Archivos para 31 marzo 2013

Resurrección

Resurrección1

Resulta que una cadena de televisión programa una serie sobre la Biblia y arrasa en audiencia. Es natural, te dices, el libro de los libros está lleno de escenas de lo divino y lo humano. A ti casi te apasionaban más estos pasajes que aquellos. A saber, Caín liquidando a su hermano a golpe de quijada de burro, Sansón derribando las columnas a las que estaba encadenado, Moisés separando las aguas del mar Rojo,  Salomé llevando en bandeja la cabeza del Bautista, Josué y las famosas trompetas de Jericó, el pobre soldado Malco desorejado por San Pedro,  y Jesús resucitando a Lázaro. Donde no había acción había magia.

¿Cómo no iban a aprovechar eso los cineastas norteamericanos? Repasaban las Escrituras por encima y luego hacían esas películas fascinantes que te fijaban en la butaca del cine Colón o del Príncipe Alfonso con un pegamento infalible. Entonces todas las de ese género eran de romanos, aunque cupieran en ella tirios, troyanos, cartagineses, bárbaros y  hasta el sursum corda. Luego vinieron los cultos latiniparlos del séptimo arte y las definieron como peplum. Da igual, con un nombre u otro siempre te apasionaban. Y te reconforta que así siga siendo, pues ese espíritu ingenuo que respiraban te hacen sentir cada vez que las ves el aliento de lo humano y de lo divino.

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Dicen los evangelios que cuando murió el Señor, el día se oscureció hasta confundirse con la noche, se desataron las furias de la naturaleza y se rasgó el velo del templo de Jerusalén.

-Verdaderamente, ahora se que este hombre era el Hijo de Dios- dijo sobrecogido el soldado que acababa de traspasar de un lanzazo el cuerpo de Jesús.

No venía en el Nuevo Testamento, pero tú sabes que aquel soldado era Longinos, porque te lo explicó un cura  del mismo nombre al que de niño le preguntaste por qué se llamaba casi como un reloj de marca. Se sabía bien la historia del santo de su nombre, y te dijo que luego el lancero, arrepentido o literalmente acojonado, pidió la baja en el ejército romano y se convirtió en un eremita para alcanzar la santidad.

Y tú, cosas de chaval, imaginaste que otros soldados de Quo Vadis o de La túnica sagrada se llamarían Certino, Dogmo, Omego, Duwardo o Cauno. O sea, como Longinos, pero derivados de otros relojes que sólo conocías entonces por los anuncios.

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Te has acordado hoy de Longinos porque es domingo de resurrección, y escuchabas la Pasión según san Mateo de tu venerado Bach mientras fuera seguía llorando el cielo. Lloraba aún a  pesar de que este debería de ser un día especialmente gozoso.

Entretanto guisabas a fuego lento unas patatas a la riojana, que es una gloria de nuestra cocina, y luego las despachaste tan a gusto con tu hija y tus nietas. Y aunque hace sólo hace unos días la química de tu tratamiento te hacía las digestiones imposibles, jugaste después una partida de parchís con ellas junto a la chimenea  y te sentiste feliz. Poco a poco la tarde se metió irremisiblemente en agua y y así, gota a gota, se acabó abatiendo  la noche del día más importante para la cristiandad.

Tal vez no sea demasiado respetuoso mezclar en tu meditación lo humano de este plato tan racial con lo divino de la celebración del día. Pero te rondaba por la cabeza Longinos, y concluyes que, después de su fechoría,  peor lo tuvo él para llegar a la santidad, y sin embargo lo logró. Además, probaste tu salud repitiendo de patatas con chorizo, con lo que en cierto modo tenías que celebrar también tu propia resurrección. Aleluya, aleluya.

Historia de una saeta

Te da tanta pena por esos cofrades que ven suspendida la procesión de su Cristo por culpa de la lluvia que...

Te dan  tanta pena por esos cofrades que lloran cuando se suspende la procesión de su Cristo por culpa de la lluvia…

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El pobre cofrade Miguelón lloraba sin consuelo, porque por tercer año consecutivo las lluvias habían impedido sacar a procesionar a su Cristo.

