Al señor Aso, ni caso

Aún nos quedan deberes por hacer antes de hacerle caso al extravagante ministro japonés llamado Aso...

Aún nos quedan deberes por hacer antes de hacerle caso al extravagante ministro japonés llamado Aso…

1

Todo es relativo. O todo debe de ser relativo. Fuiste siempre un tipo del que nadie decía “qué buena cara tienes”. Es más, tu amigo desde los años del colegio Luis Giménez Guitard, un malagueño socarrón y chistoso, te veía más bien todo lo contrario.

-Tienes cara de niño muerto sin flores.

A ti estas metáforas macabras no sólo no te mosqueaban, sino que incluso te divertían. Niño muerto sin flores: qué imagen tan gamberra, y al mismo tiempo con su pellizco de poesía. Casi poesía del Lorca más surrealista

La habitación no lloraba,

                                                se llenaba de estupores.

                                                El canario enmudecía,

                                                y en su caja sonreía

                                               el niño muerto, sin flores…

Secretos de la pigmentación. Pasabas días de verano en la playa y volvías a Madrid casi  con la misma color, como si el sol pasara por tu piel igual que a través del cristal. Eras paliducho, un niño si chapetas en las mejillas, y ya está: no era nada grave, ni te preocupó jamás. Lo que te llama la atención es que ahora que ni comes mucho ni apenas sales de casa la gente te diga que tienes buena cara. Debe de ser que por primera vez en tu vida el optimismo, moderado eso sí, resplandece en tu rostro.

2

Además, al cráneo de Nosferatu le ha salido pelusilla de pichón. Los pichones recién nacidos son muy feos, pero tienen pelusilla en la cabeza. En el Monte el Rincón, donde pasaste lo mejor de tu infancia, a las crías de las aves que aún no habían echado pluma les llamaban peletorros. Bueno, pues ahora tu cabeza disparatada luce como si fueras un peletorro. Qué alivio: los peletorros eran tan jóvenes.

No sabes si en efecto sirvió de algo cortarse el pelo al uno o fue casualidad, pero el caso es que desde entonces en tu almohada sólo aparecen cada mañana dos o tres víctimas capilares. Las mismas, más o menos, que antes de pasar por talleres. La pelusilla tampoco es que te mejore de aspecto, pero no deja de ser un síntoma. La espalda te sigue doliendo a ratos, el tubo digestivo no termina de tranquilizarse, y te cansas, te cansas por casi todo. Pero sin embargo la gente te ve con mejor cara.

Deben de ser las alegrías que te da Audrey.

3

Para compensar. Porque en estos días no puedes ocultar que te inquieta la original propuesta de ese ministro japonés llamado Aso, maestro en ganarse amigos.

-Si queremos mantener el estado del bienestar –ha venido a decir- lo que tienen que hacer los ancianos es morirse cuanto antes.

Y tú, que eres tan sensible para estas cosas, has empezado a sentirte culpable de no colaborar con esta magra economía de chichinabo que cada día nos somete a una nueva privación. No sólo no te mueres, sino que además cometes la osadía de cobrar una pensión.

-Perdóname, Señor –suspiras- porque aún me guste desayunar un pedazo del roscón que me ha hecho mi cuñada Marliesse. Fuera de época, el roscón aún sabe mejor, sabes?

Sales a la calle golpeándote el pecho. Mea culpa, mea culpa, mea máxima culpa, porque aún te divierte vivir. Aunque, por si acaso, vas pensando si a la sociedad le resultaría más económico que te arrojes a las vías del metro o confundir el matarratas con cualquiera de las pastillas que ya forman parte de tu dieta.

Todo sea por salvar lo que queda del estado del bienestar.

4

Lo que en verdad salvará el estado de bienestar es que surjan más personas como la que se oculta tras esa Audrey Hepburn que se ha ocupado de ti. Ya ves las diferencias: un ministro japonés desea que pierdas la vida cuanto antes mientras una buena amiga no consiente ni que pierdas los guantes.

¿Y quién es Audrey?, te han preguntado algunos de los curiosos que merodean por aquí. No hay por qué ocultarlo. Se llama Mariquilla López Bachiller, una mujer que al tiempo que sostiene una empresa de eventos con la que colaboraste en tiempos y de la que surgió una buena amistad se ha marcado el objetivo de sacar adelante a sus hijos, y en especial a Gonzalo, afectado de parálisis cerebral. Ya lo contaste en otro post hace unos meses: al muchacho le recomendaron los médicos ejercicios como el baile y ella, ni corta ni perezosa, creó a su alrededor con unas amigas el grupo de las Bollychurias, que aparte de divertirse recreando los bailes de Bollywood, colabora con la Fundación Bobath difundiendo sus objetivos y celebrando festivales para recaudar fondos que ayudan a la rehabilitación de los afectados por esta enfermedad. Tú no hiciste más que presentarlas en una de esas fiestas a tu manera, como lo haces cuando alguien te solicita para tratar de amenizar estos eventos. No recuerdas más méritos para que se reencarnara por ti la Hepburn. El mérito es de su ingenio y su generosidad.

