Archivos para 29 abril 2013

El señor viento, que tanto se llevó…

Está la primavera tan caprichosa que no ves el momento en que el barómetro se asiente y diga, sin más, buen tiempo...

Está la primavera tan caprichosa que no ves el momento en que el barómetro se asiente y diga, sin más, buen tiempo…

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Los Reyes Magos fueron pródigos contigo, y te trajeron una estación meteorológica. Te conocen: saben que eres  mayor, hijo de tu tiempo, como si presintieras que tu supervivencia está ligada a la cosecha, y discípulo de campo del tío Jacinto, que venteaba las demudaciones atmosféricas mirando el poniente e interpretando otros signos de la naturaleza.

-Los sapos barruntan lluvia- te informó en su día- Y las hormigas voladoras también.

Había mucha sabiduría de la tierra bajo la boina del tío Jacinto. En verano añadía a su aliño indumentario un bledo, que colgaba de una de sus orejas por creer que así no se le acercaban los mosquitos. Desde entonces te has preguntado muchas veces por qué dice nuestra lengua castellana eso de “me importa un bledo”. El bledo es una planta modestísima, que se da en cualquier terreno, pero al menos sirve para ahuyentar insectos, y seguramente habrá muchísimas otras especies en la taxonomía de Linneo que nos puedan importar mucho menos que él.

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Como todo cacharrito moderno, el panel de la estación, plantado sobre el alféizar de tu ventana, ofrece muchos números y datos, depende del botoncito que pulses. Pero entre tu natural aversión a la tecnología y que anoche el viento era aterrador, fuiste incapaz de atinar con el del anemómetro, de tal manera que echaste de menos ese borriquillo que venden en las tiendas de souvenirs para turistas como barómetro elemental.

-Si el burro mueve la cola, es que hace viento –indican sus someras instrucciones.

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Con burrito barómetro o sin él, con estación digital o sin ella, y sin saber si las ráfagas de viento eran de 90 o de 120 kilómetros por hora, no es agradable dormir a solas en el campo escuchando el rugir de la naturaleza mientras se arrodillan los árboles más orgullosos y ruedan las macetas y la sillas por el jardín. Guardas cierta devoción literaria por el viento, porque en dos de tus primera lecturas –Cumbres borrascosas de la Bronte y la magnífica Posada de Jamaica de Daphne du Maurier – lo sentías en la cara, y te parecía poético, sugerente  y revitalizador. Pero cuando se desata furioso, caramba, acojona, vaya que si acojona. Por si fuera poco, y quizás para sacarle más partido a la emoción que te brindan esta noche los elementos, tiras de biblioteca y te llevas a la cama La habitación cerrada y otros cuentos de terror,  de H.P. Lovecraft, que en su ya añeja edición de Alianza Editorial lucía en portada el rostro de un reptil perfectamente encorbatado, como si fuera un banquero o un político.

Te suministras tan a gusto una pequeña dosis de  placentero terror con la inventiva del genial escritor norteamericano y, justo antes de apagar la luz, observas que por las paredes de tu habitación repta torpemente un reptil de verdad. Es una de las salamanquesas que ya forman parte de la familia. No le tienes miedo. Sabes que en verano te ayudará a librarte de insectos picajosos, y que ella y sus parientes siempre han  respetado la intimidad de tu sueño. Pero este tiene sus caprichos. Entre Lovecraft y la salamanquesa, acabas soñando que un reptil con corbata y llevando una cartera de ejecutivo se te presenta junto a tu cama para cumplir una doble misión policial. Por una parte, inspeccionar que pagas correctamente tus impuestos. Y por otra, reprocharte que hayas decidido abandonar motu proprio la medicación que mitigaba tus dolores de espalda. Tú lo has hecho para conocer realmente si estás para entrar en talleres y que intervenga la cirugía sedativa. Pero no contabas con el viento, ni con la literatura de terror, ni con el poderoso influjo de la imaginación, desatada anoche como la furia de Eolo. Al final, nunca sabes con quién te acabas acostando.

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También te lamentabas por la parte de primavera que se llevaba el viento.

-Qué pena –pensabas- Sus ráfagas habrán  resecado el tempero que habían preparado las lluvias.

Afortunadamente el día amaneció calmo. Fresco y plomizo de nubes como si fuera una mañana de noviembre, pero tranquilo. Ya no ruge el cielo, no se cimbrean los árboles ni vuelan las ramas y las hojas arrancadas cuando apenas acababan de brotar. Además hasta empieza a llover mansamente, para reponer quizás la humedad perdida. La tierra, como afirmó solemnemente en Copenhague el preclaro presidente Zapatero, sólo es del viento, pero este, que tanto se llevó otras veces, no ha barrido por el momento tus esperanzas de primavera.

 

Casi todo es déja vù

Al gato que rondaba los tejados, el espectáculo de la corrala le parecía deja vu...

