Archivos para 26 noviembre 2013

Drácula regenerado

Dracula noviembre 13

Como se ve en este relato, no todos los vampiros muerden el cuello de las rubias para mal…

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Ves amanecer en azul y te acuerdas de lo que impactaban en tu infancia las chicas que tenían los ojos azules. Había una que te marcó especialmente. No era de carne y hueso, como te hubiera gustado, sino sólo una foto de portada de uno de los libros de la Editorial PPC con los que en el colegio querían inocularte la virtud y, de paso, iniciarte en la literatura. Todas eran historias ejemplares y edificantes, pero a ti de aquella novelilla piadosa no te quedó ninguna enseñanza moral.  Únicamente se te grabó la imagen guapísima y limpia de la chica de ojos azules.

Parecía un imposible, pero cuando, más por despiste que por cualquier atisbo de vocación, te apuntaste en la Facultad de Derecho de la Complutense, comprobaste que la chica de los ojos azules de la portada existía, y estaba allí. Fue una compañera de curso sobresaliente en casi todo, rubia,  guapa, simpática y muy aplicada. Para más morbo, de vez en cuando aparecía en las aulas vestida de enfermera, pues seguramente hacía ya compatible su vida con la acción social.

Qué mezcla tan turbadora, santo cielo.

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Además, su nombre tenía canción. Ese era otro chollo para las chicas de entonces, llevar un nombre con canción. Cuánto me gusta tu nombre Soledad, María Dolores  te canto un bolero, ¡Ay Maricarmen!, dijeron todos, Adelita en la voz de Nat King Cole, Tell Laura I love her, suplicaba Elvis Presley, Isabel, que cantaba Aznavour, Ramona, versión Paul Anka, Ana María se fue buscando el sol en la playa, Michelle, ma belle... Cualquier chica con nombre en un microsurco tenía más fácil lo de ligar, pues si el chaval que la rondaba era parco de palabras no tenía más que entonar la canción que la cuadraba y mirarla embobado.  Al nombre de esta chica de los ojos azules le consagró un aria nada menos que Leonard Bernstein en West Side Story, aunque a ti te gustaba más un hit romanticote que cantaba por entonces Pino Donaggio: Si chiama María.

Porque sí, se llamaba y se llama María.

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Nunca saliste con ella. Lo vuestro fue una amistad intermitente y duradera engarzada por amigos comunes, por algunos encuentros de compañeros de promoción y por algunas afinidades electivas que os diferenciaban. Entre ellas, last but not least, la fidelidad al Aleti de Madrid. Hace unos meses la chica de los ojos azules, que ya es abuela, pero que sigue ejerciendo como profesora en la Universidad y que pasa sus vacaciones en misiones humanitarias lejos de España, se enteró de tu arrechucho neoplásico. Entonces, se interesó  por tu suerte, te regaló una orquídea blanca y unos libros muy especiales y, supones que para halagarte, dice que decidió leer todas las entradas de este blog desde su estreno. Que Dios le conserve la paciencia y las buenas intenciones.

Y la salud. Porque hace unos días, ella también pasó un mal rato por un quítame allá ese tumor.

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Hay cirugías que prestigian a quien las sufre. Te acuerdas en este punto de tu amigo Félix, al que quitaron unos quistes cerca de la parótida y le dejaron una discretísima cicatriz de banderillero valiente, que no otra cosa quiere decir el noble apellido de Bragado. María también estaba con el alma en vilo, porque lo suyo se le había descubierto en la misma zona, y le advirtieron de que la operación podría afectarle a algunos músculos faciales. Afortunadamente no fue así, como te contó un personaje singular que te salió al paso cuando fuiste a visitarla a la clínica.

-No entres –te dijo el tipo, un caballero de refinado aspecto- La he dejado impecable.

Creías que era el cirujano. Sin embargo, él mismo se encargó de decirte que no, que su nombre era Javier García del Plasma, sexto o séptimo Conde de Drácula, descendiente directo del famoso personaje de Stoker. Te dijo que, harto ya del pesado deber de mantener  la tradición familiar, y enterado de que la chica de los ojos azules, cuyo atractivo traspasaba fronteras, necesitaba una intervención por la zona del cuello, había decidido colarse en el hospital y actuar por su cuenta.

-Se lo he quitado todo –precisó- es cierto que no he tenido más remedio que chuparle algo de sangre, qué le va a hacer uno, pero va a quedar sanísima y tan guapa como en la portada del libro aquél…

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Te confesó que además de haber sido una chica que estaba muy buena debía de ser, efectivamente, una buena mujer. Pues después de haber cumplido con ella como un auténtico Drácula, sentía imperiosos deseos de divorciarse del mal y de regenerarse de la mala fama a la que le obligaba su estirpe.

-No te lo creerás, pero  algo esencial ha cambiado en mí –suspiró mientras abría los brazos al espléndido día de otoño que bañaba Madrid- Ya no le temo al sol. Me apetece vivir como un hombre cualquiera, no dormir más en el ataúd y disfrutar los días. Aún más: la sangre de tu amiga María  me ha ha inoculado tanta sensibilidad por los demás que he fundado el VARBO.

-¿Y eso qué es? –le preguntaste.

