Vuelta al cole

Tu colegio parece hpoy un edificio de cartón piedra construído para decorar una película de Tim Burton...

Cincuenta años después, tu colegio te parece un edificio de cartón piedra construído para decorar una película de Tim Burton

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¿Le colgará la papada a García? ¿Sufrirá de la próstata Pérez? ¿Qué número de nietos tendrá Fernández? ¿Habrá más calvas o barrigones? ¿Cuántos de la promoción se habrán teñido el pelo? ¿Y divorcios? ¿Cuántos seguirán casados con su primera mujer? ¿Y salidas del armario? ¿Se habrá confirmado alguna, a pesar de la ortodoxia que os inocularon en sangre? Más morbo aún: ¿cuántos se habrán muerto?

Ah, benditos/malditos fines de semana del mes de junio. Si no tienes boda, te enganchan para una primera comunión. Si te libras de eso, ya te cogerán  por los pelos para que asistas a la función fin de curso de algun nieto. Si no, para alguna media maratón benéfica, un concierto, una obra de teatro en que los amigos humanistas y generosos emulan a Arturo Fernández o Al Pacino, según el género que aborden, y ayudan con su recaudación a una causa justa. Quisieras no hacer nada, pasear tal vez, leer, ver alguna película, ordenar papeles en casa. Pero la diáspora del verano ya está allí, y además muchos llevan a junio su cumpleaños, su aniversario de boda  y otras efemérides pendientes. Tienen jardín, y no es cosa de desaprovechar que incluso en años caprichosos como éste junio te asegura noches amables perfumadas de jazmín. A celebrar, a celebrar lo que sea.

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A ti te tocó este sábado el medio siglo de la salida del colegio. Bodas de oro, dicen muchos a esa concentración de señores más que adultos, a lo mejor porque en aquella fábrica neogótica del Colegio del Pilar que hoy parece un decorado de película de Tim Burton empezaste a perder la inocencia y a casarte con la cruda realidad.

Te llamaron y acudiste, con uno poco de pereza, cierto, pero también con un cierto equipaje de ilusión por recuperar algunas migajas del tiempo huido y algo de curiosidad. ¿Cómo te encontrarías a los compañeros que dejaste medio siglo atrás?

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La primera conclusión que sacaste es que el tango se quedó corto, y que cincuenta años tampoco es nada. Estudiabas historia en  tercero de bachillerato y te echabas las manos a la cabeza cuando te contaban lo de la guerra de los 30 años, y no digamos nada de la de los 100 años.

¿Pero cómo puede pasar tanto tiempo?- te preguntaste entonces con ingenuidad

Pasa, pasa en un pispás,  y no pasa nada. Y tú acudes a la fiesta para constatar que la vida cumple con su ritual, que todos tendéis a idealizar el pasado, que mantenéis vuestros rasgos de identidad mientras no os la desfigure la alopecia o la tripilla cervecera Y que es muy peligroso en estos encuentros que haya un micrófono, porque siempre hay alguien que lo hace suyo y se empeña en recordar que la vuestra fue una promoción cojonuda, y aquel un tiempo muy feliz del que debéis estar orgullosos. Tópicos. Tú te callas, tienes que asentir.

Porque también te tocará hablar, qué se le va a hacer. Nunca fuiste un ídolo del deporte ni un empollón, los dos marchamos que imprimían carácter en la memoria del colegio, pero alguien se acuerda de que eras el bromista, el imitador, y te pasa el maldito micrófono para que a la altura del chupito que corona la comida de fraternidad, la gente se oxigene de la retórica autocomplaciente. Dices dos o tres chorradas, y te guardas de confesarte orgulloso de nada, porque para ti el orgullo es una virtud social muy devaluada por el uso y abuso que de ella han hecho siempre los demagogos.

O sea, que das las gracias por no tener que hablar en serio. Y no dices casi nada. Al cabo, cincuenta años sólo son treinta más que los que canta el tango. O sea, un poco más que nada.

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En la misa que oficia tu amigo Juan Isasa  –el único cura al que confesarías tus horribles pecados, porque además es amigo y sería indulgente- se mencionan los nombres de los compañeros fallecidos, y a ti te sorprende uno muy familiar: Carlos Figuerola-Ferretti. No sueles recordar que, además de hermano, fuera tu compañero, aunque nunca coincidieseis en la misma clase. Tu padre tenía un hermano con el mismo nombre  que era capitán de artillería, y cayó en el frente de batalla a los treinta y tres años.

-Siempre se mueren antes los mejores –le escuchaste decir una vez, refiriéndose a él, en las contadas ocasiones en las que se ponía nostálgico y hablaba de su pasado.

Carlos tu hermano también fue el mejor. Sufrió de niño una encefalitis que lastró su desarrollo, y pese a ello intentó acabar el bachillerato en un colegio que no era precisamente para niños con problemas. Luego tanteó un peritaje industrial, demasiado quizás para él, y al darse cuenta de que quod natura non dat Salamanca no praestat hizo maestría industrial, trabajó como mecánico de carretillas elevadoras y vivió toda su vida sin quejarse de nada ni pedir favores a nadie. Celoso de su independencia y con un inmenso corazón que al final se le gripó, ganó lo suficiente para mantenerse dignamente y ser más generoso que nadie. No llegarían a saberlo sus compañeros, pero estás seguro de que en eso sí que fue el primero de su clase.