Al gato que rondaba los tejados, el espectáculo de la corrala le parecía deja vu…

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La mujer barbuda se asomó al balcón más alto de la corrala y blandiendo el rodillo de amasar como mayor argumento de autoridad leyó el menú del día.

-Para hoy tenemosch schopitasch de ajo y, con schuerte, gallinejasch. Y que nadie eschepere másch, porque el horno no eschtá para bollosch,

La jefa de de la corrala se había partido la lengua cuando era niña y decía las eses deshilachadas. Eso aparentemente le restaba un puntito de seriedad y de aplomo en el discurso, pero cuando se dio cuenta de que tenía la sartén por el mango y el mango también fue cogiendo el gustillo al mando y no vaciló en imponer a la comunidad sus recetas.

-Vamos que vamos –murmuraba el patio- Lo que hay que aguantar

Por la corredera del piso inferior asomó entonces la señora Alfreda, carita de chiva, frunció el ceño y asomándose al respetable y moviendo los bracitos como si fuera una marioneta no calló sus discrepancias.

-¡No se puede exigir a la corrala más sacrificios!-clamó..

Mientras que la Caya en buatiné, más desgarrada incluso que la señora Alfreda, levantó la escoba con la que barría las colillas y las mondas de su corredera y llamó a la rebelión.

-¡Movilización!…

Rondaba por los tejados aledaños un gato afrancesado con  vocación de Diablo Cojuelo. Después de ver el panorama se sentó a olfatear un aire de sardinas que aún se escapaba de alguna cocina afortunada, se retorció los mostachos y maulló con aire de cansada resignación.

Déja vù

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Al día siguiente, mientras los periódicos conservadores subrayaba las recetas de la mujer barbuda con una flechita que apuntaba hacia arriba, por la responsabilidad que inspiraban las mismas, en  los periódicos progresistas eran las fotos de la señora Alfreda y la señora Caya las señaladas en positivo. En cambio los periódicos conservadores marcaban con una flecha apuntando a los infiernos a las vecinas contestatarias, mientras que los progresistas, qué sorpresa, salvaban a éstas y condenaban por perversa e incompetente a la mujer de las eses deshilachadas.

Deja vu- repitió Homper, asombrado de que ni uno solo de los medios de comunicación se desmarcara un ápice de lo previsible-Y sin embargo…¿por qué seguimos leyendo los periódicos?….

Recordó los años en los que se aproximaba a los medios con la intención de enterarse de lo que de verdad pasaba en el mundo y de aprender novedades. Y también aquel otro momento en que, creyendo que ya tenía criterio y estaba de vuelta de todo, sólo compraba leía, veía o escuchaba el periodismo  que venía a darle la razón.

En realidad-sentenció- sólo compramos la verdad que nos gusta.

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El ABC del sábado 27 de abril contaba que al ciudadano Juan Antonio Gómez, natural de Gévora, Badajoz, le han tocado treinta y seis millones de euros de los Euromillones. También añadida que el afortunado ha dedicado buena parte de su premio a comedores sociales, ONG e instituciones benéficas para ayudar a sus paisanos a vadear la crisis.

-Caramba –se dijo agradablemente sorprendido- Esto no es es déja vù.

La excepción confirma la regla. Apenas dos días después este y otros periódicos recogían la noticia de que el Atlético de Madrid, una vez más, regalaba uno de esos partidos que se llaman derby a su abusador vecino el Real Madrid. No es otro bostezo del  deja vu con que diariamente nos aturden los medios, es que además la historia  resulta cruel, injusta y, peor aún, aburrida hasta la saciedad.

-Lo de Franco duró cuarenta años-pensó Homper para calcular lo que aún podría estirarse  el oprobio rojiblanco.

Entretanto el gato acojuelado y afrancesado se reía por lo bajini. Como la mayoría de los gatos, qué dura es la realidad, también era merengón.

Mejor en lo peor

El carbonero común no quiere saber nada de la encuesta de la EPA...

Afortunadamente, el carbonero común no quiere saber nada de la encuesta de la EPA

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Cuando despiertas aún está la luna llena suspendida en el cielo para recibirte.

-Buenos días.

Buen detalle.

Sin duda se ha percatado del feo vicio que te persigue desde que a Franco le dio por morirse gota a gota y esperabas anhelante el parte del equipo médico habitual, o sea, que la luna te ha sorprendido ya escuchando la radio. Tus padres se engancharon a Marconi durante la Guerra Civil para escuchar el parte, tu generación se hilvanó con el transistor en la transición para quedar definitivamente cosido a él el 23 F. A tenor de lo que escuchas hoy, si no tienes el corazón de piedra pómez, como parece a menudo por la frialdad de muchas de tus reacciones, debes empezar por cuestionar los buenos deseos de la luna.

-Buenos días…¿de qué?

