La medicina del alma

La foto es un churro, pero la "instalación" tiene su aquel...

La foto es un churro, pero la “instalación” tiene su aquel…

1

Viste en un ABC reciente que en algún lugar han inaugurado un busto en honor de Mingote. Recuerdas vagamente la foto de familia y autoridades que suele recoger este tipo de actos. Junto al busto aparecen todos los que lo admiraron con cara de circunstancias. Quizás sea por lo mismo que te ha llamado la atención a ti, y es que la presunta obra de arte no se parece en nada al original. Suele pasar. Nos asombran el Moisés de Miguel Angel y el Éxtasis Bernini por la asombrosa fidelidad de sus rasgos, pero lo cierto es  que nadie había visto la cara ni tiene la fotografía  de Moisés ni de santa Teresa para comparar. O sea, que el retrato de los personajes no deja de ser un suponer.

A Mingote le van a dedicar ahora una estatua en El Retiro. Ya han convocado un concurso: Dios nos coja confesados. Más valdría que le dedicaran una placa en la que se plasmara uno de los dibujos con los que se autorretrató. Sólo unas líneas de su lápiz serían para el gran público bastante más identificables y, sobre todo, más emotivas, que lo que probablemente elegirá el jurado municipalista. Basta cotejar la estatuaria conmemorativa que jalona las calles de las ciudades y pueblos de España. ¿No son sus mejores esculturas las de aquellos a los que nunca conocimos de carne y hueso?

2

A tu tío Federico Larrarte le dedicaron cuando murió uno de esos recuerdos de bronce en los jardines de Arenas de san Pedro que llevan su nombre, pero tú pasaste por allí y comprobaste que aquel bajorrelieve podía ser él o cualquier otro tío. Mejor hubiera sido sólo la leyenda: al doctor Federico Larrarte, que atendió a tantos arenenses sin cobrarles una peseta. El tío Federico Larrate siendo poco tío –estaba casado con una prima segunda de tu madre, que era la  que daba las mejores comidas y meriendas de la familia- era un gran tío. Lo suyo eran los niños, aunque no sabes si a eso hay que llamarle puericultor, como se decía entonces, o pediatra, como prefieren decir ahora. De modo que tu primera noción de un galeno se fraguó sobre la imagen de un señor sonriente, muy pulcro, elegante y simpático vestido con camisa a rayas y cuello de celuloide blanco que iba a tu casa cuando te dolía la garganta o eructabas esencias de huevo duro.

-Este niño en cama, que no vaya el colegio –decía después de auscultarte y de palparte la tripa- Y de dieta, arroz blanco, jamón de York y yogur.

Entonces te daba un cachetito en el moflete, para restarle importancia al asunto, metía el estetoscopio en su maletín de mano y se despedía.

Eran tres de tus manjares favoritos, así que tú le quedabas muy agradecido, porque te sanaba, te libraba del colegio, le daba alegrías a tu paladar imberbe y encima, en verano, hasta te llevaba de excursión en su Renault 4/4  por las carreteras de Arenas.

El tío Federico se distinguía además por su voz, que tú, en una precoz ínfula de greguerista ramoniano, asociaste a la del bocadillo de jamón, como si los bocatas de jamón hablaran. No sabías por qué, pero estabas convencido de que el tío Federico tenía voz de esa delicia, sin precisar si el jamón era de Avilés, de Teruel o de Montánchez, porque entonces lo de ibérico pata negra no entraba en tus cabales. Otra de las peculiaridades del tío Federico es que exhalaba un perfume inconfundible, el de una colonia que no oliste nunca en ninguna otra persona, y que grabó tu memoria olfativa para siempre. También lucía  en el dorso de una mano  uno de esos grandes lunares que la edad desparrama por la piel humana.

-¿Qué es eso?- le preguntaste un día.

-Un caramelo –te respondió sin darle importancia.

Tú, como buen niño, no entendías el sentido del humor. Pero te quedaste con la idea del caramelo para redondear la imagen del hombre que te ayudó a crecer. Todo positivo, todo amable. Un mal día el tío Federico se murió, y tú mojaste la  pluma en la tinta de los recuerdos para escribir El retorno del tío Federico, una semblanza imaginaria en la que resucitaba para seguir vigilando la salud de sus pacientes. Supones que aquellas cuartillas pecarían de sensibleras, pero a su hijo Adolfo, que heredó el maletín y luego te ayudaría a criar a tus hijos, le emocionaron mucho.

-Muchas gracias- te dijo por teléfono con la voz temblorosa. Era la única vez en su vida que te llamó él, porque siempre eras tú o tu mujer la que le llamaba para atender a los niños.