Mariquilla nació en el seno de una familia numerosa, no precisamente millonaria, que perdió a su padre cuando este apenas rondaba los cincuenta años. Como suele pasar en muchos de estos casos, la madre hizo de la necesidad virtud, y supo educar a sus hijos para que despabilaron y supieron ganarse la vida muy aseadamente. Mariquilla y su hermana Maria Acacia, las que más conoces, son además especialistas en exportar felicidad. Si no siempre te  regalan guantes, jamás te regatean un favor ni una sonrisa.

5

Así que de momento no puedes hacer caso a Aso. Tienes que quedar bien con Mariquilla Hepburn, y con todos los que se interesan por tu salud. Y tienes que plantar el rosal que te ha enviado tu prima Chita, que además fue tu madrina en la pila bautismal. Lo habrá escrito otro poeta, aunque no fuera tan genial como Federico (por cierto, no se crean los versos del niño muerto sin flores, que son inventados). Parece un recurso fácil y algo cursi, pero es de cajón: uno no puede morirse con unas rosas que cuentan contigo para florecer en primavera.

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8 Responses to “Al señor Aso, ni caso”


  1. 1 Isabel febrero 1, 2013 en 12:21 pm

    Que suerte de amigas!!! Enhorabuena y ni casó a Aso

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  2. 2 Julia febrero 1, 2013 en 9:11 pm

    Cuídate mucho Duende, y ese pelo/pelusa de peletorro es un buen síntoma.
    Y las rosas van a florecer magníficas después de tus cuidados. Ya publicarás las fotos y disfrutaremos todos, tú el primero. Besos.
    PD/ Después de comer en casa con mi hermana pequeña, hemos hecho una tarta-bomba de chocolate con la que se te quitarían parte de tus males. Aunque bien pensado, con tu estómago remilgado actual, mejor esperar un poco.

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  3. 3 Julia febrero 1, 2013 en 9:13 pm

    Mariquilla ¡¡¡tú sí que vales!!! Y espero que Risto Mejide no me chafe este comentario que me sale del alma.

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  4. 4 franciska febrero 2, 2013 en 9:29 am

    ¿De que edad estara hablando el sr Aso cuando se refiere a ancianos? porque creo recordar, en algunas de esas noticias de videos originales, es en Japon , donde hay mas seres centenarios, claro, eso podia explicar “un poco” sus declaraciones,. Pero no te veo de momento en calidad de anciano, más bien de seductor de las bellezas del más alla y de las del más aca, o sea, que lo de la pelusilla de pichon, a lo mejor esta de moda y no te has enterado con tu despiste habitual.

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  5. 5 maribel febrero 2, 2013 en 2:39 pm

    Duende tu ni caso a ese señor Aso que con ese nombre seguro que esta amargado..jajaj tranquilo que esa pelusilla es bueno y tu nos haces mucha falta , sobre todo en estos post y por las mañanas con el HH …SALUDOS A TU MARIQUILLA Y A TI A PARTES IGUALES…..BESOS

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  6. 6 jotaefe febrero 3, 2013 en 10:00 pm

    Al ministro japonés
    que no tuvo niñez
    ni va a tener vejez
    cuando se muera ni flores…

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  7. 7 Zoupon febrero 4, 2013 en 1:32 pm

    Recuerdo la historia que nos contó un día un profesor, según la cual en ciertas tribus remotas de Nueva Guinea los ancianos eran obligados a subirse a la copa de un cocotero, y después los mozos de la tribu cimbraban el tronco durante un rato. Si el anciano aguantaba agarrado, lo dejaban hasta el año siguiente porque se suponía que aún estaba lo bastante fuerte para aportar su trabajo y no ser una carga para la tribu. Con los que no aguantaban agarrados, la ley de la gravedad hacía su trabajo.
    En todo caso, esas tribus siempre al borde de la hambruna al menos dan la oportunidad del cocotero, especie de ordalía que Aso-San ni siquiera concedería a los pobres ancianos japoneses, y eso que viven en una sociedad opulenta. Si a los de las tribus los calificamos de salvajes y primitivos, ¿Qué tendríamos que decir de Aso-San?

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  8. 8 Ángela febrero 15, 2013 en 6:11 am

    Al Sr. Aso, ni caso. Qué payaso!!

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