Archivos para 31 agosto 2013

La ruta de los buscadores de fe

la pequeña iglesia románica de Estaron, una de las muchas que podrían integrarse en esta nueva ruta...

La pequeña iglesia románica de Estaron, una de las muchas que podrían integrarse en esta nueva ruta…

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Los grandes viajeros clásicos iban por el mundo con el afán de descubrir y ser los primeros. Los de ahora, seguís la sendas de otros. Parece que os reconforta, como si no tuvierais la seguridad de que lo que uno avista por primera vez, aunque sea maravilloso, pueda ser de interés general. Si se sabe de personajes históricos que han  ido marcando el camino, mejor. Como que le sacas más partido al viaje, velay lo que es la falta de criterio.

-Donde esté una buena ruta de famosos –piensa el Juan Español turista-que se quite la del Románico, porque al final, detrás de una iglesias de esas medio rota siempre hay una virgen, un santo, un noble o un obispo. Y eso ya lo tenemos muy visto…

En los Pirineos , torpe de ti, no encontraste la senda de Aníbal, que tanto te intrigaba. Te hubiera encantado visualizar in situ lo que imaginabas a partir de una película hollywoodiense que viste de niño, con el inefable Víctor Mature de protagonista. Nada. Ni un solo cartel o folleto publicitario recordando el paso de tu héroe. Sí encontraste en cambio otras huellas menos triunfales de nuestra memoria histórica. En Areu, al fondo de la Vall de Ferrera, varios paneles informativos punteaban las rutas por las que en 1939 escapaban rumbo al exilio francés muchos españoles que habían perdido la Guerra Civil. Lo que no significaba que todos los que se quedaban en España la hubieran ganado.

Esta guerra da mucho argumento a lo largo de la cordillera pirenaica. En Tavascan, último pueblo de la Vall de Cardós también se invita a recorrer los mismos caminos por los que transitaron los perseguidos por el ejército de Franco y los efectivos del Maquis, que hacían incursiones desde Francia y seguían dando batalla porque no se resignaban a perder. El turista puede hacer esas duras marchas de montaña como un saludable ejercicio físico o como un vía crucis de tristes recuerdos. Tú sospechas que el morbo también alimenta a la fe del caminante.

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-Pero ya le digo –insiste el turista prototipo- Donde esté un famoso, que se quiten las barbas de la historia…

La fama hoy es la televisión y el cine. La primera ha generado en los últimos años cantidad de series que sin duda han calado en los gustos de la mayoría de los españoles. A falta de grandes temas de actualidad, las pocas veces que has escuchado la radio este verano te ha sorprendido que varios programas debatieran sobre las series de televisión de los últimos años, y pidieran a los oyentes que contaran cuáles fueron o son sus series favoritas.

Como aquí el más tonto hace relojes dormido, algunas consejerías de turismo han tomado buena nota de este interés público. Una vez que dejaste el Pirineo y te plantaste en la costa asturiana has podido ver en el Concejo de Llanes paneles que ponen en un mapa hasta veintitrés puntos distintos de lo que podría llamarse la Ruta de los Rodajes famosos. Al césar lo que es del césar y a Dios lo que es de Dios: la Santina y Don Pelayo, seguirán siendo los que eran, pero Isabel, el Doctor Mateo, el Gran Hotel, Águila Roja  y las películas de Garci o de Gonzalo Suárez también venden lo suyo. Y no es cosa de desperdiciar un turista por un quítame allá esos pelos  de la historia.

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En el pequeño pueblo de La Granja, a unos kilómetros de Salas, das en uno de tus paseos con un espléndido palacio rehabilitado en el más puro estilo de casona asturiana. Junto a él una iglesia, y rodeando ambos edificios, un frondoso y umbrío parque que cae hacia el valle y rodea un muro almenado. Ves a la entrada un gran cartel que anuncia el Hotel de los Condes de Toreno, pero las puertas para el paso de los coches están cerradas. No te resistes a la curiosidad. Encuentras otra puerta y penetras en el noble recinto con la emoción contenida, esperando ver en el jardín al espíritu de la condesa haciendo macramé o a los de las niñas del conde lanzando al aire su diávolo. Pero sólo ves bajo una pérgola de mármol a un tipo repantigado en una butaca de mimbre mientras habla por su teléfono móvil.

-Perdone –le dices por justificar tu allanamiento de morada- Es que pasaba por aquí quería hacerme una idea de lo que es el hotel…

El tipo del teléfono  te cuenta amablemente que el hotel cerró el pasado invierno. Lo había comprado un grupo sevillano del que supones, por su acento, que él forma parte, pero la crisis pudo con sus buenas intenciones, y ahora está a la espera de un nuevo destino como otro testimonio más del antiguo esplendor de la nobleza. También te dice que en el palacio se instaló durante la guerra el General Aranda, dato que no habías leído en ninguna guía. Seguramente porque las huellas de un general golpista, aunque fuera masón, atraen poco al turista de nuestro tiempo

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Recuerdas en cambio con cierta ternura esas iglesias y ermitas solitarias ancladas desde hace siglos en la piel de España, a mundo olvidadas de casi todos, comprometidas tan sólo con el tiempo y con la historia que se va escurriendo por sus huecos y espadañas. Muchas de ellas medio derruidas, otras desacralizadas, la mayoría visitadas tan sólo el día de la romería de la virgen o el santo a los que están consagradas. Bastantes, definitivamente abandonadas.

