El concejal y el gorrilla

GORRILLAS APARCANDO COCHES.1

-No joda que yo ganar ahora unos euritos vigilando su coche –dijo el gorrilla abriendo la portezuela -y  ahora  ser ustedes los que querer sacarme setecientos euros. No joda, paisa.

-Tranquilo, Larbi –dijo Serapio saliendo de su reluciente Audi- que algo haremos para que no te perjudique. Pero entiende que la estética y el prestigio de nuestra ciudad no puede tolerar la nefasta imagen que dan algunos de tus colegas…¿Te importa sacarme la bolsa de los palos? Estoy con un dolor de espalda que..

Serapio Martínez, titular de la recientemente creada Concejalía de DEA iba como todos los días a las dos a practicar su swing en el golf del Canal de Isabel II, en tanto que Larbi era uno de tantos marroquíes que controlaban las plazas de aparcamiento de los aledaños y las rondas de los vigilantes, evitando así que sus clientes fueran multados cuando el tiket excedía la hora permitida en la zona reglada..

-Toma –le dijo el concejal depositando dos monedas de euro en la mugrienta mano de Larbi- Y  tranquilo. Ya te he dicho que algo haremos.

La plaza de don Serapio era sagrada. Le garantizaba a Larbi un euro diario fijo de lunes a viernes, que ascendían a uno cincuenta si al señor concejal no le petaba sacar la bolsa del maletero y hasta dos si la plaza quedaba a más de cincuenta metros de la puerta del club y era él el encargado de transportarla en el carrito. Larbi le estaba además muy agradecido porque en la última Cabalgata de Reyes don Serapio le había colocado como palafrenero del rey Baltasar, y además de cuando en cuando le regalaba un par de entradas para ver al Rayo Vallecano.

Alá ser grande, y el señor Serapio ser bueno conmigo –decía el gorrilla en sus diarias oraciones, de hinojos mirando a La Meca Pero aclarar cosa, Señor…¿Qué significa  autoridad española decir “algo haremos”?…¿Poder Larbi fiarse del paisa?

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Serapio Martínez no estaba en la política municipal para figurar ni para valerse del cargo, sino para reformar su querida ciudad y dejar en ella la huella de su talante moderno y progresista. Él fue quien impulsó la creación de la nueva concejalía, y el que más batalló por los objetivos que el argot funcionarial había reducido a tres letras, pero que significaban un ideal ambicioso como reflejó el profundo debate que suscitó su denominación.

-Dignidad, Estética y Armonía –razonó en el sesudo informe a la alcaldesa que abanderaba la causa – Dignidad como la que imprimió a nuestra ciudad el que fue mejor alcalde (entiéndase bien, alcalde, que entonces no había alcaldesas)  de la misma, nuestro Rey Carlos III. Dignidad, en suma, como la que inspira tu bastón de mando. Estética tal cual exige una ciudad moderna a la que, aunque la conjura de los necios le arrebate los Juegos Olímpicos, nadie le podrá privar del tesoro artístico que encierran sus calles, plazas y parques. Y Armonía por cuento el sentido de esta concejalía no se limitará a conseguir que los músicos callejeros no desafinen ni den la tabarra de forma inmisericorde a los madrileños, sino que debe aspirar a armonizar los intereses de todos los ciudadanos con los de aquellos que utilizan la calle como escenario de su oficio o beneficio. Sólo manteniendo un rostro digno, estético y armonioso será la nuestra, en suma, la ciudad ideal que buscan no sólo sus vecinos, sino también  los turistas y, más aún, los poetas.

Cuando el concejal Serapio Martínez escribía esta última frase soñaba que algún día podría figurar en vallas, folletos y carteles publicitarios como un slogan diferenciador que resumía el alfa y el omega de su acción social. Madrid. Para vecinos, para turistas, para poetas. Lo proclamaba orgulloso, frente al espejo. Y no se besaba porque no llegaba.

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No ha sido fácil, pero lo he conseguido – le tranquilizó el concejal al gorrilla sólo dos semanas después- De la misma forma que vamos a regular las actuaciones de los músicos callejeros y a examinarlos para que alcancen el nivel de calidad que exige nuestra capital, el Ayuntamiento ha considerado oportuno dar una oportunidad a los mendigos, a las prostitutas y proxenetas y a los gorrillas como tú.

El gorrilla le miró con cara de bobo.

-¿Paisa?…Larbi no entender.

-Es muy sencillo  A nadie le parece el vuestro el mejor oficio, qué le vamos a hacer. Pero la sensibilidad democrática de este gobierno municipal considera que todo el  mundo, por baja que sea su condición y equivocado su camino, merece una oportunidad –le dijo mientras abría el maletero de su Audi y le invitaba a hacerse con la pesada bolsa de palos- Todo será cuestión de que ejerzan su actividad con el buen gusto y la dignidad que es la divisa de nuestra política.

-¿Y eso cómo se hacer?…

Aquel día al paisa no le dolían los riñones ni la espalda, y era él mismo quien arrastraba su carrito con los palos. Larbi no obstante le acompañó hasta la misma entrada del club, porque entretanto el concejal le contó cómo un gorrilla podría esquivar las rigurosas normas municipales y convertirse en un digno trabajador itinerante de la calle.