Resulta que la EPA le ha dado a nuestros barandas el enésimo machetazo en sus planes de recuperación. Y que entre las urgencias de la troika europea y las drásticas medidas de nuestro gobierno, la cola del paro, de la miseria y de la desesperanza crecen y crecen sin cesar.

En estas condiciones la luna debe entender que sea casi irresponsable sentirse a gusto y considerar, simplemente, que hoy pueda vivirse un buen día. Así que organizas tu primer soliloquio moral de la jornada en torno a este debate: ¿es legítimo ir a contracorriente y sentirte hoy mejor que antes de la encuesta de la EPA?

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No lo puedes evitar, pero te has retirado al campo a tomarle el pulso a la primavera y ese primer contacto con la naturaleza después de días capitalinos te ha puesto contento. Con perdón. Recuerdas los teatrillos con que jugabas de niño, en los que tras una estructura de cartón gruesa silueteada y decorada como el telón de una bombonera del siglo XIX colgaban una serie de decorados que le daban profundidad al escenario y enriquecían la perspectiva. Primero un bosque, luego una montaña, en otro decorado un verde prado surcado por un río, y en el forillo del fondo, sobre un risco empingorotado en el que se recorta la luna, un castillo iluminado. Y circulando por entre ellos y las figuritas de los personajes, tu propia fantasía, impaciente por aproximar aquella mentirijilla plástica a la realidad soñada.

Algo de esa magia encuentras en la nueva visita a tu observatorio de Gredos. Lo que es en invierno una vista desnuda de los árboles caducifolios rendidos de tristeza es ahora una explosión de vida vegetal en distintos planos por entre los cuales te mueves con la misma emoción con que lo hacían las princesas y los caballeros de capa y espada en el teatrillo de cartón. Será una belleza efímera, como la de todas las primaveras, pero entretanto ayuda a olvidar la cruda realidad.

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¿Es legítimo distraerse así mientras tu país se duele de miseria y de indignación? Te encoges de hombros incapaz de vislumbrar siquiera una sola receta. En estos momentos das gracias a Dios de no ser nadie. No ser Rajoy,  ni ningún otro político, ni el Papa,  ni empresario, ni gurú de la economía, ni banquero, ni hombre de pensamiento, ni periodista, ni tertuliano, ni gente de peso en la sociedad. Estás feliz de ser una anotación al margen. En estos momentos incluso no le tienes ninguna envidia a Dios. Probablemente él también está abrumado por las estruendosas meteduras de pata de su  querido género humano.

-Debería haberle hecho un poco más listo-estará pensando- Ahora todos me señalarán a mí como responsable último de esta carajera.

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Entretanto dos simpáticos carboneros picotean en tu ventana, y suscitan otras dudas más asequibles, aunque tampoco las sabrás contestar. ¿Son pareja? ¿La misma pareja de todos los años, que quiere anidar bajo el mismo hueco de la misma teja?¿Vienen aquí porque les gusta el sitio o para presumir, porque saben que los miras?

Entretanto pones en marcha la primera fabada que piensas tomar desde que los médicos te pusieron en estado de alarma. Estos mismos médicos han decidido que el tumor está tranquilito y contenido, y que tú quedas libre de obligaciones hasta el control de junio y sólo debes responder a lo que te pide el cuerpo. Esta misma semana atendiste a la invitación de Julia y probaste tu salud despachando los huevos encapotados que te prometió en este mismo blog. Deliciosos. Y comoquiera que que el invierno nos quiere dar este fin de semana su último beso, y van a bajar las temperaturas, y tienes las fabes y el compango esperando desde hace meses, y has consultado con tu amigo Pablo Estrada, natural de Grado, los tiempos de cocción y la recomendación de coronar los ingredientes clásicos con una cebolla, un tomate y una zanahoria, que deberán retirarse al final con toda la grasa superflua que absorberán, y además te encanta la fabada y puedes echártela en la andorga con la seguridad de no convertirte en un Vesubio en erupción sobre dos piernas, pues te pierdes en estas debilidades y te olvidas de que la vida es un drama.

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Ma non tanto. El martes, a la vuelta de tu última revisión con indulgencia cuasi plenaria sonó el teléfono, levantaste el auricular y escuchaste una voz fresquita y tierna, perfectamente modulada.

-Abuelo. Estoy muy contenta porque sé que estás…-y aquí la voz más repipi del mundo de tu querida nieta Marina  titubeó prudentemente-… mejor.

Estás mejor, como aventuraba la niña repipi, cuando todo está peor. Y crees que, aunque  suene a afrenta, debes proclamarlo. Porque es cierto que sólo eres uno entre cuarenta millones de españoles, pero en esa infinitésima proporción, gracias a ti España está ligeramente menos peor.