Recuerdas la ermita de San Beado en el valle de Unarre, en medio de un monte flanqueado por dos espectaculares cascadas que brillan a lo lejos como dos cintas blancas descolgadas desde las cumbres, la de Santa María de las Neus de Arreu, tan pequeña y humilde en un paraje arrebatadoramente hermoso, el diminuto templo románico de Nasarre, una aldea abandonada hace años en la sierra de Guara. Como ante tantas joyas de nuestra arquitectura religiosa pretérita, te impresionaron su soledad y su silencio. Y se te ocurrió pensar que, puesto que el turismo es en buena parte mitomanía, bien podrían señalarse estos enclaves con una placa que dijera algo así:

En este templo hoy  olvidado habitó Dios y alguno de su corte celestial

Puede que esta Ruta de los Buscadores de Fe –es título provisional-, si no tanto glamour como la de los rodajes famosos, también  tuviera su pequeño éxito entre los creyentes inquietos.

 

De piedras y otras hazañas

Estany o lago de Cabanyes o Cabanes, según se diga en catalán o castellano. Con el protagonismo de sus piedras...

Estany o lago de Cabanyes o Cabanes, según se diga en catalán o castellano. Con el protagonismo de sus piedras…

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Te lo dijo Pepito Grillo, que aparece en tu vida de higos a brevas.

-Deberías advertir al personal que por primera vez en muchos veranos  te aqueja el síndrome del relajo total.

Es cierto. Llevas recorridos muchos kilómetros, habrás dejado atrás muchos pueblos, iglesias, monumentos y parajes por explorar, se te escurren los días sin volcar novedades en tu blog y  ves pasar las vacaciones tan ricamente. No hay sofocos, disgusto ni crispación alguna por no haber hecho esto o lo otro.  Ni siquiera sientes un leve picorcillo de conciencia. ¿Te habrás liberado ya de la ansiedad que definieron como el mal de Stendhal?  Quién te ha visto y quién te ve, tú que siempre creíste que malgastar un minuto sin conocer algo nuevo era un pecado de lesa humanidad.

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Apenas te están interesando  las noticias. No escuchas la radio ni ves televisión. Sabes de las tragedias de Siria y Egipto, de la farsa de Gibraltar o el del pavoroso incendio –los nuestros aparte- que ya ha quemado 62.000 hectáreas de Yosemite Park. Pero los sientes como esos pájaros que ven pasar los coches por la carretera tranquilamente  posados en los cables de la luz.  Adónde vas a llegar.

Tu irresponsabilidad sobrevenida es tal que ni siquiera te importa que Gareth Bale valga noventa o cien millones de euros, ni que la portería del Madrid esté defendida por Diego López en detrimento de Casillas.  Te empeñas en quedar al margen de la polémica nacional por excelencia. Vamos que vamos, osadía la tuya.

-Oye Pepito-le dices- Tanto pasotismo debe de ser grave. ¿Será posible que me haya convertido en un hombre maduro a mi tierna edad?…

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Te preocupan auténticas naderías. Una de tus obsesiones cuando hace tan sólo unos días  andabas por los Pirineos era imaginar a Aníbal siguiendo tu camino. ¿Por qué paso cruzaría esas inmensas moles de piedra? ¿Cómo pudieron moverse por allí sus famosos elefantes? ¿Cómo salvó su tropa la fatiga de esas marchas en los rigores del invierno? ¿Cuántas vidas de soldados y de bestias no exigió su campaña hasta Roma?

-No somos nada- anotas mentalmente.

Y es verdad. Comparas esas lecciones de coraje y de resistencia con tu ascensión al precioso estany de Cabanyes, una marcha de sólo 650 metros de desnivel que a ti te pareció una hazaña, y concluyes que la humanidad se ha convertido con los siglos en una melindrosa señorita.

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Con excepciones, claro. En Benasque, donde pasaste dos jornadas después de dejar les Valls d´Aneu invitado por sobrinos que te cuidan bien, sus amigos montañeros no hablaban de otra cosa que de un fenómeno llamado Killian Jornet, un atleta catalán que tú desconocías hasta anteayer cuyo memorial de records te dejó turulato. Además de ascender corriendo el Mont Blanc y otros picos famosos, el tal Killian completó la llamada Ruta Transpirenaica, un recorrido de este a oeste por las cumbres y los valles de la cordillera que sus zapatos devoraron en etapas de 140 kilómetros/día.

-No somos nada –te confirmó Pepito Grillo.

