Paseando a Miss Daisy, hoy como ayer…

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Comprobar que las montañas, los prados, los bosques y las playas siguen ahí. Que respiras otro aire, y que la piel se humedece y te afeitas mejor. La broma secular sobre el verano capitalino que se contaba antaño se atribuye al marqués de la Valdavia, no se sabe si el duodécimo o el decimosexto, porque ni idea tienes de cuándo data la gracia real de su título.

-Lo malo del verano en Madrid –dicen que decía- es que refresca por las noches.

Irónico el señor marqués.

Por si acaso cambia el sentido de la frase del noble y las noches se niegan a refrescar en el foro, liaste el petate, pusiste rumbo al norte y volviste donde solías los últimos veranos. Tomas buena nota de que esa carretera hacia el verde de los montes y el azul del mar continúa pareciéndote maravillosa, y de que los amigos que hiciste aquí o allá, el verano pasado o hace medio siglo te ofrecen aún hospitalidad y buenos ratos. Casi todo pasa, casi todo cambia, pero algunas cosas, como el gong del reloj de la torre de la iglesia de San Martín de Luiña o el lento languidecer de las olas del mar permanecen. También se muere el mar, decía Federico García Lorca en el último verso de su Llanto por la muerte de Ignacio Sánchez Mejías. Esperamos que aún tarde varias glaciaciones más en callarse definitivamente.

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Desde que nadie depende de ti para despachar el verano te sientes más libre. Crees incluso que podrías pasar de vacaciones, porque es precisamente en verano cuando Madrid se queda más vacío, lo que le añade a la ciudad encanto. Madrid no es Detroit, que según cuentan hoy los periódicos ha perdido en los últimos treinta años más de un millón de habitantes a causa de la crisis. La antigua capital de la industria del automóvil es hoy una ciudad fantasmal y peligrosa. No es lo de Madrid, que sólo se vacía por la canícula de unos cuantos habitantes-yoyó que, lo mismo que se van, regresan. Tú pretendes escapar de las vacaciones burguesas, todos como ovejitas sumisas,  pero al final  te pliegas a la costumbre y acabas de mansueto tomando las tuyas. O vas a algún sitio que desconocías o regresas a lo que ya descubriste hace tiempo. Se suele decir que no hay que volver allí donde se ha sido feliz alguna vez. Tu excusa es que entonces no sabías si lo eras o no lo eras.

-Ah, la felicidad era eso- te dirás sorprendido cuando lo mires retrospectivamente  a través del prisma multicolor que proyectan los años.

La felicidad seguramente nunca es más que eso.

Además tu papel también ha cambiado. Hace treinta y cinco años venías a este valle asturiano como cabeza de una familia de tres niños que iban a descubrir el mar. Desde hace tres años el pretexto es que te gusta ser como el chófer negro de Paseando a Miss Daisy. Ella quiere anticiparse a las vacaciones junto al mar librando de marido por unos días y te sugiere que, dado que a ti te gusta el lugar, necesitas recuperarte de tus alifafes  y tenéis tantas cosas por hablar, le hagas de conductor y os escapéis juntos unos días. A mandar, señora, que para eso estamos.

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Miss Daisy es en realidad Mrs Paloma. No es señorita como la de la película ni tu señora, sino tu hermana. No manda, sino que invita gentil y generosamente a su casa. Y no necesita precisamente chófer, pues lleva muchos años conduciendo como si fuera una Fernanda Alonso cualquiera. Pero ocurre que entre sus incontables virtudes no cuenta precisamente una vista de lince, y que el chapista acaba de dejar su coche más bonito que un sanluis, así que mejor si le conduce alguien que sea un poquito más joven y con menos dioptrías. Lo que ella necesita en realidad es compañía. Sobre todo para que la escuchen, como aquellas ancianitas de la recientemente repuesta comedia de Mihura Maribel y la extraña familia, que alquilaban visitas. Las viejecitas hablaban y los conversadores de alquiler asentían educadamente.

Tanto Mrs. Paloma como tu sois habituales radioyentes (a ti la palabra escuchantes que trata de introducir en nuestro diccionario Pepa Fernández te pone de los nervios, y no la empleas deliberadamente). Sin embargo en las cinco horas de viaje no ponéis la radio, pues todo se lo lleva el repasar vuestras vidas y milagros y los recuerdos de familia. Los F-F tenéis fama de ser poco habladores, sobre todo en casa, pero Mrs. Paloma es una excepción. Ya decías que de las pocas positivas del verano es que en este tiempo te gusta volver do solías. Afortunadamente, la exuberancia verbal de la señora sigue siendo la de siempre.

