Domingo de desahogo

Empiezas recordando los tres milímetros, te recreas en los ocho kilómetros y cuando quieres darte cuenta  te estás desahogando en el más allá...

Empiezas recordando los tres milímetros, te recreas en los ocho kilómetros y cuando quieres darte cuenta te estás desahogando en el más allá…

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Te quedaste dormido en los tres milímetros, y no has escrito más desde entonces. Te columpiabas entre dudas, como te pasa a menudo. No sabías si celebrar la  noticia o disimularla. para no pecar de triunfalismo, que es algo que te espanta. Te acordaste quizás de aquel gobierno que derrochaba optimismo para luego, digámoslo claro, tener que envainársela y decir digo donde antes dijo Diego. Tan fresco, que de lo dicho nada, que estábamos a puntos de entrar en la Champions League de la economía pero ahora resulta que estamos arruinados. El bocerismo imperante.

Mejor ser prudente, ¿no? Así que has administrado los tres milímetros con cautela, intentando desencallar de tu cuarto ciclo de quimioterapia y probar que puedes seguir incorporándote a la normalidad.

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Entretanto el gallo del  invierno parece haberse despojado de sus espolones, y ha llegado un fin de semana plácido que invitaba a pasear. Una buena amiga te anima a ello, tú no sabes lo que aguantarás con esta especie de caparazón de tortuga Ninja que te encorseta y que después de proteger tus dorsales y ajustarse a tus lumbares cae en una especie de viserilla respingona  como la de algunos quelonios. A veces se te engancha esta en el borde de un mueble o, si pasas muy cerca, acaba barriendo el paquete de arroz de una góndola de supermercado. Dios, qué bochorno, qué mal rato- piensas entonces. Pero te arriesgas.

-Es que estoy muy animado por lo de los tres milímetros-le dirás al personal que repare en tu ortopédica minusvalía.

Y seguirás andando por Madrid Río, y te adentrarás en la Casa de Campo, por donde en esa hora temprana sólo pasean y rondan en bicileta los que les quitan las legañas a la mañana, y rodearás el Lago, y luego harás un alto en una castiza cafetería vecina de una churrería y probarás estómago con una mediana café de café con leche y una porra de tamaño francamente deshonesto recién frita. La cafetería es de un gallego que se parece a Saza con veinte kilos de más, y te ofrece gratuitamente a una escena de un sainete de Arniches. Mientras una clienta madurita moja un churro lamentándose de que los árbitros perdonaran ayer al Madrid un penalti de libro y otro cliente responde llamándole  antimadridista,  el barman que se parece a Saza anima a un tercer  personaje que por lo visto no tiene  novia a que vaya a un baile para singles que se organiza todas las tardes en un local de la Plaza de la Ópera.

-No veas lo guapas que se ponen ellas –cuenta- ¡Y sólo suenan piezas pa bailar agarro, y no esas gilipolleces de música discoteca!  Yo estaba harto de  mi mujer y ahora estoy casao con ésta- añade mientras señala con la cabeza a una joven mulata que friega los vasos y sonríe al sentirse aludida. A esta no le importa que no le llamen por su nombre. También le podía haberle llamado aquí, que es otro giro muy castizo y sainetero.

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Te das una ducha de costumbrismo madrileño a esas horas de la mañana, te has enjaretado un segundo desayuno no precisamente ligero, y luego volverás a casa, y revisarás el programa Endomondo de tu teléfono móvil que mide tus paseos. Y descubrirás que, entre unas cosas y otras, has recorrido con tu corsé ocho kilómetros. De tres milímetros pasas a ocho kilómetros, y sin apenas acusar el esfuerzo. Y has disfrutado: el paseo, el aire tibio y el sol discreto,  los patos del Manzanares, la Casa de Campo, el sainete del café. Sin que además las intemperancias de tu tubo digestivo pasen factura. Estás a punto de proclamarte M.F.P.M. O sea, algo que parece un sueño en estos tiempos de desánimo: Moderadamente Feliz Por unos Momentos.

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Pero al cruzar de vuelta a casa el Puente de Segovia das un salto atrás en el tiempo y vuelves a aquel día de la mitad de tu vida en que lo cruzaste desde el sur de Madrid hasta el centro de la capital con tres o cuatro mil madrileños más que corrían la primera Maratón Popular de Madrid.  Fue en abril de de 1980, si la memoria no te falla. Madrid tenía entonces un alcalde de izquierdas, un alcalde peculiar, bueno según sus corifeos y malísimo según sus compañeros de partido, siempre de mirada gacha y huidiza, siempre vestido de traje cruzado de color gris. Le llamaban el viejo profesor, porque profesor era de Filosofía del Derecho y maestro en la simulación política. Tanto despachaba bandos en latín como le bizqueaba el rijo cuando le entregaba un premio a Susana Estrada y esta aprovechaba el evento para sacarse una teta en público. Tiempos de apertura, de movida, en los que Madrid empezaba a organizar estas fiestas deportivas populares. Tú no habías hecho deporte en serio en tu vida, porque eras malísimo para el fútbol, que era lo que más te gustaba, y lo demás no te interesaba. Sin embargo te habías propuesto acabar la carrera para demostrarte  tenacidad y capacidad de sufrimiento, y subir así varios peldaños en tu autoestima. Te entrenaste a conciencia, y te  juntaste con un grupo de amigos,  te acomodaste  desde la  salida  a un  cómodo trote cochinero y así coronaste los 42 Kilómetros y 195 metros que cubrió el soldado Filípides desde la llanura de Maratón hasta Atenas para anunciar la victoria de Atenas sobre Esparta.

