas glorias de la música, donde, por cierto, ni uno sólo los residentes viste chándal,  coinciden además viejos profesores de grandes orquestas, músicos de jazz y crooners divertidos que no renuncian a gozar juntos de sus últimos años de vida. Su alegría y su entusiasmo por la música resultan contagiosos.  Sólo hace falta imitarles, admitir que tempus fugit, resucitar el amor de antaño y tener la valentía de mostrar las arrugas del cuerpo y del alma con la misma naturalidad con que años atrás exhibían su esplendor en los grandes teatros de ópera y en las salas de concierto.

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La película se llama El cuarteto, y naturalmente, te ha gustado mucho porque te has visto allí, como uno más de los protagonistas. Te faltan quizás algunos años, algo de salud de para cumplirlos, aunque todo se andará, sin duda recursos –no es precisamente una residencia de la Seguridad Socialy no digamos nada de la voz y de la técnica que se le presume a los cuatro divos que finalmente cierran el festival que anualmente  se celebra  para conmemorar el cumpleaños de Verdi y recaudar fondos para la residencia. También te falta el frac, porque son todos muy elegantes.

Te sobra en cambio el corsé, del que esperas librarte algún día, y, sobre todo, la fe en la música y en el canto como terapia necesaria para lidiar los años de decadencia.

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Los críticos han alabado con tibieza esta película. Es demasiado discreta y delicada como para provocar entusiasmos. La vejez, si no lleva el toque intensamente amargo de Haneke, interesa poco al séptimo arte, no atrae a los jóvenes,  y apenas vende palomitas. Sólo seis personas asistieron a la sesión de media tarde de ayer. Eso te hizo sentirte aún más privilegiado: compartías cien minutos de exquisita comedia –algunos la han calificado exageradamente, de melodrama- con muy pocos. Unos pocos que, como dicen los castizos, estamos en la orsa, quizás por pensar que cada edad tiene su derecho a la felicidad.

Y recordaste que uno de los más grandes éxitos del entonces joven Dustin Hoffman como actor, Perros de paja, también se rodó en Inglaterra, en parajes tan idílicos como El cuarteto. Aquella era una película llena de agresividad y violencia. Esta, que es su primera película como director,  es un remanso de paz, de elegancia y de buen gusto. El gran Dustin también ha sido valiente para reconocer que los años no pasan en balde, y que la arruga, si no siempre bella, también tiene su encanto  

Con Unamuno, pero también con la prima Adela

Aunque nos duela España, seguir creyendo que habrá remedio...

Aunque nos duela España, seguir creyendo que habrá remedio…

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Hace tiempo que no sabes de Homper. Es otro de los efectos colaterales de la enfermedad, da igual que esta sea una migraña o un cáncer: te sientes mal y tu malestar se convierte en el eje alrededor del cual gira el mundo. Te duele esto o lo otro y a ti plim, que salga el sol por Antequera. Ese no es el caso de Homper, el Hombre Perplejo, que se sorprende por casi todo sin ceder a los sofiones de su salud.

-Hoy me he levantado muy unamuniano-te dice-Pensaba que era una lumbalgia lo que me afligía, pero me acabo de dar cuenta de que lo que en realidad  me duele es España.

-Pero hombre, por Dios, Homper –le dices por quitarle hierro al asunto- Con lo bonito y soleado que ha amanecido el día.

Le cuentas que a sólo dos tres metros de donde escribes empiezan a florecer los camelios, y que esta mañana un zorzal muy pintón picoteaba por el jardín tan contento, como si a nadie en el mundo pudiera dolerle nada.

-Claro, como sólo piensas en lo tuyo…-rezonga-Peor enfermedad es la insolidaridad, ¿no?

Pues es lo que nos faltaba. Amábamos a España. Soportábamos a España. Nos preocupaba España. Hasta llorábamos por la esperanza de otra España que la conocimos al nacer. Y ahora que hemos conquistado la democracia a la gente, no ya de bien, sino sólo con cierta sensibilidad como Homper, le duele nuestro país, y se queja de que tú no titules tu post con su lamento unamuniano. Como si reviviéramos los tiempos convulsos en lo que el ilustre vasco era rector de la Universidad de Salamanca.

2

Le tranquilizas confirmándole que a ti también te duele España. Y añades que no se ponga tan trágico. Que en el manual del homo sapiens debía de haber un adenda de homo corruptor y de homo corruptus que no se atrevieron a explicarnos nuestros docentes, y que cuando estás en el poder asimilas con naturalidad: no es agradable ni es lo que más te gusta, pero es lo que hay. Incluso en algunos de los países más avanzados. Item más: rebates firmemente la tesis dominante de que no nos merecemos estos políticos recordando que, dando por buenas las reglas del juego –ahí está lo discutible: los mismos que las pían ahora no las cambian cuando tienen la sartén por el mango- o sic rebus stantibus, como estudiábamos en Derecho, la democracia, como el algodón del anuncio, no engaña.

-Los gobernantes son tan incompetentes o tramposos como somos sus representados- te atreves a insinuar- No todos somos así, aunque gran parte de los españoles sepamos mucho de dineros negros, evasiones fiscales, economías sumergidas y trampas para engañar a la administración. Tampoco todos los políticos  son carroña. Eso sí, algunos de ellos, además de chorizos pecan de tontos: si cojean de ese pie…¿por qué se exponen a un oficio que hoy está tan vigilado y que se analiza al microscopio?

3

Y le confiesas que a ti la situación también te asquea. Que no sabes qué decirle a tus hijos para que mantengan la moral y convencerles de que pagar sus impuestos no es alimentar la cueva de Alí Babá. No sabes cómo, pero piensas que de  la catástrofe económica y de la sacudida moral que nos ha traído esta crisis vendrá una catarsis que nos hará ligeramente mejores.

4

Homper ha buscado otras terapias complementarias. Ha salido a pasear, y a reconciliarse con el invierno que por esta semana parece haber aplacado su ira.

-Daba tanto gusto pasear al sol –me dice unas horas después- que me acerqué a visitar a mi prima Adela, que es Hermanita de la Caridad desde hace cincuenta años. Y allí estaba,en el hospital de siempre,   limpiando sus vergüenzas a un anciano indigente con el mismo rostro iluminado que deben poner los corruptos cum laude cuando depositan los productos de su rapiña en una caja fuerte de Suiza.

-La cara y la cruz –comentas por ponerle azúcar a su esperanza- Donde hay demonios, también hay ángeles.

Quedamos para tomar un café a media tarde, antes de ver juntos el partido del Atlético de Madrid. Hemos acordado que aceptar con indignada resignación la fragilidad de la moral social no significa pactar con Satán. Las redes sociales, por cierto, también nos han dejado tranquilos. Ninguna ha difundido esta tarde que el ministro de Cultura haya robado las  Tres gracias de Rubens del Prado para decorar su gineceo particular, ni que monseñor Rouco tenga intereses en la trata de blancas de la mafia rusa.

Y, sobre todo, rendimos un homenaje a las miles de almas buenas que imitan a la prima Adela. Ellas nos permiten creer que no somos tan detestables como a veces nos presenta el antipático espejo de la realidad.


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