-No hay derecho-te decía entre sollozos- ¿Pero, además de hombre, no nos decían que es también Dios?…. ¿Y Dios no se da cuenta  de que permitiendo este diluvio está tirando piedras contra su propio tejado?

Tú le mirabas con el corazón encogido. Y mientras, por una parte, envidiabas su fe, por otra agradecías que tus dudas te evitaran más sufrimientos que los que ya te han tocado en la lotería de la vida.

-Y lo peor es que los hermanos de la cofradía no podemos hacer nada- rezongaba desesperado entre sollozos-Y que volveremos a  entrenarnos y a prepararlo todo esperando el Viernes Santo del año que viene y a saber si no vuelve a llover….

Te dio tanta pena Miguelón que te propusiste ayudarle. Te propusiste hacer lo que estuviera a tu alcance para que las lluvias, que tanto te gustan, fueran el año que viene un poco menos crueles con los auténticos devotos de la Semana Santa.

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E imaginaste que eras uno más entre el gentío que esperaba el paso de Cristo en la procesión de Viernes Santo de 2014. Y que justo cuando esta doblaba la esquina y enfilaba la calle en la que tú estabas, un año más se abrió el cielo y empezó a derramar sus lágrimas por la pasión y muerte del Señor. Reconociste a Miguelón entonces porque un capirote enloquecido tiró con rabia su cirio encendido contra el suelo y golpeándose la cabeza con sus puños gritó.

-¡No puede ser!…¡Otro año más no, por Dios!…

Y ya estaba el presidente de la cofradía dispuesto a dar las órdenes para guarecer el paso del Cristo en la primera iglesia del recorrido previsto cuando te arrancaste de entre la multitud que empezaba a abrir los paraguas, te plantaste ante el paso del Cristo y te hincaste de rodillas ante él. Y, como aunque te falta algo de fe te sobra la afición a cantar, te salió del alma  una saeta que decía así.

                                             ¡Ay Jesús crucificado!

                                          Somos muchos los que somos

                                          muy devotos de tu paso

                                          y llevamos todo el año

                                         esperando el Viernes Santo

                                          para sacarte, Señor,

                                          en tu cruz procesionando

 

                                           ¡Ay, mi Cristo amenazado!

                                          Tú que mueres por nosotros

                                          después de ser flagelado

                                          y de espinas coronado

                                         y que después de tres días

                                         estarás resucitado…

                                          …¿no podrías contentarme

                                          con un pequeño milagro?

 

                                           Pide, por favor, al cielo

                                           que por ti no llore tanto

                                           Para que pase tu paso

                                           y te sigamos pidiendo

                                           perdón por nuestros pecados

 

                                           ¡Mójate, Jesús e impide

                                            que el cielo siga llorando

                                            para que crezca mi fe

                                            y no te guarden mojado!…

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Tú estabas a lo tuyo, y no te enteraste de nada. Estabas arrebatado por el entusiasmo que pusiste en la saeta, quizás con alguna copa de más, como ausente, tal vez narcotizado por la emoción. Lo cierto es que no te diste cuenta de nada. Pero Miguelón te contó luego que pasó algo que ni siquiera él, que es un hombre rebosante de fe, podía creer.

Lo vieron sus ojos, tardó en convencerse de que no flipaba y de que no se trataba por tanto de una alucinación. Pues sucedió que en el momento en que terminó tu saeta, la imagen del Cristo cobró vida, y ante el estupor de los asistentes, se desclavó de la cruz, se bajó del paso con un salto de atleta y, sin dar tiempo a que le cortaran el paso los seguratas ni a que le atendieran los de la Cruz Roja, se perdió entre la muchedumbre para regresar un minuto después con un elegantísimo impermeable de lona encerada. Y con la misma naturalidad con que había descendido del paso subió a él, trepó hasta la cruz, se giró dando la cara al público, abrió sus brazos y posó el dorso de sus manos contra el travesaño para que los clavos ocuparan su lugar sin que nadie interviniera en ello.

-Ea, ya está hecho el milagro-dijo el Cristo ante el pasmo general- Que siga la procesión, no se hable más.