 

Bach por todos nosotros

Bach Atelier 21

Leíste hace poco de algún crítico literario que Hemingway ha sido un escritor sobrevalorado. Qué alivio sentir que algún docto confirmaba tus impresiones, difíciles de defender en público cuando afectan a una vaca sagrada.

Siempre habías mantenido que la vida exuberante de este barbudo con mal genio fue más novelesca que su propia obra, de la que ahora entresacan, como mayor aproximación a lo que se dice una obra maestra, sobre todo, sus cuentos. A ti te fascinaron en su día El viejo y el mar y los amores que mantienen aquel soldado herido en la Gran Guerra con su enfermera, eje central de Adios a las armas, pero leíste más tarde –y se supone con el criterio más cuajado- la más famosa de sus novelas y te aburrió. A Por quién doblan las campanas le ha favorecido su marco de la guerra civil y que en el cine la protagonizara Gary Cooper, no demasiado verosímil en su papel de guerrillero republicano. Pero bien mirada es la única novela que se recuerda más por la cita literaria que le da el título que  por lo que cuenta.

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¿Por quién doblan las campanas?, se pregunta el poeta John Donne. Y luego de recordarnos que nada humano nos es ajeno, que nadie es una isla y que la muerte de cualquiera nos disminuye en alguna medida, pues dependemos los unos de los otros, nos advierte: no te preguntes por quién doblan las campanas, porque doblan por ti.

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¿Y por qué cuando repican no van a hacerlo también por ti?…Desde un punto de vista humanitario tan plausible es solidarizarse en el dolor de los demás como llamarse a la parte en su alegría. Así que te agarras a este argumento en este caso para  perder  la vergüenza y pedir una colaboración. No en tu propio interés, sino por compartir el gozo ilimitado que nos legó a todos Juan Sebastián Bach.

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Resulta que cuando la tontería esta del cáncer te apretaba te invitaron a sumarte al BACH ATELIER.

Si la música amansa las fieras, la música de Bach –pensaste- dominará incluso los tumores, ¿no?…

Y en ese proyecto de cantar sobre todo al genio de Eisenach te enrolaste como mejor terapia sin caer en la cuenta de que el puñado de románticos que impulsaba a la nueva agrupación coral se juntaba con muy buena voz y muchos sueños de gloria, pero con una mano delante y la otra detrás. Así que a un mes de su concierto de presentación te encontraste con el repertorio perfectamente ensayado y la moral por las nubes, pero ni un solo euro para pagar a los instrumentistas, los programas y hasta la impresión de las entradas.

Menos mal que en el nuevo coro hay gente joven, con ingenio y con conocimientos de las oportunidades que ofrece en estos casos Internet. Ellos son los que en la web www.latahonacultural. com han ideado un  plan de financiación por el que vale la pena pelear. Se solicita dinero a los amantes de la música para poder celebrar el concierto. Si éstos se comprometen y se cubre lo presupuestado, se les entregarán las entradas correspondientes a su aportación. Pero si no, se les reembolsará lo que  pensaban aportar, y aquí no ha pasado nada.

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Recuerdas apesadumbrado lo mal que te dio siempre pedir, y la vergüenza que sentiste cuando a los trece años los padres marianistas abrieron el chinito de cerámica con el que teóricamente habías recaudado dinero para el  Domund y de él sólo escurrieron trece míseras pesetas.

-Perdóname, Señor-te dijiste golpeándote el pecho- Pero es que soy demasiado tímido para avasallar a la gente por la calle y llenar la hucha. Aunque sea `para los misioneros de tu fe.

Por no volver a pasar semejante mal rato, y más cuando hay tanto recaudador de impuestos y tantísimas ONG  exprimiendo la generosidad del personal, se te ocurre apelar a los beneficios  sociales que se conseguirán si se celebra este concierto. Unos cuantos músicos profesionales pillarán trabajo, al menos por un día, el directos del concierto enriquecerá su currículo, los locos románticos que forman el coro cumplirán su ilusión y librarán a la sanidad pública de un nuevo gasto por los ataques de ansiedad que así se evitan. Y, sobre todo, el público de Madrid se beneficiará escuchando música coral de Bach y comprobando que  aunque la crisis acose, algunos sueños aún son posibles.

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Así que le das la vuelta al Por quién doblan las campanas y te atreves a parafrasear a John Donne arrimando descaradamente –el fin justifica los medios- el ascua a tu sardina: ningún hombre es una isla, la alegría de cualquiera que consigue cumplir una ilusión y crear belleza nos enriquece a a todos. Así que no te preguntes por quién suena la música de Bach. Va por todos los que tienen sensibilidad. Bach por todos nosotros.

