Archivos para 31 mayo 2013

¿Dónde Bach con mantón de Manila?…

INVITACION FINAL1

Admites que no está el horno para los bollos de la cultura, pero no por ello te deja de entristecer que el Prado haya previsto para este año el 25%  menos de visitantes. Incluso en los horarios de entrada libre, que es lo más curioso. No acabas de entender esto último, como no sea porque la situación es tan penosa que si no se suman a la misma franja horaria gratuita el Metro de Madrid, la EMT y hasta alguna cafetería de la contornada que sirva gratis café con churros, la generosa iniciativa del museo puede quedar en un brindis al sol.

-Oiga –te decía la frutera del barrio- Es que sales a la calle y todo es gasto, ¿no? Aunque vayas a pie.

Y se miraba las suelas de los zapatos medio roídas ya por el uso.

-…Porque contra más andas, antes tienes que poner los filis, que también son dinero.

El pueblo no suele emplear en esta frase el adverbio cuanto, y en su lugar se apaña con el contra, que es un error de sintaxis, pero que se ajusta mejor al momento de cabreo generalizado. Hay que estar contra casi todo, aunque desaproveches la oportunidad de ver la mejor pinacoteca del mundo de baracalofi, que diría el cheli.

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Si fueras sociólogo te atreverías a decir que lo mismo que dinero llama a dinero, la gente sólo va imantada adonde va la gente. Hay que estar muy seguro de uno mismo para convencerse de que un enorme calcetín roto sea arte, por mucho que la obra haya costado un riñón y este firmada por Tapies. El personal no hila tan fino, y confía más si ve que los suyos hacen  cola, da igual que sea ante el Prado, el Cristo de Medinaceli, Doña Manolita o el calcetín de Tapies. La cola jode, pero al final mola. Es la legitimación por acumulación.

-Tanta gente no puede equivocarse –razonan, sin acordarse de que doscientas mil moscas pueden comer de la misma mierda.

No hay doscientas mil moscas consumidoras de arte a las puertas del Prado. Ergo el vulgo se hace cuentas de que Velázquez, el Greco, Goya, Rubens, el Bosco y  los demás grandes genios de la pintura han perdido interés. Porque ya no arrastran tanta gente, y sumergirte en la cultura para encontrarte a solas con una obra maestra no es plan.

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Con este panorama los que gustáis de cantar en coro a Bach lo teníais regular sin no le dabais una vuelta de tuerca al cómo pagar un director, un local y una orquesta sin morir en el intento. Seamos sinceros: en una sociedad que diviniza a Shakira  ¿qué pinta la música de coral de Juan Sebastián Bach, aquel alemán con peluca que se dedicó a componer y a tener hijos y que se quedó ciego de tantos hijos musicales como engendró?

Y en este agujero negro de la cultura que ha provocado la crisis, donde hasta al Prado se le han secado sus fuentes de financiación ¿cómo podíais sacar adelante el primer concierto del nuevo Bach Atelier?

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Respuesta: con la imaginación de unos cuantos jóvenes que se han movido para buscar nuevos sistemas de patrocinio. Con el apoyo de buenos aficionados, mejores amigos y generosos sponsors, que se han rascado el bolsillo Con la generosidad de los instrumentistas profesionales, que no se han apretado más el cinturón por no hacerles la competencia ilícita a los músicos callejeros.

Y con pretensiones modestas en todo lo que no concierne a la exigencia de calidad vocal, que para eso el director J.M Álvarez sabe conciliar una fina sensibilidad con una mano dura que para sí quisiera el cómitre de las galeras donde remaba el pobre Ben Hur.

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El concierto será breve, pero bello, y original, y didáctico, y además se celebrará en un marco, como es la Basílica de San Miguel, en el corazón del viejo Madrid. O sea, que también será muy castizo, ideal parar pasar un ratito esponjando el alma con la música sublime del Viejo PelucaFernando Argenta dixit y para pasear después la noche de junio y tomar una copita en una taberna del barrio de los Austrias.

Puesto que la cultura ya no es lo que era, tómense ustedes con buen humor las apreturas y los recortes. Vayan al concierto de presentación del Bach Atelier, que es de entrada libre y, contagiados del ambiente,  terminen con el famoso dúo de La Verbena de la Paloma en su nueva versión.

¿Dónde Bach con mantón de Manila?

                                         ¿Dónde Bach con vestido chiné?

 

                                         A escuchar que es una maravilla,

                                         según dicen, el Bach Atelier

 

                                        ¿Y que harás cuando acabe el concierto

                                         que por cierto es allá, en San Miguel?

 

                                         Pues salir por Madrí de garbeo

                                         y a tomarme una copa después…

¿Verdad que no es mal plan para un viernes de junio?

 

El pollo de Carpanta

La esperanza  de hoy no es el pollo de Carpanta, pero va en la misma línea...

La esperanza de hoy no es el pollo de Carpanta, pero va en la misma línea…

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Qué buena suerte tuvo tu hermana Paloma.  Le operaron de apendicitis y no sólo le regalaron bombones, sino que al final de su convalecencia en la Clínica del Rosario le sirvieron de comida pollo asado.

Ahora cualquier niño se reiría, vaya, pues qué tiene de  extraordinario el pollo asado, pero entonces un pollo asado era un pollo asado. Tu abuela Mercedes Pena, que perteneció a una familia de posibles hasta que entre viajes a Bayreuth y una malhadada quiebra se quedó a dos velas, sólo alimentaba dos sueños. Uno, volver a escuchar a Wagner en su salsa, cosa que no te explicabas, porque la pobre tenía un oído desastroso. Otro, comerse un capón asado. Capón la abuela, que al menos había conocido de joven el esplendor y la opulencia, pero sus nietos erais más clase de tropa, y soñabais sobre todo con el pollo asado que aparecía en los tebeos como un maná para redimir a los españoles del hambre de posguerra. El pollo de Carpanta.