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El rostro del Cristo recuperó entonces la misma expresión que tenía antes de la saeta, aunque algunas beatas aseguran que parecía ligeramente más aliviado. El caso es que inclinó la cabeza hacia la derecha, levantó los ojos al cielo –Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado- y en ese mismo momento el Cristo vivo se convirtió en la misma imagen barroca que fue siempre protegida, eso sí, con un elegantísimo impermeable.

Y entonces Miguelón volvió a llorar, pero esta  vez de alegría. Él asegura que te gritó gracias, mil gracias por la saeta, pero tú, ya lo has subrayado, flotabas en un sueño, y no estabas para nada. Sólo te consta que ha solicitado a sus hermanos que la cofradía se titule desde ahora del Cristo del Impermeable. No crees que la idea sea bien acogida, pues ya sabes lo tradicionales que son las celebraciones de Semana Santa, y hay que respetarlas. Sólo estás contento porque piensas que cumpliste como amigo, y que a lo mejor en el cielo toman nota y en adelante programan el tiempo   para evitar que, como decía Miguelón, Dios acabe tirando piedras contra su propio tejado.

La lluvia y la siesta como cultura

¿Por qué no vas a ser tú mismo una obra de arte?...

¿Por qué no vas a ser tú mismo una obra de arte?…

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-Acuérdate ahora de lo que duran en España las rachas de buen tiempo –te dice tu Pepito Grillo– Acuérdate de lo que se extienden las sequías, de esos períodos de semanas y de meses en los que echa el ancla el anticiclón y te levantas día tras día con un cielo azul inmaculado y sin ver una sola nube en el horizonte.

Te parece entonces imposible que se rompa esa quietud y que vuelva a llover. Ahora  llevas cuatro días envuelto en nubes blanquecinas y en cortinas de lluvia y se antoja un milagro que asome el sol. No recuerdas otra Semana Santa tan cerradamente lluviosa  desde hace más de cincuenta años, cuando aún era un gozo chapotear por los charcos de los prados y cañadas y atravesar los arroyos desbordados del Monte el Rincón. Luego te metías bajo la fantástica campana de la chimenea donde siempre ardía medio tronco de encina, te ponías a secar y a otra cosa.

Para las horas siguientes había mucho Julio Verne encuadernado en libros viejos ilustrados con grabados decimonónicos, y varios tomos de maravillosa revista Alrededor del mundo, que tanto hablaba del drama de la expedición de Scott al Polo Sur como de las extravagancias de los maharajás de la India o de casos clínicos de mujeres con pechos supernumerarios. Ojiplático te quedabas viendo las fotos de mujeres que, en lugar de las dos tetas reglamentarias, habían criado varias mamas a sus pechos, y nunca mejor dicho. Tu curiosidad infatigable, que ya despuntaba entonces.

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Has pasado cuatro días en las cuerdas de Navalcán, con tu amigo de la universidad Eduardo, que es de los que se retira al campo para leer y conversar, y la curiosidad ha tenido que abastecerse de libros y palabras. Como hace medio siglo, cuando no teníais televisión.  Salvo un claro para pasear  la tarde del domingo de Resurrección y una escapada bajo el paraguas a Villanueva y Valverde de la Vera, el martes, el resto ha sido contemplar  el diluvio. Hay una escena de El hombre tranquilo que siempre esperas impaciente, porque es la que te enamoró de Maureen O´Hara. Ella se asoma a la ventana esperando al viejo boxeador y su rostro bellísimo aparece enmarcado entre gruesos goterones que se deslizan por el cristal de la ventana de su casita en Innisfree.. Aunque tú no eres la bella actriz pelirroja, ni esperas a John Wayne, has repetido la secuencia muchas veces en cuatro días: mirar el horizonte por ver si se abría una grieta en el celaje y escampaba. Inútilmente.

Tampoco te pesa. Ha sido el mismo amor (por los recuerdos de Maureen) y la misma lluvia –título, por cierto, de una buena película- que rompieron en la primavera de tu vida.