-Las siglas de la ONG que voy a difundir entre los de mi especie –dijo con gran solemnidad- Vampiros Arrepentidos y Reconvertidos para Buenas Obras…Mañana mismo vuelo a Africa para volver a empezar. ¿No es maravilloso descubrirse a uno mismo en esta edad tardía?

Y entretanto, la chica de los ojos azules recuperándose del susto. Cosas veredes, Duende, que farán fablar las piedras

 

 

Camisa rústica y castañas asadas

Castañas y nietas1

Sospechas que es algo que le pasa a todo el mundo en esta sociedad de consumo. Un día abres el armario y encuentras algo que no sabes por qué está ahí, qué extraño genio te iluminó cuando lo elegiste, para qué lo comprarías,  en qué estarías pensando. A ti te ha pasado este fin de semana.  Amaneciste en el campo, hacía frío, tiraste del cajón de las camisas reparaste en una de esas de grandes cuadros en algodón grueso que no te pones nunca. Lleva el logotipo ostentoso de Pedro del Hierro, que según dicen es un modisto muy fino, pero en tu imaginario particular este tipo de camisas los leñadores canadienses, los tramperos de Connecticut y esos héroes solitarios de algunas películas del Oeste que se presentan en su pueblecito de Montana y hacen un gran pedido de alambre, púas, martillos y picos para levantar una cerca y proteger sus pastos contra las vacas del malvado Mac Creary, ese antipático ranchero con cuadrilla de matones que además de creer que todo el monte es orégano da por hecho que es de su propiedad.

O sea, estás hablando de una camisa rústica y ligeramente llamativa. Y del por qué demonios la compraste, cuando sabes de sobra que lo tuyo debería ser la sobriedad y la discreción. Lapsus, despistes. Le pasa a casi todo el mundo.

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Un joven de ahora que ha mamado leche de la sociedad de consumo se pondría en tu lugar  una camiseta y le regalaría la camisa de marras al que le repara su Bultaco, que luce un tupé y unos patillones tipo Elvis, pero que los domingos pesca truchas con cucharilla en los ríos de León. O la despiezaría para convertirla en trapos para lustrarse sus botas de tacón cubano. Y a lo hecho, pecho, ni pizca de remordimiento por la mala compra. Lo malo es que tú perteneces a la generación en la que cualquier cosa por la que has pagado dinero debe tener su utilidad, a ser posible la original. Así que, algo a tu pesar, te la pones, te cubres con un chaquetón y te echas al monte.

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Sorprendentemente, como si el hábito hiciese al monje, la camisa a cuadros te ha transmitido energía. Hace un año que no cogías una herramienta de jardín, pero como la mañana fría deja lucir un sol esplendoroso y hay tantas hojas por recoger, y la espalda ya no se te queja, te tienta volver a la acción. Así que te lías a rastrillar, a desbrozar un ratito con la hoz y la horca, y a acumular ramas secas y zarzas para hacer un fuego con ella y quemarlas. Y aunque no aparecen por ahí los Siete novios para siete hermanas para serrar troncos y bailar luego con esas campesinas tan monas de falda vaporosa y pololos, asoman tus nietas, que vienen de recoger castañas en una cestita rosa, todo como muy pastelero y cursi.

Y, cansado ya de tu primera peonada post neoplasiam, te sientas con ellas y asáis castañas sobre las brasas. Salud bien, chicas monas, castañas deliciosas. Hay días que vale la pena hasta ponerse esa camisa horrorosa que no te pondrías  nunca.

Claudia claro de luna

Ilustración prestada de la web www.fotolog.com

Ilustración prestada de la web http://www.fotolog.com

La Justicia se hace imposible de entender para el ciudadano normalito. Mientras en España se pedían siete años de cárcel para una pianista por molestar a sus vecinos teníamos que ver cómo asesinos y violadores múltiples salían de la cárcel antes de tiempo por  un quítame allá no esas pajas, sino la doctrina Parot. La paradoja le fue advertida a este duende por su admirada amiga, la también bloguera  Aldara Fernández de Córdoba, a quien por eso le dedica este cuento.

Lo malo es que, quizás por afán de esmerarse, la historia se le ha ido de las manos, ha olvidado el imperativo de la brevedad y se ha convertido en el post más largo de la historia de este blog. Así que advertido queda el lector. Si tiene prisa, gracias por leer hasta aquí y que pase de largo. Y si necesita garantías de calidad literaria para embarcarse en un cuento de ocho páginas, que acuda a Chejov, a Medardo Fraile o a Alice Munro, que seguro que no le fallarán.

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Cuando veo el eco que ha conseguido en los medios el caso de la pianista de Puigcerdá recuerdo que yo  también tuve una vecina pianista. Mi nombre es Sergio Rosales, y soy un tipo de lo más corriente, un ciudadano de provincias  con buen expediente y un par de idiomas que hace años recaló en Madrid y tuvo la suerte de pillar trabajo  como abogado en una multinacional. Procuro abstraerme de lo que pasa en el mundo para hacer mi vida sin demasiados traumas, pero la historia de esta mujer me toca muy de cerca. Tanto que siento la necesidad de contarla.

