Esperando a Banksy

Si al menos los grafiteros de tu barrio tuvieran la gracia de Banksy...

Si al menos los grafiteros de tu barrio tuvieran la gracia de Banksy…

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Nadie te quitará esta tranquila tarde de otoño en la que no te llama nadie. Tampoco pulsa el portero automático ningún lector de contadores para pedir que le abras el portal, y ni siquiera te atormentan  los papeles acumulados  en la mesa alrededor de tu ordenador. Que esperen su archivo, qué pereza tan horrorosa da eso de ponerse a ordenar.  Antes habías almorzado  escalibada con  melva y un buen plato de lentejas, todo cocinado por ti, viste el final del Telediario y el pronóstico del tiempo y te dormiste en tu butaca favorita sin llegar a enterarte de si va a llover el sábado. Después de la siesta un café con hielo, música y lectura frente a tu vista de Madrid.

Y el reloj dejando caer discretamente los minutos de la tarde.

2

De cuando en cuando levantas la mirada del libro que te traes entre manos y la pones en el paisaje urbano que te ofrece el ventanal. Es un alivio. Porque lo que has observado esta mañana cuando regresabas  al pequeño bloque de pisos donde está tu palomar te ha dejado traumatizado. Esos simpáticos terroristas de la estética urbana que se conocen como grafiteros han perpetrado otro adefesio más en una casa que era discretita y sin pretensiones, pero limpia. Garabatos, signos indescifrables en varios colores, nombres a medio escribir, pintadas hasta en la acera. Los chicos debieron de graduarse en gorrinería urbana cum summa laude. Para que las huellas de  su talento sean  indelebles, los chafarrinones de la vidriera del portal los han marcado con ácido, y ahí quedarán hasta que la comunidad se rasque el bolsillo y pueda pagar otra puerta.  Y se creerán artistas.

Hace falta subir cinco pisos y volver la vista hacia Madrid en una tarde de otoño para olvidar la afrenta.  Pero qué triste es resignarse a la incuria y a la falta de educación.

3

Por un Banksy que ha destacado en algunas ciudades americanas e inglesas con la gracia y la originalidad de su street art  -ojo, no tienes claro si eso es otro eufemismo- cuánto gamberro y cuánta ofensa gratuita está obligado a soportar el ciudadano actual a cuenta de los dichosos sprays. Podría ocurrir que la sociedad se rearmara en educación estética, y que los rebeldes inconformistas aprendieran a protestar sin cabrear a tanta gente ni manchar la cara de los edificios. Quizás es soñar: el Ayuntamiento de Madrid  se gasta al año cinco millones de euros en borrar pintadas –no las de tu casa, desde luego-, y no sirve de nada. A diferencia de los músicos callejeros, de los mendigos y de las prostitutas, a los que, por lo visto se les puede reeducar o al menos multar, los grafiteros son invisibles. Y, lamentablemente, inmunes.

Por eso tú te quedas embelesado viendo desde casa cómo languidece la tarde de otoño sobre Madrid. No acude Banksy a maquillar la cara de tu barrio pintarrajeado, más quisieras, pero el crepúsculo no falla. Primero patina de ocre y rojizo las fachadas del Palacio Real y de la Cornisa Imperial, luego cubre con pan de oro el Seminario ya la cúpula de San Francisco el  Grande y finalmente apaga las luces del sol para que la noche tienda mansamente su manto azul sobre la capital. En menos de media hora tus ojos han contemplado un Madrid pintado por Antonio López García, otro de Beruete, otro de luz más desvahída que podría ser de Turner y uno nocturno y fantasmal que le apuntas a Monet. Lo que ensucian los grafiteros y no arreglan ni el Ayuntamiento ni el famoso Banksy, al menos lo hace olvidar por un momento el mágico juego de luces de cualquier tarde.

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1 Response to “Esperando a Banksy”


  1. 1 kaiamsterdam1 octubre 18, 2013 en 9:45 am

    Sí señor.

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