Pegamento de corazones

Estra es otra hostoria de un amor otoñal unido por por un pegamento imposible...

Esta es otra historia de  amor otoñal unido por por un pegamento imposible…

1

La lista de los motivos que siguen causando la estupefacción de Homper es infinita. Uno se puede sorprender por los fenómenos de la naturaleza, por la incomprensible existencia del mal en el mundo que diseñó el Creador perfecto, por el descubrimiento de secretos de la historia que afloran de vez en cuando, por la variedad de los inventos, por los increíbles avances de la ciencia y de la tecnología, por la extravagancia de las conductas humanas, por la versatilidad y la frivolidad de lo que se sigue llamando arte, por los registros imprevisibles que muestran las almas de los mortales. Y por otras naderías que a veces le llevan a uno a conectarse con los grandes misterios.

-Hoy me ha sorprendido mi propia ignorancia –admite el Hombre perplejo- Y me ha causado más asombro aún descubrir que bajo la apariencia de mansa cordera de Dios, mi amiga Flora también se cuestiona muchos contradioses.

2

Flora coincide con Homper de vez en cuando en la biblioteca del barrio. Después de años de saludarse y de intercambiar algunas impresiones en la cafetería del centro cultural,  el hombre perplejo había elaborado un retrato robot de ella. Decía éste que era una digna dama en la edad dorada, de estampa agradable y carácter suave y bonancible, soltera y, por lo que aparentaba, con suficientes recursos para llevar una vida acomodada. Flora iba a misa los domingos, funerales de amigos y conocidos aparte, y dedicaba su tiempo a visitar hospitales y cárceles para dar ayuda psicológica a los allí recluídos. Un día a la semana invitaba a comer a sus sobrinos, otro pasaba la tarde en la biblioteca estudiando libros de moral y religión, un jueves de cada dos iba al cine y una vez al mes pasaba por la peluquería, donde Dora, la guardiana de su estética, le reformaba levemente el corte de pelo de sufragista trasnochada que ella consideraba que le cuadraba.

-Parecía cerrada a otros fantasmas que de vez en cuando nos acechan a sus contemporáneos. Por ejemplo, al amor tardío. En ocasiones le había escuchado que aunque no entendía del todo a Dios, había consagrado su vida a Él. Por eso no había hecho demasiado caso a los caprichos del corazón. Pero, como ocurre tantas veces, las apariencias engañan a menudo…

3

Un día que tomaban café juntos Homper reparó en que Flora llevaba el dedo índice de su mano izquierda vendado. Le llamó la atención que la caperuza de esparadrapo se prolongase mucho más que lo que cabía suponer si lo único que protegía era el dedo herido. Le preguntó entonces qué le había pasado.

-Soy una víctima de la fe- confesó Flora bajando tímidamente los ojos- De la fe y de la buena fe…Creo en Dios, y respeto sus leyes y sus símbolos. Creía también en el amor humano, aunque llegue tarde, como pensé que me llegaba a mí. Por ser ingenua, hasta creía en lo que dicen en sus envases los productos que una compra, pero…

-¿Pero qué?- preguntó Homper intrigadísimo.

4

La de Flora fue una prolongada respuesta en espiral, una explicación que iba girando sobe una anécdota inicial y que se enroscaba después en complicados círculos que abarcaban cuestiones de lo divino y de lo humano. Empezó contando que guardaba una especial devoción por un Sagrado Corazón de Jesús tallado en madera policromada que le trajo de Polonia su sobrino Alfredo. Justo entonces ella acababa de conocer en una reuníón parroquial a Samuel, un general retirado y viudo aficionado a construir maquetas de barcos que también empleaba su tiempo en labores asistenciales. Sin entrar en demasiados detalles ambos trabaron una relación de amistad, que poco a poco se transformó en algo más.

-Yo estaba muy poco entrenada en esas emociones especiales –precisó- pero me empecé a preocupar que poco a poco me gustara más ver a Samuel que a los presos y enfermitos a los que me dedicaba habitualmente. Yo le rezaba por las noches al Sagrado Corazón: Señor, Señor, no me alejes de mis deberes. Aunque a continuación añadía: pero, si no te sirve de molestia, tampoco me alejes de Samuel. Yo miraba  la imagen, esa mano derecha de Jesús bendiciéndome con el índice y el corazón extendidos hacia el cielo mientras el pulgar sujeta al anular y el meñique plegados…¿Sabe el por qué de esa peculiar posición de los dedos que repiten tantas imágenes religiosas?

-No, la verdad es que no-dijo Homper.

-Para afirmar la doble naturaleza  humana y divina de Cristo. En los orígenes del cristianismo unos sostenían que Jesús era sólo Dios, mientras que otros suscribían la herejía contraria, o sea, que era sólo hombre. Así que la Iglesia zanjó la cuestión proclamando que era el mismo tiempo Dios y hombre, y la imaginería a partir de entonces representó a Jesús con los dos dedos arriba….Aunque a mí, la verdad, la que más me interesaba para mis dudas era su naturaleza humana. Señor, entiéndeme, le decía en mis oraciones, ¿no  voy a poder ilusionarme con el amor por el hecho de ser buena cristiana y, además, mayor?…

5

-Antes de que el Sagrado Corazón me diera su visto bueno –continuó Flora- dio la mala suerte de que limpiando el polvo de mi habitación se me fue el plumero y derribé su imagen, que rompió su mano derecha al caer al suelo… Fíjate qué disgusto.