Claudia Abendi era una chica bien que vivía en el mismo edificio en el que yo compré una vivienda cuando mi estatus en la multinacional mejoró notablemente. Las torres de más de once pisos tienen la ventaja de que te permiten hacer amigos en el ascensor. Yo empecé a fijarme en ella porque, aparte de ser mucho más atractiva que el conjunto de funcionarios profesionales, licenciados, rentistas acomodados y algún industrial de la ferretería que teníamos como vecinos, me llamaba la atención su actitud, invariablemente seria y circunspecta. Claudia entraba en el ascensor, suspiraba, apretaba el botón del piso 11, abrazaba una partitura con la que parecía proteger sus senos y, mientras duraba la ascensión, iba tamborileando con sus dedos las notas que en ella acababa de aprender al tiempo que tarareaba con la boca cerrada la melodía que supuestamente interpretaría al piano. Doce pisos dan para enunciar los mejores temas de la historia de la música. El más famoso, que es la Oda a la Alegría de la Novena sinfonía de Beethoven, por ejemplo, no dura en su exposición más allá de treinta segundos, así que los cuarenta que tardábamos en llegar al piso 11 le permitían a Claudia tararear por lo bajini todas las piezas que preparaba. Yo la observaba detalladamente.  Al principio permanecía callado, y más cuando coincidíamos con algún otro vecino. Pero poco a poco, a medida que me iba pareciendo más atractiva y más intrigante su vida, fui perdiendo la timidez.

Un día decidí romper el hielo. Cuando las puertas del ascensor se abrían en su planta y Claudia se aprestaba a salir me incliné ante ella y le dije haciéndome el enteradillo.

Rachmaninoff

No- respondió ella como si mi farol no le hubiera hecho demasiada gracia– Albéniz.

Ese día estuvo particularmente seca.  Y mantuvo la misma pose hasta que dos meses después empezó darse cuenta de que le vacilaba. Yo no era un melómano cultísimo, pero mi tía Guillermina, con la que había pasado muchos veranos de mi  infancia, había sido profesora de piano, y después de cenar  gustaba de interpretar a la ligera los temas clásicos más conocidos  que luego yo silbaba por los pasillos. Algunas de las piezas que Claudia tarareaba de memoria cuando volvía del conservatorio  no me sonaban de nada, pero bastantes de ellos me eran familiares. Sin embargo, aunque las identificase, siempre me equivocaba a propósito para provocarla.

Schuman –le anticipé un día con la seguridad de una apuesta infalible.

-No te hagas el tonto- me soltó apuntado la primera sonrisa de complicidad de nuestra relación- Hasta un niño habría adivinado la Marcha Turca de Mozart.

Todo cambió a partir de entonces entre nosotros.

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Un vecino que toca un instrumento te puede parecer un ángel o un torturador, según los casos. De entrada admitiré que me parecen legítimas las quejas de los que soportan a través de los muros y forjados de una casa de pisos sus ejercicios y hasta sus interpretaciones.  Pero no quiero parecer un hombre de mármol, un tipo sin sensibilidad para la música y con pocos escrúpulos para sus artistas. Por eso procuré ser delicado cuando me atreví a dar a Claudia el primer toque de atención. Un día que subíamos solos en el ascensor le sugerí que quizás un buen aislamiento acústico para su piano y tocarlo sólo a determinadas horas sería la mejor forma de evitar problemas con el resto de los vecinos.

-¡Ah!, ¿crees eso?…-me dijo sorprendida como si no concibiera que a alguien le pudiera molestar su piano- Sube a casa y te responderé.

Subimos juntos, me ofreció la única butaca que amueblaba su estudio y sin decir una sola palabra se sentó al piano y empezó a hilvanar sin interrupción el momento musical de Schubert,  nocturnos de Chopin y sonatinas de Mozart con temas de bandas de película y hasta boleros, coplas  y valses de esos esparcen como confettis los pianistas de los hoteles. Yo me quedé fulminado por el encanto de aquel recital. No sabría decir si el virtuosismo de Claudia quedaba más cerca de Lang Lang que de la tía Guillermina, pero ver recorrer sus dedos por el teclado y su rostro habitualmente hierático  suspirando mientras movía la cabeza  y cerraba los ojos, como si entrara en éxtasis, me cautivó. Sumando su calidad como ejecutante a su atractivo personal pensé que me había caído en suerte un ángel.

Seré aún más claro. Lo que hasta entonces era una fría relación con Claudia se convirtió en una rendida admiración por ella, que pronto trenzó entre nosotros  una estrecha amistad. Yo aprovechaba todos los ratos libres que me permitía mi trabajo para hacerme presente en su vida, como si lo más importante que tuviera que hacer fuera prestarle todos esos servicios que acreditan a un buen vecino. Gracias a mi fortaleza física y a mis habilidades de manitas,  tanto le ayudaba a subir la compra como le desatascaba la lavadora, le purgaba los radiadores de la calefacción, le instalaba el nuevo equipo de sonido,  le acompañaba a IKEA si podía, le montaba luego esos muebles imposibles, le colgaba los cuadros, le instalaba las cortinas y hasta le bajaba las bolsas de basura cuando me lo pedía. La recompensa solía ser una copa nocturna fumando un cigarrillo –ella decía que sólo a mí me lo permitía- mientras a despecho de lo que sintiera el resto del vecindario nos cruzábamos miradas encendidas y yo me sentía en el séptimo cielo.