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La vida de las piedras. De las piedras caparazón  incrustadas en las montañas, de las que han rodado por torrentes y pedreras, de las que han canteado las aguas rabiosas a lo largo de los siglos y yacen en los cauces de los ríos, de las que formaron muralla para contener a las laderas, de las que apuntalan las carreteras y caminos, de las que, colocadas por la mano del hombre forman tantos kilómetros de esas preciosas paredes y muros que el musgo va tapizando y convirtiendo en obra de arte, de las que sostienen casas, iglesias, ermitas. De las que cubren como lápidas el sueño de los justos en esos diminutos y entrañables cementerios paredaños a los templos pirenaicos. De las que han sido talladas para ser bebederos, pilas, fuentes, cruces, ménsulas, canecillos, mojones, incluso mesa y bancada para que descansen en ellas los caminantes, saquen su bocata o su lata de mejillones y repongan fuerzas mientras contemplan el panorama y puede que reflexionen sobre lo que dan de sí esos majestuosos escenarios naturales.

-Incluso al lado de las piedras –te da por seguir lucubrando- …¿qué somos?

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Leíste una vez que Mallory aceptó el tremendo reto de ascender las cumbres del Everest porque la montaña “estaba ahí”, como si le esperase justamente a él y no pudiera resistirse a su invitación. Tú te has peguntado estos días por qué esas montañas y esas piedras que ennoblecen a los Pirineos también te esperaban a ti. Quién las puso, quién las desparramó, quién las cargó, las talló y las ordenó para construir, quién hizo con ellas paisaje e historia. Es otra hazaña asombrosa de la naturaleza, del tiempo y de algunas manos anónimas que completaron su labor.

La vida de las piedras es callada, pero a veces te llega a emocionar. Te dan ganas entonces de agradecerles su belleza y su silencio.

 

Qué verdes eran mis valles

Por uno u otro motivo, todos los valles tienen su encanto. ¿O no?...

Areu, en el fondo de Vall Ferrera. Por uno u otro motivo, todos los valles tienen su encanto. ¿O no?…

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Piensas que seguramente les va a molestar a algunos independentistas intransigentes que lo digas así. Pero lo cierto es que Les Valls D´Aneu están en la comarca del Pallars  Sobirá, y también dentro, buena parte de ellos, del Parque Nacional del Alto Pirineo, que, se diga en catalán o en castellano, pertenece a la provincia de Lleida. A esta, por cierto, ya le han apeado del nomenclátor oficial su castellano topónimo de Lérida, no obstante lo cual continúa integrada en la Comunidad Autónoma de Cataluña, que de no haber cambiado nada esta noche, es parte de España. Como ocurre que tu pasaporte confirma que eres español y algo te toca de este viejo país, y a esto se añade que has estado por allí disfrutando de unas deliciosas jornadas de senderismo por valles de una belleza y, sobre todo, de un verdor apabullante, te has acordado de aquella novela que John Ford convirtió en una maravillosa película. Se llamaba esta Qué verde era mi valle, la recuerdas especialmente porque además contaba una historia que pellizcaba en el corazón. Lo cual te da pie para ampliar su título y aplicarlo a estos privilegiados enclaves de naturaleza pura que llegan a emocionar al alma.

Son por tanto, también, tus valles. Y lo grande es que estaban allí, tantos años esperando a que los descubrieras, sin que demasiada gente te contara que de ninguna manera debías perdértelos. Qué verdes eran tus valles pirenaicos, y cuánto te han impresionado.

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Al fondo de cualquier valle, un pueblecito encantador. Las casas tienen aspecto de centenarias. Sus muros y paredes de piedras pardas llamativamente regulares, como planchadas por no se sabe qué mano poderosa, que las moldeó casi tal que ladrillos. La iglesia, si no románica, coronada su torre por ese tejado de pizarra negra que parece el sombrero de una bruja. La mayoría de ellas, te cuentan, son del siglo XVIII.  Gran parte de la fábrica de piedra de esas edificaciones parece ensamblada sin llaga visible, piedra seca lo dicen en unos sitios, piedra viva lo has escuchado en otros. Las calles pinas, pulcramente encachadas o pavimentadas con alguna concesión al hormigón y al ladrillo árabe, pero siempre incrustadas de algún pedrusco que será como la caspa que le cae rodando por los ríos y nogueras cuando la mano divina sacude las hombreras a los Pirineos. Calles sinuosas, de esquinas a menudo redondeadas, siempre limpias, sin envueltas de helados o de Chupa-Chups por los suelos.

La mara de Deu –te dices asombrado- ¡Qué pulcritud!

Incluso en agosto, apogeo del veraneante mochilero y de pantalón pirata, por las rúas de estos pueblos sólo respira el murmullo del silencio, jaspeado a ratos por el miau de algunos gatos. En Surp, que presume de ser el primer pueblo que celebró elecciones democráticas después de la muerte de Franco, bajo una arcada de piedra que sostiene a una casa asentada a ambos lados de la calle, unos niños juegan a las cartas.

¡Guanya el rey!- dice un nen poniendo un rey de espadas sobre el suelo.

Sorprendentemente, juegan con una baraja española. ¿Cuánto faltará para que la Generalitat maquille a Heraclio Fournier  e imprima una baraja netamente catalana? Después de haber creado la Lotería propia, que tanto escama a la Bruja de Sort…¿a qué esperan estos nacionalistas timoratos para seguir haciendo patria?