Transgresores tardíos

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Aquella mañana Homper se encontró por la calle a un compañero de colegio. Se llamaba este Abelardo García de la Fuente, pero todos en la clase le llamaban Probo, pues aparte de ser perfecto en  su Conducta era también el número uno en  Aplicación. O sea, un repugnante empollón y un niño modelo, como se decía entonces. Se saludaron, se intercambiaron sus coordenadas actuales, se preguntaron por su salud, Probo pasó revista a sus hijos y nietos, le dieron un repaso a la actualidad, mientras que Homper le ilustró sobre su entretenida soledad. Y en estas estaban cuando el amigo de la infancia le escopetó una propuesta sorprendente.

-Oye, Hom…Por lo que veo tú también has acabado siendo un hombre de orden. ¿No te apetecería perder por una vez los papeles y transgredir un poquito?

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Mientras andaban juntos Probo le enumeró los sacrificios que le había impuesto su educación, y que él había soportado entonces creyendo que no había otro camino para ser un hombre de bien y de provecho.

-La lucha por la última croqueta, ¿te acuerdas que te lo dije un día?…La mía era una familia numerosa, la lucha por la supervivencia. Todos deseábamos alguna de las croquetas sobrantes después de las cuatro de ración que nos servían por cabeza. En ese momento hubiera dado mi vida por alargar la mano llevarme al plato una de ellas, pero yo era el mayor, y  mis padres me habían inculcado  la idea de que había que pensar en los demás y dar ejemplo. Y nunca, nunca, ni una sola vez en mi vida me decidí a quedarme con la última croqueta…¿Crees que alguno de mis hermanos me lo ha agradecido alguna vez?

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Cuando Homper elaboraba su propia reflexión moral sobre la actitud que debe adoptar el hombre de bien ante la última croqueta, Probo le largó otro dardo para el pensamiento.

-A veces me dan ganas de subirme a un trono de un palacio real atestado por las primeras autoridades del reino y tirarme un pedo estruendoso, ja, ja. De esos que parecen la traca final de la mascletá, ya sabes…

Homper no daba crédito a lo que escuchaba.

-¿Mande?…

-Lo vas a entender. La primera vez que se me escapó uno en la camilla de casa, cuando todos reunidos escuchábamos a Gila por la radio, mi madre me encerró en el cuarto de baño toda la tarde. A mí me pareció una injusticia, porque el abuelo se peía a menudo por el pasillo y se quedaba tan fresco. Se lo dije a mis padres: el abuelo también se tira pedos, y no le decís nada. Ellos me explicaron que el abuelo era un anciano, que no controlaba su cuerpo y que había que perdonarlo. Yo traté de explicarles que un pedo impaciente es un pedo impaciente, pero ni caso. Has de ser educado, me repitieron una y mil veces.

-Probo, tenían razón, entiéndelo…

-Lo entiendo, pero ahora ya tengo casi la edad que tenía entonces mi abuelo, y entonces no me entraba en la cabeza lo de pasarlo mal aguantando… Toda mi vida he sido como Dios manda. Eso, probo, como me decíais en el colegio: en casa, en la universidad, en el ministerio, con mis familiares y amigos, con mis vecinos… Creo que ha llegado el momento de la justicia reivindicativa. Ahora que hacer lo que le peta a uno es un ejemplo de ciudadanía aplaudido por muchos…¿por qué no tirarme el gran pedo de mi vida con ostentación y, a ser posible, con las cámaras de Tele 5 en directo retransmitiéndolo para Eurovisión?

Y se echó a reír como un chavalín después de hacer una trastada.

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-A menudo sueño que voy andando bajo la lluvia y me meto en todos los charcos –continuó relatando Probo- Los pateo feliz, no me importa nada que se me mojen los pies, chapoteo como un pato, y no pienso en lo que pasará cuando salga de ahí y tenga que volver a casa con los zapatos chorreando. Me siguen decenas de niños haciendo lo mismo, como si yo fuera un flautista de  Hamelin de los jaimitos. Alrededor de los charcos, nos miran espantadas nuestras madres. Pero no pasa nada, porque están amordazadas y atadas a los troncos de los árboles que flanquean nuestro camino de la felicidad…

Homper se rascó la cabeza, buscando una moraleja como si fuera un ajo de sabiduría nacido en su sesera.

-Pretendían nuestro bien, aunque a nosotros nos costaba entenderlo. Y tal vez hubiera sido mejor no creer nunca que lo que más nos gustaba fuera malo para nadie…

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¿A ti no apetecía nunca rebañar con el dedo la cacerola donde tu madre hacía la crema pastelera y chupártelo luego?

-No me dejaban-respondió Homper- Decían que no se rebañaba con el dedo, que para eso estaban los cubiertos de madera.

-No valían, no eran tan perfectos como el dedo, que se llevaba toda la crema pegada a la pared de la cacerola. Ni siquiera había entonces en las cocinas esa espátula de goma  tan práctica que hay ahora. Y a mí me gustaba rebañar la crema pastelera o el chocolate de la tarta de chocolate con el dedo, pero no me dejaban…¿Habría sufrido la humanidad porque yo lo hiciera?…No. ¿Habría sido yo un niño más feliz?…¡Sí! Entonces ¿por qué me lo prohibían?

