Archivos para 29 octubre 2013

Espiados como somos

La imagen y el slogan lo dicen todo. Pero el mérito es del grafista que la firma. Gracias por el préstamo, amigo

La imagen y el slogan lo dicen todo. Pero el mérito es del grafista que la firma. Gracias por el préstamo, amigo

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La globalización de la información genera obsesiones y ansiedades que a veces rozan la histeria. El caso WikiLeaks, el reciente rebote de los aliados de Estados Unidos al enterarse de que el Gran Hermano les espiaba y la sospecha generalizada de que la todopoderosa CIA conoce hasta la marca de los calzoncillos que usamos los españoles han escamado sobremanera a Homper. Ahora nuestro amigo no sólo es un hombre perplejo, sino cabreado. Dice que el espionaje se ha puesto de moda de tal manera que hasta él es víctima de los Philby de nueva generación.

-A mí me han espiado para tratar de venderme un implante capilar- dijo solemnemente la última vez que te lo encontraste.

Por un momento pensabas que le había entrado un puntito de locura. Pero cuando adivinó que estabas a punto de reaccionar con una sonrisa, como diciendo no digas tonterías Homper, te enseñó el documento que confirmaba su sospecha. Se trataba de una carta de la compañía Sanson´s Hair en la que de una forma muy elegante venían a decirle que su coronilla se había despejado de cabello por una alopecia que sus revolucionaria cirugía de implantes podría repoblar fácilmente, devolviéndole la apostura que los años le habían desarbolado.

-Todo por el módico precio- subrayó Homper en un tono que no ocultaba su irritación- de cuatro mil euros. Y avalado por esta fotografía que no se cómo carajo han podido obtener.

La fotografía que Homper te enseñó era ciertamente insólita. Uno guarda fotografías suyas de todas las edades y en casi todas las posturas, pero no recuerda ninguna que haya sido tomada desde un punto de vista zenital. La de Homper era justamente una instantánea disparada por una cámara instalada en el techo de un ascensor y mostraba, efectivamente, a un caballero al que, como dicen los actores, se le veía el cartón. El hombre, vestido elegantemente con un traje a rayas, parecía mirar un retrato enmarcado que tenía en sus manos, y estaba rodeado por otras personas agrupadas estrechamente a su alrededor. Se podía distinguir entre ellas un casco de motorista, una gorra de repartidor de pizzas, varias melenas femeninas, las cabelleras y hombreras de dos hombres más bien trajeados y una cresta punki. Alrededor de la cabeza del supuesto Homper, los espías de Sanson´s Hair habían trazado con un rotulador blanco un círculo, pero ningún otro rasgo significativo podía demostrar que semejante claro capilar le perteneciera a él, y no a otro.

-¿Y cómo sabes que esa calva es la tuya?- preguntaste.

Homper se sacó entonces un bolígrafo el bolsillo interior de su chaqueta y apuntó con él  a lo que sostenía en sus manos. Entonces te diste cuenta de que el cuadro era un retrato de mujer.

-Por ella –dijo tras exhalar un suspiro- Si la conocieras…

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Cherchez la femme…Homper te explicó que el retrato enmarcado que llevaba en las manos y que se adivinaba en la foto traidora era de Dolores, una mujer casi treinta años más joven que él que conoció en una bombonería donde trabajaba como dependienta. No era una mujer cualquiera, no. Algo debía de tener de especial para que a él, curado ya de los melindres del corazón y cercano a la misoginia, le hubiera calado tan hondo. El caso es que desde entonces cada vez que tenía un compromiso social lo solucionaba regalando bombones, lo que le había llevado a trenzar una relación digamos que amistosa, o ligeramente más que amistosa, con ella.

-Imagínate, cuando me descubra esta tonsura que yo ni me podía imaginar –dijo evidentemente apesadumbrado.

Entonces comprendiste que su alarma no venía de ser espiado y acosado por una clínica de implantes capilares desaprensiva, sino de haberse dado cuenta de que aunque el frontal de su cabeza, sus sienes y su nuca lucían buen pelo y él en modo alguno se sentía calvo, le espantaba que Dolores llegara a descubrir la desnudez de su coronilla.

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Homper te arrastró hasta el ascensor donde, a su juicio, habían tomado la fotografía que probaba el espionaje de Sanson´s Hair. Se trataba de un edificio de oficinas de la zona Azca ocupado en la mayoría de sus pisos por una empresa de seguros donde trabajaba su amigo Bartolomé, un aficionado a la pintura hiperrealista que había volcado a un lienzo la fotografía de su admirada Dolores. Homper había ido a recoger el retrato de su musa a la duodécima planta y tanto a la subida como a la bajada había utilizado el ascensor número 3, una máquina Schindler cuyas paredes y techo estaban recubiertas por espejos.

-Es indignante – exclamó en voz alta señalando al espejo del techo, que reflejaba su crispación- Haré que el personal de seguridad lo desmonte y nos muestre la cámara oculta.

-Pero ¿de qué cámara oculta hablas?…¿No te das cuenta de que cualquiera de los que subían contigo en el ascensor podía haber apuntado la cámara de su teléfono móvil al techo para fotografiar disimuladamente tu coronilla?