Nenikamen –dicen que dijo el soldado griego antes de expirar como un héroe.

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Nenikamen, o sea, vencimos.

Te acuerdas  de tus jóvenes treinta y tres años, y del amigo que te acompañó buena `parte de la prueba y  que luego, por la noche, te invitaría a cenar a su casa para celebrar la hazaña con otros vencedores. Era de Valladolid, pelirrojo y de carácter apacible y generoso, hombre de letras y finísimo abogado, con ese don privilegiado que es la imperturbabilidad en la sonrisa, como si se supiera elegido de los dioses para disfrutar de los amables sorbos que también sirve la vida y apañárselas para ser feliz y reflejar al exterior la imagen de un alma en plenitud. Te acuerdas de él con mucho cariño y, al mismo tiempo, con mucha pena, `porque entonces quedasteis más o menos igualados, pero él se te ha adelantado ahora en llegar a la última meta y te ha dejado derrotado y triste.

Se llamaba Antonio Alonso-Lasheras, un caballero, un amigo, un compañero siempre grato para andar por la vida. Recuerdas cuando hace apenas un mes le fuiste a ver al hospital, tú con puñalito en el pulmón y él con el suyo donde se lo clavó el destino. Nunca imaginaste que la próxima carrera juntos la haríais ya más allá de las nubes. Recuerdas las palabras de Corintios: muerte, ¿dónde está tu victoria?…Y las de Felipides: hemos vencido. Pues se vence en el maratón de la vida cuando dejas a tu paso, como Antonio, sonrisas, lágrimas y una profunda huella que exhala ternura y bohnomía.

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-Cómo te lías, hermano- te dices a tí mismo- Empiezas en los tres milímetros, te recreas en los ocho kilómetros y llegas a la eternidad.

Para qué negarlo. Te lías, de acuerdo, te pierdes en vericuetos sentimentales y nunca se sabe po dónde vas a salir de tus andanzas. Pero  cómo te desahogas.

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10 Responses to “Domingo de desahogo”


  1. 1 julia marzo 3, 2013 en 9:05 pm

    Sí que son importantes los 3mm, muy importantes diría yo, y lo interpreto como dato positivo y esperanzador. Así como los 8 kms. que has recorrido, a lo tonto modorro, en un precioso rincón de Madrid por donde me gustaría pasear en los muy próximos días primaverales. Siempre paso por ahí en coche y claro, no es lo mismo ni muchísimo menos. Lo de andar es fundamental, menear nuestro esqueleto, sentir el aire, o el sol, o la lluvia….
    Pero con este pedazo de “carromato” que tengo en casa….¡Ay madre, qué paciencia la mía!
    Besos y ¡cuídate! a ver si pronto nos olvidamos del corsé.

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  2. 2 Loli Calvo Pazos marzo 3, 2013 en 10:38 pm

    ¡Hola Luis, sólo quiero saludarte y decirte que te admiro muchísimo. He sabido de este blog por Carlos Santos, ya que últimamente no estoy en casa las mañanas de los jueves. Besos.

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  3. 3 Cap Llentrisca marzo 3, 2013 en 10:52 pm

    Duende, no te pongas estupendo, que nos vas a hacer llorar. Basta con que te pongas bueno pronto!

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  4. 4 José Ramón marzo 4, 2013 en 12:15 am

    Sí que te lías, Duende, pero te lías muy bien. En un suave itinerario nos has llevado de lo uno a lo otro, y todo ello suma.

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  5. 5 Pemberton marzo 4, 2013 en 9:23 am

    Como lo paso contigo¡
    Revivo tantas y tantas cosas con tu blog.
    Te noto positivo e ilusionado y me siento
    contagiado por ese estado.
    “Aquí” te desea lo mejor .
    El domingo que viene me voy a dar ese paseo
    por el rio , lago y alrededores
    para tratar de encontrar la taberna de las porras
    y ver como esta la nueva mujer del tabernero.

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  6. 6 Palinuro marzo 4, 2013 en 10:10 am

    Me parece, Duende, que estás descubriendo – o quizás valorando más positivamente – las excelencias de la normalidad, de la rutina, los pequeños placeres que en condiciones normales no apreciamos o desdeñamos. Esta situación se pone de manifiesto cuando padecemos adversidades y, sobre todo, cuando empezamos a superarlas. Mi ferviente deseo de que se cumpla esta última hipótesis.

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  7. 7 Ángela marzo 4, 2013 en 5:18 pm

    3 milímetros, 8 kilómetros, sol, café y porras sin que se resienta un estómago Figuerola!! Estoy con Pemberton y con Pablo, una vuelta a la normalidad para seguir disfrutando con las cosas insigníficantes de esta vida. Una buena noticia!!.

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  8. 8 Charivari marzo 4, 2013 en 8:09 pm

    Me alegro un montón. Resistir una porra de tamaño ya es un síntoma de mejoría.

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  9. 9 begoña marzo 4, 2013 en 10:35 pm

    Fantástico paseo. Nunca pensé que haciéndolo se podia descubrir un río Manzanares en estado puro, sin canalizar, con orillas vegetales… Lo recomiendo para un día fresco y con sol de primavera u otoño. Y fantásticas tus divagaciones. Beso gordo y ánimo, que el enemigo ha iniciado su retirada.

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  10. 10 Carlos Román Ximénez (@Chumbi2) marzo 5, 2013 en 1:00 am

    ¡Con lo que me gusta a mi un churro mañanero y si es porra, mejor!!
    Desde Compostela, un abrazo.

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