Homper asintió con la cabeza al tiempo que abría  los brazos hacia el cielo buscando una respuesta a lo imposible.

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-También me tenía que haber plantado ante don Agripino –prosiguió Probo- La Primera vez que me ordenó que me quedara durante el recreo en clase, y me dijo que le enseñara mi cuaderno de dibujo le tenía que haber dado una patada en la espinilla y después salir corriendo Aquí, aquí, súbase al estrado, me indicó el muy cabrón tras rodearme con el brazo y acercar su cara mal afeitada a la mía al tiempo que me metía la mano por la pernera del pantalón corto y me tocaba el culo, como me habían contado entonces que les gustaba hacer a los maricas. Me daba asco oler su aliento a vinazo y sentir su mejilla contra la mía como si fuera el rascador de una caja de cerillas, y más asco todavía soportar sus caricias mientras yo trataba inútilmente de que mirase los dibujos que le presentaba en mi cuaderno. Pero también me daba miedo rebelarme. Me habían enseñado que había que respetar a los maestros, y aunque sospechaba que lo de don Agripino no era lo previsto, no me atreví  a llamarle bujarrón y a mandarle a la mierda.

Homper detuvo el paso como para recuperar el resuello y suspiró.

-¿Por qué habremos sido tan inocentes?- preguntó Homper en

-O tan tontos –matizó Probo.

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-Pensaba eso  cuando ví que el niño de Amarcord le toca las tetas a la estanquera y no le pasaba nada –insistió Probo mientras cogió a Homper del brazo y reanudó la marcha- Se supone que el chaval es el propio Fellini recordando su infancia, pero podía haber sido después obispo o primer ministro en lugar de director de cine, y al mundo y al Cuerpo Místico les hubiera dado igual…

-Cierto –subrayó Homper- El mundo y el Cuerpo Místico tenían otras cosa más importante en qué ocuparse.

-Pues eso, no hay derecho en que nos educaran para ser hombres buenos. Yo me pasé toda la infancia yendo a comprar pan a la tahona y fijándome en el escote de la panadera, que estaba buenísima. Te cobraba la pistola, la fabiola y la barrita de Viena, pero sus vistas canalillo abajo eran gratis. Durante los primeros años me conformé con mirar aquel espectáculo sin disimulo, y ella me sonreía y me hacía ojitos. Luego pensé que había que pasar a la acción, y durante un par de años estuve haciendo cábalas sobre si lo procedente era abordarla directamente contra la pared, como en las películas, o preguntarle antes algo así como ¿no le importaría que le tocara las tetas?…Pero acabé la carrera, entré en la administración, salí de casa, me casé, fundé una familia, me convertí en un ciudadano de esos que llaman ejemplar y no volví por aquella panadería. ¿Crees que en el más acá o en el más allá alguien me va a premiar haber sido tan contenido?

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-Ahora ya no me siento animado para hacerme delincuente de cuello blanco, aunque me asegurasen que me iba a indultar el gobierno. Ni para ser político autonómico y pasarme por el forro de las pelotas las sentencias del Tribunal Constitucional. Ni para engañar a los pobres ahorradores ignorantes ofreciéndoles preferenciales y salir de rositas. Ni para chantajear a la democracia amenazándola con matar si no se hace lo que me viene en gana. Estoy desanimado incluso para destaparme como indignado tardío, y sumarme a uno de esos escraches, que dicen ahora…Es tarde hasta  para hacerle un sinpa de una bolsa de panchitos a un chino y mearme en los cubatas de los del botellón del viernes, otros que se aprovechan de que la trasgresión está bien vista. Pero no será por falta de ganas, porque toda la vida de probo no se puede aguantar, ya te digo…

-Te entiendo, te entiendo, Abelardo –por primera vez le llamó por su auténtico nombre- Oye, y hablando de otra cosa…¿Cómo andas de colesterol?

-Fatal…Yo creo que el régimen que me han impuesto es lo que ha terminado de agriarme la leche que tengo. ¿Y tú?…¿También a verduritas?

-Como casi todo hombre de orden a una cierta edad. Y sigo la dieta a pie juntillas.

Al doblar una esquina les dio en la cara una ráfaga de olor a huevos fritos con chorizo que venía de una tasca cercana, y a los dos viejos amigos se les iluminó la cara.

-Oye Homper, es casi la una y al menos a mí me está entrando el hambre- dijo Probo mientras su mirada apuntaba al origen del embriagador aroma-¿Y si al fin transgredimos un poquito?

Tras unos minutos de meditación Homper dio su consentimiento. Así que ambos entraron en la tasca y se despacharon una ración de jamón ibérico, otra de queso y un plato cada uno de huevos fritos con chorizo con media hogaza de pan para rebañarlos bien. Y seguramente durmieron luego la siesta con la autoestima subida por  haber sabido acomodar su virtud a las debilidades y corruptelas que aconseja la vida moderna.

