Archivos para 29 junio 2013

¡Freude, amigo Simon Rattle!

Por razones evidentes nunca olvidarás esa Novena SInfonía de Beethoven que dirigió SImon Rattle en Madrid...

Por razones evidentes nunca olvidarás esa Novena SInfonía de Beethoven que dirigió Simon Rattle en Madrid…

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¡Alegría, bella chispa divina, hija del Elíseo!…Beethoven fue un genio, un talento de esos que autorizan en el creer en el género humano, por muchas barrabasadas que este haya hecho a lo largo de la historia. Schiller tampoco debió de ser un maula, aunque tú confiesas que lo has leído poco. Su famosa Oda a la Alegría, convertida después por el músico de Bonn en el coral más célebre de la historia de la música, es el grito de júbilo más solemne y universal. Épico, lírico, triunfal. Sublime.

Pero los tiempos cambian. Hace poco, en la celebración de una boda muy modelna, de esas con jueza redicha, poemitas cursis, discursos tópicos y cuestación final por hacerse con un retazo de la liga de la novia, la música que sonaba no era la Novena Sinfonía, sino una curiosa canción de Extremoduro que dice así:

Si me espera/ la muerte traicionera/y antes de repartirme/ del todo, me veo en un cajón,/ que me entierren/ con la picha por fuera/ pa que se la coma un ratón.

Tú, tan antigualla, escuchabas la letra y te quedabas perplejo como Homper. El novio era DJ, o sea, disk jockey, o sea, el que pincha los discos. Lo cual que una de dos: o era sordo como el propio Beethoven, cosa poco probable en su oficio, o tenía un puntito de masoca. Porque presentarse ante la que va a ser tu esposa deseando que te entierren con el carajo al aire para que se lo coma un ratón no es de recibo. Todos sabemos que el matrimonio comporta sacrificios para ambos cónyuges, ma non tanto.

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Eso confirma tu sensación de que casi nadie repara en la letra que a veces lleva la música. ¿Son conscientes los hijos de la muy burguesa República Francesa de que su gloriosa Marsellesa culmina su proclama deseando que una sangre impura empape nuestros surcos? Qué cosa tan macabra, como si todos los franceses llevaran dentro  al siniestro Doctor Petiot. ¿Han pensado los asturianos que a su Principado le da poco lustre que ellos tengan que subir al árbol, tengan que cortar la flor y dársela a su morena que la ponga en el balcón? No se entiende el silencio de las feministas ante el Asturias patria querida convertido en himno. Como tampoco se comprende la resignación de los mozacus. ¿Acaso, para ser rigurosos con  la igualdad de sexos, no debería citarse también  a mi moreno? ¿Es que ellos no tienen derecho a poner la flor en su balcón?.

Claro que esta omisión es una minucia, porque lo chocante es que nadie cayera en la cuenta de que hay muchas formas menos bobas de hacer patria. Bastaría repasar las letras de todos los himnos vigentes para concluir que entre tanta retórica sangrante, reivindicativa, absurda y, desde luego, pasada de moda, es casi una suerte que nuestra Marcha Real sólo pueda ser tarareada. La escuchas, miras al cielo transido, como Sergio Ramos, y a hacer historia con lo que te pongan por delante. Pero sin decir demasiadas tonterías.

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A propósito, era la Filarmónica de Berlín la que la tocaba, y el Coro del teatro Real quien lo cantaba, pero ¿sabía alguno de sus componentes quién es el Elíseo al que apela Schiller? Te imaginas las explicaciones. Eliseo, primera acepción: campo de París por donde paseaban las muchachas en flor. Eliseo, segunda acepción: nacido en el palacio del mismo nombre, residencia oficial del presidente de la República Francesa, donde al parecer se ha fornicado mucho a lo largo de la historia. Eliseo, tercera acepción: profeta del Antiguo Testamento que tuvo como hija a una bella chispa divina, luego cantada  por Beethoven en el cuarto movimiento, coral, de la famosa Novena Sinfonía. Eliseo, cuarta acepción: extremo del Málaga Club de Fútbol. Eliseo, quinta y última acepción, que es una interpretación personal tuya: algo así como la divinidad.

Se podría haber escrito simplemente Dios, pero a los poetas les gusta enredar. Además, al personal  le daba exactamente igual: dirigía Simon Rattle, que, como todos los titulares de la gran orquesta berlinesa,  también es de casta divina. Aunque quizás no tanto como su predecesor, Herbert Von Karajan.

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Tomaba éste café con tres colegas suyos, todos grandes batutas del siglo XX, cuando uno de ellos, Carlo María Giulini, contó que la noche anterior se le había aparecido Dios para confirmarle que era el mejor director del mundo.

-Qué raro –objetó George Solti- Hace nada el mismo Dios me aseguró que, como además de gran director soy un excelente pianista, el mejor indudablemente era yo.

-No me lo creo.. –terció el genial Leonard BernsteinPorque a mí lo que me aseguró Él es que teniendo en cuenta que soy un fenómeno como director, un virtuoso al piano y un excepcional compositor, está claro que el mejor soy yo.

Y entonces Karajan, sin alterar el gesto, apuró el último sorbo de su café y en uno tono de voz apenas perceptible puso punto final a la polémica.

-Perdón, caballeros. Pero no recuerdo haber dicho nada al respecto.