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Eduardo lee La civilización del espectáculo, el último libro de Vargas Llosa, donde parece que el Nobel flagela a la frivolización de la cultura. Y resulta que justo cuando te lo comenta, tú estás leyendo en el periódico que la actriz escocesa  Tilda Swinton ha protagonizado estos días una curiosa obra de arte en el MOMA de Nueva York. Se presentaba en el museo, se metía en una urna horizontal y dormía durante ocho horas a la vista de los visitantes que, perplejos como nuestro amigo Homper, asistían en vivo y en directo a la enésima chorrada sin fronteras de la diletante cultura contemporánea.

La creadora de esta genialidad es Cornelia Parker, que ha titulado esta instalación –ahora no eres artistas si no instalas algo- The maybe, el quizás. Quizás pilles a esta bella durmiente si vas al MOMA, quizás no, porque de vez en cuando, supones, tendrá que salir de la urna para hacer pis. La autora explica en un cartelito al pie de urna los componentes de su obra de arte: artista en vivo, cristal, acero, colchón, almohada, lino, agua y gafas, porque Tilda se quita las gafas para dormir y se lleva a la cama el vaso de agua.

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Tanta desazón con la lluvia y no te das cuenta de que tú también eres una obra de arte.

Pues ocurre que después de comer, y no habiendo posibilidad de salir a tomar el aire, te echas la siesta. Y lo haces como Tilda, de medio lado, por acomodarte mejor a lo que pide tu espalda dañada. Así que emulas a la gran Cornelia Parker y sueñas que has rotulado tu sueño como se merece. O sea, What other thing to do, con la que está cayendo. Especificando en una placa adjunta: Artista pachucho en vivo, manta, almohada,  agua, gafas y gato sobre telón de lluvia al fondo.

Porque, como quieres ser original, y no un plagiario, has soñado que en tu habitación se colaba un gato. Un gato asombrado, que vigila tu siesta en una Semana Santa especialmente llorosa mientras se pregunta a dónde coño va la cultura con estas majaderías.

La chica del Austin

...Y de un Austin del año 1950 como este salio la chiquilla que muchos años después le mandó al bloguero un bonsai

…Y de un Austin del año 1950 como este salio la chiquilla que muchos años después le mandó al bloguero un bonsai lleno de buenos deseos

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Tú no controlas. Es imposible que sigas el devenir de toda la gente que has ido conociendo a lo largo de tu vida, de aquellos amigos de la infancia con los que jugaste, tus compañeros de colegio, tus colegas en la mili, en la Universidad, en el trabajo, de las chicas a las que admiraste o con las que saliste Digamos que a todos los has ido filtrando por el colador chino de la memoria. Unos se escurrieron sin dejar rastro y otros se quedaron agazapados en el cedazo de tus recuerdos, y se convirtieron en materia de tu inconsciente. Porque resulta que tú no crees ser más que tú, una isla, pero nadie es una isla absoluta, y todos mantenemos, aún sin saberlo, un punto de contacto con alguien.

A veces ese alguien reaparece inesperadamente.

-¿Don Luis Figuerola-Ferretti?-preguntan por el telefonillo-Traemos un envío para usted.

Hace falta ser un auténtico sabueso del Madrid arrabalero para descubrir tu palomar en ese barrio dédalo donde vives. Pero el mensaje debe de estar guiado por el radar del cariño, y aunque a esas horas tardías de un viernes de Dolores nunca se espera ya reparto alguno, te han dejado en casa un bonsái bien guapo con un mensaje lleno de buenos deseos para tu curación. Lo firma una chiquilla –ya no tanto- a la que en cincuenta años no habrás visto más de dos o tres horas, una en Madrid, otra en un Rastrillo de Oviedo, ciudad en la que reside y desde la que se ha movilizado por ese imperativo categórico  de  nostalgia amable que impone la recherche du temp perdu.

-Riégalo, recórtale las puntas y cuídalo con cariño. Te ayudará a curarte- dice el tarjetón.

Añade un beso y la firma de Cristina Palau.