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Era un pollo macizo y doradito, perfectamente colocado en una fuente con las patas apuntando a las alturas, como esperando la bendición del cielo. Y simbolizaba la obsesión de Carpanta, un pobre muy digno, con el aspecto desaseado y semibarbado de todo vagabundo, pero con cuello duro y sombrero. A Escobar, el dibujante que lo creó, le llamaron la atención desde las alturas.

-Oiga, joven. Que en la España de Franco no se pasa  hambre.

Y a partir de  entonces Carpanta en sus historietas  sólo pudo tener “apetito”, que es menos hiriente que el tener hambre. Bueno, pues tú debías de tener  mucho “apetito” cuando fuiste a ver a tu hermana Paloma y entró la enfermera con el plato de pollo asado, porque lo cierto es que a partir de entonces deseaste que a ti también te operaran para poder consumar en tus propias carnes –algo magras por entonces- el gran sueño de Carpanta.

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Tenías once años cuando después de unos días de vómitos, borborigmos y dolores en la tripa el tío Federico decretó que había que operarte a ti también. Ingresaste en la Clínica de la Fuensanta, te operaron de apedicitis, recuerdas el olor del cloroformo, el lento y angustioso despertar  de la anestesia, un agudo dolor en el vientre, el reencuentro con la realidad y el asirte a la esperanza.

-Mamá –le preguntaste a tu madre, que te cogía de la mano- ¿Cuándo me van a dar el pollo asado?

Fue la primera  lección de que en esta vida no se `puede anhelar en demasía. Porque te tuvieron un día a en ayunas, un par de días más a dieta líquida, los dos siguientes a dieta blanda, uno más a tortillas francesa y jamón de York y cuando te dieron el alta no había asomado por la habitación blanca el famoso pollo de Carpanta.

Menos mal que por una vez fuiste reivindicativo, y, una vez en casa denunciaste el agravio comparativo con Paloma y reclamaste tus derechos adquiridos. Hasta que un día tu madre sue fue al mercado de la Paz, compró un cuarto de pollo, lo asó como te gustaba, bien churruscado, y te lo sirvió a ti solo en un plato especial mientras tus cinco hermanos miraban y esperaban a otra operación para calmar al carpantita que todos los españolitos de entonces llevábais dentro.

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Te sonríes con ternura recordando a Carpanta mientras esperas que te recoja tu hija para llevarte al hospital donde van a reparar tu vértebra chafada. Hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad, y no harán más que inyectarte un cemento resinoso, recomponer la pieza que aguanta enhiesta tu figura y, de paso, erradicar los dolores que son al cabo la única secuela verdaderamente molesta de tu tumor. Para la operación de apendicitis del año 1957 te hicieron una raja en el vientre de unos diez centímetros, y te mantuvieron en el hospital no menos de una semana de convalecencia. Para esta que llaman cifoplastia ingresarás esta tarde y te darán el alta mañana. Hoy las ciencias adelantan que es una bestialidad, y tampoco las esperanzas son idénticas, aunque vayan en la misma línea de ingenuidad y de aprecio por los valores elementales.

-Mamá, ¿cuándo me van a dar el pollo asado?- no dirás cuando despiertes de la anestesia.

Son otros tiempos y otras circunstancias. Ya no aspiras a comerte el pollo de Carpanta. Sólo a pasear,  tal vez volver a trotar algún día como un viejo maratoniano y, desde luego, a disfrutar de la vida que llevas redescubriendo desde que te sacaron la tarjeta amarilla.

El escritor de anuncios

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Echas un vistazo atrás a las páginas de este blog y te das cuenta de que burla burlando está a punto de llegar a las mil entradas. Recapitulas. Algunas son piezas de un dietario. Otras, desahogos por escrito: chismorreos, críticas, escritos morales o políticos, por ponerte estupendo. Bastantes podrían ser capítulos deshilvanados de las memorias que escribirías con una biografía preñada de aventuras, lo que no ha sido el caso. A veces te enganchabas a una noticia o a una simple anécdota  y elaborabas a partir de ella una especie de cuento. Da igual, cuando  Dios mediante –qué antiguo eres, usando aún estos giros religiosos – llegues al millar de posts, seguirás pensando lo mismo.

-¿Y si en lugar de esto hubieras escrito una novela?

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Dicen muchos de los que escriben sin publicar que lo hacen por puro onanismo literario. Pero si todo es exclusivamente para ti ¿por qué te molestas en escribir? Tiene su trabajo, debes hilvanar ideas y buscar las palabras necesarias y las oportunas. Podrías agitar tus ocurrencias como si tu cabeza fuera una coctelera y asunto concluido.  Sin embargo no te engañas: lo que más te gusta es que alguien te lea. Y fuera de prensa deportiva y revistas del corazón las únicas publicaciones que de verdad acumulan lectores en cantidad son las novelas. Las más de mil páginas escritas te hubieran dado para completar una novela, y a lo mejor alguna lectora –los hombres leen mucho menos de este género- te había leído.

La cuestión es cómo se escribe una buena novela. O cualquier novela, aunque sea mediocre. Llevas muchos años pensándolo y aún no has dado con la clave.

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La novela que te hubiera gustado escribir es, por ejemplo, La tía Julia y el escribidor. No es las más trascendente de su autor, pero a ti te pareció original e ingeniosa, y te reíste con ella como no recuerdas haberlo hecho nunca con ninguna otra. Era la novela que te cuadraba, y que ejemplificaba como ninguna el humor y la jovialidad que piensas que podrías transmitir tú.  Sólo te presentaba un problema, y es que la había escrito ya Vargas Llosa. Te ha pasado siempre lo mismo: en toda creación que admiras ha habido antes un listo que se te adelantó. Tal vez pensaste entonces que nadie iba a acumular mil chorradas inconexas, así que te aplicaste a ello para demostrarte a ti mismo que al menos tenías fuerza de voluntad. No la habías acreditado en casi nada, de modo que por este detalle puedes estar moderadamente orgulloso.