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Rattle no es Karajan. Afortunadamente, según dicen algunos látigos del que fue el más vanidoso de los divos. Simon Rattle es sin duda una figura de la dirección, su Filarmónica de Berlín es la orquesta perfecta, y la Novena Sinfonía de Beethoven  la pieza más excelsa de la historia de la música clásica.  Pero aunque no fuera así  serían aclamados hasta el delirio allá donde sonaran, porque esta tríada  integra eso que se llama un icono cultural. La gente se rinde ante estos fenómenos indiscutibles consagrados por los gurúes de la inteligentsia. En consecuencia, los VIP y los famosos pagan  fortunas para escucharlos en directo y por ser vistos allí. Y tú, que llevas toda tu vida escuchando música clásica, y presumes de tener no mal oído, te sigues sorprendiendo ingenuamente de que así sea cuando otros conciertos de gran calidad y asequibles para cualquier bolsillo, pero con menos estrellas en el cartel, no llenen ni la mitad del auditorio. Aunque Beethoven siga siendo el mismo.

¿Sobra marketing? ¿O falta criterio?

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Curiosamente la palabra rattle  en inglés significa ruido, sonaja, sonajero, cascabel, traquetreo. Sin embargo la orquesta del maestro inglés tocó como los ángeles, y la Oda a la Alegría final de la Novena Sinfonía  fue la coda idónea para culminar tu semana de buenas noticias. A este esperadísimo concierto te llevó tu buen amigo Manolo Gasset, uno de los que de forma más insistente  se ha preocupado por tu salud, que luego además te invitó a cenar un salmorejo y unos exquisitos dados de atún en Casa Emma, deliciosa tasquita junto al Mercado de San Miguel. Excelente plan: gran concierto, buenos momentos, mejores amigos. Beethoven también entendería que ese día, y aunque fuera por lo bajini,  terminaras cantando  su famoso Freude con más razón y más emoción que  nunca.

El abuelo sigue disponible

Tú, como este otro abuelo... (Imagen prestada de www.porlosabuelosfelices.blogspot.com

Tú, como este otro abuelo…
(Imagen prestada de http://www.porlosabuelosfelices.blogspot.com)

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En realidad hoy te apetecía mucho más centrarte en la historia de Pilarín. Aunque ni siquiera sabes si acabarás llamándole así, ese nombre tan antiguo. Promete ser una historia apasionante, un cuento que viene muy a cuento para  meditar sobre uno de esos problemas –otro más- que son corolario de la dichosa crisis. Gensanta, que diría Forges. La crisis…

Pero reconoces que ayer no fue un día normal para ti. Y que aunque no crees que tu experiencia se pueda traducir automáticamente en ayuda para los que fueron como tú tocados por el cáncer, debías responder al menos a la multitud de familiares, amigos, conocidos y lectores de este blog que se han interesado por la evolución de tu enfermedad. El caso es que ayer la joven oncóloga que gobierna tus destinos examinó los análisis y el informe del último TAC  y fue concluyente.

-Esto está muy bien, Luis. Vete de vacaciones tranquilo, y a partir de septiembre sólo nos veremos cada seis meses para hacerte un control.

Y te fuiste tan contento, aunque a ti la exteriorización de este tipo de alegrías te de una miajita de vergüenza.

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La realidad es que tu cáncer sigue ahí, medio adormilado en tres o cuatro rinconcitos de tu cuerpo, pero, como dicen los taurófilos de las reses mansas, no parece hacer por ti. No le interesa hacer sangre, así que como todos los detalles de los análisis dan unos datos muy positivos te dan una especie de alta provisional.

Te imaginas al tumor como esos militares que llegan a una edad de jubilación, y les mandan a la reserva o en situación de disponible. Ahí estará el bichito, con su uniforme de coronel –siempre pensaste que no tenía el rango de general-, jugando al dominó en el casino con otros cancerillos en la misma situación, y esperando que el destino  les reclame por si conviene ponerte las cosas difíciles.

-Que hay que seguir dando guerra, amigo. A la carga…

Nada es descartable. Pero si no te dio ningún miedo cuando pintaban bastos, no te va a dar ahora que la bestia parece aletargada.

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Lo más curioso de esta experiencia es que por lo visto se puede sufrir el cáncer y tener buena cara. Esto te intriga, porque tú nunca tuviste buena cara, pero bastó que entraras en talleres para que la gente te dijera que tenías buen color, y que con ese aspecto y el buen apetito que nunca te faltó la cosa no podía ser muy grave. Tampoco has sufrido dolores, salvo los que en la espalda te provocó la metástasis. Ni diarreas, ni vómitos. Ni te has sentido cansado. Ni has dejado de dormir. Ni te ha decaído el ánimo. Pequeñas molestias sólo fueron las que te ocasionaron la radioterapia y la quimioterapia.

Pero eran gajes del oficio, como quien dice.

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Tan sano te ven los tuyos que ya te ha llamado tu nieta Marina para que la recojas a ella y a las otras  nietas con vacaciones y las lleves al Retiro. Gajes del otro oficio, el de abuelo, que no puede permitirse el lujo de pasar a la reserva en estos días en que cierran los colegios y aún no se abrieron las puertas de las vacaciones.

Así que cierras este post apresuradamente para cumplir tus deberes dando las gracias a todos los que se han preocupado por tu salud, y animando a los colegas del tumor para que esperen también sus buenas noticias. Ojalá vengan pronto.

Y en el próximo post, la historia de Pilarín, que seguro tendrá más gracia.

El misterio del calcetín que reapareció

Hay misterios y milagros que nunca crees que sucederán, pero suceden...

