Archivos para 29 julio 2013

Francisco, un buen día de verano

Francisco en sello1

Las razones por las que un hombre más bien escéptico pasa un buen día de verano pueden ser muy diversas. Además, tú ni tan siquiera  tienes ya tan seguro lo que es un buen día de verano. Años atrás no lo hubieras concebido sin darte un chapuzón en el mar, en un río o como poco en la piscina. Y sin esperar al menos una mirada de esa moza que salía del agua recogiendo sus formas de mujer y caminando tímidamente mientras se sacudía el cuerpo como una gacela mojada.

Ahora ni necesitas refrescarte con una zambullida. Estás en Madrid, y en el foro nunca se te ocurre que hay que bañarse. Asimilaste en su día aquella definición de Madrid como poblachón manchego lleno de subsecretarios (Cela). Desenfocada definición al día de hoy, cuando cualquier pueblo manchego seguro que dispone de una piscina municipal gloriosa financiada por la Unión Europea, que por ahí también se debe de haber desaguado la Europa de los mercaderes. Tampoco es grave lo de tu afición al secano. Con los años uno acaba reconciliándose hasta con sus manías más extravagantes.

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Sorprendentemente en este julio tan exageradamente caluroso el fin de semana refresca y el domingo amanece en Madrid nublado. Era una buena noticia. También lo era que ya no necesita España el posado en bikini de Ana Obregón para sentirse feliz. Santo cielo, qué madurez la de este pueblo.  No se sabe si porque la musa de las revistas del corazón ya no está para esos numeritos  o porque tiran más dos camisetas (las de Neymar y la de Isco)  que dos tetas, el caso es que ahora vemos mucho más futbolistas fichados y las barbas de Rajoy que el tanga de la sonriente actriz, lo que puede que tampoco sea buen síntoma.

Una llamada de teléfono de mujer te quebró las lucubraciones.

-Abuelo-  que si me llevas al Retiro, porque me aburro.

Marina tiene una voz diamantina y ocho años muy redichos. Como encabeza un pelotón de seis mujercitas  y la pequeña de las nietas sólo ha cumplido dos, te parece ya tan madura que a menudo crees pasear con una licenciada en lugar de una niña. La mañana está fresca, cuasi otoñal. Sólo un par de días antes habías escuchado por la radio que se celebraba el día de los abuelos, una de esas advocaciones estúpidas con las que se da jabón sucesivamente a casi todo y  casi todos: día de la madre, del padre, de la mujer, de los niños, del corazón, de esta o aquella enfermedad, de la música, del agua, del ahorro de energía, de los animales de compañía, del orgullo  gay, del teatro… Se te ocurre proponer que se consagre ya el Día Internacional de los que no tienen día, y se acabe con el baboseo mediático de estos homenajes. También te da por pensar que ya has hablado con la primogénita de tus nietas cien veces más de lo que tu abuelo Pablo pudo compartir contigo, y que en estos momentos un niño con abuelos es un niño con más padres y madres. Tú en particular no necesitas que te dediquen un día, porque ya lo hacen tus nietas cada vez que te reclaman como lazarillo para los días de vacaciones.

-A mí me gustaría vivir en el campo-dice la criatura mientras dais un larguísimo paseo por El Retiro– porque sales de casa y no necesitas a los mayores para pasear. Y además juegas con la perra, y te bañas, y recoges los huevos de las gallinas…

La vuestra es una mañana de conversación peripatética. A su tierna edad Marina, como cualquier niño de ahora, entre muchas observaciones y pintorescas historias que cuenta, también plantea cuestiones que te ponen en un brete.

-Abuelo, ¿por qué hay tantos pobres en la calle?…

Te callaste. Tu excusa es que era el día de los abuelos sin respuesta.

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Cuando esta España que al modo unamuniano tanto nos duele aún se lame las heridas del Avia descarrilado en Santiago, salta otra mala noticia. Tan típica del verano como expresiva de la secular estupidez humana. Un agricultor se pone a quemar rastrojos y provoca el incendio que arrasa dos mil hectáreas –hasta el momento- en la Sierra de la Tramuntana de Mallorca, declarada por la UNESCO patrimonio de la humanidad. Nunca aprenderemos. Sin embargo la mañana te había dejado una huella amable, y estabas dispuesto a ver el vaso medio lleno. Aunque no eres especialmente vaticanista, sino más bien al contrario, te ha llamado la atención la claridad y la rotundidad con la que se está pronunciando el papa Francisco en Brasil, donde entre otras broncas a los políticos, a los ricos y al propio cuerpo de servicio de la Iglesia ha clamado por la laicidad del Estado. A ti, tan influido por el poder del lenguaje, te parecía que este papa era como esos entrenadores argentinos tipo Valdano que se devanan en volutas de filosofía hueca. Pero ahora has cambiado de opinión.

