Flores robadas

Lloraban por sus maridos, y lloraban también porque robaban las flores que depositaban sobre sus tumbas...

Lloraban por sus maridos, y lloraban también porque alguien robaba las flores que depositaban sobre sus tumbas…

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Yo iba todos los días primero de noviembre al cementerio a poner flores en la tumba de mi Alfredo. Venían conmigo mis amigas Inés y Gertrudis, que también tenían enterrados a sus maridos  sólo unas tumbas más allá de donde descansaba el mío. Cada una llevaba un ramo de flores que depositaba sobre la lápida correspondiente. Rezábamos un poquito, cada cual a su manera. Yo dialogaba por lo bajini con mi Alfredo.

-Ya ves –le decía- Otro año más…No te podrás quejar. Por aquí todo igual…

Luego entraba ya en materia más seria.

-Espero que estés con Dios, y que Este te haya dado un buen trato. Los chicos bien, pero muy atareados. No tienen tiempo para venir, y además creen más bien poco en estas cosas…

Y siempre le dedicaba muy particularmente las flores.

-Fíjate qué bonitas…Si, ya se que tú, tan poco romántico como casi todos los hombres, decías que no te gustaban las flores, y que no las necesitarías muerto. Pero a mí me dicen mucho. Mientras permanecen frescas, siento que nuestro amor sigue vivo, aunque tú ya no estés…

A estas alturas de mi meditación solían aparecer mis amigas.

-Bueno-me decían- Nosotras ya hemos rezado bastante. ¿Nos vamos a merendar?

Y después de haber llorado  a nuestros maridos rematábamos el día de difuntos merendando chocolate con churros. Es verdad que nos encantaba la merienda, pero que nadie dude de que de verdad lo que nos citaba allí era el deseo rezar por ellos.

2

El año en que empezó la crisis el guardián del cementerio nos lo advirtió.

-Me da mucha pena decírselo, pero lo más seguro es que les roben las flores que dejan a sus difuntos. La gente está tan canina…

Decidimos mis amigas y yo volver al día siguiente para asegurarnos de que las flores seguían donde debían estar y lo que comprobamos es que el guardián tenía razón. Las flores habían desaparecido. Inés dijo que había identificado su ramo en una tumba de apellido muy honorable, qué vergüenza, y Gertrudis propuso que hiciéramos nosotras lo mismo que los ladrones o las ladronas de flores habían hecho con nosotras.

-No podemos –les dije yo- No podemos ser como las ladronas de flores. Debemos demostrar que somos unas buenas viudas, Educadas, elegantes y, sobre todo, muy señoras.

Un año después repetimos la doble visita al cementerio. El Día de todos los Santos llevábamos las flores, y al siguiente, que antiguamente se conocía como el día de Difuntos, volvíamos para comprobar cuánta gente miserable hay en el mundo. Porque seguían robando las flores que que llevábamos a nuestros maridos para ponerlas a saber sobre qué tumba que, desde luego, no era de nuestros muertos.

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Esta triste circunstancia no sólo nos hacía más dolorosas las visitas a nuestros maridos, sino que además nos amargaba las meriendas de consolación, que tanto nos gustaban. Así que en los dos años posteriores decidimos pasar a la ofensiva. Íbamos al cementerio con flores, sí, pero también con pancartas reivindicativas. NO ESTA BIEN ROBAR LAS FLORES DE LAS TUMBAS, decía la mía, QUIEN ROBA FLORES PARA SU DIFUNTO OFENDE A DIOS, decía la de Inés. A Gertrudis le preocupaba sobre todo marcar distancias con las ladronas, convencida como estaba de que los robos eran llevados a cabo por viudas como nosotras, pero con menos clase. Así que se trajo una pancarta que decía: NOSOTRAS PAGAMOS LAS FLORES DE NUESTROS DIFUNTOS, Y NO  LAS ROBAMOS. Las paseábamos arrogantes, y algunos de los visitantes retiraban su mirada, sin duda sintiéndose aludidos.

Pero de nada sirvió nuestra iniciativa. La crisis y el deterioro moral que vive esta sociedad arruinaron las buenas intencionesb de  nuestra protesta.

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Este año fui al cementerio el último día de octubre. Me senté sobre la lápida de mi Alfredo y me puse a hablarle, como si de verdad estuviera escuchándome dentro de la tumba. Le conté que tanto yo como Gertrudis e Inés estábamos hartas de que nos robaran las flores que traíamos para nuestros maridos difuntos, y que tal vez tenía razón él cuando me decía que no quería ninguna sobre su tumba. Pero le dije también que le quería mucho, y que no me quedaría contenta si no fuera a rendirle mi homenaje el Día de todos los Santos.

Así que ayer volvimos al cementerio Inés, Gertrudis y yo. En lugar de tres hermosos ramos de flores que seguramente robarían los desaprensivos en cuanto abandonáramos el cementerio, depositamos una rosa de plástico en cada tumba. Como símbolo cumplen como si fueran flores frescas, y a nosotras nos importa un pito que las roben, porque estamos convencidas de que nuestros maridos descansan en la misma paz con unas que con otras.

Eso sí, después de la visita nos fuimos a merendar. Dios en su infinita misericordia tiene que comprender que, por mucho que los echemos en falta,  el muerto al hoyo, y el vivo al bollo.

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5 Responses to “Flores robadas”


  1. 1 Ángela noviembre 1, 2013 en 5:04 am

    Con flores o sin ellas, nos acordaremos hoy de todos los que ya no están aquí.

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  2. 2 Pemberton noviembre 1, 2013 en 8:06 am

    A mi lo de las flores me encantaba pero lo que mas me maravillaba era la limpieza de tumbas y lapidas. Alli acudian con flores y en el mismo cubo con fregona, mistol y si habia algo metálico con Sidol para dejar reluciente
    la “parcela”.
    Todo eso son pruebas de cariño que en los pueblos hay que hacer patentes no vayan los vecinos a creer que no te acuerdas del marido que se fue y que, entre tu y yo, esta mucho mejor allí que cuando estaba aquí y se las bebía todas con los mozos en el casino de la localidad.
    Benditas viudas que despertaron a la vida cuando ellos se fueron, eso si con sus tumbas bien impias y aseadas.

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  3. 3 maribel noviembre 1, 2013 en 10:36 am

    la verdad eske lo de las flores es un gasto muy grande pero…..acordarte de los ke nos faltan …es imposible con flores o sin flores….feliz dia

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  4. 4 Franciska noviembre 1, 2013 en 4:37 pm

    Os acordáis de la peli de Volver de Almodóvar ? El principio en ese cementerio de pueblo limpiando y poniendo flores en las tumbas cantando. !!genial!! España pura , yo no voy con la fregona pero si con “trapito” para limpiar antes de colocar las flores y me da una gran paz hacerlo

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  5. 5 begoña noviembre 4, 2013 en 12:03 am

    Desde mi pequeña aldea segoviana he comprobado una vez más del atavismo que supone la celebración del día de todos los Santos. La iglesia estaba a rebosar, los domingos somos como mucho siete personas, y después se fueron en procesión al cementerio. No critico en absoluto este repentino fervor, pero a mí lo que me da paz es acordarme a diario de los que ya nos están. Es mi máximo reconocimiento del amor que les tuve, les tengo y les tendré. No soy una viuda de Mistol, de las que cita Pemberton, pero desgraciadamente últimamente lo utilizo mucho para subsanar los escollos que la vida me regala y que no tengo con quien compartir de tú a tú. Las viudas no siempre nos liberamos querido “contertulio”.

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