Homper frenó en seco su berrinche y se quedó pensativo. Entonces recordó aquel día en que se le ocurrió llamar a Dolores desde el cuarto de baño sin darse cuenta de que había activado la videollamada, y de que su musa estaba punto de verle en la muy poco honorable postura de despachar con el señor Roca asuntos mayores. Menos mal que se dio cuenta a tiempo. Pero ni siquiera eso le armó de precauciones contra esta sociedad de la tecnología que se empeña en saberlo todo de todos, y que fabrica, como si fueran chuches, artilugios que nos espían solos y exponen nuestras vergüenzas a la mirada pública.

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-Habrá que actuar siempre como si volara un dron sobre nuestras cabezas –admitió Homper con preocupada resignación- Y procurando evitar que nuestra intimidad nos comprometa…Pero, hablando de otra cosa- añadió llevándose la mano a la coronilla-¿tú aceptarías la oferta de Sanson´s Hair?…

Le dijiste que en tu opinión ese miedo de los hombres a la calvicie es cosa de otro tiempo. Que según las mujeres inteligentes que conoces no es tan importante el pelo como la sesera, y aducen que calvos eminentes como Sean Connery o Ed Harris no han necesitado de implantes ni bisoñés para conquistar corazones femeninos.

-Además, esta es una sociedad de espejos múltiples en los que se refleja todo. Algunos visionarios pretenden hacernos creer que un implante o un retoque estético nos va a convertir en otro mucho más guapo, pero…¿merece la pena abandonar tu imagen de toda la vida si ésta no ofende?…Además, no olvides que nos espían: lo acabaremos sabiendo todo.

Homper te ha acabado haciendo caso. Ha mandado a los de Sanson´s Hair a hacer puñetas. Y no sólo eso. Comoquiera que debía operarse de cataratas y que aprovechando la intervención, que cubre su seguro, el oculista le dijo que podría implantarle unas lentillas que eliminarían de por vida sus gafas progresivas por el módico precio de tres mil euros, se sintió reforzado en su autoestima y rechazó amablemente la oferta.

-Les he dicho que verlo todo perfectamente a todas horas tampoco es tan agradable, con la de cosas horrorosas que hay en la vida. Prefiero seguir llevando las gafas, quitármelas de vez en cuando para descansar y gastarme ese dinero en un viaje a un lugar maravilloso que quizás pagado esas lentillas no vería nunca. Ni bien ni mal.

Homper terminó su historia contándote que lo que le dejó perplejo esta vez fue San Petersburgo.

Lo recorrí  con Dolores de la mano –dijo emocionado- Y me pareció la ciudad más  más hermosa del mundo.

Y añade que se sintió feliz, y que no le importaba demasiado sentirse espiado, porque en todo caso verían  en él al auténtico Homper. Es decir, a un hombre tal cual fue siempre  sólo transformado por el amor de una mujer.

Espérame en el cielo, Manolo

Escobar1

Sigue el desfile. Estás en una edad en que se te mueren hasta los inmortales, y lo peor de todo es que ni siquiera te afecta como crees que te debería afectar. Procesas con naturalidad el instinto de supervivencia: si hay otra vida, seguramente pasará menos tiempo para que te encuentres con el difunto en el más allá que el que pasaría aquí hasta que volvieras a saludarlo.  Así que el muerto al hoyo y el vivo al bollo, o aquí paz y después gloria. Debe de ser que, aunque no lo quieras, se te acorchan los sentimientos. Lo que otros llaman simplemente ley de vida, que como apostillaban los romanos es dura lex, sed lex. Se muere Manolo Escobar y su España sigue a lo suyo. De imprescindibles está lleno el reino de los cielos.

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A ti, reconócelo, la muerte de los famosos te suela afectar poco. Incluso la de aquellos a los que, sin ser amigos tuyos, has conocido de algo. Pero no todos los famosos han sido iguales, incluso en la breve y superficial relación que mantuviste con ellos. Cuando desapareció sigilosamente Tola te dio verdadera pena, porque te parecía un verdadero talento televisivo, una auténtica revolución como presentador incisivo y mordaz, y además fue de los que indirectamente más te ayudó en tu carrera radiofónica. Te entristecía ver que, lejos ya su magnífico Si yo fuera presidente, la gente apenas se acordaba de él. Murió Juan Luis Galiardo y de verdad que lo sentiste, pues después  de haber soportado una bronca suya –por un asunto un tanto divertido- y de haber vacilado con él un par de veces en la radio te parecía un tipo simpático, ingenioso y de gran honestidad intelectual, capaz de convertir su pasado de seductor en una caricatura de la insoportable levedad del ser. No sabes si antes o después también voló Antonio Mingote, que a base de ver sus chistes tantos años era como de la familia, y como otra muerte de buenazos puedes catalogar la de José Luis Borau, personaje que te despertaba infinita ternura y al que recordabas de cuando rodaba para tu agencia spots publicitarios en su casa antes de lanzarse a ser figura del cine.

En ese mismo orden preferente colocas a Manolo Escobar.