Hay misterios y milagros que nunca crees que sucederán, pero suceden…

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En tus infinitas divagaciones sobre las potencias de Dios  la que más te intriga es la profundidad de su sabiduría, y lo que más te entretiene  habitualmente es especular sobre lainfinnitud de su archivo. Saberlo lo debe de saber todo. Es su deber, pues no se es Dios para resultar un ignorante sobre ninguna materia. Tú dejas de lado las incógnitas que más suelen inquietar a los humanos, a saber, la duración de sus vidas, el color de su futuro, qué número será agraciado con el próximo gordo de la Primitiva o cómo resolverá el pago de su hipoteca, y te centras en las sabidurías absurdas para las que sólo Él tendrá respuesta: ¿cuántas olas produce el mar cada día?, ¿qué pesarían en una balanza los pétalos de rosa caídos en un día de verano?, ¿tiene la consideración ética de mentira el decirle a una mujer guapa aunque sea manifiestamente fea?, ¿qué cantidad de salmones son engullidos por osos grizlies en los ríos canadienses?, ¿cuántas veces orinó Robespierre a lo largo de su vida?, ¿cuántas hormigas mueren de enfermedad o por accidente y cuántas de vejez?

Sólo Dios lo sabe, acostumbramos a decir en todo caso.

Cuando un medio de comunicación no tiene nada mejor que contar acude a la estadística, y reproduce números  que pueden alarmar, agradar o sorprender. Hoy por ejemplo el diario ABC decía que Madrid es después de Tokio la ciudad más arbolada del mundo, pues sólo en sus calles, parques aparte, hay plantados 287.346 ejemplares de árboles. Está bien, como madrileño la cifra te deja contento. Pero en tu curiosidad bulle algo de espíritu jaimitesco, y te gustan aún más algunos arcanos cochinos que permanecen sin ser desvelados. El otro día te hubiera gustado ser Dios para despejar el problema que se te planteó viendo cómo el conductor del coche de al lado aprovechaba el disco rojo para practicar la ingeniería de minas en sus fosas nasales, El problema lo enunciaremos como sigue.  Planteamiento: una gran parte de la humanidad se saca los mocos  fabricando con ellos lo que popularmente se conoce como albondiguillas. Cada cual procesa sus detritus como Dios –otra vez Él- le dio a entender, pero suponiendo que hubiera un centro de recepción y tratamiento que agregara todas las albondiguillas de la población en un año, calcular a partir de la propia producción el diámetro y el perímetro que alcanzaría un albondigón fabricado con todos los mocos de la humanidad.

Lamentas parecer irreverente, pero sólo Dios lo debe saber. No lo debe de saber, sinobque, por pura emanación natural de su omnisapiencia, lo tiene que saber.

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Bromeas porque hoy día la verdad es una exigencia que planea sobre la parcela más ridículamente pequeña de la realidad, y todo el mundo quiere saber todo de todo y el por qué de casi todo. Creemos que hay respuestas para todo, y que hasta el problema más peliagudo tiene su solución. Y tú lo dudas. Te dijeron, por ejemplo, que la cifoplastia que te practicaron en la novena vértebra lumbar iba a acabar con tus dolores de espalda. Y cuando tres semanas después de la intervención acudiste a la revisión, el mismo cirujano que con toda la naturalidad te vendía más o menos la purga de Benito admitía que eso no ocurre en todos los casos.

-Bueno, claro- vino a decir para explicar tu decepción- Es que la cifoplastia es eficaz sobre todo cuando la rotura de la vértebra es traumática, por el impacto de un golpe, y no por aplastamiento, como era tu caso.

Sólo Dios sabe por qué no todo se soluciona tan fácilmente como deseamos.

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Este pequeño incidente no te ha desanimado. Contabas con ello, te lo decía la propia espalda desde los primeros días posteriores a la intervención. No te dolía tanto cuando entraste en el quirófano, ni te duele más –ni menos- ahora. Tú mismo has introducido en tu software de salud el dato de que a tu edad muchos otros llevan años conviviendo con dolores extraños, molestias que aparecen, van, vienen y se quedan o no, según les peta. La ciencia cree saberlo todo, pero no siempre tiene respuestas para nuestros porqués.

Y tampoco le vas a molestar a Dios en esta tarde de domingo para preguntarle por qué te sigue doliendo la espalda, cuando tú mismo le has puesto en el brete de que se ponga a calcular el volumen y dimensiones del agregado de  mocos de la humanidad.

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Por lo demás, y aunque parecía que estos pequeños desengaños te alejabas de tu blog, estás contento. Es verdad que además has perdido tu tarjeta de transporte de la tercera edad, y que llevas toda la semana  loco buscándola. Sólo de pensar que tienes que averiguar dónde se pide un duplicado  y que tienes que dar con un fotomatón  para que te  fotografíe con esa cara de mafioso tonto que sacan todos los fotomatones  es una sobredosis de ansiedad que te ha impedido dormir bien, descansar, concentrarte y escribir un nuevo post. El mundo parecía hundirse a tus pies.

Sin embargo la vida sigue siendo maravillosa, y cada día recibes un nuevo estímulo que te obliga a ser feliz. Porque después de seis meses sin saber de él ha aparecido colgado en tu tendal de la ropa limpia aquel calcetín largo de hilo de color verde, bastante caro por ciento, que se supone fagocitó la lavadora de tu casa justo en su primera colada, cuando estaba recién estrenado. Su destino parecía el que reservan a sus congéneres tantas  las lavadoras sádicas, que nunca fagocitan a los calcetines por parejas, sino que los deja viudos.  Esta vez no ha sido así: la  mujer checa  que oficia de asistenta debe de ser un hada, y no se sabe cómo ha encontrado el calcetín perdido. Lo reuniste con su pareja, que dormía triste en un cajón y sentiste incluso que tus ojos lloraban de la emoción.

