Emociones de Cracovia

A veces las mejores emociones de un viaje se encuentran contemplando un cuadro de un pintor  desconocido o cantando en una iglesia...

A veces las mejores emociones de un viaje se encuentran contemplando un cuadro de un pintor desconocido o cantando…

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La pintora te mira sobre un fondo neutro desde el cuadro que ella misma pintó. No es una mujer particularmente bella, o al menos de una belleza delicada, pero sus labios perfectamente perfilados, sus cejas pobladas y su cabello, demasiado rebelde para la época, sugieren una personalidad convencida de sus ideas, rebelde y luchadora. No debía de ser fácil conciliar la condición femenina con la de artista en el siglo XIX. Ni en Polonia ni en ningún otro país. Porque el cuadro lo estás contemplando en el Museo Nacional de Cracovia. La pintora del autorretrato se llamaba Ana Bilinska, nació en 1857 y murió en 1893 con sólo treinta y seis años. Del corazón. Jamás habías sabido de ella, seguramente será una pintora menor, pero a ti su imagen te captura. No recuerdas ningún otro autorretrato de chica joven con paleta y pinceles,  y al poco de familiarizarte con sus rasgos algo rústicos hasta ves en su cara a una heroína hermosa. Piensas si no te habrás enamorado de su romántica biografía. Tan breve, tan meritoria, tan triste. ¿Murió demasiado joven para triunfar?

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El Museo se asienta en el primer piso de la Lonja de Paños, el edificio central de la enorme Plaza del Mercado que pisan diariamente miles de turistas. En la larga galería del piso inferior se asientan muchos tenderetes que venden pulseras y abalorios de ámbar, paños, muñecas de artesanía, cerámica popular, figuras de nacimiento y maravillosos juguetes de madera para el niño que dejaste atrás. ¿Hay algo más bonito para arrastrar por un pasillo que un carricoche enganchado a un burrito de colores? No, seguramente no. Pero los años vuelan, y la belleza ahora te marca otros rumbos.

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Cracovia es una ciudad deliciosa, de un trazado y una arquitectura que le dan categoría imperial. Por sus amplias calles y por el parque que rodea a la ciudad vieja como si fuera un anillo verde trotan coches de caballos lustrosos y bien enjaezados que parecen recién salidos de las cocheras de Sissi. El Imperio Austrohúngaro dejó su huella en esta ciudad, sin que la barbarie del Tercer Reich se atreviera a arrasarla como hizo con Varsovia. Desde lo alto de una de las dos torres de la Iglesia de Santa María, que se alza exenta en una de las esquinas de la inmensa plaza, un trompetista repite cada hora el mismo toque desde hace siglos. Es la música de la ciudad.

Un poco más allá, envolviendo los suburbios con caprichosos meandros, fluye sereno el gran Vístula. Hay mucha historia, muchos reyes y dinastías, imperios, guerreros, héroes, santos, papas, ocupaciones, batallas, humillaciones, sacrificios, bestialidades. Monumentos para la gloria y para el horror (a sólo setenta kilómetros Auschwitz). Lees y escuchas todo lo que te cuentan de Cracovia, intentas poner atención, pero apenas retienes casi nada: todos los sitios tienen mucho que contar,  pero desde hace tiempo has decidido viajar sin ansiedad, espigando sólo impresiones de lo que alcanzas a ver y emociones intensas como la que te inspiraba Ana Bilinska en ese silencioso rincón de un museo de provincias. No puede haber curiosidad para vivirlo todo con la misma intensidad.

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Emociones.

Viajaste a Cracovia para cantar en el Instituto Cervantes de esta ciudad polaca y de repente te viste en un viaje como de Paso de Ecuador intergeneracional que aglutinaba a jóvenes becarios con profesionales  y abuelos jubiletas unidos sólo por la ilusión de ver algo nuevo, y sobre todo, de cantar. En el repertorio del concierto, desde joyas del renacimiento español (Francisco Guerrero, Cristóbal de Morales) a boleros, chachachás, sones cubanos, tangos y canciones de Serrat o de Silvio Rodríguez. Y en la mochila, algo tan simple y humano como curiosear, alternar con gente a la que no te había dado tiempo a conocer y pasarlo bien.

Al día siguiente del concierto, en un largo paseo de la mano de una guía encantadora que hablaba perfectamente el castellano y que llevaba a Polonia en su corazón, el grupo se detiene en la Basílica de los Franciscanos, en uno de cuyos bancos oraba Juan Pablo II cuando aún era arzobispo de Cracovia. Manuel, quizás el más veterano del orfeón, sugiere que cantemos sobre la marcha el sublime Ave María de Guerrero, y no sabes cómo ni quien empieza a hacerle caso. En el coro probablemente hay creyentes fervorosos, quizás devotos del beato polaco, seguramente agnósticos, y también habrá mediopensionistas, dices tú, que incluso se puede cantar sin fe. Sin embargo alguien saca un diapasón, da la nota y en la altísima bóveda de la basílica empiezan a resonar las notas sublimes que escribió Guerrero, a las que espontáneamente os sumáis todos tratando de memorizar la partitura.

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La iglesia está vacía, sólo unos obreros trabajan en una estructura de  andamios metálicos para reparar sus vidrieras, pero al escucharos los trabajadores silencian sus herramientas. Cantais el Ave María y luego, levitando ya sobre ese ambiente cuasi celestial, el Peccantem de Morales. Cuando termináis, la guía polaca está llorando como una Magdalena. También llora Clarita, diecinueve años de encanto fresco como una mañana, y algunos otros bastante mayores hacen por disimular sus lágrimas.

Pocos segundos después la taladradora de los obreros vuelve a ponerse en marcha. En el ambiente flota ya otra nueva emoción. Tú la atrapas al vuelo y la engarzas junto al recuerdo de Ana Bilinska para hacer del viaje a Cracovia algo verdaderamente inolvidable. Hay otras maneras de viajar, pero a ti esta te ilusiona más.

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5 Responses to “Emociones de Cracovia”


  1. 1 Pemberton noviembre 8, 2013 en 7:42 pm

    Pues a mi se me han humedecido los ojos como a Clarita.
    Que buena ideea llevar un diapasón en el bolsillo por si acaso.

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  2. 2 Ángela noviembre 10, 2013 en 6:46 pm

    Qué buen viaje!!!

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  3. 3 Espiga noviembre 12, 2013 en 5:35 pm

    Corroída de envidia- sana- por tu viaje, tan bien descrito que ganas dan de coger el petate e irse a Cracovia. El problema es que uno- una- no podrá vivir esas emociones únicas y entonces Cracovia no será la misma. Pero como una alegría compartida se multiplica, yo puedo alegrarme con un trocito de tus emociones. Gracias duende, sigue coleccionando palabras hermosas para contárnoslas cuando llegue el duro invierno

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  4. 4 Aldara noviembre 15, 2013 en 2:28 pm

    Cantar es un lujo inaccesible para la mayoría, entre la que me cuento, pero leer esta descripción está al alcance de un clic, y por eso la llevo a twitter y a facebook, para que les entre a los lectores un escalofrío al imaginar a los obreros de aquella iglesia, con sus herramientas de trabajo en el aire, como los herreros de la fragua de Vulcano, simplemente compartiendo la emoción de ese coro español que ha echado a volar sus voces de pronto, porque sí, porque
    se lo pedía el cuerpo.

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  5. 5 Ignacio noviembre 15, 2013 en 5:14 pm

    Que maravilla. Gracias por el recuerdo de Cracovia y su museo nacional, y por ese Ave Maria improvisado que he oido en mi cabeza con el eco de la basílica y todo.

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