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No era precisamente un hotel sofisticado del Club Mediterranée, sino más bien una colonia de veraneo popular en medio de un pinar a los pies de Gredos, en  Arenas de san Pedro. Las pequeñas casas se alineaban en forma de U formando una especie de patio de cortijo, en medio del cual crecían seis enormes plátanos que sombreaban los juegos de la chavalería, y que permitía a ésta, cuando ya picaba la pubertad, trepar a las ramas y tallar en su corteza a punta de navaja los amores del verano. Juan y Teresa, decía una inscripción con un corazón atravesado por una flecha. Alvarito y Carmen, decía otra. Mariví y Chiqui, indicaba otra. Y otra, y otra, y otra. Los viejos árboles, tan frondosos, no sabían si llorar las cicatrices por el dolor que les marcaba la piel o por la ilusión que albergaban en su ramaje.

-Juventud, divino tesoro-silbaba el viento entre las ramas de los plátanos poblados de púberes rampantes.

Veraneaban en aquella colonia varias familias  fijas desde hacía años. Entre otras, la tuya propia. Pero crees que fue en julio de 1960 cuando apareció por primera vez por allí un Austin verde del año 1950 cargado de novedades

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El Austin era de Antonio Palau, un inquieto leonés de La Bañeza que había inventado un método fotosilábico para iniciar a los niños en la lectura, un genio de la pedagogía. Antonio estaba casado con Loli, y tenía cinco hijos: Toñín, Mariví, Cristina. Montse y Mónica. Salvo Toñín, que jugaba al fútbol en los partidos de por las tardes, y Mariví, melena rubia de muchacha en flor, los hijos del maestro Palau te quedaban muy pequeños, incluida Cristina, que era de la edad de tu hermana la menor.

Pero los años igualan. Me dio siglo después la amiga de tu hermana, es la señora que te envía el bonsái para que te repongas pronto. Ella también tiene lo suyo: desde hace tiempo sufre demasiado por la vida, sin más razones que la propia sinrazón que es muchas veces la existencia.

-Yo tampoco estoy bien -te dice- Pero me ha impresionado saber que estás como estás, porque en aquellos veranos de Arenas yo ya admiraba tus imitaciones. Y quería animarte.

No sabes qué partido le podría sacar una niña de entonces a una caricatura de Franco, que no era precisamente gracioso como los payasos de la Tele. Tampoco tienes claro en qué medida, do ut des, puedes ayudarle ahora a que queme los demonios que le rondan y se anime, y se libere finalmente de su depresión. Así que sólo te has atrevido a decirle que muchas gracias, que el bonsái te ha emocionado por lo que significa. Y que por un momento, al verlo tan verde, has creído que volvía el Austin modelo 1950 en el que la conociste, que también era verde.

Le dijiste que escribirías de esto en tu blog, y no le vas a fallar. Así que el viejo Austin, que ya entonces era casi una antigüedad y por eso te gustaba tanto, llega, se detiene, se abren sus puertas y de él se baja Cristina. Tras ella, un inmenso cargamento de ternura que cambia tu desazón por esperanza. Qué suerte que vuelvan también las amiguitas de la infancia.

Interpretaciones y lucubraciones

Imagen prestada (eso espero) de la webwww.destellodesugloria.org

Imagen prestada (eso espero) de la web
http://www.destellodesugloria.org

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A Dios pones por testigo de que querías hoy escribir un post de cierto nivel. A veces parece que estás enclencle para subir un escrito vigoroso, pero no lo estás tanto como cree la buena gente que te llama después de tu chute de quimioterapia.

-Estarás muy cansado, ¿no?

-Bueno…No particularmente. Estoy, como diría mi amigo Félix, interpretao.

Tu amigo Félix, que era de poco comer, decía eso cuando se metía cuatro cucharadas de porra antequerana o un platín de fabes, que le gustaban mucho, y sentía como si se hubiera tragado un botafumeiro. Nunca le preguntaste si eso de quedarse interpretao era un giro gaditano. Lo decía con tanta gracia  y te divertía tanto su interpretación que se te olvidó. Uno siempre se arrepiente de no haber preguntado lo necesario a los amigos que se van antes de tiempo, sobre todo si son de Cádiz y tan graciosos como él. Su muerte te dejó muy triste, y con bastantes dudas, aunque alguna, como ésta te haga sonreír al recordarla.