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Ni una sola de sus canciones estaría en la lista de tus 500 favoritas. El Ejido, Badalona, Benidorm, su famoso tupé, una troupe de hermanos como palmeros y guitarristas, todo el argumentario de tópicos españolistas en unas letras sin el perfume de Quintero, León y Quiroga…Nada de lo que le ha subido al pedestal de la gloria popular te emociona particularmente, incluso caería en el caleidoscopio del sinete folklórico que hacía en la radio una tal Esmeralda Clamores nacida de tu repertorio. Y sin embargo le admirabas. Admirabas la sinceridad de su vida y de su cante, deseoso siempre de dejar en el aire una fragancia amable y positiva. Admirabas al hombre machadianamente bueno que habitaba en esa alma que respiraba honradez y una casi conmovedora ingenuidad.

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Cuando se le pide a un personaje famoso su participación en una campaña de publicidad es muy normal que éste exija un cojón de mico primero y luego, con la boca chica, cumpla sin dar demasiadas facilidades. Vanitas vanitatis Tú viviste esa misma experiencia con otros personajes públicos, que decían veinte segundos de mensaje para un banco sin cambiar su cara de marmolillo y en una hora de rodaje se llevaban lo que cobraba Curro Romero por una corrida de entonces. Ninguno te había dado las gracias porque te acordaras de él para proponerlo como prescriptor, y, de paso ganarse una pasta. Ya creías que eso era lo normal entre las celebridades. Por eso te sorprendió que unos meses después de acabada una campaña para anunciar los PAC de la Unión Europea a través del Banco Santander en la que aparecía Manolo Escobar cantando desde lo alto de un tractor Billetes, billetes verdes/ pero qué bonitos son, recibieras una llamada de teléfono en tu agencia.

-Hola –te dijeron al otro lado del teléfono- Soy XX, sobrino de Manolo Escobar y su representante. Que mi tío dice que le gustaría ir a hacerte una visita.

Se presentaron tío y sobrino en tu despacho. Y, como si el ilustre cantante fuera un debutante feliz por haber ganado sus primeras pesetas gracias a ti, te abrazó sonriente y ceremonioso.

-Toma-dijo entregándote  un bonito cuadro a pastel- Y muchas gracias por haberte acordado de mí.

Manolo Escobar era un buen coleccionista de arte moderno. No sabes, ni te importa, qué cotización tiene la firma de aquel pastel. Cuando lo miras, sólo piensas en lo que valía el hombre que lo regaló, un ídolo de masas que nunca perdió la perspectiva de la normalidad. Un buen tipo que sabía estar a la altura de su fama.

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En el campo, un poco triste, pero contento de otra parte. No sabes si es por la muerte de Manolo Escobar , pero qué manera de llorar el cielo. Desafías al temporal y sales a pasear bajo la lluvia removiendo los erizos de las castañas por si descubres un boletus. En estas te llama por teléfono tu amigo M.G.

-Qué alegría me da escucharte –te dice- Y menudo el susto que me he llevado…¿Creerás que me han llamado para decirme que habían escuchado por la radio que te habías muerto?…

Desde que va hacer un año pensaste que te podías morir en breve plazo, a ti estos despistes no te dan ningún yuyo. Por lo que te cuentan, hoy Javier Capitán evocaba en su programa de RNE la colaboración que mantuvisteis él y tú con el fallecido Manolo en un programa bastante horribilis de Tele 5. No sabes cómo se expresó Capitán, que no suele hacerse líos, pero alguien lo escuchó a medias, se precipitó en sus conclusiones y creyó que el difunto eras tú, hasta el punto de llamar a tu amigo ya citado para darle el pésame. Que la noticia no sea cierta te da una doble alegría. De una parte, ya te consta que los pocos que recibieron la mala nueva lo sintieron de verdad. De otra, sigues vivo. Y con ánimo para cantarle a tu admirado Manolo Escobar  el bolero aquel de Espérame en el cielo…

Requiem por un mosquito

Cuando crees que puedes dormir feliz, puede aparecer una nueva preocupación en forma de mosquito...

Cuando crees que puedes dormir feliz, aparece nueva preocupación en forma de mosquito…

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Si a tu edad no sientes algún dolor cuando despiertas, dice la sabiduría popular, es que probablemente estás muerto. Tu pregunta derivada: ¿estás muerto también si no pellizca tu conciencia alguna preocupación, por leve que sea?

Amanece un domingo lluvioso en Madrid, hermoso horizonte el del sol apresado entre las nubes y pugnando por mostrar su cara. Y estás vivo caramba. Por la noche, tan mal dormida como te acontece últimamente, soñaste que  estabas en una cafetería y habías pedido un café. Cuando diluías el azúcar moviendo la cucharilla con esa cara de pánfilo que se suele poner en este ritual  te acordaste de que te habías dejado puestas las llaves de la moto. Saliste de la cafetería a toda prisa sin dar explicaciones y sin pagar el café, corriste unos cien metros hacia el lugar donde habías dejado aparcada la Vespa, retiraste las llaves y en ese momento te encontraste con tu cuñada, que salía de su oficina  para desayunar.

-Venga, tómate un café conmigo-te dijo mientras se dirigía a otra cafetería.

Pero los sueños tienen cosas muy raras.