-Gracias Señor -oraste – por consolarme al menos con el regreso del calcetín perdido.

Otro misterio, gozoso esta vez, que esperas resuelva Dios si aún le queda humor para ello.

Vuelta al cole

Tu colegio parece hpoy un edificio de cartón piedra construído para decorar una película de Tim Burton...

Cincuenta años después, tu colegio te parece un edificio de cartón piedra construído para decorar una película de Tim Burton

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¿Le colgará la papada a García? ¿Sufrirá de la próstata Pérez? ¿Qué número de nietos tendrá Fernández? ¿Habrá más calvas o barrigones? ¿Cuántos de la promoción se habrán teñido el pelo? ¿Y divorcios? ¿Cuántos seguirán casados con su primera mujer? ¿Y salidas del armario? ¿Se habrá confirmado alguna, a pesar de la ortodoxia que os inocularon en sangre? Más morbo aún: ¿cuántos se habrán muerto?

Ah, benditos/malditos fines de semana del mes de junio. Si no tienes boda, te enganchan para una primera comunión. Si te libras de eso, ya te cogerán  por los pelos para que asistas a la función fin de curso de algun nieto. Si no, para alguna media maratón benéfica, un concierto, una obra de teatro en que los amigos humanistas y generosos emulan a Arturo Fernández o Al Pacino, según el género que aborden, y ayudan con su recaudación a una causa justa. Quisieras no hacer nada, pasear tal vez, leer, ver alguna película, ordenar papeles en casa. Pero la diáspora del verano ya está allí, y además muchos llevan a junio su cumpleaños, su aniversario de boda  y otras efemérides pendientes. Tienen jardín, y no es cosa de desaprovechar que incluso en años caprichosos como éste junio te asegura noches amables perfumadas de jazmín. A celebrar, a celebrar lo que sea.

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A ti te tocó este sábado el medio siglo de la salida del colegio. Bodas de oro, dicen muchos a esa concentración de señores más que adultos, a lo mejor porque en aquella fábrica neogótica del Colegio del Pilar que hoy parece un decorado de película de Tim Burton empezaste a perder la inocencia y a casarte con la cruda realidad.

Te llamaron y acudiste, con uno poco de pereza, cierto, pero también con un cierto equipaje de ilusión por recuperar algunas migajas del tiempo huido y algo de curiosidad. ¿Cómo te encontrarías a los compañeros que dejaste medio siglo atrás?

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La primera conclusión que sacaste es que el tango se quedó corto, y que cincuenta años tampoco es nada. Estudiabas historia en  tercero de bachillerato y te echabas las manos a la cabeza cuando te contaban lo de la guerra de los 30 años, y no digamos nada de la de los 100 años.

¿Pero cómo puede pasar tanto tiempo?- te preguntaste entonces con ingenuidad

Pasa, pasa en un pispás,  y no pasa nada. Y tú acudes a la fiesta para constatar que la vida cumple con su ritual, que todos tendéis a idealizar el pasado, que mantenéis vuestros rasgos de identidad mientras no os la desfigure la alopecia o la tripilla cervecera Y que es muy peligroso en estos encuentros que haya un micrófono, porque siempre hay alguien que lo hace suyo y se empeña en recordar que la vuestra fue una promoción cojonuda, y aquel un tiempo muy feliz del que debéis estar orgullosos. Tópicos. Tú te callas, tienes que asentir.

Porque también te tocará hablar, qué se le va a hacer. Nunca fuiste un ídolo del deporte ni un empollón, los dos marchamos que imprimían carácter en la memoria del colegio, pero alguien se acuerda de que eras el bromista, el imitador, y te pasa el maldito micrófono para que a la altura del chupito que corona la comida de fraternidad, la gente se oxigene de la retórica autocomplaciente. Dices dos o tres chorradas, y te guardas de confesarte orgulloso de nada, porque para ti el orgullo es una virtud social muy devaluada por el uso y abuso que de ella han hecho siempre los demagogos.

O sea, que das las gracias por no tener que hablar en serio. Y no dices casi nada. Al cabo, cincuenta años sólo son treinta más que los que canta el tango. O sea, un poco más que nada.

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En la misa que oficia tu amigo Juan Isasa  –el único cura al que confesarías tus horribles pecados, porque además es amigo y sería indulgente- se mencionan los nombres de los compañeros fallecidos, y a ti te sorprende uno muy familiar: Carlos Figuerola-Ferretti. No sueles recordar que, además de hermano, fuera tu compañero, aunque nunca coincidieseis en la misma clase. Tu padre tenía un hermano con el mismo nombre  que era capitán de artillería, y cayó en el frente de batalla a los treinta y tres años.

-Siempre se mueren antes los mejores –le escuchaste decir una vez, refiriéndose a él, en las contadas ocasiones en las que se ponía nostálgico y hablaba de su pasado.

Carlos tu hermano también fue el mejor. Sufrió de niño una encefalitis que lastró su desarrollo, y pese a ello intentó acabar el bachillerato en un colegio que no era precisamente para niños con problemas. Luego tanteó un peritaje industrial, demasiado quizás para él, y al darse cuenta de que quod natura non dat Salamanca no praestat hizo maestría industrial, trabajó como mecánico de carretillas elevadoras y vivió toda su vida sin quejarse de nada ni pedir favores a nadie. Celoso de su independencia y con un inmenso corazón que al final se le gripó, ganó lo suficiente para mantenerse dignamente y ser más generoso que nadie. No llegarían a saberlo sus compañeros, pero estás seguro de que en eso sí que fue el primero de su clase.