-¿Será Francisco el promotor de la perestroika que la Iglesia necesita?-te preguntas esperanzado.

La noticia te parece verdaderamente importante, y te ha dejado el alma contenta. Así que como en Unitel Classic –un canal de música clásica que descubriste hace poco y que te tiene entusiasmado- ofrecen por la noche una Novena de Beethoven dirigida por Daniel Barenboim y nadie vigila tus excesos, porque es otra de las ventajas de vivir solo, buscas tu partitura de la Oda de la Alegría y te sumas al coro cantando desde tu palomar como si estuvieras en el mismísimo Albert Hall donde se celebra el concierto. Ya insinuabas al principio que nunca se sabe cómo acabará un buen día de verano.

Nada es perfecto

Estamos tan acostumbrados a los beneficios del progreso que a veces nos olvidamos de que nada es perfecto...

Estamos tan acostumbrados a los beneficios del progreso que a veces nos olvidamos de que nada es perfecto…

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Había canciones populares que te hacían sonreír y otras que te sumían en una pena infinita. La del burro de la tía Vinagre, por ejemplo, te hacía gracia, aunque bien pensado tampoco era cabal reírse de un rucio que había llevado una vida tan miserable antes de estirar la pata. Pero aquella de En la estación de La Robla/ un maquinista lloraba/ porque la nieve caía/ y la máquina no andaba casi te inundaba  en lágrimas a ti también. Cuando la cantabas en el cole con el desafinado coro de tus compañeros y don Angel Pompey al piano te imaginabas al pobre hombre aterido luchando contra la tempestad blanca, forzando la máquina de vapor y con las ruedas de la locomotora resbalando sobre la nieve helada acumulada en los raíles. Lo veías desesperado comiéndose la gorra y mesándose los cabellos, porque peligraba la puntualidad del convoy, y con ello tal vez su sueldo, y con ello la muerte de tantas esperanzas de los viajeros, que a veces dependen de una hora exacta.

Y a ti el cuadro te producía una congoja profunda. Pobre maquinista.

Luego verías El maquinista de la General y Buster Keaton con su impavidez de pedernal te dejaría en cambio una imagen risueña del sufrido personaje. Todo lo contrario que te inspira contemplar hoy en todos los periódicos la estampa del maquinista del Alvia descarrilado en Santiago con la cara ensangrentada. Pobre maquinista, el tormento que le espera. Tú en su lugar hubieras preferido perecer en el accidente.

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Homper sostiene que el progreso de la tecnología nos ha hecho tan poderosos que a veces creemos que nuestras máquinas o ingenios no pueden fallar. Esta confianza casi ciega en lo que hasta ahora había funcionado impecablemente iba en dirección contraria a la desconfianza y el descrédito de los maquinistas que conducen al país. Por lo que, acaecido el accidente, se abre la fase de buscarle los pies al gato. Nunca se sabe cuántos, si tres o cinco, que parece lo más lógico si se tiene en cuenta que la cola del gato podría confundirse con la quinta pata. Homper se queda perplejo de que en esta sociedad sedienta de culpabilidades no baste con el error o la impericia del maquinista, con el exceso de velocidad o con el presumible fallo mecánico, sino que pronto se apuntará más arriba: a los ingenieros que diseñaron el trazado, a un fallo en las transmisiones, a las empresas suministradoras de los trenes o, la madre de todas las desgracias, a la autoridad competente, que seguramente habrá sido justamente lo contrario. O sea, incompetente.

A ti te sorprende ese afán de aliviar el horror y la consternación presuponiendo que siempre hay otras causas de nuestras desgracias, además de las evidentes.

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Por lo demás esta catástrofe sólo tiene de bueno el recordarnos otra  vez lo frágil y sinuosa que es la frontera entre la vida y la muerte, y lo imprevisible del momento y el lugar en el que aparece la parca. Lees en los periódicos que entre las víctimas del tren descarrilado estaba Enrique Beotas, que no era amigo tuyo, pero con el que coincidías en RNE hace tan sólo una semana, y Carla Revuelta, una chica de sólo treinta y ocho años que fue tu compañera cuando cantabas en el coro Via Magna. ¿Por qué ellos sí y tú no?…Para que luego te quejes de que nunca te toca la Lotería.