A todo esto, insisto en que Claudia Abendi era muy guapa, espigada, larga  melena rubia,  ojos grises, boca grande y bien dentada, y  nariz levemente aguileña que le daba un cierto aire de mujer mala, lo que a mis ojos aún le hacía más atractiva. Yo tampoco era un tirillas, qué diablos. O sea, que aquellos conciertos nocturnos derivaron naturalmente en cariñosas celebraciones sobre el mullido sofá del salón contiguo. Nos enamoramos. O al menos me enamoré yo. Una noche, después de un revolcón apoteósico, le pedí que se volviera a sentar al piano y que interpretara para mí algo que no le había escuchado nunca.

-Por favor –le dije- toca tema del Claro de luna de Beethoven.

Ya habrán adivinado que no soy un tipo demasiado original ni sofisticado. La verdad es que cuando se lo escuché por primera vez a la tía Guillermina flipé, me pareció el no va más del romanticismo, y pensé que no habría mayor felicidad en el mundo que compartir esa música con la mujer mi vida. Estaba convencido que esa era Claudia, mi bella pianista del 11 B. Pero ella no lo tenía tan claro.

-A mí me pasa lo mismo que a ti- me dijo- Cada vez que lo toco siento que necesito tener cerca al amor de mi vida.

Dejó en suspenso la frase. Y tanto me inquietó que la invité a continuar la explicación con esa pregunta que había escuchado cientos de veces en el cine y en el teatro y que jamás en la vida habría empleado yo.

-¿Y bien?…

-Pues que no estoy segura de que tú seas por ahora el hombre de mi vida.

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Fue un jarro de agua fría, pero no me desanimé. Es la ventaja de ser un alma simple, como creo que es la mía. Todo lo contrario: recordé que había dicho “por ahora”, y pensé que con el tiempo Claudia cambiaría de opinión, y se daría cuenta de que yo merecía sobradamente ese Claro de Luna que me escatimó esa noche.

Al poco tiempo de aquello Claudia heredó de su padrino una buena cantidad de dinero. Lo primero que hizo con él fue sustituir su piano vertical  por un imponente Yamaha de cola. Y a continuación  decidió acometer unas obras en la casa para unir dos habitaciones y convertirlas  en un estudio aislado como yo le había  propuesto. Me pidió entonces que le ayudara a proyectar y a comparar presupuestos. Muy oportunamente, por cierto, pues  desde el  piso octavo hasta el mío, que era el último, todo eran malas caras en el ascensor por su culpa.  Claudia estaba dispuesta a pagar el aislamiento que le recomendaron en el Conservatorio, pero contaba con que yo negociara el precio final y me ocupara de supervisar la instalación.

-Ya sabes –me decía muy tiernamente mientras me mordisqueaba la oreja- Las artistas no servimos para eso…

Y estaba dispuesto a ello. Por amor, uno es así de claro. Sin embargo, y muy a mi pesar, no pude hacerlo. La compañía para la que trabajaba estaba ultimando la compra de una planta de fabricación de sepiolita en Marruecos. Las negociaciones se adivinaban difíciles, y me indicaron que debía desplazarme allí con otro abogado y un auditor para ultimar los términos de la operación y empezar el tira y afloja hasta redactar el contrato final. Dos meses lejos de Claudia. Dos largos mes más esperando escuchar su sonata Claro de Luna.

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A la vuelto me encontré con el presidente de la comunidad  y me contó algo que me dejó estupefacto. Hartos de las molestias producidas por el piano de Claudia sin que esta reaccionara a sus quejas, un buen número de comuneros  habían decidido demandarla por quebrantar su derecho al descanso. Dijo que  cuando Claudia recibió la demanda por exceso de decibelios  su reacción fue furibunda.

-Vaya carácter el suyo –subrayó resoplando su indignación-  Se presentó en la junta que celebrábamos hecha un basilisco, gritando que éramos unos incultos, y usted  en particular un facha celoso…Sí, eso dijo –recalcó con indisimulada mala leche- Facha y celoso.

Yo ni sabía nada del asunto ni, por supuesto, me hubiera sumado a esa demanda de la que ni tenía noticia. Sí empecé a sospechar algo raro en Marrakech cuando traté de hablar con ella a través del SKYPE sin lograrlo, y cuando tras diez correos que le mandé sólo me respondió a uno con extrema frialdad y evasivas, como si aquel triángulo amoroso entre Claudia, el piano y yo sólo hubiera sido un sueño. La realidad es que en mi ausencia, mientras los vecinos se rebelaban contra ella,  Claudia se complicó la vida por culpa del nuevo piano y no llevó a cabo las reformas previstas. Peor aún para mí, porque la causa de todo ella era un afinador que se presentó en su vida como un Superman que hubiera penetrado por la ventana del salón y se hubiera sentado sobre el piano para seducirla.

-Sergio, son las cosas de la vida- me diría después- Me sentó fatal tu marcha, y encima el piano venía con problemas… Y en pleno bajón de ánimo apareció él y….Tuvo que reponer algunos fieltros de los mazos, y limar las piezas…Vino varias veces y no sé, no me lo puedo explicar…

Cuento. Mucho cuento me parecía a mí cuando al fin cantó la palinodia.