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Te llama la atención un detalle amable. Junto a la puerta de la entrada de las casas, suele haber un rótulo con el nombre o el apellido de quien allí vive. Casa Pujadas, Can Ramonet. Casa Bofarull, Casa Masana. Te produce la misma impresión que la primera vez que visitaste Amsterdam, con los enormes ventanales de las casas, siempre las cortinas descorridas, como si sus habitantes anhelaran la luz del sol y quisieran exhibir sin tapujos hasta sus bibelotes más cursis. Te gusta esa ingenuidad de los que creen que su alma es digna de ejemplaridad. No tanto el afán exagerado de marcar su identidad nacional que se ha despertado en los catalanes. En el punto más alto de cada pueblo, un asta donde flamea la senyera. En numerosos balcones y ventanas, la estelada, que no sabes si es historia rescatada del olvido o heráldica oportunista de nuevo cuño. Todos los rótulos en catalán, todas las cartas de restaurantes en la lengua de Mosén Cinto, como si el resto de la humanidad no tuviera derecho a saber lo que va a comer cuando pide una mitjana o unos calçots. Tú no te arrugas, te vales de tu buen oído y de lo que aprendiste del latín y del francés para creer que lo entiendes todo y vacilarles en un catalán macarrónico que a ningún nativo, por cierto, parece disgustarle.

Te acuerdas sin embargo de lo que decía Machado de la Castilla venida a menos .

Castilla miserable/ ayer dominadora/ envuelta en sus andrajos/ desprecia cuanto ignora

Contrario  sensu, la ignorancia  del castellano , que tanto desprecia ell independentismo rampante, le acabará costando caro. ¿A quién beneficia borrarla lengua que más se habla en el mundo? Habrá  cadena humana para celebrar la Diada, y puede que con ello consiga salir en la prensa como si hubieran batido el Guiness Record de las butifarras. Pero aunque estos remotos valles pirenaicos permanezcan igual de idílicos, serán más pobres si el nacionalismo obsesivo sigue cerrando el campo de su mirada.

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Crees que cualquiera de estos valls d´Aneu que has recorrido te encantaría para pasar ahí un tiempo: una semana, un mes, un año. Por ejemplo Areu, al final de la Vall de Ferrera, es un pueblo encantador algo más importante que la mayoría de los que has visitados, y muy completo, por cierto. Aparte de iglesia, bares y algún comercio tiene río, bosques, casas con flores en las ventanas, jardines cuidados, verdes prados ondulados, parques para los niños, campo de fútbol de hierba como el soñabas de niño para jugar con tus amigos. Te planteas entonces si vivir de continuo en uno pueblo tan bonito como este, hundido entres dos cadenas montañosas, reconforta el alma o acaba generando la sensación de aislamiento y un cierto desasosiego. La cuestión se te plantearía al poco tiempo: ¿cómo se ve la vida rodeado de esas  crestas rocosas que hoy limitan tu mirada?

-Oh, bien –te dice Magín, que llegó al pueblo hace sesenta años, se casó con la maestra y desde entonces no salió de allí- Ahora las cumbres están peladas, y las laderas de las montañas verdes. Al tardor (en el otoño) amarillean las hojas, el sol dora las rocas por la tarde, y los árboles se tornasolan hasta  color naranja. Luego en invierno nieva, y los picos parecen modelados de nata y merengue…El panorama parece siempre el mismo, pero nunca es igual.

Te cuenta que vive solo desde que enviudó hace treinta años, que no tiene hijos y que, a pesar de gozar de buena salud  recibe semanalmente la visita de una asistente social. También te confiesa que, cuando no pasea, otea los picos o juega a las cartas con sus amigos, se sienta a la puerta de su casa leyendo La Vanguardia  y mira de reojo al balcón de la casa de enfrente esperando a que salga a tender la ropa su inquilina, que aunque vive en el pueblo trabaja en una tienda de Esterri d´Aneu.

Es muy reguapa, oiga –te subraya sonriendo con picardía- Y como que se dedica a la moda, y debe cuidarse, cada día lava su ropa interior, cada día  tiende sus braguitas y su sostén para secar y cada día sus prendas son de un color distinto…¿E que es macu aixó?

Qué verdes eran tus valles. Y qué verdes son aún, especialmente algunos de ellos.

 

Millonario en la Posada de Lalola

Y aprovechas la quietud que te ofrece la Posada de Lalola para avanzar que te quedan muchas cosas por contar de tu tournée veraniega...

Y aprovechas la quietud de la Posada de Lalola para  recordar que el blog sólo está dormido, no muerto, y avanzar que te quedan muchas cosas por contar de tu tournée veraniega…

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En el día de gracia del Señor del 19 de agosto de 2013 adviertes que tu cabellera se asemeja ya a la de un senador romano de los que salían en Espartaco y otros péplum de la época, y tú mismo reconoces que empiezas a estar pelín ridículo.

Nunca mejor dicho lo de pelín. Parece ser que  las quimioterapias se vuelven juguetonas con el pelo, rizando caprichosamente lo que antes era lacio. Tú, que antes de quedarte calvo como Nosferatu  peinabas tus crenchas lisas al modo clásico, te alarmas pensando que si sigues dejándolas crecer a su antojo pronto acabarás con la testa repolluda, como la de la duquesa de Alba. Ella se lo puede permitir, tú no tanto.