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O sea, que aunque no estás cansado estás  interpretao, situación del organismo que bloquea tus buenos propósitos. Tú tratas de solucionarlo dejándote caer en tu sillón para buscar la siesta mientras, a tu lado, tu adorable hija Isabel, que te ha traído del hospital y se ha quedado a comer contigo, prepara sus clases en la Carlos III. Admiras calladamente a tu hija, que tiene madera de luchadora y de heroína, más tipo Juana de Arco (por aquello de que la encarnaron  en el cine Ingrid Bergman y Jean Seberg ) que de Agustina de Aragón, que para los de tu generación fue más bien Aurora Bautista, más racial y goyesca que lo que es tu niña

Hablas de Isabel como ejemplo y te acuerdas de otros conocidos afectados por enfermedades como la tuya. Te preguntas cómo apechugarán con ellas los que andan cortos de apoyo familiar. Porque piensas que la brigada del cariño, que encabeza tu familia y se nutre de una legión de amigos de múltiples procedencias te alivia tanto o más que la química milagrosa que va programando la oncología. Además, otra ventaja: esta terapia no te deja interpretao.

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También te consuela sentarte en el sillón, ver cómo el atardecer va patinando de dorado las fachadas de la Cornisa Imperial de Madrid, y adormecerte pensando en muchas cosas y en nada en particular. De repente cruza el horizonte una nube en la que viaja una escena de tu infancia, o una cara conocida, o un  verso suelto, o una preocupación, o un sueño, o un anhelo, o un suspiro por el tiempo ido. Dolce far niente. El cogollo del viejo Madrid te queda casi a tiro de piedra -con catapulta, eso sí- de tu palomar, pero paradójicamente los dolores el mundo casi no te llegan. Te escudas en tu malestar ocasional para blindarte  esta tarde el con el privilegio del egoísmo. Has leído en los periódicos  la palabra Chipre como nueva razón para que nos tiemblen las piernas, y resulta que tú juegas con lo primero que este nombre te sugirió cuando tu profesor  apuntaba con un puntero el mapa de geografía de la vieja Europa que colgaba en tu clase de Parvulitos.

-Chipre, pequeña isla del sur del Mediterráneo…

Y Chipre te sonaba a chicle, a chiripa, como su gentilicio de chipriota te llevaba a la gaditanísima chirigota. Para que luego se dude del significo oculto que, según los casos, nos evocan los nombres. La pequeña isla, por esas chiripas –aunque no se sepa a quién beneficia la casualidad esta vez-  que depara este circo de la economía global se estira como un chicle para estrangular con sus trampas y sus miserias a la antes opulenta Unión Europea.

De chirigota, ¿no?

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Antes de retirarte picoteas por tu correo y en tu blog, y descubres que uno de sus visitantes habituales, que firma como Jose Ramón, del que lo único que sabías es que es arquitecto y seguidor del Real Madrid, alimenta el suyo propio en la web www.arquitectamoslocos.blogspot.com.es Como decía Terele, una prima tuya jerezana, cada perzona é un alcaucil, o sea, una alcachofa a la que hay que quitar muchas hojas para llegar a conocerla. Quién te iba a decir a ti que este curioso tan inquieto por su profesión, por el jazz y por otras cuestiones de interés iba a tener tiempo para documentar un blog tan bien armado y encima dejar amables comentarios en el tuyo. La vida te da sorpresas –a quién se lo vas a decir tú. Incluso muchas de ellas agradables.

En ocasiones oigo voces…

Quién podía imaginar que una simple advertencia de la megafonía del metro londinense pudiera convertirse en un mensaje de amor...

Quién podía imaginar que una simple advertencia de la megafonía del metro londinense pudiera convertirse en un mensaje de amor…

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El sábado llovía, y a pesar de ello estabas razonablemente contento.

Es más, se te ocurrió pensar que te gustaría ser Dios, aunque te aburriera mucho la condena a ser eterno. Qué horror, imaginar una eternidad en la que se seguiría hablando de la crisis, y de Bárcenas, y de Urdangarín, y de la intransigente señora Merkel,  y de las independencias de los que están encoñados con la independencia, y de la doctrina Parot y del incierto futuro de las pensiones, y de la sanidad, y de todo el estado del regularestar, porque ya no se puede hablar de estado del bienestar.