Y tanto. El escándalo que escuché nada más salir del ascensor la noche de mi regreso me dio la pista definitiva. El 11 B no sonaba como la digna casa de una pianista, sino como un puticlub. Me alarmé sobremanera. Esa no es mi Claudia, pensé, que me la han cambiado. En lugar de su pulso sereno interpretando delicadamente un nocturno de Chopin o una fuga de Bach, como sonaba cuando me tuve que marchar a Marruecos, lo que salía de allí  eran palmas y risotadas coreando los berridos de un borrracho que cantaba con ella al piano lo que más odio en este mundo: Dale a tu cuerpo alegría Macarena/ que tu cuerpo es pa darle alegría y cosas buenas…

Fue el acabose. Sin llegar siquiera a entrar en casa,  me metí de nuevo en el ascensor, bajé a la calle y salí huyendo despavorido de aquel infierno.

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Esa Claudia Abendi no me interesaba nada. Aquella misma noche llamé a mi mejor amigo, le dije que tenía problemas y le pedí que me acogiera en su casa. Permanecí en ella dos meses, hasta que ya me dio vergüenza parecer un okupa y alquilé un modestísimo apartamento junto a mi oficina.

Allí se puede decir que inicié una nueva vida, volcado desesperadamente en mi trabajo y cerrado a cualquier noticia de mi antigua vecina. Apenas ponía la tele ni la radio, y dejé de leer periódicos. No quería saber nada de ella, sólo deseaba borrarla de mi memoria. Y un año después creía haber suturado aquella vieja herida  cuando , yendo en un taxi,  escuché por la radio un comentario acerca del lamentable caso de Claudia Abendi la pianista encarcelada. ¿Claudia encarcelada?- pensé- ¡No me lo puedo creer! Debí de sentir eso que llaman un vuelco del corazón. Volví a mi apartamento, encendí  el ordenador y por primera vez escribí en el buscador de Google el nombre de mi antigua vecina.  No fue agradable ponerme al día de su desdichada suerte.

Al día siguiente, convencido de que ya no la vería más, dejé el apartamento y volví al piso que  hasta hacía casi dos años fue mi casa.

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Al poco de instalarme de nuevo en el 12 B de  empecé a sentirme incómodo. Las noches sin el piano de Claudia se me hacían insoportables. Me acordaba de aquella película de Visconti en la que un anciano que interpretaba Burt Lancaster vive amargado por las orgías de sus vecinos del piso de abajo y cuando estos se van de la casa descubre que la soledad y el silencio le atormentan aún más, y acaba echando de menos sus pasos y sus voces.  Yo no soy tan sofisticado como aquel personaje, ya lo he dicho, pero sufrí algo parecido. Lo intenté olvidar trabajando como nunca lo había hecho, buscando diversión y entretenimiento con otras chicas y con los amigos y haciendo algún viaje. Esquivando siempre, por supuesto, cualquier noticia  de Claudia que pudiera escocer aún más  mi herida. Seguí sin apenas leer periódicos ni ver telediarios ni poner la radio, y no entraba en más páginas de internet que las que necesitaba para mi trabajo. Sólo una noche en la que el insomnio ya me desesperaba encendí la luz, busqué desesperadamente el botón del ON de mi aparato de radio y conecté con Radio Clásica. También fue mala suerte. Justo en ese momento anunciaban la Sonata Claro de Luna de Beethoven en una interpretación que, para más inri, era del pianista Claudio Arrau.

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Fue demasié pal body. Aquella misma noche salté de la cama, encendí el ordenador y le puse un correo electrónico a Claudia diciéndole que después de tanto tiempo simplemente quería saber algo de ella. Pretendía ser lacónico y distante, pero enseguida me di cuenta de mis palabras traslucían algo más que curiosidad y simple cortesía social. Empecé por decir que me sentía muy dolido de que ella creyese yo me sumara a la acusación particular para llevarla a prisión. Luego le recordé cómo cuando fuimos vecinos había tratado de hacerle la vida más fácil, y de ayudarla en todo lo que pude. Y le confesé que quizás me había equivocado al pensar que aquello pudiera derivar en algo más que una simple amistad.

Eso ya no era un correo, era una carta en toda la regla. Pero bueno, hecho estaba: necesitaba descargar mi conciencia y aliviar mi zozobra.  Y aunque no lo hice, me dieron ganas de añadir como remate lo que cantaba la Piquer en aquella famosísima copla que también tocaba al piano la tía Guillermina: No debía yo quererte, no debía yo quererte…/¡Y sin embargo te quiero!

Debió de intuirlo. Porque su respuesta fue extremadamente cariñosa. Y pronto nuestra comunicación a través de los e-mails y del SKYPE fue tan fluida y cálida como si nada ni nadie nos hubiera separado nunca.

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Punto uno: reconocía que se equivocó conmigo, y que pensó que yo, despechado, había sido el gran agitador de lo que ella consideraba un linchamiento contra la música. Estaba encantada de ver que no había sido así, y  de que a pesar de todo lo pasado, yo siguiera acordándome de ella.

Punto dos: que la conquistó mi cariño y mi afán de ayudarla. Lamentando en este punto haberse abandonado tras mi marcha  a Marruecos y no acometer las obras que habíamos planeado.