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Sabedor de que nunca podrías escribir una gran novela –aspiración máxima del escritor de casta- o una novela de premio –sueño de casi todos los demás, con casta o sin ella- te has interesado sobre todo en las que pueden y saben escribir aquellos otros personajes que no se han dedicado oficialmente a la literatura. Algunos de ellos, por cierto, amigos tuyos. Tentar el mito del violín de Ingres, que pintando maravillosamente tuvo la osadía de tocar muy bien este instrumento, tiene sus peligros. Esta sociedad ha divinizado la especialización, y suele ser severa con el amateurismo, aunque el amateur supere en talento y gracia al profesional, como evidencia Miguel Ángel Furones en su novela El escritor de anuncios. La empezó a escribir sin mayores pretensiones, probablemente por ordenar y contar sus propias experiencias como profesional de la publicidad, y ya va por la cuarta edición. Miguel Ángel, seguramente el creativo español de más amplia proyección internacional, pero que a pesar de ello sigue pareciendo en el trato cercano un chico de barrio, da una lección de maestría en el uso de la herramienta fundamental de todos los que os dedicáis a la comunicación, que es la palabra. Miguel Ángel escribe con frases cortas, directas y afiladas como navajas de afeitar y mucho sentido del ritmo. Siempre has creído que esa es la mejor virtud de lo que podríamos llamar estilo publicitario. El protagonista de la novela, además, es un experto en ordeñar la fonética y la semántica de nuestro diccionario. Aunque sólo sea por esta singular exploración del lenguaje la novela respira originalidad, y tiene gran interés para los curiosos del vocabulario.

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Al autor le sobra olfato para saber lo que vende, y no da puntada sin hilo. Es lógico pues que a través de un alter ego cuente la historia de un triunfador malgré lui même, y que ilustre su irresistible ascensión con una serie de notas de refinamiento y pijerío que parecen extraídas del diario de Bárcenas, si es que este buen hombre ha tenido tiempo para escribirlo mientras amasaba sus modestos ahorros. No son esenciales para la novela, pero gustan y ponen los dientes largos. Sobre todo a los que más que putos jefes se pasan la vida siendo putos empleados o, peor aún, putos parados. Porque además de la burbuja de la publicidad, comparable a lo que fue la inmobiliaria, El escritor de anuncios también echa una mirada sobre la crisis, y sobre la relatividad del becerro de oro que es el triunfo. Todo en una narración entreverada de pasiones, lujo, sexo, viajes, alguna intriga y muchísimo glamour. Otros novelistas de éxito ya consagrados no lo hubieran hecho mejor.

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Y, sobre todo, ningún otro escritor ha dado tanto lustre a tu apellido, pues resulta que una de las heroínas de la novela se llama Sara Figuerola, cuyo padre, Roberto Figuerola, es un millonetis con gran mansión en La Moraleja, latifundio en los montes de Toledo, segunda residencia y yate de treinta metros de eslora en Menorca y una colección impagable de coches clásicos. Y tú sin saber que estabas en el cogollito de la beautiful.

 Este no es un dato baladí. Ya pasó que en una de las entregas de la muchimillonaria trilogía de Millenium,  Stieg Larsson hablaba de una detective o policía que se llamaba Mónica Figuerola, cuando tú tampoco sabías que tenías familia en la parte de Suecia. O sea, que tras leer El escritor de anuncios confirmas el subidón en tu autoestima, pues ves que, sin haber escrito ninguna, Figuerola es al fin alguien en el terreno de la novela. Gracias, Furones, por darle cuartelillo.

La profesora de emociones

¿Quién puede enseñar a ver y a observar? ¿Quién puede enseñar a emocionarse?...

¿Quién puede enseñar a ver y a observar? ¿Quién puede enseñar a emocionarse?…

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La historia empezó así. Silvia, profesora del Centro de Educación Infantil y Primaria Tiburcio  Sanza, un colegio cualquiera dentro de la red de enseñanza pública, escuchó  el golpeo de una pequeña piedra en la ventana y se despertó asustada. Afortunadamente su marido dormía como un tronco, y no se coscó de nada. Apartó la cortina y miró a la calle. Sobre el césped de la pequeña alfombra de grama que rodeaba a la urbanización, apostado entre un macizo de adelfas y el tronco de un sauce,  distinguió la figura de un muchacho. Se puso las gafas progresivas y acertó a identificar entonces a Gustavo, uno de sus alumnos. El chico señalaba con visible entusiasmo a la media luna que asomaba entre un cumulonimbo que en ese momento se rasgaba en dos mitades.

Silvia abrió la ventana y le chistó al chiquillo, porque no quería despertar a su marido. Ante la insistencia de Gustavo, que parecía decir algo mientras señalaba una y otra vez al cielo, Silvia miró a la luna y se quedó por un momento hechizada por el cuadro.  Después hizo gestos con la mano para que el chico se largara, le lanzó un beso, corrió la cortina y regresó a un sueño que se le antojaba deliciosamente reparador.

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Los antecedentes quizás hubiera que buscarlos en sus inquietudes como profesora. Tres días después de la visita con sus alumnos a la exposición de Dalí en el Reina Sofía la clase fue de excursión a Cercedilla. Después de pasear por los pinares se sentaron en un prado para hacer picnic. El prado estaba rodeado por una valla de piedra tapizada de musgo verde. Sobre ella revoloteaba de aquí para allá un pájaro de vistosa cresta, que parecía buscar acomodo en el hueco del tronco de un roble medio abatido por los años

-Mirad- les dijo a  los alumnos mientras estos despachaban sus bocatas- Es pájaro una abubilla, que tal vez esté haciendo su nido por aquí…¿A que es una imagen bonita?