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Que la que te invitaba a un café era tu cuñada era evidente, pues de no ser así no te estarías acordando de ella. Sin embargo tu cuñada es morena como un tizón, y en el sueño era rubia. Más exactamente era Ursula Andress en su primer esplendor, es decir, cuando salía del mar con aquel diminuto bikini blanco y le dejaba al pobre James Bond turulato. En su papel de cuñada curranta, llevaba una blusa de lino y una falda que  se transparentaban ligeramente, y dejaban ver por  debajo el bikini de marras. Estás seguro de que no te equivocaste de personaje, pues aquella imagen de Ursula Andress marcó a tu generación, y no la olvidarás nunca. También lo estás de que era tu cuñada, porque si no no te hubiera tratado con esa familiaridad e invitado a un café. Lo de la personalidad dual es diablura típica de cualquier sueño, y tú lo encontrabas normal.

A ti lo que te preocupaba es que el café que habías pedido en la otra cafetería se estaría enfriando, y además no lo habías pagado.

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No duermes bien. Duermes poco y mal, y encima no eres capaz de sacarle ningún partido a los sueños. Cuando te debatías entre volver a la primera cafetería para pagar el café o a averiguar si al final desayunabas con tu cuñada o con la Ursula Andress de imagen tan  turbadora –incluso más que turbadora-.sentiste el zumbido de un mosquito junto a tu oreja izquierda. Moviste instintivamente la mano, como si fuera fácil atraparlo al vuelo y en plena oscuridad.

-Vaya-pensaste-mosquitos en octubre. El dichoso cambio climático…

Otra motivo de insomnio, el que faltaba. No hubo manera de dormirte de nuevo, ni mucho menos de despachar aquel desayuno tan  singular que te había servido Morfeo. A las 5´15 de la mañana encendiste la luz y te pusiste a leer.

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Cuando llevabas tres páginas volvió a sonar el zumbido del asesino de tus sueños. El mosquito cabrón después de revolotear sobre tu cabeza fue a posarse en la pared, justo encima de la mesilla de noche. Aquí no te pudiste reprimir: estiraste tu brazo y de un sopapo con el dorso de la mano lo estampaste contra la pared.

Ahora la gran preocupación no es tu salud, ni la suerte de tu familia, ni la crisis, ni el cambio climático. Sino qué hacer con esa diminuta mancha roja sobre blanco que ha quedado como muestra del mosquiticidio. ¿Se podrá borrar? ¿Habrá que repintar encima? ¿Mejor convivir con ella y presentarla como una original instalación de arte  moderno? –Legado del mosquito podría ser su título…Da igual. Afortunadamente tienes algún problema, ergo estás vivo.

Esperando a Banksy

Si al menos los grafiteros de tu barrio tuvieran la gracia de Banksy...

Si al menos los grafiteros de tu barrio tuvieran la gracia de Banksy…

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Nadie te quitará esta tranquila tarde de otoño en la que no te llama nadie. Tampoco pulsa el portero automático ningún lector de contadores para pedir que le abras el portal, y ni siquiera te atormentan  los papeles acumulados  en la mesa alrededor de tu ordenador. Que esperen su archivo, qué pereza tan horrorosa da eso de ponerse a ordenar.  Antes habías almorzado  escalibada con  melva y un buen plato de lentejas, todo cocinado por ti, viste el final del Telediario y el pronóstico del tiempo y te dormiste en tu butaca favorita sin llegar a enterarte de si va a llover el sábado. Después de la siesta un café con hielo, música y lectura frente a tu vista de Madrid.

Y el reloj dejando caer discretamente los minutos de la tarde.

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De cuando en cuando levantas la mirada del libro que te traes entre manos y la pones en el paisaje urbano que te ofrece el ventanal. Es un alivio. Porque lo que has observado esta mañana cuando regresabas  al pequeño bloque de pisos donde está tu palomar te ha dejado traumatizado. Esos simpáticos terroristas de la estética urbana que se conocen como grafiteros han perpetrado otro adefesio más en una casa que era discretita y sin pretensiones, pero limpia. Garabatos, signos indescifrables en varios colores, nombres a medio escribir, pintadas hasta en la acera. Los chicos debieron de graduarse en gorrinería urbana cum summa laude. Para que las huellas de  su talento sean  indelebles, los chafarrinones de la vidriera del portal los han marcado con ácido, y ahí quedarán hasta que la comunidad se rasque el bolsillo y pueda pagar otra puerta.  Y se creerán artistas.

Hace falta subir cinco pisos y volver la vista hacia Madrid en una tarde de otoño para olvidar la afrenta.  Pero qué triste es resignarse a la incuria y a la falta de educación.

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Por un Banksy que ha destacado en algunas ciudades americanas e inglesas con la gracia y la originalidad de su street art  -ojo, no tienes claro si eso es otro eufemismo- cuánto gamberro y cuánta ofensa gratuita está obligado a soportar el ciudadano actual a cuenta de los dichosos sprays. Podría ocurrir que la sociedad se rearmara en educación estética, y que los rebeldes inconformistas aprendieran a protestar sin cabrear a tanta gente ni manchar la cara de los edificios. Quizás es soñar: el Ayuntamiento de Madrid  se gasta al año cinco millones de euros en borrar pintadas –no las de tu casa, desde luego-, y no sirve de nada. A diferencia de los músicos callejeros, de los mendigos y de las prostitutas, a los que, por lo visto se les puede reeducar o al menos multar, los grafiteros son invisibles. Y, lamentablemente, inmunes.