-Fue un desastre –reconoció-Y no me extraña que los vecinos se acabaran hartando de mí y de mi piano.

Punto tres: reconoció también que había sido demasiado rigurosa consigo misma, exigiendo a su corazón más pruebas de amor que las que le había ofrecido hasta entonces.

Lloró cuando admitió que  lo estaba pasando fatal en prisión, y que sólo el permiso para tocar en un viejo piano vertical que había en la sala multiusos, y que ella utilizaba mientras las demás reclusas hacían gimnasia, le consolaba.

Seguía llorando cuando recordó que  se le fue la olla con el afinador, un tipo guapo y seductor que se extralimitó en sus funciones, le animó a beber más de la cuenta y a incurrir en el pecado de lesa sensibilidad de aporrear al piano la Macarena a las doce de la noche. Comprendía también que, después de negarme el Claro de Luna de Beethoven, renegara de ella tras semejante sacrilegio.

Y se sorprendió de que yo ignorase el verdadero motivo y el alcance de su condena.

-Se ve que no ha seguido mi caso –me dijo- ¿De verdad crees que me han enchironado por un delito de contaminación acústica?…No fue así. Eso se hubiera saldado con una multa. Lo que me condenó fue no sucumbir a sus malas artes de seductor … Precisamente por negarme a ellas, una noche que estaba borracho perdido y que pretendió abusar de mí yo le frené en seco y le quise echar de casa. El se revolvió, se negó a largarse, redobló su ataque, quiso forzarme  y, como no consiguió someterme, porque apenas se tenía en pie, cogió el busto de Mozart que tenía sobre la chimenea y lo estrelló con toda su furia contra el teclado de mi precioso piano…

Mi cara a través de lo que dejaba ver el programa SKYPE debió de ser un poema. Estaba literalmente estupefacto.

-Y entonces la que me cegué de ira fui yo. ¡Mi piano!… Cogí un hierro de la chimenea, lo levanté con mis dos brazos y lo descargué hasta seis veces sobre él con todas mis fuerzas…Y aquí me tienes: cinco años de reclusión por tentativa de homicidio, y no por pianista pelmaza…

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Ya no me sentía tan solo en el 12 A. Contaba cada día los que faltaban para que Claudia cumpliera su condena. Nos escribíamos mails a diario, una vez a la semana nos hablábamos a través de SKYPE, y una vez al mes acudía a la prisión a visitarla. Un día recibí por correo postal una invitación. La Dirección del Centro Penitenciario para Mujeres tiene el gusto de invitar a Don  Sergio Rosales al recital de piano a cargo de la pianista Claudia Abendi que que se celebrará el próximo 12 en el Salón Multiusos. SRC

Fui muy ilusionado. Junto con la directora y los mandos de la prisión, era el único de entre el público que no tenía la condición  de reclusa ni de familiar de reclusa. El programa era variado: desde las piezas populares que tocaba al piano García Lorca y el Asturias de Albéniz hasta la danza húngara nº 5 de Brahms, la Campanella de Paganini , dos temas del Carnaval de Schuman y varias versiones de canciones regionales y bandas de sonido del cine. Al final del recital el público estaba entusiasmado, y Claudia tuvo que dar propinas. Primero una polonesa de Chopin, y a continuación el Imagine de John Lennon. Cuando ya todos daban por acabado el recital, Claudia se levantó de la banqueta y tomó la palabra.

-Gracias, muchas gracias –dijo con la voz entrecortada por la emoción- este es un día muy especial para mí…Y quiero acabar este recital con una pieza que no he interpretado nunca ante nadie, y que dedico especialmente a una persona muy querida que me apoyó mucho antes de entrar en este centro y me sigue ayudando ahora.

Se sentó de nuevo ante el piano, puso las manos en su regazo y cerró los ojos como esperando que le bajara del cielo un rayo luminoso. Despertó, levantó sus manos para posarlas sobre el teclado y lenta, profunda y amorosamente fue desgranando las notas del primer tiempo de la Sonata para piano nº 14, popularmente conocida como Claro de Luna de Beethoven.

Sólo al final de su ejecución se cruzó una mirada fugaz conmigo. Pero para entonces yo, que, como decía,  soy un tipo muy básico, secaba  con el dorso de mis manos un par de lágrimas indiscretas que se escurrían por mis mejillas. Mientras tanto, soñaba que la misma Justicia  que con tanta generosidad  acaba de liberar a un puñado de criminales me devolvería pronto a la mujer que sólo cometió el delito de amar  a la música y que ahora, al fin, también me amaba a mí.

 

El primer estrago de la Navidad

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No sueles recordar tu pasado publicitario. Sin embargo, la pura curiosidad te obliga a tragar anuncios, y algunos de estos excitan tu sensibilidad sobremanera. Recientemente te ha llamado la atención una campaña de Castilla y León, tierra de sabor. Escuchaste los mensajes de radio y te parecían una tontada, algo que se no se entendía, una señora hablando castellano con acento americano y un par de bobos diciendo cosas ininteligibles con ese tono que ponen los titiriteros del Retiro cuando sale el ogro o la bruja. Un espanto sin maldita la gracia. Luego viste un día un spot de dibujos animados de la misma campaña y comprendiste que las cuñas sólo eran su banda de sonido. Eran vacas las que hablaban, lo que no se adivina escuchando la radio. Los creativos no tuvieron en cuenta este pequeño detalle, pero a los que pagan la campaña no pareció importarles la cosa. Incompetencia. Irresponsabilidad.