Los alumnos estaban al bocata, y no fueron demasiado expresivos. Sólo una niña de ojos claros y el tal Gustavo afirmaron con la cabeza.

-¿Más o menos bonito que los cuadros de Dalí que vimos hace tres días? –Silvia volvió a la carga, inasequible al desaliento- Observad este sol tan agradable, el aire tan limpio que nos rodea. Y el vuelo de la abubilla, como haciendo cosquillas a nuestras miradas. Los cuadros que hemos visto, como las películas, son  bonitos, y nos gustan mucho. Pero lo que sentimos en este momento aquí, entre el verde del prado,  la pared de piedra cubierta de musgo, el viejo roble y el vuelo de la abubilla quizás puede ser aún más bonito, porque le añade la emoción de la vida.

La mayor parte de la chavalería pasaba y la miraba con cara de pánfila, pero la niña de los ojos claros y Gustavo escuchaban con atención.

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Otro día de las vacaciones de invierno, ante el fuego de la chimenea de un albergue, Silvia les recomendó que mirasen con atención las llamas y que dejaran volar la imaginación.

-Todo cambia, el fuego mueve sus llamas caprichosamente, sus lenguas amarillas pueden tornasolarse a verde o a azul, que contrastan vivamente con el rojo de las brasas. Las chispas doradas que escapan por el tiro cuando chisporrotea la leña  son como fuegos artificiales. Todo cambia en la chimenea a cada segundo. Y al cabo de un rato de mirarlo fijamente os quedaréis hipnotizados como en un dulce sueño. Algo parecido a lo que sentiréis cuando os paséis un rato contemplando el mar.

El mar. Silvia no podía llevarles al mar. Pero un día apareció en el aula con una caracola e invitó a sus alumnos a que se la aplicaran al oído y escucharan el rumor lejano de las olas.

-Cerrad los ojos, imaginad el mar y puede que pronto os llegue el olor de la sal,  de las algas y del yodo.

Otro día caluroso de marcha por Valsaín que los niños peleaban por beber primero en un manantial de agua fresca, aprovechó para hablarles de la emoción del agua.

-Esto es beber la vida en toda su pureza–decía después de que los alumnos hubieran bebido mientras se relamía después de un trago- Si el agua que brota de esta montaña no fuera gratis, no habría dinero en el mundo para pagarla.

Poco a poco los alumnos la fueron escuchando con más atención. Les enseñó a apreciar el murmullo de los arroyos, el cri-cri de los grillos, el bucólico sonido de las esquilas del ganado en la distancia, el estallido de las yemas de los árboles en primavera, la explosión de las flores y el cambio de cromatismo de los árboles en otoño.

-Aunque no lo creáis ahora –les dijo un día mirando el crepúsculo por el gran ventanal de la clase dorando los tejados anarquistas del viejo Madrid- esta puesta de sol vale más que el cuadro más caro del mundo, y es más bella que la mejor película de Harry Potter que hayáis visto. El cuadro y la película se pueden volver a ver, pero este espectáculo que ofrece hoy el sol al acostarse es irrepetible.

A Gustavo no le pasó inadvertido que los hermosos ojos de Silvia brillaban de la emoción como si fueran zafiros cuando se embarcaba en estas lucubraciones. Gustavo comprendía que él era un chaval, y que la profesora era casada. Pero se dijo a sí mismo que, de no ser así, cualquier crepúsculo le hubiera declarado su amor, como aún hacían en algunas películas.

-Y si me esperas unos años –hubiera añadido- me casaré contigo.

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Entretanto, y como buena profesora, Silvia vivía pendiente de la definitiva reforma de la enseñanza. Ella misma sabía que pecaba de ingenuidad, pero se sentía tan responsable que a todos los sucesivos proyectos de ley que aprobaron los distintos gobiernos intentó colaborar enviando motu proprio  al ministro correspondiente un memorandum sobre lo que consideraba fundamental para la educación primaria. Tan importante como enseñar a los educandos conocimientos básicos para la formación del individuo –repetía una y otra vez en su introducción- es enseñarles a sentir emociones. Y luego proponía  que, como asignatura independiente o de forma transversal, de la misma manera que se había programado una Educación para la Ciudadanía se empezara a inocular en las nuevas generaciones de estudiantes una asignatura cuyo título debería de girar en torno a los conceptos emoción y emocionar. Se le podrá llamar Formación de la Emoción o Lo que nunca se ha enseñado, da igual, pero deberá ocuparse de preparar a los niños para que aprendan a sentir y a aprovechar sus emociones y sentimientos a fin de que, además de profesionales bien formados, sean más felices y mejores personas.

Se que lo explico de manera un tanto simple –solía incluir al final de sus escritos- pero…¿verdad que se me entiende?

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Porque al espíritu también hay que trabajarlo para que de frutos- dijo un día en la clase.

Y a continuación abrió su bolso y extrajo de él el diminuto rastrillo con el que preparaba la tierra de las macetas de su terraza.

-Del mismo modo que mullimos la tierra para que se oxigene y absorba mejor la humedad, hay que  trabajas los sentidos para que los estímulos que nos llegan de la naturaleza –el agua, el sol, el viento, el mar, la luna, el fuego, los sonidos…-nos produzcan emociones.