Fe de vida de la primavera

Cerezos en lorAsombrado. De repente se hace presente la primavera, ha brotado la flor los de los cerezos y desde tu casa puedes escuchar el murmullo de dos corrientes de agua que, avivadas por el deshielo súbito, bajan de la sierra más contentas que nunca. A una, la de poniente,  le llaman arroyo o garganta Candeledilla. Tiene un nombre modesto, como Candeleda, pero de segunda división. Sin embargo es mucho más arrogante que otros cursos de agua que, al contrario que éste, se quedan secos en verano. Ahora bien puede pavonearse: en algunos tramos particularmente empinados, sus pequeñas cascadas y toboganes discurren por un cauce de roca y verdor rodeado de robles y castaños, y si lo miras de abajo arriba se asimila a los ríos que hace año y medio viste en las Highlands de Escocia. Recortas idealmente la escena y piensas que sí, que efectivamente podrías estar allí.

A tu izquierda, por saliente, también se hace presente otro murmullo de agua. Este no es más que un regato, un maniantal  tan sobrado ahora que rebosa y culebrea por una pequeña montañita de rocas musgosas y robles gorjeando como un pajarillo un poco cursi. Es cursi, pero vale un potosí.  Si el placer de escuchar un curso natural de agua se vendiera en algún sitio, no tendría precio. Es curioso, leíste en una ocasión que Harley Davidson había protegido legalmente el peculiar sonido de los motores de sus motos, que es parte de su leyenda. No soportaba que otras marcas pudieran imitarlo. Pero nadie es dueño de sonidos que surgen espontáneamente, sin patente ni copyright, y que son un regalo para cualquiera que sepa apreciarlo.  Los dos o tres `primeros gorgoteos de una botella de vino cuando escancia su precioso contenido en la copa, por ejemplo. El canto del agua que se precipita ladera abajo mientras contemplas el Valle del Tiétar en la primera jornada de auténtica primavera: tu emoción de este día.

Porque el resto era una especie de cansancio dulce, de procesar el egoísmo que genera tu enfermedad olvidándote del mundo, de dejar pasar las horas en un dolce far niente, leyendo al sol a ratos, dando paseos cortos, visitando a las gallinas o cortando camelias para que tus nietas llenen floreros mientras tú destilas como puedes el malestar de estómago que te impone la quimioterapia. No es grave. En días como éste te olvidas de él, te quedas maravillado al sol disfrutando del paisaje, y tu existencia queda suspendida en el aire como si fuera uno de esos arpegios de Debussy que no sabes cómo ni cuando va a estallar.

P.S. Hay que ver la de chorradas que se te ocurren algunas tardes.

Chapeau

Te gustaría poder llevar sombrero toda tu vida para poder descubrirte ante lo que vale la pena...

Te gustaría  llevar sombrero toda tu vida para poder descubrirte ante lo que vale la pena…

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No sabes si ha sido la fibra óptica o Imagenio quien te ha llevado a casa mucho cine añejo del que de verdad te gusta. Thrillers, cine negro y western satinados de  noches americanas y de peleas a puñetazos que jamás dejaban sangre, hematomas ni dientes rotos. Un día te enteraste de que los cristales de las ventanas por las que salían arrojados del salón los  malos del Oeste en realidad estaban hechos de caramelo, y te sonreíste inocentemente por las trampas del cine. Antes ya te habías hecho muchas preguntas. ¿Por qué los vaqueros nunca se echaban azúcar en sus cafés? ¿Por qué jamás se veía comer a sus caballos, con lo que galopaban en cada película? ¿Por qué a las mujeres guapas les decían bonitas? ¿Por qué siempre que se abría una puerta y aparecía un hombre con pelo blanco secándose las manos con una toalla había nacido un bebé? ¿Por qué se presentaban todos con el apellido, que luego repetían después de haber dicho el nombre? (Earp, Wyatt Earp era la fórmula clásica, como luego diría igualmente  Bond,  James Bond)

Y sobre todo: ¿por qué los sombreros de Humphrey Bogart, James Cagney, Kirk Douglas, John Wayne,  Fred Mac Murray, Clark Gable y Dana Andrews, sólo unos ejemplos, no dejaban marca en su pelambrera? Lo dices porque tú te hiciste mayor. Primero no necesitabas sombrero, luego la edad te despejó la coronilla, que se te escarchaba en invierno y  te picaba en verano por el sol. Y cuando te pusiste uno como el de tus héroes de la pantalla te lo quitabas luego y te encontrabas la cabellera moldeada cual  flan de arroz.