Ningún hombre es una isla, la muerte de cualquier ser humano también te disminuye. No te preguntes por tanto por quién doblan las campanas: doblan por ti, repites a menudo en casos como éste recordando el socorrido poema de John Donne. Todos morimos un poco cuando sentimos tanto dolor y tan cerca de nosotros. Entonces es cuando nos da miedo admitir que vivimos en la punta de una aguja, y que hasta lo más sólido y seguro se romperá en mil pedazos cuando lo quiera el azar.

Paseando a Miss Daisy, hoy como ayer…

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Comprobar que las montañas, los prados, los bosques y las playas siguen ahí. Que respiras otro aire, y que la piel se humedece y te afeitas mejor. La broma secular sobre el verano capitalino que se contaba antaño se atribuye al marqués de la Valdavia, no se sabe si el duodécimo o el decimosexto, porque ni idea tienes de cuándo data la gracia real de su título.

-Lo malo del verano en Madrid –dicen que decía- es que refresca por las noches.

Irónico el señor marqués.

Por si acaso cambia el sentido de la frase del noble y las noches se niegan a refrescar en el foro, liaste el petate, pusiste rumbo al norte y volviste donde solías los últimos veranos. Tomas buena nota de que esa carretera hacia el verde de los montes y el azul del mar continúa pareciéndote maravillosa, y de que los amigos que hiciste aquí o allá, el verano pasado o hace medio siglo te ofrecen aún hospitalidad y buenos ratos. Casi todo pasa, casi todo cambia, pero algunas cosas, como el gong del reloj de la torre de la iglesia de San Martín de Luiña o el lento languidecer de las olas del mar permanecen. También se muere el mar, decía Federico García Lorca en el último verso de su Llanto por la muerte de Ignacio Sánchez Mejías. Esperamos que aún tarde varias glaciaciones más en callarse definitivamente.

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Desde que nadie depende de ti para despachar el verano te sientes más libre. Crees incluso que podrías pasar de vacaciones, porque es precisamente en verano cuando Madrid se queda más vacío, lo que le añade a la ciudad encanto. Madrid no es Detroit, que según cuentan hoy los periódicos ha perdido en los últimos treinta años más de un millón de habitantes a causa de la crisis. La antigua capital de la industria del automóvil es hoy una ciudad fantasmal y peligrosa. No es lo de Madrid, que sólo se vacía por la canícula de unos cuantos habitantes-yoyó que, lo mismo que se van, regresan. Tú pretendes escapar de las vacaciones burguesas, todos como ovejitas sumisas,  pero al final  te pliegas a la costumbre y acabas de mansueto tomando las tuyas. O vas a algún sitio que desconocías o regresas a lo que ya descubriste hace tiempo. Se suele decir que no hay que volver allí donde se ha sido feliz alguna vez. Tu excusa es que entonces no sabías si lo eras o no lo eras.

-Ah, la felicidad era eso- te dirás sorprendido cuando lo mires retrospectivamente  a través del prisma multicolor que proyectan los años.

La felicidad seguramente nunca es más que eso.

Además tu papel también ha cambiado. Hace treinta y cinco años venías a este valle asturiano como cabeza de una familia de tres niños que iban a descubrir el mar. Desde hace tres años el pretexto es que te gusta ser como el chófer negro de Paseando a Miss Daisy. Ella quiere anticiparse a las vacaciones junto al mar librando de marido por unos días y te sugiere que, dado que a ti te gusta el lugar, necesitas recuperarte de tus alifafes  y tenéis tantas cosas por hablar, le hagas de conductor y os escapéis juntos unos días. A mandar, señora, que para eso estamos.

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Miss Daisy es en realidad Mrs Paloma. No es señorita como la de la película ni tu señora, sino tu hermana. No manda, sino que invita gentil y generosamente a su casa. Y no necesita precisamente chófer, pues lleva muchos años conduciendo como si fuera una Fernanda Alonso cualquiera. Pero ocurre que entre sus incontables virtudes no cuenta precisamente una vista de lince, y que el chapista acaba de dejar su coche más bonito que un sanluis, así que mejor si le conduce alguien que sea un poquito más joven y con menos dioptrías. Lo que ella necesita en realidad es compañía. Sobre todo para que la escuchen, como aquellas ancianitas de la recientemente repuesta comedia de Mihura Maribel y la extraña familia, que alquilaban visitas. Las viejecitas hablaban y los conversadores de alquiler asentían educadamente.