De modo que  aprovechas tu paso por Barbastro, capital del Somontano, para cortarte el pelo.

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No es lo más importante que se puede contar de un viaje de verano, pero es bastante original. Te preguntas cuántos de los escritores de viajes y blogueros del momento harán constar en su dietario que tal día como hoy se han cortado el pelo en la cuna de san Josemaría Escrivá de Balaguer. Te respondes a ti mismo, esperanzado, que ninguno. Supones que la mayoría habrán descrito paisajes maravillosos y vivencias excitantes, lo mismo que tratas de hacer tú habitualmente. Sólo que hoy has reparado en la imprevisibilidad de la vida, y en el encanto de lo imprevisible. La peluquera es una chica con larga melena, esbelta y muy mona, y vive con su novio en Colungo, un pueblecín de la sierra de Guara cercano a Buera, donde has parado tú para rendir visita a tu amigo Miguel Angel, señor de la Posada de Lalola, del que ya hablaste hace tiempo en este blog.

-¿Han trabajado mucho en agosto?- le preguntas a la peluquera por hacerte el simpático.

-Huy, sí. Aquí gracias a los amigos del Opus que vienen a Torreciudad tenemos mucha clientela de verano.

Luego te cuenta que a ella se le está haciendo muy largo el estío, porque aún no ha tomado vacaciones, y no ve el momento de largarse con su cari a las playas de Rota.

No se preocupe –te dice cuando tú le adviertes de los peligros de hacer tanta carretera-Nosotros viajamos en AVE, y luego alquilamos un coche allí.

Te alegras. Te alegras de haberte cortado el pelo en Barbastro, te alegras de que cualquier vida ajena te interese. Y, de un modo homperiano, no sólo te alegras, sino que te sorprendes de que en lo más profundo de la crisis una joven peluquera de provincias viaje con su novio a las playas de Cádiz en AVE y en coche alquilado. Un augur de la economía podría interpretar el dato como un indicio del final de la crisis. Una novelista de las que ahora copan las librerías quizás lo aproveche como comienzo su próximo libro: El verano de la peluquera del Somontano. Compuesto el título así, en dos líneas, y con una portada de ninfa joven sobre las arenas de una playa atlántica ya apunta a best-seller. Hay que ver lo que se descubre viajando.

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Este largo paréntesis ilustra perfectamente tu anarquía bloguera. Has acumulado muchas experiencias gozosas de senderista pirenaico.  Primero en les Valles D´Aneu, luego por dos días en Benasque.  Sigues siendo un nómada en busca de tranquilidad –estos día todo se te ha ido en ver y en asombrarte- para escribir,  y de wi-fi para subir algún nuevo post y  lavar así tu mala conciencia de vago. Crees que tienes muchas cosas que contar.

La primera de todo, y considerando tu condición de convaleciente, la inmensa suerte  de haber recorrido tanta hermosura sin que proteste tu salud.

Pero ayer pusiste rumbo al sur, siguiendo el  curso del maravilloso río Ésera, pasaste por Olvena y por un paraje  de belleza sobrecogedora que se llama el Ventanillo del Congosto y finalmente te detuviste en este hotelito rural donde el posadero, que se hizo amigo tuyo hace años a través del milagro y de la guasa de la radio, te recibe como si fueras un príncipe.

Durante estos días has dormido bien, incluso muy bien. Algunas veces, cierto, has tenido sueños extraños. Hace sólo un par de noches soñaste que habías descubierto en tu herencia familiar dos lienzos de Velázquez, uno de ellos tan grande que permanecía enrollado a la espera de que viniera el de Sotheby´s y tasara el importe de salida de vuestra fortuna.

Esta vez, sin embargo, despertar no fue regresar a la dura realidad, sino todo lo contrario. Continuaste el viaje, seguiste explotando el paisaje de tu país, y el tesoro que es tener amigos con el corazón de Miguel, el ángel del Somontano. ¿Para qué necesitas soñar en ser rico rico, si te sobra con ser afortunado?

 

Esplendor y desmán de los Pirineos

¿Desmán o "instalación" de algún artista genial?...Habrá que averiguarlo, aunque uno prefiriría el paisaje sin más adornos.

¿Desmán o “instalación” de algún artista genial?…Habrá que averiguarlo, aunque uno prefiriría el paisaje sin más adornos.

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Mea culpa. No tienes nada más que hacer, sino disfrutar del verano en un paraíso inhabitual para ti. Todo en él te sorprende, como si fueras un Homper itinerante. Tu único plan es moverte, supervisar montañas, valles, pueblos, arquitectura popular e iglesias. Recorrer caminos, bosques, prados y, de vez en cuando, trochas de cabra. Procurando esquivar ascensiones muy pronunciadas. Senderismo amable, como te ha dado por denominarlo, que es lo que crees recomendable para tu espalda. Mea culpa. Con tan raquítica escaleta de obligaciones lo mínimo que podías estar haciendo para compensar tu molicie es escribir, no hacer tantas pellas en tu blog, dar señales de vida y contar algo interesante de  tu escapada de verano. Pero por primera vez en tu vida has sujetado tus inquietudes en vacaciones y sólo descansas, te cansas andando, regresas agotado y vuelves a descansar. No funciona la tele, no hay wi-fi disponible. Ideal para olvidar que hace sólo unos meses creías que no llegarías a  disfrutar así en los Pirineos.