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Afortunadamente tomaste nota de lo que suelen aconsejar los optimistas: cada problema que te pone la vida es una oportunidad que se te ofrece. Te llegó el tumor, se te cayó el pelo, sentiste frío en la cresta y solicitaste un sombrero no para componer la figura, sino para protegerte. Y así, de inmediato, te regalaron hasta cuatro que cumplían con creces su función. Te los ponías, te sentabas en un banco a mirar el horizonte, extendías el brazo sobre el respaldo y si te veían de espaldas parecías un Pessoa o un Gerardo Diego de bronce de esos que plantan ahora en las calles, o un personaje escapado de un cuadro de colores firmado por Eduardo Úrculo.

-Eso es tener buena suerte- te dijo tu amigo Homper sorprendido Para acumular cuatro sombreros en el viejo Oeste tenías que gastar no menos de cuatro balas.

Además, cuando te lo quitabas tu cabeza era la que era, sin formas extrañas que alterasen tu perfil. Por fin podías usar sombrero sin afectación y sin temor alguno.

3

Te hacía gracia aquel anuncio de posguerra que se atrevió a poner en los periódicos la sombrerería RAVE: Los rojos no usaban sombrero. No era del todo cierto. Azaña siempre aparecía en las fotos con él. Y don Niceto Alcalá-Zamora –por cierto, el único Niceto del que has tenido noticia nunca- no digamos. Y te preocupaba en cierto modo los nuevos ritos sociales que deberías adoptar si lo llevabas. Viste a la generación de tu abuelo y de tu padre destocarse ante las señoras, cuando saludaban a un amigo, cuando pasaba un entierro, al despedir al tren y hasta al cruzar ante la puerta de una iglesia. Y pensabas que tú, más bien conservador, aunque quizás no tan tajante como el sombrerero RAVE, tendrías que hacer tuyos modales parecidos.

-Son manías de viejos- te subrayaba tu amigo Homper sin sorprenderse esta vez- Y ahora nos empiezan a parecer naturales porque, querámoslo o no, y por mucho que presumamos de espíritu joven, nos vamos haciendo viejos.

4

Sí se queda perplejo Homper en cambio al observar la acumulación de muertos  famosos últimamente. Sin ir más lejos, en una semana, Margaret Thatcher, Sara Montiel, Jesús Franco, Bigas Luna y José Luis Sampedro.

-¿Te has fijado que se mueren incluso los de toda la vida?

-Pues claro-le dices-Es que nos vamos haciendo mayorcitos, y cada día quedan menos por delante de nosotros para ir desfilando. Cuando éramos jóvenes llegabas a las esquelas o a los obituarios de los periódicos y no conocías más que a Churchill o a Marañón. Eran muchos menos los  famosos que caían cada año. Pero ahora…

5

De todos ellos sólo conociste personalmente a José Luis Sampedro, con quien coincidiste en el Hoy por hoy cuando él trataba de humanizar la economía con sus teorías y tú sólo eras pura caricatura radiofónica. No puedes hablar de su talla como economista, porque no sabes nada del asunto. Tampoco alcanzas a entender cómo se lograría la utopía que el volcánico apóstol de los insumisos reclamaba en sus últimos años. Sí tienes en cambio pruebas de su sensibilidad y de su calidad humana. Un día, recién enviudado de su primera esposa, confesaba en una entrevista cómo pese a la extrema crueldad de su última enfermedad él miraba enamorado y desesperado – fueron palabras suyas- “aquel cuerpo que era un despojo  y que tanto significaba para mí”. En otra ocasión te atreviste a pedirle un favor y no sólo te recibió en su casa amablemente y lo cumplió con largueza, sino que por satisfacer tu curiosidad te explicó cómo escribía sus libros.

-Este es mi ordenador-dijo enseñándote un pequeño bloc- Aquí apunto mis notas y voy abocetando mis ideas. Y luego desarrollo  éstas escribiendo a mano en folios. Los del manuscrito de Octubre, octubre, puestos en el suelo uno sobre otro –se reía de su  exagerada fecundidad- me llegaban por encima de la cintura.

Y el maestro era alto.

6
Vas quemando etapas de tu enfermedad con el sombrero puesto. Y mientras te lo  tienes que levantar jubiloso porque tu oncóloga te dice que no necesitarás más sesiones de quimioterapia y para saludar en este día soleado a la auténtica primavera, te congratulas también de poder despedir con respeto a los que quieres y admiras  que, por pura lógica de la vida, se van despidiendo de ella.

Supones   de sentido común ir encajando las piezas de este puzzle que es la existencia con la mayor naturalidad. Y aunque no sabes si cuando recuperes la cabellera perdida el sombrero volverá a dejarte marca, te propones seguir usándolo para descubrirte ante todo lo que merece la pena. Por ese hombre admirable, por ese amigo que se va, por esa angustia superada, por esa alegría que apunta la primavera, por respeto a la vida y a la muerte, por la esperanza de que de verdad escampe el panorama… chapeau.


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