Tanto Mrs. Paloma como tu sois habituales radioyentes (a ti la palabra escuchantes que trata de introducir en nuestro diccionario Pepa Fernández te pone de los nervios, y no la empleas deliberadamente). Sin embargo en las cinco horas de viaje no ponéis la radio, pues todo se lo lleva el repasar vuestras vidas y milagros y los recuerdos de familia. Los F-F tenéis fama de ser poco habladores, sobre todo en casa, pero Mrs. Paloma es una excepción. Ya decías que de las pocas positivas del verano es que en este tiempo te gusta volver do solías. Afortunadamente, la exuberancia verbal de la señora sigue siendo la de siempre.

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Como están por las Luiñas algunas de tus nietas y tu encantadora amiga Margarita Cerame ha puesto a disposición de  tu castigada espalda un sillón plegable, hasta aguantas dos horas en la playa de San Pedro de la Ribera. Más aún: incluso desafiando cualquier regla de la lógica, te bañas. Este año el Cantábrico vuelve a ser el que era. Sus 15 º casi te hacen maldecir a los inventores de los baños de ola. Eso sí, una vez tonificado por el yodo, la sal y la hipotermia dejas la playa y te escapas del castigo playero para dormir la siesta.

También es costumbre que al menos una vez en el verano una mosca, tan sólo una insignificante y vesánica mosca, te fastidie la siesta por la que tanto suspirabas saliendo de ronda por tu cuerpo. Según la leyenda  nihilista doscientas mil moscas no pueden equivocarse, pero una sola sí. La que te quita el sueño lo pagará con su vida al final de la siesta que ella misma frustró, justo castigo a su perversidad. Las crisis económicas hunden hasta ciudades como Detroit, mientras que el cambio climático y otros argumentos ecologistas aún por determinar parece que están minando la población mundial de abejas, pero al parecer con los dípteros no hay quien pueda.

El verano, la mar, el levantarse y mirar al cielo para averiguar si abrirá la niebla, el sonido del reloj de la torre de la iglesia de San Martín despertando al valle, empapar el café del desayuno en ese bollo incomparable que aquí llaman enfilada, algunas vacas y caballos –cada vez menos- que aún motean de vida los verdes prados, la sensación balsámica de que por estos pagos nunca pasa nada. Otra vez paseando a Mrs. Paloma e intentando sacudirte una mosca impertinente que también volverá donde solía. Antaño te abrumaba la rutina estival. Este, por qué será, te reconforta sobremanera que gran parte del hoy sea exactamente igual que el ayer.

Los problemas de ser rico…en gilipollez

Qué sinvivir, pensar que la perrita Fifí puede sufrir de sus vértebras `pr el peso excesivo de su collar de diamantes...

Qué sinvivir, pensar que la perrita Fifí puede sufrir de sus vértebras por el peso excesivo  de su collar de diamantes…

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Andas preocupado con tu vagancia bloguera. Por una parte, constante de tu vida, piensas que ya está casi todo escrito. Por otra parte te asusta el nuevo ordenador. El teclado, por ejemplo, es distinto. Ya le habías cogido la distancia justa a la tecla de las mayúsculas, ibas mecánicamente a ella y no te equivocabas: ahora en lugar de las mayúsculas te salen unas flechitas, y tú no quieres flechitas, sino mayúsculas. Y te desesperas. Te acuerdas de los inicios de tu Calvario informático, cuando te pasabas dos horas escribiendo un texto que creías glorioso y luego te tirabas de los pelos porque lo borrabas de una pulsación. Ni tan siquiera sabías que había que dar a uno de esos iconitos diabólicos de las diabólicas barras de herramientas para guardarlo. Qué cruz.

Y por otra la caló, y que te perdonen si insistes. Y el patio. Que cómo está el patio, amigos. Total, que entre unas cosas y otras, telarañas en el cerebro e invitación a ver pasar el verano por la ventana mientras deja que se escurra el tiempo sin escribir nada nuevo.

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No completando los cuentos que tienes a mitad –las musas se han tomado vacaciones- crees que al menos deberías limpiar esas telarañas escribiendo del cabreo nacional. Santo cielo, cuánto corrupto, cuánto mangante, cuánto desatino, cuánto fraude, cuánto abuso, cuánto imbécil. ¿Le tienen que mortificar a uno todos los días recordando la triste suerte de la condición humana? Unos lo hacen porque son periodistas, y deben informar. Otros porque van de moralistas, y tienen que sentar cátedra. Y el pueblo llano porque se sabe soberano, y quiere arreglar todos los días lo que desarregla él mismo el día que mete su voto en la urna y elige a otros que si no cojean de este pie cojearán de  otro.

