La profesora de emociones

¿Quién puede enseñar a ver y a observar? ¿Quién puede enseñar a emocionarse?...

¿Quién puede enseñar a ver y a observar? ¿Quién puede enseñar a emocionarse?…

1

La historia empezó así. Silvia, profesora del Centro de Educación Infantil y Primaria Tiburcio  Sanza, un colegio cualquiera dentro de la red de enseñanza pública, escuchó  el golpeo de una pequeña piedra en la ventana y se despertó asustada. Afortunadamente su marido dormía como un tronco, y no se coscó de nada. Apartó la cortina y miró a la calle. Sobre el césped de la pequeña alfombra de grama que rodeaba a la urbanización, apostado entre un macizo de adelfas y el tronco de un sauce,  distinguió la figura de un muchacho. Se puso las gafas progresivas y acertó a identificar entonces a Gustavo, uno de sus alumnos. El chico señalaba con visible entusiasmo a la media luna que asomaba entre un cumulonimbo que en ese momento se rasgaba en dos mitades.

Silvia abrió la ventana y le chistó al chiquillo, porque no quería despertar a su marido. Ante la insistencia de Gustavo, que parecía decir algo mientras señalaba una y otra vez al cielo, Silvia miró a la luna y se quedó por un momento hechizada por el cuadro.  Después hizo gestos con la mano para que el chico se largara, le lanzó un beso, corrió la cortina y regresó a un sueño que se le antojaba deliciosamente reparador.

2

Los antecedentes quizás hubiera que buscarlos en sus inquietudes como profesora. Tres días después de la visita con sus alumnos a la exposición de Dalí en el Reina Sofía la clase fue de excursión a Cercedilla. Después de pasear por los pinares se sentaron en un prado para hacer picnic. El prado estaba rodeado por una valla de piedra tapizada de musgo verde. Sobre ella revoloteaba de aquí para allá un pájaro de vistosa cresta, que parecía buscar acomodo en el hueco del tronco de un roble medio abatido por los años

-Mirad- les dijo a  los alumnos mientras estos despachaban sus bocatas- Es pájaro una abubilla, que tal vez esté haciendo su nido por aquí…¿A que es una imagen bonita?

Los alumnos estaban al bocata, y no fueron demasiado expresivos. Sólo una niña de ojos claros y el tal Gustavo afirmaron con la cabeza.

-¿Más o menos bonito que los cuadros de Dalí que vimos hace tres días? –Silvia volvió a la carga, inasequible al desaliento- Observad este sol tan agradable, el aire tan limpio que nos rodea. Y el vuelo de la abubilla, como haciendo cosquillas a nuestras miradas. Los cuadros que hemos visto, como las películas, son  bonitos, y nos gustan mucho. Pero lo que sentimos en este momento aquí, entre el verde del prado,  la pared de piedra cubierta de musgo, el viejo roble y el vuelo de la abubilla quizás puede ser aún más bonito, porque le añade la emoción de la vida.

La mayor parte de la chavalería pasaba y la miraba con cara de pánfila, pero la niña de los ojos claros y Gustavo escuchaban con atención.

3

Otro día de las vacaciones de invierno, ante el fuego de la chimenea de un albergue, Silvia les recomendó que mirasen con atención las llamas y que dejaran volar la imaginación.

-Todo cambia, el fuego mueve sus llamas caprichosamente, sus lenguas amarillas pueden tornasolarse a verde o a azul, que contrastan vivamente con el rojo de las brasas. Las chispas doradas que escapan por el tiro cuando chisporrotea la leña  son como fuegos artificiales. Todo cambia en la chimenea a cada segundo. Y al cabo de un rato de mirarlo fijamente os quedaréis hipnotizados como en un dulce sueño. Algo parecido a lo que sentiréis cuando os paséis un rato contemplando el mar.

El mar. Silvia no podía llevarles al mar. Pero un día apareció en el aula con una caracola e invitó a sus alumnos a que se la aplicaran al oído y escucharan el rumor lejano de las olas.

-Cerrad los ojos, imaginad el mar y puede que pronto os llegue el olor de la sal,  de las algas y del yodo.

Otro día caluroso de marcha por Valsaín que los niños peleaban por beber primero en un manantial de agua fresca, aprovechó para hablarles de la emoción del agua.

-Esto es beber la vida en toda su pureza–decía después de que los alumnos hubieran bebido mientras se relamía después de un trago- Si el agua que brota de esta montaña no fuera gratis, no habría dinero en el mundo para pagarla.

Poco a poco los alumnos la fueron escuchando con más atención. Les enseñó a apreciar el murmullo de los arroyos, el cri-cri de los grillos, el bucólico sonido de las esquilas del ganado en la distancia, el estallido de las yemas de los árboles en primavera, la explosión de las flores y el cambio de cromatismo de los árboles en otoño.