Ahora, peor es lo del spot de la Lotería de Navidad. Hará más de treinta años que tus compañeros de Clarín inventaron el Vuelve a casa de Navidad, cuando aún era original que la publicidad jugara con las emociones, y los spots de El Almendro pellizcaban el corazón de la honrada clase media. Ahora uno de los anunciantes más potentes, una da las campañas inevitables que a la gente le suele gustar quiere exprimir el mismo zumo sentimental para que compremos Lotería Nacional. Y como gran aportación a la historia de la publicidad se le ocurre inventar una inenarrable cursilada que cierra un Raphael que parece un miembro de la familia Monsters entonando el sonsonete de Los Niños de San Ildefonso.

-Santa Coloma parió por un deo, y no me lo creo- dijo tu amigo Homper con los ojos fuera de las órbitas al ver el spot.

A ti no te gusta hablar mal, pero cojones con la nueva creatividad. Tanta modernidad para esto. Casi te dan ganas de gastar tu presupuesto de lotería en beber para olvidar.

Escribir aunque sea sin motivo

Amores otoñales1

Te pasa que estás escribiendo un cuento y te está costando acabarlo lo que no está en los escritos. Hace años pensaste que sólo escribirías lo que se te fuera ocurriendo, sin más. Sin plan previo, sin esquemas, sin más método que improvisar sobre la marcha. Así has completado la mayoría de los posts de este blog. Pero he aquí  hace unos días una amiga que escribe muy bien y también es bloguera te mandó un mensaje: Siete años de cárcel por tocar el piano. Se merece un post del Duende!!! Te dio rabia, porque ya habías pensado que el asunto daba mucho de sí, y hubieras preferido abordarlo motu proprio, sin que nadie te invitase a ello. Ya lo tenías medio pensado, un cuentecillo corto al hilo de la actualidad, como te gusta. Ahora, después de la sugerencia de tu amiga, sientes más responsabilidad.

-Gracias por la sugerencia- le respondiste- Si escribo una historia a cuenta de este suceso te la dedicaré.

Desde entonces escribes y escribes y, por primera vez, te corriges. Más responsabilidad. La historia se te está complicando: añades, quitas, cambias las frases de sitio. De repente ves a tu amiga como si fuera el ojo de Dios aquel que vigilaba los actos de un niño en las ilustraciones del Ripalda. Madre, qué nervios si luego el cuento resulta una birria.

Por tercera noche en el fin de semana lo has revisado y adviertes en él varias incoherencias. Querías cerrarlo hoy, pero no puede ser. Y aunque anhelas la cama, recuerdas que si lo dejas así, tu blog se quedará en blanco un día más. Qué deshonor para ti, que cuando lo estrenaste subías un post casi a diario.

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Y entonces decides escribir unas líneas sobre las hojas muertas, a las que el pasado siglo alguien dedicó una maravillosa canción (Edit Piaf, Yves Montand). Las observabas esta mañana desde la ventana desparramadas sobre el césped, del amarillo vivo al cinabrio, pasando por el color siena, y te preguntabas por qué esas hojas muertas te dan una tan intensa sensación de vida. Cómo la muerte de una hoja puede ser tan elegante, tan bella, desde su caída final hasta que su carne vegetal se pudre y se funde con la tierra para enriquecer ésta y propiciar que nazcan otros árboles y plantas. Te quedabas embobado, admirando esa película tan hermosa que proyecta todos los años el otoño.

Y apuntas en tu libro de notas invisible: motivo tres mil ochocientos setenta y cuatro para sentirte moderadamente contento. Hojas caídas con la voz de Montand cantando Les feuilles mortes. Mañana, si logras rematar el cuento podrás apuntar el tres mil ochocientos setenta y cinco

El tiempo entre basuras

rata92Empezaré por agradecer a la especie humana su generosidad. Estuvo la mar de acertada cuando elaboró lista aquella de Derechos Humanos, y cuando declaró que la libertad por encima de todo. Luego aún se puso más estupenda, y se inventó  para sus individuos (e individuas, que una debe ser políticamente correcta ante todo) aquello del derecho de huelga. O sea, que no estás conforme con tus condiciones de trabajo, pues no trabajas y el empresario que se fastidie. Estuvo lo que se dice iluminada.

A veces se fastidia bastante más gente que los empresarios. Por ejemplo, en la huelga de la limpieza de las calles de Madrid los madrileños dicen que están hasta las narices de la huelga, y que no hay derecho a que los empresarios y los obreros se peguen patadas en su culo. Pero nosotras no. Nosotras encantadas.