-La jodienda, con perdón, no tiene enmienda-te apunta Homper.

Seguramente el dicho iba por lo de la fornicación, que crea otro tipo de  hábito, más gustoso, por cierto. Pero también vale para esta otra manera de dar por la retambufa al personal. Imposible no evocar otra vez a Groucho: the more I know the humankind, the more I love my dog.

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Considerando además que te gusta desmarcarte algo del sentir general, has decidido desplazar la dirección de tu ira hacia un tema menor del que no habías escuchado hasta hoy la menor crítica. Se trata de la campaña de publicidad  que bajo el inoportuno slogan de Los problemas de ser rico desarrolla en la radio desde hace meses la Lotería Primitiva. En sus cuñas oímos a un rico y a una rica torturados por problemas tan acuciantes como averiguar a qué hora se encontrará con su pareja en su loft de Manhattan partiendo ambos en su jet privado a la misma hora de distintas mansiones que tienen repartidas por el mundo (cuña 1, la del rico) y cómo puede averiguar la dueña de Fifí en sólo dos pesadas de los ocho diamantes de 24 kilates cuál es el más ligero para engastarlo en el collar de su perrita, no sea que esta vaya a sufrir de las cervicales por pasarse de presumida (cuña 2, la de la rica). Escuchas estas perlas de la comunicación comercial, por ejemplo, entre la noticia de que Caritas no da abasto para tanto indigente hambriento como se acerca a sus comedores y otra que nos recuerda que la severidad de la Comisión Europea con nuestro sector naval va a crear miles de parados más en los astilleros. Imaginas que el merluzo del director de marketing que programó la campaña debió de tener en cuenta que, parafraseando a Larra, hoy, escuchar noticias  en España es llorar. Crees también que el  creativo correspondiente podría haber sido lo bastante sensible como para evitar estas sofisticaciones ingeniosillas sin puñetera gracia. A lo cual, para más inri, también contribuye el insoportable tonillo de los locutores.

Y prometes no comprar nunca más Lotería Primitiva. Si quieren hacer amigos así, que les den.

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Esta vez sí estás indignado y muy indignado. Incluso corriges a Groucho: más amas a tu perro, siempre que éste no sea como la odiosa Fifí de la cuña. Pues, a lo que se ve, además de los  de ser corruptos, necios e incluso ricos, muchos españoles sufrimos también los graves problemas de ser gilipollas.

La mirada del autómata

Las apariencias engañan, pero esta mirada no parecía humana...

Las apariencias engañan, pero esta mirada no parecía humana…

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Caos en tu vida. No lo querías, pero has tenido que cambiar de ordenador. Ha sido un sinvivir. Notabas que las tripas se te rebelaban, no podías conciliar el sueño, porque pensabas  que tirarías por la borda la poca informática que habías aprendido hasta ahora. Por  lo visto cinco años de vida es demasiado para cualquier aparato que hoy se precie. Todos nacen programados para que se conviertan en obsoletos cuando aún los creías niños, así que hale, a sufrir, a hacerte con otro teclado, otros iconos, otros interfaces, que llaman. Nuevos programas, descargas, claves, contraseñas, actualizaciones. Tierra, trágame.

-¿Seré capaz de escribir otro post más?- te preguntas- ¿Cuánto tardarás en implementar (horrible neologismo, por cierto) una nueva entrada en tu blog?

Y además, el verano furioso. Y por si fuera poco, ley de orden en tu casa. Hay que vaciar armarios, embalar libros y objetos, trasladarlos, deshacerse de los trastos inservibles, que son casi todos. Por una parte es una buena oportunidad para calcular el  dinero tonto que gastamos en inutilidades que luego acaban irremisiblemente en la basura. Pero con este calor…

Lo dicho, tierra, trágame.

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Vas al cine para evadirte y sacudirte de encima el insoportable stress de cambiar de ordenata, hacer orden en casa y soportar el calor. Aunque cada día te cueste más encontrar en la cartelera una película que verdaderamente te apetezca.