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La vida es un panel de corcho donde vas clavando notas con una chincheta. La vida es un encadenados de postit que te van dejando los años, los acontecimientos, las personas que pasaron a tu lado. Aparte del de tu hemano, escuchas en la lista de ausentes el nombre de José Paz Agüeras, un muchacho callado, modesto y tímido que apareció en los últimos cursos proveniente de Zaragoza. Años después sería diplomático, ocupando altos cargos en Asuntos Exteriores, y seguramente desempeñó su oficio con la misma seriedad y probidad que mostraba en clase. Pero su expediente no te habría dejado huella alguna.

Lo que tú sobre todo recuerdas de él es que un día aquel alma hermética se presentó en clase con muchos volúmenes en rústica de un pequeño libro suyo titulado Miscelánea Literaria. Los repartió entre sus compañeros sin dar más explicaciones, con la seguridadad de un escritor consagrado.  Contenía el librillo pequeños escritos, rimas sencillas y, como perla que se te quedó grabada en la memoria, el romance El caballero y la molinera, que contaba en cuartetas la estimulante historia de un noble que, paseando por el bosque, descubre un molino y a una hermosa molinera de la que queda perdidamente enamorado. No puedes recordar al detalle el galanteo, ni registra tu archivo más cita literal que la cuarteta que cierra el romance, verdaderamente digna de figurar en cualquier antología de la poesía amorosa española de todos los tiempos. Decía así el amigo poeta:

Y entonces el caballero

dijo tirando el gabán:

por lo mucho que te quiero

contigo me quedo a hacer pan.

 

O sea, aquello de tiran más dos tetas que dos carretas, que escribiría el colegial de ahora  si fuera un romántico como José Paz Agüeras, que en paz descanse.

Velay, la importancia de pasar por la vida dejando postit como el de este compañero. Bendita ingenuidad de aquellos años. Bendito medio siglo de colegio. Y  la suerte de saber que la vida sin recuerdos tampoco es nada.

 

 

SÁKMAYDI, el perfume del éxito

Imagen prestada de la web www.taringa.net Con nuestro más efusivo agradecimiento

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Con nuestro más efusivo agradecimiento

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El día 13 de junio de 2013, cuando el verano propinó su primer gran sartenazo, Roderick se acordó de lo que le había dicho a su madre Jovita, heredera directa de la  famosa Sibila de Cumas.

Parirás a un hijo artista que será el rey de la canción. No cantará demasiado bien, pero eso dará lo mismo, porque será guapete, resultón y acabará convirtiéndose en ídolo de multitudes. Sonreirá  y abrazará más que Julio Iglesias, seducirá a más teenagers que Justin Bieber, venderá más que Elton John y será perseguido por las mujeres, por los poderosos y por las marcas de todo el mundo para patrocinarle hasta el negro de las uñas.

Aunque también recordó que la pitonisa había advertido de que el triunfo no le  sería fácil.

-El destino no regala nada –añadió Jovita con expresión adusta y tono admonitorio-Para cumplir con sus designios, tu hijo, el elegido, deberá superar una pequeña anomalía física que a cualquier otro hombre le lastraría, pero que hará de él un precursor, un trending topic, un icono social.

Y el presagio de la pitonisa se cumplió.

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Roderick se hizo un muchacho alto, rubio, lánguido y adorablemente desgarbado, que cantaba,  o así, retirando constantemente de su rostro, con un gesto afectado, más bien afeminado, amariconado perdido dirían los menos sensibles, una cortina flequillo triangular que le tapaba sistemáticamente la mitad de su cara cada vez que saltaba como un mono epiléptico para interpretar sus temas.  Entonces desataba el rugido de su legión de seguidoras, compuesta básicamente de muchachos atolodrados jovencitas zangolotinas,  pitongas y  pijas.

Algunas de ellas habían reparado en  algo que le hacía inconfundible en el panorama de la música pop, y que probablemente tenía sus raíces en la advertencia que ya hizo la pitonisa cuando Roderick sólo era un proyecto en el vientre de su madre. La anomalía se reveló en su cuerpo desde bebé. Entonces la pediatra observó que la criatura sudaba mucho, aunque sólo por las glándulas sudoríparas de la axila derecha. Mamá se acostumbró a darle la teta con una pinza en las narices, porque el chiquitín en lugar de oler a esa dulce mezcla de talco, agua de colonia y leche un poquito agria que es el perfume típico de los bebés derramaba precoces aromas de mozo de cuerda, de camiseta de aceitunero o de cabo de infantería en las maniobras veraniegas de Cerro Muriano.

Este niño apesta – denunció nada sutilmente su padre el primer día que su amada esposa tuvo que pinzarse el olfato.

-Es el olor del triunfo, Alfredo, que ya me lo anunció la pitonisa Jovita- Es el perfume del éxito.

El olor del triunfo acaso se confundía en el furor colectivo que provocaban sus actuaciones. Pero cualquier observador avezado a los relámpagos y oscuridades intermitentes de las discotecas y otros tugurios juveniles se habría dado cuenta de que la axila de Roderick, además de estos efluvios mefíticos, dejaba una mancha húmeda de sudor que al final de sus actuaciones empapaba casi por completo su chaquetilla vaquera.