Ese recuerdo te estimula. Pensabas que los médicos, tan familiarizados al cabo con las glorias y miserias de la vida y de la muerte, no deben de ser propicios  a la emoción. Sin embargo muchos años después repites en cierto modo la experiencia con otro médico y te das cuenta de lo contrario. Les cuesta, probablemente están educados para la frialdad y la templanza, pero, como cada quisque, tienen su corazoncito.

3

Que la fuerza te acompañe, decía Darth Vader. Pero luego te acompaña o no, según le da. A Constantino Romero, que era quien daba voz al tal Darth, le ha acompañado sólo hasta los 65 años, dos menos de los que tú has cumplido con largueza. Sigue el desfile…

Eso quiere decir que estás en edad de riesgo, y que nada agradeces tanto como ese médico amigo que, saltándose el severo protocolo y la burocracia que hoy exige la medicina, pública o privada, te ofrece su teléfono móvil y te atiende a cualquier hora del día y de la noche. Se habla mucho de los progresos de la moderna medicina, pero a ti te nacieron en la época de los médicos de cabecera, cuando Mahoma aún iba a la montaña, y no era esta la que tenía que acudir al hospital o al ambulatorio para revisar sus debilidades. O sea, que echabas de menos al médico cercano. En más de cuarenta años de cotizante de la Seguridad Social ni siquiera recibiste la visita de ninguno de sus galenos.

-Con la de trabajo que tendrán- pensabas-¿Cómo les voy a llamar por una simple vomitera?

4

La fuerza de Darth Vader quebró con tu puñetera neoplasia y dejó de acompañarte, pero como no hay mal que por bien no venga fue entonces cuando perdiste el pudor y solicitaste la ayuda de esos médicos que, dentro o fuera de tu seguro eran tus amigos. A tu otorrino de confianza, Paco Isasa, a quien no veías desde el colegio, te lo reencontraste veinte años después trotando a tu lado entre la nube de corredores que corríais la Maratón de Madrid, y desde entonces lo llamas sin reparo alguno cuando lo necesitas. Vitín L. Barrantes, que es dermatólogo, te hace encantado la ITV de la carrocería, y te anima cariñosísimo con la autoridad añadida de haber superado su propio susto y ser un hombre feliz. El cirujano Vicente F. Nespral te arregló en su día la fontanería interior (e inferior), y es tan eléctrico atajando tus males como poniéndote en contacto con el especialista que haga falta. José Antonio Serra, que es geriatra, está abierto hasta al amanecer `para examinar tus vergüenzas y despacharte recetas adobadas con sentido del humor.

-Lo del reconstituyente  me parece bien. Lo de la muñeca hinchable –dice sin perder un ápice de su ironía- excesivo.

Y finalmente tienes a Quico L.I., que es psiquiatra,  que lleva años luchando denodadamente contra su propio bichito  y que coincide contigo en el campo los fines de semana. Tal vez por eso se ha convertido en tu mentor y supervisor, como si él fuera el prior y tú el misacantano tumoral. Qué cosas.

5

A Quico le debías un detalle, pero no es hombre fácil de regalar, pues él bebe Coca-Cola en lugar de vino, y además se ha comprado ya todos los caprichos más o menos útiles que normalmente apetecemos los hombres. Así que decidiste que más que un regalo le cuadraba un homenaje. Podías haberle encargado un busto, con el riesgo de que al artista de turno le saliera un engendro como aquel del pobre Mingote que se cita en este post, y además no tenías presupuesto Tiraste de imaginación y entonces se te ocurrió una instalación, que ese neologismo mágico con el que los artistas modernos presentan sus creaciones o sus camelos, que pueden ir desde una docena de latas de tomates ensartadas por un alambre en torno a la escafandra de un buzo –qué genial- hasta tres escarabajos peloteros disecados sobre un tablero de parchís. Asombroso, sobre todo si los escarabajos van pintados de turquesa y oro y el título de la instalación es Tres lanceros bengalíes.

 

-No te pongas estupendo- sentiste que te decía entonces Pepito Grillo- y no te comas el coco. Que Quico es más sencillo de lo que tú piensas.

6

Entonces pensaste en lo mismo que probablemente te hubiera gustado a ti, un modesto juguete de hojalata y un mensaje ad hoc, como queriendo decir que lo importante no es el valor del objeto en sí, sino su significado. Pillaste una ambulancia de los años sesenta, una caricatura suya, una foto de Gredos como marco de vuestros encuentros, y con la ayuda de tu sobrina Alicia y tu sobrino Ramón instalaste, y valga en palabro, todo esto en una caja de madera cerrada por una tapa de cristal. Lo demás fue leer el soneto en medio de un pequeño festejo entre amigos. El soneto, titulado La ambulancia de Quico, dice así

¿Por qué será que Quico, o don Francisco,

doctor en los problemas de la mente

siempre te atiende, amigo y diligente,

te duela tu locura o tu menisco?

¿Por qué no hay nieve ni rayos ni pedrisco

que frenen su atención hacia el paciente?