Después de leer las críticas de El cine según Atticus, que son una guía breve y directa para no equivocarte demasiado, ves La mejor oferta, que te parece, por cierto, también  la mejor oferta cinematográfica de bastante tiempo a esta parte. Por no destripársela al lector te limitarás a contar aquí que es un guión muy inteligente para contar una historia de intriga, amor y lujo que se sale del marco habitual en los thriller. Y además tiene su punto de ternura, algo impensable en un personaje tan snob y antipático como el que encarna el actor Geoffrey Rush. Hay que verla.

En el cine, por cierto, te encuentras al propio Atticus, que no es el abogado de Matar un ruiseñor, sino el pseudónimo de Pepe García Berdoy. Pepe es un señor barbado, rubicundo y de ojos claros, sonriente y con buenos modales. Bien vestido, pulquérrimo, y con eso que las madres de tu tiempo llamaban buen aire, parece un millonario que amasó su fortuna comerciando con el café de Colombia o  comprando a precio de saldo la patente de un tratamiento de llanto de culebra para acabar con la celulitis. Su imagen exporta felicidad. Tal vez por eso, porque no va de intelectual torturado y porque incluso se le entiende casi todo, no llegará a ser un gurú de la crítica, pero le dará igual, porque las celulíticas del mundo le dan para pagarse una semana en el Festival de Cannes con estancia en el Hotel Carlton y cenas ad libitum en restaurantes con muchas estrellas Michelin. Para qué liarnos entonces con una crítica al uso, si no necesita epatar al burgués.

Eso sí, dado que es tan amable hubiera sido muy de agradecer que te esperase a la salida, para preguntarte si te había gustado. El vio otra película en la sala contigua, y pronto nos hará una nueva recomendación.

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Fuera del cine, en un banquillo de los acusados, el protagonista era José Bretón, al que un jurado popular había considerado esa misma tarde culpable del asesinato de sus hijos. Tu horror al hablar de este crimen sólo es comparable al recelo que te inspira la institución del jurado en esa clase de delitos. No entiendes por qué se le adjudica al pueblo esta función y no la de juzgar quién debe pagar el déficit de tarifa de las eléctricas, por ejemplo o las pérdidas por el timo de las preferenciales de la banca. ¿Somos más demócratas porque un ferroviario o una esteticienne decidan la inocencia o la culpabilidad de un presunto asesino? No. Tú crees que lo que somos es más utopistas. ¿Qué especial lucidez va a tener un ciudadano de la calle sobre la de aquellos que se formaron como jueces?

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Pero ves esta otra película siniestra de la vida misma y adviertes que hay un punto de contacto con La mejor oferta. En la película de Tornatore hay otro protagonista además del experto en arte que no es persona, pero sí un extraño personaje. Se trata de un autómata, uno de esos muñecos mecánicos que construían los relojeros del siglo XVIII y que hoy son piezas codiciadas por los coleccionistas de antigüedades. A ti estos autómatas, como los siniestros muñecos de los ventrílocuos, siempre te dieron un poco de repelús. Sobre todo por su cara, de mejillas finas como estucadas, y muy especialmente por sus ojos, generalmente saltones, inquietantes e inspiradores de terror…

Las apariencias engañan, y en ningún caso prefigurarán la sentencia que aún le aguarda a Bretón. Pero tú le viste en el banquillo y a fe que su rostro terso y su gestualidad de esfinge te estremecieron. Te parecían las propias de un hombre sin entrañas, de corazón mecánico. Un muñeco que albergase resortes y ruedas dentadas en lugar de sentimientos, y que proyectara al exterior una mirada tan fría y aterradora como la mirada del autómata.

El calor y el bastón

Pareces un viejo de pueblo recién salido del casino después de ganar tu partida de gilei. Pero eres tú, razonablemente feliz a pesar del calor...

Pareces un viejo de pueblo recién salido del casino después de ganar su partida de gilei. Pero eres tú, razonablemente feliz a pesar del calor…

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Reaparece Homper perplejo de que los mismos que antes ponían el grito en el cielo por el fresco de junio se quejen ahora del rigor de los calores de julio.

-Se lo dije-recuerda visiblemente indignado- Les dije que en este país, digan lo que digan los servicios meteorológicos de por ahí fuera, nadie nos libra de las brasas del verano. Una veces es el anticiclón, otras el polvo sahariano, otras el dichoso cambio climático. Pero la gente erre que erre, qué ruina de verano frío, cuándo llegará el sol. Pues ea, toma sol, toma verano, viva la calorina y a disfrutar de los cuarenta grados.

El sentido común del pueblo es, según él, elementalidad. Y la falta de criterio, que es perdonable al personal, es inadmisible en esos medios de comunicación que prodigan al unísnono el modelo de reportaje populista más irritante y estúpido de todos cuanto tienen como protagonista al llamado pueblo soberano.

