El escritor de anuncios

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Echas un vistazo atrás a las páginas de este blog y te das cuenta de que burla burlando está a punto de llegar a las mil entradas. Recapitulas. Algunas son piezas de un dietario. Otras, desahogos por escrito: chismorreos, críticas, escritos morales o políticos, por ponerte estupendo. Bastantes podrían ser capítulos deshilvanados de las memorias que escribirías con una biografía preñada de aventuras, lo que no ha sido el caso. A veces te enganchabas a una noticia o a una simple anécdota  y elaborabas a partir de ella una especie de cuento. Da igual, cuando  Dios mediante –qué antiguo eres, usando aún estos giros religiosos – llegues al millar de posts, seguirás pensando lo mismo.

-¿Y si en lugar de esto hubieras escrito una novela?

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Dicen muchos de los que escriben sin publicar que lo hacen por puro onanismo literario. Pero si todo es exclusivamente para ti ¿por qué te molestas en escribir? Tiene su trabajo, debes hilvanar ideas y buscar las palabras necesarias y las oportunas. Podrías agitar tus ocurrencias como si tu cabeza fuera una coctelera y asunto concluido.  Sin embargo no te engañas: lo que más te gusta es que alguien te lea. Y fuera de prensa deportiva y revistas del corazón las únicas publicaciones que de verdad acumulan lectores en cantidad son las novelas. Las más de mil páginas escritas te hubieran dado para completar una novela, y a lo mejor alguna lectora –los hombres leen mucho menos de este género- te había leído.

La cuestión es cómo se escribe una buena novela. O cualquier novela, aunque sea mediocre. Llevas muchos años pensándolo y aún no has dado con la clave.

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La novela que te hubiera gustado escribir es, por ejemplo, La tía Julia y el escribidor. No es las más trascendente de su autor, pero a ti te pareció original e ingeniosa, y te reíste con ella como no recuerdas haberlo hecho nunca con ninguna otra. Era la novela que te cuadraba, y que ejemplificaba como ninguna el humor y la jovialidad que piensas que podrías transmitir tú.  Sólo te presentaba un problema, y es que la había escrito ya Vargas Llosa. Te ha pasado siempre lo mismo: en toda creación que admiras ha habido antes un listo que se te adelantó. Tal vez pensaste entonces que nadie iba a acumular mil chorradas inconexas, así que te aplicaste a ello para demostrarte a ti mismo que al menos tenías fuerza de voluntad. No la habías acreditado en casi nada, de modo que por este detalle puedes estar moderadamente orgulloso.

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Sabedor de que nunca podrías escribir una gran novela –aspiración máxima del escritor de casta- o una novela de premio –sueño de casi todos los demás, con casta o sin ella- te has interesado sobre todo en las que pueden y saben escribir aquellos otros personajes que no se han dedicado oficialmente a la literatura. Algunos de ellos, por cierto, amigos tuyos. Tentar el mito del violín de Ingres, que pintando maravillosamente tuvo la osadía de tocar muy bien este instrumento, tiene sus peligros. Esta sociedad ha divinizado la especialización, y suele ser severa con el amateurismo, aunque el amateur supere en talento y gracia al profesional, como evidencia Miguel Ángel Furones en su novela El escritor de anuncios. La empezó a escribir sin mayores pretensiones, probablemente por ordenar y contar sus propias experiencias como profesional de la publicidad, y ya va por la cuarta edición. Miguel Ángel, seguramente el creativo español de más amplia proyección internacional, pero que a pesar de ello sigue pareciendo en el trato cercano un chico de barrio, da una lección de maestría en el uso de la herramienta fundamental de todos los que os dedicáis a la comunicación, que es la palabra. Miguel Ángel escribe con frases cortas, directas y afiladas como navajas de afeitar y mucho sentido del ritmo. Siempre has creído que esa es la mejor virtud de lo que podríamos llamar estilo publicitario. El protagonista de la novela, además, es un experto en ordeñar la fonética y la semántica de nuestro diccionario. Aunque sólo sea por esta singular exploración del lenguaje la novela respira originalidad, y tiene gran interés para los curiosos del vocabulario.

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Al autor le sobra olfato para saber lo que vende, y no da puntada sin hilo. Es lógico pues que a través de un alter ego cuente la historia de un triunfador malgré lui même, y que ilustre su irresistible ascensión con una serie de notas de refinamiento y pijerío que parecen extraídas del diario de Bárcenas, si es que este buen hombre ha tenido tiempo para escribirlo mientras amasaba sus modestos ahorros. No son esenciales para la novela, pero gustan y ponen los dientes largos. Sobre todo a los que más que putos jefes se pasan la vida siendo putos empleados o, peor aún, putos parados. Porque además de la burbuja de la publicidad, comparable a lo que fue la inmobiliaria, El escritor de anuncios también echa una mirada sobre la crisis, y sobre la relatividad del becerro de oro que es el triunfo. Todo en una narración entreverada de pasiones, lujo, sexo, viajes, alguna intriga y muchísimo glamour. Otros novelistas de éxito ya consagrados no lo hubieran hecho mejor.