En realidad sólo envidiabas de Dios su omnisapiencia. Y no la deseabas para desentrañar las grandes incógnitas que planean sobre nuestro futuro, y que por lo visto sólo Él sabe. Sino para conocer exactamente el número de gotas de lluvia que habían caído sobre ese trozo de campo donde apacientas tus horas de retiro. Un capricho: la sabiduría inútil. Los sabios de la tierra acaban queriendo saberlo todo, e incluso encuentran explicación para cualquier fenómeno,  pero ninguno sabrá el número exacto de gotas que derrama un chaparrón. Para eso sólo debe de estar Dios, piensas tú.

Que también sepa, quizás, cuando se acabarán las molestias digestivas que comporta el tratamiento de tu enfermedad, esos torpedos de gas que te estallan en la boca entre quimioterapia y quimioterapia. Además de dañino, qué mal educado y que poco fino es el cáncer, caramba, siempre obligándote a disimular los eructos por aquí y por allá, como don Augusto, aquel profesor de literatura que tuviste en el bachillerato. Era un buen maestro y una gran persona, y te ponía muy buenas notas. Pero debía de padecer también malas digestiones, y se quedó en tu recuerdo tanto por sus saberes como por sus indisimulables flatulencias. Qué puñetera y sectaria acaba siendo a veces la memoria.

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El domingo hacía un día luminoso, espléndido. Con las cumbres de Gredos nevadas y el ancho Valle del Tiétar  más verde y encharcado de diamantes que  nunca, tenía la vista desde tu casa algo de postal alpina, la luz de de esos paisajes de películas tipo Sonrisas y lágrimas, tan bonitos y cursis que a veces parecen falsos.

Debías por tanto sentirte feliz. Además, estabas dispuesto a escribir sobre la tierna historia de Mrs. Oswald, la viuda de aquel actor inglés cuya hermosa voz  dejó grabado para el metro de Londres  unos avisos para prevenir a los viajeros.

Mind the gap –decía la voz del actor- And stand clear of the door, please.

Mrs. Oswald no vivía cerca de Embankment, pero a menudo tomaba el metro hasta allí sólo para escuchar a su marido, que murió hace once años. Su voz le reconfortaba el corazón y le traía recuerdos vivos del amor de su vida. En lugar de ir al cementerio y rezar por él, iba a esa estación –la única  de la red de metro que aún emitía sus grabaciones, porque en las demás sonaba ya una de esas voces de mentirijillas que producen los ordenadores- y veía llegar trenes y entrar y salir viajeros mientras escuchaba a su querido marido aconsejando a los viajeros que tuvieran cuidado de no meter el pie en el hueco entre el andén y el vagón y despejaran las puertas. El texto no era  un verso de Shakespeare precisamente, pero Mrs. Oswald probablemente suspiraba al escucharlo, e incluso puede que se le humedecieran los ojos por la emoción.

Lamentablemente, un día echó en falta esa voz. Cosas de la modernización: los avisos que antes repetía Lawrence Oswald habían sido regrabados por una voz mecánica e impersonal. Entonces Mrs. Oswald escribió a la dirección del metro londinense y les pidió un favor.

-Si pudieran facilitarme una copia de la grabación de mi marido, Lawrence…-suplicó- Si no, no volveré a escuchar su preciosa voz, y me daría mucha pena.

Dice la prensa que a los burócratas del Tube les enterneció tanto la demanda de la anciana que están intentando hacer una excepción a los sistemas telemáticos que impone la modernidad. Harán bien si reponen la voz de Oswald, porque la estación de Embankment será entonces para los turistas  un hito tan romántico como el que marcaron  Robert Taylor y Vivian Leigh cuando se besaban apasionadamente en el Puente de Waterloo.

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Te fuiste a la cama con la esperanza de que tus sueños fueran variaciones sobre esta bonita historia de amor póstumo. Mala cosa fue que se te ocurriera escuchar las noticias de última hora, y, entre ellas, las que brinda a los agoreros Chipre, que antes era una isla, un país pequeño, y el menos significativo en términos económicos para la Unión Europea, pero que ahora se ha convertido para España  en un nódulo diminuto tan peligroso como los que conviven contigo en los pulmones. Lo cual que con esta metáfora, y teniendo en cuenta que hoy empezabas un nuevo ciclo de quimioterapia y tenías que madrugar para el consabido análisis, la esperanza se rebozó de pesadilla, y acabaste por no pegar ojo.