Por eso tú te quedas embelesado viendo desde casa cómo languidece la tarde de otoño sobre Madrid. No acude Banksy a maquillar la cara de tu barrio pintarrajeado, más quisieras, pero el crepúsculo no falla. Primero patina de ocre y rojizo las fachadas del Palacio Real y de la Cornisa Imperial, luego cubre con pan de oro el Seminario ya la cúpula de San Francisco el  Grande y finalmente apaga las luces del sol para que la noche tienda mansamente su manto azul sobre la capital. En menos de media hora tus ojos han contemplado un Madrid pintado por Antonio López García, otro de Beruete, otro de luz más desvahída que podría ser de Turner y uno nocturno y fantasmal que le apuntas a Monet. Lo que ensucian los grafiteros y no arreglan ni el Ayuntamiento ni el famoso Banksy, al menos lo hace olvidar por un momento el mágico juego de luces de cualquier tarde.

Un encuentro con Forges

Muchas de las observaciones de Forges te recuerdan a las que hacía tu doña María en la radio...

Muchas de las observaciones de Forges te recuerdan a las que hacía tu doña María en la radio…

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A veces tiras del hilo de un día cualquiera y acabas encontrando un poco de  literatura. Todo empezó cuando las noticias dieron cuenta de que el el bloqueo de la administración de los Estados Unidos podría provocar un batacazo económico treinta y dos veces superior en su cuantía al que supuso la quiebra de Lehman Brothers.  Las gracias de la economía global.  No es justo –pensaste- ¿Por qué  los grandes pelotazos de los ricos sólo tienen repercusión en sus bolsillos y sus ruinas nos arrastran a todos?

Vana pregunta, porque las cosas son como son, y tú qué pito vas a tocar en esto. Así que a vivir, que son dos días.

Advertiste que este en particular era día de macarrones con tomate, chorizo y queso. No sabes qué sienten los demás, pero tú tienes claro que tu cuerpo hay  días de que desea imperiosamente macarrones con tomate, o días de lentejas, o de filetes de gallo rebozados, y momentos de morder desesperadamente un bloque de jamón de York o una tajada de esas grandes  ruedas de queso Emmental  que exhibían las mantequerías antiguas.  En días así,  son esos bocados tu necesidad inmediata, y colmarla,  tu felicidad posible. Bueno, pues el día del miedo al enésimo soponcio económico tu hambre exigía ese plato tan sencillo, pero tan gratificante.

Y te pusiste  a ello.

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Todo fue bien hasta que tuviste que abrir un sobre de queso rallado para esparcirlo  sobre la fuente de  macarrones. Hubo un tiempo en el que abrir cualquier sobre o paquete era algo al alcance de cualquiera, pero desde que el sector alimentario inventó el termosellado de los envoltorios y  esa fuente de cabreos y frustraciones sin límite que llaman abrefácil , ese momento constituye uno de los más delicados y difíciles para la autoestima.

-¿Seré capaz de hacerlo –te preguntaste- o este puto queso rallado me volverá a recordar que soy incapaz también para esto?

Obviamente, el abrefácil se salió con la suya, y no cedió a tus ímprobos esfuerzos. No pudiste liberar el queso rallado hasta que recurriste a las tijeras de cocina, que junto con el cuchillo jamonero tantos cortes te han producido en esa labor sencilla como debería ser sacar un alimento de su envoltorio. El nuevo fracaso te planteaba el dilema de no saber si eras realmente un imbécil o los fabricantes de abrefáciles son lo más siniestro y vesánico de la especie humana.  En ese momento, además,  sentiste dentro de ti a doña María, aquella criatura radiofónica que para casos como éste siempre decía la misma sentencia.

-Esto está hecho de espaldas al pueblo.

 

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La vida es a veces una cadena de casualidades. El día anterior te había llamado la atención el chiste de Forges  sobre abrefáciles que reproduces aquí. Eso coincidió con la llamada una amiga para avisarte de que en el programa de RNE No es un día cualquiera que presenta Pepa Fernández, ella, el propio Forges y ese trasgo genial de finísimo humor llamado Juan Carlos Ortega habían evocado tus años de radio junto con Javier Capitán y Julio César Iglesias, rindiendo un particular y cariñoso homenaje a tus títeres de cabecera como fueron Braulio, Esmeralda Clamores, el padre Bonete y la ya citada gladiadora del hogar.

[Escuchar el programa pinchando aquí, minunto 45 aprox.]