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Y, sobre todo, ningún otro escritor ha dado tanto lustre a tu apellido, pues resulta que una de las heroínas de la novela se llama Sara Figuerola, cuyo padre, Roberto Figuerola, es un millonetis con gran mansión en La Moraleja, latifundio en los montes de Toledo, segunda residencia y yate de treinta metros de eslora en Menorca y una colección impagable de coches clásicos. Y tú sin saber que estabas en el cogollito de la beautiful.

 Este no es un dato baladí. Ya pasó que en una de las entregas de la muchimillonaria trilogía de Millenium,  Stieg Larsson hablaba de una detective o policía que se llamaba Mónica Figuerola, cuando tú tampoco sabías que tenías familia en la parte de Suecia. O sea, que tras leer El escritor de anuncios confirmas el subidón en tu autoestima, pues ves que, sin haber escrito ninguna, Figuerola es al fin alguien en el terreno de la novela. Gracias, Furones, por darle cuartelillo.

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8 Responses to “El escritor de anuncios”


  1. 1 Monti mayo 27, 2013 en 2:49 pm

    Pues a mi me encantaria que escribieras una novela, mi compra la tienes asegurada. Animate nunca es tarde.

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  2. 2 joselopapos mayo 27, 2013 en 10:48 pm

    Las personas indecisas y más tendentes al “dolce far niente” que a la productividad, como un servidor, se nos va pasando la vida en una continua ensoñación sobre “lo que haríamos si…” mientras nos dedicamos a vivir lo que nos toca en cada momento.

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  3. 3 Ángela mayo 28, 2013 en 3:07 am

    También a mi me fascinó “La tía Julia”!!. Qué salga todo hoy estupendamente bien. Un beso fuerte, leeremos a Furones.

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  4. 4 franciska mayo 28, 2013 en 7:34 am

    Calculando… si has escrito 1.000 post , cada post impreso es como dos hojas de un libro , por ejemplo, de la editorial Anagrama, el libro que tengo entre manos de Paul Auster, que tiene en total 250 hojas, o sea es como si hubieses escrito ya 8 novelas, lo que pasa es que no lo ves impreso. Con organizar lo que has escrito, cuentos, viajes, películas, paseos por el campo, experiencias varias, deseos……………. y el escritor, lo que quiere, por supuesto es que le lean, y a ti ya te leen….

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  5. 5 Ilustrado de refino mayo 29, 2013 en 7:30 am

    Duende, se me había pasado este post mientra viajaba por Suecia, donde, por cierto, me presentaron a algún Walemberg y hasta a un descenciente de Linneo y de Celsius pero no tuve el gusto de conocer a los Figuerola de Uppsala. Me compraré el Escritor de Anuncios en cuanto abran las librerías y abadonaré unos días a Proust, que me está empezando a aburrir. Y usted haga el esfuerzo de tomarse en serio y escribir, al fin, esa novela que todos esperamos y algunos tememos.

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  6. 6 zoupon mayo 30, 2013 en 12:18 pm

    En el blog no cabe duda de que eres el director y a la vez el concertino, pero a veces modestamente otros ponemos un toque de fagot, un golpe de timbal, una nota con el clarinete. Por eso se me ocurre que para la entrada número 1000 podrías iniciar un cuento y dejarlo inacabado para que tus lectores habituales fuésemos incluyendo cada uno un párrafo y a ver en qué daba todo aquello. A lo mejor se animaba hasta Wallace, quien sabe.

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    • 7 wallace97 mayo 30, 2013 en 3:17 pm

      Estaría bien lo del cuento, Zoupon, más que nada por la curiosidad de ver hasta dónde podía llegar el asunto. Pero lo veo complicado. Requeriría que el director de la orquesta fuera corrigiendo los tonos disonantes y marcando muy bien los tempos. Yo seguiría como lector, por supuesto, pero no como compositor ni como intérprete, que para eso estáis los maestros. Y como escuchante -que diría Pepa Fernández- a la espera de seguir oyendo las voces de los coros que esperan la pronta y total recuperación de su miembro el Duende de la Radio.

      Zoupon, un fuerte abrazo para ti. Y también para los duendeadictos presentes y ausentes. Y lógicamente, también para el director de la orquesta en la recuperación de su cifoplastia. Espero que haya disfrutado ya de su pollo asado.

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  7. 8 adela junio 4, 2013 en 7:09 pm

    Bonita idea Zoupon…..!!
    Un abrazo Duende!, ahí va una ola! cargada de fuerza y viento! 🙂

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