Encantadas de que la alcaldesa Botella se tome una relaxing cup of camomyle o de lo que sea mientras que unos y otros se tiran de los pelos y se pasan por el forro de los caprichos su contratos de limpieza. Más encantadas aún estamos con esos amables sindicatos que tanto se empeñan en informar a los desinformados a través de los piquetes, verdadero prodigio de competencia y de sentido cívico. Y qué decir de los vandalitos y de los pirómanos que van derramando papeleras, incendiando contenedores y de paso algún que otro vehículo que quede cerca. Es que no podemos estar más contentas con ese despiporren de mondas, restos de comidas, latas, envases, cartones, compresas usadas, bolsas de plástico, papeles y cartones que inunda la capital. Qué mierda de ciudad. ¿Cabe mayor felicidad para nosotras?…

Es verdad que el hombre (y la mujer) nos debía una ocasión como ésta, quizás la más alta que vieron los siglos desde la famosa peste de París que cuenta El perfume. Bien que se han cebado con nuestra especie para sus experimentos en laboratorios, que joden bastante más que una huelga. Por cierto, que hablando de perfume casi nos gusta más a mí y a mis coleguis el que empieza a adueñarse de Madrid. La señora alcaldesa dice que eso no quiere que sea peligroso para la salud de los ciudadanos (y ciudadanas, que no se me escape), pero todo se andará. Ya nos encargaremos nosotras de que la cosa empeore, y de que acaben asustándose hasta esos soletes de sindicalistas a los que tan agradecidas estamos.

De momento, a ver lo que pasa. Unas amigas del barrio de Lavapiés encontraron ayer un montón de basura tan alto que treparon por él y llegaron hasta una ventana por donde se veía a una familia mirando a la tele como atontada. Seguían un serial que dicen que es muy bonito y entretiene mucho. Se titula El tiempo entre costuras. Pero no tienen ni idea: para mí, que al fin soy  una rata en ese momento de gloria al que todas las criaturas tenemos derecho, el serial que está dabuti  es El tiempo entre basuras, coproducido por el Ayuntamiento, las empresas de limpieza, los sindicatos y los delincuentes sin fronteras. Una delicia.

Sólo me preocupa que con tanta tentación por las calles me eche a perder y acabe siendo una rata puta, en lugar de una puta rata  como me decían hasta ahora. Y es que nunca puede ser completa la felicidad. Eso sí, mientras dure, campando por  la capital como si fuera la chulapa aquella de los nardos, caballero, que ya habrá tiempo de volver a las alcantarillas.

Píldoras para un lunes

Cada lunes deberíamos de buscar algún pequeño motivo para no vivir cabreados el resto de la semana...

Cada lunes deberíamos de buscar algún pequeño motivo para no vivir cabreados el resto de la semana…

1

Quién entiende los estados del alma. Por qué te levantas triste o preocupado una mañana y otra en cambio saltas de la cama y ves la vida, si no de color de rosa, al menos amable, tentadora, como deseosa de que salgas de casa, eches a andar y te integres en un paisaje rústico o urbano que apetece pasear.

Piensas si será cosa de las serotoninas. Hablan mucho de ellas. Tú no tienes ni idea de lo que hacen en tu organismo, pero bienvenidas sean si te traen sensaciones como las de esta mañana. El día despertó resplandeciente. Te asomaste al balcón según tu costumbre. Te gusta observar cómo el sol se sigue desplazando a tu derecha buscando el solsticio de invierno. No es nada extraordinario. Sería más hermoso despertar y ver sobrevolando los tejados de Madrid a Audrey Hepburn alada –porque sin duda es ahora una ángel- que se te acerca para consultar qué te apetece desayunar.

-Cualquier cosa –le dirías- Pero con un café, un zumo de naranja una torta de aceite de Inés Rosales servido por ti me sentiría en el cielo.

Tampoco hay que ponerse en novelero cursi. En realidad tienes más que bastante con poder controlar desde casa  los amaneceres y las puestas de sol sobre tu ciudad. Oficialmente vives en un barrio obrero, pero cuando te levantas con buen pie y ves un bello despuntar del día te crees multimillonario.

2

Te atormenta la aldea global con la pésima noticia del día, que es el tifón de Filipinas. Entonces valoras aquello de lo que tanto quejas a menudo, que es vivir una vida en la que casi nunca pasa nada relevante, ni para bien ni para mal. No te cayó en suerte el sorteo de Euromillones que jugaste –cosa insólita en ti- hace dos semanas. Pero tampoco te engulle la tierra ni te barre el viento, como les pasa a menudo a hermanos de continentes lejanos. Es otro aurea mediocritas que agradeces muy sinceramente.

También valoras lo que ves bajando la mirada al parque que se extiende a tus pies. Aunque Madrid padece una severa huelga de limpieza, tú observas el verde que abarcan tus ojos y milagrosamente no ves ni una papelera derramada ni una sola bolsa de plástico volando entre los plátanos y los pinos. Los piquetes y los vándalos vuelcan su furia en otros barrios céntricos y elegantes donde saben que su impresentable proceder es más rentable, porque  causa más alarma social.

3

Avispas en tu conciencia no faltan nunca. Pero lo que decías al principio, quién gobierna los estados del alma, y por qué incluso entre tantas razones para la consternación puedes  aliviarte con una píldora de felicidad. Estabas escribiendo estas líneas cuando te llama una amiga para invitarte a una fabada. No puedes negarte. Cuantos más días vives, más te convences de que la vida, siendo a veces una putada, está llena gratos momentos que hay que guardar en los bolsillos de la memoria.

Ánimo, que están al alcance de casi todo el mundo.


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