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Como están por las Luiñas algunas de tus nietas y tu encantadora amiga Margarita Cerame ha puesto a disposición de  tu castigada espalda un sillón plegable, hasta aguantas dos horas en la playa de San Pedro de la Ribera. Más aún: incluso desafiando cualquier regla de la lógica, te bañas. Este año el Cantábrico vuelve a ser el que era. Sus 15 º casi te hacen maldecir a los inventores de los baños de ola. Eso sí, una vez tonificado por el yodo, la sal y la hipotermia dejas la playa y te escapas del castigo playero para dormir la siesta.

También es costumbre que al menos una vez en el verano una mosca, tan sólo una insignificante y vesánica mosca, te fastidie la siesta por la que tanto suspirabas saliendo de ronda por tu cuerpo. Según la leyenda  nihilista doscientas mil moscas no pueden equivocarse, pero una sola sí. La que te quita el sueño lo pagará con su vida al final de la siesta que ella misma frustró, justo castigo a su perversidad. Las crisis económicas hunden hasta ciudades como Detroit, mientras que el cambio climático y otros argumentos ecologistas aún por determinar parece que están minando la población mundial de abejas, pero al parecer con los dípteros no hay quien pueda.

El verano, la mar, el levantarse y mirar al cielo para averiguar si abrirá la niebla, el sonido del reloj de la torre de la iglesia de San Martín despertando al valle, empapar el café del desayuno en ese bollo incomparable que aquí llaman enfilada, algunas vacas y caballos –cada vez menos- que aún motean de vida los verdes prados, la sensación balsámica de que por estos pagos nunca pasa nada. Otra vez paseando a Mrs. Paloma e intentando sacudirte una mosca impertinente que también volverá donde solía. Antaño te abrumaba la rutina estival. Este, por qué será, te reconforta sobremanera que gran parte del hoy sea exactamente igual que el ayer.

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5 Responses to “Paseando a Miss Daisy, hoy como ayer…”


  1. 1 julia julio 21, 2013 en 3:34 pm

    ¡ Qué bien lo has hecho, Duende ! Me parece genial que, con el pretexto de conducir a Mrs. Daisy , te encuentres de nuevo en tu querida Asturias….Mil veces prefiero los veranos en el norte, aunque de vez en cuando nos tengamos que calzar katiuskas.
    Porque en Madrid, aunque encuentro que, hasta ahora, ha habido meses de julio más calurosos, si no te mueves demasiado, o procuras hacerlo antes de las 11 de la mañana, se puede aguantar. Y, tenía razón el Marqués de la Valdavia (a quien conocí personalmente en mis años mozos, y siempre me pareció un “viejo verde”) que lo malo (lo bueno diría yo) que refresca por las noches y podemos descansar….
    Que disfrutes querido Duende, todo lo que puedas, hazme caso. Un abrazo enorme.

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  2. 2 Pemberton julio 22, 2013 en 11:46 am

    Se te ha olvidado comentar que miss Paloma tiene la sonrisa mas “integral” que yo recuerde …con la boca, con la nariz, con los ojos , seguro que no ye vas a aburrir . ¡¡¡

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  3. 3 Ángela julio 23, 2013 en 4:05 pm

    Con moscas o sin ellas, aprovecha la estancia asturiana. Me hubiera gustado verte!!

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  4. 4 zoupon julio 23, 2013 en 4:55 pm

    Tu comentario me recuerda lo que contaba el recordado Antonio Garmendia en el programa de Herrera:

    – ¡Don Antonio, qué hace usted de paseo a las tres de la tarde, si hace 40º a la sombra!
    – Es que yo voy por el sol.

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  5. 5 begoña julio 24, 2013 en 2:02 pm

    Ya quisiera Mrs. Daisy parecerse a Mrs. Paloma. La generosidad es innata en la última. Paloma, ¿me puedes dar unas clases de saber estar y renunciar con una sonrisa y como si no costara, cuando nos veamos en los próximos días de vacaciones? Besos para todos los F-F.
    El Valle de Las Luiñas siempre será un pozo de recuerdos.

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