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Durante aquel curso en que la profesora Silvia  –ya nadie le llamaba “señorita”- impartió de forma transversal la nueva asignatura innominada que ella conocía como Emociones la mayoría de sus esfuerzos cayeron en saco roto. Algunos alumnos decían que la Silvia estaba como una cabra, otros, que decía muchas chorradas. Sin embargo su grupo obtuvo una nota media más alta que la de otras clases del mismo centro. Dos alumnos fueron particularmente sensibles a sus lecciones. A la niña de los ojos claros, que era rubita y se llamaba María, se le quedó bien grabado aquello de que las emociones, como las mariposas, hay que cazarlas al vuelo. Silvia dijo en algún momento carpe diem, pero la niña entendió mucho mejor lo de la mariposa que el latinajo. Gustavo por su parte tomó buena nota de que las emociones llegan más profundamente cuando se comparten con un alguien.

-¿Ves, María? –le dijo a la niña rubita mientras tiraba una piedra en una charca del río Eresma- A mí me gusta tirar piedras en el río, porque cuento las ondas que forman al caer y el tiempo que tarda  en volver a quedarse lisa la superficie del agua…Pero contigo al lado me gusta más, porque eres mi amiga. Y si tú fueras ya una mujer como Silvia…

7

Todo esto abocó en la luna de mayo, cuando la primavera inquieta salpicó el cielo de nubes, y la creciente asomándose entre bambalinas de algodón irisado aparecía casi todas las noches más guapa y hechicera que nunca. Al menos eso le parecía a Gustavo, que recordando las enseñanzas de su profesora, sentía esa noche la emoción perfecta. O sea, un espectáculo nocturno bellísimo unido al recuerdo de los ojos de quien le había enseñado a apreciarlo.

-¡Silvia! –escuchó ésta desde la cama- ¡Silvia!….

Silvia advirtió que aunque el chico tampoco quería despertar a su marido y se esforzaba por no gritar, tenía algo urgente que decirle. Así que volvió a levantarse sigilosamente, se puso las gafas, descorrió la cortina y abrió la ventana.

-¿Qué quieres, Gustavo?…-susurró a media voz-¿No podías esperar hasta mañana?…

El chico se puso una mano sobre el corazón mientras con la otra señalaba a la luna, al tiempo que se expresaba con frases entrecortadas.

-No, Silvia…Las emociones…El cazamariposas, el carpe diem ese que explicabas –acertó a decir torpemente- La luna entre las nubes, tus ojos, que son muy bonitos…Sólo quería decirte que yo quería dedicarte este momento.

Se hizo un silencio peinado por una ráfaga de viento suave que mecía las hojas de los chopos. Silvia se quitó las gafas y se frotó los ojos. Suspiró y se quedó mirando embobada al chico que venía a  ofrendarle la luna. Le costaba admitirlo, pero notó que estaban a punto de escaparse dos lágrimas por sus comisuras. Y pensó que aunque nunca recibió respuesta de ninguno de los ministros de Educación a los que había contado sus ideas, su peculiar reforma educativa estaba en marcha.

 

El Atlético te hace más que fuerte

Imagen que tomamos prestada de chotysalazarpmmc.blogspot.com Suponemos que estarán tan contentos que no se molestarán porque nos tomemos esa confianza

Imagen  prestada de chotysalazarpmmc.blogspot.com
Suponemos que estarán tan contentos que no se molestarán porque nos tomemos esa confianza

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-Venga, Peque –le dijo su padre- Bájate los cascos de cerveza y los tiras en el contenedor, que hoy sí que estarás contento.

Como el Peque era un buen muchacho y un bienmandado recogió el bolsón de IKEA donde iban a parar los envases de vidrio e hizo lo que habitualmente en estos casos: acercarse al contenedor verde e imitar a Pau Gasol encestando por el agujerito, uno a uno, los innumerables  cascos de cerveza que había que eliminar después de cualquier partido de fútbol.

-¡Joder, otra vez!- exclamó mientras un goterón de cerveza le recorría la parte inferior del brazo derecho en dirección al sobaco.- Si se criaron con tanta austeridad como dicen…¿por qué no apuran toda la cerveza antes de tirar el casco?

Desde sus jóvenes y un tanto ingenuos catorce años el Peque sacó del bolsillo un pañuelito de papel, se limpió como pudo la pringue cervecera y se dijo que no comprendía a los mayores. Se habían pasado buena parte del partido contraponiendo lo miserable que era la España de su infancia con el despelote de gasto que trajeron los años de falso esplendor y ahorano tenían el detalle de bebérselo todo antes de desechar los botellines.

-Mira que se lo he dicho veces, leche- rezongó entre dientes.

2

El Peque era el menor de una familia de cinco hijos. Nació por uno de aquello errores de cálculo distanciado once años del hermano precedente, o sea, que no le sirvió de nada  llamarse Bruce en homenaje al boss, al que tanto admiraban sus padres, porque siempre fue el pequeño, y con Peque se quedó como único nombre. Mimado, sí. Pero para los efectos, el último mono, el chico de los recados. Los padres del Peque hacían de pegamento en una complejo organigrama familiar que incluía una bisabuela en silla de ruedas con la cabeza funcionándole como un Omega, dos abuelos maternos en buena forma, seis tíos con sus respectivas parejas y una ristra de primos y primas que se juntaban en el chalé de su padre en número variable según la categoría del evento deportivo que se transmitiera por la tele.

Y el de esa noche había sido uno de alta expectación.

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-Aún recuerdo lo emocionada que estaba mi madre la primera vez que pudo votar- había comentado entre suspiros la Bisa a lo largo de la noche- cuando alguien habló de lo difícil que es cumplir sueños.

Los mayores son así-pensaba el Peque. Dan el coñazo con el rollo de la austeridad  y con lo que sdespilfarraron las autonomías y Zapatero, pero al tiempo recuerdan sus sueños cumplidos. Eso sí, luego voy yo, les digo que no quiero ni un culín de líquido en las botellas vacías y como quien oye llover.