-Ya me hago cargo, ya…

-Yo, ni corta ni perezosa, me dispuse a reparar el entuerto. Pero…¡caramba con los adhesivos modernos! Compré uno que se llama Lochtite, desenrosqué su tapón,  lo acerqué a la pieza rota que mantenía entre los dedos índice y pulgar de mi mano izquierda, sin darme cuenta apreté demasiado, y en un instante, en lugar de pegar la manita de madera al brazo del Sagrado Corazón me encontré con que la había adherido a mi propio dedo. La quise despegar, pero el dichoso invento había fraguado, y no supe cómo arrancar la pieza.

-Suele pasar. Son unos adhesivos desesperantes. A mí no me sirven más que para un solo uso, porque una vez abiertos su contenido se funde con el tapón y no hay Dios  que lo vuelva a abrir.

-Ya…Yo sólo quería un Dios que por culpa de su mano rota no echara a perder mis esperanzas.

6

-Porque aquella tarde había quedado con Samuel en ir al cine. Ya había notado yo en otras películas románticas que en los momentos más emocionantes Samuel aproximaba una de sus manos a las mías y me miraba de reojillo, como esperando una señal para dar el paso siguiente. Debía de haberlo tenido en cuenta a la hora de sentarme en la butaca y darle la derecha. No lo hice, me senté a su izquierda, sin recordar que hacía una hora, incapaz de despegar la mano rota del Sagrado Corazón de mi propio dedo, había decidido disfrazar éste vendándolo. Me quedó un dedo muy raro, como si fuera el de un fakir o el de Cruella de Vil, cuando lo que necesitaba era estar bien guapa.

-Bueno –interrumpió Homper con un leve carraspeo señalando el dedo vendado- Eso se disimula, cierras la mano izquierdas, te pones la otra encima y no se ve nada.

-Ya, ya –subrayó Flora enfatizando la intensidad de su relato- Eso es lo que había hecho. La película era Lo que queda del día, que va justamente de amores otoñales,  y el momento cumbre, te lo aseguro, Samuel levantó su mano derecha y buscó mi mano. Entonces, tonta de mí, separé mis manos y extendí los dedos de la izquierda, con el índice incluído. Él miraba a la pantalla, pero por el rabillo del ojo debió ver el dichoso dedo, y le debió causar mal efecto, porque se frenó. Lentamente fue retirando su mano y la película acabó dejándome con la miel en los labios. Más que un contratiempo, aquello fue un contradios.

7

Homper considera esta historia como otro ejemplo más de que Dios debe de escribir derecho con los renglones torcidos. Flora le contó que días después de aquellas manitas frustradas, irritada y desesperada, se arrancó de la punta de su índice la mano del Sagrado Corazón y con él, parte de la yema de su dedo, que fue a parar al cubo de la basura junto con la pieza de madera que confirmaba la doble naturaleza divina y humana de Jesucristo. El Sagrado Corazón se quedó pues manquito para siempre, y ella acabó por perder el pudor y relatarle a Samuel su pequeña odisea. Era la primera vez que desvelaba sus debilidades ante un hombre, no sabía si echarse a reír o a llorar, aunque al final hizo las dos cosas: llorar de emoción y reír de felicidad. Porque cuando mostraba a Samuel la cicatriz que habían dejado en su dedo el amor y el Lochtite, el viejo general extendió el índice de su mano derecha marcado también por otra herida y dijo con la tradicional rotundidad y laconismo castrenses.

-Los puñeteros adhesivos instántáneos. Esta es la huella que me dejó a mí el mascarón de proa del Santísima Trinidad antes de conseguir arrancármelo para pegarlo en la proa de la maqueta que estaba construyendo.

Dice Flora que entonces el general dejó caer su mano sobre la suya, y que se miraron a los ojos un ratito como el mayordomo y la doncella de Lo que queda del día. También reconoce que a partir de entonces, aunque prefiere el viejo pegamento Ymedio para recomponer santos, confía mucho en los adhesivos instantáneos para unir corazones solitarios.

 

 

 

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4 Responses to “Pegamento de corazones”


  1. 1 julia mayo 8, 2013 en 2:57 pm

    Homper querido ¿será verdad la historia de Flora-Samuel o todo fruto de tu imaginación calenturienta y deseos de hacernos pasar a todos los que te seguimos un rato delicioso? De una forma u otra lo consigues, doy fé.
    Creo firmemente en los amores tardíos….. por ejemplo, me voilà.
    Un abrazo y cuídate mucho.

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  2. 2 atticus 444 mayo 8, 2013 en 4:19 pm

    Maestro que sepas que en la sesion de las 8,20 del Verdi de ayer la pelicula 7 Cajas se proyecto sin voces de los dialogos por error.
    Como bien sabes los 20 o 30 espectadores que estabamos, pensamos que era asi, que era intencionado y nos tragamos pues un maron pesadisimo, por no haber protestado para que lo arreglaran.
    Un abrazo
    PP

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  3. 3 Espiga mayo 8, 2013 en 9:14 pm

    Duende querido, que linda historia! Y pese a lo feliz que estoy con la llegada de la primavera, con esa foto te dan ganas de que llegue octubre.
    Quería hacer una advertencia para duendes y otros animalillos. Si el loctite es lo que es, y te dejas la piel – aunque a veces con felices consecuencias, como en tu historia- no podéis ni imaginar como es el pegamento de los chinos. Se deja uno el alma pegada al objeto que se trata de pegar y sin solución posible que no sea amputación o defunción. El que avisa no es traidor y así se las gasta el pegamento comunista, totalmente de espaldas al pueblo, que diría doña María.

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  4. 4 Ángela mayo 10, 2013 en 5:23 am

    Preciosa historia también la de hoy.

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