 

–¿Estaré muerto? –pensaste al escuchar sus palabras a través del podcast de RNE a la carta- Porque normalmente sólo se habla de la gente así de bien cuando ya no puede escucharlo…

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También debe de ser casualidad  que el maestro Mingote, y Forges  nacierais el mismo día 17 de enero con algunos años de diferencia. Y casualidad fue que hace dos o tres semanas te lo  encontraras paseando por el centro de Madrid, y que anduvierais juntos un ratito contando vuestros respectivos arrechuchos, a Dios gracias si no vencidos al menos amansados, y hablando de la radio, de las cosas de la vida y de esta costumbre que tenemos los jubiletas –él aún no del todo- de echar a andar cada día para recuperar la ilusión de la salud y aventar los recuerdos.

Te sorprendió la frase con la que te despidió antes de entrar a hacer unas compras en el nuevo Mercado de San Antón.

Pues me alegro mucho de verte así de bien –dijo mientras te daba un apretón de manos y te sonreía- Y te doy las gracias por existir, porque sin gente como tú, te lo digo en serio,  esto sería mucho menos soportable.

Pasmado te quedaste, viniendo aquello de un agudo observador y fabricante  sonrisas inteligentes al que de verdad admiras. No le dijiste que lo tuyo no fue ningún esfuerzo especial por resistir a la enfermedad.

Tampoco le pudiste decir entonces que a pesar de la amenaza del cataclismo económico que nos persigue, y de lo gilipollas que uno se siente por culpa de los abrefáciles, aún te entusiasma pasear por la vida y seguir descubriendo amigos.

 

El concejal y el gorrilla

GORRILLAS APARCANDO COCHES.1

-No joda que yo ganar ahora unos euritos vigilando su coche –dijo el gorrilla abriendo la portezuela -y  ahora  ser ustedes los que querer sacarme setecientos euros. No joda, paisa.

-Tranquilo, Larbi –dijo Serapio saliendo de su reluciente Audi- que algo haremos para que no te perjudique. Pero entiende que la estética y el prestigio de nuestra ciudad no puede tolerar la nefasta imagen que dan algunos de tus colegas…¿Te importa sacarme la bolsa de los palos? Estoy con un dolor de espalda que..

Serapio Martínez, titular de la recientemente creada Concejalía de DEA iba como todos los días a las dos a practicar su swing en el golf del Canal de Isabel II, en tanto que Larbi era uno de tantos marroquíes que controlaban las plazas de aparcamiento de los aledaños y las rondas de los vigilantes, evitando así que sus clientes fueran multados cuando el tiket excedía la hora permitida en la zona reglada..

-Toma –le dijo el concejal depositando dos monedas de euro en la mugrienta mano de Larbi- Y  tranquilo. Ya te he dicho que algo haremos.

La plaza de don Serapio era sagrada. Le garantizaba a Larbi un euro diario fijo de lunes a viernes, que ascendían a uno cincuenta si al señor concejal no le petaba sacar la bolsa del maletero y hasta dos si la plaza quedaba a más de cincuenta metros de la puerta del club y era él el encargado de transportarla en el carrito. Larbi le estaba además muy agradecido porque en la última Cabalgata de Reyes don Serapio le había colocado como palafrenero del rey Baltasar, y además de cuando en cuando le regalaba un par de entradas para ver al Rayo Vallecano.

Alá ser grande, y el señor Serapio ser bueno conmigo –decía el gorrilla en sus diarias oraciones, de hinojos mirando a La Meca Pero aclarar cosa, Señor…¿Qué significa  autoridad española decir “algo haremos”?…¿Poder Larbi fiarse del paisa?

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Serapio Martínez no estaba en la política municipal para figurar ni para valerse del cargo, sino para reformar su querida ciudad y dejar en ella la huella de su talante moderno y progresista. Él fue quien impulsó la creación de la nueva concejalía, y el que más batalló por los objetivos que el argot funcionarial había reducido a tres letras, pero que significaban un ideal ambicioso como reflejó el profundo debate que suscitó su denominación.

-Dignidad, Estética y Armonía –razonó en el sesudo informe a la alcaldesa que abanderaba la causa – Dignidad como la que imprimió a nuestra ciudad el que fue mejor alcalde (entiéndase bien, alcalde, que entonces no había alcaldesas)  de la misma, nuestro Rey Carlos III. Dignidad, en suma, como la que inspira tu bastón de mando. Estética tal cual exige una ciudad moderna a la que, aunque la conjura de los necios le arrebate los Juegos Olímpicos, nadie le podrá privar del tesoro artístico que encierran sus calles, plazas y parques. Y Armonía por cuento el sentido de esta concejalía no se limitará a conseguir que los músicos callejeros no desafinen ni den la tabarra de forma inmisericorde a los madrileños, sino que debe aspirar a armonizar los intereses de todos los ciudadanos con los de aquellos que utilizan la calle como escenario de su oficio o beneficio. Sólo manteniendo un rostro digno, estético y armonioso será la nuestra, en suma, la ciudad ideal que buscan no sólo sus vecinos, sino también  los turistas y, más aún, los poetas.

Cuando el concejal Serapio Martínez escribía esta última frase soñaba que algún día podría figurar en vallas, folletos y carteles publicitarios como un slogan diferenciador que resumía el alfa y el omega de su acción social. Madrid. Para vecinos, para turistas, para poetas. Lo proclamaba orgulloso, frente al espejo. Y no se besaba porque no llegaba.