A lo largo de la velada, entre un ¡ay! por ese entradón a los tobillos un uy por esos balones al poste, un oh por las paradas de Courtoistres explosiones de júbilo por los goles y varios mierdas repartidos entre los numerosos madridistas, muchos de los mayores habían contado algunos de sus sueños cumplidos. Quién la llegada del hombre a la luna, quién las primeras elecciones libres que trajo la democracia, quién la caída del Muro. A la abuela Pilar le emocionó que el papa Juan XXIII le regalara un rosario bendecido de su mano, al abuelo la primera moto Sanglas que se pudo comprar con sus ahorros, a la tía Elena el autógrafo que le firmó Charlton Heston cuando vino a Madrid para rodar El Cid, y al tío Vidal haber aprobado las oposiciones de letrado del Consejo de Estado. Hasta a su hermana Carmen, enamorada de Pelocho desde el primer día que le vio montando a caballo en el Club de Campo confesó que, cuando años más tarde se le declaró, ella recordó lo que acababa de decir José Luis Garci  en su desastroso inglés tras recibir el  Oscar.

O sea, eso tan manido de que sometimes dreams come trooth.

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El Peque seguía cabreado cuando regresaba a casa. Por la falta de delicadeza de los bebedores que no apuran sus botellas y por lo que le costaba apretar el botón de la fuente pública donde se lavaba los churretones de cerveza. Esas fuentes deben de estar hechas para Mazinger Z –pensó. Pero lo cortés no quitaba lo valiente. En el fondo, y a pesar de que el  mundo seguía estando contra él en tantas cosas, se sentía  más feliz que la Bisa, que los abuelos, que la tía Elena, que el tío Vidal, que Carmencita y que el mismísimo Garci cuando tuvo en sus manos la codiciada estatuilla del Oscar. Por fin había encontrado razones aplastantes para contestar con la cabeza bien alta a todos sus compañeros de colegio que le seguían martirizando después de catorce años de derbies entre  Madrid y Aleti.

-Oye, Peque…-le decían invariablemente restregándole por los morros el fiasco de aquellos partidos-¿Por qué coño sigues siendo del Aleti?…

El Peque les iba a contestar que no sólo porque el Aleti había acabado con la maldición guindándoles la cuarta final de Copa que jugaba contra el Madrid en su propia casa. Ni tampoco porque los indios sí habían conseguido su Décima, y no como los vikingos, que habían sido incapaces de conquistar la suya. Sino porque además lo habían hecho con la misma  suerte y las mismas ayuditas del árbitro que tantas veces beneficiaron a los merengues.

-El Aleti te hace fuerte –murmuró el Peque mientras plegaba la bolsa de IKEA vacía y volvía a sonreír- Pero ni santo, ni gilipollas…

 

 

La medicina del alma

La foto es un churro, pero la "instalación" tiene su aquel...

La foto es un churro, pero la “instalación” tiene su aquel…

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Viste en un ABC reciente que en algún lugar han inaugurado un busto en honor de Mingote. Recuerdas vagamente la foto de familia y autoridades que suele recoger este tipo de actos. Junto al busto aparecen todos los que lo admiraron con cara de circunstancias. Quizás sea por lo mismo que te ha llamado la atención a ti, y es que la presunta obra de arte no se parece en nada al original. Suele pasar. Nos asombran el Moisés de Miguel Angel y el Éxtasis Bernini por la asombrosa fidelidad de sus rasgos, pero lo cierto es  que nadie había visto la cara ni tiene la fotografía  de Moisés ni de santa Teresa para comparar. O sea, que el retrato de los personajes no deja de ser un suponer.

A Mingote le van a dedicar ahora una estatua en El Retiro. Ya han convocado un concurso: Dios nos coja confesados. Más valdría que le dedicaran una placa en la que se plasmara uno de los dibujos con los que se autorretrató. Sólo unas líneas de su lápiz serían para el gran público bastante más identificables y, sobre todo, más emotivas, que lo que probablemente elegirá el jurado municipalista. Basta cotejar la estatuaria conmemorativa que jalona las calles de las ciudades y pueblos de España. ¿No son sus mejores esculturas las de aquellos a los que nunca conocimos de carne y hueso?

2

A tu tío Federico Larrarte le dedicaron cuando murió uno de esos recuerdos de bronce en los jardines de Arenas de san Pedro que llevan su nombre, pero tú pasaste por allí y comprobaste que aquel bajorrelieve podía ser él o cualquier otro tío. Mejor hubiera sido sólo la leyenda: al doctor Federico Larrarte, que atendió a tantos arenenses sin cobrarles una peseta. El tío Federico Larrate siendo poco tío –estaba casado con una prima segunda de tu madre, que era la  que daba las mejores comidas y meriendas de la familia- era un gran tío. Lo suyo eran los niños, aunque no sabes si a eso hay que llamarle puericultor, como se decía entonces, o pediatra, como prefieren decir ahora. De modo que tu primera noción de un galeno se fraguó sobre la imagen de un señor sonriente, muy pulcro, elegante y simpático vestido con camisa a rayas y cuello de celuloide blanco que iba a tu casa cuando te dolía la garganta o eructabas esencias de huevo duro.

-Este niño en cama, que no vaya el colegio –decía después de auscultarte y de palparte la tripa- Y de dieta, arroz blanco, jamón de York y yogur.

Entonces te daba un cachetito en el moflete, para restarle importancia al asunto, metía el estetoscopio en su maletín de mano y se despedía.

Eran tres de tus manjares favoritos, así que tú le quedabas muy agradecido, porque te sanaba, te libraba del colegio, le daba alegrías a tu paladar imberbe y encima, en verano, hasta te llevaba de excursión en su Renault 4/4  por las carreteras de Arenas.