Y sin embargo, ni aún con tan plácido far niente te estiras y eres capaz de subir algún post nuevo.

Mea culpa –reconoces- Lo malo de abandonarte al ocio total es que a poco que te descuides te conviertes en irrecuperable.

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En el pueblecillo donde te escondes hay diez o doce casas de piedra, la mayor parte de ellas bordas reconvertidas por amantes del esquí que ahora, en verano, tal vez prefieran la Costa Brava. Casi todas las casas están vacías. En lo más alto se yergue una pequeña iglesia con su torre coronada por un tejado en forma de sombrero de bruja, característico de la zona, y, anejo a ésta, un diminuto cementerio un tanto descuidado del que ya conoces a todos sus muertos. Es parte de tu morbo inconfesable. Te gusta escrutar los nombres de los enterramientos, por si entre ellos conectas con algunas de tus raíces catalanas.  La carretera, apenas transitada, pasa por debajo del pueblo, y al otro lado de ella, en el lecho del valle, el vigoroso río  Noguera Pallaresa ha tallado entre rocas una profunda poza de aguas oscuras ideal para bañarse a la temperatura preferida por el bacalao de Terranova. No hay ni bar ni ningún otro establecimiento donde se pueda comprar nada. La paz y el silencio es lo único que llena sus cuatro calles y su –qué ironía de rótulo-  pequeña y entrañable Plaza Mayor.

Por si estos encantos no fueran suficientes, tras tres jornadas soleadas esta noche llueve. No podrás ver a las Perseidas, mala cosa, pero a cambio dormirás con edredón y con la fragancia mojada del bosque entrando por tu ventana. O sea, que no es tu culpa el no escribir. Es que todo invita a relajarte y, si se tercia, soñar que todos los días podrían transcurrir así.

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Cuando no descansas, ni sueñas, ni lees, ni estudias música, ni sales de senderismo en la mejor compañía, te subes al coche y te dejas llevar por carreteras que raramente recogen los mapas.

-Quisiera que me nombraran Inspector General de Pueblos Perdidos y de Carreteras Imposibles-dijiste al llegar a Escart.

Lo dijiste, pero no te nombrarán. Aunque prefieras mil veces más ese cargo que el de ministro.

Escart es uno de esos pueblos perdidos al que se llega por una estrechísima carretera de tres kilómetros que conviene hacer rezando. Rezando para que no se te aparezca un coche de frente, porque entonces o conduces marcha atrás el camino recorrido o te precipitas al   angosto fondo del Valle del Escart, en cuyo caso también viene bien morir rezado. Sin embargo, tuviste suerte, y llegaste al pueblecillo más atrevido y vertical de la península sin que a ningún lugareño se le ocurriera mientras subías bajar a por tabaco a Escaló, que es el pueblo con comercio más cercano.

Del inverosímil pueblo de Escart sale un sendero que conduce a la ermita de Santa María de la Roca, en un risco tan peligroso que sólo mirarlo desde abajo da vértigo. Se te ocurre pensar que los eremitas medievales competían en riesgos por llegar cuanto antes a presencia de Dios. El ermitaño de ésta lo tenía bien fácil: si no alcanzaba con su oración, bastaba con que saliera a hacer pis y diera un paso en falso para encontrarse con Él por la vía rápida.

Ay, Señor, qué fes las de aquellos tiempos. Y cuánto menos rico sería nuestro patrimonio arquitectónico si no fuera por la chifladura de reyes, nobles, santos, monjes y otros poseídos por el afán de quedar bien contigo.

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Te quedas pasmado ante la iglesia románica de San Juan de Isil, que hunde sus cimientos en el mismo lecho del río. A unos kilómetros de aquí, la reciente crecida y desbordamiento del Garona se llevó por delante en Arties muros enteros de otras casas de piedra, hoy apuntaladas por andamios como si fueran un decorado teatral. Pero el  caudaloso Noguera, que lame este singular templo,  parece haber respetado durante siglos su ábside, que sigue ahí incólume, valiente e impasible.  Demostrando entre otras cosas que el románico disponía de muy buenos albañiles, y que el Santísimo es inmune al frío, a las humedades y al reúma. El lugar donde se erige esta joya de piedra es una delicia. Dan ganas de hacerse santo sobre la marcha.

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En otro paseo os cruzáis con un corzo, tan campante en estos pagos de naturaleza exultante. A ti te gustaría avistar a un oso de los veinticinco que viven por aquí. Y aún más que eso, te divertiría ver a un bichito autóctono de cuya existencia no tenías la menor idea hasta que lo descubriste en El hombre y la tierra. Se trata del desmán de los Pirineos, un pequeño y raro híbrido de topo, y ornitorrinco  que tiene su hábitat privilegiado en los ríos de estos valles.