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No ha sido fácil, pero lo he conseguido – le tranquilizó el concejal al gorrilla sólo dos semanas después- De la misma forma que vamos a regular las actuaciones de los músicos callejeros y a examinarlos para que alcancen el nivel de calidad que exige nuestra capital, el Ayuntamiento ha considerado oportuno dar una oportunidad a los mendigos, a las prostitutas y proxenetas y a los gorrillas como tú.

El gorrilla le miró con cara de bobo.

-¿Paisa?…Larbi no entender.

-Es muy sencillo  A nadie le parece el vuestro el mejor oficio, qué le vamos a hacer. Pero la sensibilidad democrática de este gobierno municipal considera que todo el  mundo, por baja que sea su condición y equivocado su camino, merece una oportunidad –le dijo mientras abría el maletero de su Audi y le invitaba a hacerse con la pesada bolsa de palos- Todo será cuestión de que ejerzan su actividad con el buen gusto y la dignidad que es la divisa de nuestra política.

-¿Y eso cómo se hacer?…

Aquel día al paisa no le dolían los riñones ni la espalda, y era él mismo quien arrastraba su carrito con los palos. Larbi no obstante le acompañó hasta la misma entrada del club, porque entretanto el concejal le contó cómo un gorrilla podría esquivar las rigurosas normas municipales y convertirse en un digno trabajador itinerante de la calle.

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Alguien en la comisión creada al efecto propuso reeducar a estos colectivos marginales ofreciéndoles gratuitamente un MMR, siglas del Master de Menesterosos Refinados. Este master tenía por objeto la instrucción en los modales, el lenguaje y la indumentaria obligados para los aspirantes a ejercer sus trabajos itinerantes en la capital. Aunque el espíritu de la idea fue acogido con entusiasmo se revisó la titulación, pues Serapio objetó que no había  por qué ofenderles llamándoles menesterosos, aunque lo fueran, y mucho, ni tampoco parecía oportuno darle al cursillo categoría de master, título por el que las escuelas de negocios cobraban un huevo a quien podía pagarlo.

-No jodamos –dijo esquivando por un momento el eufemismo- Seamos justos y elegantes, pero sin pasarnos ni hacer agravios comparativos. Con una DTEC estos desfavorecidos salvarán la ordenanza y nosotros el tipo.

-¿Y qué significa eso de DTEC? –le preguntó el secretario de la comisión.

-Muy sencillo- respondió Serapio- Diplomatura de Trabajos Especiales en la Calle…Tampoco hay por qué llamar pobres a los pobres ni putas a las putas, ¿no?

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Como inspirador de la DTEC fue el propio Serapio el encargado de diseñar el programa de la diplomatura.

-Será muy sencillo –le explicó a Larbi el primer día que retomó sus prácticas de golf después de aprobarse la inciativa- Se trata de barnizar vuestro trabajo de cultura y de buen gusto. Humanismo, en suma. Tú no lo entiendes ahora, porque crees que lo más importante para ti es sacar unos euros, y los pides así, sin rodeos ni gracia ninguna. Paisa, aparca aquí y te vigilo el coche, cuando todo el mundo sabe que una vez has sacado tu eurito te tocas los cojones…

-No tocar cojones, paisa- se defendió Larbi ofendido- Yo vigilar…

-Tonterías…Así no esquivarás la multa. Pero si haces el DTEC y aprendes a ejercer tu labor limpio, bien vestido y ofreciendo tus servicios en verso clásico, por ejemplo…Imagínate –dijo deteniendo el paso y poniéndose en actor- Ves que se acerca un ciudadano como yo, con sus palos de golf y tú te expresas así:

Muy buenos días, señor /Juega usted de maravilla/ Pero aparcar junto al golf…/…¡Caramba, qué pesadilla!/ Menos mal que para eso/ Aquí está Larbi, el gorrilla/ ¡Que quedará muy contento/ Si deja una propinilla!

Serapio le quitó la gorra a Larbi y se la puso delante de sus narices, como hacía habitualmente el gorrilla. Pero éste pensó que al paisa le había dado una chifladura, y no supo qué decir.

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Putas vestidas como como damas de una comedia de Moratín ofreciendo su deleite con verbo elegante y culto, pícaros en verso romanceado, chulos zarzueleros amables y graciosos, teatro galante en la calle. Vestir de bonito la realidad y liberar a las buenas conciencias de las miserias que arrastra la miseria. Las intenciones de Serapio Martínez de su concejalía y de su diplomatura eran nobles, aunque las buenas intenciones no fueron suficientes. Al  poco de ponerse en marcha la Diplomatura de Trabajos Especiales en la Calle, el pobre Larbi, desesperado por ser incapaz de declamar ni un solo pareado en la lengua que apenas dominaba, se marchó al campo de Dalías a trabajar en un invernadero. Unos meses después la diplomatura que la Concejalía de Dignidad, Estética y Armonía había puesto en marcha  se suprimió por falta de presupuesto. Y a las pocas semanas de esta decepción, el auto de un juez riguroso imputaba a Serapio por un quítame allá esas cuentas misteriosas, esas firmas comprometidas, esas adjudicaciones sospechosas y esos cohechos totalmente impensables en una conciencia tan sensible y escrupulosa como la suya.