Eso si, la vigilia te dio la oportunidad de acordarte de que si alguno de tus lectores es tan devoto de las reliquias de voz como Mrs. Oswald, no tiene que ir a ninguna estación de metro para escuchar la tuya. Basta con que pinche –aquí mismo, en la columna de la derecha- el podcast de la entrevista que te hizo semanas atrás Pilar Socorro en su programa Siluetas de Radio Nacional de España y escuche.  Sabes que tu dicción  no es tan pulcra y bien timbrada como la de Lawrence Oswald, pero como el personal ya está advertido de que no hay que meter la pierna en el hueco ni agolparse en las puertas del metro, cuentas otras cosas que a lo mejor distraen de Chipre y otros fantasmas de actualidad que nos inquietan.

Parecidos razonables

Ya decías tú que la cara del papa Francisco te era conocida...

Ya decías tú que la cara del papa Francisco te era conocida

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No haces sino ser fiel a una tradición de tu familia, que siempre jugaba a encontrar parecidos entre las personas. El caso es que desde que fue elegido el papa Francisco (no hay que ponerle ordinal, pues no ha habido otro con tan nombre) estás obsesionado.

-Este hombre se me parece a alguien conocido-te decías.

Después de darle vueltas al asunto llegaste a la conclusión de que se parecía a un actor. Un actor inglés no muy popular, pero  reconocido por lo bien que borda los papeles de villano. Estrujando un poco más la memoria recordaste que el actor se llama Jonathan, pero no dabas con el apellido. ¿Memoria senil, Alzheimer?…Estas nubes cerebrales te tienen loco. Podrías haber priorizado el mensaje de Francisco: “Cómo me gustaría una iglesia pobre para los pobres”. Suena bien. Supones que la frase tiene mucho calado, y que dará mucho que hablar. Pero tú te perdías en menudencias, sabías que el papa se parece a un actor cuyo apellido lo tenías justamente ahí, en la punta  de la lengua, como tantos nombres que te hurta la memoria desgastada.

En esas boberías anduviste perdido toda la tarde, mientras recogías hojas secas con el rastrillo- una de las pocas tareas que te tolera el corsé- y contemplabas el Valle del Tiétar y la Vera, por cuya bóveda avanzaba ya mansamente la enésima borrasca del invierno. Y en un chispazo recuperaste la memoria.

-¡Pryce!-exlamaste en  un suspiro de satisfacción- El Papa Francisco se parece a Jonathan Pryce.

2

Escuchaste por la mañana a Diego Galán en el programa de Pepa Fernández elogiando a las películas pequeñas. Hablaban de una del director Carlos Sorín que se titula Días de pesca en Patagonia, que según el crítico es pequeña no porque dure sólo setenta y cinco minutos ni porque sea de bajo presupuesto, sino porque cuenta historias normalitas, de gente corriente, aunque a ti lo normal y corriente te parezca pescar en el Pantano del Rosarito, que te queda algo más cerca que la Patagonia.

Lo piensas un poco, no mucho, y concluyes que esta ponderación de lo pequeño es una peculiaridad cada vez más acusada de la cultura de nuestro tiempo. Parece como si el hombre se hubiera saturado ya de grandes creaciones, de las que antes se llamaban obras maestras, y se empeñara en encontrar un encanto especial en la levedad de la creación, en la gracia y el talento apenas insinuados. ¿Será que hasta  la perfección puede llegar a aburrirnos?

3

Te consuelas pensando que la observación de que el papa Francisco se parece a Jonathan Pryce es un hallazgo intelectual francamente pequeño. Aunque no quieres, acabas siendo víctima de la moda que tanto criticas. Tu nodulito en el pulmón se ha reducido de tamaño, y no tiene nada de particular que a tu inventiva le pueda pasar tres cuartos de lo mismo.


Siluetas de RNE

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PARAÍSO DE HOJALATA
Una Infancia de Hojalata

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