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Alguien en la comisión creada al efecto propuso reeducar a estos colectivos marginales ofreciéndoles gratuitamente un MMR, siglas del Master de Menesterosos Refinados. Este master tenía por objeto la instrucción en los modales, el lenguaje y la indumentaria obligados para los aspirantes a ejercer sus trabajos itinerantes en la capital. Aunque el espíritu de la idea fue acogido con entusiasmo se revisó la titulación, pues Serapio objetó que no había  por qué ofenderles llamándoles menesterosos, aunque lo fueran, y mucho, ni tampoco parecía oportuno darle al cursillo categoría de master, título por el que las escuelas de negocios cobraban un huevo a quien podía pagarlo.

-No jodamos –dijo esquivando por un momento el eufemismo- Seamos justos y elegantes, pero sin pasarnos ni hacer agravios comparativos. Con una DTEC estos desfavorecidos salvarán la ordenanza y nosotros el tipo.

-¿Y qué significa eso de DTEC? –le preguntó el secretario de la comisión.

-Muy sencillo- respondió Serapio- Diplomatura de Trabajos Especiales en la Calle…Tampoco hay por qué llamar pobres a los pobres ni putas a las putas, ¿no?

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Como inspirador de la DTEC fue el propio Serapio el encargado de diseñar el programa de la diplomatura.

-Será muy sencillo –le explicó a Larbi el primer día que retomó sus prácticas de golf después de aprobarse la inciativa- Se trata de barnizar vuestro trabajo de cultura y de buen gusto. Humanismo, en suma. Tú no lo entiendes ahora, porque crees que lo más importante para ti es sacar unos euros, y los pides así, sin rodeos ni gracia ninguna. Paisa, aparca aquí y te vigilo el coche, cuando todo el mundo sabe que una vez has sacado tu eurito te tocas los cojones…

-No tocar cojones, paisa- se defendió Larbi ofendido- Yo vigilar…

-Tonterías…Así no esquivarás la multa. Pero si haces el DTEC y aprendes a ejercer tu labor limpio, bien vestido y ofreciendo tus servicios en verso clásico, por ejemplo…Imagínate –dijo deteniendo el paso y poniéndose en actor- Ves que se acerca un ciudadano como yo, con sus palos de golf y tú te expresas así:

Muy buenos días, señor /Juega usted de maravilla/ Pero aparcar junto al golf…/…¡Caramba, qué pesadilla!/ Menos mal que para eso/ Aquí está Larbi, el gorrilla/ ¡Que quedará muy contento/ Si deja una propinilla!

Serapio le quitó la gorra a Larbi y se la puso delante de sus narices, como hacía habitualmente el gorrilla. Pero éste pensó que al paisa le había dado una chifladura, y no supo qué decir.

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Putas vestidas como como damas de una comedia de Moratín ofreciendo su deleite con verbo elegante y culto, pícaros en verso romanceado, chulos zarzueleros amables y graciosos, teatro galante en la calle. Vestir de bonito la realidad y liberar a las buenas conciencias de las miserias que arrastra la miseria. Las intenciones de Serapio Martínez de su concejalía y de su diplomatura eran nobles, aunque las buenas intenciones no fueron suficientes. Al  poco de ponerse en marcha la Diplomatura de Trabajos Especiales en la Calle, el pobre Larbi, desesperado por ser incapaz de declamar ni un solo pareado en la lengua que apenas dominaba, se marchó al campo de Dalías a trabajar en un invernadero. Unos meses después la diplomatura que la Concejalía de Dignidad, Estética y Armonía había puesto en marcha  se suprimió por falta de presupuesto. Y a las pocas semanas de esta decepción, el auto de un juez riguroso imputaba a Serapio por un quítame allá esas cuentas misteriosas, esas firmas comprometidas, esas adjudicaciones sospechosas y esos cohechos totalmente impensables en una conciencia tan sensible y escrupulosa como la suya.

-Pero no hay mal que por bien no venga- pensó el ex concejal en libertad condicional mientras veía aproximarse el reluciente Mercedes de las dos y treinta- Muy buenos días. Señor- empezó a recitar moviendo los brazos reverencial, como un cortesano- Juega usted de maravilla/ –continuó mientras abría el maletero y cogía la bolsa de los palos- Pero aparcar junto al golf/ es toda una pesadilla/ Menos mal que para eso/ está Serapio, el gorrilla/ que le estará agradecido/ si deja una propinilla…

Se salió con la suya. Porque el tipo del Mercedes no le dejó ni uno ni dos euros, como le daba él a Larbi, sino cinco. Y aquel rincón de la ciudad, entre la comedia de pícaro y el drama bufo, si no más digno, estético y armonioso, le pareció al menos más original para iniciar una nueva vida.   

 

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3 Responses to “El concejal y el gorrilla”


  1. 1 joselepapos octubre 13, 2013 en 10:22 pm

    Definitivamente duende, eres un genio. No se puede pintar mejor ni con más gracia la estupidez y la ceguera de algunos políticos que nos toca padecer.

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  2. 2 zoupon octubre 14, 2013 en 6:23 pm

    Tu post de hoy, Duende, amén de ser antológico, me recordó una anecdota ocurrida a un amigo sevillano al cual metió el sable un gorrilla. Mi amigo le pidió que al menos le vigilara bien el coche, que estaba nuevo, ante lo que el gorrilla le respondió que haría lo que pudiera, pero que si venía cierto amigo suyo por allí, textualmente, “se iba a ver en un compromiso”.

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  3. 3 José Ramón octubre 16, 2013 en 10:30 am

    Realismo puro.

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