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La vida es un panel de corcho donde vas clavando notas con una chincheta. La vida es un encadenados de postit que te van dejando los años, los acontecimientos, las personas que pasaron a tu lado. Aparte del de tu hemano, escuchas en la lista de ausentes el nombre de José Paz Agüeras, un muchacho callado, modesto y tímido que apareció en los últimos cursos proveniente de Zaragoza. Años después sería diplomático, ocupando altos cargos en Asuntos Exteriores, y seguramente desempeñó su oficio con la misma seriedad y probidad que mostraba en clase. Pero su expediente no te habría dejado huella alguna.

Lo que tú sobre todo recuerdas de él es que un día aquel alma hermética se presentó en clase con muchos volúmenes en rústica de un pequeño libro suyo titulado Miscelánea Literaria. Los repartió entre sus compañeros sin dar más explicaciones, con la seguridadad de un escritor consagrado.  Contenía el librillo pequeños escritos, rimas sencillas y, como perla que se te quedó grabada en la memoria, el romance El caballero y la molinera, que contaba en cuartetas la estimulante historia de un noble que, paseando por el bosque, descubre un molino y a una hermosa molinera de la que queda perdidamente enamorado. No puedes recordar al detalle el galanteo, ni registra tu archivo más cita literal que la cuarteta que cierra el romance, verdaderamente digna de figurar en cualquier antología de la poesía amorosa española de todos los tiempos. Decía así el amigo poeta:

Y entonces el caballero

dijo tirando el gabán:

por lo mucho que te quiero

contigo me quedo a hacer pan.

 

O sea, aquello de tiran más dos tetas que dos carretas, que escribiría el colegial de ahora  si fuera un romántico como José Paz Agüeras, que en paz descanse.

Velay, la importancia de pasar por la vida dejando postit como el de este compañero. Bendita ingenuidad de aquellos años. Bendito medio siglo de colegio. Y  la suerte de saber que la vida sin recuerdos tampoco es nada.

 

 

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5 Responses to “Vuelta al cole”


  1. 1 Ángela junio 18, 2013 en 5:16 pm

    Gracias por compartir recuerdos del cole, que también fue mío y de Carlos, que sigue bien presente entre todos los que tuvimos la suerte de conocerle. Me ha emocionado tu recuerdo, por lo acertadas que son tus palabras, pero imagino que también por lo agotador que resulta este fin de curso, al que como bien apuntas, hay que sumarle cumpleaños variados, bodas, entregas de premios y la visita de los primeros veraneantes de la temporada. Gracias por compartir tus bodas de oro escolares.

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  2. 2 Santiago junio 18, 2013 en 5:19 pm

    Bello. Hermoso texto el de hoy, Duende. Entrañable el retrato de tu buen hermano Carlos. Y gracioso el recuerdo de la cuarteta de Paz Agüeras, que me habías recitado alguna vez con la teatralidad que merece tan alta inspiración.
    En tres semanas acudo también yo a mi cincuenta aniversario. Con más morbo y curiosidad que tú porque mi colegio está en Vigo -es el de “La vida sale al encuentro”- y casi todos mis compañeros se quedaron por aquellas tierras, de modo que apenas he sabido de ninguno de ellos…
    Ya te contaré. De palabra y con menos estilo.
    Abrazos

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  3. 3 zoupon junio 19, 2013 en 1:09 pm

    Supongo que todos pensamos alguna vez que nos gustaría dejar una huella imborrable en este mundo, como Da Vinci o Mozart o Einstein. Pero no deja de ser un ejercicio inútil y algo vanidoso. Me viene a la cabeza la historia de un pintor que tres o cuatro días después de terminar su trabajo en casa de mis padres falleció de un infarto. Localizada la viuda, unos días después y cuando nos pareció que ya no era de mal gusto, fuímos a pagarle el trabajo de su marido, y nos enteramos de que el fallecido no tenía hijos, ni hermanos, ni siquiera primos. Emigrante retornado de Suíza un par de años antes, tampoco tenía ya amigos dignos de ese nombre. Su paso por esta vida parecía tan leve que a su muerte sólo había dejado huella en su mujer, que lo recordaba con un sereno e intenso cariño doliente. En aquel momento me pareció mucho más que suficiente para justificar la vida de aquel hombre, y me lo sigue pareciento, y declaro haber recibido de él una involuntaria aunque conveniente lección póstuma de humildad.

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    • 4 Santiago junio 20, 2013 en 8:50 am

      Muy bonita historia y lección de humildad.

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  4. 5 Carlos Román Ximénez (@Chumbi2) junio 20, 2013 en 10:34 pm

    A lo mejor no lo sabes, pero yo también me llamo Carlos por aquel capitán de artillería que cayó en el frente de batalla a los treinta y tres años. Era un íntimo amigo de mi padre y cuando fue a Rusia a los ochenta y tantos estuvo buscando, inutilmente, su tumba.

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