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Roberto y Elisa, los padres de Roderick, hubieran apostado porque el niño hiciera Teleco o les saliera notario. Eran opciones más acordes con su mentalidad de gente bien, católica, burguesa y conservadora. Pero cuando vieron que el joven se aupaba sobre su desagradable peculiaridad sudorípara y se convertía primero en personaje popular, después en famoso de verdad, a continuación en multimillonario cuasi imberbe y, como colofón, en paladín ultramoderno para renovar ante el mundo la marca España tampoco le hicieron ascos. Elisa se transformó en una versión moderna y fina de la mamá de la Pantoja, en tanto que Roberto adoptó el rol de manager, como los padres de las estrellas del deporte.

-Todo sea por el chico- se justificaban ante sus amigos- ¿Cómo vas a frenar la ascensión de un genio de la música moderna?…¿Qué derecho tenemos los padres a imponerle nuestras ideas a un chico que también es hijo de la cultura de su tiempo?…

Esto de “hijo de la cultura de su tiempo” le parecía al matrimonio un argumento de mucho peso, y junto con el escandaloso caché que exigía la criaturita por cantar donde fuera con su grupo de rockeros estruendosos, acabó siendo el ansiolítico definitivo de  sus conciencias.

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-La verdad es que en la música pop debe de dar igual oler bien o mal – comentó Roberto al cerrar la contabilidad de su primer año como manager del fabuloso Roderick

Así era, en efecto. La profecía de la pitonisa se cumplió gracias al éxito de un solo tema, conocido popularmente como Sákmaydi, que pronto rebasó los límites conocidos en los hit parade de medio mundo y dejó en nada a los grandes éxitos de Los del Río. Los mismos padres y madres que habían contoneado su cuerpo al ritmo de la Macarena  lo hacían ahora, cierto que con una gestualidad un poco más provocadora, al ritmo de Sákmaydi, la palabra mágica que consagró el pelotazo orbital del niño de la axila especial.

Nadie sabía sin embargo qué significaba Sákmaydi. En primer lugar porque no ha habido dios que haya escuchado completa una letra de un rock, generalmente ahogada por las guitarras, las baterías el teclado del grupo y la marabunta atronadora de los fans, y además porque Roderick, como cualquier ídolo del pop que se precie, sólo cantaba en inglés. Cantaban el inicio de su tema las chiquillas y los chicos jóvenes a todas horas,  cantaban Sákmaydi y tarareaban  todo lo demás, que no conocían.

Esta misma curiosa palabra, Sákmaydi figuraba en la portada del CD y en los carteles de las actuaciones. Poco importó que un curioso, un raro estudioso de las letras de los grandes éxitos del pop contemporáneo hubiera investigado hasta deducir que  Sákmaydi se trataba de una corrupción simplificada y españolizada de la expresión inglesa suck my dick, que no es precisamente alta poesía. Y tampoco fue gran problema que el sick my dick  continuara con las palabras Sundy, becouse I´ve come from France, para completar una segunda estrofa que decía sick my dick, Sundy, becouse it has substance. El moderno erudito llegó a la conclusión de que el tema revelación de Roderick, que ya era disco de platino y había arrasado en los Grammy, era en realidad una versión sui generis de la conocida jotilla picarona Chúpame la minga, Dominga/ que vengo de Francia/ Chúpame la minga, Dominga/ que tiene sustancia.

No se si su hijo se pasó con esta letra- les avisó en plan amistoso el erudito cuando, como puro analista y gestor cultural (era asesor del ministro de Cultura) les reveló su contenido a los padres.

-En modo alguno –respondió Roberto sin torcer el gesto-No se le pueden poner bridas a la cultura.

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La música pop era pues un potro desbocado. Pero si se le desbocaban a Roderick las letras de sus canciones no se le desbocaba menos su mancha de sudor. Poco a poco, después de que hasta la Duquesa de Alba en uno de sus conocidos arranque populistas cantó y bailó el Sákmaydi en el programa televisivo de Jorge Javier Vázquez, la música de Roderick y el peculiar aroma que expandían sus canciones en vivo formaron una emulsión que envolvía al enjambre de fans transportándoles a un nirvana sensorial de indescriptible placer. Además de artista original, Roderick era de esos ídolos untuosos que no para de besar y abrazar a los que se le acercaban y de posar así para los fotógrafos. De modo que pronto no hubo miembro de las elites económicas, sociales y culturales del país que no quedara encantado de la pringue mirífica que desprendía la axila del ídolo. Este exhalaba, simplemente, el aroma del éxito.

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La clave de la ascensión a la gloria de Roderick fue que obedeció a la pitonisa Jovita y supo hacer de la necesitad virtud. Pero la guinda de su consagración como artista único y original la puso el marketing, que aprovecha cualquier Pisuerga que pase por donde sea para embobar al personal con un nuevo antídoto  contra la infelicidad. Pugnaron por los derechos sobre su peculiar fragancia Chanel, Dior, Rochas, Paco Rabanne y otros magnates del perfume, pero al final fue él mismo quien contrató a los mejores perfumistas para lanzar al mercado en un envase de lujo su propia colonia, símbolo del éxito y del triunfo, rotulada así:

     Sákmaydi                EAU DE SOBAQUE                      By Roderick

-By Roderick, sí –remachó la mamá del ídolo con orgullo- Porque en eso de la cultura no hay que ser egoístas, y los padres de los genios no tenemos derecho a quedárnoslo todo para nosotros.