-Señora, ¿y cómo combate usted el calor?-le preguntan a una gorda sofocada que se abanica por el canalillo del entrepecho.

-Pues…-aquí duda un poco, no demasiado- Beber mucho agua, mucha sombra, abanico…¡Ah!, y refrescarse en la piscina.

-¿Y a la hora de comer?…

-Pues gazapacho, ensaladilla rusa, mucha fruta…O sea, cosas frías…Muy rico todo, oiga,  y sobre todo beber mucho.

Dice el malvado de Homper que le dan ganas de infiltrarse en estas entrevistas al pueblo soberano y convertirse en terrorista contra la obviedad.

-Pues yo, sobre todo, el ponerme cerca de la calefacción y dormir con mi edredón y mi mantita –le dan ganas de provocar- Y luego, ya al aire libre, buscar mayormente el sol de las tres de la tarde, que es una delicia, y que no me falte el forro polar y el gorro de lana. Y para comer, un buen estofado caliente o unas alubias con chorizo, bien calentitas, eso sí. ¡Y tan ricamente!…

Le descorazona la rutina del comportamiento humano: del pueblo y de los medios. Le descorazona tanto como a ti el calor.

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Se pregunta Homper si los sonetos de amor de Quevedo  o los poemas de T.S. Elliot podrían haberse escrito al implacable calor estival.

-Yo sería incapaz de hacer poesía a más de treinta y cinco grados- proclama como si el mundo esperase de él otro rizo de Calíope, la musa de la poesía- Lo cual me lleva a presumir que todo poeta de tierras calientes es mejor poeta que el de latitudes frías.

No sabes si es esa una frivolidad o un esnobismo más, pero lo cierto es que a ti este calor te ha aplatanado hasta límites insospechados. Y que has tenido que hacer un verdadero esfuerzo para reabrir el blog y dejar una poco trabajada, pero sudorosa, fe de vida. Claro, que tú no eres poeta tropical.

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Y sin embargo admiras a los que desafían al tórrido verano y siguen haciendo su vida como si tal cosa. Tus amigos Ramón y Ana te invitaron a pasar el fin de semana en Cerro Hito, que es una dehesa asentada en el límite noroccidental de Extremadura, a los pies del Almanzor y en la orilla meridional del TiétarEncinas y más encinas esparcidas en un manso mar de pasto hoy amarillo, donde campan a sus anchas dos caballos y seis burros que el dueño exhibe con orgullo. Los burros viven ahí en su Arcadia feliz, pues no tienen otra obligación que pastar, rebuznar y lucir su reluciente pelaje. Los caballos en cambio trabajan algo: Ramón los monta con mucho estilo y de vez en cuando los engancha a un carruaje donde pasea a sus  invitados como si estos fueran personajes elegantes de una película de John Ford.

La alusión cinematográfica no es gratuita. Viene a cuento porque Cerro Hito es rico en horizontes, como las películas del tuerto genial, y está rodeada de latifundios que le permiten a uno sentirse dueño de cuanto abarca su mirada, que es mucho. ¿Por qué recortar ese placer por lo que diga el Registro Civil? ¿Dónde aparece el terrateniente abusón del derecho para recordarle a uno que lo que ve no es suyo? La soledad del campo sin linderos visibles es generosidad que el paseante debe aprovechar.

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Y luego está la noche estrellada, especialmente consoladora cuando el día ha puesto el termómetro por arriba de los 37º. Ramón es diplomático, se ha hartado de viajar por los cinco continentes, ha residido en magníficos hoteles, lujosas residencias privadas y palacios oficiales,  y conoce los lugares más idílicos del planeta, pero mantiene la teoría de que, a pesar de los calores, no hay nada comparable a ese rincón de España donde plantó sus reales. En este tiempo de estío cada día en Cerro Hito tiene su mística. Durante las horas de sol das gracias al cielo por tener una sombra. Y al llegar la noche se las das al propio cielo, por refrescar y seguir punteando con estrellas brillantes los sueños y las dudas que alienta el alma.

No era del todo acertada la teoría de Homper. Incluso en estas jornadas de infierno, por la noche al menos se puede hacer un poquito de poesía.