No debe de ser fácil verlo, seguramente no caerá esa breva. Pero incluso en estos pueblos, extraordinariamente bien conservados y restaurados si se comparan con la media nacional, se descubre otros desmanes. En Llavorre, un conjunto de vecinos que en invierno sufrirán lo suyo para montar una partida de cartas, alguien ha plantado varios cadáveres de coches junto a las añosas y nobles casas de piedra de la pequeña villa. Duro golpe para el entorno paisajístico. No te lo explicas, al punto de que dudas si no se tratará de alguna de esas “instalaciones” que se gastan los artistas modelnos, y que, contrariamente a lo que piensas, los del pueblo exhiben con orgullo. Tú por si acaso fotografías ese contraste como curiosidad, y lo subes al blog para que conste que conseguiste ver al menos un desmán de los Pirineos. Algo extraordinario, como te va pareciendo casi todo en este viaje.

 

Lo que da de sí el mapa de España

Uno se pregunta cuántos veranos le harían falta para conocer, aunque sólo fuera muy por  encima, todo lo que ofrece el mapa de España...

Uno se pregunta cuántos veranos le harían falta para conocer, aunque sólo fuera muy por encima, todo lo que ofrece el mapa de España…

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¿Cuánto más vives más sabes?…Tal vez sí, tal vez no. A Homper  le sigue sorprendiendo descubrir a su edad cualquier cosa. Como su margen de ignorancia es infinito, circula por la vida con cara de semitono, que es esa expresión mitad de pasmo mitad de tonto que se le pone a un cantante aficionado cuando tiene que afinar un bemol o un sostenido.

-Tu acuérdate del bobo de Coria, pon su cara y ya verás cómo das la nota justa-le recomendó un veterano compañero de coro.

Desde entonces no deja de mostrarse como el bobo velazqueño en todos los órdenes de la vida. Su abuela le recordaba aquello de nunca te acostarás sin saber una cosa más y, aunque ya no tiene edad, sigue preguntando como un niño.

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Vuelve a ser actualidad el contencioso del Peñón de Gibraltar. Homper, que ya es cuasi perro viejo, se sonríe recordando que en su colegio le enseñaron a cantar una de esas marchas del estilo de Pomporrutas imperiales con un estribillo reivindicativo que clamaba simplemente por un Gibraltar español. Como no podía ser de otra forma.

Franco también dijo aquella frase señera de que Gibraltar caerá como una fruta madura- piensa para sus adentros- Pero el maldito peñón debe de ser como esas ciruelas y nectarinas de los supermercados, que te los venden duras como bolas de cañón y jamás maduran.

Todo es dejá vu, como se señala a menudo en este blog. El  Reino Unido no declinará su arrogancia secular, el gobierno español  dejará bien claro que vale, pero sin abusar ni jalear la demagogia llanita, y al final no llegará la sangre al río. La razón es algo que el espíritu imperial tiende a pasarse por el forro de sus blasones. Por otra parte …¿valdría la pena un malvinazo hoy en la punta sur de Europa?

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También le sorprende a Homper que, una vez autorizadas en las terrazas de verano esos pulverizadores de agua que alivia la calorina ya hayamos puesto el carro antes que los caballos, y la administración se apresure a regularlos para evitar que esas etéreas duchas refrescantes propalen enfermedades como la salmonelosis. Salmonelosis, sí. Otros veranos también saltaba a la palestra la aluminosis que ataca a los edificios. Probablemente esta es igualmente virulenta en primavera, en otoño y en invierno, pero como en verano flojean las noticias se tira de ella y de otros riesgos parecidos para dar pasto a la información, que tiene que llenar las mismas horas de radio y de televisión y los mismos periódicos todos los días del año.

Aunque a Homper y a muchos otros Gibraltar estos problemas no sean precisamente los que les quitan el sueño.

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Nunca tan poco territorio pudo ocasionar tantos conflictos durante tanto tiempo,  piensa el Hombre Perplejo parafraseando a Churchill. Se roza el tema en una conversación que mantiene Homper con su amigo Ramón, que es diplomático y experto en política exterior, pero doctor cum laude en casi todo lo demás. A Homper le saltan las dudas como resortes inesperados, y plantea entonces una que va de topografía, y que le inquieta desde siempre.

-La superficie de un territorio…¿se mide en planta o recoge también los accidentes del terreno?

Homper imaginaba que si el Creador fuera topógrafo, sacaría la plancha, la pasaría por nuestra piel de toro quitándole las arrugas de las montañas y valles como si planchara una sábana y mediría así la auténtica superficie de España. Pero su amigo Ramón le confirma que no, que los planos y mapas se hacen sobre una medición  en planta. Por  lo cual resulta que países como el nuestro o Suiza, de suelo tan accidentado, son particularmente ricos, como bien advirtió el ínclito Bárcenas, pues entre montañas y valles suman muchas más hectáreas que las que refleja su foto satélite.

De eso va, de riqueza natural, de montañas y valles que son auténticos tesoros, de joyas del Románico primorosa y milagrosamente respetadas por el tiempo. De acostarse cada noche sabiendo una cosa más de este país que siempre guarda sorprendentes rincones  en cada hectárea de su territorio. Perdido en algún lugar de los Pirineos, Homper no tiene fácil acceso a internet, pero algo acabará contando en este dietario errático que firma el  Duende.