                                                            

                                       

 

 

 

Las rosas y las reglas del blog

Esta imagen esta tomada a modo de préstamo de paulaysuscosas.blogspot.com

Esta imagen esta tomada a modo de préstamo de paulaysuscosas.blogspot.com

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Después de las mil primeras entradas, y coincidiendo con la tensión que produjo el concierto, te has concedido un cierto descanso. No es pereza, es sentido de la medida. Estos días has visto que la gran aportación de España a la Bienal de Arte de Venecia es una instalación de una artista formada en Holanda que se llama Laura Almarcegui. Debe de ser que en los Países Bajos  consideran que eso de ganarle el terreno al mar sigue siendo un arte, de manera que nuestra representante en lugar de construir un polder ha acumulado unas cuantas toneladas de escombros en una habitación y, con la ayuda de una gran grúa, lo ha presentado en Venecia, tan contenta. Dice que es una deconstrucción del pabellón español, sin que tú tengas claro si se refiere al pabellón del año anterior o a éste, pero da igual, porque tampoco entiendes que Ferrán Adriá deconstruyese la tortilla de patata, con lo rica que está ésta no construida, ni destruida, ni mucho menos deconstruída, sino simplemente bien cuajada.

Te gustaría que alguien con autoridad te explicara qué significa deconstruir. De vez en cuando se ponen de moda palabras que algún listillo se saca de la manga, y los demás  picamos tontamente y acabamos haciéndolas nuestras.

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La creación de la artista Almarcegui pretenderá ser una metáfora de la nueva realidad virtual que ha creado Internet. Vemos, eso crees tú. Tu post de hoy, o el conjunto de los mil anteriores, quizás sean uno de los millones y millones de  palabras/adoquines con los que los millones y millones de blogueros como tú estais macizando el espacio. Te imaginas éste tan colmatado de palabras que ya le deben estar rascando la tripa a la luna. Pronto podría no caber ninguna más, así que mejor dejar de escribir de cuando en cuando y ahorrarle a la humanidad pensamientos inútiles. Hoy por ejemplo estabas dispuesto a proclamar que lo de la Bienal, como lo del uso y abuso del verbo deconstruir, es una monumental gilipollez. Pero para qué arriesgarte a que te consideren ignorante, cuando  el mundo de la cultura y los gurúes de la inteligentsia siguen pontificando con éxito. Escribe menos, y de cosas menos trascendentes, como las rosas en primavera.

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Para que alguien de por ahí te envidie, has decidido huir del mundanal ruido y pasarte tres o cuatro días seguidos en el campo. Sin grandes tareas. Los médicos te prohibieron la azada, la hoz, la carretilla y cualquier otra labor que pusiera en riesgo a tu frágil espalda. Así que aparte de echar  de comer a la perra, a los gatos, a los canarios, recoger los huevos del gallinero y regar alguna maceta, tu faena más exigente es cortar rosas.  Si los rosales fueran inteligentes serían menos prolíficos, pues toda la belleza de una rosa en su plena lozanía acaba siendo una amenaza cuando a su lado asoman cientos de hermanas que le quieren hacer la competencia. Para ti la rosa alcanza su máximo esplendor cuando en sus pétalos se empieza a adivinar la decadencia, como si fueran una película de Visconti. Pero su decadencia se presenta rápidamente, y si no actúas a tiempo, cortándolas cuando aún lucen guapas en el rosal, pronto serán naturaleza muerta. Muerta y deslucida.

Cortas cientos de rosas con tu tijera hasta que vuelve a doler la espalda. Y te acuerdas mucho de tu amigo Félix, que hundía su uña en los tallos y las arrancaba a mano, pacientemente, como si echar horas en este menester fuera de las pocas cosas importantes en las que merece la pena esforzarse. Quería darle la razón a Gertrud Stein, luego copiada por Nacho Cano. Una rosa es una rosa es una obviedad, pero también un reconocimiento. Una rosa puede ser sólo una flor, pero también un cuadro, un poema, un momento de gran placer para los sentidos, y una metáfora de lo efímera que es la vida. O sea, mucho, casi todo.

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Se sorprende el muy agudo Zoupon de que las etiquetas de tus post barajen a menudo nombres que nada tienen que ver entre sí, ni tampoco con el título de la entrada correspondiente. No lo puedes evitar. Tienes alma de abeja, que vuelas de aquí para allá, libando algo de cualquier flor para elaborar tu propia miel, no se sabe si buena o mala, pero tuya. Estás  leyendo un libro del historiador inglés Alistair Horne titulado El tiempo de Napoleón cuando, casualidad,  te enteras de que las rosas que más odias podar se llaman precisamente rosas Napoleón. Nacen sobre una especie de lecho de pilosidades verdes que parecen un nido de pulgones, y se te antojan horrorosas. No sabes por qué las han apodado así, esta vez ni siquiera Google te lo aclara. Sólo llegas a enterarte de que a Josefina le encantaban las rosas, y que en el jardín de su palacio conocido como la Malmaisonno sería tan mala la casa- había una espléndida rosaleda. Sospechas que algún botánico pelota, conocedor de la debilidad del emperador por los fastos y la pompa, creyó que al jefe le gustaría esta variedad sobrecargada, y se la dedicó a su esposa como trasunto floral de las mamarrachadas que vestía el corso.

También piensas la que se habría armado entre la comunidad botánica si otros tiranos contemporáneos hubieran bautizado a más rosas. Rosa Stalin, Rosa Hitler, Rosa Franco, Rosa Trujillo, Rosa  Pol Pot, Rosa Pinochet, Rosa Gadaffi…No habría espinas suficientes para rosas de esta calaña.

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Y resulta que escribes todo esto porque hoy te apetecía abordar un cuento que tienes en la cabeza, y lo dejaste para otro día por no liarte. Tienes que salir a andar, que te lo ha dicho el traumatólogo, y el cuento se te iba a enredar, y a enredar…Como este post, que mezcla churras con merinas, y se hace largo sin aclarar nada. Por Dios, que alguien regule y ponga límites cuanto antes a la nefasta manía de escribir un blog.