El tío Federico se distinguía además por su voz, que tú, en una precoz ínfula de greguerista ramoniano, asociaste a la del bocadillo de jamón, como si los bocatas de jamón hablaran. No sabías por qué, pero estabas convencido de que el tío Federico tenía voz de esa delicia, sin precisar si el jamón era de Avilés, de Teruel o de Montánchez, porque entonces lo de ibérico pata negra no entraba en tus cabales. Otra de las peculiaridades del tío Federico es que exhalaba un perfume inconfundible, el de una colonia que no oliste nunca en ninguna otra persona, y que grabó tu memoria olfativa para siempre. También lucía  en el dorso de una mano  uno de esos grandes lunares que la edad desparrama por la piel humana.

-¿Qué es eso?- le preguntaste un día.

-Un caramelo –te respondió sin darle importancia.

Tú, como buen niño, no entendías el sentido del humor. Pero te quedaste con la idea del caramelo para redondear la imagen del hombre que te ayudó a crecer. Todo positivo, todo amable. Un mal día el tío Federico se murió, y tú mojaste la  pluma en la tinta de los recuerdos para escribir El retorno del tío Federico, una semblanza imaginaria en la que resucitaba para seguir vigilando la salud de sus pacientes. Supones que aquellas cuartillas pecarían de sensibleras, pero a su hijo Adolfo, que heredó el maletín y luego te ayudaría a criar a tus hijos, le emocionaron mucho.

-Muchas gracias- te dijo por teléfono con la voz temblorosa. Era la única vez en su vida que te llamó él, porque siempre eras tú o tu mujer la que le llamaba para atender a los niños.

Ese recuerdo te estimula. Pensabas que los médicos, tan familiarizados al cabo con las glorias y miserias de la vida y de la muerte, no deben de ser propicios  a la emoción. Sin embargo muchos años después repites en cierto modo la experiencia con otro médico y te das cuenta de lo contrario. Les cuesta, probablemente están educados para la frialdad y la templanza, pero, como cada quisque, tienen su corazoncito.

3

Que la fuerza te acompañe, decía Darth Vader. Pero luego te acompaña o no, según le da. A Constantino Romero, que era quien daba voz al tal Darth, le ha acompañado sólo hasta los 65 años, dos menos de los que tú has cumplido con largueza. Sigue el desfile…

Eso quiere decir que estás en edad de riesgo, y que nada agradeces tanto como ese médico amigo que, saltándose el severo protocolo y la burocracia que hoy exige la medicina, pública o privada, te ofrece su teléfono móvil y te atiende a cualquier hora del día y de la noche. Se habla mucho de los progresos de la moderna medicina, pero a ti te nacieron en la época de los médicos de cabecera, cuando Mahoma aún iba a la montaña, y no era esta la que tenía que acudir al hospital o al ambulatorio para revisar sus debilidades. O sea, que echabas de menos al médico cercano. En más de cuarenta años de cotizante de la Seguridad Social ni siquiera recibiste la visita de ninguno de sus galenos.

-Con la de trabajo que tendrán- pensabas-¿Cómo les voy a llamar por una simple vomitera?

4

La fuerza de Darth Vader quebró con tu puñetera neoplasia y dejó de acompañarte, pero como no hay mal que por bien no venga fue entonces cuando perdiste el pudor y solicitaste la ayuda de esos médicos que, dentro o fuera de tu seguro eran tus amigos. A tu otorrino de confianza, Paco Isasa, a quien no veías desde el colegio, te lo reencontraste veinte años después trotando a tu lado entre la nube de corredores que corríais la Maratón de Madrid, y desde entonces lo llamas sin reparo alguno cuando lo necesitas. Vitín L. Barrantes, que es dermatólogo, te hace encantado la ITV de la carrocería, y te anima cariñosísimo con la autoridad añadida de haber superado su propio susto y ser un hombre feliz. El cirujano Vicente F. Nespral te arregló en su día la fontanería interior (e inferior), y es tan eléctrico atajando tus males como poniéndote en contacto con el especialista que haga falta. José Antonio Serra, que es geriatra, está abierto hasta al amanecer `para examinar tus vergüenzas y despacharte recetas adobadas con sentido del humor.

-Lo del reconstituyente  me parece bien. Lo de la muñeca hinchable –dice sin perder un ápice de su ironía- excesivo.

Y finalmente tienes a Quico L.I., que es psiquiatra,  que lleva años luchando denodadamente contra su propio bichito  y que coincide contigo en el campo los fines de semana. Tal vez por eso se ha convertido en tu mentor y supervisor, como si él fuera el prior y tú el misacantano tumoral. Qué cosas.

5

A Quico le debías un detalle, pero no es hombre fácil de regalar, pues él bebe Coca-Cola en lugar de vino, y además se ha comprado ya todos los caprichos más o menos útiles que normalmente apetecemos los hombres. Así que decidiste que más que un regalo le cuadraba un homenaje. Podías haberle encargado un busto, con el riesgo de que al artista de turno le saliera un engendro como aquel del pobre Mingote que se cita en este post, y además no tenías presupuesto Tiraste de imaginación y entonces se te ocurrió una instalación, que ese neologismo mágico con el que los artistas modernos presentan sus creaciones o sus camelos, que pueden ir desde una docena de latas de tomates ensartadas por un alambre en torno a la escafandra de un buzo –qué genial- hasta tres escarabajos peloteros disecados sobre un tablero de parchís. Asombroso, sobre todo si los escarabajos van pintados de turquesa y oro y el título de la instalación es Tres lanceros bengalíes.

 

-No te pongas estupendo- sentiste que te decía entonces Pepito Grillo- y no te comas el coco. Que Quico es más sencillo de lo que tú piensas.