-Aunque no lo creáis ahora –les dijo un día mirando el crepúsculo por el gran ventanal de la clase dorando los tejados anarquistas del viejo Madrid- esta puesta de sol vale más que el cuadro más caro del mundo, y es más bella que la mejor película de Harry Potter que hayáis visto. El cuadro y la película se pueden volver a ver, pero este espectáculo que ofrece hoy el sol al acostarse es irrepetible.

A Gustavo no le pasó inadvertido que los hermosos ojos de Silvia brillaban de la emoción como si fueran zafiros cuando se embarcaba en estas lucubraciones. Gustavo comprendía que él era un chaval, y que la profesora era casada. Pero se dijo a sí mismo que, de no ser así, cualquier crepúsculo le hubiera declarado su amor, como aún hacían en algunas películas.

-Y si me esperas unos años –hubiera añadido- me casaré contigo.

4

Entretanto, y como buena profesora, Silvia vivía pendiente de la definitiva reforma de la enseñanza. Ella misma sabía que pecaba de ingenuidad, pero se sentía tan responsable que a todos los sucesivos proyectos de ley que aprobaron los distintos gobiernos intentó colaborar enviando motu proprio  al ministro correspondiente un memorandum sobre lo que consideraba fundamental para la educación primaria. Tan importante como enseñar a los educandos conocimientos básicos para la formación del individuo –repetía una y otra vez en su introducción- es enseñarles a sentir emociones. Y luego proponía  que, como asignatura independiente o de forma transversal, de la misma manera que se había programado una Educación para la Ciudadanía se empezara a inocular en las nuevas generaciones de estudiantes una asignatura cuyo título debería de girar en torno a los conceptos emoción y emocionar. Se le podrá llamar Formación de la Emoción o Lo que nunca se ha enseñado, da igual, pero deberá ocuparse de preparar a los niños para que aprendan a sentir y a aprovechar sus emociones y sentimientos a fin de que, además de profesionales bien formados, sean más felices y mejores personas.

Se que lo explico de manera un tanto simple –solía incluir al final de sus escritos- pero…¿verdad que se me entiende?

5

Porque al espíritu también hay que trabajarlo para que de frutos- dijo un día en la clase.

Y a continuación abrió su bolso y extrajo de él el diminuto rastrillo con el que preparaba la tierra de las macetas de su terraza.

-Del mismo modo que mullimos la tierra para que se oxigene y absorba mejor la humedad, hay que  trabajas los sentidos para que los estímulos que nos llegan de la naturaleza –el agua, el sol, el viento, el mar, la luna, el fuego, los sonidos…-nos produzcan emociones.

6

Durante aquel curso en que la profesora Silvia  –ya nadie le llamaba “señorita”- impartió de forma transversal la nueva asignatura innominada que ella conocía como Emociones la mayoría de sus esfuerzos cayeron en saco roto. Algunos alumnos decían que la Silvia estaba como una cabra, otros, que decía muchas chorradas. Sin embargo su grupo obtuvo una nota media más alta que la de otras clases del mismo centro. Dos alumnos fueron particularmente sensibles a sus lecciones. A la niña de los ojos claros, que era rubita y se llamaba María, se le quedó bien grabado aquello de que las emociones, como las mariposas, hay que cazarlas al vuelo. Silvia dijo en algún momento carpe diem, pero la niña entendió mucho mejor lo de la mariposa que el latinajo. Gustavo por su parte tomó buena nota de que las emociones llegan más profundamente cuando se comparten con un alguien.

-¿Ves, María? –le dijo a la niña rubita mientras tiraba una piedra en una charca del río Eresma- A mí me gusta tirar piedras en el río, porque cuento las ondas que forman al caer y el tiempo que tarda  en volver a quedarse lisa la superficie del agua…Pero contigo al lado me gusta más, porque eres mi amiga. Y si tú fueras ya una mujer como Silvia…

7

Todo esto abocó en la luna de mayo, cuando la primavera inquieta salpicó el cielo de nubes, y la creciente asomándose entre bambalinas de algodón irisado aparecía casi todas las noches más guapa y hechicera que nunca. Al menos eso le parecía a Gustavo, que recordando las enseñanzas de su profesora, sentía esa noche la emoción perfecta. O sea, un espectáculo nocturno bellísimo unido al recuerdo de los ojos de quien le había enseñado a apreciarlo.

-¡Silvia! –escuchó ésta desde la cama- ¡Silvia!….