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Ramón te ofrece como recuerdo un bastón de madera de almez que lleva grabado el nombre de Cerro Hito. Qué buena idea. Tantos regalos inútiles como se hacen  y uno que seguro que usarás. Como es un hombre de protocolo piensas por un momento en el bastón de mando, el de los alcaldes o los generales. Pero luego recuerdas que a él le gusta mucho mandar, y más en su feudo, por lo que concluyes simplemente que es para andar por su campo, que como se ha dicho, es ilimitado.

Saben tanto él como Ana que ya estás para esos trotes, y que los médicos te lo recomendaron para la espalda. Pues muchas gracias y adelante. A pesar de los calores, si hay camino, amigos y bastón, hay futuro.

La honorabilidad del conejo

No tienes claro si los múltiples conejos de la Casa de Campo son buenos o malos mara el medio ambiente...

No tienes claro si los  conejos de la Casa de Campo son buenos o malos para el medio ambiente…

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Al poco de morir Elías Querejeta escuchaste por la radio una entrevista grabada hace algún tiempo, en la que se repasaba su vida y su carrera como productor de cine. Hay famosos estomagantes y otros que van por ahí con aire de ser cualquier hombre: ni por lo que cuenta ni por cómo lo hacen parecen elegidos del destino, sino seres humanos que lo mismo podrían haber ganado un Oscar que tener una tienda de bicicletas o un carrito de helados.

Al productor vasco se le ha de agradecer también esto. Fue una figura fundamental para el cine español, pero en modo alguno el prototipo del productor soberbio y aplastante tipo Szelnik  o Jack Warner. Además reunía la condición de ex futbolista, cosa que admiras mucho, y jugador de la Real Sociedad, que aunque sólo fuera porque probablemente se hizo en la playa de La Conchaqué gozada, jugar allí- envidias más. Un día metió un gol al Madrid de Di Stéfano, y este incluso le felicitó por ello.

Ché, pibe, bonito gol-dijo el fenómeno en uno de esos alardes de elocuencia que le caracterizan.

Metió un gol al Madrid, y por eso le admirarás siempre más incluso que por haber producido La caza, película que dirigió Carlos Saura y que  originalmente se tituló La caza del conejo.

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-¿Pero tú estás loco titulándola así? –le reprocharon los censores franquistas cuando examinaron la ficha de la película- ¿Tú sabes de lo que estás hablando?

Lo recordaba entre risas Querejeta. El creía ingenuamente que se trataba de un roedor, la pieza de caza básica para cualquier cazador, pero para los hurones del pecado y de la incorrección en el cine un conejo no podía más que un sexo femenino. Vade retro, Satanás. Así que eliminaron la palabra maligna y pusieron su alma en paz.

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Te reías tu también mientras dabas un larguísimo paseo esta mañana por la Casa de Campo. En este magnífico parque por el que los madrileños deberíamos estar eternamente agradecidos han proliferado de tal manera los conejos que, de ser cierta la visión de los torquemadas de antaño, tú estarías irremisiblemente condenado al fuego eterno. Aunque sólo fuera por mirón.

-Padre –le tendrías que confesar al padre Bonete-Me acuso de haber visto cientos de vaginas correteando por la Casa de Campo.

-¡Pero hijo!…¿Y no podrías haber evitando tan horrendo pecado?

-Difícil, padre. Si es que se le cruzan a uno por donde pisa…

Pobres conejos. Tan inocentes que eran cuando sólo eran roedores, figuritas de chocolate o personajes de los tebeos y de los cuentos.

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Los jardineros y los horticultores denigran a los conejos por devastadores. Pero estos animalitos son la base de la alimentación de buena parte de la fauna  española. Sin conejos no podrían sobrevivir ni los linces ni las águilas imperiales. O sea, que en este particular, como en tantas cuestiones medioambientales, no se sabe si es mejor la abundancia o la escasez de conejos.

A ti personalmente te hace gracia verlos corretear a tu alrededor como si fueran personajillos de una película de Disney, y lejos de esa metáfora cuartelera que los asocia con el sexo. Más mancha  precisamente el sexo en la Casa de Campo, donde es fácil ver toallitas higiénicas y kleenex usados que  no hablan `precisamente del cuidado de las putas ni de sus clientes por el parque público donde se desfogan. Nadie se mete con ellos, así que harían bien en  poner de moda lo que una buena amiga, dueña de perros, sugería al respecto.

-Si a nosotros nos obligan a recoger las cacas de perros con una bolsita de plástico…¿por qué no imponer también un putibag donde se recojan los desechos de un servicio de prostitución?

Todo sea por el medio ambiente. Y, de paso, por salvar la honorabilidad del conejo.

 


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