Un 5 de agosto memorable

Ver amanecer en Madrid y pasear luego por lalguno de sus barros de la periferia tampoco es mal plan para agosto...

Ver amanecer en Madrid y pasear luego por uno de los barrios de su periferia también puede ser un buen plan…

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Llega agosto, Madrid aligera su carga humana y tú tienes que confesar algunas de tus debilidades inconfesables. Reconoces una cierta adicción a varios factores que te ponen plomo en las alas para decidirte a abandonar tu palomar y volar hacia las vacaciones. Uno es el gusto por la soledad y el silencio. Otro es la ausencia de compromisos. Como aquí no hay playa, que bien lo recuerda la canción, te quitas ese cuidado. Como apenas te queda familia y amigos en la villa y corte, nadie te requiere para almuerzo, comida, merienda, cena o copa alguna. Hay días en que ni suena el teléfono. Tienes una cierta inclinación por lo insólito, pero lo insólito insignificante y aburrido, lo que nadie haría por considerarlo absolutamente falto de interés.

Sólo quieres y necesitas andar, porque te gusta y además te mantiene en forma. Y puede parecer una perversión, pero a la vista de que la ola de calor africano ha cedido,  te pones el sombrero, te echas una mochila a la espalda y una vez disfrazado de guiri –sin  la botellita de agua en la mano, por Dios- coges el metro y te vas al pueblo de Vallecas.

Desde ahí volverás andando a tu casa.

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Piensas en lo mal que has organizado tu vida, pero te complaces en tu propio caos. Durante el largo paseo vas repasando los múltiples destinos maravillosos en los que podrías despertar. Claro que desde no todos ellos observarías el amanecer tras las cúpulas y los tejados de Madrid, como haces tú cada mañana.  Día tras día,  la salida del sol se va desplazando en el horizonte hacia la derecha de tu observatorio, buscando su solsticio de invierno. En menos de un mes, en lugar de levantarse entre las siluetas recortadas del Madrid de los Austrias lo hará entre los bloques de ladrillo de los nuevos madriles que se van extendiendo al este  y sur de la capital.

Y qué rápido pasa todo.

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Es imposible caminar con la mente en blanco. En cada paso se frunce un recuerdo, un pensamiento, un deseo, una idea, uno de esos buenos propósitos que jamás se cumplen, una duda. De repente el nombre de una calle te lleva a alguien con el que lo relacionas, y vas mentalmente con esa persona amiga un ratito. Te cruzas con un vecino  de piel oscura, y concluyes que poco se parece ya este paisanaje multinacional al  Madrid suburbial de Galdós.

A propósito de suburbial, incluso a ti te suena anticuada esta palabra. ¿Se podrá seguir utilizando, o es otra de las políticamente incómodas que se debe tapar con un eufemismo?

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Por donde vas sigues ejerciendo tu pasión de diablo Cojuelo. ¿Y quién vivirá en ese piso con las persianas cerradas? ¿También se han ido sus dueños de veraneo? ¿A Torrevieja? ¿A Miño? ¿A Elche de la Sierra? Y la señora esa que tiende la ropa en su terraza…¿se llamará Manuela, Trini, Adela?… Tal vez su nombre sea Olga, o Anouchtka porque en Vallecas hay mucha población rusa. Y marroquí, y búlgara, y rumana. También vallecana, se supone

Desayunas porras en Vallecas. Compras pan de centeno en Vallecas. Y te sientes moderadamente satisfecho, porque al fin haces algo nuevo en tu vida. ¿Mira que si tu extravagancia se convierte en trendic topic? (También reconoces que no estás muy seguro de lo que significa eso de trendic topic. Pero por si acaso cuadra y además mola incurres conscientemente en la gilipollez).

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La entrada en la almendra central de Madrid viniendo desde Vallecas no es lo más elegante de la ciudad. Así que como de lo que se trata es de andar, te desvías hacia el norte en dirección al Retiro, buscas la zona más umbría y solitaria del maravilloso parque y te sientas durante una hora en un banco para leer los periódicos en el IPAD.

Confirmas que en agosto los periódicos son casi totalmente prescindibles.

Continúas el paseo por la Cuesta de Moyano, donde compras cuatro libros por diez euros.  Vuelves a casa, te duchas, comes, te echas la siesta. Te despiertas, tomas un café con hielo, estudias durante dos horas la Pasión según San Mateo de J.S. Bach, que si todo va bien cantarás con tu coro  en el mes de marzo. Después lees El hombre del salto, de Don De Lillo,  una de las gangas compradas en Moyano, haces una cena ligera y acabas el día viendo por la tele Harper investigador privado, una buen thriller protagonizado por Paul Newman en los años sesenta.

Luego te vas a la cama, y lees un poco más antes de que el sueño te venza y apagues la luz.

Resumes mentalmente:  qué pérdida de tiempo, qué plan tan absurdo. Qué domingo tan tonto. Y qué cinco de agosto tan esaborío.  Sin embargo tú, parafraseando al poeta, estás convencido de que hay otros días de verano, pero están en éste. Que, por cierto, casi te parece más original y divertido.


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