Silvia advirtió que aunque el chico tampoco quería despertar a su marido y se esforzaba por no gritar, tenía algo urgente que decirle. Así que volvió a levantarse sigilosamente, se puso las gafas, descorrió la cortina y abrió la ventana.

-¿Qué quieres, Gustavo?…-susurró a media voz-¿No podías esperar hasta mañana?…

El chico se puso una mano sobre el corazón mientras con la otra señalaba a la luna, al tiempo que se expresaba con frases entrecortadas.

-No, Silvia…Las emociones…El cazamariposas, el carpe diem ese que explicabas –acertó a decir torpemente- La luna entre las nubes, tus ojos, que son muy bonitos…Sólo quería decirte que yo quería dedicarte este momento.

Se hizo un silencio peinado por una ráfaga de viento suave que mecía las hojas de los chopos. Silvia se quitó las gafas y se frotó los ojos. Suspiró y se quedó mirando embobada al chico que venía a  ofrendarle la luna. Le costaba admitirlo, pero notó que estaban a punto de escaparse dos lágrimas por sus comisuras. Y pensó que aunque nunca recibió respuesta de ninguno de los ministros de Educación a los que había contado sus ideas, su peculiar reforma educativa estaba en marcha.

 

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8 Responses to “La profesora de emociones”


  1. 1 julia mayo 23, 2013 en 6:57 pm

    Bonita la reforma educativa de Silvia la profesora…me apunto porque ¿habrá una escuela para los no tan jóvenes? Si tuviéramos más en cuenta nuestra emociones, nuestros sentimientos, a la naturaleza, a la belleza…
    Voy a hablar con el Ministro Wert que el pobre está luchando contra viento y marea, a ver si le podemos ayudar algo. Un abrazo. Cúidate.

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  2. 2 begoña mayo 23, 2013 en 8:21 pm

    Me gusta, me gusta, me gusta… Si esto fuera twitter hoy serías trending topic, un héroe al que no se conoce, no se acaricia, no se besa… ¡qué fiasco! ¡VIVAN LAS SENSACIONES, LAS EMOCIONES, LOS SENTIMIENTOS!
    No sé como se puede estar discutiendo la ley de enseñanza cada cuatro años para empeorarla, pero menos que nunca ahora. SEÑORES SOMOS SEIS MILLONES LOS ESPAÑOLES EN PARO.

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  3. 3 Aldara mayo 24, 2013 en 10:09 am

    ¡Qué preciosidad de historia! Como a Silvia a mí también me ha asomado un lagrimón. Qué suerte tienen tus nietas de tener un abuelo que sabe contar una historia como ésta. GRACIAS.

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  4. 4 Ilustrado mayo 25, 2013 en 10:18 pm

    Duende tienes razón. A mí de pequeño me enseñaron las cuatro reglas, la ortografía, los cabos y los ríos con sus afluentes y poco más, y hoy me encuentro ante un maravilloso paisaje en el norte de Europa y, si no fuera por mi mujer, no distinguiría un arce de un plátano, ni un tilo de un olmo…

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  5. 5 franciska mayo 26, 2013 en 8:58 am

    ¿Qué es más importante? ¿lo que uno es capaz de sentir, o lo que es capaz de valorar lo que siente el de enfrente? Cuando educamos a nuestros hijos¿ de que queremos que sean capaces,?.Cada uno habremos dado preferencia a algo, seguro. La cosa es acertar.Un buen profesor es esencial, pienso que mucho mas que 20 leyes.

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  6. 6 Ángela mayo 28, 2013 en 3:11 am

    Con unas cuantas Silvias esparcidas por nuestra geografía, no necesitaríamos ninguna Ley Orgánica para reformar el sistema educativo.

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  7. 7 Espiga mayo 29, 2013 en 2:08 pm

    Pero duende…tú eres un poeta!
    ( aunque yo ya lo sabía, desde hace mucho, mucho tiempo)

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  8. 8 zoupon mayo 30, 2013 en 12:06 pm

    En España siempre otorgamos a las leyes propiedades taumatúrgicas, tenemos un problema, pues hagamos una ley nueva. Pero todos sabemos que en educación lo fundamental es el factor humano: El maestro y el alumno. Este cuento me recordó a mi profesor de lengua y literatura de 7º y 8º de EGB. Las tres o cuatro horas semanales que teníamos con él las pasábamos leyendo, simplemente leyendo libros, naturalmente adaptados a aquella edad. A final de curso explicaba a toda prisa algo de gramática porque se lo exigía la inspección. ¿Qué salió de allí? Un grupo de niños lectores que incluso sobrevivieron como tales a las lecturas obligatorias del bachillerato, lo cual tiene un mérito impresionante teniendo en cuenta que leer “La Colmena” a los catorce años te da ganas de arrancarte los ojos.

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