El post número 1000

Mil1

Recuerdas el tiempo en el que mil era mucho. Mil pesetas, aquel billete verde que te permitía soñar. Mil quinientas, tu primer sueldo en octubre de 1963 en una agencia de publicidad  a la que sólo ibas por las tardes para escribir anuncios mientras por las mañanas tratabas de aprender derecho. Seguramente te marcó también la potencia que se infiere de la palabra mil. Mahler dejó escrita una Sinfonía de los Mil. Alguien llevó al cine la vida de la desdichada Ana Bolena y tituló la película Ana de los mil días. George Duby  dejó escrito El año mil, que se cernía como una amenaza bíblica sobre la Edad Media y acabaría siendo un año como los demás. Recuerdas el gol número mil de Pelé, y un anuncio que hacía grandes a muchas compañías de teatro: Mañana, mil representaciones de La Muralla, de Los intereses creados, de La ratonera, de Se infiel y no mires con quién…

No sabes `por qué mil tiene que hacer más ruido que 999, que ya es bastante, o que 1001, que suena como a menos que mil, quizás porque parece un poco desgraciadito, pero que es más. El caso es que la naturaleza humana es simplona, y necesita broches, clips mentales, marbetes, etiquetas, cerrar fechas y consagrar acontecimientos con cualquier pretexto redondo, como la cifra mil, que tiene tres ceros, y que puede ser mucho o no tanto, pero que sigue haciéndonos creer que después de ella la vida ya no será igual.

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Para ti llegar al post número mil de este blog sólo significa algo de la fuerza de voluntad que te ha faltado en casi todo lo demás. Perseverar en la idea de escribir si no todos los días al menos todas las semanas, aunque nunca tuvieras claro el sentido y la dirección de tu escritura. Nunca habías sido capaz de mantenerte tan firme en nada, porque los buenos propósitos se te iban en pompas de jabón. Te hubiera gustado que las mil entradas, engastadas una detrás de otra en el collar de un relato único, vinieran a decir algo, pero te sirven al menos como muescas singulares en el revólver con el que vas disparando la  munición de tu vida.

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Para certificar que no hay nada nuevo bajo este milenio, transmites telegráficamente lo que te pasa. Escribes en un amanecer de cielo cubierto y oscuro, delante de la jaula de los canarios, que ya han empezado a cantar. A ti te  encanta que parezca un día de otoño en primavera.  Por la ventana ves el jardín apabullante de verde y rosas. Los árboles están en su esplendor: parece que entre ellos puede aparecer un gnomo, o un hada, o la niña de la primera película de Frankestein buscando florecillas alrededor del regato por el que cascabelea el agua que baja del monte.

Se te han quedado muy grabados en la memoria los dos nidos de oropéndolas que Jose te mostró ayer: recordabas la emoción  que era descubrir un nido cuando eras niño. Uno de ellos, perfectamente anclado en una higuera,  tenía tres huevos pintones. En el otro, construído en las ramas de un roble, ya había peletorros, o sea, pajaritos de pelo. No es nada fácil ser Peeping Tom de oropéndolas, porque además de  vistosas son rápidas y huidizas, así que el descubrimiento te agregó un plus de felicidad extra, como cuando rocías de azúcar las porras recién hechas, las mojas en el café con leche y te las metes en la boca. Cuántas delicias, con mil o sin mil posts.

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También estabas contento por haber ido a la peluquería después de tres o cuatro meses de lucir una cabeza de quimioterápico. No es que ya seas Sansón, pero ocurre que la pelusilla que en el diminuto cuerpo de los peletorros tiene su gracia, en tu pescuezo sugiere descuido e incluso falta de aseo. Así que vas al peluquero y le dices que te quite los tolanos. Tolanos, sí señor, que según el diccionario son los pelillos del cogote. Llegabas a los mil posts y también celebrabas que conocías una palabra más, regalada el día anterior por tu prima Belén, que fue quien te la avisó.

Mil posts y no se sabe cuántos tolanos en tu haber. Chico, qué rico eres.

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Zoupon, al que debes otorgar el premio de mejor comentarista entre los muchos que te han distinguido con sus comentarios, sugería que para celebrar la efeméride  tú escribieras el inicio de un cuento y los que quisieran fueran agregándole breves capítulos, a ver qué salía. Agradeces mucho su intención, y estás dispuesto a secundarla  si alguien por ahí tiene la claridad necesaria para organizar la original iniciativa y te la cuenta. Hace dos años iniciaste una aventura similar con tu amiga Aldara y un tercer personaje al que  no llegaste a conocer. Durante tres o cuatro capítulos resultó un disparate divertido, pero llegó un momento en que nadie sabía cómo atar cabos.

Claro, que  tú tampoco dejas nunca un cabo bien atado.

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Por lo demás tu cáncer sigue tranquilo, supones que adormilado  ahí dentro, sin molestar demasiado. Cumpliendo su función de darle un poco más de sentido a esta tu manía de escribir bitácora de rumbo variable. Tampoco sabes si te va a acabar funcionando la cirugía reparadora que te aplicaron en la espalda. Te sigue doliendo a ratos, y tienes tus dudas. No dudas en cambio de que lo más notable del día de los mil es que, escrito este post, te pondrás al volante y regresarás a Madrid para cantar esta tarde con tus compañeros del Bach Atelier dos cantatas y un motete del vicedios Juan Sebastián Bach. Hubo un tiempo en que tampoco creías que logros de esta categoría fueran posibles. Para bien o para mal, la vida te sigue dando sorpresas.

 


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