6

Entonces pensaste en lo mismo que probablemente te hubiera gustado a ti, un modesto juguete de hojalata y un mensaje ad hoc, como queriendo decir que lo importante no es el valor del objeto en sí, sino su significado. Pillaste una ambulancia de los años sesenta, una caricatura suya, una foto de Gredos como marco de vuestros encuentros, y con la ayuda de tu sobrina Alicia y tu sobrino Ramón instalaste, y valga en palabro, todo esto en una caja de madera cerrada por una tapa de cristal. Lo demás fue leer el soneto en medio de un pequeño festejo entre amigos. El soneto, titulado La ambulancia de Quico, dice así

¿Por qué será que Quico, o don Francisco,

doctor en los problemas de la mente

siempre te atiende, amigo y diligente,

te duela tu locura o tu menisco?

¿Por qué no hay nieve ni rayos ni pedrisco

que frenen su atención hacia el paciente?

¿Por qué cura su optimismo impenitente

Hasta el mal más dañino y levantisco?…

La respuesta no está sólo en su ciencia,

sino en algo de aún más importancia.

Buen galeno, acude con urgencia

y para atajar cual sea tu dolencia

te acoge en su mágica ambulancia

y te inyecta cariño en abundancia.

La instalación no es para que figure en el Reina Sofía, y el soneto no hace sombra a los de Quevedo. Pero con ellos no hablaba un artista, sino sólo un amigo agradecido que mejora día a día gracias a la medicina del alma.

Santa Águeda Jolie

Santa Águeda de Zurbarán1

Por empezar el día jugando a la ficción imaginas que eres una pluma autorizada, y que uno de los grandes periódicos espera tu columna. Entonces decides que la actualidad es la mastectomía de  los pechos de Angélica Jolie y el incierto porvenir de los escarabajos, ahora que se abre la veda y la alimentación sostenible empieza a considerar a los insectos como gran reserva proteínica del planeta. Dentro de poco no habrá pollos, cerdos, vacas y pescado para que comamos todos y, por lo que cuentan los que ya los han probado en fogones exóticos, los hélitros, las patas y las antenas de los escarabajos son muy sabrosos. O sea, debes escribir de tetas y dietas.

Admites que el  primer tema te tienta más que la el de los insectos, y más incluso que la severidad de la Merkel y la financiación de las autonomías.

2

Imaginas que tú también te quieres adelantar a los acontecimientos, y que por aquello de que quien evita la ocasión evita el peligro has introducido un bisturí invisible en tus interiores, has rebañado tus tumorcillos, los has extraído por ósmosis y los has enterrado en una maceta de geranios. Muerto el perro, dicen, se acabó la rabia. Piensas cuánto hay de valentía en la estrella del cine que ha tomado tan drástica decisión en detrimento de su probada belleza natural, y cuánto de obsesión por la salud. La divulgación médica ¿no está inoculando dosis excesivas de prevención en el cuerpo social?

El cuerpo social. No sabes muy bien qué es este eufemismo, pero la verdad es que hoy viene al pelo.

3

Recuerdas cuando un pecho de mujer era lo más fascinante de lo prohibido. No lo veías entonces más que cuando tu padre te llevaba al Museo del Prado, y tú contemplabas atónito a la Maja Desnuda, a Susana en el Baño, a las Tres Gracias y a otras regordetas desnudas que te habían legado los genios de la pintura.

-¿Y por qué estas mujeres enseñan sus tetas y Maria B. no te deja ver las suyas?- te preguntabas como un Homper cualquiera.

María B. servía en tu casa natal. Era menuda, y redonduela, de piel blanquísima, labios perfectamente dibujados y ojos claros. Tu hermana Rosa, que es muy buena fisonomista, diría más tarde que podría haber sido La joven de la Perla de Vermeer, aunque a esta no luce sus pechos en el famoso cuadro, que luego fue también famosa novela y finalmente famosa película. Los pechos de María eran monumentales, de esos globos opalinos que rebosan por el escote y que a cualquier recental de hombre le pueden volver loco, pero ella no consentía en enseñártelos. Te gustaban mucho más que los que pintaron Rafael, Tiziano, Rubens o Goya. Muchos años después Serrat cantaba: niño, que eso no se hace, que eso no se dice, que eso no se toca. Hasta decir algunas cosas era pecado,  pero al menos la transgresión así tenía menos trascendencia. De modo que a veces buscabas un rincón de la casa donde nadie te escuchaba, cerrabas los ojos, pensabas en María y te desahogabas verbalmente.

-Teta, teta, teta, teta-te repetías despacio marcando el ritmo de las sílabas  y  con la misma ansiedad con la que deseabas la leche condensada.

La edad de la inocencia. Te forjaste en una cultura tan pacata y bien almidonada que cuando el habla se desmelenó y se anunció en la tele Sin tetas no hay paraíso creías estar en Sodoma y Gomorra.

4

Las pinturas religiosas también tienen su busilis. En una de Zurbarán aparece una Santa Águeda de hermoso rostro llevando en un plato un par de tetas femeninas tan perfectamente moldeadas como si fueran de arroz. Lo curioso es que pueden ser las suyas propias, rebanadas en sádica venganza  al no claudicar ante un procónsul pecador que quiso abusar de su virtud. Qué paradoja de cuadro, y qué pruebas exigía la santidad entonces.

Santa Aguéda, santa Aguéda/ que a los idólos no quisiste adorar/ te cortarán las tetas/ como se corta un pan –ironizaba el maestro para que sus alumnos no acentuaran mal las esdrújulas. De Santa Águeda, bien acentuada, a Angelica Jolie va un trecho en la exigencia. Hoy los ídolos son otros, y puede que uno de los más venerados, aunque no  del todo falso ni perverso,  es el de la salud a toda costa. Se puede y se debe prevenir las enfermedades, aunque tú seas tan antiguo que prefieras  esperar a que aparezca la gangrena para amputarte la pierna.


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