¿Por qué cura su optimismo impenitente

Hasta el mal más dañino y levantisco?…

La respuesta no está sólo en su ciencia,

sino en algo de aún más importancia.

Buen galeno, acude con urgencia

y para atajar cual sea tu dolencia

te acoge en su mágica ambulancia

y te inyecta cariño en abundancia.

La instalación no es para que figure en el Reina Sofía, y el soneto no hace sombra a los de Quevedo. Pero con ellos no hablaba un artista, sino sólo un amigo agradecido que mejora día a día gracias a la medicina del alma.

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6 Responses to “La medicina del alma”


  1. 1 Vitin mayo 18, 2013 en 10:42 pm

    Amigo y compañero luis. Comparto tu pensar.
    Medicina del alma para el enfermo. Medicina del cuerpo para la enfermedad .
    En medicina no podemos decir nunca siempre ni jamás….
    Ánimo y fuerza !!!
    Seguimos adelante !!!
    Enhorabuena , por fin , por lo de ayer !!!

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  2. 2 capotegui mayo 19, 2013 en 9:04 am

    Casi estoy a punto de pedir disculpas por mi diatriba de ayer sobre la medicina de mercado, después de este reconocimiento a los buenísimos y cálidos profesionales que siguen siendo la base de este oficio. Sus médicos de usted sí que tienen suerte al tenerle como amigo. Gracias como galeno de a pie y un cordial saludo.

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  3. 3 Palinuro mayo 19, 2013 en 10:20 am

    Emocionante recuerdo de los médicos que atendían – y atienden – a las personas.
    No pude compartir el homenaje a Quico, pero he disfrutado tu inspirado “post” de hoy, incluidos soneto y foto de ambulancia con el fondo de Gredos.
    El buen tío Federico sonreirá desde las alturas..

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  4. 4 julia mayo 19, 2013 en 3:18 pm

    ¡ Qué entretenida tu publicación de hoy ! Para empezar te diré que el Dr. Federico Larrarte me suena muchísimo. Debía de ser contemporáneo de mi padre, si mal no recuerdo, y como él supieron hacerse un buen hueco en la medicina pediátrica. Que Dios les tenga en su gloria!
    De toda mi vida he sido una defensora a ultranza de los médicos, con variadas anécdotas que guardo en mi memoria, de tantas veces que he salido en su defensa. Y seguiré haciéndolo. Será por la familia de la que formo parte, pero no puedo soportar que la gente, en general, critiquen ferozmente a los galenos, cuando no lo hacen ni con los abogados, ingenieros o arquitectos, pongamos por ejemplo. He llegado a levantarme de una cena furiosa con los comentarios de una de las invitadas. Siempre me las he tenido tiesas con quien, sin tener la más mínima noción médica, critican a mansalva diciendo verdaderas atrocidades.
    Por eso me alegro enormemente que nuestro Duende, ahora que tan necesitado está de mimos, haya encontrado tantos médicos-amigos que le consuelan y tranquilizan. También será porque ha sabido ganárselo y por la enorme simpatía y gracia que reparte por doquier. Ya sabes, quien siembra, recoje. Un abrazo.

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  5. 5 Pemberton mayo 19, 2013 en 6:24 pm

    Yo tengo un primo traumatología que se llama Jose y cura con la palabra o mejor dicho con su saber escuchar. Una vez fui con un hueso roto a su consulta en el Ruber y antes de reducirme la rotura ya no me dolia , me habia escuchado con tanta atención y me habia aportado tanto optimismo
    que su palabra me curó en el acto.
    Ah¡ ¿ y que fue del hueso roto? pues no me acuerdo , se debió soldar solo porque veinte años despùes sigue sin dolerme.
    A lo mejor me escayoló pero hoy solo me acuerdo de sus palabras.

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  6. 6 Cocoliso mayo 20, 2013 en 2:42 pm

    Me has traído a la memoria el inconfundible olor del tío Federico,y recuerdo una explicación; creo que la Alvarez Gomez se la hacía él mismo,según me contaron,a partir de la formula original que alguien le había dado. A eso le sumas un poco del Floid,ese misterio de las peluquerías similar a la botella de Dalí en los bares (jamás vi usar uno u otro),y creo que se logra el exclusivo aroma.
    De todas formas,yo le asocio mas al rito de la cucharilla;lo primero que se le presentaba al entrar en casa,antes incluso que al enfermo,era un servicio de café pero sin taza;en una bandeja,el mejor platillo con la mejor cucharilla del “servicio de invitados”,cucharilla que acto seguido te apalancaba la lengua hasta la arcada mientras con la linterna de petaca observaba la garganta.
    Y luego,antes de los dos cachetes,la terrible frase:”Hay que pinchar durante siete días”.
    En fin..que todo fuera eso.

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