-Pero no hay mal que por bien no venga- pensó el ex concejal en libertad condicional mientras veía aproximarse el reluciente Mercedes de las dos y treinta- Muy buenos días. Señor- empezó a recitar moviendo los brazos reverencial, como un cortesano- Juega usted de maravilla/ –continuó mientras abría el maletero y cogía la bolsa de los palos- Pero aparcar junto al golf/ es toda una pesadilla/ Menos mal que para eso/ está Serapio, el gorrilla/ que le estará agradecido/ si deja una propinilla…

Se salió con la suya. Porque el tipo del Mercedes no le dejó ni uno ni dos euros, como le daba él a Larbi, sino cinco. Y aquel rincón de la ciudad, entre la comedia de pícaro y el drama bufo, si no más digno, estético y armonioso, le pareció al menos más original para iniciar una nueva vida.   

 

¿Es arte o es un paquete?

Estatua en Legazpi1

Hace tiempo que Homper, el hombre perplejo, no contaba en este blog motivos para sus pasmos sistemáticos, pero alega que el  de hoy merece la pena que se conozca.

-Cuestión de coherencia madrileñista -precisa- Resulta que en Madrid se van a inaugurar dos exposiciones sobre el surrealismo. En la Fundación March y en el Thyssen.  Su-realismo, se entiende, por encima, más allá del realismo. Segura que traerán cola, ya verás… Y no es lógico que ignoremos entretanto otras manifestaciones artísticas surrealistas plantadas  en nuestras calles ante la  indiferencia general.

Cuenta que para darle sentido a su paseo mañanero había quedado con su amiga Charo, otra paseante del club de la Osteoporosis, en desayunar un café con churros en la elegantísima Churrería Legazpi, sita en la plaza del mismo nombre de la capital. De vez en cuando a Homper, como a su amiga, les da por darse un baño de realismo social, y se apartan del Madrid de los Austrias o del ensanche bonito que lleva el nombre del marqués de Salamanca para ver otros madriles por los que andar resulta exactamente igual de saludable.

-Las porras eran deliciosas. Y la primera sorpresa–subraya Homper con una sonrisa maliciosa que tiene su coña –fue no ver allí desayunando ni a Cayetana, ni a las Koplowitz ni tan siquiera a Carmen Lomana…Pero no hay mal que por bien no venga-añade mostrando la foto que ilustra este post.

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La foto es de la estatua de un Pegaso montado por un jinete sin identidad conocida. Al caballo, por cierto, le falta un ala.  Se pregunta Homper qué pintará allí, mal plantado en una isleta junto a una farola altísima y sobre un fondo del Madrid feote en el que seguramente no pensaba la alcaldesa Botella cuando invocó el famoso relaxing café con leche. Y tú le cuentas a Homper que probablemente es un resto del grupo escultórico que coronaba el Ministerio de Agricultura,  frente a la Estación de Atocha, que fue sustituido por una réplica en material sintético más ligero porque su peso amenazaba la techumbre del noble edificio. En alguna crónica leíste que las esculturas  vinieron de Italia en tren, y que una de las alas de los pegasos era tan larga que chocó contra la embocadura de un túnel y se partió, lo que podría explicar su estado actual. Pero la curiosidad y el asombro de Homper iba por otros derroteros.

-Agradezco tus referencia histórica -te dice señalando la foto- Mi pregunta es por qué está ahora en la plaza de Legazpi. Y, sobre todo, por qué está envuelta en una tela y atada con cuerdas, como si fuera una de las famosas instalaciones de Christo, el artista ese que empaquetó un puente sobre el Sena y un acantilado australiano…¿Por qué si es así no lo avisan con un cartel diciendo a los que pasan por ahí que se trata de una obra arte? ¿O es que creen que los ciudadanos normalitos tenemos criterio para saberlo?

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A saber. El artista búlgaro Christo Vladimiroff llama a sus creaciones “arte medioambiental”.  O sea, una derivada más de las nebulosas fronteras entre la creación y la simple realidad de los objetos sobre los que sólo planteas un nuevo punto de vista. Entonces le cuentas a Homper lo que viste en la casa de un  coleccionista que abría su particular galería a una serie de amigos sin demasiados conocimientos al respecto. En la muestra dominaba el abstracto, con no pocas piezas del llamado arte povera, que se hace sobre todo con materiales de desecho. Pero la colección estaba repartida por la casa, y en un rincón de la misma alguien había dejado un jamonero con un jamón en el puro hueso. Visto lo cual, uno de los amigos, asturiano de acento muy cerrado, preguntó inocentemente.

-Y esto…¿ye una pata seca o ye arte?

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La misma duda le asaltaba a Homper ante la inexplicable presencia de esa estatua fantasmal.

-No se sabe si espera el traslado a un almacén o la admiración de esos miles de espectadores anhelantes de surrealismo que harán cola en las exposiciones anunciadas. Y debían aclararlo los munícipes, caramba –reclama airado el rey de la estupefacción- Porque así los madrileños vendrían aquí y, además de hacer cultura, probarían las porras de la Churrería Legazpi. Que esas sí que tienen arte, ya te digo…


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